Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«Visión de amor»
Hinata despertó poco a poco, tomando conciencia de su en torno gradualmente. Sentía una molestia sorda y constante en el hombro, pero eso representaba una gran mejoría respecto al terrible dolor que le había abrasado al principio esa zona. As piró a fondo y un delicioso aroma a sabroso guiso inundó sus fosas nasales. De inmediato experimentó un hambre canina.
Abrió los ojos. Unos tenues rayos de sol se colaban en la habitación, iluminando las vigas del techo. Los pájaros trinaban débilmente a lo lejos.
—Hinata.
Se volvió lentamente en dirección a la voz e hizo un gesto de dolor al notar un tirón en el hombro. Naruto estaba sentado a su lado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos colgando entrelazadas entre las piernas separadas.
No se había afeitado en los últimos días y su barba incipiente le confería el aspecto de un ángel. Su cabello, echado desordenadamente hacia atrás, daba la impresión de haber sido atusado con los dedos una docena de veces. Ofrecía un aspecto descuidado y cansado, pero al mismo tiempo increíblemente fuerte y sólido.
Y parecía muy preocupado. Con la esperanza de borrar su expresión inquieta, ella esbozó una pequeña sonrisa.
—Naruto.
Él exhaló un enorme suspiro y cerró los ojos durante un segundo. Tendiendo una mano visiblemente temblorosa, le acarició la mejilla con suavidad.
—¿Cómo te sientes?
Hinata reflexionó unos instantes.
—Me duele el hombro. Tengo mucha sed, y ese olor delicioso, sea de lo que fuere, hace que sienta un vacío en el estómago.
Las tensas facciones de Naruto se relajaron.
—Te traeré algo de comer y de beber, y luego te daré algo de láudano contra el dolor.
Se puso de pie y ella lo siguió con la mirada mientras cruzaba la habitación para verter agua de una jarra metálica en una gruesa taza.
Regresó a su lado y con suma delicadeza la ayudó a incorporarse, a la vez que le colocaba varias almohadas detrás de la espalda. Dios santo, resultaba tan agradable tocarla, aunque sólo fuese para cuidar de ella...
A continuación, le llevó la taza a los labios. Ella la vació tres veces antes de que la sequedad de su garganta desapareciera.
—¿Quieres más? —le preguntó Naruto.
—No, gracias.
—¿Te apetece un poco de caldo? Hikari lo ha preparado esta mañana.
Aunque ansiaba satisfacer su apetito, ella contestó:
—Más tarde. Primero tengo que hablar contigo.
«Tengo tantas cosas que decirte..., tantas esperanzas...», pensó.
—Claro.
Naruto se sentó en una silla de respaldo recto y ella se preguntó si él habría pasado toda la noche en un asiento tan duro. Y sospechaba que sí, pues tenía el aspecto de no haber dormido.
—¿Cómo está la niña? —preguntó, ansiosa.
—Está bien, Hinata. Se llama Harumi. Está fuera, con Hikari y Menma.
—¿Menma? Entonces, tu hermano está...
—Está aquí. Vivo. Sano y salvo.
—¿Y cómo...?
—Me imagino que tienes muchas preguntas que hacerme, y te contaré todo lo que no sepas ya, pero primero hay algo que debo decirte.
La tomó de la mano, que sujetó entre las suyas. Tenía una expresión tan severa, tan intensa, que a Hinata se le encogió el corazón de aprensión.
—He tomado una decisión, Hinata.
—¿Una decisión?
Naruto la miró a los ojos y luego sacudió la cabeza.
—Maldición, he esperado tanto a que recuperases el conocimiento para hablar contigo, pero ahora que ha llegado el momento no encuentro las palabras.
A Hinata se le hizo un nudo en la garganta. Sabía muy bien lo difícil que resultaba decirle a alguien que uno no que ría seguir casado con él.
Naruto le soltó las manos y se agachó. Cuando se enderezó, sujetaba un bote abollado.
—Te he traído algo —dijo en voz baja.
