18. No estarás intercambiando mensajitos con Itachi Uchiha, ¿verdad?

A la mañana siguiente, veo tiernos unicornios por todas partes y arcoíris fluorescentes en el cielo. Desde ayer que no me quito esta sonrisa de empanada de la cara y solo consigo concentrarme si es para revivir lo que pasó en la playa. Itachi vendrá a buscarme dentro de un par de horas e iremos a echarle el lazo a la abu Uchiha para llevarla de vuelta a la residencia. Si protesta, el plan consiste en tentarla con un pastel con doble cobertura de chocolate. Estoy intentando convencerme a mí misma de que la razón por la que estoy despierta a las siete de la mañana de un largo fin de semana es porque quiero ver a la abu Uchiha; pero, en serio, no me lo creo ni yo.

Hoy quiero estar especialmente guapa. Lo último que deseo es que llegue Itachi y me confunda con un extra de The Walking Dead. Ayer por la noche me duché y me alisé el pelo antes de irme a la cama. Los mechones, rosados y ondulados, caen formando suaves ondas hasta la parta baja de la espalda, y está feo que yo lo diga, pero cuando me doy la vuelta, parecen sacados de un anuncio de Pantene.

En cuanto a la ropa, no sé si apostar fuerte. Tampoco quiero que piense que quiero convertirme en otra persona por él. Podría ponerme una minifalda y una camiseta de tirantes ajustada, pero ¿a quién estaría engañando? Sakura la Obesa jamás se vestiría así y yo tampoco. Es importante que intente ser fiel a mí misma para hacer lo que vamos a hacer, que no sé qué es. Sí, eso es, Sakura, compórtate como una mujer fuerte e independiente y no permitas que un hombre te haga perder la cabeza.

Claro que si consideramos la cantidad de horas de sueño que estoy perdiendo por su culpa, diría que ya es demasiado tarde para eso. Al grano; me pondré lo primero que encuentre en el armario.

Estoy sopesando las ventajas de dicha decisión cuando, de pronto, suena el timbre y yo doy un respingo. Es demasiado pronto para que sea Itachi. Aún estoy en pijama; espero que no se haya atrevido a tenderme una emboscada. Corro a la ventana de mi habitación, desde donde tengo unas vistas bastante buenas de la puerta principal. Ahora que lo pienso, no puede ser Itachi. Aún tiene la llave que le dio mi madre, por mucho que me moleste y me lo restriegue por la cara siempre que tiene ocasión.

Saco la cabeza por la ventana justo en el momento en que la recién llegada se sienta en el porche. Enseguida sé quién es y corro escaleras abajo sin detenerme a respirar ni una sola vez. Abro la puerta y me encuentro a una Temari agotada que se ya se ha puesto en pie. Su aspecto me coge por sorpresa. Desde que nos conocemos, Ino, Temari y yo hemos dormido juntas unas cuantas veces y nos hemos visto en nuestros peores momentos, pero esto es otra cosa totalmente diferente. Es como si se hubiera puesto lo primero que ha encontrado, unos vaqueros viejos y una camiseta que no pega para nada. Sin embargo, lo que me preocupa no es la ropa, sino que tiene los ojos inyectados en sangre. Parece que lleve varios días sin dormir, y el hecho de que se balancee de un lado a otro tampoco ayuda. Lleva el pelo hecho un desastre, como si se lo hubiera estado tocando continuamente, y cuando me fijo con más detenimiento, consigo ver los surcos de las lágrimas que tanto se ha esforzado por disimular.

—¿Qué ha pasado?

Pero no hace falta que pregunte, lo sé incluso antes de que me lo diga, y me siento triste y cabreada al mismo tiempo.

—Karura —responde Temari, y no hace falta que diga nada más.

