Capitulo 22


El señor Kamizuki tenía los brazos metidos hasta los codos en pasteles, metódicamente para evaluar la calidad del producto, tarea que consideraba la más importante en su calidad de dueño de la panadería.

Cuando se estaba quitando delicadamente de los labios las pruebas de la evaluación, con una servilleta de lino, divisó a lady Uzumaki en la calle, caminando a toda prisa hacia su establecimiento. ¡Dios de los cielos, venía a su tienda! ¡Ah, que día glorioso!

Ya estaba en la puerta para abrirla cuando ella estiró la mano para cogerla aldaba. Se arregló nerviosamente los pliegues de la corbata y se inclinó:

-¡Lady Uzumaki! ¡Qué placer recibir su visita! ¿Hay algo en que pueda servirla?

-Buenos días, señor Kamizuki-saludó ella, sonriendo amablemente-. Hace un día precioso, ¿verdad?

Entró en la tienda, dio una rápida mirada al pequeño local y se volvió a él con una encantadora sonrisa con hoyuelo.

-Un día absolutamente maravilloso, señora. No sabía que estuviera en Rasenrengan. ¿Debo entender que ha venido a por panecillos? Tengo un delicioso surtido de...

-En realidad, señor Kamizuki, he venido por un asunto algo delicado.

-Aahh, comprendo -dijo él, inclinándose, y barajando rápidamente en la mente las posibilidades-. Seguro que le podré servir de ayuda. Tengo fama por mi... tacto. -Le sonrió y se arregló otro poco la corbata-. ¿Le parece que hablemos en mi despacho?

Ella asintió, y él le indicó que subiera por una raquítica escalera que desembocaba en un cuarto pequeño. Una vez allí la hizo sentar en la silla más cómoda y luego se sentó con cautela en una silla de madera que crujió bajo su peso.

Lady Uzumaki volvió a sonreír; el señor Kamizuki se fijó que estaba retorciendo los guantes en la mano.

-He de confesar, señor, que no sé muy bien por dónde empezar.

-Podría sugerirle, acostumbrado como estoy a este tipo de cosas, comprende -se apresuró a explicar-, que comience por el principio. Ese es siempre un buen lugar para empezar, en mi opinión. -Se echó hacia adelante, atento a oírla, indiferente al ominoso crujido de la silla.

-Excelente sugerencia. Bueno, recordará que hace unos meses me casé, y que mi marido y yo tomamos residencia en Longbridge.

-Sí, sí, no faltaba más. Después de la lamentable pelea... bueno, eso no es de mi incumbencia, eso sí, pero sí supe que el conde estaba en necesidad de... una residencia a la que pudiera llamar suya -la informó, contento de poder demostrar con tacto que conocía sus circunstancias.

Ella se ruborizó un poco.

-Sí, bueno, residimos en Longbridge, la sede de la familia Uzumaki. ..

-Heredada de su abuelo materno en mil ochocientos veintinueve -recitó el señor Kamizuki.

Lady Uzumaki cerró los ojos un instante.

-Creo que eso es correcto -contestó con cautela-. Es la sede de los Uzumaki, pero mi marido sólo había estado allí unas pocas veces desde la muerte de su abuelo, y...

-Una desgracia eso -comentó él, sonriendo compasivo y pasándose los dedos por la corbata.

-Mmm, sí... Bueno, señor, como tal vez ya lo supone, lord Uzumaki y su abuelo no estaban muy...

-Yo diría que estaban distanciados -se apresuró a interrumpir él-. Claro que eso no era por culpa del conde, ¿sabe?, porque su abuelo estaba distanciado de su hija, la madre de su marido.

Naturalmente, los detalles estaban tan firmemente grabados en su mente como lo estaban en el Diario 6 de las Pearles de sabiduría. Pero al parecer, lady Uzumaki no estaba al tanto de ese pequeño detalle, a juzgar por el redondeamiento de sus hermosos ojos.

-Sí, bueno... -dijo ella-. Eh... los eh... objetos dejados por el difunto conde, objetos personales, ¿comprende?, no son... es decir, no tienen mucho... eh... valor sentimental para mi marido.

-¡Es natural que no lo tengan! -exclamó el señor Kamizuki asintiendo vigorosamente-. En particular las armas, he oído. Qué terriblemente difícil debió ser ese incidente para usted.

Lady Uzumaki lo miró recelosa un momento.

-Mmm... hay muchos objetos, y quería pedirle consejo sobre qué hacer con ellos. Se me ha ocurrido... -Se interrumpió, y el señor Kamizuki se inclinó un poco más, apoyando las manos en las rodillas, para no perder el equilibrio-. Pensé que tendría que haber alguien, un familiar tal vez, que le tenga cariño a esos objetos.

¡Pero qué joven más inteligente!

-¡Qué astuta, lady Uzumaki! ¡Y qué bondadosa!

Lady Uzumaki lo sorprendió inclinándose hacia él hasta tener la cara a sólo unas pulgadas de la suya.

