Demetri nos condujo hasta la lujosa y alegre área de recepción. Gianna, la mujer, seguía en su puesto detrás del mostrador de caoba pulida. Unos altavoces ocultos llenaban la habitación con las notas nítidas de una pieza inocente.

—No os vayáis hasta que oscurezca —nos previno Demetri.

Regina asintió con la cabeza y él se marchó precipitadamente poco después.

Gianna observó la capa prestada de Regina con gesto astuto y especulativo. El cambio no pareció sorprenderle nada.

—¿Os encontráis bien las dos? —preguntó Regina entre dientes lo bastante bajo para que no pudiera captarlo la recepcionista. Su voz sonaba ruda, si es que el terciopelo puede serlo, a causa de la ansiedad. Supuse que seguía tensa por la situación.

—Será mejor que la sientes antes de que se desplome —aconsejó Ruby—. Va a caerse a pedazos.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que temblaba de la cabeza a los pies, temblaba tanto que todo mi cuerpo vibraba hasta que al fin me castañetearon los dientes, la habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor y se me nubló la vista. Durante un momento de delirio, me pregunté si era así como Graham se sentía justo antes de transformarse en hombre lobo.

Escuché un sonido discordante, como si estuvieran aserrando algo, un contrapunto extraño a la música de fondo que, por contraste, parecía risueña. El temblor me distraía lo justo para impedirme determinar la procedencia.

—Silencio, Emma, calma —me pidió Regina conforme me guiaba hacia el sofá más alejado de la curiosa humana del mostrador.

—Creo que se está poniendo histérica. Quizá deberías darle una bofetada —sugirió Ruby.

Regina le lanzó una mirada desesperada.

Entonces lo comprendí. Oh. El ruido era yo. El sonido similar al corte de una sierra eran los sollozos que salían de mi pecho. Eso era lo que me hacía temblar.

—Todo va bien, estás a salvo, todo va bien —entonaba ella una y otra vez. Me sentó en su regazo y me arropó con la gruesa capa de lana para protegerme de su piel fría.

Sabía que ese tipo de reacción era una estupidez por mi parte. ¿Quién sabía cuánto tiempo me quedaba para poder mirar su rostro? Nos habíamos salvado y ella podía dejarme en cuanto estuviéramos en libertad. Era un desperdicio, una locura, tener los ojos tan llenos de lágrimas que no pudiera verle las facciones con claridad.

Pero era detrás de mis ojos donde se encontraba la imagen que las lágrimas no podían limpiar, donde veía el rostro aterrorizado de la mujer menuda del rosario.

—Toda esa gente… —hipé.

—Lo sé —susurró ella.

—Es horrible.

—Sí, lo es. Habría deseado que no hubieras tenido que ser testigo de esto.

Apoyé la cabeza sobre el hueco de su cuello y me sequé los ojos con la gruesa capa. Respiré hondo varias veces mientras intentaba calmarme.

—¿Necesitan algo? —preguntó una voz en tono educado. Era Gianna, que se inclinaba sobre nosotras con una mirada que intentaba mostrar empatía, una mirada profesional y cercana a la vez. Al parecer, no le preocupaba tener el rostro a centímetros de una vampiresa hostil. O bien se encontraba en una total ignorancia o era muy buena en lo suyo.

—No —contestó Regina con frialdad.

Ella asintió, me sonrió y después desapareció.

Esperé a que se hubiera alejado lo bastante como para que no pudiera escucharme.

—¿Sabe ella lo que sucede aquí? —inquirí con voz baja y ronca. Empezaba a tranquilizarme y mi respiración se fue normalizando.

—Sí, lo sabe todo —contestó Regina.

—¿Sabe también que algún día pueden matarla?

—Es consciente de que existe esa posibilidad —aquello me sorprendió. El rostro de Regina era inescrutable—. Alberga la esperanza de que decidan quedársela.

Sentí que la sangre huía de mi rostro.

