Capítulo 23: Dentro de los Fuegos Fatuos
Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.
Al anochecer, la velocidad del viento alcanzaba los 68 km/h con ráfagas que soplaban en un extraño esquema semicircular, que parecía más un misterioso huracán de bolsillo limitado exclusivamente al pueblo de Royal Woods. Patchy Drizzle, el anunciador de las noticias del clima estatal de los últimos treinta años, tan solo podía expresar su total desconcierto y pedir disculpas a las personas que habían planeado salidas en base a los pronósticos de días anteriores de cielo despejado.
–Mala suerte, amigos; parece que sufrimos uno de esos extraordinarios cambios de clima, que no habíamos visto desde que tuvimos tres días nevados seguidos allá por el 2016. En cuanto a la predicción del tiempo, se prevé que seguirá la lluvia, los ventarrones y las bajas temperaturas. Se recomienda a las personas quedarse en casa hasta nuevo aviso. Les habló Patchy Drizzle. Buenas noches.
–Quédate en tu casa. Quédate en tu puta casa... Quédate... Que te quedes, que te quedes en tu casa...–canturreaba Mazzy, una ex integrante de la banda de Luna en la preparatoria a quien no le había ido tan bien en su carrera musical, por lo que actualmente se sustentaba con las propinas que le dejaban en su estuche aquellos que pasaban junto a la esquina de la plaza comercial en la que se instalaba con su bajo y un amplificador a cantar todas las tardes–. Quédate en tu puta casa. Quédate en tu puta casa. No seas subnormal, actúa como sociedad...
Pese a que los compradores iban muy afanados por precisamente volver a sus casas, la artista callejera, que a fin de cuentas trataba humildemente de ganarse la vida, se empeñó en seguir dando su espectáculo aunque ni cinco miserables centavos o un botón descosido le depositaron en su estuche en esa ocasión; y habría seguido así, si no hubiera el gran inconveniente de que en el enchufe que el dueño de la plaza le había permitido usar para su parlante se produjo el primer corto circuito que a la larga desencadenaría una falla eléctrica masiva en toda la ciudad.
Ocurrió que mucha agua se filtró por una cuarteadura minúscula en el techo de cristal, que hasta la fecha los encargados de mantenimiento no se habían molestado en arreglar. Igual esta nunca llegó a representar un problema grave, hasta esa noche de tormenta cuando toda esa agua se escurrió por ahí y cayó a mojar el cable pelado del enchufe conectado del amplificador de Mazzy, quien quedó electrocutada casi instantáneamente, con su lengua mordida, la chaqueta de cuero despidiendo humo y su bajo prendiéndose en llamas. Todo eso que sucedió en menos de ocho segundos hizo que ella al fin captara la atención de los que aun no se iban y apenas fueron conscientes de lo que acababa de pasar, justo en el momento en que todas las luces del Mall se apagaban y se volvían a prender por obra y gracia del generador de emergencia en el sótano. Por el olor, Mazzy parecía un montón de trapos viejos quemándose, como en el incinerador del basurero municipal.
–¡ARAÑA! –gritó Leni esa segunda vez, en la que Eso apareció con su cara real, sin nada de disfraces puestos, porque Eso no tenía por que vestirse cuando estaba en su casa.
Lola chillando se aferraba a Lana, y Lana atemorizada se abrazaba a Lola. Ambas quedaron paralizadas, mientras la veían venir bajando por su tela a toda velocidad generando una brisa venenosa que les revolvía el pelo: una araña gigante de pesadilla, de más allá del tiempo y el espacio, surgida de las profundidades del ambiente más febril de los infiernos.
≪Tampoco es una araña –pensaba fríamente Lori al acercarse al lugar en el que aterrizaría–. Parece una araña, pero literalmente es lo que en nuestras imaginaciones puede aproximarse a... Los fuegos fatuos... ≫.
–Maldita seas –gruñó entre dientes.
La araña, negra como la noche sin luna, en su forma definitiva era gigantesca y más grande de lo que recordaban; habían visto algo que se le parecía antes, pero nada en comparación a lo de ahora, enfermizamente horrible, de aspecto siniestro. El acorazado de su cuerpo estaba recubierto de pelo áspero y un fluido transparente, que también surgía de la punta del poderoso aguijón de su cola y además estaba vivo, como la saliva. La saliva caía en forma de cintas de espuma chorreante, de sus mandíbulas serradas que se abrían y cerraban una y otra vez, filtrándose al mínimo contacto por las rendijas del suelo maloliente como un protozoario.