-¿Podría ayudarme, señor Kamizuki? -le dijo muy seria-. No tengo la menor idea sobre cómo encontrar a ese familiar, dadas las lamentables circunstancias en que se encuentran actualmente mi marido y su padre.

El señor Kamizuki no pudo evitar un suspiro de tristeza. La familia Namikaze era la más trágica que había conocido en su vida.

-Muy lamentable, en efecto -dijo en tono quejumbroso, moviendo la cabeza.

-Pero sé... bueno, he oído decir que había otra hija. Si eso es cierto, entonces debería sentirme obligada por el honor a hacer todo lo posible por encontrarla, ¿no cree?

Rayos, lady Uzumaki siempre había sido un torbellino de energía, ¿verdad?

No lo sorprendía que hubiera hecho todo ese trayecto para preguntarle por una parienta lejana. Hanabi era la beldad de la familia Hyūga, pero ésta, lo que le faltaba en belleza lo compensaba con vitalidad.

Y él, lógicamente, estaría más que feliz de ayudar a la joven condesa a ofrecer los objetos de valor sentimental a los descendientes. Y este era, naturalmente, el motivo de que ella hubiera acudido a él; siempre se podía contar con él.

Se dio unas palmadas en las rodillas, y se levantó.

-¡Bueno! Estoy seguro de que tengo algunos datos sobre la familia.

Se acercó a un estante para libros y con las piernas muy separadas, empezó a revisar los lomos de los diez o más libretas encuadernadas en piel, dándose golpecitos en los gruesos labios con un dedo. Al final sacó uno del medio y, sosteniéndolo en actitud reverente, fue con él a sentarse pesadamente en la desvencijada silla, sin hacer caso de los quejidos de la madera. Se mojó un dedo y comenzó a pasar las páginas.

-Vamos a ver, vamos a ver -murmuró para sí mismo-. Yo diría que eso ocurrió alrededor de mil ochocientos. -En silencio, pasó someramente la vista por las entradas de cada página, hasta encontrar la que buscaba-. ¡Aja! -exclamó, dando rápidos golpecitos en la página, y sonriéndole feliz a lady Uzumaki-. Tenía razón... fue en mil ochocientos dos, ¿no? ¿1802? ¿Tanto tiempo hacía? Dios, cómo se le escapaba el tiempo. Se apresuró a continuar leyendo la página.

-¿Fue en mil ochocientos dos? -repitió lady Uzumaki, confusa.

-Fue en mil ochocientos dos -dijo él, con la atención en la página. Ahí estaba, claro como el día-. Dios mío, es tal como lo recordaba.

Dicho eso, cerró el cuaderno con un sonoro golpe y miró a lady Uzumaki.

-¿Hay algo... es decir... es posible que usted sepa dónde puedo encontrarla? -preguntó ella, delicadamente.

-Qué historia más triste es esta -suspiró el señor Kamizuki, y en realidad era triste-. Lady Kushina de Rasenrengan era muy, muy jovencita por entonces, sólo dieciséis años, creo, y su hermana Mito, tal vez dieciocho, no más.

Las finas cejas de lady Uzumaki se juntaron en un ceño, un gesto de confusión.

-¿Una historia triste, señor Kamizuki? -preguntó, preocupada.

-Bueno, el distanciamiento y todo eso -dijo él, haciendo un gesto con la mano como si fuera de lo más sencillo de entender-. Pero claro, ¿qué se podía esperar? Usted tiene una hermana, lady Uzumaki, no me cabe duda de que se puede imaginar la terrible división que se produciría si su hermana se casara repentinamente con su prometido.

Lady Uzumaki lo miró boquiabierta. Cerró la boca. Al cabo de un momento la volvió a abrir y dijo:

-No..., no entiendo.

¡Pequeña condesita! ¡Cómo lo iba a entender! En las «buenas» familias no ocurren cosas tan sórdidas como las ocurridas en la familia Namikaze.

-Permítame que trate de explicárselo, si puedo -dijo él caritativamente-. El compromiso aún no se había anunciado oficialmente; el anuncio se iba a hacer en la reunión de primavera, como era la costumbre entonces en las familias. Lord Rasenrengan llevaba un año cortejando a lady Mito, si mal no recuerdo.

Se echó hacia delante, mirando fijamente a la condesa, y continuó en voz más baja-: Todo el mundo esperaba el anuncio. ¿Se imagina la sorpresa de todos cuando anunció que se casaría con lady Kushina y no con lady Mito? -Se enderezó, moviendo la cabeza de un lado a otro-. Dios mío, ¡qué calamidad causó eso entre las hermanas! El difunto lord Uzumaki estaba fuera de sí.

Envió a una hija a Rasenrengan y a la otra a Londres. Después se encargó con mucha diligencia, de meter todo el asunto debajo de la alfombra.

