AVISOS: Historia creada por dos autoras, kaoru-himura1878 (Kaoru Himura en Amor Yaoi) y Fullbbuster (Fullbuster en Amor Yaoi).
POR MOTIVOS PERSONALES, ESTE MES HEMOS ACTUALIZADO ANTES. LA PRÓXIMA ACTUALIZACIÓN SERÁ EN SU FECHA HABITUAL.
Capítulo 36: Funeral
El humeante café fue cayendo lentamente desde la jarra a la taza blanca, llenándola poco a poco hasta detenerse cuando llegó casi al filo. Ya era la segunda taza de café que se tomaba en la última hora, pero la necesitaba. Llevaba unos días entrevistando a parte del personal del hospital y aún le quedaban bastantes personas con las que hablar, por lo que necesitaba estar lo más despierto posible para no perder ningún detalle.
Tras la conversación que tuvo con su hermano, Hashirama se puso manos a la obra para averiguar qué demonios estaba pasando alrededor de la familia Namikaze. Además, necesitaba cerciorarse de que tanto Naruto como Minato se encontraban bien, por lo que se puso en contacto con el hospital y pidió información sobre el personal que estuvo trabajando ese día en la planta en la que se encontraba Minato.
Por ahora, varias enfermeras y celadores le habían dicho que no vieron nada; otras personas que habían visto salir a alguien rubio con un hombre alto de pelo canoso. Suponía que se trataban de Minato y Kakashi, pero todavía no había podido hablar con el personal que entró en la habitación del rubio o tuvo contacto con él en algún momento de aquel día que pudieran confirmarle al cien por cien que se trataba de ellos, así que no tenía nada útil realmente.
En aquel momento se encontraba en una sala del hospital que usaban para reuniones y que le habían cedido para que pudiera hablar con el personal tranquilamente, evitando de esa forma que ninguna de las dos partes perdiera más tiempo del necesario. Mientras esperaba a la siguiente persona que debía entrevistar, Hashirama cogió el asa de la taza, la llevó cerca de su boca, sopló sobre aquel líquido marrón y cuando creyó que no se quemaría, dio un sorbo. No estaba mal ese café en comparación con el de la máquina que tenían en la comisaría.
Unos toques en la puerta interrumpieron su degustación. Debía ser el enfermero al que esperaba, así que dejó la taza en la mesa para poder atenderle.
– Adelante – dijo dando permiso para entrar a la persona que esperaba al otro lado.
– Buenas tardes – saludó el enfermero al pasar.
– Buenas tardes – Hashirama respondió al saludo –. Soy el capitán de la policía Hashirama Senju – se presentó – usted es Derek Dempsey, ¿no? – preguntó tras consultar uno de los papeles que tenía encima de la mesa.
– Así es – afirmó Derek – me han informado de que necesitaba hablar conmigo respecto a un paciente, ¿es así?
– Sí, le han informado correctamente. Tome asiento, por favor – le indicó con un gesto de la mano.
El enfermero se sentó en la silla frente al policía y esperó a que éste hablara.
– Sólo necesito que responda a unas sencillas preguntas.
– De acuerdo. Usted me dirá – habló Derek.
– ¿Estuvo trabajando el día doce de este mes aquí en el hospital? – preguntó Hashirama.
– ¿El día doce? – repitió Derek pensativo –. Sí, ese día tenía doble turno y entré por la mañana.
Ese dato le gustó a Hashirama porque existía la posibilidad de que viera o se cruzase con Minato.
– ¿Estuvo trabajando en la cuarta planta o pasó por ella en algún momento de la mañana? – cuestionó el capitán.
– Sí, hice casi todo mi turno en esa planta, aunque durante la última hora, tuve que subir a la quinta a ayudar con unos pacientes – respondió el enfermero.
Oír aquello alegró a Hashirama. Las posibilidades de haber visto a Minato aumentaban.
– ¿Conoce a Minato Namikaze? – Hashirama continuó con la batería de preguntas.