La hago entrar en casa y ella se dirige hacia la cocina y se apoya en la encimera. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que las cosas se torcieron. Karura lleva una buena temporada sin hacer nada demasiado drástico, pero ver a mi amiga así hace que todo eso se me olvide. No es justo. Sé que a mí tampoco me ha tocado la lotería en lo que a padres se refiere, pero Temari no se merece todo lo que está viviendo.

—¿Te apetece comer algo? Puedo hacer café si quieres y, si no me equivoco, queda un poco de lasaña en la nevera.

Temari sonríe y de pronto es como si no hubiera pasado nada. No me gusta verla así, derrotada y tan... rota. A Ino y a mí nos costó mucho franquear sus defensas, pero tras muchos intentos al final se abrió. Siempre le cuesta hablar de lo que pasa en su casa, pero más o menos conseguimos sacárselo. Intuyo que hoy será otro de esos días.

—¿Me estás ofreciendo lasaña a las siete de la mañana? No estás programada para funcionar antes de las doce, ¿eh?

—Es comida y tú tienes hambre. No entiendo por qué, como sociedad, insistimos en etiquetar las comidas según la hora del día. Si te apetece comer lasaña, adelante, que le den al reloj —concluyo mi discurso.

Ella sonríe y luego niega con la cabeza.

—Vete a la cama, Sakura. No deberías estar levantada, ya sabes que no te va bien. ¿Te he despertado?

—No, ya estaba levantada. He quedado con... —Dejo la frase a medias porque no sé qué decir. Si digo su nombre, Temari querrá saber más y desviará la atención hacia mí para no tener que hablar de lo que le ha pasado en casa—. He quedado con mi compañero del trabajo de historia, pero puedo posponerlo.

Espero que haya sonado convincente.

—No, tranquila, no pasa nada. Solo necesito dormir un rato y luego me voy.

Se le escapa un bostezo a media frase y por un momento siento el deseo incontrolable de pegar a Karura.

—No, mejor me quedo. Mis padres nos han encargado un montón de tareas y seguro que Shikamaru no ha hecho ninguna, así que será mejor que empiece por las suyas.

—¿Tareas? ¿Desde cuándo tenéis tareas en esta casa? ¿Es que no tenéis asistenta, cocinero y jardinero?

Cierto.

—Mi madre les ha dado vacaciones toda la semana. Ya sabes, por las fiestas del pueblo.

Qué forma de mentir.

—Vaya, pues qué mierda.

Temari no parece muy convencida, pero tampoco está de humor para investigar. Cuando por fin consigo que se trague todas mis mentiras, la acompaño al dormitorio de invitados, le doy una camiseta y unos pantalones cortos de Shikamaru y decido dejarla sola un rato para que duerma. Ya tendré tiempo luego de coserla a preguntas, cuando no esté a punto de desmayarse. Me quito el pijama, me pongo unos vaqueros y una camiseta a rayas blancas y negras y decido probar suerte con los fogones. Sí, es verdad que casi quemo la cocina, pero hay algunos platos que no me salen del todo mal. A Temari le irá bien comer algo caliente cuando se levante. Juraría que ya ha cubierto el cupo de pizza para el resto de su vida.

Sin embargo, antes tengo que ocuparme de otra cosa. Rescato el móvil de debajo de una montaña de ropa y me preparo para lo que está a punto de pasar. ¿Qué clase de relación se supone que vamos a tener? Ni siquiera hemos tenido nuestra primera cita oficial y ya le estoy dando plantón. Se me revuelve el estómago solo de pensar que pueda hacerle daño. Sé que está deseando ir a buscar a su abuela conmigo, y yo también, pero no puedo pasar de mi mejor amiga. Temari siempre ha estado ahí cuando la he necesitado; lo mínimo que puedo hacer es estar a su lado ahora que la que me necesita es ella.

Yo: «Hola, me ha surgido algo, no voy a poder acompañarte. Lo siento».