Lady Uzumaki dejó escapar una bocanada de aire. Con los ojos muy abiertos miró el anaquel con los diarios encuadernados, y volvió nuevamente la vista al señor Kamizuki.

-Pero... ¿pero y lady Mito? ¿Qué fue de ella?

-Se fue a Londres, diría yo. Lord Uzumaki la alejó, para no dar pie a chismorreos después de consumada la boda. Una boda que se celebró a los quince días -añadió con un ceño de desaprobación.

Aunque el motivo no estaba registrado en sus Pearles de sabiduría (él tenía sus principios, después de todo), era evidente por qué había habido tanta prisa. Pero líbrele Dios de propagar cotillees maliciosos. Sonrió tranquilizador, y continuó:

-Todo ese asunto está del todo olvidado ahora. Por eso mis notas son tan tremendamente valiosas. Por cierto, no hace más de dos días estuve explicándole a la señora Uzuki que son mis notas las que me diferencian del señor Farnsworth de Newhall. Mis clientes saben que pueden contar con que llevo el registro exacto de los acontecimientos...

-¿Está en Londres ahora? -interrumpió lady Uzumaki. Arrancado de su discursito, el señor Kamizuki negó lentamente con la cabeza.

-A la pobre joven nunca le gustó Londres, me han dicho. Supongo que por eso volvió aquí, a pesar de la perfidia de su hermana.

Los ojos de la joven condesa se agrandaron más aún.

-¿Está aquí? -preguntó, atónita. El señor Kamizuki asintió.

-Cerca de Fairlington, a no más de cinco kilómetros de aquí -dijo con naturalidad, y mentalmente se dio otras palmaditas en la espalda, felicitándose por llevar un registro tan sucinto y meticuloso.


Shikamaru se llevó una enorme sorpresa, y un enorme fastidio también, al descubrir que estaba en Rasenrengan. El granjero debió haber empezado muy temprano a beber su cerveza ese día, pensó, porque estaba absolutamente seguro de haber tomado el camino que le indicó. ¿Pero Rasenrengan?

Demonios, no podía encontrarse más lejos de su destino si lo hubiera hecho a propósito. Trotando por la calle principal, iba pensando cómo podía ser posible que se hubiera desviado tanto, cuando vio una mercería abacería. Se apeó y se apartó el sombrero de la frente,

¡A dos horas de Londres! No podría llegar allí antes del anochecer, y no le hacía la menor gracia encontrarse en la barrera de portazgo cuando estuviera oscuro; ¿quién podía saber el tipo de rufianes que acechaban ahí a los jinetes solitarios?

Siempre estaba la alternativa de volver a Longbridge.

Suspirando, sacudió la capa para quitarle el polvo cogido en el camino. La idea de pasar la noche en ese pueblo no le hacía más gracia que encontrarse en la barrera de portazgo a oscuras, pero por lo menos estaría más seguro. Y el trayecto a Londres sería rápido si partía temprano por la mañana.

Bueno pues, podía buscar una habitación ahí; aunque sólo Dios sabía con quien podría encontrarse en Rasenrengan; el menos odioso podía ser lord Menma. Esto lo hizo abandonar de inmediato la idea; además, no tenía ni una maldita cosa que hacer ese pequeño pueblo.

A Longbridge, entonces.

Decidido eso, se dirigió resueltamente a la tienda, para comprar un poco de azúcar para su condenado caballo, recordando por centésima vez que debía darle las gracias a su hermana

Eugenie la próxima vez que la viera por arruinarle su roano. En el momento en que ponía la mano en el pomo, por el cristal de la puerta detectó un movimiento dentro, miró, y se llevó otra sorpresa.

Rayos, ésa era lady Uzumaki. La veía claramente a través del cristal, hablando con un hombre que supuso sería el dueño de la tienda.

Retrocedió y miró a uno y otro lado de la calle por si veía el coche de Naruto. Al no verlo, volvió a mirarla a ella, sacando sus gafas, para estar doblemente seguro.

Cuando ella llegó a la puerta, él se puso fuera de su vista. Sin saber muy bien por qué debía eludirla, se metió en el vano de una puerta cercana y desde allí la observó caminar en dirección opuesta, con su retículo balanceándose en el brazo, hasta llegar a la posada de Rasenrengan, donde desapareció en su interior.

Era imposible que Naruto la hubiera enviado allí sola, sin escolta, pensó. Una sonrisa se fue dibujando en sus labios.

Si Naruto estaba en la posada, eso significaba que no había nadie en Longbridge. O sea que después de todo podría tener una buena noche de sueño, escribir una breve nota a Naruto diciéndole que lamentaba no haberlo visto, y servirse del finísimo whisky del que su amigo siempre estaba bien provisto.

Perfecto. Silbando entró en la tienda a encantar con su simpatía a la esposa del propietario y salir de allí con una libra de azúcar.


Agotada en cuerpo y espíritu, Hinata desdeñó el consejo de Polly de que comiera algo, y se retiró a sus habitaciones en la Rasenrengan Inn. Se sentó ante el pequeño escritorio y contempló el papel en blanco que tenía delante.