– Sí, por desgracia la mayoría le conoce por sus trágicas circunstancias – contestó refiriéndose a la muerte de Kushina y al propio ataque que sufrió Minato.
Hashirama se imaginaba que lo sucedido con esa familia daría mucho de que hablar, sobre todo, entre el personal del hospital donde había sido atendido Minato. En Twain Harte, no eran raros los ataques de lobos, pero nunca había ocurrido algo semejante a aquel caso donde se colaron en una vivienda para acabar con la vida de una ciudadana. Era un tema jugoso del que chismorrear.
– ¿Y tuvo trato personal con él mientras estuvo hospitalizado? – indagó.
– Sí, hubo algunos días que me tocó atenderle.
– ¿Y ese día en concreto? ¿Entró a su habitación para algo o le vio marcharse cuando el médico le dio el alta? – interrogó el capitán.
El enfermero puso un gesto pensativo tratando de recordar aquel día.
– Creo que le vi de espaldas mientras se marchaba con un hombre de pelo canoso... Kakashi, si no recuerdo mal. Se pasaba bastante tiempo visitando a Minato junto a otras personas.
A Hashirama no le pareció extraño que conociera sus nombres si, como había dicho Derek, pasaban tanto tiempo allí. Era normal que les escucharan hablar entre ellos o se presentaran.
– Aunque... – habló Derek – no, nada, seguramente fue mi imaginación.
Aquello llamó la atención del policía y no dudó en averiguar qué era lo que ese hombre había recordado y desechado rápidamente pensando que no era nada.
– Cualquier detalle puede ser útil – le dijo –. Dígame, ¿qué ha recordado?
– Pues, verá... ya le advierto que seguramente fue mi imaginación, pero... hubo un momento en que se giró y, por un instante, juraría que sus ojos eran marrones en vez de azules – le contó.
Hashirama levantó una ceja en señal de curiosidad y extrañeza, sin embargo, el enfermero tuvo que interpretarlo de otra manera, como si lo tomase por loco, porque enseguida empezó a justificarse.
– Pero ya le digo que seguramente me lo imaginé. Estaba haciendo turno doble y el agotamiento se acumula a medida que pasan las horas. Es imposible que le cambiase el color de los ojos de repente – se excusó un poco avergonzado al pensar que podía parecer tonto por contar aquello.
El capitán de la policía le dedicó una sonrisa con la intención de simpatizar con él.
– No se preocupe, seguramente fue el reflejo de alguna luz – le quitó importancia para no hacer sentir mal al hombre –. ¿Recuerda algo más de aquel día? ¿Algo extraño o algún incidente fuera de lo normal? – prosiguió con la entrevista.
Derek se tomó unos segundos antes de responder.
– No, no se me viene a la cabeza nada raro. Lo siento.
– No, no se disculpe – volvió a sonreírle Hashirama – ha sido de gran ayuda. Por ahora, es todo. Si necesito hacerle más preguntas, me pondré en contacto con usted. Gracias por su colaboración y dedicarme un poco de su preciado tiempo.
Hashirama se puso de pie y extendió el brazo. Derek le imitó, levantándose del cómodo asiento y estrechando la mano del moreno a modo de despedida. En cuanto el enfermero salió de la sala para regresar a su trabajo, Hashirama volvió a sentarse y anotó lo que Derek le había dicho. No era gran cosa, pero hasta que no terminara de hablar con todo el personal, no sabría si algo de lo que le había contado le serviría. Ahora tocaba hablar con la siguiente persona de su lista.
. . .
Tras hablar con cinco trabajadores más del hospital después de Derek Dempsey, Hashirama esperaba cansado a que una enfermera llamada Annalise Miller se presentase. Le habían dicho que acababa de terminar sus rondas, por lo que no debería tardar demasiado en llegar.
El moreno aprovechó ese tiempo para ponerse de pie y caminar un poco alrededor de la sala. Necesitaba estirar las piernas tras tanto tiempo ahí sentado. Se acercó con la taza vacía hasta el mueble del rincón donde, una hora antes, había encendido la cafetera, ya que terminó con el que quedaba en la jarra. La sacó de la cafetera y rellenó una vez más aquella taza blanca. Con tanto café, no dormiría nada esa noche.
