25
Una historia.
—Eso no es cierto.
—Te juro que sí.
—Yo digo que no.
—Y yo que sí.
—¿Tú qué opinas? —me preguntó Kurt cuando menos atención estaba prestándoles.
—Que… ¿Sí? —balbuceé sin demasiada convicción. Básicamente, la que tienes cuando no te has enterado de qué nada.
Hacía apenas media hora que llegamos al apartamento después de la caminata desde la discoteca, y llevaban casi diez minutos discutiendo por algo que yo ni siquiera sabía. Me había dado tiempo a asearme, ponerme el pijama, prepararme una infusión y relajarme en el sofá, mientras ellos seguían llevándose la contraria con absurdas explicaciones que ni Rachel ni yo atendimos.
Ella no estaba en el salón. Había imitado mis pasos y se adueñó del baño para desmaquillarse, y llevar a cabo todo ese ritual que solemos hacer las chicas antes de meternos en la cama. Rachel estaba más acostumbrada que yo a lidiar con ellos dos, pero aquella noche parecía haber perdido la paciencia también, y tampoco les prestaba demasiada atención. Yo solo deseaba que Kurt y Blaine se cansaran de dar vueltas sin sentido por el apartamento, y decidieran que había llegado el momento de dormir.
Sí. Sé que en vez de quejarme tendría que haber sido yo quien diese la noche por finalizada, y me marchase a dormir. Pero entonces, tendría que superar el absurdo temor que había aparecido en mí en durante la caminata. Más concretamente cuando escuché la delatadora frase que Rachel me regaló, y que hacía referencia a la estrategia de Santana para lograr nuestras confesiones.
Si supiera que hoy también dormimos juntas…
Esa fue la frase. Esas fueron las palabras que dijo inocentemente, y que a mí me habían provocado ese miedo. Más que miedo, terror. Obviamente no era por saber que volvería a dormir con ella. El temor se hizo latente en mí al ser consciente de no saber si iba a poder controlar mis hormonas cuando eso sucediera. Como un animal en celo. Así me sentía. Como si estuviera fuera de mí, y el simple hecho de verla desnudarse no me diese opción alguna a mantener el control.
Sé que puede resultar exagerado. De hecho, nunca antes había llegado a sentir que no tendría control alguno de mis emociones en una situación así. Pero Rachel lo había conseguido. Rachel y las circunstancias que poco a poco se fueron dando para que yo la deseara más y más.
Tal vez sea algo que no todo el mundo llega a vivir, pero tener a una persona constantemente a tu lado que logra remover tu cuerpo de esa manera, tomándote de la mano, susurrándote al oído, mirándote cuando nadie lo hace o aprovechando cualquier excusa para abrazarte, hace que sea muy complicado actuar con sensatez. Hace que continuamente pienses en ella y no de la forma más amigable posible. Y eso puede terminar en una situación comprometida que no deseas para esa persona.
Ya fue suficiente cuando me dejé llevar besándola en las afueras del Staples Center, aprovechando como excusa las buenas noticias que le hicieron llegar, y que evidentemente me sirvió para camuflar lo que ya nacía en mi interior. Luego llegaron las confesiones, ese revoloteo de hormonas al verla por primera vez como una mujer, y no como la adolescente de los jerséis de renos. Llegó la naturalidad, el no darle importancia a un simple roce de manos, o a una mirada llena de deseo, porque, supuestamente entre nosotras, nunca podría pasar nada. Y entonces pasó lo que pasó. Era mucha, muchísima la presión que llegué a sentir por tener esos pensamientos con ella después de haberle negado que los tuviera. Y eso me convertía en una mentirosa y en una cobarde.
Tal y como dijo Santana, aunque con diferentes secretos, Rachel y yo habíamos intercambiado roles. Rachel me abrió su alma, era honesta y me trataba como se tratan a las amigas. Yo, llevando a cabo lo que tanto le critiqué, reprimí esas ganas negándome a confesar lo que me sucedía, mostrándome a la defensiva en cualquier situación, y dejando de lado esa honestidad que ella si me regaló. Además, me había convertido en toda una manipuladora de sentimientos con los demás, y ni siquiera me arrepentía de ello. Doble pecado, pensé. Demasiados sobre mi consciencia como para tener que soportar la culpa de no controlar mis hormonas. Por lo que mi excusa de tomarme una infusión tranquilamente en el sofá en vez de irme a dormir, era la perfecta para aquel momento. Obviamente me iba a meter en la cama con ella, pero lo haría cuando ya estuviese dormida, sin que tuviese opción alguna a provocarme, y mucho menos buscarme como lo hizo la noche anterior para abrazarme.