Esos dos días había hecho un increíble viaje por el pasado de Naruto, viaje que todavía le formaba un torbellino en la cabeza. Ya estaban armadas las piezas del rompecabezas, pero aún le faltaba una información para volver a Longbridge.

Cogió la pluma, la mojó en el tintero y escribió una breve nota. Cuando se secó la tinta, dobló cuidadosamente el papel y en el exterior escribió: «Lord Menma Namikaze, Rasenrengan Park».

Después se levantó, se presionó la espalda a la altura de los ríñones y exhaló un profundo suspiro.

Lo que había sufrido Naruto cuando era niño... no podía ni llegar a imaginárselo. Las mentiras, el maltrato... era bastante comprensible que fuera tan reservado y controlado. Esos días se le había afinado bastante la percepción; y la pena por él, que su propio sufrimiento había menguado ese último tiempo, la sentía intensamente, y la fatigaba.

Pensó en su madre, y en los muchos choques que tuvo con ella.

Había habido ocasiones en que deseó tener otra madre, una madre que viera la vida como la veía ella y no diera tanta importancia al recato.

Miró hacia el techo y cerró fuertemente los ojos para contener las lágrimas. Sabiendo ahora lo que sabía de la familia de Naruto, no podía agradecer a Dios lo suficiente por el amor de su madre; por su padre, bondadoso y tierno, y por Hanabi y Neji, las dos personas en el mundo que sabía no le harían nunca daño.

Qué vacía habría sido su vida sin su familia, desprovista de amor y afecto, bienes que siempre había dado por descontados.

Deseó con toda el alma que Naruto conociera lo que era ser amado.

Pero le quedaba una última tarea.

Hinata estaba esperando a Menma en el salón de la posada cuando llegó él, entrando casi de un salto. Inmediatamente ordenó a Polly que subiera a sus habitaciones, mirándola ceñuda al ver que ésta hacía un rictus de desaprobación antes de marcharse.

Los ojos de Menma relampaguearon cuando la vio en la penumbra de la sala y corrió hacia la mesa a la que ella estaba sentada.

-He venido al instante de recibir tu nota -le dijo, sin aliento, le cogió la mano que ella no le había ofrecido y la llevó a sus labios.

Sin retirar la mano de la de él, ella le indicó el sillón al otro lado de la mesa.

Menma se sentó y le miró atentamente la expresión.

-¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo? Francamente, Hina, estás terriblemente pálida. ¿Quieres que te traiga algo para beber, un poco de vino tal vez?

-Estoy muy bien, Menma -repuso ella con un suspiro cansino.

-¿Está Naruto aquí? -preguntó él en un susurro. Ella negó con la cabeza.

A él le relampaguearon los ojos; curiosamente, su expresión era casi triunfal. Después de mirar subrepticiamente alrededor, se inclinó sobre la mesa.

-Hay una desavenencia irreparable entre ustedes, ¿verdad? No me mires sorprendida, eso ha sido siempre muy evidente. Queridísima, tiene que haber algo que yo pueda hacer para ayudarte -susurró-. Cómo te las arreglaste para seguir tanto tiempo con él... dime qué quieres que haga.

Ese era el hombre con el que con toda probabilidad se habría casado si no hubiera aparecido Naruto como caído del cielo.

Tan inocente había sido, tan ingenua, tan falta de experiencia, que nunca lo había visto realmente. Jamás había advertido ese extraño destello de sus ojos, ni la expresión estirada y gazmoña de su boca.

No había nada en él, nada que ella hubiera visto, que sugiriera lo que pretendía hacer, pero ella sabía en el fondo de su alma que él había visto la ruptura entre Naruto y ella y había intentado enemistarlos.

Deseaba separarlos y destruir todas las posibilidades de felicidad que hubieran podido tener. Qué ingenua había sido al no comprender que Menma deseaba su venganza por su matrimonio con Naruto.

De pronto se sintió como aplastada por un inmenso peso, que le doblaba los hombros y la espalda. Con razón su madre se irritaba tanto con ella; su ingenuidad era pasmosa.

-¿Hina? Dios mío, tienes un aspecto... te sientes muy mal, deja que te traiga un poco de vino, por favor.

-No -dijo ella, negando con la cabeza.

-¡Dime qué puedo hacer por ti! -insistió él.

Estiró el brazo por encima de la mesa y le cubrió la mano con la de él. Hinata le miró la mano y sintió una oleada de asco por todo el cuerpo.

-Sabes que haría cualquier cosa por ti, incluso esconderte de mi hermano si eso es lo que necesitas -susurró.

Y eso le gustaría mucho, ¿verdad?, pensó ella, retirando la mano.

-Hay una cosa que puedes hacer por mí, Menma. Quiero ir a Rasenrengan Park...

