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Un silencio mortal siguió a su declaración, mientras el resto de los hombres esperaba la reacción de su cabecilla. Este soltó una carcajada obscena al oír su amenaza.
—Ah, hemos encontrado una pequeña fierecilla. Será un placer domarte, dulzura, pero te lo advierto, no me enfurezcas o puede que empiece con las lecciones aquí mismo. Te lo pregunto otra vez, ¿cómo te llamas y quién te reclamará? La verdad, muchacha, o conocerás mi ira.
Candy pensó qué responder, sopesando rápidamente si la verdad la ayudaría o la perjudicaría en esa situación. Al parecer, se estaba tomando más tiempo del que él le había asignado, porque el hombre la agarró por el pelo, haciéndola inclinar la cabeza hacia atrás y pegarse contra su cuerpo sudoroso, mientras le rasgaba el corpiño de su traje de montar. Metió los sucios dedos debajo de la camisa y la agarró brutalmente el pecho y sus uñas rotas le arañaron la delicada piel. Candy sintió ganas de vomitar; las náuseas le llegaron a la garganta y supo que estaba a punto de tener arcadas.
—Basta. Tu nombre. ¿O necesitas más persuasión?
—Candice.
—Bien, Candice. ¿Quién te reclamará?
—Albert MacAndrew. Soy la esposa del jefe MacAndrew.-Alzó la barbilla como para desafiarlo. Su voz sonaba débil, pero con un toque de desafío.
Asombrado por su afirmación, el hombre la soltó bruscamente. Era evidente que no estaba contento, y parecía no estar seguro de poder creerla. Candy podía ver los pensamientos que recorrían su cabeza. Albert MacAndrew era un adversario poderoso. Quitarle unas cuantas cabezas de ganado era una cosa, quitarle a su mujer... Eso lo convertiría en un hombre perseguido. Apoderarse de su mujer lo convertiría en un enemigo de por vida... una vida que probablemente sería corta.
El hombre del clan Mackenzie cruzó los brazos y se quedó mirándola fijamente un momento, antes de tomar una decisión.
—Mientes. Nunca dejarían que la esposa del jefe MacAndrew recorriera el bosque con una escolta tan despreciable. Sería un estúpido si dejara aquí un regalo tan tentador, mientras pierde el tiempo con Argyll. Lo más probable es que seas su querida.-Alargó el brazo y le retorció dolorosamente un mechón de pelo, enrollándoselo en el puño. Sus ojos se llenaron de lujuria y excitación al decir con una voz lasciva—: Te advertí que dijeras la verdad.
Candy intentó hablar, intentó explicar que decía la verdad, pero su fétida boca se apretó contra la de ella, aplastándole los labios con tanta fuerza que se vio empujada al suelo de forma violenta. El enorme cuerpo del hombre cayó con un sordo golpe encima de ella. El peso de sus miembros la aplastaba, hundiéndola todavía más en el implacable suelo. Su barba le arañaba la cara, mientras él la besaba.
Por un momento quiso morirse, antes de que el deseo de vivir la dominara.
Luchó como una tigresa, arañando y clavándole las uñas en la cara, pero él le sujetó las manos por encima de la cabeza y le levantó las faldas, rasgando rápidamente las diferentes capas de ropa interior hasta llegar a la piel desnuda. El pánico le subió a la garganta, amenazando con desbordarse. Sintió cómo sus dedos aferraban la suave piel de sus nalgas, haciendo que levantara las caderas hacia él. A través de un túnel de incredulidad, oía sus gruñidos de deseo, mezclados con las risotadas de sus hombres cuando él se levantó el
plaid y empujó su duro miembro entre sus piernas, tratando de forzarla a que las abriera. Sintió su áspero vello contra los muslos cuando él bajó una mano para tratar de separarle las pegadas piernas.
Unas voces llenas de lujuria lo animaban a seguir.
Cuando se dio cuenta de lo que él estaba a punto de hacer, un horror diferente de cualquier cosa que hubiera experimentado antes le heló la sangre. Por un momento no pudo moverse. Se ahogaba, hundiéndose en caída libre, impotente, hacia el infierno.
Oyó maldecir a Anthony y luego gemir cuando sus gritos le hicieron recobrar la consciencia. Pero sus esfuerzos por ayudarla se vieron frustrados por los puños de los Mackenzie.
El cuerpo de Candy se tensó por última vez; luchaba por sobrevivir. Dio patadas y se agitó contra el peso implacable del cuerpo del hombre. Pero sus movimientos solo parecían excitarlo más. Le mordió la lengua que, como una serpiente, se arrastraba hasta su garganta, y notó el sabor de la sangre.