—¿Quiere convertirse en una de ellos?

Ella asintió una vez y clavó los ojos en mi cara a la espera de mi reacción.

Me estremecí.

—¿Cómo puede querer eso? —susurré más para mí misma que buscando realmente una respuesta—. ¿Cómo puede ver a esa gente desfilar al interior de esa habitación espantosa y querer formar parte de eso?

Regina no contestó, pero su rostro se crispó en respuesta a algo que yo había dicho.

De pronto, mientras examinaba su rostro tan hermoso e intentaba comprender el porqué de aquella crispación, me di cuenta de que, aunque fuera fugazmente, estaba de verdad en brazos de Regina y que no nos iban a matar, al menos por el momento.

—Ay, Regina —se me empezaron a saltar las lágrimas y al poco también comencé a gimotear.

Era una reacción estúpida. Las lágrimas eran demasiado gruesas para permitirme volver a verle la cara y eso era imperdonable. Con seguridad, sólo tenía de plazo hasta el crepúsculo; de nuevo como en un cuento de hadas, con límites después de los cuales acababa la magia.

—¿Qué es lo que va mal? —me preguntó todavía llena de ansiedad mientras me daba amables golpecitos en la espalda.

Enlacé mis brazos alrededor de su cuello. ¿Qué era lo peor que ella podía hacer? Sólo apartarme, así que me apretujé aún más cerca.

—¿No es de locos sentirse feliz justo en este momento? —le pregunté. La voz se me quebró dos veces.

Ella no me apartó. Me apretó fuerte contra su pecho, tan duro como el hielo, tan fuerte que me costaba respirar, incluso ahora, con mis pulmones intactos.

—Sé exactamente a qué te refieres —murmuró—, pero nos sobran razones para ser felices. La primera es que seguimos vivas.

—Sí —convine—. Ésa es una excelente razón.

—Y juntas —musitó. Su aliento era tan dulce que hizo que la cabeza me diera vueltas.

Me limité a asentir, convencida de que ella no concedía a esa afirmación la misma importancia que yo.

—Y, con un poco de suerte, todavía estaremos vivas mañana.

—Eso espero —dije con preocupación.

—Las perspectivas son buenas —me aseguró Ruby. Estaba tan quieta que casi habíamos olvidado su presencia—. Veré a Jefferson en menos de veinticuatro horas —añadió con satisfacción.

Ruby era afortunada. Ella podía confiar en su futuro.

Yo no era capaz de apartar la mirada de Regina mucho rato. La observé fijamente, deseando más que nunca ese futuro que nunca ocurriría, que aquel momento durara para siempre o si no, que yo dejara de existir cuando acabara.

Regina me devolvió la mirada, con sus suaves ojos oscuros y resultó fácil pretender que ella sentía lo mismo. Y así lo hice. Me lo imaginé para que el momento tuviera un sabor más dulce.

Recorrió mis ojeras con la punta de los dedos.

—Pareces muy cansada.

—Y tú sedienta —le repliqué en un susurro mientras estudiaba las marcas moradas debajo de sus pupilas negras.

Ella se encogió de hombros.

—No es nada.

—¿Estás segura? Puedo sentarme con Ruby —le ofrecí, aunque a regañadientes; preferiría que me matara en ese instante antes que moverme un centímetro de donde estaba.

—No seas ridícula —suspiró; su aliento dulce me acarició la cara—. Nunca he controlado más esa parte de mi naturaleza que en este momento.

Tenía miles de preguntas para ella. Una de ellas pugnaba por salir ahora de mis labios, pero me mordí la lengua. No quería echar a perder el momento, aunque fuera imperfecto, así, en una habitación que me ponía enferma, bajo la mirada de una mujer que deseaba convertirse en un monstruo.

