No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Lauren Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Septiembre. Mes de la primavera, de los enamorados, del renacer de la naturaleza y de los deseos dormidos… En el caso de Isabella y Edward esos deseos ni se enteraron del frío que había asolado las calles de Montevideo. Ellos pasaron todo el invierno follando y mintiendo. Eran los reyes de la simulación, y embaucaron a Marie una y otra vez.
Qué ingenua era. Todavía creía en la virginidad de Isabella, e incluso intentó hablarle de la noche de bodas. Le insinuó que una novia debía permanecer pasiva y dejar que el experto novio se encargara de todo. Tampoco era conveniente mostrar ni demasiado entusiasmo ni temor. Bella escuchó atentamente, luchando por mantenerse seria. Si Marie supiera las cosas que habían experimentado…
El día anterior, por ejemplo, lo habían hecho en el baño mientras ella hablaba por teléfono con su hermana. Ni bien se dieron cuenta de que la que llamaba era Carmen, y que estaría horas hablando, se metieron en el toilette. Era tan pequeño que apenas podían moverse. De todas formas, se las arreglaron y se echaron un polvo memorable, de pie con la ropa puesta. En el momento del clímax, él no pudo contenerse y le mordió un hombro por encima de la blusa. Le habían quedado marcados los dientes de Edward en la piel. Se estremeció al recordarlo.
Es que a veces era tan perverso. Por alguna razón parecía empeñado en dejar señales en su cuerpo, ya sea de sus manos o sus dientes. En ocasiones le apretaba las nalgas con tanta fuerza que le dejaba los dedos marcados, y en otras le mordía los pechos, los hombros… Y mientras le hacía esas cosas decía su nombre y la llamaba suya. Qué posesivo era, y qué dominante. Una vez le preguntó si permitiría que la atara a la cama y le hiciera de todo. Ella se sorprendió al excitarse al instante con la idea, y casi gritó un sí. Claro que le gustaría estar a su merced… Que le vendara los ojos, que la amarrara con cuerdas a la cabecera, y que jugara con ella hasta desesperarla. Se lo dijo y los ojos de Edward brillaron. "Cuando estemos casados", murmuró, y luego cambió de tema.
Y hacía unos días había querido saber si podía follarla duro, muy duro hasta hacerle daño. Cuando ella asintió, él sonrió complacido. Y luego le susurró al oído: "Follaré ese hermoso culo tuyo luego de la boda, y te dolerá, Isabella". Ella le respondió muy decidida: "Lo tomo como una promesa", dejándolo tan excitado como atónito.
Su hombre bello era una sorpresa tras otra. Hablando de sorpresas, tenía tantas ganas de verlo, que le daría una yendo a visitarlo a la oficina. Se puso unos jeans y botas hasta la rodilla. Y completó su atuendo con una graciosa boina tejida. Se veía muy bien, joven y fresca. Con esa cara de enamorada, de ojos brillantes y mejillas arreboladas, era imposible no verse deslumbrante. Lo iría a ver y lo invitaría a almorzar. Estaba tan feliz por sus planes, que cuando la lluvia comenzó a caer ni bien salió de su casa, volvió el rostro al cielo y permitió que el agua lo mojara. Y una vez más sintió que la vida era demasiado bella y que merecía la pena vivirla intensamente.
Pero su felicidad estaba a punto de ser truncada.
La maldad de algunos no tenía límites.
Lejos de darse por vencidas, Kate y Esme continuaban pensando en la forma de separar a Edward de Isabella. Era una tarea más que difícil, lo sabían, y no encontraban fisuras en esa relación como para hurgar y romper. Además, él había dejado claro que las despreciaba y había instalado una distancia infranqueable.
Kate decidió ir por las buenas con Edward, y pedirle disculpas por su comportamiento la noche de su cumpleaños. Se daba cuenta de que por las malas no iba a lograr nada. Si se ganaba su perdón y su confianza podría acercarse a él. Y también podría hacerlo Esme.