Él soltó un gemido de dolor.
—Perra maldita.
La cabeza de Candy se vio lanzada a un lado al recibir el primer golpe. El puño del hombre se estrelló contra su cara otra vez. Y otra. El dolor era insoportable.
No tenía fuerzas.
Oh, Dios, no, suplicó para sus adentros. Por favor, no.
—¡No!-Oyó su grito ahogado, desde la distancia de su descenso al infierno. Un infierno que olía a cerdo sudoroso.
El tiempo se detuvo mientras esperaba que llegara la liberación de la muerte.
Pero no pasó nada.
De repente, en medio de su terror, reconoció el distante silbido de una flecha en el aire, y el rufián se desplomó de golpe sobre su pecho, casi asfixiándola con el peso muerto de su cuerpo. Los ojos de arenque del hombre estaban fijos en la eternidad, con una mirada sorprendida. Confusa y con un dolor terrible por los golpes recibidos en la cara, apenas notó el ruido del acero contra el acero. Apartó la mirada de los ojos del hombre muerto. Un rayo luminoso de acero se formó ante sus ojos, como si fuera una cruz de plata. ¿Es que estaba en el cielo? No, las cruces eran espadas. Comprendió lentamente que era una pelea. Tal vez era el infierno. El sonido del tajo de una espada al atravesar a un hombre se mezcló con gritos ahogados de muerte.
Unos momentos después, el cuerpo del Mackenzie era apartado de ella. Lo primero que pensó fue que podía respirar. Estaba viva. El aire fresco le asaltaba las piernas desnudas.
Todavía aturdida por lo que había estado a punto de suceder y que, al parecer, se había acabado, Candy era incapaz de enfocar la mirada sobre su salvador. Por un momento siguió confusa, hasta que unos fuertes brazos la atrajeron y la abrazaron con fuerza.
Albert.
Sus labios se apoyaban en su cabeza, enterrados entre el pelo. Sentía el rabioso latir de su corazón contra el pecho. Podía notar su distintivo olor a sándalo y sol. Lo miró a lo ojos, sosteniéndole la mirada. Él la miraba como si quisiera aprenderse sus rasgos de memoria. Y reconoció una emoción que nunca había pensado ver en su cara. Parecía asustado. Por ella.
Albert vivió un largo momento de miedo, un miedo que le retorcía las entrañas. Miedo de haber llegado demasiado tarde. El corazón seguía latiéndole desbocado. Le acarició la mejilla tumefacta con el pulgar.
—Gracias a Dios. Cuando vi quién estaba debajo de ese engendro del demonio...-Le hizo alzar la barbilla y la miró profundamente a los ojos—. Candy, ¿estás bien?
Sus ojos devoraban la cara que lo había acosado durante los dos últimos meses, asimilando los cortes y las magulladuras e intentando convencerse de que no iba a morir. La sangre le corría por la cara. Unas profundas ojeras sombreaban sus hundidos ojos. Una palidez grisácea e insana estropeaba la perfección cremosa y marfileña de la suave piel. Tenía un contusión inflamada a lo largo de la mandíbula, salpicada de puntos negros y rojos, y toda la zona se había hinchado. Su espléndida cabellera estaba enmarañada y apelmazada, y el traje de montar estaba hecho jirones. Albert pensó que nunca había estado más hermosa. Estaba a salvo.
Unos tumultuosos ojos verdes le recorrieron la cara.
A Candy, la incredulidad le empañaba la visión. Levantó la mano para tocarle la mejilla sin afeitar, como deseando con todas sus fuerzas que fuera real.
—Albert, ¿eres tú de verdad? Pero ¿cómo?-Se aferraba a él como si la aterrara que pudiera desaparecer.
—Luego. Te lo explicaré todo más tarde. Primero tenemos que llevarte al castillo.
Ella pareció calmarse, mientras él la llevaba en brazos hasta su caballo, pero al instante siguiente el horror volvió.
—Oh, Dios, Albert. Anthony. Tenemos que ayudar a Anthony.-Dejó de aferrarse a sus brazos y miró alrededor, buscando ansiosamente, a Anthony.
Albert le hizo enterrar la cara en su hombro, tratando de impedir que viera la sangrienta carnicería que los rodeaba. La prueba de su cólera. Había Mackenzie muertos, desparramados por el suelo del bosque, con los cuerpos retorcidos en posturas antinaturales, acribillados de flechas y tajos de espada. La sangre había teñido las hojas otoñales de color castaño dorado, que llenaban el suelo del bosque de un profundo rojo bruñido.
