Capítulo 44

Es única

Hola ¿Qué haces?

Hola, pues estaba a punto de quitar los adornos de Navidad, ¿y tú?

¿Ahora? ¿Has visto la hora que es?

Sí, pero resulta que alguien me ha tenido toda la noche despierta y claro, llego a casa y me quedo dormida hasta muy tarde.

Hey, nadie te obligó a que te quedases ¿Qué culpa tengo yo de que no puedas resistir a pasar una noche a mi lado?

Quinn dejaba escapar una sonrisa tras leer el último de los mensajes que recibía en su teléfono.

Totalmente cierto, la próxima vez venceré la tentación.

¿Habrá una próxima vez?

Eso espero. ;)

Yo también ¿Has cenado?

Sí, un sándwich con un vaso de zumo, no sé si a eso se le puede llamar cena, pero sí, he cenado. ¿Y tú?

Yo cené hace casi una hora, con Emily y Brody.

Me alegro. ¿Está ya dormida?

No lo sé. Supongo que sí, Brody se estará encargando de ella.

¿Brody? ¿dónde estás?

Voy en busca de mi postre. ¿Tú has tomado postre?

Pues no, solo me he tomado el sándwich y nada más.

Están llamando a la puerta, ahora te escribo.

Ok.

Quinn dejaba el teléfono sobre la mesa y la guirnalda que acababa de quitar de su árbol de Navidad para atender la puerta.

No tenía ni idea de quien podría estar llamando en aquel instante a su casa, hasta que acertó a mirar por la mirilla y descubrió a una sonriente Rachel que parecía observarla a ella a través del diminuto agujero.

—¡Rachel! —exclamó abriendo la puerta—¿Qué haces aquí?

—Venía en busca de mi postre—respondía mordiéndose el labio—¿Estás ocupada?

—Ehh, no, no claro que no pasa—la invitó a pasar aún sorprendida—¿Por qué no me has dicho nada?

—No habría sido una sorpresa—volvía a sonreír—Supongo que necesitarás ayuda para quitar la decoración, ¿no es cierto?

—Eh… Bueno, lo estaba haciendo por hacer algo, necesito mantenerme despierta.

—¿Por? —cuestionó lanzando una mirada al interior—¿No me acabas de decir que has dormido hasta tarde?

—Sí, por eso mismo. No puedo dormirme otra vez de nuevo, tengo que aguantar un poco más y así evito despertarme en mitad de la madrugada. —Le explicó—necesito tener mis horas de sueño controladas, como Em —añadió divertida viéndola merodear por la estancia.

—Ya, y yo te descontrolo las horas ¿No es cierto?

—¿Por qué no me has dado un beso? —le preguntó ignorando su pregunta, y Rachel no tardó en regresar a ella y besarla.

—¿Así?

—Sí, así sí—susurró—Vamos quítate el abrigo y ponte cómoda ¿Quieres algo? Aún tengo mousse de chocolate—espetó al tiempo que caminaba hacia la cocina.

Rachel obedecía a la petición de quitarse el abrigo. Con aquel gesto comenzaba su plan maestro para aquella noche, aunque Quinn no era aún consciente de nada.

La noche anterior había sido perfecta, al menos para ella, que pudo disfrutar de largas horas de conversación con Quinn, abrazada a su cintura mientras el sol llegaba a asomarse tras los rascacielos. Un sol que no pudieron contemplar por culpa de las nubes que cubrían el cielo de Nueva York, pero que ni siquiera eso les fastidió el plan.

Era el momento, era ese instante exacto en el que el cielo comenzaba a llenarse de claridad en aquel primer día del año lo que deseaba ver, y lo había contemplado con el calor de Quinn entre sus brazos.

Ninguna de las dos había dejado que el sueño las venciera. Hablaron de todo, de la televisión, del teatro, de algunos proyectos, de Lima, de sus amigas, de Kate y Matt, de Brody y los fotógrafos, de Emily e incluso de Finn. Nadie se escapó de sus pensamientos en aquella noche en la que lo único que les importaba, era que ambas estaban allí, juntas.

Una noche que había sido perfecta para entregarse, para descubrir algo que ambas deseaban, pero que quedó aplazado hasta un mejor momento.

Un momento que podría ser perfectamente aquella noche, pensó Rachel tras hablar con Brody mientras cenaban con su hija. No pudo negarle lo evidente y terminó confesándole que sí, que todas sus sospechas eran ciertas, y que había algo entre ella y Quinn.

