¡Hola! Han pasado muchos meses desde mi última actualización y vaya que el mundo está jodido. Mis mejores deseos para quienes estén leyendo, espero que las penas traídas por el dichoso COVID-19 sean mínimas para ustedes y, sobre todo, que se encuentren en compañía de sus seres queridos y familiares. Les deseo buena salud y suerte en estos meses tan sombríos, ¡un abrazo desde lejos! Por mientras, los dejo con la nueva actualización de esta historia. Disfruten.

19

Lo que fue olvidado

Luna dejó que el viento invernal le acariciara el rostro mientras dejaba salir el humo de su cigarro. Esta mañana se dirigió sola al trabajo ya que Sam se reportó enferma, aunque no era cierto. El problema que su amada rubia traía cargando en hombros tenía nombre: Tom Sharp. En otras circunstancias tal vez le hubiera importado un carajo, pero se había metido con Sam, y desde la estúpida cena a la cual no fue invitada, ella había caído en depresión y su mejilla terminó amoratada. Oh, iniciada una nueva década, las ideas arcaicas de su padre habían sido depositadas en el bote de basura. Esto, sin embargo, debía parar. Solo estaba mirando, dejando que continuara con su fechoría.

¿Tu amiga no vino? —preguntó la señora Sharp.

Sam estaba cansada, pero no por ello iba a fingir, ni siquiera al sentir la mirada de su padre por encima del hombro, como esperando a ver la respuesta y así soltar su palabrería estúpida.

Es mi novia, ya te lo dije —contestó—. Ya sabes por qué no vino, mamá.

A ver, ¿cómo que tu novia? —la cólera de su padre no se hizo esperar— ¿estás involucrada todavía con esa?

¿Qué? ¿No lo has superado en más de 5 años?

El tono de Sam, al principio fue altanero, pero sus vellos se habían erizado y sentía un par de lágrimas asomándose por sus ojos. Su padre se aproximó hacia ella, desplazando a su esposa a un lado y le puso la espátula caliente a la rubia en el pecho, manchándola con grasa de las chuletas.

En ese tiempo me contuve de darle una lección —masculló entre dientes—. No quiero que sigas con esas asquerosidades mientras estés en mi casa, ¿oíste?

Las palabras salieron de su boca lo suficientemente alto para llamar la atención de la mayoría de sus familiares. Los niños seguían en lo suyo, pero las mujeres veían todo con los ojos abiertos y murmurando, mientras los demás solo se limitaban a beber cerveza sin importarles nada, haciendo oídos sordos.

No tengo por qué soportar esto —dijo Sam.

Dejó caer el plato con una chuleta a medio comer y su cerveza casi intacta, rompiéndose esta última contra el suelo y manchando los pies de su papá, quien no hizo sino alejarse, enojándose, mientras la veía marcharse. Uno de esos eventos desafortunados donde su cerveza se estrelló contra la única jodida piedra que quedaba en el jardín. Ella estaba a punto de salir del patio cuando su padre la alcanzó por la blusa y la derribó con una fuerte bofetada al suelo. Aunque esto causó un escalofrío en la madre de Sam, no dio ni siquiera un paso para levantarla.

¡No vuelvas a esta casa! ¡¿Escuchaste?! —gritó enfurecido—. Pensé que con tanto tiempo lejos te curarías, pero no quiero que te me vuelvas a acercar.

Vete a la mierda —dijo Sam en el suelo—. Estando en Europa vi más mujeres desnudas de las que tú viste en toda tu puta vida.

Su padre se había alejado apenas unos pasos, pero regresó para darle un golpe más, aunque fue un movimiento que estuvo lejos de hacer cuando Sam le atizó un puñetazo directo a la nariz, cegándolo por un momento y alterando a todos los demás. Ella se fue de la reunión mirando con pena y rabia cómo se movía agitando las manos para ver si la encontraba.

Luna se acercaba con sigilo, había dejado una estela de humo donde antes estuvo el cigarro, ahora aplastado en el concreto de la puerta de salida. Lejos de ella, el filo de una navaja se alzaba sibilante, pero no tenía miedo. Es más, ni siquiera estaba resentida por los altercados en meses pasados, sino que la rabia de escuchar la historia de Sam la provocaba. En especial la parte donde su padre la golpea, pero nadie hace nada, hasta que ella decide devolver el golpe y entonces todos se levantan de la silla para que las cosas "no vayan más lejos". En el estacionamiento no se escucha otra cosa que no sea el viento, los golpes de la navaja y, quizá, el rechinar de sus dientes.

Luna, ya no importa —decía Sam, sujetándola por la chaqueta.

¡¿Cómo que no importa?! Mierda, mira cómo te dejó la mejilla.

No pienso volver —fue todo lo que dijo.

Luna tenía revuelto el estómago, se contraía en ira y tristeza, en desesperación por escuchar el tono de voz tan tranquilo de Sam. En su mente, todo lo que existía era un enojo iracundo e histérico, acompañado por algo de emoción y deseo de sentir sus puños contra la cara del padre de su novia. Sentir cómo lo machacaba hasta que sus nudillos se ponían rojos. Sin embargo, su mano apretando el picaporte de la puerta finalmente se relajó y se quedó cabizbaja, pensando en muchísimas cosas.

¿Prometes que no volverás? —preguntó Luna.

Sam la volteó sujetándola por la cintura, le sonrió pegándola a su cuerpo y cerrando los ojos, juntando sus frentes. El frenesí de emociones corría por todo el cuerpo de la castaña, incluso haciéndole saltar una vena de la frente que Sam estaba sintiendo palpitar. Todo esto acumulado no rompió el encanto del momento.

Fue un error ir en primer lugar —decía Sam en voz baja—. Sé que mi futuro está contigo, ya no tengo nada que ver con ellos. Me odian por amarte, pero prefiero amarte sabiendo que me odian, a fingir odiarte solo para que ellos me quieran.