—Está bien, Candy. Anthony se pondrá bien.-Había sufrido un fuerte golpe en la cabeza y tenía algunos cortes y magulladuras de la paliza, pero se recuperaría—. Archie lo está llevando al embarcadero.-El mismo embarcadero donde Albert se había sorprendido al encontrarse con un grupo de sus guerreros que esperaban el regreso de una pequeña partida de caza.
La sangre se le aceleró en las venas al recordar a Tom y a Pauna saliendo de entre los árboles e informándole del ataque. Recordó cómo rezó para llegar a tiempo, y la furia y el desespero que sintió al ver a su hermano yaciendo sin vida en el suelo y a Candy aplastada bajo el vil Mackenzie. La sed primitiva de sangre inundó cada fibra de su cuerpo. Medio enloquecido, atacó como los guerreros Berserker de los que descendía.
—Albert, lo siento. Fue todo culpa mía, por favor... Nunca pensé...-Lloraba suavemente, apoyada en su hombro, y pequeños temblores le sacudían el cuerpo.
—Chis, silencio. No vamos a hablar de esto ahora. Más tarde, Candy-dijo Albert dulcemente, acariciándole el sedoso pelo. Su primer impulso era poner sus labios sobre los de ella y borrar sus recuerdos con un beso. Egoístamente, quería grabar la prueba de su posesión en todo su cuerpo, borrando la contaminación de otro. Pero después de lo que ella había pasado, sabía que era demasiado pronto. Estaba demasiado frágil.
Pero una vez más, Candy lo sorprendió. Sus manos le aferraron los hombros. Levantó la boca hacia él.
—Por favor.-Se estremeció—. Aquel hombre...-Albert vio el horror en sus ojos—. Por favor, Albert, bésame.
El corazón le dio un vuelco. Era una oferta que estaba más que dispuesto a aceptar.
—Claro, muchacha, es un placer.
Sabía lo que ella necesitaba. Suavemente, cubrió los labios de ella con los suyos.
Candy no podía creerse su atrevimiento. Pero necesitaba saber que estaba viva y a salvo. Borrar el horror con placer.
El primer roce de sus labios fue como una pluma. El segundo, dolorosamente tierno. Nunca había imaginado que aquel fiero guerrero fuera capaz de una ternura tan conmovedora. Sus labios eran muy suaves pero muy fuertes al mismo tiempo. Y sanadores. Su sabor era tan cálido como recordaba. La acunaba entre sus brazos y la besaba con una emoción pura que le quitaba el aliento.
Y cuando se detuvo, Candy no se atrevía a hablar. Por miedo a que se desbordara la emoción que le oprimía el pecho.
Él la subió al caballo. Apenas unos segundos más tarde, Candy sintió cómo sus fuertes brazos le rodeaban la cintura y notó su duro cuerpo detrás de ella. Le cubrió el desgarrado corpiño con su plaid, con tanta ternura como si fuera una niña recién nacida. Candy estaba demasiado abrumada de emoción para sentir ninguna modestia por su desaliñado aspecto. Dios Santo, habían estado a punto de violarla. Si Albert no hubiera llegado cuando lo hizo...
El caballo de guerra recorrió el bosque al galope, haciendo caso omiso del peso extra que llevaba. El viento alborotaba el pelo a Candy, igual que unas horas antes... toda una vida antes. Sintió que se relajaba apoyada en aquel pecho protegido por una ligera cota de malla, sintió que su cuerpo se deslizaba, hundiéndose más profundamente en el balanceo adormecedor del caballo dentro de la cálida protección de la fuerza de su esposo a prueba.
Casi dormida y un tanto desorientada, recordó inexplicablemente lo que quería decirle cuando volviera a verlo.
—Gracias por el libro, es maravilloso.-Su voz sonaba suave y adormilada.
Notó la calidez de su aliento junto a la oreja.
—Es un placer.
A salvo por fin, se hundió, exhausta, en el sueño.
...
Este capitulo me dio un poco de rabia, Candy se comportó como una niña, no podía comprender que no podían salir, y termino convenciendo a Anthony de faltar al mandato de Albert. Aunque aveces la comprendo, ¿meses encerrada? bueno, es desesperante, ahora lo sabemos. Y que se le olvide el dichoso arco en el caballo. Dios paciencia.