Aquella noche era la última de Brody en Nueva York antes de regresar a Florida, para continuar con su rodaje, y fue ese mismo detalle el que la llevó hasta su casa.

Brody, como siempre hacía antes de alejarse de Emily por algún tiempo, dormía con ella en su habitación, y ella los dejaba a solas. ¿Qué mejor ocasión que aquella para poder pasar otra noche junto a Quinn? En su apartamento nada ni nadie podía interrumpirlas, sin cámaras de seguridad de hoteles que pudiesen grabarlas, y por supuesto, sin la necesidad de esconderse bajo una manta.

No tenía ni idea de si Quinn iba a terminar cediendo en sus intenciones, pero ella lo iba a intentar, porque el deseo empezaba a ser lo suficientemente incesante como para ignorarlo. Todo comenzaba en aquel instante, justo cuando se desprendía de su abrigo.

—No, no te preocupes Quinn, la verdad es que he cenado y luego me he tomado uno de los postres de Emily—sonreía divertida acercándose al sofá, donde reposaban las cajas con los adornos del árbol.

—¿Algo de beber? Sigo sin tener alcohol, pero si te apetece otra cosa… —espetó mientras buscaba en el interior de la nevera.

—Un poco de agua quizás—respondía—Tengo algo de sed y ¡Oh dios! —exclamó—¡Quinn! ¡Quinn!

La rubia se asustó ante los pequeños gritos de Rachel y no tardó en buscarla con la mirada para averiguar qué es lo que estaba sucediendo. Se quedó helada.

Rachel la miraba absorta y señalaba hacia el sofá, pero ella se había perdido en su vestimenta, en el modelo que Rachel lucía en aquel instante y que la dejó sin aire.

—¡Superman! —exclamó asustada—Está fuera de la jaula, Quinn ¡se ha escapado!

No hubo respuesta por parte de la rubia, que seguía observando como un jersey de lana en tonos grisáceos, cubría solo hasta la parte alta de su trasero, y éste quedaba prácticamente al descubierto por culpa de unos shorts negros que hacían juego con unas botas del mismo color, y apenas cubrían sus tobillos.

El resto, sus piernas. Sus piernas perfectamente torneadas y radiantes.

No era la primera vez que veía a Rachel en pantalones cortos, pero no sabía que tenían aquellos shorts que estaban dejándola completamente fuera de lugar. Algo, un efecto óptico quizás, conseguía que su mirada se quedase fija en las piernas de la morena y ésta, a pesar del shock que le estaba produciendo ver a la ardilla suelta por el salón, se había percatado.

—¡Quinn! —exclamó—Superman—señaló hacia el sofá.

—Eh, no, no te preocupes—reaccionó—La he dejado yo.

—¿Cómo? ¿La dejas suelta? ¿Y si se escapa?

—No se escapa, está todo cerrado y aunque no lo creas, se ha acostumbrado—balbuceó sin dejar de lanzar miradas furtivas hacia sus piernas.

—¿De veras? ¿Puedo acercarme?

—Claro.

—¿No me morderá?

—¿Quién no lo haría? —susurró sin poder evitarlo, y Rachel la buscó con la mirada.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? —cuestionó incrédula. La había escuchado perfectamente, pero quería necesitaba volver a oírlo.

—No, nada—se excusaba al tiempo que abandonaba la cocina con dos copas llenas de agua y se la ofrecía.

—Gracias—recibió la copa sin dejar de mirar al animal.

—Rachel, ¿tienes algún plan para esta noche? Estás, estás muy guapa ¿Piensas ir a algún lugar?

—¿Cómo? ¿A algún lugar? —se mostró confusa.

—Sí—volvía a perderse en aquellos shorts negros, y Rachel la descubría en pleno proceso, mientras se mordía los labios con más intensidad.

—No pienso ir a ningún lugar, de hecho, no tengo nada que hacer hasta mañana por la mañana.

—¿Ah no? ¿Y Em?

—Está con Brody ya te lo he dicho.

—Cierto—tragó saliva—Entonces puedes echarme una mano con los adornos ¿No es cierto?

—Claro —le sonrió tras dar un sorbo a la copa. — Yo puedo echarte una mano para lo que necesites ¿Qué tengo que hacer?

—Pues ayúdame a guardar el árbol en su caja.