Las manos de Luna se destensaron y un suspiro salió por su boca, aquellas bellas palabras le dejaron baja la guardia. Cuando levantó el rostro, vio que Sam sonreía y lloraba, pero todo había terminado. En ese momento sintió felicidad y miedo; felicidad porque Sam quería compartir su futuro con ella, y miedo porque no sabía si aquel futuro era bueno o malo. Mirando su moretón, se juró protegerla si algo llegaba a interponerse, mas dentro de ella supo que estando juntas no habría nada de lo cual cuidarse.

Te amo, Sam —dijo Luna, con voz baja.

Yo también te amo —contestó la rubia— jeje, aunque seas una bomba de tiempo.

Los cuatro neumáticos estaban ponchados, cada uno con al menos 6 puñaladas, y mientras el querido Torino de Luna se iba lentamente al suelo, se acercó por detrás al tipo. El encuentro en el comedor de la facultad, el chapuzón de agua sucia, los insultos y la discusión con la rectora habían terminado en esto. Con un sigilo envidiable, Luna lo empujó contra el coche, logrando distraerlo y haciendo que pusiera la mano en el suelo; con un fuerte pisotón logró desarmarlo para luego patear la navaja debajo del coche. Todavía de rodillas el tipo le quiso propinar un golpe, siendo repelido por un rodillazo en la mejilla para hacerlo chocar contra el auto una segunda vez. Luna lo jaló por el cuello solo para derribarlo con un puñetazo y teniéndolo en el suelo, no tuvo piedad de él.

Sam la había definido como una bomba de tiempo y tenía toda la razón. Claro, ella no la dejó salir a patearle el culo a su padre, pero eso no significaba no poder desahogarse con este papanatas. Esto había sido pura suerte, Luna solamente fue a despejarse fumando un poco, y tuvo la ocasión de encontrarse con este sujeto en pleno acto. Solo se quedó mirando, esperando a tener una razón para lanzársele encima como un león a una gacela. Cubierta con el poco anonimato que le brindaba la parte trasera de su coche, le rompió la nariz y los labios, le abrió una ceja y azotó su cabeza dos veces contra el asfalto. Él solo manoteaba y trataba de gritar sin poder pronunciar más allá de unos cuantos jadeos a causa de los golpes.

Abusando un poco más de su suerte y dejando salir todo su enojo, Luna se levantó y se tomó un respiro, solo un segundo, para entonces castigar sus costillas con fuertes patadas que lo dejaban sin aire, lo hacían escupir saliva y sangre. Solo se detuvo cuando el chico ya ni siquiera hizo por moverse, y usando sus últimas fuerzas, Luna lo arrastró hacia los maceteros con arbustos y árboles marchitos cubiertos de nieve. Tratando de recomponerse, el chico seguía escupiendo sangre y no sabía cuál parte de su cuerpo empezar a sobarse; la nariz le sangraba, sus ojos se habían hinchado, ni siquiera podía pronunciar palabras por los constantes seseos y escupitajos rojizos que le atravesaban la boca haciéndola arder. En un patético intento de querer atacarla, se levantó del suelo con las manos por delante, pero solo bastó con que Luna se hiciera a un lado para dejarlo caer.

Ella nunca pronunció palabra, solo lo miró marcharse, agarrándose el estómago y procurando que los pocos transeúntes no vieran la tremenda paliza que acababan de propinarle. Si el tipo era listo, cosa de la cual Luna dudaba, se alejaría para siempre. Si no, quizá todo acabaría de otro modo. Volvió cansada y renqueando hacia al auto, dispuesta a renunciar a una buena parte de sus ahorros para comprar 4 neumáticos nuevos. El aliento se le fue, pero la satisfacción de ver sus nudillos enrojecidos no tenía comparación.

— ¿Entonces no vendrás? —preguntó Rita, bastante desanimada— anda, di que sí, es una época familiar, no estés enojada con tu hermana.

—Lo que yo no me explico es cómo nadie más está enojado.

Rita la escuchó exhalar el humo de un cigarrillo, un vicio que no sabía de dónde había sacado y que ella no aprobaba, pero su hija la rebelde nunca había atendido a explicaciones.

—No lo hagas por Lori, hazlo por mí, Luna, es de las últimas ocasiones en que toda la familia está junta. Debemos pasarla bien…

—Créeme, mamá, no es personal, ni por Lori, pero también tengo que ver algunas cosas con Sam. Las cosas han estado algo raras, por decirlo de algún modo.

— ¿Raras cómo?

—Ciertos asuntos familiares suyos, nada del otro mundo, en serio, solo no estamos muy animadas a salir a cenar con nadie, ni siquiera con la banda y eso ya es mucho, supongo.

De antemano ella conocía el incidente del golpe a Luna por parte del padre de Sam hace algunos años. Detalles que recordaba vagamente sin querer tocar el tema de cómo su hija era repudiada por aquel hombre por su orientación sexual, llegándola a golpear al igual que golpeó a Sam la misma noche del incidente.

—Claro, hija, entiendo —respirando hondo, a la mujer no le quedó de otra más que aceptarlo, tratando de contener la tristeza y no soltarse a llorar—. Bueno, si cambian de opinión, su padre y Luan están preparando la cena y haremos suficiente. Si no vienen hoy, quizá puedan venir mañana, ya sabes, para almorzar o algo.

—Muy bien, mamá. Feliz navidad, besos.

—Hasta pronto.

Hace años, cuando Lori y Leni se fueron a la universidad, Rita comenzó a hacerse a la idea de cómo serían las cosas en la familia a partir de ese momento. Sus hijas estaban allá afuera, buscándose la vida para ser alguien de provecho en el futuro, sin embargo, la duda que la asaltó hace unas semanas cuando visitó la cabaña de la abuela Harriet volvió a asaltarla: ¿habían sido buenos padres?

