Capítulo 26: El sol volverá a salir
No sabía cómo había llegado a la comisaría y terminado sentada frente a su escritorio. Desde que se había percatado de que el cuerpo asesinado, de nuevo, de su mejor amigo había desaparecido, había caído en un encierro en sí misma. No había llorado más desde que estaba arrodillada a su lado, ni se había permitido gritar por la impotencia. Simplemente, se quedó en absoluto mutismo, intentando asimilar todo lo que había pasado.
Todo el que le dirigía la palabra, sólo recibía un absoluto silencio, ni siquiera una mirada como para hacer entender que había entendido, ni siquiera escuchado. Su cuerpo estaba allí, podía sentir a sus amigos sujetándola para apoyarla en ese duro golpe que el destino había querido otra vez que recibiese, pero su alma la había abandonado.
No veía ni escuchaba en su camino hasta la comisaría, sólo lo que le parecían ruidos, murmullos que no tenían sentido para ella, y tampoco quería darles un sentido. Pero algo si le pareció entender, y es que por más que buscaron por todo el edificio y los alrededores, el cuerpo del ladrón mago no apareció.
Le pareció escuchar una puerta, más murmullos y unas pisadas que se acercaban a ella con lentitud, como si no quisieran asustarla. Como si en ese momento pudiese sentir algo aparte de un corazón destrozado.
Sintió un roce en el hombro, intentando reconfortarla. - Aoko… Vamos a casa.
¿Casa? Las palabras de Saguru se le clavaron en el alma. Sí, quería volver a casa, pero con Kaito acompañándola. Festejando el buen trabajo y que por fin eran libres de Hirota y sus hombres, que por fin eran libres de seguir con sus vidas… Juntos. Pero volvería a casa, sola. Como siempre había hecho.
Debería de estar algo contenta, ¿no? Había destruido a Pandora. La muestra la tenía en su alfiler, donde la piedra de coral negra había desaparecido. La organización que tanto daño había hecho había caído esa noche. Había vengado a su padre y al resto de personas que habían sido víctimas de esas deplorables personas. Esa noche era una victoria. Pero la pérdida de su mejor amigo opacaba todo, se sentía terriblemente derrotada y hundida.
Estaba en un pozo sin fondo del que no creía volviera a salir, igual que hacía diez años. Tenía a sus amigos, que intentarían ayudarla con todo lo que estuviese en su mano, de eso no le cabía ninguna duda. Pero el único que podría conseguirlo, como ya había hecho sin haberse percatado y en pocas semanas, ya no estaba con ella.
- ¿Lo sabías? - Preguntó en un susurro apenas audible. - ¿Sabías quién sería?
Los detectives miraron hacia la bruja, sabiendo que las palabras iban dirigidas hacia ella. La aludida le echó una mirada al detective del este a su izquierda, para luego pasarla al detective londinense, de pie justo al lado de la inspectora al otro lado del escritorio. Negó con la cabeza. - No se me especificó. Ni siquiera los demonios sabían cómo acabaría esto. Sólo, que era inevitable. - Respondió con tristeza en la voz, aunque intentó ocultarla. Lo ocurrido le había afectado tanto a ella como a los detectives, podía verlo en sus semblantes tristes y arruinados.
Pero no se podía imaginar cómo lo estaría pasando la mujer frente a ella. Sabía que uno era el complemento del otro, lo había visto cuando se obsesionó con el mago hacía años. En aquel momento no le importaba, sólo quería que el chico la idolatrase para incrementar su ego. Pero en cuanto por fin maduró, supo que había hecho mal al intentar separarlos. Por eso, en cuanto supo que seguía con vida, quiso enmendar su error ayudándole en esa cruzada.
Asintió con pesadez, casi imperceptible. - Le… - Se aclaró la garganta, las palabras no querían salir. - ¿Le han encontrado?