Madre e hijo no se habían visto desde aquella mañana en Punta Ballena. Esme lo había llamado un par de veces, pero Edward no había contestado. No estaba listo para hablarle, y ella concentraba toda la ira que eso le producía en una sola destinataria: Isabella. La consideraba culpable de haberla separado de su hijo, olvidando que ella misma lo había hecho antes al abandonarlo.
Veía con buenos ojos los planes de Kate de pedirle disculpas a Edward, y la animó a no dilatarlo más. Y esa tarde lluviosa, con una gabardina dorada y su mejor cara de arrepentimiento, Kate se dirigió a la oficina de Edward para implorar su perdón. Estaba dispuesta a rogarle, si era necesario. Lo importante era acercarse a él para alejarlo de Isabella.
Cuando llegó, Gianna no estaba en su escritorio. Mejor así. La tonta secretaria era una fiera filtrando las visitas de su jefe, y quizás no la hubiese dejado pasar. No lo pensó dos veces, golpeó la puerta y cuando escuchó que Edward gritaba "adelante", la abrió y entró a la oficina.
Él hablaba por teléfono en inglés, pero casi se cayó de la silla cuando la vio.
"Maldición, aquí está esta copa de champagne con patas. ¿Cómo habrá entrado sin anunciarse y qué mierda querrá? Creí que le había dejado en claro que no la quería cerca de nosotros…", pensó mientras continuaba hablando mecánicamente. Era una conversación importante y no quería perder la concentración. Se puso de pie y comenzó a caminar por la oficina para no tener que mirar a Kate.
Ella permaneció callada, con la fingida tristeza pintada en el rostro, esperando pacientemente que Edward colgara. Lo veía deambular por la habitación mientras seguía diciendo vaya a saber qué cosa en inglés. No debía perder el contacto visual, él tenía que ver que ella iba en son de paz. Pero lo que en realidad pensaba era que Edward era un tonto hijo de puta por haberla agredido aquella noche en la cocina, sólo porque ella había puesto en su lugar a la estúpida de Isabella.
Comenzó a caminar alrededor de Edward, quien le estaba dando la espalda, de manera de quedar frente a él. Y lo que sucedió a continuación fue la confluencia perfecta entre la casualidad y la maldad.
Por encima del hombro de Edward, que continuaba al teléfono, Kate vio la inconfundible silueta de Isabella a través del cristal esmerilado de la puerta. La observó vacilar al no encontrar a Gianna en su puesto. Y también la observó dirigirse hacia la oficina…
Kate pensó rápido. El odio la impulsaba y la hacía más resuelta. En el momento en que Isabella abría la puerta, ella tomó a Edward de la nuca y le partió la boca de un beso.
Él estaba tan sorprendido con el inesperado beso que se tambaleó y sólo atinó a tomarla de un brazo para no caer al suelo.
Y eso fue precisamente lo que vio Isabella cuando entró a la oficina. Vio a Edward, a su Edward, besándose con Kate.
Fue tan contundente el golpe que no pudo evitar emitir un gemido. Y al escucharlo, Edward soltó a Kate y se volvió como un rayo. Cuando vio a Isabella en el umbral, tapándose la boca y con los ojos llenos de lágrimas, él sintió como si le hubiesen pateado el estómago. El teléfono que aún tenía en su mano cayó al suelo y se hizo trizas, pero Edward ni lo notó. Estaba paralizado, no atinaba a hacer nada…
—Isabella… —dijo con la voz ahogada.
Ella no podía hablar. Era tal el dolor, era tal la decepción que lo único que quería hacer era correr y correr hasta llegar a algún lugar oscuro y poder llorar hasta morir. Y eso exactamente fue lo que hizo. Se marchó a toda prisa con el rostro surcado de lágrimas.
Él no se lo esperaba y para cuando reaccionó ya fue tarde. Las puertas del ascensor se cerraron tras Isabella dejándolo del otro lado, fuera de sí. Golpeó la puerta atormentado por el dolor y la frustración. Cuando al fin logró bajar, no había ni rastros de ella.