Su esposo, confidente y mejor amigo de toda la vida, le había contestado que sí, en la medida de lo posible, pues como todas las personas, ellos no estaban exentos de cometer errores. Y ella respondió que fueron pocos, pero parecían los más grandes de toda su vida. Claro, ella amaba a sus hijos tal y como eran, aunque ellos mismos no se pudieran ver o hablar durante semanas o hasta meses, dependiendo de cómo había sido la rabieta o el pleito. No obstante, conforme crecían también se vieron envueltos en problemáticas cada más alejados de sus manos, fallando en consolar a Leni cuando Lori fue quien se acercó a Bobby a sabiendas que le gustaba a su hermana menor; llegando a asustarse cuando supo de la pelea de Lori y Luna, o verse sorprendida de saber sobre la infidelidad de Lori.

Y mientras ocurrían estas cosas en el círculo de las mayores, cuando se enteró de las peleas de Lynn y las pesadillas de Lucy, supo que estaba descuidando a las menores. Eran una pareja y aun así no se daban abasto en complacer a todos sus hijos, al grado de refugiarse en los padres de Clyde alguna que otra vez; Rita odiaba admitirlo, pero a veces deseaba no haber tenido tantos hijos. Comenzando a llorar más fuerte no tuvo más opción que hundir la cara en su almohada para que nadie la oyera, porque el pensamiento de que uno solo de sus hijos, tan solo uno, no hubiera nacido, le provocaba repudio por sí misma. Estaba aterrada de que esa silueta de quien no debió existir podía acoplarse a cualquiera de los once.

Rita se quedó mirando una vieja foto en su tocador que la mostraba cargando a Lori mientras su barriga se notaba hinchada por el embarazo de Leni. No pudo evitar mirar las demás fotos colocadas en el marco de su espejo, una especie de línea de tiempo donde se retrataba con sus hijas y con su vientre en todo lo alto por un nuevo embarazo. En aquella época hubo bromas respecto al tema en su trabajo y también en el de su esposo, pero todo quedaba en segundo plano al imaginar cómo cargaba a su siguiente retoño en brazos. Una sonrisa fue enarcándose en su cara mientras una lágrima caía por sus mejillas porque a pesar de ser momentos felices ahora toda esa alegría pareció haberse esfumado, desgastado con los años y ella no hizo nada por evitarlo. Todo se le fue como agua entre los dedos.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó el señor Lynn entrando a la habitación.

—Ay, Dios, no sé —exclamó avergonzada.

Trataba de consolarse sentándose en la orilla de la cama mientras el hombre la sostenía por la espalda baja. No era secreto que los ánimos de toda la familia habían decaído por los hechos ocurridos en los últimos meses, fue como una avalancha aterrizándoles encima; más allá de lo poco que comprendían de la carta y los encargos de Harriet, estaban asustados por la incertidumbre de lo siguiente en su vida de casados y todo lo que ello conllevaba. En su boda dijeron "en las buenas y en las malas", pero todo parecía ser más allá de pésimo y estaba pasándoles factura.

—Extraño que las cosas sean fáciles —confesó Rita, conteniendo el llanto para poder hablar—. No sé cómo lidiar con esto, es decir, estamos todos aquí pero la familia parece estar más rota que nunca. No como las rabietas y su sistemita para arreglarlos, solo… que no hubiera problemas, ¿te das cuenta de que Lori, Leni y Luna ni siquiera se hablan?

—Sé que duele, cielo, pero no podemos hacer nada —dijo queriendo sonar lo más sereno posible, aunque también le dolía—. Son adultas, Rita, ellas lo arreglarán eventualmente.

— ¡Sabes bien que no me refiero a eso, Lynn! —espetó con voz severa— no sé si no quieras verlo, pero hay algo contaminando a todos nosotros, como si fuera una especie de… no sé, de fango, y nos está poniendo mal. Dios, me siento estúpida solo por decirlo, ¿cómo no te das cuenta?

Una buena pregunta para la cual él no tenía respuesta, lo único que pudo hacer fue abrazarla y ofrecerle su hombro para llorar. Todo lo dicho tenía sentido, pero a pesar de las cosas que estaban viviendo, la explicación que Rita quería hallarles realmente no estaba ahí, entonces él no tuvo más opción que hacérselo notar.

—Cariño, tal vez no puedes verlo, pero son adultas y lo arreglarán, ya no queda en nosotros. Debemos aceptar que han crecido, somos un segundo plano de sus vidas, y poco a poco lo seremos de las demás, ¿has mirado a Luan? Cielos, su pareja es incluso mayor que nosotros, en serio me cuesta aceptarlo, pero saben lo que hacen y de los errores aprenderán. Igual que nosotros, y míranos, no estamos… tan mal.

Después de esto último recibió una mirada inquisitoria de su mujer, que ya estaba cansándose de llorar al menos por este día.

— ¿Al menos estás enterado de la situación de Lori y Luna?

—Solo sé lo que Luan me contó, y por cómo fueron las cosas, creo que Lori no actuó bien con ninguna de las dos. Esta noche Luna vendrá y quizá…

—No, ella no viene porque también tiene problemas con la familia de Sam, ¿sabes cuáles?

El señor Lynn se quedó callado, el tono de voz tan apacible acompañado de ese gesto en su cara tan severo solo decían una cosa: Rita estaba haciendo grandes esfuerzos por reprimir más el llanto de su enojo, y él se encontraba en un callejón sin salida. Cualquier cosa mal dicha en este segundo la harían sacar todo de su interior y quizá fuera lo mejor; reventar el globo de una vez para que las demás no lo vieran.

— ¿Ahora entiendes? ¿En qué momento sucedió esto, Lynn? Hay algo mal con nosotros.

