En la habitación que poco a poco se había transformado en una mezcla entre biblioteca y oficina, Harry encontró el libro de magia avanzada que quería terminar antes de preguntar a Severus una teoría que comenzaba a formarse en su mente. Aquella pieza guardaba la pequeña colección que se estaba formando de sus libros mágicos y muggles —algunos comprados por él, los que le regalaban Andrómeda y sus amigos y, por supuesto, el que Severus le había mandado en su primer año de correspondencia— y los que Severus había ido acumulando también en las repisas; cada vez más mientras el hombre pasaba más tiempo con él.
Tal vez era tiempo de pedirle que se mudara con él. Siendo que el profesor pasaba la mayor parte del año en el Colegio, Harry quería pensar que no sería una idea a la que Severus se sintiera tan reacio.
Con una sonrisa por el pensamiento, se sentó al escritorio intentando no mover los libros y pergaminos en los que Severus había estado trabajando por meses. Pasó los ojos sobre el último párrafo que había marcado con notas y perdió la noción del tiempo mientras leía.
—Harry, trajeron el almuerzo —avisó Severus desde el marco de la puerta.
—Gracias —respondió alzando la mirada del libro—. Voy en un segundo.
Sin más conversación, regresó la mirada a una parte particularmente difícil de la teoría mágica y dejó una nota para volver a eso después.
Levantándose para marcharse, algo atrapó su atención por el rabillo del ojo. Sobre los libros que Severus había dejado en el escritorio, vio un pergamino doblado por la mitad con su nombre escrito en una esquina con la pulcra caligrafía del hombre. Con una sonrisa escapando por sus labios imaginó lo que su amante pudiera haber preparado para él y desdobló el pergamino para entrar de lleno en las reglas de ese juego del que habían hablado un par de noches atrás.
Apenas leyó una línea, se dio cuenta que aquello no era un juego. Al leer las primeras palabras entendió que hablaba de la quinta essentia. Sonriendo ahora porque Severus le hubiera dejado una referencia para su investigación, fue a buscar el libro donde creía haber visto algo parecido.
Buscó en el librero el tomo ancho con pasta de pergamino y lo hojeó para darse cuenta que no era ese el que recordaba vagamente. Buscó en seguida entre los libros de Severus y, tras un par de intentos, dio con la información que apenas recordaba.
Magia sacrificial.
Con una sensación pesada en el estómago tomó un par de los pergaminos ajenos que seguían sobre el escritorio y leyó las palabras dispersas entre diagramas y círculos mágicos.
Sin fuerza en su cuerpo para mantenerlo en pie, cayó sobre la silla y cerró los ojos con fuerza tratando de evitar las lágrimas.
La investigación que Severus hacía, la que había dejado sobre el escritorio para que cualquiera… para que él la viera, buscaba revertir los efectos de la magia sacrificial. Sus manos temblaron mientras comparaba de nuevo y por tercera vez los pergaminos y el libro.
Severus estaba buscando la forma de… terminar lo que sucedía entre ellos.
Lo siguiente que supo era que todas sus dudas, y algunas nuevas, resurgían en su cabeza como si meses de compartir, no sólo su cama y sus cuerpos sino sus… emociones, no hubiera significado nada. Peor aún, ¿por qué lo había hecho el hombre si aún buscaba una forma de escapar… de evitarlo?
Arrugó el pergamino en la mano y lanzó el libro hasta el otro lado de la habitación, furioso. Se puso de pie para gritarle al hombre justo lo que pensaba de él, al menos su rabia y su decepción. No lo hizo.
No esta vez.
El grito de Seve… de Snape lo llamó desde el comedor preguntando por el sonido del golpe. Harry cerró la puerta de la biblioteca, incapaz de responder con una mentira que apaciguara o disuadiera al hombre de encontrarlo y se sentó en el piso, tras la puerta, por si Snape quería entrar.
Una precaución que estaba de más, supo momentos después, cuando el hombre no lo buscó.
Hacía mucho tiempo que no se preguntaba tanto por Snape como en ese momento. Todo lo que no sabía del hombre parecía pesar más, ahora, que durante los años que había ido descubriendo cosas de él por medio de cartas. Se había relajado al tenerlo a su lado; al creerlo a su lado.