–¡Lori, no te acerques más! –la llamó Luna, quien no podía moverse por más que intentara. Comprendió entonces, que sin importar que era más allá de lo que veían, aquella era la correcta representación simbólica de Eso.
–El p-pasillo hay que c-cruzar... –recitó deteniéndose en el punto exacto a la espera de la criatura–. A-a las n-niñas esqui-quivar... S-si al b-baño qui-quiero ll-llegar...
Luan frenó su persecución contra ella, cargó el tirachinas hecha un manojo de nervios y lanzó el primer disparo, pero erró bastante mal.
–¡Rayos!
≪Pero Eso es otra cosa –siguió pensando Lori–, una forma final que, literalmente, casi puedo ver. Pero no quiero verla, por favor, no me hagas verla de nuevo...≫.
–¡Tu ma-ma-ma-mataste a mi he-hermano, hi-i-ija d-de pu-puta! –aulló en el instante en que la araña aterrizaba y levantaba sus patas frente a ella sepultándola en su sombra.
Petrificada en un éxtasis de horror, vacilando en el limite de la locura total, Lucy observó la bolsa que se abultaba grotescamente por debajo de su vientre, que casi se arrastraba por el suelo.
≪¡Es la bolsa de los huevos! –gritó en su mente que no podía soportar las implicaciones de aquella idea–. ¡Eso es hembra y está preñada! ¡Estaba preñada en aquel entonces y ninguna se dio cuenta, excepto tal vez Lisa! ¡Ella lo sabía y por eso tuvimos que volver! ¡Porque Eso está preñada de algún engendro inconcebible y se encuentra en el final de su gestación!≫.
Lori miró a través de los malignos ojos rojos, abultados en las cuencas llenas de fluido chorreante color cromo de la araña, y de nuevo entró a las luces ocultas detrás de tal apariencia: a ver una cosa peluda, reptante e infinita que estaba hecha de luz y nada más. Hacia las luces anaranjadas y muertas que se fingían vivas.
Por segunda vez, ambas dieron inicio al maldito ritual de Chüd.
Lori, en el vacío, después.
–Bueno, ¿otra vez por aquí amiguita? ¡¿Pero que ha pasado?! ¡Mira lo fofa que estás! Tienes el culo gordo y las tetas flácidas de tu madre. Que vida tan triste y corta tienen los humanos. Cada vida no es, sino un panfleto escrito por un idiota.
–Sigo siendo Lori. Mataste a Lincoln, mataste a Lisa y trataste de matar a Clyde. Esta vez, no pararé hasta acabar el trabajo.
–La tortuga era estúpida, demasiado estúpida para mentir. Te dijo la verdad, amiguita. La oportunidad solo se presenta una vez. Me heriste, me agarraste desprevenida, pero no volverá a suceder. Ahora quedamos sólo tú y yo amiguita. Fui yo quien las llamó para que volvieran, ¡Yo!
–Tú llamaste, si, pero no eres la única...
–Tu amiga la tortuga no podrá ayudarte esta vez. Hace años que murió. Hace años que la vieja idiota vomitó adentro de su caparazón y murió ahogada. Lastima, ¿no? Seguramente sentiste su desaparición. Sucedió más o menos en esa época, cuando te deprimiste al enterarte que tu esposo y tú jamás podrían tener hijos. Es una pena; tú, que tenías tanto amor de madre para dar. Querías criar a once y en cambio no te quedó de otra que resignarte a ver como el tiempo se te va, a todas tus amigas realizadas como madres, mientras que tu útero se consume como una pasa, secándose, completamente inútil.
–¡E-eres... ¡E-eres un ba-ba-bastardo!... ¡¿Co-como t-te at-trevez a...?!... ¡T-te voy a...!
–¡Sí, que salga el odio, muerde si te atreves. Eso no hará que tus ovarios resecos revivan! Ya lo verás... ¡Ya verás!... Está vez, amiguita, quiero que lo vean todo. Incluso, los fuegos fatuos...
–¡Algo va mal! –gritó Lucy, quien como las otras seis observaba paralizada una exacta repetición de lo que había pasado la ultima vez. Lori miraba a los ojos fijamente a la araña, que se había quedado súbitamente quieta en el momento en que parecía estar a punto de atraparla para devorársela.
–¡Te está dominando, Lori! –insistió en llamarla Luna, a falta de saber que hacer.
De nueva cuenta, Luan levantó su vista a puntar con el tirachinas a la araña... Cuando en eso oyó una risa monstruosa, en su cabeza, y vio que la cara de Lori se estaba estirando de un modo sutil y de su nariz brotaba sangre espumosa.