Demasiado castigo, sí. Demasiadas exigencias en vez de disfrutar al menos de su compañía. Pero mi mente dictó sentencia, y aunque para mí no suponía inconveniente alguno tener experiencias más íntimas con chicas, no podía evitar pensar que aquella chica que tanto me estaba provocando sin ser consciente, era Rachel. Mi Rachel Barbra Berry. Y no quería perderla. No quería asustarla, y mucho menos acabar destruyendo esa admiración, ese cariño y respeto que siempre me había demostrado por un estúpido calentón.
Tenía por delante un fin de semana lejos de allí, y después volvería a New Haven, donde ya tendría tiempo de acabar con mi abstinencia, y recuperar mi cordura. Doce horas me separaban del vuelo que debía tomar al día siguiente. Doce horas que pensaba vivir con total y absoluta tranquilidad. O eso pretendía.
Sí.
Lo sé.
Ilusa.
—Ok. Vosotros diréis lo que sea, pero yo digo que es que no —sentenció Kurt tras haberme obligado a responder—. Y no volveré a discutir más. Me voy a dormir.
—Yo también —añadió Blaine con una sonrisa triunfante tras haberle ganado aquella batalla, aunque el gesto de orgullo que mantenía Kurt hizo que su satisfacción durase más bien poco.
—Quinn, si necesitas entrar en la habitación a recoger algo, hazlo sin temor —me dijo Kurt
—No es necesario. Ya trasladé mis cosas a la de Rachel.
—Ok. Buenas noches, y hasta mañana.
—Buenas noches, chicos —musité regalándole una sonrisa que por primera vez salía de mí sin ser forzada. Eran buenos chicos, un poco pesados pero buenos, al fin y al cabo. Solo tenía que tenerles paciencia, y que me dejasen a solas fue un punto positivo para lograrlo, sin duda. Aunque la tranquilidad no me duró demasiado.
Apenas un par de minutos después, Rachel abandonaba el baño perfectamente preparada para dormir. La vi colarse en la cocina donde se sirvió un vaso de agua, y después vino hacia a mí.
—¿No vienes a dormir?
—En un rato. Me quiero tomar esto —señalé la taza que reposaba sobre la mesita, y ella no dudó en tomar asiento a mi lado.
—¿Estás mejor?
—Sí, sí. El paseo me ha venido bien para calmar los ánimos, aunque mi espalda está sufriendo las consecuencias.
—Vaya… ¿Te duele?
—No, no es nada. Imagino que es lo normal después de estar todo el día de un lado para otro. Primero el muelle, luego las tiendas…En fin, ha sido un día completo.
—Pues sí. Deberías tomarte eso pronto y venir a dormir. Tienes que descansar para el viaje.
—Lo sé. Voy enseguida, no te preocupes.
—Ok…—musitó dándome a entender que pretendía esperarme. Algo que yo tenía que evitar a toda costa.
—Buenas noches, Rach…—musité con dulzura, invitándola sutilmente a que se marchara, pero por lo visto en su mente ya rondaba algo completamente diferente a mis pretensiones.
—¿Sabes qué? —balbuceó pensativa, ignorando mi despedida— Mientras estaba en el baño no he parado de pensar en Santana y todo lo que hace por tal de ayudarme. ¿Crees, crees que debería contarle la verdad? —admito que me sorprendió que me hablase de aquello, pero al menos pude respirar al ver su conversación no era un tema que me llevase hacia el lado oscuro de la perversión.
—No, no lo sé, Rachel —respondí tras medir bien mis palabras—. Yo sé que se puede confiar en ella, pero también conozco su impulsividad, y sé que si empieza a pensar en algo para llevar a cabo, no habrá nada ni nadie que la detenga. Y no estoy convencida de que eso sea lo mejor para ti.