Desde que habían tocado el tema, Snape había repelido el lazo entre ellos. Snape parecía haber tomado su decisión de alejarse de él y sólo estaba buscando cómo conseguirlo. ¿Se lo iba a impedir? Como se lo había dicho, quería que el hombre lo eligiera, no que volviera a estar atado a otro.
Meses, años después, seguía en el punto de partida. Snape estaba renuente al lazo que los unía y él seguía persiguiéndolo, aferrado a algo que sólo él quería.
Tenía que dejarlo ir… pero no podía. ¿No podía o no quería? A eso se resumía la cuestión, supuso Harry: ¿Estaban juntos por voluntad y deseo o por un lazo que los forzaba a ello?
¿Estaba desestimando las palabras dichas entre ellos?, ¿las caricias, los besos, las noches en brazos del otro?
Un par de golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos, la voz de Snape llamándolo hizo poco para separarlo de las sensaciones conflictivas pero controló su expresión antes de abrir la puerta.
—Almuerzo, claro —dijo alzando las cejas y torciendo una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
Saliendo de la biblioteca apresuradamente para evitar a Snape, se sentó a la mesa con la comida lista. La variedad de sándwiches y ensaladas en la mesa le dijo que Kreacher se había encargado del festín y sonrió a pesar de todo. Dejó libre su mente para extraviarse en pensamientos sobre Andrómeda, Teddy y el viejo elfo doméstico que —a su forma— mostraba su cariño; y se preguntó si era momento de volver a pasar algunos meses en compañía de su ahijado y de aquella mujer, más sabia que sus años, que había tomado el lugar de figura materna en su vida.
Comió lentamente mientras se forzaba a no ver a Snape frente a él. No quería confrontarlo, sobre todo cuando él mismo se sentía al borde de un ataque. Después de todo, idiota como incluso a él le parecía en ese momento, no quería echar a perder lo poco de tiempo que aún le restaba con Snape.
—Dijiste que tus visiones fueron diferentes a las mías —Harry rompió el silencio a la mitad del almuerzo.
Snape detuvo el movimiento del tenedor a la boca por un segundo y luego lo reanudó lentamente. Concedió un ligero asentimiento, pero nada más.
—Me gustaría saber… uh… qué viviste tú.
El gesto en la cara de Snape se cerró para dejarlo una vez más como el hosco profesor de pociones.
—Si no quieres decirme, puedo… ¿verlas? —aventuró Harry con voz insegura mientras se tocaba su sien con un dedo, ligeramente golpeando la piel.
—Manténgase fuera de mi mente, señor Potter —soltó Snape secamente. Aunque no era una amenaza propiamente dicha, la tensión de su cuerpo era perceptible.
—Sólo pensé que… ¿son tan terribles? —preguntó Harry en un hilo de voz. Estaba intentando entender al hombre, intentaba… sentirse cerca de nuevo. Aferrarse a algo.
Snape suspiró perdiendo algo de la tensión que la petición había puesto en su cuerpo. Ahora, más que nunca, Harry estaba interesado en saber qué de estos recuerdos (o fantasías o visiones o sueños, o como quisiera llamarlas Snape) le había causado tal tensión. Ahora, más que nunca, tenía que saberlo. Sobre todo si eran estas las causantes de que quisiera… abandonarlo.
—¿No tienes suficiente con tus pesadillas?, ¿para qué quieres las mías? —devolvió secamente.
¿Por qué, realmente, quería conocer las pesadillas de Snape?, se preguntó. Cuando el hombre estaba trabajando en romper el lazo que los unía, ¿por qué se aferraba a él?
Para tener más con qué recordarlo, supo entonces. Una vez que todo terminara entre ellos, al menos le quedarían memorias para revisitar. Tal vez, simplemente era para…
—Quiero compartirlas —se respondió en voz alta.
—¿Disculpe? —devolvió Snape con gesto confundido.
—No quiero "sumar" tus pesadillas a las mías; quiero "compartirlas" contigo. Recuerdas esa carta, ¿cuándo te conté una de mis pesadillas?
—Recuerdo su ataque de pánico por contarla, sí —respondió con una ceja arqueada sarcásticamente.