La presión en su hombro aumentó un poco. - No… Siguen buscando…
- Hemos interrogado a Hirota y sus hombres. - Añadió con suavidad Shinichi. - Pero dicen que en cuanto conseguimos entrar por la trampilla se enfocaron en nosotros, y para cuando volvieron a mirar ya había desaparecido.
Asintió de nuevo. Asumía lo que le decían y procesaba las palabras, pero no mostraba ninguna reacción. - ¿Crees que haya sido un efecto secundario por mi deseo?
La bruja suspiró con pesadez y se cruzó de brazos. - Es posible… - Respondió. - Pandora nunca hace nada sin consecuencias… Aunque nadie había deseado su destrucción. No sabíamos los efectos que podría causar…
- Una tumba sin cuerpo.
El silencio inundó de nuevo la oficina. Las palabras de Aoko habían sido duras e innecesarias, pero quiénes eran ellos para recriminarle nada. Ni Saguru ni Shinichi sabrían cómo reaccionarían si perdiesen a las personas más importantes de sus vidas de la forma que lo había perdido ella.
Shinichi se llevó una mano al bolsillo, con dudas de si debía sacar el objeto ahí guardado. - Nakamori… - Finalmente mostró lo que tenía, se acercó a la mesa y lo dejó frente a la mujer. - Creo que deberías quedarte con esto… - La mujer vio el monóculo del mago dejado con suavidad ante ella. Sus manos temblaron al intentar alcanzarlo, tocándolo con delicadeza. Tenía miedo de que también desapareciese. Miró interrogante al detective. - No me pareció correcto que la policía lo cogiese como prueba. - Se encogió de hombros. - Creí que lo querrías…
- Gracias. - Dijo en un susurro ahogado. No llores, ni se te ocurra… Se repetía una y otra vez como un mantra.
La bruja tenía sus ojos clavados en el objeto en manos de la inspectora. - Debemos llevar a Nakamori a su casa. - Algo le decía que debían.
Los detectives la miraron extrañados. - Quedamos que iría conmigo a casa de Agasa o a casa de Kudo. - Respondió Saguru. - No deberíamos dejarla sola en estos momentos…
- Agradezco vuestra preocupación… Pero Koizumi tiene razón. No voy a ser una molestia para vosotros.
- Nunca serás una molestia, Aoko. - Refutó dolido.
- Aún así… - Recolectó fuerzas de alguna parte y se levantó de la silla. - Iré a casa, necesito estar sola.
- Te acompañaremos. - Sentenció Kudo. - No dejaremos que conduzcas. - El resto afirmó, dándole la razón.
Al salir del despacho, vieron al comisario acercarse con preocupación. Los detectives hacían de muro para las mujeres, lo último que necesitaba ahora Aoko era hablar de trabajo. - Señor comisario… - Le detuvo antes de que pronunciase palabra el inglés. - Ha sido una noche bastante dura, nos llevamos a Aoko a casa para que descanse.
Ichimaru miró entre los hombres a la mujer. Veía su rostro pálido y derrotado y sus ojos estaban clavados en el suelo. Cogió aire pero vio los ojos de la acompañante, duros y amenazantes con replicar las palabras del detective. - Bien… - Consiguió despegar sus ojos de aquella extraña y bella mujer que le hacía sentir como un cordero atemorizado. - Pero mañana tendrán que explicarme por qué ustedes tres estaban en la escena del crimen, y qué haces en Japón. - Le miró con autoridad, intentando no mostrar lo que le causó Akako.
- ¿No le vale el haber atrapado una red de peligrosos criminales con policías en nómina? - Replicó con altivez la bruja. - Dedíquense a encerrarlos tan profundo que no puedan ver la luz del sol lo que les quede de su miserable existencia. - Terminó mordazmente.
- Mañana vendremos a explicar todo lo sucedido. - Intentó apaciguar Kudo antes de que la bruja dijese algo más.
El comisario asintió y dejó paso al pequeño grupo. Cuando su inspectora pasó junto a él, tuvo la necesidad de decir algo más. - Nakamori, cójase la semana libre.