Le doy al botón de enviar y dejo el móvil sobre la encimera, lo más lejos posible de mí. Ya sé que Itachi no va a surgir de repente del teléfono, dispuesto a romperme el corazón, pero ahora mismo estoy a punto de tener un ataque de pánico y la culpa la tiene esa plaga tecnológica con forma rectangular.

Estoy acabando de reunir los ingredientes que necesito cuando mi móvil me anuncia que he recibido un mensaje. Vaya, qué velocidad. Quizá se siente aliviado ahora que he anulado la cita y tiene vía libre para quedar con otra chica más de su estilo. Hagamos como si la idea no fuera un puñal y no me estuviera atravesando el corazón.

Abro el mensaje a regañadientes y cierro un ojo como si eso fuera a mitigar el golpe.

Itachi: «Estás bien? Quieres que vaya a tu casa? Llamo a Mikoto?».

Ah. No está rompiendo conmigo. Ni siquiera sé si podemos romper, aún no estamos saliendo oficialmente, pero al menos no me ha dejado ni está enfadado. Suelto el aire que he estado conteniendo durante un buen rato y una sensación cálida me inunda el pecho. ¿Por qué tiene que ser tan perfecto? ¿No puede meter la pata ni una sola vez, aunque solo sea para demostrarme que sigue siendo el Itachi de antes?

Yo: «Estoy bien. Es Temari. Tengo que quedarme con ella. Lo siento, de verdad».

El comentario sobre Temari ya lo dice todo. Itachi es suficientemente observador como para saber que su vida familiar es bastante inestable. Una vez me preguntó y yo intenté responderle sin traicionar la confianza de Temari. No le gusta que la gente sepa cómo es su vida, dice que no quiere que se compadezcan de ella. Solo espero que algún día se dé cuenta de que no es compasión lo que intentamos ofrecerle, sino empatía.

Itachi: «Llámame si necesitas algo, en serio. Promételo o no podré irme. Y para de decir lo siento o me aseguraré de que lo sientas de verdad».

Es un sol y ni siquiera es consciente de ello. No tiene ni idea del efecto que sus palabras provocan en mí. Ah, y al final del mensaje, ¿me está tirando los tejos? ¿Se la tengo que devolver? Ni idea.

Yo: «Prometido, no te preocupes por nosotras. Ah, ¿y cómo piensas conseguir que deje de disculparme?».

Toma, pregunta final abierta con el toque justo de insinuación.

Itachi: «Besándote, ya ves qué fácil».

Que entre la hiperventilación y larga vida al rey de los mensajes sugerentes.

Me tiemblan literalmente las manos y por poco no se me cae el teléfono al suelo. Miro la pantalla y parpadeo mientras leo el mensaje una y otra vez. ¿Soy yo o aquí hace calor?

Itachi y yo besándonos. Acabará pasando, está claro. He aceptado salir con él y besarse es algo natural en una relación. Entonces ¿por qué no lo he pensado hasta ahora? Hemos estado a punto de hacerlo un par de veces, pero ahora todas mis fantasías pueden convertirse en realidad.

Pero, claro, eso no se lo puedo decir a él. Si quiere jugar conmigo, jugaremos los dos.

Yo: «¿Y por qué estás tan seguro de que te dejaría besarme?».

La respuesta es instantánea, como si no necesitara pensárselo dos veces. ¿Y si se da cuenta de que yo tardo varios minutos en responder porque tengo los nervios destrozados?

Itachi: «No sé por qué, pero algo me dice que lo harías encantada, Saku».

Respiro y suelto el aire poco a poco para ver si me tranquilizo, pero es que esta conversación... me está poniendo. Nunca es tan directo con estas cosas cuando estamos juntos. Hace comentarios brutos, eso sí, pero solo para chincharme y sacarme de quicio por mi comportamiento de virgen inmaculada. Esto, en cambio, es otra cosa. Está ligando conmigo y me encanta.

Yo: «Tengo que hablar con Temari. Te dejo, ¿hablamos luego?».