—¿Hablar ayuda a curar? —dijo con una sonrisa dubitativa—. Me ayudó compartirla contigo. Y que me visitaras y me cuidaras y, por supuesto, las pociones —se apresuró a complementar—. Justo eso, tú conociste mi pesadilla y me ayudaste con ella y ambos, creo, salimos más fuertes del episodio —terminó suavemente.
La respuesta de Snape fue un suspiro prolongado y volver a su almuerzo. Harry se quedó esperando que el hombre volviera a hablar, se fastidió cuando no lo hizo y, antes de poder demandar una respuesta clara y bien dicha, vio de nuevo las cicatrices en el cuello de Snape. No es que no pudiera imaginar las pesadillas del hombre; o el dolor del que no sabía nada. No sabía, sólo podía imaginarlo. Viendo esas cicatrices sobre la piel cetrina de su cuello recordó la noche pasada cuando lo mordía —cuello, hombro, clavícula—, recordó la tensión en el cuerpo de Severus; por primera vez se preguntó si esa tensión se debía a su mordida recordándole la de la serpiente o a algún recuerdo de esas memorias "fantasma".
Suspiró también. Aunque quería saber qué había visto Snape en su convalecencia en el hospital mágico, no podía exigirle también eso. Derrotado como sólo podía sentirse al ser rechazado de nuevo, alejó su plato de comida dispuesto a marcharse de la mesa.
Después de la vida que había creído comenzar con el hombre frente a él, se dio cuenta que la proverbial snitch dorada frente a él, alguna vez a su alcance, volvía a alejarse como si de una burla se tratara. Y así, se sintió demasiado viejo como para seguir en persecución de alguien tan elusivo como lo era Severus Snape.
—¿Harry?
Esa voz inquieta, preocupada, lo regresó a la mesa. Escuchar su nombre en los labios de Snape, como cada vez, derritió lo irritado de sus pensamientos. Porque lo había llamado "Harry", no "Potter", no "señor Potter". Y el tono de su voz, si podía confiar en tantas noches a su lado y cuando lo despertaba de las pesadillas, era uno de los más afectuosos que le había escuchado alguna vez. Pero ese era el problema, ¿no? No sabía si podía confiar en ello.
—Dime.
—Estabas pensando algo malo.
—Tengo mis propias inseguridades, es todo —cortó.
Snape suspiró dejando su almuerzo de lado. Se reacomodó en su asiento y se vio más incómodo que nunca antes.
—Harry —comenzó de nuevo y carraspeó, claramente le costaba trabajo, claramente se estaba esforzando—. Esto es incómodo para mí. No estoy acostumbrado a compartir mis pensamientos. O a mantener una relación… personal. Pero estoy intentando —sucumbió al fin.
Harry asintió parcamente, torciendo una sonrisa en la comisura de los labios. Sintió la necesidad de abrazarlo en ese momento, de estar físicamente cerca del otro, de prometerle que todo estaría bien. Pero las palabras del otro le decía que a Snape… que a Severus lo incomodaría. Y no daba sentido a tal investigación, sólo más preguntas.
Severus tomó un trago de té y comenzó a jugar con la taza de cerámica como si estuviera demasiado distraído para controlar su mano.
—En mis fantasías… ya no sé si puedo llamarlas tal —se desdijo—. En… estos recuerdos diferentes, Voldemort no murió y tuvimos que escondernos; él nos encontró usando tu mente. Y… —se detuvo un instante y se forzó a continuar— apenas escapamos… Maté a tantos —miró sus manos temblar ligeramente y las controló un segundo después—. Estabas encerrado… y me aproveché de ti. Yo… tú… No es real —mordió fuertemente y tensó todo su cuerpo como si se obligara a dejar de pensar en ello.
Harry se quedó esperando que Severus continuara; la tensión en sus músculos le decía cuan malo era ese recuerdo, verlo tragar repetidamente le parecía como si el hombre estuviera realmente tragándose las palabras para no decirlas. Cuando cerró los ojos y aun así desvió la mirada como si se avergonzara, Harry no pudo más.
¿Por qué era Severus quien parecía sufría más? Él, incluso habiéndose enfrentado a Voldemort, había vivido esas visiones en Hogwarts, rodeado de amigos y más "normalidad" que nunca antes. Aunque con pesadillas, sus visiones no las recordaba así de angustiantes. Él, de una forma u otra, había sido protegido y cobijado como el espía de la Orden jamás lo había sido. ¿Por eso querría alejarse de él?, ¿para olvidar esos recuerdos?