Introdujo la mano en el bote y sacó una fresa grande, madura y jugosa. Confundida, ella observó cómo sujetaba la fru ta por el rabo.
—¿Te acuerdas de nuestro viaje a Londres, cuando estábamos recién casados? —preguntó Naruto, escrutándole los ojos.
Hinata asintió con la cabeza, en silencio.
—Me contaste la historia del origen de las fresas, sobre una pareja que era inmensamente feliz hasta que discutieron. La mujer se alejó de su marido y no se detuvo hasta que vio las fresas rojas y apetitosas. Cuando se las comió, recuperó su deseo por él y regresó a su lado. —Le acercó la fresa a los labios—. Quiero que tú vuelvas a mi lado.
A Hinata el corazón le latía con fuerza en el pecho. Aturdida, mordió la fruta, y su dulzor le envolvió la lengua de in mediato. Cuando terminó de comerse la fresa, Naruto depositó el bote en el suelo.
La tomó de nuevo de la mano y le dio un beso caluroso y ferviente en la palma.
—Dios, Hinata, cuando creí que ibas a morir todo murió dentro de mí. En ese momento me di cuenta de que nada, absolutamente nada me importaba más que tenerte conmigo. No puedo dejarte ir —dijo, y ella notó su cálido aliento en las yemas de los dedos—, no puedo permitir que regreses a América. Si te vas, te seguiré hasta allí. No consentiré que nuestro matrimonio sea declarado nulo. Me da igual si no tenemos hijos. Si quieres, podemos adoptar niños, docenas de ellos, si así lo deseas, pero no concebirás el hijo de otro hombre. Y yo no buscaré consuelo en brazos de otra mujer. Si no quieres compartir el lecho conmigo, aceptaré tu decisión. Lo único que me importa es que te quedes conmigo, ¿entiendes?
Ella no habría podido articular una sola palabra con sus labios, completamente secos, ni aunque le fuera la vida en ello, así que asintió con la cabeza.
—Bien. No quiero oír hablar más sobre disolver nuestro matrimonio. —Clavó en ella una mirada acalorada, intensa y muy seria—. Te quiero —susurró—, con toda el alma. Y quiero estar contigo en las condiciones que sean. Mi corazón te pertenece y siempre te pertenecerá.
Ella lo contempló en silencio, pues lo que acababa de oír la había dejado sin habla. Él la amaba. A pesar de todo, quería que ella siguiese siendo su esposa. Dios santo, estaba dispuesto a renunciar a tanto: un matrimonio de verdad, hijos... Por ella. Porque la quería. Las lágrimas asomaron a sus ojos. Compren día muy bien ese amor tan profundo, esa disposición a renun ciar a todo por el ser amado.
Lo comprendía porque era exactamente lo mismo que ella sentía por él.
—Naruto —dijo con voz temblorosa—. Quiero que sepas que yo jamás tendría un hijo con otro hombre. Por favor, créeme. No deseaba por nada del mundo romper nuestro matrimonio, pero no podía pedirte que continuaras considerándome tu esposa cuando yo ya no podía compartir tu lecho.
Él se quedó inmóvil.
—¿Me mentiste?
Ella se estremeció al oír su tono, pero siguió adelante:—Sí, te mentí. Quería que fueras libre para disfrutar de un matrimonio como el que mereces, con una mujer que pudiese darte hijos. Lo que te dije sobre mi deseo de anular el matrimonio y tener un hijo con otro, sobre mi ambición de ser duquesa, todo eso era mentira. Pero te ruego que entiendas que yo habría dicho absolutamente cualquier cosa para convencerte.
Naruto tragó saliva compulsivamente antes de decir:—Esas palabras son prácticamente idénticas a las que Menma me dijo anoche cuando me habló de proteger a Hikari. —Respiró hondo—. Me estás diciendo que inventaste todo eso para que yo siguiese adelante con mi vida. Sin ti.
—Así es.
—Me mentiste.
Ella asintió con la cabeza.