Soy una cobarde y un fracaso total en lo que a conversaciones íntimas se refiere, pero espero que lo entienda. Me conoce tan bien que espero que se dé cuenta de que estoy muy nerviosa y que no me lo estoy quitando de encima.

Itachi: «Tengo ganas de verte. Pásatelo bien, bizcochito».

Yo: «Tú también, Itachi».

—No estarás intercambiando mensajitos provocadores con Itachi Uchiha, ¿verdad?

Levanto la cabeza del móvil como una exhalación y veo a mi hermano cruzando la cocina hacia mí. Lo fulmino con la mirada y borro la sonrisa de mi cara.

—¿Acabas de decir lo que creo que has dicho?

Me estremezco. Esa insinuación jamás debería haber salido de la boca de mi hermano, al menos no dirigida a mí.

—Qué pasa, eres mi hermana pequeña. Mi obligación es hacerte sentir incómoda con el tema chicos hasta que decidas meterte a monja.

—Deberías hacértelo mirar —le digo dándole unos toquecitos con los nudillos en la frente.

—Como es evidente que estabas intercambiando mensajes con Itachi, supongo que el de la habitación de invitados no es él.

Abro el armario de encima del fregadero y saco un paquete de cereales. Ya cocinaré algo en condiciones más tarde. A los dos nos gustan con la leche caliente, así que caliento un poco y preparo el único desayuno que sé hacer. Nos sentamos en la isleta, uno en cada punta, y solo entonces decido responder su pregunta.

—Es Temari.

Su cuchara se queda flotando en el aire. Una mirada de sorpresa le cruza la cara, pero se desvanece tan rápido como ha aparecido. Sigue comiéndose sus cereales en silencio y yo sigo su ejemplo.

—Es una de tus nuevas amigas, ¿verdad? ¿Es la rubia con ojos azules?

—No son mis nuevas amigas, las conozco desde hace dos años y no, la rubia con ojos azules es Ino. Temari era la que pinchaba en la gala, ¿la recuerdas?

—Ah. ¿Va todo bien? Quiero decir, ¿está bien?

De pronto, no me apetece guardármelo para mí. Quiero hablar de ello con alguien que entienda de familias disfuncionales y ¿quién mejor que mi hermano? Si se lo cuento, quizá sepa cómo puedo ayudar a Temari.

—Ella intenta aparentar que está bien. Temari es así, no quiere que la gente vea lo que hay bajo la superficie, pero ojalá nos contara lo que le pasa, porque luego acaban ocurriendo cosas como esta.

Shikamaru tiene las cejas fruncidas y la mirada clavada en sus cereales. Está tan concentrado que parece que esté intentando descifrar el mayor enigma de la Tierra, que es precisamente lo que Temari es para muchos: un misterio.

—¿Qué quieres decir exactamente con cosas como esta?

—Básicamente, su madre. A veces se le olvida quién es la adolescente de la familia. Organiza fiestas en su casa que duran días. Temari tiene que irse a la biblioteca si quiere hacer los deberes. Duerme con la puerta cerrada con llave para que los borrachos no entren en su habitación a magrearla. Trabaja para pagar las facturas y mantener el negocio de su madre a flote. Ya sé que papá y mamá tampoco son perfectos, pero Temari nunca tiene un respiro y es todo por culpa de su madre.

Sé que debería sentirme culpable por contarle todo esto a Shikamaru, pero no es así. Seguro que se le ocurre algo, es mi hermano mayor y siempre sabe qué hacer. Siempre ha sido así desde que éramos pequeños.

Lo miro de nuevo y me parece que está cabreado, pero cabreado tipo orejas rojas y todo. Supongo que es su instinto protector. Debe de sentir que mi amiga es como una hermana pequeña para él y, teniendo en cuenta cómo es, querrá protegerla de todo lo malo que le pueda pasar, como a mí.

—¿Y por qué no se va y asunto arreglado? Tiene dieciocho años, ¿no? ¿Por qué no invierte el dinero que gana en buscarse un sitio decente donde vivir?