—Ya…Ese es mi mayor temor.
— Aunque…
—¿Aunque…?
—Por otro lado, si ella lo sabe, ya no solo somos dos mentes pensando en cómo ayudarte, sino que seriamos tres…Y Santana ha demostrado saber manejarse en esos asuntos mejor que nadie. No les tiene miedo a esos peces gordos.
—Lo sé. Pero eso mismo es lo que me echa atrás. Si se entera que el señor Greene me amenazó con acabar con su carrera también, es probable que vaya a Nueva York y le prenda fuego. O tal vez encuentre la solución, sí, pero es demasiado el riesgo. No sé cómo va a reaccionar.
—Es complicado —le dije sin saber muy bien si eso le ayudaba en algo. Evidentemente no. Yo siempre he tenido confianza ciega en Santana, y si fuese mi caso personal se lo habría contado sin dudas. Pero yo no era Rachel, y ella tenía mucho más que perder que yo—. Rachel, siento no poder ayudarte demasiado a decidir algo así, pero lo que sí quiero que tengas presente es que no tienes que tener miedo por las amenazas de esos tipos. Lo he pensado desde que me lo dijiste, y honestamente, creo que no tienen mucho que hacer contra ti.
—¿Tú crees?
—Mírate. Estás en Los Ángeles, ayer Zac Efron te colocó en todas las portadas por un inocente beso que ni siquiera habías pactado. Ya todo el mundo sabe que tienes amigos que mueven masas. Hoy el mismísimo Leonardo DiCaprio te ha dicho que sabía quién eras. ¿Crees que, si algún director quiere contar contigo ahora, va a prestar atención a lo que diga un amargado productor de Broadway? Ni hablar. Ni siquiera se van a molestar en interesarse por eso. Lo que cuenta es lo que está sucediendo ahora, no el pasado. Y lo que pasa ahora mismo, es que Rachel Berry está a punto de empezar una gira para promocionar una serie en la que es la absoluta protagonista. Una serie que ideó un productor que vio ese talento que todos hemos disfrutado, y que sabía que triunfarías más allá de los escenarios del teatro. Tienes repercusión en las Redes Sociales —añadí mostrándole instintivamente mi teléfono—. Esta mañana tenías unos 50.000 seguidores y ahora mismo ya superas los 75.000. Sales a cenar con Mercedes Jones, que además de ser tu amiga es una de las artistas con más proyección de los últimos años. ¿No lo ves? —cuestioné tras percatarme como bajaba la mirada pensativa— No necesitas un promance con la chica del anuncio de las sonrisas para ganar esta guerra, Rachel —dije logrando una tímida sonrisa de complicidad—. Triunfarás aquí, tendrás tu lugar y podrás volver a Nueva York cuando lo desees. Me apuesto lo que quieras a que será así.
—¿Otra apuesta?
—Lo que sea. Solo quiero que sepas lo que pienso. No tienes que tener miedo por nada. No estás sola, Rachel.
—No, ya veo que no —volvió a mirarme—. Todo, todo eso que dices me anima muchísimo, pero te aseguro que lo que más me llena es ver que realmente no estoy sola.
—Nunca lo vas a estar.
—Gracias, Quinn.
—No tienes que darme las gracias por decirte lo que pienso.
—Sí, Sí que tengo que darte las gracias. Tengo que hacerlo por decirme lo que piensas, y también por estar aquí, conmigo. No, no te puedes llegar a imaginar lo importante que estás siendo para mí en este momento de mi vida. Te juro que no me alcanza con palabras para decírtelo, y ya no sé qué más hacer para que lo sientas. Para que realmente llegues a comprender lo mucho que has hecho por mí.
—Te lo vuelvo a repetir, no tienes que darme las gracias por nada. Estoy aquí porque quiero estar, porque me importas y no quiero dejarte sola. Porque no voy a permitir que vuelvas a llorar más por miedo. Estoy aquí para recordarte quién eres, y para que nunca dejes de serlo.
—¿Y qué puedo hacer yo para agradecértelo sin tener que darte las gracias?