-Sí, sí, por supuesto -interrumpió él asintiendo-. ¿Dónde están tus cosas? Estarás mucho más segura allí...

-Hay un retrato ahí que debo ver.

Eso lo sorprendió visiblemente. Miró de soslayo a su derecha, donde el posadero estaba limpiando una mesa.

-¿Un retrato?

-Está en la galería de retratos de la familia; es un retrato que yo solía admirar cuando era niña.

Menma soltó una risa forzada.

-¡Hinata! ¿Piensas en un retrato de tu infancia en un momento como este? Qué encanto eres, cariño, qué encanto.

Intento agarrar la mano otra vez, pero ella la retiró antes que se la tocara.

-Es importante que lo vea, Menma. Significa algo, estoy segura.

-¿Significa algo? ¿Significa qué? -preguntó en tono brusco, pero se controló al instante, y dirigió otra mirada nerviosa al posadero-. Perdona, pero no me parece que eso sea lo que conviene hacer ahora, estando hecho un caos tú matrimonio...

Sin duda creía saber muchísimo, pensó ella, pero no se lo dijo.

-Por favor, debo verlo. ¿Qué mal hay en ello?

Mirándola con desconfianza, él se enderezó y se puso a tamborilear sobre la mesa. Ella casi veía pasar por su mente todos los motivos por los que no quería que ella fuera a Rasenrengan Park simplemente a ver un retrato.

-Muy bien -dijo al fin-. Si crees que debes ver ese retrato, te llevaré. Pero creo que deberías pensar en alojarte en Rasenrengan. Si Naruto viene a buscarte, no me gustaría que te encontrara sola aquí, así.

Así. ¿Querría decir apenada? ¿Confundida pensando cómo personas nacidas de la misma sangre podían ser tan crueles entre ellas? ¿O asqueada por su impaciencia en ver el fin de su matrimonio?

-No vendrá, te lo puedo asegurar -contestó con toda sinceridad-. De todos modos, necesito ver ese retrato.

Menma frunció el ceño y volvió a inclinarse sobre la mesa.

-Lo que sea que crees que vas a encontrar ahí, Hina, no será suficiente. He tratado de advertirte respecto a él. No se le puede creer, y sólo te hará sufrir al final. Deberías aceptar el hecho de que se acabó tu matrimonio -susurró gravemente.

-El retrato, Menma -respondió ella.

Durante todo el trayecto hacia Rasenrengan Park, Menma hizo todo lo posible por convencerla de que había perdido a Naruto, y continuó intentándolo durante todo el recorrido del largo y ancho corredor que servía de galería de retratos de la familia.

Pero Hinata ni lo oía; toda su atención estaba concentrada en los retratos, y al no encontrar el que buscaba, temió haberse equivocado. ¡Pero no se lo había imaginado! Angustiada, recorrió la larga galería en uno y otro sentido, y se detuvo bruscamente cuando por fin lo encontró.

Era mucho más pequeño de lo que recordaba. Los óleos se habían opacado con el tiempo, de modo que la imagen del hombre estaba menos nítida. Pero era él, erguido, con un pie apoyado en un banco de hierro forjado, con un brazo apoyado despreocupadamente sobre ese muslo, con un látigo de montar en la mano. Osado y orgulloso, llevaba los cabellos dorados en la nuca, y sus ojos azules parecían perforarla.

Era la imagen clavada de Naruto: la cara, los hombros, las manos. Naruto era la encarnación de su abuelo, su abuelo «paterno».

Todo encajó entonces; todo lo que había sospechado, y verificado durante esos dos días, estaba pintado en la tela que tenía delante. Contempló el retrato, pensando cómo era posible que Naruto no hubiera notado nunca el parecido.

Pero era un niño pequeño cuando murió su madre, y muy pronto después lo enviaron al colegio. Y ciertamente en esa casa nadie se lo había hecho notar. Trató de imaginárselo caminando de un extremo al otro de esa galería mirando los retratos, pero comprendió que de niño debió más bien andar escondido, por miedo a los malos tratos, y después, cuando se hizo mayor...

-¿Qué demonios pasa aquí? -bramó una voz.

Hinata se volvió tranquilamente hacia la voz de lord Rasenrengan. Sorprendida, cayó en la cuenta de que en realidad había estado esperando ese momento.

-Buenas tardes, lord Rasenrengan -dijo, imperturbable.

-¿Qué está haciendo aquí? -le preguntó él, y pasó la mirada a Menma, que estaba a su lado y parecía haberse reducido de tamaño.

-Le pedí a lord Menma que me trajera aquí -contestó ella con la mayor naturalidad-. Hay un retrato aquí que deseaba mucho ver. Los ojos de lord Rasenrengan se entornaron peligrosamente.

-Y al parecer ya lo ha visto.

-Menma, llévatela de vuelta a donde sea que la encontraras -ladró, giró sobre sus talones y echó a andar hacia la puerta.

-He observado el parecido de su padre con uno de sus hijos -dijo ella a su espalda.