Estaba dando un sorbo cuando tocaron a la puerta a la vez que ésta se abría. Una mujer de unos cincuenta años entró y miró hacia el frente. Por el gesto extrañado en su rostro, Hashirama se imaginó que la mujer debía esperar que él se encontrara sentado tras la mesa, esperándola.
– Necesitaba una recarga – comentó Hashirama consiguiendo que la pobre enfermera diera un leve respingo y mirara hacia la izquierda, encontrándose con el policía enseñándole la taza llena de café –. ¿Quiere uno? – le ofreció.
– No, gracias. Me he tomado uno hace un par de horas – le agradeció con una sonrisa.
– Annalise Miller, ¿no? – preguntó Hashirama volviendo al lugar donde había estado sentado las últimas horas.
– La misma – afirmó la mujer sin borrar su amable sonrisa.
– Soy el capitán de la policía Hashirama Senju y me gustaría que respondiera a unas preguntas si no le importa.
– Si puedo ayudar en algo, no tengo ningún problema – le respondió Annalise.
– Bien, entonces empecemos. ¿Trabajó usted el día doce? – empezó con la misma pregunta que llevaba haciendo durante los últimos días a cada una de las personas que había entrevistado. Se la sabía ya de memoria.
– Así es – afirmó la mujer.
– Y, ¿me podría decir dónde exactamente? – indagó Hashirama.
– Pues... mayormente me encargué de atender a los pacientes de la planta cuatro.
¡Perfecto! La planta en la que estuvo Minato ingresado una vez salió de cuidados intensivos.
– ¿Vio al paciente de la habitación 412, Minato Namikaze? – continuó el policía.
– Oh, sí. Era su último día tras su espantosa experiencia. No entiendo cómo pueden pasarle este tipo de cosas a personas tan dulces y amables como él. Su mujer trabajaba en el hospital como enfermera, en la tercera planta por lo general. Muchas veces coincidí con ella a la hora de tomar un café.
Su manera de hablar sobre Minato y Kushina le llamó la atención, como si le conociera o le tuviera cariño.
– ¿Le conocía? – preguntó extrañado.
– ¿De antes de estar hospitalizado? No, para nada, pero conocía a su esposa – le aclaró Annalise –. Pero prácticamente he sido la enfermera de Minato durante toda su estancia y he tratado casi a diario con él. Siempre era muy amable cuando entraba para cambiarle la medicación o las sábanas, nunca tuvo una palabra mala hacia mí o hacia alguna de mis compañeras. Le puedo asegurar que hay pacientes que pueden llegar a ser, perdone la expresión, un grano en el culo, pese a que solamente hacemos nuestro trabajo.
– Sí, parece un buen hombre – comentó Hashirama.
– Lo es. Ese día, como le iban a dar el alta, yo fui la encargada de quitarle las vías de suero y prepararle para que estuviera listo para marcharse cuando el doctor le diera el alta – le explicó.
– Entonces, ¿solamente le vio en aquel momento? ¿No le vio marcharse?
– Le vi unos segundos cuando se marchaba con Kakashi a los pocos minutos de que el doctor saliera de la habitación, pero como ya me había despedido de ellos, no quise detenerles ni nada. Minato tiene muy buenos amigos y un gran hijo; todos ellos se pasaban casi todo el día haciéndole compañía y se preocupaban por él. Está rodeado de personas que le quieren mucho.
– ¿Ha tenido contacto con ellos? – preguntó el moreno.
– Con la mayoría. Como ya le he dicho, he sido como su enfermera oficial – bromeó la mujer – y todos ellos pasaban muchas horas aquí, así que al final acabas entablando algunas conversaciones.
Ya que Annalise parecía ser la que más contacto tuvo con Minato y sus amigos, aprovechó para sacar sus propias conclusiones sobre Kakashi. Había hablado en pocas ocasiones con ese hombre, solamente las necesarias para la investigación, por lo que le interesaba la opinión de otras personas que no fueran su hermano o amigos de Kakashi.