A Edward le faltaba el aire, se sentía realmente mal. Se agachó contra la pared y tomó su cabeza entre sus manos. Debía pensar rápido qué hacer. No sabía ni por dónde empezar a buscarla, pues era seguro que a su casa no había ido…
"Dios mío, ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo pudo haber pasado algo así? Malditas casualidades, maldita Kate. ¿Cómo se le ha ocurrido besarme? Es una estúpida, la odio con todas mis fuerzas. Y justo ha tenido que entrar Isabella en ese mismo instante… Qué suerte de mierda la mía. Todo está confabulado en mi contra. ¿Cómo le explicaré ahora? ¿Cómo haré que me crea que ni siquiera había cruzado palabra con esa idiota cuando tuvo la maldita idea de besarme? No me creerá, lo vi en su rostro. Tendré que obligar a Kate a decirle que fue ella quien… ¡Mierda! No es posible que me esté pasando esto".
Se puso de pie, y regresó rápidamente a la oficina, debía hablar con Kate. Ella le diría a Isabella que había forzado ese beso. Pero Kate no estaba. Edward se hundió en su silla, abatido y se tapó la cara. Instantes después, comenzaba la odisea de las mil llamadas a Isabella sin respuesta…
Ella lloraba desconsoladamente en brazos de Marie. No podía parar de llorar, y en cada lágrima se le iba la vida. Su abuela la mecía como cuando era pequeña y clamaba por su mamá.
—Ya, mi niña. Deja de llorar, mi amor, que te vas a enfermar… —musitó conmovida.
—Quiero morirme, abuela —murmuró entre lágrimas.
—No digas eso, querida. Ni en broma.
Isabella se frotó los ojos y la miró. ¿No entendía que su vida había terminado? Edward la había engañado. Le había mentido al decirle que la amaba. Edward ya no era Edward.
—¿Por qué me hizo esto, abuela, por qué? —preguntó aun sabiendo que Marie no tenía la respuesta.
—Mira Isabella, jamás pensé que te diría una cosa así, pero… tienes que escucharlo. Tienes que oír que tiene él para decirte.
—¡No! No quiero escucharlo, con lo que vi es suficiente… Marie, estaba besando a otra mujer.
Y luego continuó llorando. Estaba desolada. Sentía que su vida había terminado esa tarde en la oficina de Edward. No quería verlo, no quería oírlo, así que le pidió a Marie que lo mantuviese alejado de ella.
—Está bien, querida. Espera un par de días, pero luego habla con él. Estoy segura de que habrá una explicación.
—No la hay, Marie. Te juro que no la hay. Yo sé lo que vi —murmuró, triste.
Sí. Ella sabía lo que había visto. Vio claramente cómo él tomaba de un brazo a Kate y la besaba. Recordaba cada detalle, incluso los ojos cerrados de ella mientras disfrutaba del beso de su novio. ¿Su novio? No, ya no. Ya no habría boda, no se casaría en noviembre y no volvería a ser feliz jamás.
El teléfono de Marie comenzó a sonar. Bella había apagado el suyo, y desconectado el de línea, pero no había tenido en cuenta el móvil de su abuela.
—No le digas que estoy contigo, por favor —rogó.
—Pero Isabella, él...
La mirada de su nieta no le dejó opciones.
—Hola. Dime, Edward... Es que estaba hablando con mi hermana, por eso no te podías comunicar. No, no está aquí. No. Creí que estaba contigo... Bueno, no te preocupes, ya lo encenderá y podrás hablar. Adiós.
—Eres muy mala mintiendo, abuela —sonrió tristemente Bella.
—Querida, no sé qué hacer. No puedo verte así.
—¿Podrías pedirle a tía Carmen que me aloje en su casa por unos días? —pidió.
Tenía que irse, sabía que Edward no tardaría en llegar.
Mientras Marie hablaba con su hermana por teléfono, Bella metió algunas cosas en un bolso. En cuanto estuvo lista, tomó un taxi y se fue a casa de su tía.
Un minuto después llegó Edward a la casa de Isabella. La conversación telefónica que había tenido con Marie lo dejó más que convencido de que estaba allí.
Con el rostro desencajado, le preguntó por ella sin siquiera saludar.
—No está aquí— fue la fría respuesta.