–¡Hagan algo! –gritó Lola–. ¡Por el amor de Dios, que alguien haga algo!
Ahora la araña avanzaba otra vez hacia Lori, girando su cuerpo para presentar su aguijón.
Harta de todo, Luan dejó caer el arma junto a la munición y corrió hacia Eso.
–¡Hey!, con calma señorita –rió, esbozando una gran sonrisa de gozo, pintada de oreja a oreja–, que la diversión recién empieza. Así que flojita y cooperando, si no quieres que te baje las bragas y te caliente el coño. Haría un chiste sobre pelear, pero no tengo una buena linea de golpeo, i ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?
La araña dejó de reír y Luan la percibió en su cabeza refunfuñar con desagrado y elevar un aullido de furia y dolor.
≪¡Lo conseguí!, la he herido! Ademas de que pude tomarla por sorpresa. Creo que a Lori se le escapó, pero mientras estaba distraída yo...≫.
–¡Luan! –gritó Leni del otro lado de la cueva.
De pronto, la cuarta se vio arrancada de si misma y arrojada a ese vacío absoluto, apenas consciente de que Eso trataba de sacudírsela de encima.
Ante aquella situación, Luan solo pudo reír más fuerte una y otra vez. Reír como loca y soltar los chistes más malos de su repertorio.
–¡¿Estás lista para divertirte?! Que gusto de verte, y hablando de verte: ¿que le dijo un océano a otro océano? "No te marches", i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes? Oye, ¿sabes como se le llama a un café que acaba de salir de prisión? "Ex-preso", i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes? ¿Qué pasa?, ¿quieres robarme un beso? Porque con esa cara mejor róbame el móvil, i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?...
La araña aullaba sacudiéndola furiosamente, bramando de furia por haber sido sorprendida.
–¡Basta, te lo ruego, ordeno que te detengas! ¡No eres graciosa, deja de contar chistes!
–No voy a contar un chiste, voy a contar muchos. Voy a empezar a contarlos: un chiste, dos chistes, tres chistes...
Luan reía, como ella misma en su adolescencia, cuando disfrutaba de torturar a todo mundo en el día de las bromas. Así como torturaba a Eso, a quien acababa de atrapar cuando menos preparada estaba.
–¡Wow, compañera! Esa tos suena muy sería. Deberías ver a un doctor. Eso me recuerda, ¿porque el payaso fue al doctor? Porque sentía algo gracioso, i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?, ¡¿entiendes?!
–¡Deja de preguntar si entiendo! ¡Así pierde la gracia!
Luan siguió viajando a la velocidad de la luz por la oscuridad profunda sacudiéndose. Más adelante, pasó volando junto al cadáver titánico de la tortuga que ahora era tan solo una mole muerta encerrada en su caparazón.
–¡Lori, Lori! ¡¿Me oyes?!
–Se ha ido. Está en los fuegos fatuos. ¡Suéltame, suéltame!
–¿Por qué los fuegos no lloran?, porque se apagarían, I ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?
–¡NO! ¡SOCORRO, SOCORRO!
–Socorro no vino a trabajar hoy, Madame. Si gusta, puede llamar a Consuela, i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?
–¡SUELTAME!
–Llévame a donde esta ella y tal vez te suelte.
A las ocho horas con once minutos, cuando las principales radioemisoras transmitían advertencias de no salir a las calles bajo ninguna circunstancia, un viejo arce cayó en un estruendo aterrado a las afueras de Tall Trees y aplastó la limusina de Tetherby con su acaudalado propietario adentro, quien tercamente había obligado a su conductor a llevarlo al banco a depositar varias de sus bolsas de dinero, con las que pretendía encerrarse en la bóveda hasta que el tiempo mejorara. El buen conductor salió ileso y pudo escabullirse por la ventanilla para ir en busca de un lugar seguro. No como el viejo millonario, que quedó sepultado bajo sus billetes; billetes que salieron barridos por el viento por una de las ventanas rotas del vehículo. En total sumaban más de doscientos mil dólares tan sólo en los de cincuenta y de cien. Más tarde, quienes habían sido el entrenador Pacowski y la enfermera Patty antes de su retiro encontrarían varios de estos aleteando en los muelles y los usarían para pagar la reparación de su bote destrozado por la tormenta.