—Está fuera de nuestras manos, Rita.

—No, no lo está, solo no sabemos cómo involucrarnos.

— ¡Por Dios, no podemos involucrarnos más! ¿Te das cuenta de que hemos solicitado turnos que pagaremos con tiempos extra? ¿Viste los recibos de deudas? Todo eso está en la mesa porque nos involucramos con ellas y sus problemas.

— ¿Y qué debíamos hacer? ¿Sentarnos a mirar cómo se desmorona la familia?

— ¿Desmoronarse? Rayos, Rita, son asuntos suyos…

— ¡Lori hizo algo horrible, Luna es una busca pleitos, Lucy ha querido matarse dos veces! ¿Y dices que no es nuestro asunto? ¡¿Qué idioteces estás diciendo, por el amor de Dios, Lynn?!

— ¡Que los dejes vivir!

Cuando las discusiones se ponían así de intensas los dos procuraban darse unos segundos para respirar y calmarse para que sus hijos no los escucharan. Lynn se tallaba su incipiente barba y Rita se limpiaba las lágrimas mientras se sonaba la nariz con un pañuelo que estaba encima de su tocador.

—Sé lo que quieres decir, Rita, en serio, pero ya es su vida. Es normal, están aprendiendo, equivocándose, y la verdad eso no es tan malo. Siempre nos tendrán a nosotros para ayudarlos, quizá para guiarlos con algún que otro consejo, pero no para vivir por ellos.

—Solo quisiera ser parte de eso, hacer las cosas de otro modo y no sé, ayudarlas a tomar buenas decisiones.

—Sí, pero no podemos estar encima de ellos todo el tiempo. Nosotros también nos equivocamos y los ayudamos a no cometer nuestros errores. Dios, no quiero sonar como un mal padre, pero después de ver algunos desajustes por aquí, ¿crees que alguno de ellos se atreva a tener más de dos hijos?

A pesar de las palabras Rita se comenzó a reír por la coincidencia de pensamientos. Al menos habían puesto las cartas sobre la mesa y ella podría pensarlo un poco mejor. Todo lo acumulado en este año le estaba consumiendo los pensamientos a base de ansiedad y angustia. De todos modos, no pudo evitar pensar en Lily, la única pequeña en casa desde que Lana y Lola empezaron con sus problemas de distanciamiento. Por esta noche ya había tenido suficiente del tema, o al menos eso creyó ella.

— ¿Qué tal va la cena? —dijo para cambiar de tema.

—Nada mal, Luan ya puso el pavo en el horno, se fue a bañar y a hablar con John —Lynn soltó el nombre del psicólogo con algo de timidez.

Luego de toda esta vorágine de emociones, los señores Loud se tomaron de la mano, siendo Rita en especial la que buscaba el calor del pecho de su marido para sentirse protegida y no a la deriva, cerrando este gesto con un beso apasionado y amoroso, de aquellos llenos de confortable y singular alegría que ahuyentaba la oscuridad de los días malos.

Ya que todos estarían en casa por la festividad a Lori le pareció buena idea pedir la camioneta para ir a la universidad, un viaje de todo el día, pero no es como que tuviera mucho por hacer o en lo cual ayudar estando en casa, sin mencionar su pelea con Leni y su distanciamiento con Luan; sabiéndose de mal humor, ella misma tomó distancia de las menores porque no quiso imaginarse estallando de enojo con alguna de sus hermanitas. Las cosas estaban demasiado jodidas como para echarles más mierda encima.

Le hizo un favor a Leni, sin embargo, pues en la parte de atrás venían unas cuantas cosas suyas, como ropa y demás que sacaron del edificio antes de que fuera consumido por el incendio junto con algunas indicaciones sobre las clases en línea que tendrían al empezar el siguiente semestre, pues el siniestro alcanzó bastante terreno del campus y al menos lo que confería a ellas dos no regresarían en un buen tiempo, supuestamente. Al salir pudo ver los camiones de la constructora Cons4You estacionados a lo largo de los edificios, y claro que al igual que la destruida calle Orwell, lucía como un sitio lleno de fantasmas.

— ¿Ya se va? —preguntó el viejo guardia en la puerta.

—Sí, sí, ya —la voz de Lori sonaba distraída—. Feliz navidad.

—Sí, gracias, igualmente.

Lori se sintió mal tras recibir aquella respuesta tan escueta, pues era desconsiderado decir algo así a un trabajador que bien podría estar con su familia en esta noche tan especial. Solo por eso, Lori se atrevió a darle un billete de 20 dólares por dejarla pasar, lo cual le puso una sonrisa de oreja a oreja al hombre.

A pesar de todas las veces que había recorrido este camino se trataba de la primera vez que conducía sola desde tan lejos, incluso cuando llegaron hace unos meses a casa fue porque aprovecharon el aventón por parte del amigo de Leni, Jeremy, quizá para congraciarse con ella ahora que estaba soltera, aunque la cabeza de la chica estaba en las nubes como siempre. La senda de monte cubierta por nieve por unos cuantos árboles a los lados le daba repelús, o al menos ese nombre le puso a su sentimiento de soledad consumiéndola desde dentro. A estas alturas del asunto Lori ya no sentía esa extraña opresión en su pecho, sino un extraño vacío y su mente en blanco, había pues, llegado al extremo de no saber ni siquiera cómo sentirse. Si llorar o gritar, si enfurecer o jalarse el cabello hasta arrancarlo; sus manos se apretaron contra el volante con mucha fuerza y no lo notaba, solo pisaba el acelerador sin pensar en nada más que en todos los errores ensombreciendo su vida desde la pelea con Luna en el bar.