– ¿Ha tratado mucho con Kakashi Hatake? – le preguntó.
– Sí, lo normal en este tipo de situaciones.
– ¿Y qué piensa sobre él? ¿Cuál es su impresión?
Annalise no se esperó aquella pregunta, por lo que habían oído de otros compañeros, aquel policía solía centrarse en Minato y si le habían visto el día que se marchó del hospital.
– ¿La policía tiene algún interés en él? Porque si cree que tiene algo que ver con lo que le pasó a Minato o a su esposa, se equivoca por completo – dijo sin dejar que Hashirama le respondiera –. Les he visto a todos estar terriblemente preocupados por Minato y destrozados por la muerte de Kushina. Le puedo asegurar que Kakashi quiere mucho a esa familia, lo he visto con mis propios ojos y también he oído algunas conversaciones que lo demostraban.
– No se preocupe, la policía no tiene interés en él, es sólo curiosidad personal – intentó ser amable porque aquella mujer parecía haberse puesto a la defensiva al creer que insinuaba que Kakashi era sospechoso.
Hashirama observó el ceño fruncido de aquella señora y pensó que lo mejor era volver al tema principal.
– ¿Aquel día vio algo extraño o que le llamase la atención? – preguntó Hashirama.
El rostro de la enfermera Miller se suavizó al tratar de recordar algo semejante.
– Pues, no es demasiado extraño, pero al marcharse, Minato llevaba una mascarilla – mencionó.
Ese detalle no le sorprendió ya que algunas de las personas con las que había hablado antes le habían mencionado aquello.
– Lo que sí fue extraño es que, a los pocos minutos de marcharse, un hombre de pelo negro corto salió de la habitación.
Aquello sí captó la atención del policía. Era la primera persona que le contaba algo así.
– ¿Y por qué es raro?
– Porque no recuerdo haberle visto entrar – le respondió la mujer.
Hashirama se inclinó hacia delante con interés. Eso sí que era curioso.
– ¿Estuvo atendiendo casi todo el tiempo a otros pacientes? – le preguntó Hashirama creyendo que ésa era la explicación por la que pudo no haberse percatado de la llegada del moreno desconocido.
– La verdad es que no. Fue un día bastante tranquilo dentro de lo que cabe y estuve casi todo el tiempo en el puesto de las enfermeras, desde donde tengo una buena visión de la habitación 412.
¡Eso sí que era todo un enigma! ¿Se habría colado en un despiste de la enfermera? Era una posibilidad, pero su intuición le decía que a esa mujer no se le solía escapar ningún detalle. Además, parecía ser la única que había visto a esa persona.
– ¿Sabe de quién se trataba? ¿Le había visto antes? ¿Era algún conocido de Minato? – la interrogó Hashirama.
– La verdad es que no me sonaba, aunque también he de decir que llevaba una mascarilla por lo que no pude verle bien la cara – le contestó notando la incertidumbre reflejada en el rostro del moreno –. ¿Es alguien buscado por la policía? – preguntó intranquila.
– No, no se preocupe. Es sólo que debo investigar hasta el más mínimo detalle, pero no se alarme por ello – le dijo con una sonrisa tranquilizadora –. ¿Recuerda algo más de ese hombre u otra cosa llamativa que pasase ese día?
– No, lo siento, eso es todo. Lamento no ser de más ayuda – se disculpó la mujer arrepintiéndose de no haber prestado más atención a ese hombre.
– No se preocupe, me ha ayudado más de lo que cree – la reconfortó.
Hashirama se puso de pie y extendió su mano a modo de despedida como había estado haciendo con cada uno de los entrevistados.
– Eso es todo por ahora. Gracias por su colaboración. Que tenga un buen día.
– Igualmente – le respondió Annalise un poco confusa mientras correspondía al apretón de manos.