A las ocho y veinte, marcados nueve minutos después de que cayera el arce, un transformador de potencia instalado en un poste de la Avenida Franklin estalló en un relámpago de luz purpúrea, esparciendo trozos de metal retorcido contra el tejado de la residencia de los Yates. Uno de los fragmentos cortó un cable de alta tensión que también cayó en el techo chisporroteando y debatiéndose como una serpiente mientras despedía un chorro casi liquido de chispas. El tejado de los Yates se incendió a pesar del aguacero y muy pronto la casa estaba en llamas.
A las ocho y treinta y dos el cuerpo de bomberos hizo la primera salida de la noche. A las ocho menos veinte el camión frenó bruscamente para evitar atropellar a una mamá pata y a sus polluelos que salían huyendo del otro parque en que se rumoreaba habitaba el famoso monstruo del pantano.
–¡Están acabando con mi paciencia patitos! –refunfuñó Billy, un hombre gordo y rubio que tenía un escaso parecido a Lily Loud y era el jefe de bomberos, quien esperaba al volante a que las pequeñas avecillas, que para colmo eran más de quinientas, terminaran de cruzar la calle de una en una–. Pero que lindos son.
A las nueve menos cinco, Dexter, el asistente del alcalde en turno, hizo un llamado a las unidades de rescate de las ciudades aledañas, en donde las condiciones variaban de nublado con lloviznas en Beaverton a lluvias moderadas con chaparrones aislados en Hazeltucky.
Pero en Royal Woods parecía que se había desatado el diluvio universal que llenaría todos los pulmones pecadores; especialmente en la calle del distrito comercial que acabó por inundarse por completo al atascarse o derrumbarse durante la tormentosa lluvia muchas de las cloacas viejas.
–¡Lana!, ¡¿a dónde vas?! –la llamó Lola luego de que esta se le despegara para ir corriendo a recoger el tirachinas y buscar la ultima munición a ciegas, ya que optó por cubrirse los ojos con su gorra para no ver directo a las luces hipnotizantes en los ojos de Eso.
Entretanto, Luna no podía dejar de pasear su vista por las redes de telaraña y los cuerpos que colgaban de estas. Algunos medio podridos y otros a medio comer.
Entonces, reparó en una clara diferencia, al reconocer en un rincón, a buena altura, el de una mujer joven del que tuvo certeza estaba fresco.
–¡Oigan –exclamó triunfante, a pesar de su propio terror–, encontré a Lily!
–¡Que bueno...! –gritó Leni–. ¡Pero como que Lori y Luan aun siguen en peligro!
Lucy observaba atenta todo lo que estaba pasando. Primero la araña se había girado a querer ensartar a Lori en su aguijón, pero luego se había vuelto hacia Luan quien no paraba de reír.
≪¡Suéltame –oyó por medio de telepatía que la criatura aullaba adolorida–, prometiste soltarme!≫.
≪Ya lo sé, pero a veces miento –escuchó la voz de Luan–; mis hermanos me golpean cuando lo hago, pero mis padres se han resignado≫.
≪¡Déjenme, prometo darles lo que siempre han deseado: dinero, poder, fama, fortuna; puedo darles todo lo que quieran!≫.
≪Oooh, pensé que te ibas a quedar toda la noche, pero supongo que te estás apagando, i ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes?≫.
≪¡Puedo devolverles a su hermana, puedo devolvérselas y ella no recordará nada, así como ustedes siete tampoco recordarán nada pero déjenme ir, se los ruego! ¡No puedo darles vida eterna, pero si dejan que las toque vivirán muchísimo tiempo: doscientos, trescientos, quinientos años! ¡Puedo hacerlas diosas en la tierra si me dejan ir!≫.
≪¡Llévanos, llévanos de regreso o si no te mataré! ¡Te mataré a fuerza de chistes malos! Y me sé unos...≫.
≪¡Aaaaaahh! ¡Esto es muy cruel hasta para mí! ¡Ya váyanse o mátenme de una vez; pero por lo que más quieras, detente, esta es la peor de las torturas!≫.
≪¡Sujétate Lori!≫.
≪¡Lo intento Luan!≫, la oyó responder a ella.
≪¡Juntas! ¡Tu mano, Lori! ¡Dame la mano! ¡La mano! ¡LA MANO, MALDITA SEA...!≫.
La araña había empezado a sangrar por cuatro o cinco puntos malherida, pero aun peligrosamente vital. Por lo que Lucy, consideró que era crucial hacer algo al respecto; atacarla mientras estaba ocupada con Lori y Luan.
≪¡Esto es ácido para batería maldito asesino!≫.
–Suspiro...
Mientras tanto, Lana buscaba el balín con desesperación, Leni y Lola continuaban petrificadas del susto y Luna seguía indecisa en si ir ayudar a las dos que sostenían el duelo psíquico contra Eso o si en acudir a rescatar a Lily de la telaraña.