Ino y yo hemos tenido, o al menos lo hemos intentado, esa misma conversación con Temari muchas veces, pero sin resultado alguno. Incluso le hemos ofrecido quedarse en casa de cualquiera de las dos el resto del curso, pero se mantiene firme. No quiere dejar sola a su madre, al menos no hasta que empiece la universidad. Los motivos son un poco vagos, pero supongo que el factor familia forma parte de la ecuación. Por muy cuestionables que sean sus habilidades maternas, Karura sigue siendo su madre, y Temari la quiere lo suficiente como para quedarse.

—Ella no es así, Shika. No abandona a la gente, se queda a su lado hasta el final.

Murmura algo entre dientes y nos terminamos el desayuno en silencio. Luego me pregunta qué planes tengo para el resto del día y yo le digo que seguramente lo pasaré con las chicas y que luego se quedarán a dormir. Él asiente, me da treinta dólares para comida y luego vuelve a su habitación. Reaparece un par de horas más tarde, ya vestido. Aún es pronto, cerca de las diez, por lo que me sorprende verlo tan animado. Lleva una camisa blanca, unos pantalones caqui y unas Converse. Hacía tiempo que no se esforzaba tanto escogiendo la ropa, sin contar el día de la gala, claro.

—¿Tienes una cita con la chica misteriosa?

Dejo de frotar las baldosas de la cocina y me pongo de rodillas, sonriendo. Él suspira.

—Ojalá.

—¿Sigues sin tener suerte? Vaya, es la primera chica que te lo pone tan difícil. Ya me cae bien.

Él finge que me mira con los ojos entornados.

—Sí, podríais ser muy buenas amigas, pero no te preocupes, tengo la situación bajo control.

Lo dice con arrogancia, más seguro de sí mismo. Hasta ahora, siempre que hablábamos de la chica misteriosa, me parecía que estaba un poco desesperado, así que me alegro de que por fin tenga un plan. Cualquier chica que sea capaz de resistirse a sus encantos durante más de dos semanas merece mucho la pena, seguro. Shikamaru siempre lo ha tenido muy fácil, y estoy convencida de que a ninguna de las que ha conocido últimamente le ha importado un comino que estuviera encerrado en su habitación abrazado a una botella de Jack Daniel's. Sigue siendo el soltero de oro del pueblo, así que el día de la gala había muchas revoloteando a su alrededor; pero esta chica, en cambio, se las está haciendo pasar canutas.

—Bueno, pues que tengas suerte. Si acaba cediendo, me gustaría conocerla.

—Serás la primera en saberlo, hermanita.

Me alborota el pelo y yo le aparto el brazo de un manotazo, luego se dirige hacia la puerta entre risas. Se nota que está de buen humor. Yo resoplo y sigo limpiando hasta que vuelve a asomar la cabeza por la puerta de la cocina.

—Ah, ya sé lo del viajecito con tu novio y sin carabina. Hablamos cuando vuelva.

—Y con hablar quieres decir que harás que todo suene mucho más sucio de lo que en realidad fue, ¿a que sí?

—Me conoces tan bien, pequeño saltamontes...

Lo fulmino con la mirada y él da media vuelta y se va. Aún oigo su risa cuando se sube al coche.

Temari lleva durmiendo más de seis horas seguidas. Debía de estar agotada, la pobre. Cada segundo que pasa me cabreo más con Karura. ¿Cómo puede hacerle esto a su propia hija? Si no levanta el pie del acelerador, acabará perdiendo a la única persona que se preocupa realmente por ella. Aunque Temari no lo crea, se merece algo mucho mejor y ya va siendo hora de que lo entienda.

Ino se acaba de ir a Boston a pasar las vacaciones con sus abuelos. No puedo llamarla para hablar de esto. Ya está suficientemente ocupada con la protectora de animales, la Cruz Roja y el orfanato; será mejor que de momento la deje tranquila.