—Pues tienes varias opciones. Una, que nunca más vuelvas a dejar que las amenazas estúpidas de un idiota te hundan. Dos, que cuando te sientas mal por cualquier motivo, cojas el teléfono y me llames. Sin importar la hora o la distancia. Simplemente llámame y cuenta conmigo.
—¿Y tres? —dijo ella sabiendo que pretendía añadirla.
—Tres, cuando seas famosa en el mundo entero y hagas una película con Leonardo DiCaprio, procura invitarme al rodaje —solté regalándole un guiño de ojos, y una sonrisa que ella correspondió de la misma manera.
—Eso está hecho. Pero procura no estar muy lejos… Recuerda que en si diez años no he logrado la felicidad absoluta, tendrás que ayudarme.
—Da igual que sea dentro de diez, de cinco o de un año. Te aseguro que estaré en tu vida. Y si no eres feliz, haré todo lo posible porque lo seas.
Timidez, algo de temor y una mirada que yo conocía a la perfección.
—Puedes abrazarme —respondí leyendo su mente, olvidándome por completo de mi obsesión por mantenerla lejos de mis hormonas, y ella se lanzó hacia mis brazos. No podía pensar en algo tan banal como el sexo cuando tenía su versión más inocente frente a mí. Un abrazo era justo lo que necesitaba para acabar con aquellas dudas acerca de ser sincera con Santana, que, aunque no fueron resueltas, si terminaron por ser menos intensas en su cabeza. Al menos tendría la tranquilidad necesaria para pensarlo, para meditarlo con tiempo y decidir qué era lo mejor para ambas.
No duró demasiado el abrazo, lo justo y necesario para hacerme ver que aquella conversación le había hecho bien, y que todo lo vivido en las horas anteriores no tenía la más mínima importancia, ni parecía poner en riesgo nuestra amistad. Amistad que selló con un beso en mi mejilla antes de deshacer el abrazo, y que yo recibí de la mejor y más tranquila manera posible.
—Será, será mejor que me vaya a dormir. No quiero que se te enfríe la infusión…
—No te preocupes por eso. Pero, de todas formas, creo que sí deberías ir a descansar. Mañana madrugas. ¿No?
—Así es.
—Pues venga… Ve y descansa.
—Lo intentaré —me sonrió de una forma que no supe descifrar. Puede que estuviese equivocada, pero vi un halo de resignación que me alertó.
—¿Estás bien?
—Sí. Perfectamente. Cuídate la espalda —musitó segundos antes de dirigir sus pasos hacia la habitación. Yo no volví a mediar palabra alguna, y dejé que me regalase esa tranquilidad que necesitaba. Y, sobre todo, el tiempo extra para que el sueño la venciera, y yo tuviese opción de meterme en esa cama sin pensar en nada que pudiese comprometerme. Aunque después de la conversación y de verla portando el vaso de agua, el pelo recogido en una coleta y su pijama rosa, muy perversa tendría que ser para mis ganas fuesen más fuertes que mi sensatez. Me había calmado y eso me alegraba. Tanto que en los siguientes minutos no pensé en nada más que no fuera disfrutar del delicioso té de frutas, y relajarme.
Tampoco era estúpida. Sabía que tal vez las palabras habían logrado aplacar mis ganas, pero a Rachel le suponía muy poco esfuerzo encender de nuevo esa chispa. Y yo no pensaba jugar con fuego para terminar quemándome. No pasaba nada por esperar un rato más hasta que ella se durmiese, y me librase por completo de la tentación. Un rato que aproveché para seguir navegando por las Redes Sociales desde mi móvil, y que acabó cuando escuché la puerta abriéndose de nuevo. Me giré para verla caminar con paso firme hacia la habitación de Kurt y Blaine. No supe lo que pretendía, ni tampoco ella me dijo nada. Solo pude percatarme de que llevaba algo en sus manos. Llamó a la puerta dándome la espalda en todo momento, y accedió al interior tras escuchar la voz de Blaine permitiéndole el paso. Un par de minutos después, Rachel salía de nuevo y se dirigía hacia mí dejándome ver lo que llevaba con ella. No pude evitar sonreír.