Tras marcharse, Hashirama volvió a tomar asiento pensativo. ¿Quién era la persona con pelo negro que había salido de la habitación de Minato después de que éste se marchara con Kakashi? ¿Y cómo había llegado hasta allí cuando nadie le vio entrar en ningún momento? ¿Estaría presente cuando el médico le dio el alta a Minato? ¿Podría identificarle? Por sí mismo, no era nada sospechoso, pero le resultaba llamativo que nadie lo hubiera mencionado antes y que la enfermera que pasó más tiempo con Minato y sus seres queridos no pareciera conocerle.
Quizás todas esas dudas se vieran resueltas cuando hablase con la última persona que le quedaba de su lista: el médico de Minato. Aunque para ello, todavía le quedaban horas ya que le habían dicho que tenía una operación importante ese día y, si todo iba bien durante la misma, hasta la noche no terminaría. Lo mejor sería recoger sus cosas e ir a casa a descansar un poco antes de volver por la noche para hablar con él.
. . .
– ¿Así que cuando le dio el alta a Minato, había dos personas con él y ninguno era moreno? – Fue la pregunta de Hashirama al médico de Minato, James Reddington.
Tras una hora de descanso y otras pocas de revisión de las notas de las entrevistas que había conducido hasta ahora, Hashirama volvió al hospital para hablar por fin con quien creía que era la única persona que podía ayudarle a unir las piezas que tenía hasta ahora.
En cuanto le llamaron para avisarle que el médico había terminado la operación y podía atenderle, no perdió tiempo y se presentó en el hospital de inmediato. Por supuesto, le hizo las mismas preguntas que a todos los demás por protocolo pese a saber, por lógica, que él sí estuvo trabajando ese día y tuvo contacto con Minato. Sin embargo, hubo una pregunta diferente: ¿había recibido Minato la visita de un hombre de pelo negro mientras él estuvo en la habitación? La respuesta que obtuvo fue un rotundo no.
– No, mientras le entregaba la documentación del alta a mi paciente, le acompañaban un hombre de pelo gris cuyo nombre es Kakashi, y otro hombre sin cabello y cicatrices en el rostro, cuyo nombre era...
– Ibiki – Hashirama terminó la frase por él al darse cuenta de que el doctor Reddington no parecía recordar el nombre. Él ya lo conocía por la investigación.
– Sí, así es.
– ¿Es posible que estuviera en el aseo de la habitación? – preguntó pensando que quizás por eso no le había visto.
– No, estaba vacío. La puerta estaba entreabierta y ahí no había nadie – le respondió el médico.
Hashirama guardó silencio durante unos instantes. Si el desconocido no estuvo presente en aquel momento, ¿cómo era posible que saliera de la habitación? No había tenido tiempo a entrar entre el periodo tras la salida de Reddington y cuando todos los testigos dijeron que vieron a Minato y Kakashi marcharse. De repente, algo hizo "click" en su cabeza al pensar en las mascarillas que Minato y el moreno desconocido llevaban.
– ¿Recuerda por alguna casualidad el color de ojos del señor Ibiki?
James se quedó extrañado ante la pregunta. No entendía el motivo para hacerla, aunque no era quién para cuestionar el razonamiento del policía; si preguntaba aquello sería por algo que él desconocía.
– No me fijé demasiado, pero creo recordar que oscuros, marrones seguramente.
La cabeza del capitán comenzó a trabajar a mil por hora encajando detalles de los testimonios más destacables hasta llegar a una hipótesis que le parecía la más acertada, aunque no terminaba de entender.
Pese a haber conseguido aclarar algunas cuestiones, en realidad, todo aquello había producido más preguntas que respuestas. ¿Por qué un amigo de Minato se había hecho pasar por él mientras que el propio Minato se había puesto una peluca negra para salir del hospital? ¿De qué o quién huía? No lo sabía todavía, pero tenía claro que seguiría investigando hasta conseguir contestarlas.
. . .
Desde el diván junto a la ventana de su cuarto, con una pierna elevada y la espalda apoyada contra el pequeño trozo de pared, Sasuke observaba el amanecer. No era bonito, ni anaranjado, sino grisáceo. La lluvia no dejaba de golpear su ventana y el viento movía las ramas de los árboles en un siniestro baile. Dentro de su puño, un papel aguardaba ser leído. ¡Ya sabía lo que ponía!