Preparo la ensalada preferida de Temari para cuando se levante, con mucha lechuga, tomates, jalapeños y olivas. Queda un poco de pollo asado en la nevera, así que lo corto en pedacitos y lo añado, antes de regarlo todo con un aliño ranchero. Luego preparo una jarra grande de té helado y lo subo todo en una bandeja. Está despierta, tumbada en la cama con la mirada clavada en el techo. Es el estado de ánimo que más temo porque, cuando está así, siempre acaba tomando decisiones importantes y casi siempre autodestructivas.

—La comida está servida —anuncio, y dejo la bandeja sobre la cama, a su lado.

Ella se sobresalta, como si no me hubiera oído entrar, lo cual me preocupa aún más. Esto no tiene buena pinta, tendré que distraerla.

—¿La has preparado tú? —pregunta examinando la comida minuciosamente.

—Bueno, si no quieres comértela... —respondo, dejando la frase a medias, y, como sé que le encantan los jalapeños, me meto uno en la boca para darle envidia.

—¡Eh! —Me aparta la mano y se abraza al bol—. No toques mi comida.

Yo ya he comido, así que la dejo comer tranquila mientras yo preparo una sesión de cine en mi habitación. Como sé que odia cualquier cosa que huela a comedia romántica, saqueo la colección de Shikamaru y escojo una peli de Matt Damon. Le encanta.

Quito la colcha de mi cama, la estiro en el suelo y luego esparzo unos cuantos cojines. Preparo un bol enorme de palomitas y saco unos cuantos Kit Kat de mi reserva secreta.

Mientras se ducha, le dejo una camiseta y unos pantalones cortos en la habitación. Cuando sale, me sorprende porque lleva la misma camiseta de esta mañana pero con mis pantalones.

—Es más cómoda —me dice encogiéndose de hombros.

A media película, intento preguntarle qué ha pasado. Estamos apoyadas contra los pies de la cama, sepultadas bajo varias mantas, rodeadas por un montón de cojines que forman un capullo a nuestro alrededor y experimentando un subidón de azúcar.

—¿Te puedo preguntar qué ha hecho Karura está vez?

Temari se encoge de hombros sin apartar los ojos de la pantalla.

—La misma mierda de siempre. Fiesta, drogas, desconocidos metiéndose en mi cama.

Se me escapa una mueca de asco. La última parte es nueva.

—Se ha gastado lo que ganó en la gala en alcohol. Le había dicho que necesitábamos el dinero para pagar la luz, pero se ha gastado hasta el último centavo. No sé cuántos turnos más soy capaz de hacer, mis notas empiezan a resentirse y en Berkley no aceptan a vagos.

Apoyo la cabeza en su hombro.

—Eres una productora musical buenísima, te aceptarán en cuanto oigan una de tus mezclas. No te preocupes por eso.

—Pero aun así tengo que pagar la matrícula. Es imposible que consiga ahorrar si continuamente tengo que hacerme cargo de sus metidas de pata.

—¿Y qué vas a hacer?

—Ahora mismo —se ríe, pero sin gracia— no tengo ni idea. Mi intención es ir día a día y ver adónde me lleva todo esto. Voy a plantarle cara. Tiene que dejar de hacer el idiota.

—Bueno, si necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme.

Apoya su cabeza sobre la mía y vemos el resto de la película en silencio.

Vamos por la tercera de la trilogía de Bourne cuando alguien llama a la puerta. Debe de ser Shikamaru porque lleva buena parte del día fuera, así que imagina mi sorpresa cuando abro la puerta y me encuentro el par de ojos negros más brillantes que conozco.

Itachi.

—Eh.

Me dedica una de sus medias sonrisas y siento que mi corazón se me sale del pecho. Acabo de darme cuenta de lo mucho que lo echaba de menos. Durante todo el día he tenido la sensación de que algo no iba bien, aparte de lo de Temari, claro. Me sentía incompleta, un poco triste, y ahora sé por qué. Itachi no estaba aquí para alegrarme el día.