—¿Es tuyo? —me preguntó mostrándomelo. Y yo contuve la sonrisa.
—No, mío no.
—¿No? —repitió confusa.
— Es tuyo —respondí divertida.
—¿Mío?
—Es un regalo, Rachel.
—¿Un regalo? ¿Para mí?
—Sí.
—¿Por qué? No es mi cumpleaños.
—¿Es necesario que sea una fecha especial para regalar?
—No, no, pero no tenía ni idea de….
—Esta mañana estuvimos por las tiendas del muelle y lo vi. No sé, pensé que te gustaría.
—Sí, sí claro que me gusta. Me, me encanta, pero… ¿Por qué no me lo has dicho? Pensé que Kurt se lo había dejado olvidado en mi habitación, y he ido a devolvérselo.
—Quería que fuese una sorpresa. Lo dejé en tu habitación esta tarde para que te lo encontrases tú misma.
—Estaba detrás del maletín de maquillaje —se excusó tomando asiento junto a mí—. Lo siento, no lo había visto hasta ahora. Esta tarde no estaba muy centrada como para darme cuenta. Lo siento.
—Deja de disculparte. ¿Te ha gustado?
—Sí. Es, es hermoso. Es un marco muy bonito. Gracias.
—Me gustó mucho y me recordó a la camiseta del pijama que me dejaste anoche. ¿Ves? Es azul y tiene una ovejita —señalé divertida hacia una de las ovejitas que sobresalían del marco.
—Ya, ya veo. Ahora solo falta que le ponga una foto.
—Eso ya es elección tuya —le respondí contenta por su reacción. No había dejado de mirar entusiasmada el marco en ningún momento, y eso me hacía ver que realmente había acertado al regalárselo. Aunque fuese el regalo más absurdo y estúpido del universo.
—¿Por…Por qué me lo has regalado? — insistió.
—No hay un motivo. Simplemente lo vi, me acordé de ti y lo compré. No tiene importancia, Rachel. Solo es un marco de fotos.
—Sí, sí que la tiene para mí. Que veas algo y te recuerde a mí es bueno. Sobre todo, si es por algo que me gusta tanto.
—¿El marco, las ovejitas o la camiseta? —bromeé buscando su mirada. Y lo logré.
—Todo es importante para mí, pero más concretamente la camiseta. Lleva muchos años conmigo. Es como mi talismán.
—Guau. Me alegra que así sea, y que me la hayas prestado. He tenido el honor de llevarla puesta durante una noche.
—Y ahora huele a ti…—sentenció regalándome una mirada que me heló. O, mejor dicho, que me dejó a la deriva. Y no contenta con eso, permitió que me percatara de como humedecía sus labios justo cuando volvía centrarse en el marco.
¿Recordáis eso de que un segundo puede cambiar toda tu vida? Pues bien, yo fui consciente del segundo que en ese instante iba a cambiar mi vida. Y no lo voy a olvidar en mi jamás.
—Yo nunca te he hecho un regalo tan especial —musitó rompiendo el silencio que ella misma había provocado.
—No, no tienes que regalarme nada, Rachel. Y eso de que no me has hecho un regalo especial es mentira. ¿Ya no recuerdas las toallas? ¿O las tortitas y las patatas asadas?
—No inventes, esos no son regalos especiales —volvió a mirarme pensativa.
—Para mí lo son. Igual que para ti es ese marco…
—Ya sé —me interrumpió sin dejar de mirarme, ignorando por completo mi respuesta—. Tengo el regalo perfecto.
—¿Qué?
—En cuanto acabes de tomarte eso, ven a la habitación. Estaré esperándote para darte tu regalo.
—¿Qué? —repetí casi por inercia. Era evidente que no estaba preparada para escuchar algo como aquello cuando mi mente vivía una revolución hormonal. Pero Rachel no quiso responderme. Se levantó rápidamente sin dejar de abrazar el marco de fotos, y me sonrió segundos antes de colarse a toda prisa en la habitación.