—Es la única vez que lo he hecho, y te juro por lo que más quiero que jamás lo volveré a hacer.
Durante unos segundos él pareció sentirse aturdido, y luego, poco a poco, una amplia sonrisa se desplegó en su rostro. Una sonrisa arrebatadora que a Hinata le cortó la respiración.
—Me mentiste —dijo él otra vez.
—Pareces... alegrarte de ello.
—Cariño, dadas las circunstancias, estoy extasiado.
A Hinata la invadió un alivio tan intenso que le debilitó todo el cuerpo.
—Hay una cosa más que debo decirte.
Sin duda su semblante estaba tan serio como su tono de voz, porque el destello de buen humor desapareció de los ojos de Naruto.
—Te escucho —dijo él.
—Cuando creí que iba a morirme y que nunca más volvería a verte o a tocarte, sentí un gran pesar. Me arrepentí de haber renunciado a ti, y a nuestra hija. —Alzó la mano y le acarició la barbilla sin afeitar—. No quiero volver a arrepentirme —susurró—. Quiero que seamos un matrimonio de verdad. Quiero tener el bebé, con independencia de las dificultades que tengamos que afrontar juntos.
Naruto la miró con fijeza.
—Hinata, ¿estás segura?
Ella asintió con la cabeza y tragó saliva no sin esfuerzo.
—La vida es demasiado breve, demasiado valiosa. Hay una niña preciosa en nuestro futuro, una niña a quien no quiero negar el derecho a existir, aunque su existencia sea muy corta. Tengo fuerzas para soportarlo, porque te quiero y tú me quieres a mí. —Aspiró profundamente y estudió su expresión severa—. ¿Quieres tú lo mismo, Naruto? ¿Quieres tener esa hija conmigo, aunque sepas que la perderemos? ¿Aunque seas consciente del dolor que nos provocará?
Él le tomó la mano y se la apretó con fuerza.
—Siempre he querido tenerla, aun sabiendo que podríamos perderla. Y te juro por mi alma que haré todo lo posible por evitar que eso ocurra.
—Pero ¿y si ocurre de todas maneras?
—Entonces daré gracias a Dios por el tiempo que haya podido pasar con ella, por los días preciosos durante los cuales hayamos podido disfrutar de su amor.
Cielo santo, a Hinata le aterraba contarle los demás detalles de su visión, decirle que en aquellas imágenes lo había vis to desesperarse y expresar su sentimiento de culpa. Pero tenía que saber la verdad.
—Naruto, ¿y si su muerte fuera el resultado de una acción de uno de los dos?
Él le frotó el dorso de las manos con los pulgares, sin apartar los ojos de los de ella.
—Lo superaremos, juntos, siempre. —Se inclinó hacia delante y le rozó los labios con los suyos, en un beso tierno y agridulce—. Nuestro amor es tan fuerte que podremos superar cualquier cosa.
Esta declaración, hecha en voz baja, le encogió el corazón a Hinata, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. Rezó porque Naruto no se arrepintiese de haber pronunciado esas palabras cuando ella le contase el resto de la visión. Y tenía que decírselo; no sería justo que le ocultase el terrible sufrimiento que le deparaba el destino.
—Naruto, en la visión aparecías muy abatido. Sentí tu desesperación, tu impotencia, tu culpabilidad. Te oí decir: «Por favor, Dios mío, no me digas que la he matado al traerla aquí», y: «No puedo vivir sin ella».
Él la miró, desconcertado, con el entrecejo fruncido.
—Pero si son las mismas palabras que pronuncié ayer, cuando pensaba que te morías.
Antes de que ella pudiese contestar, oyeron voces procedentes del exterior.
—Menma, Hikari y Harumi han vuelto —dijo él—. Están deseando conocerte.
Cruzó la habitación y abrió la puerta. La mujer que estaba atada a una silla la última vez que Hinata la había visto entró del brazo de un hombre que era innegablemente hermano de Naruto. Hinata sonrió. Sin embargo, antes de que abriera la boca para saludar, la niña apareció en el umbral.