Por lo tanto, Lucy saltó al centro de la caverna, procurando evitar ver el brillo de las luces en los ojos de la araña con ayuda del fleco que cubría los ojos suyos, y pasó por delante de Lori y Luan, cuyos cuerpos seguían en el plano físico pero su esencia se hallaba demasiado lejos.
–Suspiro... Creo en vampiros... –respiró en dolorosos silbidos por su garganta no más grande que el agujero de un alfiler–. Suspiro... Creo en hombres lobo... Suspiro... Creo en fantasmas... Suspiro... ¡Pero no creo en ti!
–¡Lucy, detente! –ordenó a gritos Luna.
–¡¿Qué vas a...?! –chilló Lola.
–¡No lo hagas! –gritó Leni.
≪¡Se me ha escapado! –oyó gritar a Luan–. ¡Se escapa! ¡Socorro! ¡Que alguien nos ayude!≫.
Lucy, tras vislumbrar un triunfo descabellado, sacó el inhalador y apuntó con el deslizando el brazo completo en la boca de la araña, al mismo tiempo que, por un instante, recobraba su fe infantil en los hechizos de la bisabuela Harriet, en las sesiones espiritistas en las que hablaba con sus amigos del más allá, en los medicamentos que siempre la habían hecho sentir mejor antes y después de que su cuerpo se estabilizara correctamente y, sobretodo, en sus amados ponys de colores que iluminaban su corazón en sus días nublados.
–Esto es ácido de batería... Suspiro... ¡Y desaparecerás para siempre!
Lucy apretó el inhalador a fondo adentro de la maloliente y maligna garganta de Eso que, entre lastimeros gemidos de agonía por la sustancia corroyéndole las entrañas, cerró sus fauces alrededor de su hombro desgarrándole todo el brazo y seguidamente la apartó de un empujón al clavarle en el abdomen la punta de una de sus gigantescas patas acorazadas.
–¡Lucy! –gritó Leni.
A las nueve en punto el viento seguía arreciando cada vez más. Sobre la calle llovían tablas, tejas y trozos de viga, mientras el agua desbordaba en el pavimento arrastrando consigo botes de basura, mascotas ahogadas y buzones partidos. En cierto momento a Flip se le llegó a ocurrir una grandiosa idea para ganarse unos cuantos dólares que compensarían la falta de clientes que tendría su negocio esa noche por culpa de la tempestad; por lo que de antemano había elaborado un letrero de madera en el que escrito en letras grandes anunciaba la promoción:
Rescate en Bote
$20,00 por persona
(Los niños pagan el doble)
Cuando se hubo calzado el impermeable y salido camino a la cochera a soltar el bote de pesca que tenía remolcado a su auto, una tapa de cloaca se levantó súbitamente de la acera frente a el y lo decapitó tan limpiamente que su cuerpo caminó tres pasos más antes de caer al suelo.
A los cinco minutos en ese mismo lugar, se sintió algo parecido a una explosión subterránea que hizo que productos cayeran de sus estantes; también que las maquinas de Flipies desparramaran todo su contenido dando paso a torrentes de granizado con jarabes de variados sabores de muchos colores, y que el dispensador de queso para nachos erupcionara igual que un volcán activo.
Y mientras que varios autos y furgonetas patinaban y chocaban en las calles y los cables sueltos latigueaban echando chispas en las pocas zonas en donde aun no habían ocurrido apagones, la vieja casa del sepulturero se sacudía temblorosa como un postre de gelatina, con el viento haciendo girar como loca a la veleta en la punta del tejado, su entablado empezando a crujir, sus ventanas a resquebrajarse y la puerta de la entrada principal siendo arrancada de sus bisagras de golpe. Otros dos minutos después, la veleta fue alcanzada por un rayo.
Lucy rodó por el suelo pedregoso, vagamente consiente de que todo se alejaba de su ser junto con la sangre de su muñón y la que chorreaba de su vientre. Casi al instante, al caer bocarriba con todo el pelo apartándose de sus ojos, con visión borrosa miró a Luna, Leni y Lola avanzar hacia ella, y más allá a Lori y Luan despertar de su trance, cosa que la hizo sonreír.
–¡Lucy...! –chilló Lola con desesperación.
En el momento preciso que vio suceder este horrible acontecimiento, Lana al fin había conseguido dar con el ultimo balín de plata y su mano se cerró en torno a este. Poco después Luan y Lori reaccionaron y se encontraron con que la araña retrocedía bastante malherida y las hebras de tela empezaban a desprenderse poco a poco de las paredes rocosas.