Juro que no sé cuantos minutos pasaron desde ese instante, hasta que decidí que había llegado el momento de enfrentarme a mi destino. Pero fueron los minutos más confusos de toda mi vida. De hecho, ni siquiera acabé tomándome el dichoso té. El estómago se me cerró por completo, y los nervios estuvieron a punto de jugarme varias malas pasadas mientras me preguntaba una y otra vez, ¿qué diablos quería regalarme en su habitación? Es más, fueron varias veces las que me anclé al pomo de la puerta dispuesta a entrar, pero el miedo no me lo permitía, y terminaba regresando al sofá en busca de una buena excusa para librarme de sus planes. Llegué incluso a pensar en hacerme la dormida allí, en el mismo sofá y que se olvidara de todo. Pero a la vez, me sentía mal por no confiar, por no darle al menos esa satisfacción de corresponderle como ella me estaba tratando a mí. Era mi amiga. Rachel quería ser mi amiga y me lo había dejado claro siendo honesta y sincera. ¿Por qué tenía que sentirme tan mal? ¿Por qué tenía que ser tan paranoica? Juro que me odié. Me odié muchísimo hasta que tomé la decisión de echarle esos ovarios que nunca tuve, y me colé en la habitación para descubrir cuál iba a ser el dichoso regalo.
Nada. No había nada especial excepto que solo permanecía encendida una de las lamparitas que adornaban las mesitas de noche. Rachel estaba sentada a los pies de la cama, probablemente cansada de esperarme, pero regalándome una sonrisa que poco o nada tenía que ver con lo que mi mente se había imaginado.
—¿Ya te has tomado el té?
—Eh… Sí.
—Ok —se levantó para acercarse a la cómoda—. Pues a la cama.
—¿Qué?
—Vamos, vente a la cama y quítate la camiseta.
Podéis imaginar cual fue mi cara, ¿verdad? Estoy segura que incluso pudo llegar a escuchar como la saliva caía por mi garganta sin control alguno, y una alarma imaginaria sonaba en mi cabeza. Peligro de combustión espontánea, gritaba para mí misma.
—Voy a hacer que toques el cielo para que descanses como nunca antes lo has hecho.
—¿Qué? —volví a repetir sin moverme un solo centímetro de la puerta. Y fue entonces cuando Rachel me miró sorprendida y me cuestionó con la mirada— ¿Para qué quieres que me meta en la cama?
—Para…Para darte un masaje en la espalda y que se te vaya el dolor —respondió mostrándome un bote entre sus manos—. Ese va a ser mi regalo.
Los ángeles, todos los santos, no sé, prácticamente toda la corte celestial posándose sobre mi cabeza y aplaudiendo al unísono ante mi estupidez mental, y la perversión del demonio que rondaba alrededor de mi cabeza provocándome. Eso fue lo que vi en mi mente después de escuchar sus palabras, y saber que no pretendía arrancarme la ropa con los dientes y hacerme el amor como nunca antes me lo habían hecho.
—Oh…No, no…No es necesario —balbuceé sin saber muy bien cómo reaccionar. Evidentemente, y aunque poco o nada tenía que ver con lo que yo ya había imaginado, un masaje no era lo más acertado para mí en aquella época de mi vida.
—Claro que sí. Quiero dártelo, y no puedes negármelo…Vamos, túmbate.
—Pero Rachel, te digo que no es necesario. Mi, mi espalda está perfecta.
—Mejor. No te dolerá y será solo relajante. Vamos, deja que amortice mi curso de reiki y relajación.
—¿Reiki?
—Tranquila, Quinn —me sonrió acercándose—. No voy a utilizar esas técnicas contigo, solo quiero que me dejes darte un masaje. Soy buena, te lo juro. Santana, Kurt, Blaine, todos lo saben. A todos le he dado masajes y siempre quieren repetir.
¿Veis? ¿Cómo diablos me iba a negar a que hiciera algo que solía hacer con sus amigos? ¿Cómo diablos le iba a decir que no se atreviera a tocarme, porque no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar? Bueno, era evidente que mi reacción quedaría para siempre conmigo, porque no iba a obligarla a hacer algo que no quería, y mucho menos a comportarme como una demente sexual. Sobre todo, teniendo a la corte celestial velando por mi integridad. Pero que iba a pasar un mal trago era más que evidente. Y precisamente eso es lo que estuve tratando de evitar durante toda la noche.