—Ok, vamos allá—espetó sonriente al tiempo que dejaba la copa sobre la mesilla, y sin dejar de mirar a la ardilla, un tanto desconfiada, se dispuso a ayudarla con aquel árbol.

Tomar el árbol, doblar una a una las ramas y meterlo dentro de una caja, no debía suponer un problema, ni mucho menos un esfuerzo, a menos que lo hicieras con alguien como Rachel, pensó Quinn. Y no porque no supiera hacerlo o por falta de capacidad, sino por la tensión que comenzó a crearse entre las dos. O tal vez era algo de ella.

Solo sabía que cada vez que ambas coincidían en alguna de aquellas ramas y sus manos se rozaban, una mirada delatadora las dejaba sin argumentos para hablar. Solo acertaba a repetir el mismo gesto una y otra vez. Un gesto que evidentemente Rachel había observado y que le provocaba una leve sonrisa de satisfacción al verlo.

—Te vas a hacer daño —le dijo en uno de esos momentos en los que Quinn no pudo controlarse.

—¿Qué?

—Si sigues mordiéndote así el labio, te vas a hacer daño —le aclaró, y Quinn no pudo más que mirarla al notar la travesura en su sonrisa. —¿Algo más? —añadió divertida cuando ya lograban guardar el árbol.

—No, ya está todo… Bueno, aún falta algo—le dijo lanzando una mirada hacia el muérdago que había vuelto a colgar sobre la puerta. —Dicen que da mala suerte si lo dejas después de Navidad.

—Cierto, hay que quitarlo de ahí—le dijo al tiempo que se acercaba a la puerta dispuesta a ser ella quien retirase la rama. Obviamente, necesitaba la ayuda de Quinn para hacerlo, pero para ese instante, la rubia había vuelto a perderse por enésima vez en sus piernas, y ni siquiera había logrado reaccionar. —¿Quinn? —le dijo sacándola de su embelesamiento.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó reaccionando, y Rachel sonrió divertida —Lo siento, estaba…

—Sí, tienes que ayudarme —le interrumpió —Si me dices donde me subo.

—¿En mis hombros? —le dijo acercándose a ella.

—¿Qué? No, no ni hablar, no pienso jugármela de nuevo.

—Es una pena, pero bueno, en vez de hombros tengo brazos.

—¿Pretendes alzarme con los brazos?

—Claro, vamos gírate—le indicó con el dedo que se diese la vuelta.

—¿Estás segura?

—Segurísima. No pienso soltarte.

—Ok, pero ten cuidado conmigo, por favor—advirtió segundos antes de girarse y quedar frente a la puerta.

No estaba muy convencida hasta que notó como los brazos de la rubia se aferraban a sus caderas y apoyaba su cuerpo contra su espalda. En ese momento, justo en ese instante, supo que aquello había sido la mejor de las ideas.

—¿Lista? —le susurró junto a su cuello, y Rachel asintió hasta notar como poco a poco la fue alzando. No demasiado, solo unos cuantos centímetros—¿Llegas? —preguntó Quinn.

—Sí, perfectamente—respondía al tiempo que se hacía con la pequeña rama de muérdago—La has colocado muy bien.

—Pues la tuve que volver a poner por segunda vez, después de que la dejaras caer—le replicó—¿La tienes?

—Sí, ya puedes bajarme.

Lo hizo. Quinn volvía a dejarla en el suelo con la diferencia de que aún mantenía sus brazos alrededor de ella, sobre su cintura, y no parecía tener intención de deshacer el abrazo.

—¿Yo la dejé caer? —preguntó observando la pequeña rama entre sus manos.

—Sí, cuando discutimos aquí—susurró—Diste un portazo tan fuerte, que se cayó.

—Vaya, lo siento —Le dijo, pero Quinn no respondió. Le arrebató la ramita de entre las manos, y ante la mirada confusa de Rachel, la colocó encima de ambas. —¿Qué haces? —cuestionó al tiempo que se giraba sobre sí misma para quedar frente a la rubia.

—Vamos a aprovechar sus últimos días con vida—sonreía al tiempo que, sin pensarlo, se acercaba a sus labios y le robaba uno de aquellos besos que tanto le gustaba.

—Mmm no está mal, pero ¿sabes qué? Yo también quiero sacar provecho de ella—musitó arrebatándole la pequeña ramita, y desprendiéndose de sus brazos para caminar hasta la cocina, donde con una traviesa sonrisa, la esperó apoyada en la isleta.