Hinata se fijó en la criatura de cabello color oscuro y ojos azules. Y todo su mundo dio un giro de ciento ochenta grados.
Sólo habían pasado dos días desde que Naruto se había marchado a Francia, y Konohamaru ya sabía que le sería por completo imposible ocuparse de toda la correspondencia de su hermano. Se sentó frente al macizo escritorio de ébano de Naruto y soltó un quejido al ver el creciente montón de cartas que se apilaban en el centro. Intentar superar sin contratiempos esa época que Naruto y Hinata estaban pasando en el continente iba a re sultar una tarea de enormes proporciones.
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Konohamaru, agradecido por la distracción. Sai entró en el estudio.
—¿Querías hablar conmigo? —preguntó.
—Sí. Hay algo que necesito decirte.
Sai tomó asiento en la butaca situada enfrente de Konohamaru.
—Te escucho.
—Se trata de Ino, y no me andaré con rodeos. Mi hermana está enamorada de ti. —Konohamaru se reclinó contra el respaldo y observó a Sai entrecerrando los ojos—. Me gustaría saber cuáles son tus planes al respecto.
Sai se quedó muy quieto.
—¿Ino te ha dicho que... le gusto?
—No, no me lo ha dicho directamente, pero no ha sido capaz de negarlo cuando se lo he preguntado a bocajarro. Cielo santo, Sai, hasta un ciego se daría cuenta de que te quiere. Creo que serías un marido admirable para mi hermana, siempre y cuando, claro está, le profeses algo de afecto.
Sai se dio unos golpecitos en la barbilla con los dedos, meditando acerca de esas palabras.
—¿Y si no me apeteciera casarme en estos momentos? —preguntó al final.
—En ese caso, estoy seguro de que Naruto tomará en consideración a otros pretendientes. —Agitó la mano sobre las cartas que recubrían el escritorio—. Enterrada en esta pila monstruosa hay una nota enviada por Shikamaru Nara, en la que da a entender que tiene intención de declararse a Ino. —Se puso de pie y posó la mano sobre el hombro de Sai—. Piénsalo bien, amigo mío —le dijo, y, acto seguido, salió de la habitación.
En cuanto se quedó solo, Sai comenzó a pasearse de un lado a otro del estudio, pasándose los dedos por el pelo. ¡Ino estaba enamorada de él! Este pensamiento hizo que se detuviese en seco. Recordó cómo la joven se había derretido en sus brazos, buscando sus labios con ansia, y el pulso se le aceleró. Una fina capa de sudor apareció en su frente. ¡Por todos los diablos!
¡No estaba preparado para el matrimonio! Convertirse en un hombre casado, por el amor de Dios... Comprometerse de por vida. «Ni hablar. Yo no.» Ino era adorable, pero había muchas mujeres adorables en el mundo. «Aunque ninguna me hace sentir lo que ella.»
Intentó acallar esas fastidiosas vocecitas interiores que amenazaban con arrebatarle su sagrada soltería, pero no logró expulsarlas de su cabeza. «Ino me daría unos hijos fuertes y apuestos, y unas hijas tan hermosas como su madre.»
¿Hijos? Un momento, estaba perdiendo el juicio. Se acercó a toda prisa a las licoreras, se sirvió una cantidad generosa de brandy y se lo bebió de un trago. Al instante se sintió mejor.
Ino no estaba realmente enamorada de él, sólo se había encaprichado. Y él se sentía atraído por ella sólo porque era muy distinta de las demás mujeres que conocía. Vaya, lo único que le hacía falta era salir de esa condenada casa y encontrar al guna fémina con la que retozar alegremente. Dejó su copa va cía sobre el escritorio y se encaminó a la puerta.
Justo cuando se dirigía al vestíbulo, oyó que Carters hablaba con alguien.
—Lo siento mucho, lord Nara, pero su excelencia está ausente en estos momentos —aseveró el mayordomo con voz monocorde y profunda.