Pero él no le creyó. Corrió a la habitación de Bella y al no encontrarla, esa fortaleza que siempre lo había acompañado en los momentos difíciles de su vida esta vez lo abandonó. Se dejó caer en la cama y se tomó la cabeza entre las manos.
Marie lo observaba desde la puerta. Sentía pena por Edward. No sabía por qué, pero le era imposible odiarlo. Se lo veía tan desolado y triste.
—Cuéntame que pasó —le dijo sentándose a su lado.
—Usted ya lo sabe —fue la inesperada respuesta.
—Sé lo que vio Isabella. O lo que creyó ver. Y ahora te pregunto: ¿estabas besándote con una mujer en tu oficina, Edward?
—Sí y no —respondió él con un suspiro. Era una respuesta ambigua, pero era la verdad.
—¿Qué quieres decir? —Marie estaba a punto de perder la paciencia. Es más, no tenía idea de por qué estaba teniendo esa conversación con él. Dadas las circunstancias, lo único sensato hubiese sido que lo sacara de la casa a escobazos.
Pero ahí estaba, sentada en la cama de su nieta que tenía el corazón roto, con su novio también destrozado, pidiéndole explicaciones que al parecer no podía dar.
—Marie, le contaré todo tal cual sucedió...
Y lo hizo. Cuando terminó, Marie se mantuvo un segundo en silencio. Le creía.
—¿Así que esa tal Kate te besó inesperadamente? —preguntó al fin.
—Sí. Y sin haber mediado ni una sola palabra entre nosotros, pues yo estaba al teléfono y aún no había podido correrla de la oficina. Marie, yo no tuve, no tengo, ni tendré nada con esa mujer. Isabella es mi vida...
—¿Y por qué la tenías tomada de un brazo?
—No lo hacía. La sorpresa por lo que ella hizo fue tal, que casi me caigo, y tomé lo que tenía más a mano para no hacerlo —declaró.
—Y justo tenía que entrar Bella...
—Sí. Marie, maldita mi suerte, pero así fue... Y ahora aquí estoy, a punto de morirme si no logro hablar con ella. Por favor, dígame dónde está.
—Mira Edward. Yo te creo. Pero Isabella no lo hará. Está demasiado ofuscada para hacerlo. Espera dos días y luego, cuando las aguas se calmen, yo misma te llamaré para que vengas a hablar con ella ¿entendido?
—¡Dos días! Eso es demasiado, es una eternidad, es... —protestó él.
—Es el tiempo que necesitamos para que Isabella se enfríe y pueda escucharte. Déjala sola un par de días, hombre. Estoy segura de que podrás soportarlo.
No, no podía. Y menos sabiendo que ella estaba mal, que estaba sufriendo. Pero tenía que obedecer a Marie, no tenía otra opción.
Se fue a su casa maldiciendo a Kate, ¿cómo carajo se le había ocurrido...? Y también maldijo su suerte. Al parecer, todo jugaba en su contra. El destino, el mismo que lo había unido a Isabella, ahora los separaba. Si todo hubiese ocurrido un minuto antes o un minuto después, en lugar de estar tragándose las lágrimas, en ese instante estaría haciéndole el amor a su chica sobre el escritorio. Si Gianna hubiese estado en su puesto, la estúpida de Kate jamás habría entrado a la oficina. Si el finlandés que hablaba un pésimo inglés no lo hubiese llamado, él la habría sacado con viento fresco de allí en menos de treinta segundos. Si Bella hubiese llegado antes o después, se habría encontrado con un panorama distinto...Y ellos no estarían pasando por el día más horrible de sus vidas.
Ahora todo dependía de que Kate le explicara a Isabella que él no tuvo nada que ver en ese beso. Y de que ella le creyera.
Lo peor de todo era que no veía plausibles ninguna de las dos posibilidades. Oh Dios, ¿qué haría? Esperar dos días como le había dicho Marie. Dos interminables días sin ella. No sabía cómo iba a soportarlo.
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¡Drama, Drama, Drama! No puedo creer que esto esté sucediendo… bueno… en un rato les subiré el capítulo que sigue! Ya no nos quedan muchos caps para terminar esta historia.
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