Quinn no tardó en entender el juego, y no tardó en perseguirla hasta llegar a ella para ver como esa vez, era Rachel quien volvía a alzar la rama sobre sus cabezas, y la invitaba a que volviese a robarle otro beso, mientras sus manos se anclaban de nuevo a la cintura.

Pero esa vez el beso no duró lo mismo que el primero, de hecho, Rachel se olvidó de sostener la rama, y buscó rodear con sus brazos los hombros de la rubia, atrayéndola hacia ella con más intensidad.

Un beso de los que no necesitaba explicación. Un beso que consiguió que ambas se mirasen por unos segundos con la respiración entre cortada, y supiesen leer en su mirada lo que deseaban.

—Rachel—Fue Quinn quien logró enlazar varias palabras tras morder sus labios—¿A qué hora tienes que volver?

—Hasta que pueda ver el sol—susurró devolviéndole el leve mordisco.

Un gesto que comenzó a provocar una terrible necesidad en Quinn, que, sin dudarlo, volvía a hacerse dueña de los labios de su chica.

Volvía el beso, volvía la intención y volvían las manos de Quinn a aferrarse a la cintura, y las de Rachel a enredarse en su pelo.

Volvía el beso que las iba a mantener ocupadas durante minutos, aunque no supieron cuántos. El tiempo era algo que se les escapaba de las manos en aquel instante. ¿Cómo pensar en eso cuando disfrutaba de los labios cálidos de Quinn sobre los suyo? ¿Cómo pensar en las horas cuándo sus manos, ávidas y curiosas comenzaban a perderse por su cintura, y poco a poco, conseguía que se acercara más a ella? ¿Cómo pensar en los minutos si lo único que deseaba en aquel instante, era que el tiempo se detuviese?

—Quinn—ahora era Rachel quien detenía el beso y dejaba escapar aquel susurro—¿Crees que Superman sabrá cuidarse sola, aquí abajo?

La rubia la observó un tanto confusa hasta que pudo ver como los ojos de Rachel se desviaban de los suyos, y se posaban en el altillo, justo donde estaba su cama. Fue entonces cuando lo entendió.

Había llegado el momento. Ese momento del que hablaron la noche anterior y que ambas deseaban, era aquél. No había excusas, no había nada ni nadie que pudiese detener aquello y Quinn lo sabía, y se alegraba.

No supo por qué, pero la imagen de Santana gritándole "lesbiana reprimida" se apoderó de su mente, y le provocó una traviesa sonrisa que Rachel entendió como un sí, Superman podrá sobrevivir a solas en aquel amplio apartamento mientras ellas estaban en las alturas.

Que mejor metáfora para aquel momento.

Subiendo las escaleras sin desprenderse de las manos era la mejor de las alegorías para lo que iba a suceder en los siguientes minutos, horas o hasta que el sol apareciese, como Rachel prefería llamarlo. Subir hasta el cielo, aunque desde allí no pudiesen observar más que el techo de aquel cálido apartamento.

—Siento el desorden—susurró Quinn al descubrir como su cama aún aparecía desecha. Rachel sonrió y no tardó en volver a besarla con dulzura.

—¿Sabes? Estoy un poco asustada—habló Rachel.

—¿Asustaba por qué?

—Siempre me asusto ante una primera vez—sonrió un tanto ruborizada.

—También es mi primera vez—confesó al tiempo que se acercaba a su cuello, y comenzaba a besarla—Podemos aprender juntas.

—Parecemos dos adolescentes—susurró Rachel divertida—¿Cómo empezamos?

—Mmm ¿Qué tal si me seduces? —le respondió aceptando el juego —Yo me tumbo y tú me seduces —añadió dejándose caer sobre su cama.

—¿Seducirte?

—Claro, vamos Rachel, demuéstrame que no tenías razón cuando me dijiste que yo no podría estar con alguien más hermosa que yo. Demuéstrame que puedo envidiarte—susurró lanzando una mirada hacia las piernas de la morena, que, de pie frente a ella, comenzaba a sentirse extraña.

—¿Yo soy más hermosa que tú?

—Hay dos cosas que debes saber de Quinn Fabray—se reincorporó sobre el colchón—Una, me gusta disfrutar de la belleza, y dos, siempre me rodeo de personas que me suban el nivel, no que me lo bajen—bromeó.