Sai se detuvo de golpe. Nara, debía de haber ve nido para pedir la mano de Ino. Y Konohamaru había dicho que Naruto tendría en cuenta las ofertas de los pretendientes...
—Vaya, ¿está seguro? —preguntó lord Nara—. Mandé una nota hace varios días en la que le anunciaba mi visita de esta tarde. Sin duda estará esperando mi llegada...
—Un imprevisto ha obligado al señor duque a ausentarse.
—Yo me ocupo de esto, Carters —intervino Sai, acercándose a la puerta—. Su excelencia me dejó un recado para que se lo transmitiese a lord Nara.
Carters hizo una reverencia y dejó a los dos hombres a so las. Sai se volvió hacia lord Nara y le dedicó una son risa helada.
—Shikamaru.
—Es un placer verle, Sai.
Diez minutos después lord Nara ya no opinaba que era un placer ver a Sai. Restañándose la sangre de la nariz con el pañuelo, lord Nara salió del salón dando grandes zancadas. Vio a Ino en el vestíbulo y pasó junto a ella como una exhalación sin decirle una palabra. En lugar de esperar a que Carters le abriera la puerta, la abrió él mismo de un tirón, salió y cerró de un portazo.
—¡Cielo santo! —exclamó Ino, mirando a Sai con los ojos desorbitados—. ¿Qué demonios le ocurre a Shikamaru?
—¿Shikamaru? ¿Lo llamas Shikamaru?
—Sí, claro. ¿Se encuentra bien? Me ha parecido que le sangraba la nariz.
Se asomó a la ventana y vio alejarse el elegante carruaje de lord Nara.
—En efecto, le sangraba la nariz —confirmó Sai con una sonrisa de satisfacción.
—¿Qué ha pasado?
—Me temo que se ha producido un ligero choque.
Tomó a Ino del brazo y la condujo por el pasillo, casi arrastrándola. Ella tuvo que correr para no quedarse atrás.
—¿Qué clase de choque? ¿Adónde me llevas?
Sai, lejos de contestar, siguió andando con determinación, sin aflojar el paso hasta que se encontraron en la intimidad del estudio de Naruto.
—¡Dios santo, Sai! —resopló ella cuando por fin se detuvieron. Con los azules ojos echando chispas, se soltó bruscamente de su mano—. ¿Qué mosca te ha picado? Me llevas de un lado a otro como un trapo y...
Sus palabras de indignación se interrumpieron cuando la boca de Sai la hizo callar con un beso.
Ino se abandonó en sus brazos, con las rodillas temblorosas, y su enfado se disipó instantáneamente mientras la invadía una oleada de calor. Deslizó las manos por el amplio pecho y los hombros de Sai y enredó los dedos en su pelo. No sabía por qué él la estaba besando, pero mientras lo hiciera no le importaba la razón.
—Ino —susurró Sai en un tono quejumbroso varios minutos más tarde—. Mírame.
Aferrándose a sus hombros para no caerse, ella abrió los ojos con esfuerzo y lo miró, embobada.
—¿Por qué me has besado? —preguntó luego con la voz trémula.
—Porque me apetecía.
Ella achicó los ojos con repentina suspicacia.
—Te estás comportando de un modo muy extraño. ¿Qué le ha ocurrido a Shikamaru? Has mencionado algo sobre un choque...
—Sí, se ha producido un choque de lo más desafortunado entre su cara y mi puño.
—¿Le has pegado un puñetazo a Shikamaru?
Él asintió con la cabeza.
—¿Qué demonios te impulsó a hacer una cosa así? —preguntó ella, estupefacta.
—El hijo de perra ha salido bien librado —contestó Sai en un tono amenazador—. Tendría que haberlo retado a duelo.
—¿Retado a duelo? Pero ¿qué es lo que ha hecho?
—Ha mentido como un bellaco. Ha negado rotundamente haberte besado. En suma, te ha llamado mentirosa. Y, por si fuera poco, ha tenido la desfachatez de interrumpirme mientras yo defendía tu honor y me ha dicho que no era asunto de mi incumbencia.