Lord Rasenrengan paró en seco y se volvió a mirarla con ojos rencorosos.

-¡Menma! -ladró-. Déjanos solos.

-Pero, padre...

-¡Vete! -gritó él.

Menma se apresuró a obedecer, como un títere.

-Te esperaré en el salón -le dijo a ella, mirándola nervioso, y se alejó a toda prisa.

Mientras Menma salía, Hinata levantó el mentón y devolvió la mirada fija a lord Rasenrengan. Instintivamente comprendió que éste era tan cobarde como Menma.

-Como estaba diciendo, milord, su hijo Naruto tiene un gran parecido con su padre, ¿no le parece?

Sin dignarse mirar el retrato que ella le señalaba, él se cruzó de brazos.

-¿Qué desea? -gruñó.

-Deseo que le diga la verdad a su hijo -repuso ella sin vacilar. Lord Rasenrengan sonrió burlón, mirándola de arriba abajo como si sólo viera basura.

-Qué ser más ridículamente patético es usted. Ese retrato se pintó después de su muerte. Claro que se parece a él, ¿a quién cree que usó el pintor de modelo?

Insegura, Hinata miró el retrato.

-Debe de creerse muy inteligente -dijo lord Rasenrengan con una risa siniestra-. Dígame, ¿la envió él aquí? ¿Así que envía a su desventurada mujercita a rogar por él? -se mofó-. Salga de aquí para no seguir haciendo el ridículo.

Dicho eso, se volvió y echó a caminar.

Hinata abrió su ridículo bolso y sacó rápidamente una hoja de pergamino doblada.

-Tal vez le interese ver esto, milord -dijo, agitando el pergamino hacia él.

Lord Rasenrengan continuó caminando, moviendo la cabeza y mascullando algo en voz baja. Hinata desplegó la hoja y leyó:

-Mi amadísima Mito...

Lord Rasenrengan se detuvo, giró la cabeza y la miró con una expresión tal de odio que ella no pudo evitar un estremecimiento.

-Estúpida -masculló.


Ya era bien entrada la noche cuando Shikamaru llegó a Longbridge; se había retrasado por quedarse demasiado rato bebiendo una o dos pintas con la alegre esposa del tendero de Rasenrengan.

La mansión estaba totalmente a oscuras. Sólo se veía una tenue luz en una ventana del extremo del ala oeste, pero no renunció, y golpeó por tercera vez, negándose a considerar la posibilidad de tener que dormir bajo las malditas estrellas. Nadie vino a abrir. Espléndido, pensó fastidiado, y bajó la escalinata pensando qué podía hacer.

Entonces oyó abrirse la puerta y se giró a mirar; en la puerta estaba Kakashi, sólo iluminado por la tenue luz de una vela.

-¿Lord Nara? -exclamó Kakashi, visiblemente sorprendido.

-¡Kakashi, gracias a Dios! -Sonriendo aliviado, Rasenrengan subió en dos saltos las gradas-. Tengo entendido que Uzumaki está fuera, pero tenía la esperanza de que vieras la manera de alojarme aquí esta noche -dijo, y dando una palmadita al mayordomo en el hombro, pasó junto a él y entró en el vestíbulo.

Kakashi se apresuró a cerrar la puerta.

-No está fuera, milord -susurró, y miró nervioso hacia el corredor de la derecha-. Pero me atrevería a decir que no espera visitas. De ningún tipo.

-En Whitten tuve la desgracia de que un simplón me indicara mal el camino que debía tomar, y cuando me encontré en medio de ninguna parte, se me ocurrió venir aquí a suplicar piedad a mi viejo amigo. ¿Está aquí entonces? ¿Ya está acostado?'

-No, milord -repuso Kakashi, con una expresión muy preocupada-. Está donde ha estado ya casi dos días. En el salón dorado -añadió, gesticulando hacia el ala este.

¿Dos días en el salón dorado?, pensó Shikamaru. Eso no era nada típico de Naruto, pero claro, ya había visto muchas cosas en él que le eran desconocidas.

Lo invadió una vaga sensación de terror, y le vino a la cabeza una imagen de Yūra, la imagen de un amigo querido cuyo espíritu se había perdido para este mundo mientras su cuerpo continuaba funcionando.

Trató de expulsar la imagen de la cabeza y se dijo que se estaba poniendo ridículamente sentimental, pero de todos modos siguió a Kakashi a toda prisa.

Cuando entró en el salón dorado, le llevó un momento adaptar los ojos a la débil luz de una sola vela. Naruto estaba sentado en un sillón junto al hogar sin fuego, con un vaso de whisky en una mano y el mentón apoyado en la otra.

Kakashi miró a Shikamaru con un gesto de impotencia y se marchó. Asustado por la lúgubre escena, Shikamaru avanzó hacia su amigo.

-¿Qué demonios te pasa? -preguntó, y su voz resonó en el silencio.