—Eso te ha quedado demasiado soberbio ¿Lo sabias?

—Lo sé—volvía a dejarse caer sobre la cama—vamos Rachel Berry, demuéstrame que lo del teatro es una milésima parte de lo jodidamente sexy que eres.

—¿Es eso lo que pretendías cuando te subiste encima de mí para aquel ensayo? —cuestionó al tiempo que, sin pensarlo, se desprendía del jersey y dejaba ver un sencillo y a la vez seductor sujetador negro.

Quinn alzó sus cejas tras el gesto, y supo que Rachel no iba a echarse atrás. Su mirada, sus gestos y el tono que usaba, era la confirmación.

—¿Pretendías seducirme? —añadió.

—¿Lo conseguí?

—Quizás un poco

—Espero que eso no te suceda con todos los actores con los que trabajas.

—Lo mismo espero de ti—interrumpía al tiempo que, de rodillas, comenzaba a deslizarse por la cama, hasta llegar a ella y obligarla a que se reincorporase.

Aquel juego de seducción tan extraño estaba dando sus frutos.

—Te soy sincera, eres la única con quien he tenido que nombrar a Santana para no terminar excitada en un ensayo. —Le confesó Quinn.

—¿Santana? —Le cuestionó justo cuando se permitía el lujo de comenzar a desvestirla.

—Así es, mi ex me dijo que para no excitarte en una escena así, tenías que bromear con algún tipo de comentario —sonreía tras deshacerse de la camiseta—¿Ya no recuerdas lo que te dije?

—No lo recuerdo

—Te dije ¿te imaginas qué pensaría Santana si nos viese así?, y tú sonreías.

—O sea, ¿qué estabas excitada conmigo?

—Trataba de no estarlo—aclaró

—¿Lo conseguiste? —cuestionó al tiempo que se colocaba sobre ella, sentándose sobre sus piernas.

—Sí, me costó, pero logré controlarme, aunque solo un poco—hizo un pequeño gesto con sus manos, y Rachel movió su cabeza en modo de negación mientras dejaba escapar una ligera sonrisa.

—Necesitas algunas clases de interpretación—bromeó.

—Mañana en el teatro me las explicas, ahora lo que necesito es otra cosa—desvió la mirada hacia el pecho de la morena, que frente a ella le mostraba la mejor de las imágenes que podía tener en aquel instante. Ni siquiera se había percatado de que ella también permanecía de la misma forma.

Fue Rachel la primera en avanzar y adueñarse de nuevo de los labios de Quinn, que, sin poder resistirlo, terminó dejándose caer sobre la almohada, logrando así que Rachel ocupase todo el largo de su cuerpo sobre aquella cama.

Fue directo, tanto que las dos supieron que no había tiempo de más palabras ni más indirectas. Solo querían, deseaban comenzar a descubrirse como nunca habían imaginado.

Porque Rachel Berry, la chica que lideró el Glee Club hasta las nacionales y consiguió ganarlas con su talento, la chica que estuvo toda su adolescencia enamorada de un chico que nunca llegaría a estar a su altura, la chica que se marchó a Nueva York con una maleta tras ella, y que ahora vivía frente a Central Park en un lujoso penthouse, no imaginó nunca que desearía que las manos de Quinn acariciasen su cuerpo como lo estaban haciendo en aquel instante. No pensó que pudiese buscar con tanto ahínco sentir sus labios sobre los suyos y respirar de su aliento, sin miedo a represalias o a despertarse tras una extraña pesadilla. Y Quinn, Quinn Lucy Fabray sentía lo mismo.

Quinn Fabray jamás imaginó que un día como aquél 1 de enero, iba a estar tratando de acaparar cada centímetro de piel de aquella chica con sus manos, que su cuerpo iba a necesitar sentir los labios de la morena deslizándose por su cuello hasta anclarse en su clavícula. Jamás imaginó que siendo la capitana de las animadoras, la que había conquistado a medio equipo de futbol, la que tuvo que rendirse y aceptar que ser odiosa no era lo que quería para su vida, la misma chica que consiguió licenciarse en Yale, la misma chica que se marchó a Londres y regresó siendo una nueva persona, iba a volverse loca por ver frente a ella el cuerpo ya desnudo de Rachel Berry. De su Berry favorita.

Habían sido enemigas, compañeras, amigas y ahora, en aquel instante en el que ya nada quedaba por descubrir, eran amantes.