A lo lejos vio el semáforo y la calle estaba abandonada, muy fácilmente pudo haber seguido su camino, pero no lo hizo. En cuanto notó las emociones aflorando por cada centímetro de su piel frenó muy lento, dejando que el impulso y el asfalto húmedo condujeran a Vanzilla hasta la orilla del paso peatonal; todas las noches durmiendo en el sofá se la había pasado pensando en cómo arreglar aquella discusión por la emboscada en el baño. Por mucho que analizaba los sucesos de esa noche no paraba de darle la razón a Luna al haberla golpeado. Leni no merecía llevarse un mal trago solo porque ella cometía un error tras otro. De la guantera sacó el último cigarro de su cajetilla y lo encendió con el mechero de la van antes de ponerse en marcha, de hecho, tan poquísima gente se encontraba en aquel tramo de la carretera que dejó pasar la luz verde solo para fumar tranquila.

Conectó su celular al estéreo de la camioneta y reprodujo un álbum de lo que le gustaba llamar "música alternativa" que no eran más que sonidos relajantes de los cuales no tenía ni idea de cómo eran producidos. Para gente como su amiga Cat no era bueno escucharlos al manejar, pero Lori sentía un impulso de energía que le hacía sonreír y levantaba su ánimo, joder, Dios sabía lo mucho que necesitaba un desahogo. Lo que no sabía era desde dónde comenzar a disculparse; si desde esa noche en el bar, o desde que se propuso coquetearle al chico Casagrande. Un montón de recuerdos por desempolvar le esperaban y realmente no estaba de humor, pero el viaje era largo y quizá sería bueno ponerse en contacto con sus emociones.

—Je, creo que podría pedirle una asesoría al doctor Smith —se dijo en voz baja, soltando un respiro cargado de humo de tabaco que se mezcló con el vaho de su boca.

En un pensamiento algo sádico imaginó a dos de sus exparejas en medio de la calle cuando vio una bolsa de basura regada en la autopista, nada la complacería más que mandarlos a volar de un golpe y después pasarles por encima un par de veces.

—La amistad ya no es opción, supongo —susurró al acelerar un poco más.

Pasaron muchas cosas a lo largo de los años y si bien se sintió algo mejor cuando dos años después Bobby accedió a ser amigos de nuevo, pero nada más; decirse "amigos" era una formalidad al notar el trato tan frío que se daba entre los dos, aunque no era para menos y Lori era la primera en reconocerlo. Pero joder, desde entonces la vida, el universo o el maldito karma estaban en su contra tan solo por aquel tropiezo y no paraba de enrollarse con patán tras patán. Y cada uno jodiéndole más la existencia al hacerle ganar el odio y confrontaciones con sus hermanas más próximas: Luan, Luna y Leni.

—Nada de idiotas, terminé con eso y no quiero nada ya —de nuevo, la imagen de los sesos regados por el parabrisas de aquel par de tipos se hizo presente de forma tan viva que le sacó una mediana sonrisa.

El imbécil que se quitó el condón cuando tuvieron sexo y el doblemente imbécil que la grabó mientras follaban y luego hizo correr el video destacaban con horrible marca textos color amarillo en su hoja de vida; el primero no pasó más allá de un embarazo que se pasó con unas pastillas, pero el otro fue una marca que la siguió hasta estas alturas de su vida, haciéndola quedarse sin amigos más allá de Leni y los que le hablaban por solo ser su hermana. Luan, Luna y Leni sospecharon del video al grado de que le preguntaron si todo fue por llamar la atención de Bobby, quien también recibió el dichoso video en una serie de eventos confabulados para echarle más tierra, cuando ella ni siquiera supo que la grabaron en primer lugar.

Ah, las vueltas de la vida podían ser tan jodidas…

Y aun con todo esto encima, Lori continuaba. Ella sabía que no era una mala persona, solo había tenido mala suerte y nadie podía culparla por esto. Su relación con Bobby Santiago estaba más allá de muerta, pero no iba a dejar que el hedor de aquella relación afectara a su familia por culpa de todo lo que iba arrastrando tras de ella. Eso sí, no quiso ver para nada hacia adelante por la única razón de estar asustada; lo que fuera que la vida deparara en su camino le aterraba muchísimo, como nunca antes temió de algo.

—Deja ya de llorar por lo que un día perdiste —se dijo, recordando la voz de Luna en uno de sus ensayos de cochera.

Los buenos momentos no volverían y, recordando la sonrisa de Bobby en aquellas navidades donde se envolvió como regalo, donde le dio un pase a camerinos para conocer a su banda favorita, los picnics, paseos y miles de fotos que ya no existían salvo en su memoria, Lori sonrió también; una sonrisa de nostalgia y pérdida. Por fin, después de varios días, un par de lágrimas y aliento contenido le salieron en un compungido llanto por el cual tuvo que orillarse en la oscura senda antes de llegar a los vecindarios de la periferia. Lo dejó salir hasta que las lágrimas le nublaron la vista mientras pensaba «¿de dónde salió todo esto?» y supo cuánto tiempo había estado procurando unir sus pedazos rotos tratando de que todo fuera igual. Algo roto, como su relación con Bobby, sus hermanas y su vida en general podían repararse, pero nunca volverían a ser iguales.

Los minutos pasaron y mientras más trataba de calmarse, las lágrimas salían con más intensidad; todo le plantaba cara, desde las malas actitudes con sus hermanas, el cómo se ganó el repudio de sus amigas, en cómo se había aislado desde que llegó a casa, el sentirse desplazada de su propia familia cuando ella misma contribuyó a aquello al desentenderse de sus problemas. Se pasó tanto tiempo llorando con la cara hundida en el volante que ni siquiera notó la moto aparcándose un poco detrás de la Van hasta que una policía rubia golpeó al vidrio.

—Buenas noches, señorita —saludó la mujer, quien no notó lo abatida que estaba Lori hasta que bajó el vidrio— ¿Se encuentra bien?