– ¿Sasuke?
La voz de su hermano en el pasillo se hizo audible. No le hizo girarse para saber que estaba frente a su puerta abierta. Hacía media hora que escuchó a su madre bajar a hurtadillas a preparar los desayunos, así que entendió que Itachi estaba allí para decirle que bajase junto al resto de la familia.
– Un clima de mierda para un día de mierda – se quejó Sasuke.
Itachi resopló antes de apoyar una de sus manos en el marco de la puerta. Su hermanito no parecía recuperarse del duro golpe que Naruto le dio y hoy… hoy sería mucho peor teniendo que ir al funeral de Kushina. Recordaría una vez más el pasado. Le habría gustado decirle que no tenía por qué asistir, pero también sabía que Sasuke era demasiado cabezón y asistiría dijera lo que dijera.
– Quizá el cielo llora su pérdida – susurró Itachi en un intento por aplacar el mal humor de Sasuke.
– No te pongas romántico conmigo. Sólo es lluvia. Lloverá toda la semana, según el telediario. Tenemos una borrasca encima.
Nada que pudiera decir cambiaría el pesimismo de su hermano. Itachi resopló al darse cuenta de ello.
– Mamá está haciendo beicon1 – sonrió Itachi al oler la carne. Sasuke sonrió ligeramente ante aquello. Era un cambio drástico de conversación, pero, por un momento, le hizo olvidarse de todo para centrarse en su estómago –. Si no bajas rápido, me comeré tu parte.
Sasuke resopló al ver que su hermano se alejaba de la puerta de su cuarto para ir al piso inferior. ¡Sí olía a carne! Y pensar que él odiaba la carne antes de convertirse en hombre-lobo, que prefería la verdura y ahora… sólo había que verle, salivando por un filete.
Bajó los pies a la tarima de madera y miró el traje listo sobre su cama. No le gustaba vestir con trajes, pero era un funeral, no tenía más remedio que arreglarse. Suspiró cansado y metió los pies en las zapatillas de andar por casa para bajar a la cocina. Al llegar a la puerta, abrió el puño para ver el papel que Pain le había dado. Frunció el ceño, hizo una bolita con él y lo lanzó a la papelera junto a su escritorio. ¡Entró limpiamente! Tras ello, se dirigió a las escaleras.
La casa estaba muy silenciosa y la cocina no era una excepción. El ruido de las sartenes era lo único audible, al menos, hasta que su madre habló para darle los buenos días. Todos estaban pasando por un mal momento. Conocían a Kushina y sabían lo amable que era. ¡Una situación difícil de asimilar! Sin embargo, también sabían que Sasuke debía estar mucho peor. Tuvo mayor relación con ella.
Sasuke se sentó a la mesa y esperó a que su madre pusiera el completo plato frente a él. Para su madre, el desayuno era la comida más importante del día, aunque él nunca se lo tomó demasiado en serio hasta que se transformó en hombre-lobo. No solía tener demasiada hambre por las mañanas, pero todo cambió tras ser mordido.
Los dos hermanos se lanzaron una mirada antes de empezar a comer, sin embargo, mantuvieron el silencio. Nadie quería sacar el tema del entierro, ni del viaje que Naruto había decidido hacer sin contar con nadie.
En cuanto acabaron de desayunar, toda la familia subió a cambiarse para ir al entierro. El mayor de los silencios reinó entonces desde que salieron de casa, hasta que llegaron a la iglesia.
Durante la ceremonia, Sasuke no quiso entrar en la iglesia. Esperó en la puerta, sentado en las escaleras de piedra a solas. Desde donde estaba, con su instinto de lobo podía escuchar las palabras del cura, pero no quiso entrar. Dolía demasiado hacerlo.
Enseguida sintió una imponente presencia a su espalda, pero no apartó la mirada hacia él. Conocía bien esa presencia: Gaara.
– Ey, ¿estás bien? – preguntó Gaara al ver cómo Sasuke miraba al horizonte. Estaba absorto en el final de los jardines de la iglesia.