Desbordando un fatídico llanto de rabia, la otra gemela cargó la munición en el tirachinas y apuntó a la cabeza magullada de Eso, teniendo bien claro de que la misión se tenía que cumplir, porque se tenía que cumplir. Aquel era el momento preciso para acabar con todo de una vez y para siempre. Tenía que hacerse, tenía que completarse y en esta ocasión no podía esperar que alguien más grande se hiciera cargo por ella. La de la buena puntería era Luan, mas el arma a disparar era suya. Así es como debía hacerse.
–¡Esta es mi resortera! –clamó a voz en cuello tensando el elástico–. ¡Hay muchas otras iguales a ella, pero sólo esta es mía! ¡Mi resortera es mi mejor amiga! ¡Ella es mi vida! ¡Debo dominarla como debo dominar mi vida! ¡Sin mí, mi resortera es algo inútil! ¡Sin mí resortera, yo siempre seré algo inútil! ¡Dispararé mi resortera con acierto! ¡Dispararé con ella al enemigo porque quiere matarme! ¡Dispararé antes que el para que no me mate! ¡Lo juro! ¡Mi dios es testigo de lo que juro! ¡Mi resortera y yo somos las defensoras del legado familiar! ¡Dominamos a nuestro enemigo en la zona de guerra! ¡Somos las hermanas que protegen a los hermanos que no se pueden proteger! ¡Así va a ser, hasta aniquilar al enemigo, por la paz, amen!
Con toda naturalidad, Lana soltó el agarre y dejó que la centelleante esfera plateada se alejara volando en linea recta, cargada con toda la energía, con todo el poder que había depositado en ese único disparo producto de la confianza de que todo tendría que salir bien al final.
≪¡Por favor no falles!≫, apenas tuvo tiempo de pensar.
Pero no falló. Un orificio apareció súbitamente en medio de los ojos de la araña, cuyo grito, casi humano, de sorpresa, de dolor, miedo y cólera fue ensordecedor. A Lori y a Luan que eran las que estaban más cerca les resonaron los oídos. De pronto frente a ellas aquel orificio las cegó brevemente al producirse allí un fugaz estallido pirotécnico, que luego desapareció, oscurecido por los borbotones de sangre que empezó a salir a chorros de la herida.
Después, de recobrar la lucidez y ponerse al tanto de los hechos, ellas dos corrieron junto a las demás a auxiliar a Lucy, quien yacía tumbada en el suelo desangrándose.
–¡Lucy! –exclamó horrorizada Luan, mirando por encima del hombro de Leni quien le había puesto la cabeza en su regazo y la acunaba en lo que Luna se sacaba la chaqueta para tratar de detener la hemorragia en el abdomen y Lola improvisaba un torniquete con su blusa para ponérselo en el muñón–. ¡Oh, dios mío, Lori, ha perdido el brazo!
–¡L-Lucy!
–¡Lucy! –llegó de ultimas a unírseles Lana tras haberle dado el golpe de gracia a Eso.
–Buen tiro, Lana... –susurró la séptima de los hermanos Loud con voz debilitada.
–¡No hables, no hables! –ordenó Lori–. ¡V-vas a est-t-tar bien herma-manita!
–Mira, Luan... –habló Lucy por ultima vez a pocos segundos del silbatazo final. Con las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la mano y la acercó a su mejilla aunque no la alcanzó a tocar–. Estoy... Suspiro... Estoy en una plataforma de despegue... Y allá arriba está San Pedro contando:... diez, nueve, ocho, siete... Suspiro... Ja, Ja... Ja, ja... Suspiro... Humor negro...¿Entiendes?... ¡Alarido!... Chicas... Jadeo... Fue lindo... Que las que quedamos... Jadeo... Nos hayamos podido reunir... Una vez... Más...Suuspiiiiiiiiiiiiiirooooooooo...
–¡No, Lucy! –gritó Luan.
–¡¿Lucy?! –chilló Lana.
–¡Q-q-quedate co-con nosot-t-tras...! –balbuceó Lori.
–¡Lucy! –aulló Luna.
–¡No...! –gimoteó Lola.
–¡Lucy...! –sollozó Leni.
Pero por mucho que deseaban llorar la repentina muerte de Lucy, las Loud hicieron un esfuerzo colosal por no quebrarse ahí mismo, puesto que sabían que aun había trabajo por hacer.