—Sí, solo… Dios, lo siento, ¿me pasé el alto o algo así?

—No, pero ya hemos tenido problemas con algunos que vienen a, ya sabe, pasar un rato a solas, así que vine a asegurarme, ¿de verdad estás bien? ¿Tienes un familiar enfermo o hay alguna emergencia? Puedo escoltarte si es necesario para que llegues rápido.

—No, estoy bien, solo no pude comprarles nada este año —dijo Lori, sintiéndose como una tonta porque esto era cierto—. No me ha ido muy bien, ya sabe el dinero que se gasta en estas fechas. Solo quise desahogarme un rato, es todo.

—Sí, me lo imagino —convino la mujer—. Pues lo siento mucho, pero ya habrá tiempos mejores, señorita, no se desanime. Tenemos salud y hay que aprovechar para pasarla bien con los que queremos. Si no se puede hoy, será mañana.

—Gracias, oficial…

—Julia.

—Un placer, me llamo Lori.

—Límpiate las lágrimas, Lori —le dijo sonriendo mientras se ajustaba su bufanda alrededor del cuello—. Sonríe, recuerda que tu familia te quiere. Feliz navidad.

—Que tenga una feliz navidad —contestó la rubia encendiendo la camioneta.

Y mirando por el retrovisor, Lori vio cómo la oficial se perdía entre la neblina y solo se distinguía por la luz en la parte trasera de la moto. Un rato después se incorporó en la autopista que la llevaría hasta Royal Woods para por fin ponerle un punto final a todo esto.

Hace algunos años los Loud y los Casagrande celebraron la navidad juntos y algunas cosas se quedaron de una familia a la otra. En caso de los Loud, por ejemplo, el intercambio de regalos durante la nochebuena acompañados de un rico ponche de frutas. Toda la familia estaba reunida en la sala para abrir sus obsequios, otro detalle por parte de la familia latina que a Lily le encantaba. Las bolsas de regalo, los envoltorios y listones se acumularon por todo el suelo mientras los hermanos se abrazaban al entregarse sus obsequios. Para entonces, los señores Loud ya no estaban pensando en su discusión de más temprano.

Desde el otro lado de la habitación se miraban Lincoln y Lucy, sonriéndose con muchísimo cariño y no se contuvieron de acercarse a darse un abrazo. Hasta el momento de separarse y quedarse mirando a los ojos notaron la inestabilidad de sus emociones; los ojos grises de Lucy parecían mirar muy profundo dentro de él, que se sentía perderse en una densa niebla con el temor de descubrir lo que había más allá. La notoria diferencia de altura solo remarcaba más su deseo por fundirse en un beso mientras las voces de su familia y las miradas de todos ellos formaban una barrera invisible que reprimía su deseo, quizá lo único que ansiaban del otro por esta navidad después de un año tan largo y sombrío.

El flash de la cámara del celular de su mamá los hizo salir de su trance con un leve sonrojo del cual, por fortuna, nadie más que Rita se dio cuenta. Los dos hermanos vieron cómo su madre presionaba el celular contra su pecho después de aquella foto mientras una pequeña lágrima le resbalaba por la mejilla, llevándose parte de su maquillaje; la sonrisa en la boca de su madre los reconfortó, pues momentos así merecían ser inmortalizados para siempre. Entonces, la mirada de Rita se iluminó todavía más al escuchar el motor de Vanzilla llegar a la cochera e instantes después mirar que Lori entraba por la puerta frontal.

—Hola, siento llegar tarde —se excusó la chica mayor— ¿Ya cenaron, van a dormir?

—Te estábamos esperando —le dijo Luan saliendo de la cocina, entregándole una pequeña bolsa de papel celofán con algo envuelto por dentro—. Feliz navidad, hermana, ¿no me vas a dar un abrazo?

Lori no esperaba tan cálido recibimiento de Luan, así pues, no se contuvo para abrazarla con mucho cariño sin darse cuenta de que fue víctima de una broma. Al acabar el abrazo se quedó mirando a Leni con una sonrisa avergonzada y, no esperando que su hermana menor lo aceptara, abrió los brazos también. No pasaron ni dos segundos cuando Leni corrió para estrecharla con la misma intensidad que antes; fueron varios segundos de silencio en la familia, o al menos en donde prestaban atención los mayores, pues sin saber que Lori acababa de recuperarse, la vieron soltar el llanto de nuevo junto con Leni. Parecía uno de esos absurdos milagros navideños, incluso Rita se mostró tan impresionada que volteó a mirar su esposo, quien le guiñó con una sonrisilla tranquilizadora.

—Lo siento mucho por todo —le susurró Lori en la oreja.

—Lo sé, no te preocupes —y luego la apartó, quitándole una hoja de la espalda a Lori—. Ya hablaremos después, "Grinch aguafiestas".

Todos, en especial Luan, soltaron la carcajada al mirar lo que llevaba escrito Lori en la espada. Una buena broma para romper el hielo que todos vieron con agrado; siendo ya las 12:45 a.m. y antes de que fueran a cenar, Lynn entregó el último obsequio de la noche.

—Oye, Lucy, te traje esto —dijo con algo de timidez, y es que no sabía cómo reaccionarían todos ante algo que se veía tan costoso.

Ante la maravillada vista de Lola y todas sus hermanas menores, Lucy abrió la cajita con mucho cuidado de no romperla y, tras sentir el metal frío y adornado, su boca se fue abriendo por la sorpresa al notar lo que estaba guardado ahí. En todo momento Lynn se le quedó mirando porque no quería perderse un solo segundo de todo esto, y no estaba decepcionada, pues no solo la cara de Lucy, sino la de toda su familia, eran un poema.

— ¡Lynn, santo Dios! —exclamó Lola— ¿A quién le robaste dinero para comprarla?

