La reina de tus caprichos

- ¿De veras? –pregunté ingenua, hipnotizada por tu oscurecida y cristalina mirada a mi espalda y el imponente porte de tu expuesto torso, ahora recuperado del todo… Gran contraste con el penoso estado en que te devolvieran a Chicago, en tu amnesia.

Recordé el impacto que sentí al reconocerte en aquellos días. Eras sin duda tú pero ¡Estabas tan desmejorado respecto al Albert de Lakewood!... y del zoo. Mucho más delgado y ojeroso, desnutrido. Ahora, sin embargo, lucías tu constitución original, resultado de tus días de independencia y de mantenerte siempre activo, sin relegar aquellas cosas que gustabas seguir realizando por ti mismo y que tantos reproches te ganaban, por parte de la tía Elroy.

Si tu rostro y tu forma de mirarme irradiaban ternura y amor, tu torso y el resto de tu cuerpo clamaban cruda y brutal virilidad en estado puro, deseo insaciable de carnalidad, tan diferente a la menudencia del mío.

Salí levemente de mi embrujo cuando arriaste mis tirantes, desnudando mis hombros, y proseguiste la conquista de mi piel, haciéndome consciente de la extraña oquedad, que delataba el arduo y persistente dolor, del deseo en mi bajo vientre.

Me sobrecogía la forma en que, cuanto más permanecía contigo más aumentaba mi apetito por ti. Especialmente, cuando me hiciste notar, con un leve balanceo de tus caderas, tu tenaz y masculina turgencia, contra mi espalda, desatando una tormentosa y cálida lluvia entre mis muslos, intensificada por el ya viscoso flujo de mi periodo. Jadeé anhelante y fastidiada por la pesarosa comezón ¡Te necesitaba tanto!

Giré sobre mi misma para hundir mi cabeza en tu torso, aspirando tu aroma, abrigándome en tu calor. Quería tocarte, y hasta el momento, sin percatarnos, pocas veces lo había logrado. Deslicé mis dedos, jugueteando con tu rizado vello y tus pezones. Suspiraste desvalido y me besaste, apresando mi cara entre tus manos, para apoyarnos después, con un grácil giro, contra la pared a tu espalda, admirándome, como siempre, por lo fácil que te resultaba movernos, sin resultar excesivamente brusco.

Me mantenías atrapada entre tu jadeante cuerpo y la pared, mientras yo luchaba por poder recorrerte, por no desviarme del velludo rastro que bajaba por tu pelvis, para lanzarme a apresar, con mis manos, tu férreo miembro, por sobre el pantalón del pijama.

Tentativa, lo masajeé, recayendo por primera vez en su tamaño. Me asusté ligeramente al pensar que algún día aquello hubiera de entrar en mí. Aun así, mi ansiosa esperanza de excitarte, de la misma forma que hacías conmigo, me animó a seguir tocándote.

Gemiste aumentando mi placer ¡Cómo me encantaba que hicieras eso! Fue entonces cuando descubrí que, oírte gemir por mis caricias, era como música celestial para mis oídos. Mis extrañas imaginaciones empezaron a hacer de las suyas, despertando un travieso deseo por torturarte- ¿Te refieres a esto? –Me descaré, mientras recordaba el ritmo que seguías, al atraparte en tu ducha. La evocación de tu frenesí hizo que me sofocara.

- ¡Candy! –jadeaste y me sonreí.

- Cuando te vi en la ducha… -Me dio vergüenza acabar de decirlo-. ¿Te gusta así? –susurré, intentando revivir el mismo ritmo pero la tela me entorpecía.

- Siiií… -volviste a jadear–. Espera… -Ayudada por tu mano, apartamos el oneroso pantalón, descubriendo el gallardo pene que parecía querer saludarme, fijando su ciclópea y sonrosada mirada en mí. Tomando una de mis manos, me acercaste a él–. Tócame, por favor –suplicaste con voz entrecortada, apoyando tu frente en la mía y besando mi nariz.

Insegura, dejé que guiaras mi mano con la tuya, rodeando, sin forzar, la expectante dureza, sorprendiéndome por su inesperada sedosidad y calidez. Me gustó y me sentí alentada a acariciarte en toda tu envergadura. Apenas podía llegar a rodearlo con una mano. Aproximé la otra para abarcarlo en toda su extensión, de la base a la cabeza, arrancándote un extraño sonido, mezcla de resuello, gruñido y gemido, mucho más delicioso que cualquier melodía que pudiera haber bailado en el pasado.

Notaba tu respiración cada vez más irregular y enérgica. Observé que tenías la mirada fija en mis manos, mientras temblabas entre ellas y retomabas con las tuyas el asalto a mis pechos, amasándolos con devoción.

Desesperada, me fundí en tu boca poniéndome de puntillas, mientras tú bajabas, doblando tus rodillas, y ambos enzarzábamos nuestras lenguas en calinosa batalla, sin dejar de atender a nuestros demandantes cuerpos.

De pronto, te separaste ligeramente y emití un gruñido a modo de protesta. Refregaste nuestras narices con cariño, mientras apresabas mis manos, deteniendo sus frenéticos movimientos– Si sigues así… -resollaste–, no podré contenerme… mucho más –acabaste de hablar con un quedo gallo, mientras mordisqueabas mi oreja.

- No me importa –suspiré–. Yo también quiero darte placer –Me sorprendí a mi misma al atreverme a dar voz a mis pensamientos–. ¡Te amo Albert! –Recuperé tu boca en la mía y retomé ambas contiendas, sin piedad, firmemente decidida a derrumbarte de fruición, lográndolo al poco tiempo, ahogando tus gemidos, con mis labios, y notando una nueva cálida y viscosa humedad, resbalando perezosa, por mi pecho y entre los dedos de mis manos, mientras tu sexo se convulsionaba entre ellas, aflojando lentamente su firmeza.

Tu inmenso cuerpo y la deleitosa mezcla de tu transpiración y suave esencia, me envolvió por un momento, mientras reaccionabas para sujetarte contra la pared, sin dejar de resollar, luchando por recomponerte sin aplastarme. Fascinada aún por lo sucedido, apenas reaccioné cuando volviste a girarnos sobre ti mismo, para quedar apoyado contra la pared, manteniéndome cobijada entre tus brazos, empezando a dispersar suaves besos por todo mi rostro– Gracias, pequeña –Rozaste mi boca-. Yo también te amo… Te amo con toda mi alma –confesaste sobre mis labios.

Ya más recuperado, reparaste en mis senos, timbrados con tu solidificado semen que volvía en aquellos momentos a licuarse. Felino, alcanzaste una toalla cercana, limpiando, cuidadoso, su rastro, sin dejar de sostenerme entre tus brazos, mientras yo aprovechaba un extremo para asear también mis manos.

- ¿Estás bien princesa? –Me observaste vacilante. De repente me sentí agotada y solo te contesté asintiendo con una sonrisa, feliz de haber sido, esta vez yo, quien te proporcionara satisfacción–. Yo, sien…

Te callé con mis dedos en tu boca, antes de que pudieras añadir más. Ahora solo quería, necesitaba, descansar entre tus brazos– ¡Shhhhh! Vamos a descansar, ¿Quieres…? -Te miré intentando trasmitirte toda la ternura que en ese momento sentía–. Llévame a la cama, por favor.

Sin dudarlo, me tomaste, alzándome con tus brazos, como una novia antes de estrenar el portal, y posaste en la litera inferior, rodeándome después, mientras yo me apoyaba en tu pecho, dispuesta a disfrutar del mejor descanso que, en esos momentos, podía desear.

Continuará…