Rodeando la mesa para alcanzar a Severus, le acarició la quijada para que la relajara y lo besó con un roce de labios en los párpados y los pómulos, la quijada y al final ligeramente sobre los labios. A toda respuesta Severus lo abrazó, en su cuerpo sintió la urgencia y la desesperación que Severus tenía de controlarse a partir de férrea voluntad. Sobrecogido por la impresión del gesto, Harry lo abrazó también.
Era la primera vez que este hombre le permitía… ser su fuerza.
Cuando abrió los ojos, se encontró con una mirada oscura y penetrante buscando la de él.
—Lo lamento —suspiró Severus viéndose incómodo de nuevo.
—No te disculpes —dijo suavemente—. Estoy aquí, estoy contigo. Estoy para ti. ¿Qué puedo hacer?
Severus buscó los labios de Harry y lo besó como si buscara sostenerse de ellos, aferrarse a su presencia, a su textura, al sabor del otro en su boca. Al calor que le transmitía. Rompió primero esa comunión de cuerpos.
—¿Estás seguro que quieres verlo? —preguntó Severus sonando resignado.
Temiendo lo que fuera a encontrar allí y sólo por la fuerza con la que Severus había reaccionado, Harry asintió en silencio. Le había pedido compartir esos recuerdos y, por malos que éstos fueran, no se retractaría. Tenía que verlos si quería poder estar al lado del hombre y no sólo tras él.
—Muéstrame lo que quieras compartir.
—No indagues más allá de lo que te muestre —pidió al tiempo que amenazaba.
—Legeremancia no es mi fuerte —respondió Harry como defensa y disculpa al mismo tiempo.
Severus suspiró con una frustrada resignación que apenas comenzaba Harry a comprender como el hombre concediéndole algo.
—Va a tener que esperar al inicio de curso para usar el pensadero en mi despacho, señor Potter —siguió con un tinte de alivio y uno de reto en el tono.
—Tengo uno por aquí —saltó Harry casi excusándose por tenerlo.
Severus vio a Harry con la confusión en la mirada. Aunque los pensaderos no eran el artículo más extravagante en el mundo mágico, tampoco eran frecuentes. Y, realmente, no eran "artículos de casa".
—Hace años —comenzó Harry a explicarse—, necesité poner en orden algunos pensamientos y revisar algunos recuerdos antiguos. Necesitaba comprender.
—¿Comprender qué?
—A ti —respondió llenamente—. O a mí en lo que respecta a ti… Antes, cuando… ¿cómo decirlo?: Ver con otra perspectiva.
—¿Quiere aclarar eso? —preguntó con un poco de ironía.
—Otro día —evadió Harry con mala cara. Y Severus le respondió con otra igual que lo obligó a seguir—. Todo comenzó con el maldito libro ese de Rita Skeeter, me vio en la calle diciendo no me acuerdo qué de que te trataba mal. Necesitaba saber… qué parte de la mala relación que tuvimos… fue mi parte de la culpa.
—¿Y bien? —presionó Snape con una sonrisa de autosuficiencia.
—Fue… esclarecedor —concedió Harry.
—Escucho —siguió Severus con un tono insidioso en la voz.
Sin querer comentarle todos los pormenores de sus recuerdos, Harry entrecerró los ojos dándose cuenta que habían dejado de hablar de los recuerdos de Snape para comenzar con los suyos.
—Señor Snape —dijo formalmente—. ¿Está usted evitando algún tema en particular? —fingió sospecha. Y sólo la fingió porque quedaba claro que lo estaba haciendo.
—Así es —respondió Severus formalmente y soltando un suspiro derrotado.
Harry se quedó boquiabierto con la sinceridad de esa respuesta. Y por una vez se dio cuenta, en el momento indicado, que una vez más Severus y él estaban haciendo lo mismo. Así comprendiéndolo sólo vio dos opciones: o alguno cedía o los dos presionaban. Y sólo ceder evitaría que la conversación terminara en pleito.
—Está bien —cedió Harry—. Si no quieres hacerlo; no lo hagamos. Si algún día…
—Dije que iba a hacerlo, Potter —gruñó Severus—. Los recuerdos, e intentar esto de una relación… sentimental —dijo agriamente—. Aunque eso suponga que tengo que hablar de… esas cosas.