Ino tragó saliva.
—De hecho, no es de tu incumbencia.
—Al diablo. —Prácticamente le salía humo de las orejas—. No sólo te besó y luego mintió al respecto, sino que ha tenido la osadía de venir hoy a pedir tu mano. Sí, desde luego que habría debido retarlo a duelo. Debió pensarlo dos veces antes de intentar declararse a la dama de otro hombre.
—¿Shikamaru quería pedir mi mano? —preguntó ella con un hilillo de voz. Luego frunció el entrecejo—. ¿A qué te refieres con eso de que debió pensarlo dos veces antes de declararse a la dama de otro hombre? Yo no soy la dama de nadie.
—Eres mi dama. Creo que siempre lo has sido..., pero yo estaba demasiado ciego para darme cuenta. —Para gran sorpresa de Ino, Sai hincó una rodilla en el suelo y le tomó las manos—. Cásate conmigo, Ino.
Ella se quedó sin habla. «Dios mío, está borracho», pensó. O... estaba gastándole una broma pesada. Se soltó bruscamente y le volvió la espalda. Un sollozo escapó de sus labios.
—¿Cómo puedes bromear sobre algo así?
Él se puso en pie y la sujetó por los hombros. Le hizo dar la vuelta y la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello.
—Ino, cariño, no se trata de una broma. —Le levantó la barbilla con los dedos hasta que sus ojos llorosos lo miraron—. Le he pegado un puñetazo en la nariz a Nara porque se atrevió a tocarte. Imaginarte con él, o con cualquier otro hombre, me resulta imposible. Simplemente no puedo permitirlo. Te quiero para mí solo. —La contempló fijamente con una expresión solemne—. Te amo, Ino. Quiero que seas mi esposa. Di que te casarás conmigo.
Ella estudió su rostro serio y apuesto. De no ser porque él la sostenía en sus brazos, se habría desplomado como un saco.
—Me casaré contigo —dijo en voz baja.
—Gracias a Dios.
Agachó la cabeza para besarla, pero ella echó la cabeza hacia atrás.
—Eh... Sai...
Él le besó el cuello.
—¿Sí?
—Ahora que has pedido mi mano y yo he aceptado, no irás a arrepentirte, ¿verdad?
—Nunca —aseguró él con la boca pegada a su cuello. De pronto se quedó inmóvil, alzó la cabeza y la miró con perplejidad—. ¿Por qué lo preguntas?
Ella se mordió el labio inferior.
—Pues...
—¿Pues qué?
Ella aspiró a fondo y luego soltó rápidamente:—Shikamaru Nara nunca me ha besado.
Sai se quedó mirándola durante un buen rato.
—¿Nunca te ha besado?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—¿O sea que tú...?
—Me lo inventé. Para ponerte celoso.
Alzó la vista hacia él, aguardando su reacción. «Por favor, Dios, no hagas que me arrepienta —rezó en su fuero interno—. Le he contado la verdad. No quería que hubiese una mentira entre nosotros.»
Él arrugó el ceño.
—Pues dio resultado.
—¿En serio? ¿Te pusiste celoso?
—Quería matar al pobre desgraciado. Ahora supongo que lo dejaré vivir..., siempre y cuando no vuelva a acercarse a ti.
—Después del puñetazo en la nariz, estoy segura de que no lo hará. —Le posó las palmas sobre el pecho—. ¿Estás enfadado?
Sai la atrajo hacia sí y le tomó la cara entre las manos.
—¿Enfadado? En absoluto. Has aceptado mi proposición. Y ahora, si dejas de parlotear durante un rato, podré besarte y seré un hombre muy feliz.
—No diré una palabra más.
—Excelente. Pero antes de que dejes de hablar, podrías decirme que me quieres.
—Te quiero —musitó Ino, poniéndose de puntillas y apretándose contra él.
Sai emitió un quejido.
—Espero que no me inflijas un noviazgo demasiado largo.