Durante toda la hora, Sasuke esperaba ver aparecer a Naruto. ¡Era idiota por mantener la esperanza! Creyó que vendría. ¡Era su madre! Pero hasta ahora, no había hecho acto de presencia. Apretó los puños sin dejar de mirar hacia la entrada.
¿Realmente no iba a venir? Agachó la cabeza apesadumbrado, regañándose a sí mismo por ser tan idiota y creer que Naruto aparecería. Le daba igual si no hablaban, si no le contaba nada, sólo quería que apareciera. Quería pensar que necesitaba alejarse unos días por el dolor de la pérdida, pero…
Una lágrima resbaló por su mejilla y giró el rostro hacia el lado contrario a Gaara para intentar evitar que él la viera, aunque sabía de sobra que Gaara ya se había percatado de su estado de ánimo.
– El muy idiota ni siquiera ha venido – susurró Sasuke, consiguiendo que Gaara se sentase a su lado –. Es su madre, joder.
– No sé el motivo por el que se marchó así, Sasuke, ya sabes que no puedo excusar su comportamiento, pero… tampoco creo que sea fácil para él no acudir a este desafortunado evento.
– Lo sé, pero… creí que vendría. Algo en mi interior decía que… vendría. Soy idiota. Todo me indicaba que no lo haría, pero yo seguía manteniendo una pequeña esperanza muy al fondo de verle aparecer.
– Si te soy sincero, yo también tenía esa esperanza.
– ¡Joder! ¿Dónde coño está? – se frustró al instante al no ser capaz de entender el comportamiento de Naruto.
Toda conversación cesó entre ellos al ver aparecer frente a ellos a un policía. Su uniforme y los galones en él indicaban que era un alto cargo, pero ninguno de ellos estaba familiarizado con la jerarquía policial como para identificar su rango.
– Buenos días. Soy Hashirama Senju, he venido a presentar mis respetos…
– Gracias – susurró Sasuke enseguida para cortar la conversación – aunque Kakashi está dentro, es quien lleva todo el tema del entierro.
– Sí, lo sé. Hablé levemente con él cuando mis hombres liberaron el cuerpo para permitir el entierro. Eres Sasuke Uchiha, ¿verdad?
– Lo soy.
– ¿No tienes una relación con el hijo de la familia?
– La tenía, sí.
Hashirama miró directamente hacia el compañero sentado en las escaleras junto a Sasuke. Le reconocía por la investigación realizada. El mejor amigo de Naruto Namikaze. Habían ido al colegio juntos, de hecho, iban juntos casi desde la guardería. Era raro que estuviera con Sasuke si ya no mantenían una relación.
– No sabréis dónde puedo encontrar a la familia Namikaze para darles el pésame, ¿no?
– Usted sabrá – comentó Sasuke –. Lo último que sé del idiota de Naruto es que conducía el coche y enganchaba la ciento ocho en dirección a Confidence.
– ¿Se ha marchado del pueblo?
– Es lo que sabemos – afirmó Gaara con rotundidad –. Creo que le dolía demasiado la muerte de su madre y necesitaban salir del pueblo un tiempo.
– ¿Visteis cómo se marchaban?
– Él los vio – señaló Gaara a Sasuke y éste afirmó con la cabeza.
– Ya veo.
– Sasuke, Gaara – las palabras de Kakashi les hicieron girarse al instante. Su rostro parecía preocupado y, a la vez, olían ese sentimiento doloroso por estar enterrando a su amiga –. Dejad el tema hoy, por favor. No es el momento. Hashirama, yo resolveré todas sus dudas, pero no ahora. Estamos en el funeral de Kushina.
– Lo siento – susurraron ambos chicos.
Al ver que las puertas de la iglesia se abrían y la gente empezaba a salir, se levantaron de las escaleras para acompañar a todos hacia el terreno de atrás donde enterrarían el ataúd. Seguramente Kakashi diría algunas palabras o puede que Kurenai, no estaban seguros.