—¿De sentimientos? —soltó rodando los ojos en las cuencas—. Supongo que es obvio, o se llamaría diferente —provocó en buen talante.
—¿Te conformarías con una relación únicamente sexual? —preguntó casi sonando esperanzado, casi retándolo a que dijera que sí.
La pregunta lo tomó por sorpresa. Tragó con fuerza ante las implicaciones que eso llevó a su cabeza y se sintió alejándose de la cercanía que había mantenido con el hombre. Por un segundo no supo si enojarse, ofenderse o desquitarse, o si esas palabras confirmaban sus temores.
—Me lo imaginé —masculló Snape tenso de nuevo—. Sólo… déjame cobrar valor, Harry.
Escuchar su nombre, el tono de voz y las palabras dichas lo volvió a desconcertar tanto como el comentario anterior.
—Eso, ¿era una broma? —preguntó cautamente.
Snape sonrió de lado, con una tensión en la comisura de sus labios que nunca le había visto; no en el Colegio, no en sus recuerdos, no desde las vacaciones de Pascua.
—Más bien un poco de cobardía —dijo agriamente.
Harry se sintió ponerse en guardia de inmediato… el hombre frente a él estaba ¿aceptando ser vulnerable?
"¡Por Merlín!" soltó Harry en su cabeza. Se sentía en un momento más peligroso que enfrentado a cualquiera de sus enemigos más acérrimos. Escuchando una confesión tal de un espía… de un hombre como Severus Snape, era pisar terreno peligroso y lo sabía: hacer cualquier movimiento, decir cualquier palabra fuera de lugar… haría que el hombre nunca volviera a permitirse hablar tan… sinceramente.
—Sé que en algún momento voy a herir a este Harry que tiene afecto por mí —siguió Severus quedamente—. Tal vez no quiera hacerlo siquiera. No quiero hacerlo —se corrigió de inmediato—; pero sé que es… inevitable y sé que no soy y no seré un compañero… cálido. Deberías pensar mejor tu decisión de estar conmigo —terminó abruptamente.
Y, mierda, si Severus no estaba atacando el quid de la cuestión que había arruinado su día. ¿Podría ser que el hombre estuviera buscando el "rescatarlo" a él, y no a sí mismo, de ese lazo? ¿Era que el hombre no había escuchado sus palabras, o que no las creía ciertas? ¿O era que en tal mal concepto se tenía él mismo?
Harry se acercó hasta tomar la cara de Severus en sus manos y lo besó ligeramente en los labios.
—Me siento igual, ¿sabes? —confesó—. También tengo miedo a herirte y tengo miedo a que pienses que estarías mejor sin mí. Supongo que habrá pleitos y nos vamos a enojar, pero lo solucionaremos. Si tú estás dispuesto, yo estoy dispuesto.
Viendo directo en los ojos negros de Severus, notó las tres emociones más conflictivas de una mezcla extensa: enojo, resignación y miedo, y se preguntó porqué nunca había visto lo expresivos que eran esos ojos; era como si quisieran compensar la necesidad de comunicación que las palabras del hombre no lograban conseguir.
—No es lo mismo. No sabes la oscuridad que hay dentro de mí —soltó severamente.
—No le temo a tu oscuridad —dijo—. Es cierto —reafirmó ante el gesto incrédulo en el otro—, no le temo. Y prometiste que ibas a devorarme y no dejarme ir —le recordó.
Severus sonrió al fin, sólo en la comisura de los labios, pero sonrió.
—Me parece que ya hice eso. ¿Varias veces la noche anterior?
Los recuerdos de tal regresaron con la precisión exacta para hacerlo enrojecer hasta el cuello. El gesto de victoria del otro hombre lo obligó a gruñir.
—Golpe bajo, Snape —espetó abochornado.
—Se ve extremadamente tentador sonrojado, señor Potter —susurró Severus en su oído mientras provocaba su espalda con una caricia—. Ahora, ve por ese pensadero antes que te devore de nuevo, Harry —mandó tibiamente.
Antes de obedecer, Harry detuvo a Severus para devolver la provocación sobre sus labios y fue por el pensadero cuando el hombre devolvía el beso.