Una a una, cada una de las hermanas restantes –con excepción de Leni que se quedó abrazando el cuerpo de Lucy– se incorporó a mirar con profundo enojo a la araña que se arrastraba con torpeza a la boca del túnel más profundo de su madriguera, habiendo desparramado todos sus huevos y dejado un rastro de charcos de sangre negra y aceitosa.
–Esto aun no termina –declaró Luna–. Si esa cosa vuelve cuando tenga setenta años...
–¡Si! –aseguró Luan recogiendo el rompe cristales de la mano fría de Lucy.
–¡Acabemos con ella! –clamó Lana.
–¡De una vez por todas! –terminó de decir Lola.
Entre las nueve y cuarto y las nueve y veinte estallaron todos los inodoros en la urbanización del centro en un géiser de excrementos a causa de un considerable aumento en la presión del agua. En algunos casos, hubieron unos tan potentes que dejaron agujeros en los techos de los baños. Cheryl, la ex secretaria del director Huggins en la escuela primaria de Royal Woods, murió en ese momento en que estaba sentada en el trono leyendo un catalogo. Su retrete estalló como una bomba en la violenta reversión de los gases de metano y su cuerpo saltó en pedazos. Otra en morir fue Hattie, una prima de Liam que ahora trabajaba como proyeccionista en las salas de cine del centro comercial. Mientras esta se duchaba en su apartamento, una rueda dentada salió disparada como de una catapulta, junto con una bocanada de aguas residuales. La rueda atravesó el vidrio opaco de la ducha y se le hundió en la garganta cuando se estaba lavando la cabeza.
Al cabo de medía hora la estatua de Belching Boy en la Hamburguesa del Eructo estalló en una nube de esquirlas de metralla, mientras el plato con la cheeseburguer caía al agua y se alejaba flotando y la cabeza del niño sonriente con copete se elevaba hacia el cielo lluvioso para caer luego a perforar el techo del arcade. En otra media hora, en el vecindario de Huntington Manor, en el mismo sitio donde cuarenta segundos antes había una hilera de casas lujosas, se vería un conjunto de agujeros de sótano que parecerían piscinas. Mas no sería el único lugar que acabaría así. Todo Royal Woods se estaba desmembrando.
–¡Ahora! –mandó Lori a que fueran a arremeter entre todas contra la araña.
No obstante, Lana se quedó atrás para ocuparse de aplastar los huevos, que eran tan grandes como los de un avestruz y de cascara dura. Su color era semitransparente y se distinguían unas formas negras moviéndose en su interior.
–¡¿Qué haces?! –se devolvió Lola a mirar los huevos con anonadado desconcierto.
–¡Ayúdame! –pidió Lana plantando una de sus botas sobre otro huevo, a lo que su gemela se quedó con ella a terminar de reventarlos todos a pisotones.
Uno se rompió, con un chapoteo opaco salpicando una placenta maloliente. Momentos después, una araña negra del tamaño de una rata reptaba por el suelo tratando de escapar; por lo que Lola, oyendo con claridad sus agudos chillidos en mente, acabó por aplastarla con el extintor que vino trayéndose de la camioneta de Lana. De allí, la otra repitió el mismo proceso al estrujar a otra cría escurridiza con uno de los extremos de la llave en cruz.
Entretanto, Lori, Luna y Luan cruzaron el arco negro por el que la araña intentaba escapar y entre ellas tres corrieron a derribarla de lado a empujones como un grupo de niños traviesos derriba a una vaca que rumia en el campo.
–¡A las tres! –indicó Luan a que empujaran con todas sus fuerzas–. ¡Una..., dos... TRES!
A continuación, teniendo a la asquerosa criatura tumbada patas arriba, Lori partió su palo de escoba de un rodillazo y hundió uno de los extremos astillados en la herida que el balín le había dejado en medio de los ojos; Luan la golpeó repetidas veces en las partes blandas con el rompe cristales; Luna la apuñaló en la garganta con el desarmador y de ahí le arrancó su propio aguijón, el cual usó para penetrar en su carne maloliente. Luego, con un grito inarticulado empujó con más fuerza, impulsándose con las piernas e hincando sus manos a hundirlas en las entrañas de Eso, penetrando en aquellos fluidos calientes que le corrieron por la cara y aspiró por la nariz en pequeños hilos, hasta que pudo percibir un ruido como un pajareo: wac-WAC-wac-WAC...
El latido del corazón de Eso.
wac-WAC-wac-WAC...
Luna se hundió con más fuerza en el interior de Eso, desgarrando y perforando órganos frenéticamente en busca de la fuente de aquel sonido.
wac-WAC-wac-WAC...