Se habían visto por los pasillos del instituto, en la sala del coro y encima de los escenarios. Se habían visto en cafeterías, en restaurantes y en un parque de atracciones. También habían tenido la oportunidad de verse en enormes carteles de publicidad, en pequeñas fotos de teléfonos y a través de cámaras webs. En videos, en el parque y despachos. Se habían visto riendo, llorando y discutiendo, pero sin duda, aquella imagen que ambas tenían en aquel instante, la una frente a la otra completamente desnudas, era sin dudas la mejor de todas.

Nada podía equipararse a aquellos pequeños suspiros que Rachel ya dejaba escapar a escasos centímetros de sus labios, mientras sus cuerpos bailaban.

Un vals, un tango, daba igual, no había nombre de baile tan sensual como aquel que estaban llevando a cabo, ni tampoco había melodía que pudiese compararse con aquellos susurros, ni película que pudiese transmitir las miradas que conseguían conectarlas y evadirlas del mundo.

¿Para qué quieres un reloj si el tiempo lo marcas tú?, pensó Rachel al sentir como su cuerpo se estremecía ante cada caricia o movimiento que Quinn le regalaba. Porque en toda esa locura de besos y susurros, sus cuerpos se dejaban llevar y se sustituían según sus deseos, ocupando lugares que antes había ocupado la otra, aprovechando cada centímetro libre de aquella cama que parecía no tener fin. Dejando atrás el desorden del que hacía gala Quinn y que, en aquel instante, se quedaba en nada con lo que habían conseguido ellas. Y no había miedos, ni tampoco hubo dudas acerca de qué hacer o cómo hacer, sólo tuvieron que dejarse guiar por lo que sentían, por lo que deseaban y descubrían. Simplemente, dejarse llevar.

Habían logrado llevar a cabo la escena más especial de sus vidas.

Una escena que no dudaron en repetir hasta que ambas quedaron convencidas de que todo estaba perfecto, o mejor, dicho hasta el que sueño terminó por vencerlas.

Y el sol, tal y como predijo Rachel, apareció tras las horas que ninguna de las dos contó, adentrándose de lleno en aquel apartamento mientras ambas dormían. No, mientras ambas dormían no, era Rachel la única que aprovechaba la comodidad de la almohada mientras Quinn, aún con el sabor de la morena en sus labios, permanecía en el sofá, observando algo en la pantalla de su ordenador.

Ni siquiera se había vestido, solo llevaba la ropa interior y la camiseta que encontró enganchada milagrosamente en la baranda de las escaleras.

Después de pasar casi una hora disfrutando del sueño de Rachel a su lado. Un sueño que a ella le abandonó hacía un par de horas por culpa del descontrol de horarios de los últimos días.

Rachel comenzó a removerse inquieta en la cama. Un rayo de sol incidía sobre ella procedente del ventanal que quedaba justo a la derecha del altillo. La despertó, y se quejó hasta que fue consciente de dónde estaba. Verse desnuda entre las sábanas le recordó cada momento vivido, y una tímida sonrisa se apoderó de su rostro hasta que descubrió como Quinn no estaba a su lado.

Quiso hablar, pero la voz apenas le salía, y decidió deslizarse por la cama hasta asomarse por la baranda. Fue ahí cuando descubrió como Quinn permanecía en el sofá, completamente centrada en el ordenador portátil que sostenía sobre sus piernas. Lanzar una mirada hacia el despertador para descubrir la hora, le hizo reaccionar.

Quinn sintió el movimiento y no dudó en alzar la mirada cuando Rachel ya bajaba las escaleras, con el jersey colado solo hasta los hombros y las botas en sus manos.

—Buenos días, dormilona—le dijo regalándole una sonrisa.

—¿Buenos días? —cuestionó con algo de molestia—¿Te parece bonito?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¿Qué haces ahí con el ordenador? —preguntó colocándose bien el jersey.

—No te lo vas a creer, pero estaba mirando el foro de esas chicas que dicen que me gustan las chicas—sonrió—Quiero saber por qué han tenido razón.

—No me lo puedo creer ¿De verdad haces eso?

—¿Qué sucede Rachel? —cuestionó al notar la seriedad en el rostro de la morena.

—¿Hemos pasado la noche juntas y tú te dedicas a mirar ese foro?

—¿Qué? Pero… —tartamudeó cerrando rápidamente el ordenador.