—Puedes hacer algo… Imagina que soy DiCaprio —musitó tomándome de la mano para llevarme hasta los pies de la cama—. De esa forma será más agradable para ti.
Lo que me faltaba, pensé. No solo me tentaba, sino que además creía que mi evasiva era por desagrado a que fuese ella quien me llevase al cielo. Después de sexy, idiota. Eso era Rachel, una idiota por no darse cuenta de mi estado catatónico y obligarme a ceder en aquella locura.
Supuse que mi suspiro, lleno de resignación, fue la respuesta que esperaba, porque cuando quise darme cuenta estaba deshaciendo la cama por completo, excepto por el juego de sabanas. Y daba dos golpecitos a los pies de la misma indicándome que aquel era mi lugar.
—Quiero que te pongas de rodillas, y quítate la camiseta —volvió a insistir. Yo agradecí el hecho de llevar aún el sujetador, pero no entendí muy bien qué pretendía cuando me dijo que me colocara de rodillas. Mi experiencia con los masajes siempre me llevaba a tumbarme— ¿Qué te pasa? —me preguntó al verme parada frente a la cama, protegiéndome el pecho con los brazos como una estúpida cría avergonzada.
—¿Cómo quieres que me ponga?
Sonrió, y me puso más nerviosa de lo que ya estaba. Dejó el dichoso bote sobre la cama y se colocó detrás de mí.
—Súbete de rodillas —me indicó y yo atendí su petición—. Bien, data la vuelta… Tienes que mirar al cabecero —añadió y yo volví a acatar sus órdenes—. Ok, baja hasta tocar tus rodillas con el pecho —volvió a indicarme, esta vez siendo ella quien me guisase con su mano hasta que quedé echa un ovillo sobre la cama—. Relaja los hombros, estira los brazos hacia adelante y descansa la cabeza sobre el colchón. ¿Estás cómoda?
—Cómoda sí, pero me siento un poco ridícula —musité siendo consciente de lo extraño de la postura.
—Pues no te sientas ridícula. Estás estirando tus lumbares, que después de caminar tanto es lo que suele cargarse. Voy a aliviar el estrés de tu espalda.
—Si tú lo dices…—mascullé aun sin ser plenamente consciente de la situación, de cómo había pasado de buscar miles de excusas para no meterme en la habitación mientras ella estuviese despierta, a verme allí, dispuesta a recibir un masaje en aquella postura tan extraña, y medio desnuda.
Y lo peor no fue eso. Lo peor vino cuando noté el movimiento de ella también sobre la cama, y sentí el calor de sus manos posarse con suavidad en mi espalda, mientas que un leve olor a rosas lo inundaba todo. Supuse que lo que contenía el dichoso bote no era más que alguna crema perfumada con la que iba a suavizar mi piel, no lo sé. Solo sé que, desde ese preciso instante, dejé de ser persona, para convertirme en esa marioneta que tanto odiaba.
No tengo ni idea de lo que hizo, solo sé que utilizó sus manos, sus dedos e incluso sus brazos para relajar mi espalda y hacerme perder el norte. Subía, bajaba, presionaba, acariciaba y golpeaba con la yema de sus dedos provocándome un leve cosquilleo que me fascinaba.
Llegué incluso a olvidar que era ella quien me lo estaba haciendo. De hecho, no pude evitar dejar escapar algún que otro suspiro sin importarme que pudiera oírme. Aunque mi pérdida de memoria y mi relajación duró más bien poco.
—¿Te sientes mejor?
—Definitivamente… Sí —musité casi sin voz.
—Ok… Listo.
—¿Listo?
—Sí, Quinn—respondió apartándose de mí, quitando sus suaves y cálidas manos de mi espalda y logrando que mi confusión regresara—. Ya he acabado.
—¿Ya?
—Claro. Te dije que te iba a calmar el dolor, te aseguro que después de lo que te he hecho te vas a sentir mucho mejor. Y tú espalda está libre de estrés —añadió cuando yo ya comenzaba a recuperar la postura.