Y de pronto alcanzó algo: una cosa grande y viva, que bombeaba y palpitaba contra sus palmas.
wac-WAC-wac-WAC...
≪¡NO, NO, NO, NO, NO, NO...!≫, oía que la voz extranjera de otro mundo suplicaba en su cabeza.
–¡Si, si, si...! –rió ella, ahogándose, sofocándose en toda esa porquería de ahí adentro–. Esto, va a rockear...
Luna cruzó los dedos sobre la membrana palpitante del corazón con las palmas abiertas en una V invertida... Y lo estrujó con toda las fuerzas que pudo reunir, hasta que la sangre chorreó por entre sus dedos en hebras temblorosas.
wac-WAC-wac-WA...
≪Crecieron... –oyó a la voz agonizante de Eso alejándose de su mente–. Ya... no tienen miedo...≫.
≪Lo han hecho muy bien, hija mía≫, escuchó seguidamente a algo más que luego desapareció.
Con un chillido lánguido, la araña retrajo sus ocho patas y dejó de moverse; quedando de ella solo un enorme bulto de humeante carne alienígena.
Lori y Luan tiraron sus armas muertas de agotamiento y Luna se alejó tambaleándose y escupiendo todo lo que tenía en la boca en un esfuerzo por quitarse el mal gusto de la bolsa de aguas y vísceras de la horrible criatura.
–La matamos... –jadeó dejándose caer sobre su trasero–. Al fin matamos a esa bastarda.
Lori y Luan la ayudaron a reincorporarse, haciendo que les rodeara los hombros con cada brazo, y después salieron a encontrarse con Lola y Lana quienes aseguraban haber destruido todos los huevos.
A su vez, Leni dejó momentáneamente el cuerpo de Lucy a un lado para ir a coger a Lily, que venía descendiendo envuelta en la tela. Todas las hebras de telaraña caían empezando a perder forma, deshaciéndose, desprendiéndose de sus numerosas ataduras, y se escurrían por los resquicios entre las piedras.
–¡Lily, Lily!, ¡¿me oyes! –la llamó pasándole una mano bajo la cabellera para buscarle el pulso en su cuello. Allí estaba; un latido lento y regular.
Poco después sus otras cinco hermanas llegaron a reunirse con ellas.
–¡Está viva! –les hizo saber Leni, examinando las pupilas de Lily que se contraían por reflejo involuntario al enfocarlas con la linterna del móvil, mas estas se mantenían fijas por más que le acercara la luz a la cara–. Pero no responde.
–Literalmente... –la examinó Lori con un rápido vistazo–. Está catatónica.
–Chicas –interrumpió Lana parando oreja–. No me gusta como suena el agua allá arriba.
–¡Mierda, las luces! –añadió además Luan–. ¡Se están apagando las luces!
–¿Qué hacemos, Lori? –preguntó Luna, dando a entender con esto que volvía a cederle el mando.
–Larguemonos de aquí –respondió Lori sin lugar a dudas, o a su tartamudeo del que todas cobraron conciencia que ya había desaparecido–. Tú lleva a Lily.
–Si –asintió Luna echándosela en hombros con cuidado.
–Tú, guíanos –ordenó a Lana seguidamente.
–Si, vamos antes de que todo esto se nos venga encima.
–¿Qué hacemos con Lucy? –preguntó Leni–. Tenemos que sacarla.
–Ella puede quedarse aquí –dijo la más mayor con pesar.
–¿Qué? Pero es nuestra hermana, no podemos sólo...
–Entiende, que esto literalmente se está viniendo abajo –explicó Lori–. Allá arriba está muy oscuro y su cadáver nos estorbaría. Además, puede que la policía haga preguntas si nos ven salir con ella, y también tenemos que concentrarnos en sacar a Lily de aquí.
–Pero...
–Déjalo –dijo Luna cabizbaja–. La jefa tiene razón, chica. Tal vez así es como debe ser.
–Pero...
Con lagrimas en sus ojos, Leni se agachó a cerrar los párpados de Lucy y le reacomodó el fleco de su cabello; le dio un beso en la mejilla y por ultimó se irguió ante el arco detrás del que yacía el cuerpo inerte de la araña.
–¡Maldita seas hija de puta! –gritó.
Y con esto se retiraron hacia el angosto túnel que conducía a la trampilla, dejando atrás y para siempre el cadáver de Lucy.
Una vez abandonaron la madriguera, la luz natural que la iluminaba acabó por extinguirse, y arriba, cuando terminaron de salir todas y volvieron a cerrar la entrada, vieron que la extraña marca de la puerta había desaparecido.