—Hola —le digo, y la voz me sale un poco susurrante.

—Hola —repite él; los dos orbes negros que tiene por ojos brillan aún más y las comisuras de sus labios se elevan dibujando una sonrisa deslumbrante.

—Hola.

—¿Es que no pensáis decir nada más o qué?

La voz de Temari me despierta del coma al que Itachi acaba de inducirme y al segundo me pongo colorada como un tomate. Abro la puerta del todo y retrocedo para que entre. Lleva dos bolsas de Walmart en las manos y va vestido con una camiseta gris de manga larga y unos vaqueros. De pronto, me acuerdo de la conversación de esta mañana y me ruborizo más.

—Hola, Temari —la saluda Itachi, un poco avergonzado, y ella pone los ojos en blanco.

—Si alguno de los dos vuelve a pronunciar la palabra «hola», juro que os mato a palos.

Él levanta las manos, cargadas con sendas bolsas, en un gesto defensivo.

—Ni un saludo más, recibido. Además, si me mataras, me llevaría mis ofrendas de paz conmigo.

Saca tres tarros distintos de helado y, por imposible que parezca, me enamoro aún más de lo que ya lo estoy. ¿Cómo ha sabido que era justo lo que necesitaba ahora mismo?

—Fresa y nata para ti, menta con trocitos de chocolate para ti.

Me da un tarro a mí, del tamaño más grande que venden en la tienda —por poco no se lo arranco de la mano—, otro a Temari y, por último, saca el tercero, su favorito: helado relleno de pastel. Y así, sin más, se une a la velada. Me muevo un poco hasta colocarme entre Temari y él. Estamos tan cerca que tengo los nervios de punta y no puedo parar de pensar en el poco espacio que nos separa. Me pregunto si oye el latido de mi corazón, que palpita a lo loco. Desde aquí huelo su colonia, mezclada con la loción de afeitado y un olor especiado a calabaza. Si pudiera, metería este aroma en una botella y lo conservaría para siempre.

—Hola —me susurra al oído, muy bajito para que Temari no lo oiga, aunque de todas formas está tan absorta contemplando a Jason Bourne que le da igual.

—Hola —replico yo sonriendo y mordiéndome el labio de lo nerviosa que estoy.

Me pasa un brazo alrededor de los hombros y me atrae hacia sí, de forma que todo el lado derecho de mi cuerpo descansa sobre él. Puedo sentir el calor que desprende y atraviesa la ropa de los dos. Se me pone la piel de gallina, pero no tiene nada que ver con el frío. Por un momento, me olvido de respirar, y la necesidad de acercarme aún más es tan fuerte que no puedo contenerme.

Cojo aire y apoyo la cabeza en su hombro. Se le acelera la respiración y yo siento una extraña sensación de satisfacción. He sido yo la que ha provocado esa reacción, tengo algún tipo de poder sobre él. No soy la única a la que esto le afecta tanto.

Cuando su respiración vuelve a la normalidad, levanto la mirada y me encuentro con sus ojos. Es como si ardieran y me abrasan por dentro con solo posarse en mí.

—Te he echado de menos.

No lo dice él, lo digo yo, y a los dos nos coge por sorpresa. Lo he susurrado, pero da igual porque es como si estuviéramos en nuestro propio mundo, un mundo en el que Itachi es el centro del universo.

Sus dedos se cierran sobre mi cintura y se hunden en mi piel, pero no de una forma dolorosa. En todo caso, se acerca más al placer que al dolor.

—Yo también te he echado de menos, bizcochito, mucho.

Con una sonrisa, vuelvo a apoyar otra vez la cabeza en su hombro y vemos el resto de la película abrazados el uno al otro. Con que se lo iba a ocultar a Temari, ¿eh? Ya.