No tuvo fuerzas para contradecirle. Ir al trabajo la haría estar ocupada, y como consecuencia no pensaría en lo que había perdido. Pero en los siguientes días el trabajo sería enfocado en lo que sucedió durante esa noche, por lo que no podría despejarse de lo ocurrido. Necesitaba reponerse de nuevo para seguir adelante. Kaito quería que lo hiciese y viviese, intentó que se lo prometiese, pero ella no lo hizo. Sin embargo intentaría por todos los medios hacerlo, que si la estaba viendo estuviese de alguna forma en paz.
En cuanto se dio cuenta, estaba frente a su piso. ¿Cuándo habían llegado? Parecía que hacía unos minutos estaban en la comisaría. Tendría que arreglar sus lapsus para empezar a tener una vida normal.
La bruja abrió la puerta de su casa y la mantuvo abierta para ella. Miró hacia dentro, su piso como siempre la esperaba vacía. Dio unos pasos y algo en su interior se oprimió en cuanto pasó el umbral. Se había imaginado entrar en su casa en otras circunstancias, pero al hacerlo su temple que había mantenido a raya estaba desapareciendo.
- Si nos necesitas… - Pudo escuchar, pero no atendía lo que le decían.
Al escuchar la puerta cerrarse, se giró y se encontró completamente sola. Apoyó las manos en la madera, para a continuación apoyar la frente. Respiraba con dificultad, lo necesitaba con ella. Estar acompañada de sus amigos aunaba fuerzas para no caer en pedazos, pero al ellos marcharse ya no encontraba esas fuerzas. Sin embargo, sabía que no podría depender de ellos, tenían una vida a la que volver, y no podía hacer que la paralizasen por ella. Sus ojos se aguaron, quería gritar, romperlo todo a su paso. Se llevó las manos a la boca para acallar los sollozos y cerró los ojos al sentir las lágrimas caer de nuevo, intentando prevenir lo inevitable. Parecía que aún no había derramado suficientes llantos por lo que llevaba de noche.
- Aoko… - Su grito se paralizó en la garganta y sus ojos se abrieron con sorpresa al escuchar su voz llamarla. ¿Acaso tan bajo había caído que estaba teniendo alucinaciones y escuchaba cosas?
Se giró con lentitud y bajó las manos, quedándose conmocionada por lo que sus ojos le mostraban. ¿Acaso si que estaba perdiendo la cabeza?
Frente a ella, a unos pocos pasos que no se atrevía a dar, se encontraba el mago blanco en la entrada al pasillo de su casa. Su traje manchado de sangre, pero en pie y con vitalidad. - No puede ser… - Dijo en un susurro casi inaudible. Dio un paso hacia él, sin percatarse de que lo hacía. - ¿Cómo es posible?
Terminó de acercarse, pero estaba aterrorizada de tocarle. Tenía miedo de que desapareciese y no le volviese a ver.
El rostro del hombre transmitía una tranquilidad que la sobrecogía. Elevó su enguantada mano y le colocó una hebra de cabello detrás del oído. - Estoy aquí, contigo.
Se le escapó la respiración al sentir el roce del contacto. ¿No era una ilusión? Llevó sus manos temblorosas a su pecho. Podía sentirlo bajo la yema de sus dedos. - Desapareciste… El disparo…
Sus dedos se movieron automáticos, le desanudó la corbata y le desabrochó los primeros botones de la camisa, dejando ver la zona donde debería estar la herida. No encontró nada, sólo una pequeña cicatriz. Tocó la zona, notando el calor que emanaba de su cuerpo, otra señal de que estaba milagrosamente vivo.