—Quinn Fabray ¿Dónde está tu romanticismo? —increpó con una forzada seriedad.

—¿Mi romanticismo?

—Tendrías que estar ahí arriba—señaló hacia el altillo—Dándome besos y despertándome con un buenos días mi amor, no con un ¡buenos días dormilona! desde el sofá—exclamó—¡increíble!

—Rachel, lo siento, he estado ahí hasta hace una hora o algo así, pero no podía estar más tiempo, y tú estabas tan dormida que temía despertarte.

—No pongas excusas —le replicó colocándose las botas —Hacemos el amor por primera vez juntas, y me dejas sola en la cama. ¿Dónde se ha visto eso?

—Pero, pero…

—Pero, pero… —La imitó provocando aún más el desconcierto en Quinn —Me parece increíble lo que has hecho. Increíble.

—Hey, hey…—Quinn no dudó en abandonar su asiento e interponerse en su camino, cuando ya veía que estaba dispuesta a marcharse—¿Dónde vas?

—A mi casa

—¿A tu casa? ¿No, no vamos a desayunar juntas, o al menos a hablar de cómo ha ido esta noche?

—¿Tú, que me has abandonado en la cama, quieres que hablemos de cómo ha ido nuestra primera vez?

—Rachel… Yo

—Me tengo que ir.

—Espera Rachel—insistió sin dejarla avanzar—¿De verdad que te vas ya? —preguntó confusa. —¿Te has enfadado? ¿Me vas a dejar así, sin saber qué piensas?

—¿Tú qué crees?

—No lo sé, por eso te pregunto.

—Brody sale en apenas una hora, tengo que irme o Emily se quedará sola —se excusó tratando de contener la risa.

—Ah ok, pero… —Volvía a seguirla tras ver como se colocaba el abrigo—Espera Rachel—la detuvo de nuevo junto a la puerta, evitando que pudiese abrirla—¿De verdad estas enfadada?

—Quinn—bajó la mirada fingiendo orgullo—Yo soy romántica, y me gusta que mis parejas sean románticas conmigo—susurró con un divertido gesto infantil.

—Ok—Balbuceó empezando a intuir sus verdaderas intenciones—Prometo que nunca más te dejaré sola en la cama.

—No solo en la cama—interrumpió—Tienes que redimirte por lo que has hecho, así que ve pensando en algo que consiga sorprenderme.

—¿Cómo? ¿Algo que te sorprenda? —cuestionó completamente confusa.

—Así es Quinn Fabray, tienes que redimirte por haberme dejado a solas al despertar, después de pasar toda la noche haciendo el amor conmigo—Explicó—Así que piensa en algo bonito y romántico—apuntilló dejando un pequeño toque en la nariz de la rubia—Ciao—Se despidió segundos antes de abrir la puerta, pero de nuevo Quinn la detenía y casi sin aviso, atrapaba sus labios con un intenso beso que la mantuvo por unos segundos en silencio—Ok, eso no ha estado mal—susurró tras separarse—pero quiero algo más especial—volvía a mostrarse infantil. Y así, sin dar más explicaciones, abrió la puerta ante la divertida mirada de Quinn, y se marchó dejándola completamente a solas, tratando de asimilar que hacía apenas cinco minutos, Rachel estaba completamente dormida, y en ese instante ya descendía por el ascensor. Ni siquiera se tomó la libertad de usar el baño, o de peinarse. No. Rachel despertó, se vistió mientras le soltaba todo aquel sermón para exigirle una sorpresa romántica, la besó, y se marchó. Así, sin más. Y todo ello después de haberle regalado una de las noches más especiales de toda su vida.

Y aunque por su mente rondó la duda de creer que podría haberse arrepentido de hacer el amor con ella, y por eso se había excusado con toda aquella parafernalia para huir, quiso creerla. Quiso creer que simplemente se le había hecho tarde, y que la responsabilidad por estar con su hija seguía superándola.

Superman le dio la razón, o eso creyó Quinn al ser el pequeño animal quien la sacase de sus pensamientos, golpeando su comedero para recordarle que debía darle de comer. Ella fue su única testigo, y a ella se dirigió cuando logró asumir lo que acababa de suceder.

—Lo sé, querida—le dijo acercándose al animal, que, a pesar de permanecer con la jaula abierta, la esperaba en el interior, y la miraba como si pudiese entenderla—es única. Rachel Berry es única.