En sus brazos, era más que fácil fantasear con la idea de que ella me amaba. No quería pensar sobre sus motivaciones en ese momento, máxime si estaba actuando de ese modo para mantenerme tranquila mientras continuara el peligro, o bien porque se sentía culpable de que yo estuviera allí y no deseaba sentirse responsable de mi muerte. Quizás el tiempo que habíamos pasado separadas había bastado para que no la aburriera todavía, pero nada de esto importaba. Me sentía mucho más feliz fantaseando.

Permanecí quieta en sus brazos, memorizando su rostro otra vez, engañándome…

Me miraba como si ella estuviera haciendo lo mismo aunque entretanto discutía con Ruby sobre la mejor forma de volver a casa. Intercambiaban rápidos cuchicheos, y comprendí que actuaban así para que Gianna no pudiera entenderlas. Incluso yo, que estaba a su lado, me perdí la mitad de la conversación. Me dio la impresión de que el asunto iba a requerir algún robo más. Me pregunté con cierto desapego si el propietario del Porsche amarillo habría recuperado ya su coche.

—¿Y qué era toda esa cháchara sobre cantantes? —preguntó Ruby en un momento determinado.

—La tua cantante —señaló Regina. Su voz convirtió las palabras en música.

—Sí, eso —afirmó Ruby y yo me concentré por un momento. Yo también me preguntaba lo mismo.

Sentí cómo Regina se encogía de hombros.

—Ellos tienen un nombre para alguien que huele del modo que Emma huele para mí. La llaman «mi cantante», porque su sangre canta para mí.

Ruby se echó a reír.

Estaba lo suficientemente agotada como para dormirme, pero luché contra el cansancio. No quería perderme ni un segundo del tiempo que pudiera pasar en su compañía. De vez en cuando, mientras hablaba con Ruby, se inclinaba repentinamente y me besaba. Sus labios carnosos —suaves como el vidrio pulido— me rozaban el pelo, la frente, la punta de la nariz. Cada beso era como si aplicara una descarga eléctrica a mi corazón, aletargado durante tanto tiempo. El sonido de sus latidos parecía llenar por completo la habitación.

Era el paraíso, aunque estuviéramos en el mismo centro del infierno.

Perdí la noción del tiempo por completo, por lo que me entró el pánico cuando los brazos de Regina se tensaron en torno a mí y ella y Ruby miraron al fondo de la habitación con gesto de preocupación. Me encogí contra el pecho de Regina al ver a Robin traspasar las puertas de doble hoja. Ahora, sus ojos eran de un vivido color rubí; a pesar del «almuerzo», no se le veía ni una mancha en la ropa.

Eran buenas noticias.

—Ahora, sois libres para marcharos —anunció con un tono tan cálido que cualquiera hubiera pensado que éramos amigos de toda la vida—. Lo único que os pedimos es que no permanezcáis en la ciudad.

Regina no hizo amago de protestar; su voz era fría como el hielo.

—Eso no es problema.

Robin sonrió, asintió y desapareció de nuevo.

—Al doblar la esquina, sigan el pasillo a la derecha hasta llegar a los primeros ascensores —nos indicó Gianna mientras Regina me ayudaba a ponerme en pie—. El vestíbulo y las salidas a la calle están dos pisos más abajo. Adiós, entonces —añadió con amabilidad. Me pregunté si su competencia bastaría para salvarla.

Ruby le lanzó una mirada sombría.

Me sentí aliviada al pensar que había otra salida al exterior; no estaba segura de poder soportar otro paseo por el subterráneo.

Salimos por un lujoso vestíbulo decorado con gran gusto. Fui la única que volvió la vista atrás para contemplar el castillo medieval que albergaba la elaborada tapadera. Sentí un gran alivio al no divisar la torrecilla desde allí.

Los festejos continuaban con todo su esplendor. Las farolas empezaban a encenderse mientras recorríamos a toda prisa las estrechas callejuelas adoquinadas. En lo alto, el cielo era de un gris mate que se iba desvaneciendo, pero la oscuridad era mayor en las calles dada la cercanía de los edificios entre sí.