¿Para eso tanto temor? Aquel delicioso suplicio apenas había durado cinco minutos. Ni siquiera supuso una tortura contra mis sentidos, ni me hizo batirme en duelo conmigo misma. Simplemente fue un masaje como podría habérmelo dado Santana, o tal vez Caroline, o cualquier profesional que supiera hacerlo.
—Oh…Ok —susurré sin poder evitar que ella me escuchase.
—¿Pasa algo?
—Eh…No, no —respondí dejándome caer por completo sobre la cama.
—¿Quieres más? —cuestionó y yo la miré por inercia en un vago intento por negarme. Supuse que mi gesto no fue lo suficientemente contundente— ¡Quieres más! —repitió dando por afirmativa mi mirada.
—No, no, claro que no. Estoy bien así —me excusé girándome sobre la cama para perderla de vista. Por supuesto que quería más, pero no era estúpida. Tenía que agradecer haber logrado salir victoriosa de aquel trance.
—No, no lo estás —replicó cuando la vi regresar a la cama por los pies, y gatear hasta llegar a mí. Algo que definitivamente no debió hacer—. Vamos, túmbate boca abajo.
—No, no Rachel. No es necesario, ya estoy bien.
—He dicho que te tumbes boca abajo —susurró logrando que toda, absolutamente toda mi piel reaccionara. Sí, lo sé. En ese instante tendría que haberme impuesto y haber rechazado la petición con contundencia. Es más, podría incluso haber salido corriendo de allí y zanjar el asunto sin dar explicación alguna. Pero no lo hice. No lo hice porque a pesar de todo seguía siendo una marioneta en sus manos. Y si Rachel quería que me preparase para otro perfecto masaje, yo acataba sus órdenes sin más. Total, el calentón ya lo sufría en mis carnes, y ella parecía no enterarse de nada de lo que me estaba sucediendo—. Muy bien… Esto fuera —añadió desabrochando mi sujetador mientras yo luchaba por no morder la almohada presa de los nervios, cuando ya la sentía colocarse sobre mí— ¿Todo bien por ahí? —me preguntó con algo de travesura, o al menos así lo entendí yo y mi mente perversa, mientras se acoplaba sobre mis piernas.
Fui rápida, supliqué ayuda a la corte celestial y pensé en una excusa para salir de allí indemne. Si pretendía hacerme ver el cielo, al menos que fuese rápido y no alargase más mi desesperación.
—Es probable que me quedé dormida —dije a modo de excusa, haciéndole creer que estaba cansada para aquello.
—¿Y quieres quedarte dormida o prefieres que te mantenga despierta?
No me tientes, pensé, pero evidentemente mi respuesta fue otra— Sinceramente…No lo sé. Pero el silencio me abruma demasiado —musité sin creer que hubiese sido capaz de decirlo.
—Está bien —susurró cuando ya noté sus manos de nuevo por mi espalda, ejerciendo una leve presión sobre mi cintura—. Haremos una cosa. Te voy a contar una historia, así evitamos el silencio incómodo y no te duermes. A menos que el sueño te venza, entonces yo dejaré que duermas y acabaré con esto. ¿De acuerdo?
—Una historia… ¿Me vas a contar un cuento como a los niños? —pregunté a duras penas. Llegué incluso a temer por babear sobre la almohada. Era una buena idea, sin duda. Cuanto antes me quedase dormida, mejor para ella.
—No es un cuento, es una historia personal que creo que no conoces.
—¿Qué historia? Te conozco desde los 15, es complicado que no sepa algo de ti.
—Probablemente, pero estoy convencida de que ésta no la sabes.
—Está bien…Adelante, cuéntame.
Un silencio. Un breve silencio cuando sus manos ascendían por mi columna y de nuevo su voz. Su voz recordándome que la vida está repleta de segundos que cambian tu vida, de palabras que dan sentido, que incitan y se agarran en el pecho cuando menos lo esperas. Y que, aunque seas consciente de ello, no puedes hacer nada por evitar que cambien tu mundo. Un silencio que no volvió a aparecer hasta el amanecer.
—Sucedió en verano. Acababa de cumplir 17 años, y me fui de acampada.
—¿De acampada? ¿A dónde? —pregunté inocentemente.
Quinn ilusa, ingenua, inocente y crédula Fabray.
—De acampada en el lago Hope…