– Lamento ser inoportuno – comentó Hashirama – sólo quiero presentar mis respetos.
– Y se lo agradezco – dijo Kakashi – por favor, pasemos hacia la parte de atrás. La gente ya se reúne.
Tras la disculpa de Hashirama, continuó su camino hacia la parte de atrás, en cambio, Kakashi esperó unos segundos y miró a los chicos. El ambiente estaba cargado, pero no por ellos, había un olor conocido y que le desagradaba como nadie. Al mirar al fondo del jardín, junto a un árbol, encontró a Zabuza apoyando su hombro sobre el tronco. Estaba serio y Sasuke miró hacia él también.
– Lleva un buen rato ahí – dijo Sasuke hacia Kakashi. El olor de ese tipo era fuerte –. Es un hombre-lobo.
– Lo sé. Me sigue a todos lados – añadió Kakashi –. No os acerquéis a él ni a su manada. No es trigo limpio.
A Sasuke nada de lo que hoy estaba ocurriendo le daba buena espina. Miró a ese individuo. Le llegaba su estado de ánimo y no estaba contento.
– ¿He dicho algo malo frente a ese policía? – preguntó Sasuke hacia Kakashi.
– No. Sólo has dicho la verdad. Imagino que les parecerá raro que la familia Namikaze se haya marchado antes del entierro. Tampoco están conformes con la autopsia realizada a Kushina, supongo que sólo querrán estar seguros de que no les ha ocurrido nada malo a Minato y a Naruto.
– Vale – susurró Sasuke.
– Vamos. Ya están llevando el féretro a la zona de enterramiento.
Sasuke miró una última vez hacia el hombre-lobo desconocido. No le daba buena espina, pero poco podía hacer demasiado en ese momento. Siguió a Kakashi, caminando con lentitud cerca de Gaara hasta que vio salir a su hermano de la iglesia junto a su familia.
Estaba llegando al hueco en la tierra donde se reunía la gente cuando Ino se acercó a él para darle un abrazo y un dulce beso en la mejilla. Generalmente, eso tendría que vivirlo Naruto, era su madre, pero… él no estaba aquí, así que debía aceptar que era la persona más cercana en este momento a la familia. Tuvo una relación sentimental con Naruto, todos allí lo sabían.
Kiba, Sai y Neji se acercaron a tenderle la mano. Sasuke la estrechó sin apenas fuerzas. No sabía cuánto aguantaría su entereza, permaneciendo allí de pie, casi impasible y recibiendo el pésame de todos los que conocieron a la familia.
La mano de Itachi se colocó instintivamente sobre su hombro en señal de apoyo. Parecía una tontería, pero saber que su hermano mayor estaba allí, a su lado, le aliviaba un poco la carga emocional que tenía en ese momento. La realidad era que, incluso en ese momento, Sasuke sólo podía pensar en dos cosas. Una era en Kushina, en su rostro alegre en la barbacoa, cuando cocinaba o hablaba con ellos con cariño; la otra era Naruto. Sólo le llegaban insultos para el rubio y, por otro lado, sabía que debía ser difícil también para él, pero…
Miró a Gaara al otro lado del agujero donde empezaban a meter el féretro. Tenía un par de flores blancas en su mano. Itachi le pasó una flor blanca a Sasuke y éste la agarró con firmeza. En cuanto el féretro terminó de bajar, Kakashi fue el primero en acercarse y tirar la flor en el interior, detrás de él, con el corazón estrujado en un puño, Sasuke se dirigió al borde del agujero. Miró la caja de madera. Ésa sería la última visión que tendría de aquella sonriente mujer. Cerró los párpados con fuerza y tiró la flor dentro.
Se negaba a recordar eso. Prefería seguir viendo su sonrisa a su féretro. Regresó junto a Itachi y observó al resto de los amigos de Kakashi y a su manada lanzar las flores dentro en silencio. ¡Seguía esperando a que Naruto apareciera! ¿Cómo podía ser tan idiota de pensar en ello? Pero seguía desviando sus ojos en todas direcciones en su busca.
También Bacon, bacón.
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