—Cállate —contestó agresivamente a la pequeña princesa—. Espero que te guste, Lucy, pensé que haría un buen juego con tus pendientes.

—Es hermosa —dijo la chica gótica en un hilo de voz.

El detalle del brillante en forma de corazón le llamaba poderosamente la atención a Lucy, quien sonrió mientras se ajustaba la pulsera en la muñeca. No estaba arreglada, pero ya había decidido con qué vestido la usaría junto con sus pendientes en año nuevo la semana entrante. En tanto, Lincoln sonrió para sí mismo al notar el gesto alegre de su hermanita.

—Muchas gracias, Lynn —la chiquilla, para sorpresa de todos, estrechó en un fuerte abrazo a la deportista, quien por muy poco común que fuera, dio rienda suelta a sus sentimientos para apretarla con la misma fuerza y entusiasmo.

Esa noche, la familia Loud tuvo una cena como no habían tenido en meses. No solo por la fecha y lo especial de la ocasión, sino porque esta noche se respiraba y sentía la paz por encima de las malas sensaciones, de aquello que, según Rita, los estaba manchando.

—Hola, Lincoln —saludó Lucy.

El chico se sobresaltó, pero a estas alturas, más que la presencia de Lucy, pensó que se trataba de su propia consciencia que no lo dejaba tranquilo. Su hermana se sentó al lado suyo en las escaleras del porche, alejados por al menos 30cm, mientras los dos trataban de no mirarse. El mayor no pudo hacerlo mucho tiempo, se apoyó sobre sus rodillas importándole muy poco estar incómodo, pero le llamaba la atención la posición de loto que su hermana había perfeccionado al pasar de los años.

—Hace mucho frío, ¿qué haces levantada? —preguntó Lincoln— ¿Otra pesadilla?

—No, solo me pareció raro que no estuvieras en la habitación.

Las palabras de Lucy le erizaron los vellos a Lincoln, quien al instante pudo apreciar el sabor de los labios tiernos y delicados de su hermana. Lucy había dejado su posición para besarlo, aunque de manera corta y rápida. Además de sentir culpa y algo de asco por sí mismo, también le excitó el gesto, pero ella se apartó cuando empezaron a mover los labios. Tratando de poner los pies en la tierra, Lincoln solo suspiró antes de comenzar a hablar.

—Ya estamos metidos en demasiados problemas —decía en voz baja—. Diablos, no sé ni cómo decirle a Ronnie Anne de todo esto.

—Pensé que era demasiado obvio.

— ¿Qué cosa?

—No podemos decir nada, no sin quedar como unos enfermos.

La punzada de desconfianza les hizo voltear al mismo tiempo hacia atrás, notando la oscuridad de la casa, sabiendo que estaban solos y nadie escuchaba. Al menos era una idea que se vendían para no sentirse como mierda.

—Lo somos, es por eso que no puedo dormir —la voz de Lincoln era terriblemente pesimista—. Han pasado demasiadas cosas y no sabemos cómo resolverlas, ¿ya superaste tus pesadillas?

Lucy no respondió.

—Anda, dime, ¿de verdad crees que estemos cerca de llegar a algo?

—Sabes lo complicado que es. No es como que no hubieras estado ahí —contestó—. Todo lo que estamos haciendo no parece que sea suficiente, ¿y qué más da? Al menos la estamos pasando bien, ¿no? —le dijo sonriendo.

Esta vez fue Lincoln el que no respondió, solo se quedó mirando a algún punto en el cielo, mientras Lucy ignoraba el tremendo revoltijo en su mente. Aquella faceta no le gustaba tanto en su hermano, eso de solo preocuparse por lo que él sentía; muchas cosas surgieron a raíz de esa inmadurez, como vestirse con sacos de papas mientras él jugaba en línea y las chantajeaba.

— ¿Sabes? Cuando me besaste, me sentí muy bien —dijo Lucy, llamando su atención— no me refiero a la primera vez en el parque, sino a la noche que Lily durmió con nosotros. No dejo de preguntarme qué habría pasado si ella no hubiera llegado a interrumpir.

Lincoln desvió la mirada, bajando la cabeza, sonrojado, pero sonriendo. La excitación volvió, vaya si le gustaba sentirse deseado, y Lucy continuó sabiendo que consiguió relajarlo. Solo que esta vez, Lucy hablaba con el corazón, estando un poco asustada por estarse sincerando.

—Lo que dije el otro día es cierto —continuó—. Estoy enamorada de ti, me gustas, pero sé que no es correcto y tampoco durará mucho. Solo intentemos disfrutarlo, para al menos nunca quedarnos con la espina de lo que hubiera sido.

Una helada noche era el pésimo acompañamiento para palabras tan frías.

—Si tanto quieres disfrutarlo, ¿por qué te empeñas en decir esto?

—Porque empiezas a creer que puede ser posible.

Lincoln se recargó contra el poste y se le quedó mirando con postura relajada, aunque la verdad, su tensión estaba alcanzando los puntos máximos. Lucy se volteó, se corrió el cabello hacia atrás y esperó alguna palabra de su hermano, pero hubo unos segundos muy incómodos de silencio antes de que eso ocurriera.

—No me culpes por creerlo, me gustas bastante, ¿cómo puedes decirlo de forma tan natural? Me conoces, haría cualquier cosa por ti.

—No dudo de lo que siento, pero tampoco es justo para ti. Tienes encima la carga de engañar a Ronnie Anne, estás repitiendo lo que hizo Lori, solo quiero que no olvides que tenemos partes iguales de la culpa. Yo comparto tu carga, Lincoln.

— ¿Y estás feliz con eso?

—No, pero puedo vivir con un amor a medias —contestó.