-Maldición, Nara, ¿es que nunca envías una nota anunciándote? -dijo Naruto en tono apático.

Shikamaru se limitó a emitir un bufido por respuesta y empezó a buscar una luz. Encontró un candelabro de tres brazos, lo llevó hasta donde estaba Naruto y lo encendió con la vela.

Cuando la sala estaba iluminada a su satisfacción, se puso en jarras y miró a Naruto.

-¿Estás enfermo? Espero que sí, porque no me puedo imaginar qué puede afligirte tanto si no es alguna enfermedad horrible.

-Ojalá tuviera esa suerte -musitó Naruto, se llevó el vaso a los labios y bebió un largo trago.

Poniendo los ojos en blanco, disgustado, Shikamaru fue al aparador a servirse un whisky.

-Trae la botella, por favor -masculló Naruto.

Simulando no haberle oído, Shikamaru volvió al hogar y se dejó caer pesadamente en el sillón contiguo al de Naruto. Contempló un momento a su amigo y frunció aún más el ceño.

-¿Qué demonio se ha posesionado de ti? Naruto se encogió de hombros.

Shikamaru se erizó de miedo e indignación al mismo tiempo.

-Escucha, hombre, hace unos días pensé que las cosas estaban bastante mal, pero esto es ridículo. ¡Mírate! ¿Cuánto whisky has bebido?

Naruto le dirigió una mirada glacial.

-Perdona, pero no recuerdo que tuvieras programado dar un sermón aquí esta noche.

La expresión que le vio en los ojos le aumentó el miedo a Shikamaru; le recordó la mirada de Yūra. Las últimas noches de su vida, Yūra tenía ese mismo destello de desesperación en sus ojos; la mirada de un hombre que se está ahogando.

Un terror salido de lo más profundo, que no había sentido nunca antes, lo impulsó a lanzarse. Sacó sus gafas, se las puso en la nariz y miró a Naruto.

-¿Qué te pasa Naruto? -le preguntó muy serio-. Esto es tan impropio de ti que...

-¡Vamos, por el amor de Dios! -gruñó Naruto, cerrando los ojos-. No intentes hacerme de madre, Nara. Ese papel no te sienta nada bien.

Se levantó bruscamente, caminó vacilante hasta el aparador y se llenó el vaso hasta el borde.

Lo mismo que hacía Yūra, pensó Shikamaru. El negro terror lo atenazó dolorosamente.

Intentó razonar, diciéndose que Naruto no era como Yūra, pero no pudo desechar el sentimiento de culpabilidad por haber visto los signos de autodestrucción y no haber hecho algo. Se esforzó por desechar el recuerdo, pero no pudo.

La realidad era que había visto la desesperación de Yūra y no hizo todo lo posible, por muchísimos motivos, cierto, pero no hizo todo lo que podría haber hecho, y así acabó Yūra. Tal vez veía más de lo que había en la conducta de Narto, pero si había alguna posibilidad, la más mínima posibilidad, no podía permitir que le ocurriera lo mismo. A Naruto no, nunca.

-¿Qué te estás haciendo? ¿Es ella? ¿Es ella la que te hace esto? -preguntó, sorprendido por la rabia que detectó en su voz. Naruto se rió amargamente.

-Te gustaría eso, ¿eh? Al final el conde de Uzumaki muere por una mujer. Qué divertido. -Soltó una risita lúgubre y se bebió la mitad de la copa.

-¡Naruto! No sé lo que ha pasado aquí -dijo, suplicante, moviendo el brazo hacia el lado-, pero sea lo que sea, no vale esto. ¿Quieres destruirte por una mujer?

Naruto se echó a reír.

-Debo advertirte que estás empezando a hablar como Kiba. Eso le dolió, pero lo ocultó bebiendo un trago de whisky. Lo que fuera que hubiera ocurrido entre lady y lord Uzumaki no era de su incumbencia.

Había dicho lo que pudo decir, pero no podía obligar a Naruto a hacerle caso. Pero había hecho un juramento. Sí, pero Naruto no era Yūra, razonó; no buscaría una manera ridícula para matarse.

Yūra había estado atormentado por las deudas; Naruto estaba atormentado por una mujer; y estas dos cosas no son lo mismo.

Sin embargo, no pudo acallar la inquietud. Jamás había visto a Naruto tan adusto, tan atormentado... ese hombre era el líder del grupo, el único de ellos que jamás se intimidaba. Nada lo hacía perder la calma.

Ah, pero sí que estaba atormentado; estaba absolutamente poseso. Mujer o no, Shikamaru se estremeció y cerró los ojos y estuvo así un momento. ¿Qué demonios podía decirle para convencerlo ?

-No la desperdicies -exclamó, y abrió los ojos. Naruto detuvo la mano con el vaso a medio camino de su boca y se volvió a mirarlo con expresión desconcertada.

-¡No desperdicies tu vida! -repitió Shikamaru.