También la fiesta se volvía más oscura. La capa larga que arrastraba Regina no llamaba ahora la atención del modo que lo habría hecho en una tarde normal en Volterra. Había otras personas que también llevaban capas de satén negro, y los colmillos de plástico que yo había visto llevar a los niños en la plaza parecían haberse vuelto muy populares entre los adultos.

—Ridículo —masculló Regina en una ocasión.

No me di cuenta del momento en que Ruby desapareció de mi lado. Miré alrededor para hacerle una pregunta, pero ya se había ido.

—¿Dónde está Ruby? —susurré llena de pánico.

—Ha ido a recuperar vuestros bolsos de donde los escondió esta mañana.

Se me había olvidado que podría usar mi cepillo de dientes. Esto mejoró mi ánimo de forma considerable.

—Está robando otro coche, ¿no? —adiviné.

Me dedicó una gran sonrisa.

—No hasta que salgamos de Volterra.

Parecía que quedaba un camino muy largo hasta la entrada. Regina se dio cuenta de que me hallaba al límite de mis fuerzas; me pasó el brazo por la cintura y soportó la mayor parte de mi peso mientras andábamos.

Me estremecí cuando me guió a través de un arco de piedra oscura. Encima de nosotras había un enorme rastrillo antiguo. Parecía la puerta de una jaula a punto de caer delante de nosotras y dejarnos atrapadas.

Me llevó hasta un coche oscuro que esperaba en un charco de sombras a la derecha de la puerta, con el motor en marcha. Para mi sorpresa, se deslizó en el asiento trasero conmigo y no insistió en conducir ella.

Ruby habló en son de disculpa.

—Lo siento —hizo un gesto vago hacia el salpicadero—. No había mucho donde escoger.

—Está muy bien, Ruby —sonrió ampliamente—. No todo van a ser Turbos 911.

Ella suspiró.

—Voy a tener que comprarme uno de ésos legalmente. Era fabuloso.

—Te regalaré uno para Navidades —le prometió Regina.

Ruby se dio la vuelta para dedicarle una sonrisa resplandeciente, lo que me preocupó, ya que había empezado a acelerar por la ladera oscura y llena de curvas.

—Amarillo —le dijo ella.

Regina me mantuvo abrazada con fuerza. Me sentía calentita y cómoda dentro de la capa gris. Más que cómoda.

—Ahora puedes dormirte, Emma —murmuró—, ya ha terminado todo.

Sabía que se estaba refiriendo al peligro, a la pesadilla en la vieja ciudad, pero yo tuve que tragar saliva con fuerza antes de poderle contestar.

—No quiero dormir. No estoy cansada.

Sólo la segunda parte era mentira. No estaba dispuesta a cerrar los ojos. El coche apenas estaba iluminado por los instrumentos de control del salpicadero, pero bastaba para que le viera el rostro.

Presionó los labios contra el hueco que había debajo de mi oreja.

—Inténtalo —me animó.

Yo sacudí la cabeza.

Suspiró.

—Sigues igual de cabezota.

Lo era. Luché para evitar que se cerraran mis pesados párpados y gané.

La carretera oscura fue el peor tramo; luego, las luces brillantes del aeropuerto de Florencia me ayudaron a seguir despierta, y también el hecho de poder cepillarme los dientes y ponerme ropa limpia; Ruby le compró ropa nueva a Regina, una camisa color vino tinto, un jean negro ceñido a sus hermosas curvas y dejó la capa oscura en un montón de basura en un callejón. El vuelo a Roma era tan corto que no hubo oportunidad de que me venciera la fatiga. Me hice a la idea de que el de Roma a Atlanta sería harina de otro costal de todas formas, por eso le pregunté a la azafata de vuelo si podía traerme una Coca-Cola.

—Emma… —me reconvino Regina, conocedora de mi poca tolerancia a la cafeína.

Ruby viajaba en el asiento de atrás. Podía oírle murmurar algo a Jefferson por el móvil.