Aunque Lucy lo dijo tranquila sus palabras sonaron casi tan deprimentes como las de Lincoln al referirse a ellos mismos como unos enfermos. A estas alturas ya no importaba demasiado su propia percepción, solo la de los demás. Se conocían lo suficiente y de una manera tan concisa, que Lincoln acortó a un más la distancia para abrazarla por los hombros, cosa a la cual ella correspondió recargando la cabeza en su pecho. No mediaron muchas palabras antes de besarse con cariño, silencio y calma. El contacto de sus labios y sus cálidos alientos pronto ahuyentaron el frío traído por el viento. De todo esto, y en un pensamiento que incluso le pareció morboso, Lincoln realmente comenzaba a imaginar cuánto hubieran avanzado aquella noche.

Se separaron apenas unos minutos después, cuando Lincoln decidió que ya habían dejado entrar suficiente frío a la casa. Al entrar, Lucy fue directo a la ventana, para ser tan tarde, Lincoln la notaba bastante despierta. Se acercó a ella de forma tímida para acompañarla otro rato antes de notar que agarró un libro.

— ¿Qué es eso?

—Un libro de la abuela Harriet —dijo pasándoselo a Lincoln—. Algunas cosas que escribió, recetas de cocina, algunos datos de plantas curativas y cosas así. Me parece interesante, ojalá pueda ponerlo en práctica algún día.

Lincoln lo hojeó sin mucha importancia, notando algunos dibujos y fotos de las plantas que tanto mencionaba su abuela. Sonrió al saber cuánta importancia tenía aquella mujer en la vida de Lucy, aunque ni siquiera la conoció; por las cosas que su padre le había contado, Lucy sonrió al pensar en cómo Harriet fue amada por alguien que conoció de toda la vida. El destino no era muy justo con ella, pues en el hoy y el ahora, su amor era Lincoln. El chico seguía hojeando el cuaderno y antes de que pudiera darse cuenta, Lucy lo agarró por la mano para llamar su atención y rápidamente lo besó en los labios. Era una pose incómoda, pero Lincoln correspondió al gesto sintiéndose maravillado y sorprendido de aquel gesto.

—Wow, qué bueno fue eso —dijo el peliblanco en voz baja.

—Muy bueno —contestó ella.

Se quedaron otro momento ahí en la escalera hasta que una luz endeble de color violeta se reflejó en la cara de Lucy sacándola de su ensimismamiento. Al pie de las escaleras estaba Lily sosteniendo una lámpara mientras se tallaba los ojos con bastante cansancio. El libro permanecía en las manos de Lincoln levemente abierto por sus dedos y conforme la pequeña rubia se fue acercando, algo brillando ahí dentro llamó la atención de Lucy, pero creyó haberlo imaginado al tomar el libro de sus manos y notarlo como si nada.

— ¿Qué hacen levantados?

—Todavía no nos vamos a dormir —le dijo Lincoln agitándole el cabello— ¿qué buscas aquí abajo?

—Vine por un poco de agua, no quise encender la luz y agarré la lámpara que Lisa me regaló, ¿a que es bonita? —Lily les hizo una demostración al girar un pequeño disco y cambiando el tono de la luz, pasando a ser violeta y leve, a clara y blanca, después naranja y amarilla, pasando por verde que los hizo ver el cableado de la casa por el muro.

—Sí, es bonita —Lucy se le quedó mirando al artilugio, pensando.

—Bueno, voy a la cocina.

—Yo al baño, ¿subes, Lucy? —preguntó Lincoln.

—En un momento —cuando Lincoln se marchó hacia arriba, Lucy alcanzó a Lily en la cocina, quien dejó la lámpara sobre la barra— ¿Me la prestas un momento?

La pequeña asintió mientras bebía de su vaso.

La gótica giró los discos hasta dar con la luz ultravioleta, después abrió el libro y fue pasándolo página por página. La emoción se agolpó en su pecho al notar, casi en medio del libro, letras fosforescentes al pasar la luz por encima. Antes de detenerse a leer de qué se trataba, fue pasando más y más páginas hasta llegar al final del libro y notar un apunte más extenso sobre la página final, una especie de recado.

— ¿Qué estás mirando? —preguntó Lily.

—Una nueva persona —fue todo lo que dijo Lucy—. Anda, vamos a dormir, Lily.

Aquello dejó algo confundida a Lily, pero igual hizo caso. Ambas subieron de la mano por las escaleras en medio de la oscuridad, guiándose con la luz blanca de la linterna. Lincoln esperaba fuera de su habitación, Lucy no necesitó saber que eso era una invitación, solo dejó a Lily al final del corredor y luego le susurró algo al oído. Lincoln vio asentir a la rubia y luego de darse un abrazo, ella se metió. Ahora, la mayor tenía la linterna y el libro de Harriet. Esto lo dejó desconcertado, pero aun así se metieron a la habitación.

—Tengo que mostrarte algo —le dijo cambiando la luz con el disco.

Y bueno, ¿qué decir? Lamento mucho el larguísimo tiempo de pausa al que los sometí, queridos lectores, junto con esta historia. Inicié otra etapa en mi vida, nuevas ocupaciones llegaron y aunque nunca he dejado de escribir, realmente tuve mis dudas para continuar con esto, quizá una forma de "revivir la historia", al igual que mi gusto por ella, fue subirla a mi cuenta de Wattpad, pero las cosas simplemente ya no se sienten igual. Es gracioso, y a la vez nada sencillo continuar con la historia de una serie que ya no me gusta (me ahorraré mis opiniones al respecto) y aunque ha tenido sus buenos añadidos (por no decir uno) como la adorable Syd Chang, ya no me evoca las mismas emociones que antes, cuando era divertido. En fin, espero que entiendan el haber estado alejado por un buen rato, y quiero agradecerles si leyeron hasta aquí. No abandonaré la historia, ya la he traído demasiado lejos. Muchas gracias, hasta la próxima.

Slash.