-¿De qué demonios estás hablando? -se mofó Naruto-. He bebido demasiado, eso es todo. Ciertamente tú reconoces los signos, Nara. Dios sabe que te has emborrachado un par de veces.

Cierto, pero él no era el conde de Uzumaki, el primer Libertino de Hokage Street.

-Acuérdate de Yūra.

Naruto hizo un gesto de pena y desvió la vista.

-Ten cuidado, Nara -gruñó entre dientes. Ya era demasiado tarde para eso, pensó Shikamaru; ya había abierto la boca. Se inclinó hacia Naruto:

-¿Es que no lo ves? Yūra se dejó destruir, no permitas que esto te destruya, Naruto. Puedes sobrevivir a esto, sea lo que sea. Ve a Rasenrengan y tráela.

Naruto levantó bruscamente la cabeza y lo miró fijamente.

-¿Rasenrengan?

Shikamaru hizo un gesto nervioso con la mano en dirección a la puerta.

-Es un viaje rápido hasta la posada; arrójala sobre el lomo de tu caballo, si es necesario, pero ve a buscarla. Naruto se hundió en el sillón.

- Rasenrengan -musitó en voz baja.

Shikamaru se marchó temprano a la mañana siguiente.

Avergonzado por haber sido sorprendido en tal estado de embriaguez. Naruto casi no pudo mirar a su amigo a los ojos cuando le pidió disculpas en un murmullo.

Al parecer igual de avergonzado, Shikamaru se limitó a asentir muy serio, hizo un gesto de despedida con la mano y se puso en marcha sin decir otra palabra. Naruto se quedó mirándolo hasta que se perdieron de vista caballo y jinete, y después se puso a vagar sin rumbo. Debía moverse. Si seguía caminando no tendría que pensar.

Desafortunadamente, no podía dejar de pensar. O sea que Hinata había ido a Rasenrengan habiéndole dicho que iría a Blackpearl Grange, En ese momento recordó que los Hyūga regresarían a casa la semana siguiente. Le había mentido, y sólo se le ocurría un motivo para que le mintiera.

Menma.

Había ido a ver a Menma, ya fuera para consultarlo o para sentir sus brazos alrededor de ella; no lo sabía ni le importaba. Lo único que importaba era que se había marchado, lo había abandonado por ese cabrón llorón.

De pronto sintió una fuerte punzada de dolor detrás de los ojos. Menma le había arrebatado todo, todo lo que era: Rasenrengan Park, Minato... ¿Pero qué estaba pensando? Eso ya no le importaba. Lo único que le importaba era Hinata.

Había perdido la parte más preciada de su vida. Con un gesto de dolor por otra punzada, se apretó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar. Siempre acababa igual..., hiciera lo que hiciera, consiguiera lo que consiguiera, al final siempre ganaba Menma.

Se detuvo, parpadeando rápidamente para ver si se le aliviaba el dolor. Miró hacia arriba y vio los cordones tendidos en las paredes de los corredores, los cordones que ella había fijado allí para que él pudiera caminar sin ayuda a pesar de su ceguera. Para que pudiera volver a vivir.

De pronto el dolor lo cegó y cayó de rodillas. Sintió humedad en la piel y se asustó; se tocó la cara. ¿Qué demonios era eso? Se pasó la lengua por los labios y sintió sabor a sal. ¡Dios de los cielos, eran lágrimas! No había llorado desde la muerte de su madre; en todos esos veinte años no había derramado ni una sola lágrima, nunca, ni siquiera cuando estaba ciego. Pero esas eran lágrimas, salidas del corazón a través de sus ojos ciegos, ciegos.

-Hinata -sollozó y, cerrando los ojos, se cruzó los brazos en la cintura, temiendo vomitar también-. Hinata, Hinata, no me dejes, no me dejes nunca.

Sujetándose el vientre fuertemente, se meció hacia delante y atrás, mientras las irrefutables pruebas de que tenía corazón le brotaban de los ojos y le corrían por las mejillas.

La náusea le revolvió el estómago y con cada respiración se le oprimía el pecho. Todos esos años había creído que era Rasenrengan Park lo que deseaba.

Pero no era Rasenrengan Park; era a ella que deseaba, a la princesa de la granja, la diablesita que lo hacía reír, el ángel vibrante de vida capaz de una compasión increíble y de placeres mundanos. La deseaba.

La amaba.

Por fin comprendía qué era lo que lo había estado royendo, destruyéndolo trocito a trocito; había perdido lo único en la verde tierra de Dios que le importaba. No Rasenrengan Park ni su padre; Hinata.

Echó la cabeza atrás y miró hacia el cielo, parpadeando rápidamente para aclararse los ojos.

-Muéstrame tu misericordia. Señor -gimió-. Muéstrame misericordia y juro sobre la tumba de Yūra que no volveré a malgastarla.

Esperó, casi sin respirar, pero el cielo no se abrió para enviarle un rayo de bondad ni misericordia.

Y Naruto se dobló de aflicción.