Exhalando un suspiro de satisfacción, Ino le echó los brazos al cuello.
—En absoluto. Por si no lo habías notado, mi familia es aficionada a las bodas precipitadas.
Hinata contempló a la niña. Intentó respirar, pero era como si la habitación se hubiese quedado sin aire. Su mente registró de inmediato el cabello negro, los ojos azules y la edad de la criatura, y entonces la reconoció.
Era la niña que aparecía en su visión.
Lo comprendió todo tan de repente que se sintió mareada. Hikari era la madre de la niña, lo que significaba que Menma..., Menma era el padre, y no Naruto.
La criatura en peligro era esa niña, Harumi, no la hija de Hinata. Y ella la había salvado. «Las palabras que Naruto pronunciaba en mi visión, su abatimiento... —pensó—. Todo se debía a que creía que me había perdido a mí.»
Menma y Hikari le sonrieron, y, tirando suavemente de la mano de la niña, se acercaron a Hinata.
—Nos alegramos mucho de que hayas despertado —dijo Menma—. Tenemos tantas cosas de que hablar y, lo que es más importante, queremos agradecerte que hayas salvado la vida a nuestra hija Harumi.
Aturdida, Hinata tendió la mano. Harumi la estrechó tímidamente con sus deditos. Al instante, Hinata se sintió llena de dicha. Esa criatura no irradiaba más que alegría. Nada de pe ligro ni de muerte. La amenaza había pasado. El alivio que la invadió la dejó muy débil.
Naruto se arrodilló junto a la cama.
—¿Estás bien, Hinata? Estás muy pálida.
Ella apartó la vista de la pequeña y lo miró a él. Con gran esfuerzo, logró hacer una inspiración entrecortada y se humedeció los labios resecos. Extendió los brazos y lo tomó de las manos.
—Naruto, Harumi es... es la niña de mi visión.
Durante unos instantes él se limitó a mirarla.
—¿O sea que la niña que viste morir...? —preguntó por fin en voz baja.
—Era Harumi. Pero no ha muerto. La salvamos. Y era la hija de Menma, no la nuestra —dijo con los ojos llorosos—, no la nuestra.
—¿No era nuestra hija? —repitió él con expresión confundida. Pero entonces frunció el entrecejo y bajó más aún el tono—. ¿Quieres decir que Harumi corre peligro?
—No. El peligro ha pasado, ella está bien.
—Ella está bien, pero ¿corre peligro nuestro hijo?
—En absoluto.
Naruto cerró los párpados un momento y luego se acercó las manos de Hinata a los labios.
—Dios mío. —Tragó saliva de manera audible—. ¿Significa eso lo que creo que significa?
—Significa que somos libres. Libres para amarnos y concebir hijos sin que esa amenaza horrible penda sobre nuestras cabezas.
—Hinata...
Se inclinó hacia delante y la besó con ávida ternura.
Ella le apretó la mano, y un torrente de imágenes acudió a su mente. Intentó ahuyentarlas, temerosa de ver algo malo, algo que estropease ese momento. Pero el cuadro que cobró forma en su mente la dejó sin aliento.
Con claridad cristalina se vio a sí misma y a Naruto juntos en un prado cubierto de flores silvestres, declarándose su amor mutuo con la mirada. Él le tendía la mano. «Te quiero, Hinata.»
La imagen se difuminó, dejando tras de sí una estela de bienestar que maravilló a Hinata.
Naruto se inclinó hacia delante en la silla y estudió su rostro.
—¿Qué has visto?
—A ti y a mi. Era una visión de amor. Y de felicidad.
—Felicidad.
—Sí. —Una sonrisa jubilosa le brotó del corazón—. Es una palabra que usamos en América para referimos a la dicha celestial.
Él, se llevó las manos de ella a los labios.
—También es una palabra que usamos en Inglaterra para decir «tú y yo amándonos para el resto de nuestra vida».
Ella lo miró a los ojos y supo de inmediato que tenía razón.
.
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Fin