El mago le cogió la mano y se la apretó con cariño, haciendo que le mirase a los ojos. Esos azules ojos que la última vez estaban opacándose, volvían a brillar en vida. - Parece que Pandora quiso compensarte por lo que hiciste. - Vio la incomprensión en sus ojos, así que se vio en la obligación de explicar lo que había pasado. - Cuando desperté, vi a una mujer rubia frente a mí. Sabía que debía de estar muerto, así que no sabía lo que estaba pasando… Lo único que sabía es que estaba en tu dormitorio. Hasta que me explicó que había escuchado a tu corazón y te premió en agradecimiento por tu deseo desinteresado. - Le acarició la mejilla. - Por el sacrificio que hiciste. Deseaste pensando por el bien común, no por tu propio beneficio.
- Pero… No entiendo… ¿Acaso no hacía nada sin algo a cambio?
- Al desear su destrucción, toda su maldad desapareció. - Le explicó con suavidad.
- Entonces… - Asimiló sus palabras. - ¿No hay trucos?
Al ver la sonrisa que le dedicó, su interior se llenó de una calidez indescriptible. - Sin trucos. - Su corazón destrozado se recompuso con una rapidez abismal y palpitaba encabritado por la felicidad que la embargaba.
Acercó su rostro al del hombre y le besó con pasión, siendo correspondida a los pocos segundos. Sintió sus brazos rodear sus caderas, acercándola más a su cuerpo y profundizando un beso que decía todo que con palabras aún no se habían dicho.
Cuando se separaron por la falta del tan preciado aire, se sonrieron con felicidad y paz. Había terminado todo, y después de haber pensado lo contrario, estaban juntos. Podrían tener vidas normales, sin la sombra de una organización acechándoles a donde fuesen.
- Aún hay algo pendiente… - Una ceja del mago se elevó, curioso por sus siguientes palabras. - ¿Qué era eso que querías decirme en cuanto todo terminase? - Preguntó tan curiosa como una niña chica.
Una carcajada resonó en el piso. - Siempre curiosa, señorita Nakamori. Aunque ese nombre podría cambiar… ¿Qué te parece señora Kuroba? - Dejó unos segundos para que asimilara sus palabras. - Cásate conmigo. - Dijo con una suavidad que le llegó hasta el alma y la acarició con dulzura.
Esas eran demasiadas emociones para una noche, lo tenía clarísimo. No sabía que podría estar más feliz, pero su pecho estaba a punto de estallar. - ¿Eso es una pregunta o una obligación? - Sus ojos brillaban de pura felicidad.
- Espero que no sea ninguna obligación. - Sonrió de lado. - Aunque primero Kaito Kuroba deberá volver a la vida. Quiero ser completamente yo a tu lado, si me dejas.
- Bueno… Me prometiste que en cuanto todo esto terminase, te entregarías a mí. - Una mano se apoyó en su rostro. - Y te acepto gustosa, Kaito Kuroba. Aunque ya hablaremos lo de cambiar mi apellido. - Terminó divertida.
- Tenemos tiempo para hablar. - Le dio un leve beso en los labios y apoyó su frente con la de ella. Cerraron los ojos y disfrutaron de ese momento. - Te quiero tanto…
- Y yo a ti. No sabes cuánto…
Se miraron de nuevo a los ojos. - Tendremos toda una vida para demostrarlo. - Se le escapó una risita. - Te has puesto roja, Ahoko. - Pasó un dedo por el puente de la nariz de la mujer con suavidad. - ¿Se puede saber qué ha pasado por esa cabecita tuya?
- Que estás tardando en besarme como dios manda, Bakaito. - Le agarró de las solapas y se pegó a su cuerpo. - Y tengo mucha adrenalina que descargar.
Sus ojos se oscurecieron con la pasión que le embargó en ese instante. - Tendré que solucionar eso.
- Ya lo creo que si. - Le susurró con seducción a milímetros de sus labios.
Sus labios se encontraron de nuevo en un fogonazo de pasión, bien mantenida a raya hasta ese momento. Ya no tenían ataduras, podían vivir la vida que en un primer momento les correspondía. Juntos.
El sol volvería a salir en unas pocas horas, y abrazaría a dos corazones fundidos en uno con gran alegría y amor.
Continuará...