—No quiero dormir —le recordé. Le di una excusa que resultaba creíble porque era cierta—. Veré cosas que no quiero ver si cierro ahora los ojos. Tendré pesadillas.

No discutió conmigo después de eso.

Podría haber sido un magnífico momento para charlar y obtener las respuestas que necesitaba. Las necesitaba, pero en realidad, prefería no escucharlas. Me desesperaba simplemente el pensar lo que podría oír. Teníamos cierto tiempo por delante y ella no podía escapar de mí en un avión, bueno, al menos, no con facilidad. Nadie podía escucharnos excepto Ruby; era tarde y la mayoría de los pasajeros estaba apagando las luces y pidiendo almohadas en voz baja. Charlar podría haberme ayudado a luchar contra el agotamiento.

Pero, de forma perversa, me mordí la lengua para evitar el flujo de preguntas que me inundaban. Probablemente, me fallaba el razonamiento debido al cansancio extremo, pero esperaba comprar algunas horas más de su compañía y ganar otra noche más, al estilo de Sherezade, si posponía la discusión.

Así que conseguí mantenerme despierta a base de beber Coca-Cola y resistir incluso la necesidad de parpadear. Regina parecía estar perfectamente feliz teniéndome en sus brazos, con sus dedos recorriéndome el rostro una y otra vez. Yo también le toqué la cara. No podía parar, aunque temía que luego, cuando volviera a estar sola, eso me haría sufrir más. Continuó besándome el pelo, la frente, las muñecas… pero nunca los labios y eso estuvo bien. Después de todo, ¿de cuántas maneras se puede destrozar un corazón y esperar de él que continúe latiendo? En los últimos días había sobrevivido a un montón de cosas que deberían haber acabado conmigo, pero eso no me hacía sentirme más fuerte. Al contrario, me notaba tremendamente frágil, como si una sola palabra pudiera hacerme pedazos.

Regina no habló. Quizás albergaba la esperanza de que me durmiera. O quizá no tenía nada que decir.

Salí triunfante en la lucha contra mis párpados pesados. Estaba despierta cuando llegamos al aeropuerto de Atlanta e incluso vimos el sol comenzando a alzarse sobre la cubierta, nubosa de Seattle antes de que Regina cerrara el estor de la ventanilla. Me sentí orgullosa de mí misma. No me había perdido ni un solo minuto.

Ruby y Regina no se sorprendieron por la recepción que nos esperaba en el aeropuerto Sea-Tac, pero a mí me pilló con la guardia baja. Jefferson fue el primero que divisé, aunque él no pareció verme a mí en absoluto. Sólo tenía ojos para Ruby. Se acercó rápidamente a ella, aunque no se abrazaron como otras parejas que se habían encontrado allí. Se limitaron a mirarse a los ojos el uno al otro, y a pesar de todo, de algún modo, el momento fue tan íntimo que me hizo sentir la necesidad de mirar hacia otro lado.

Henry y Cora esperaban en una esquina tranquila lejos de la línea de los detectores de metales, a la sombra de un gran pilar. Cora se me acercó, abrazándome con fuerza y cierta dificultad, porque Regina aún mantenía sus brazos en torno a mí.

—¡Cuánto te lo agradezco…! —me susurró al oído.

Después, se arrojó en brazos de Regina y parecía como si estuviera llorando a pesar de que no era posible.

—Nunca me hagas pasar por esto otra vez —casi le gruñó.

Regina le dedicó una enorme sonrisa, arrepentida.

—Lo siento, mamá.

—Gracias, Emma —me dijo Henry—. Estamos en deuda contigo.

—Para nada —murmuré. La noche en vela empezaba a pasarme factura. Sentía la cabeza desconectada del cuerpo.

—Está más muerta que viva —reprendió Cora a Regina—. Llévala a casa.

No sabía si era a casa adonde quería irme ahora; llegados a este punto, me tambaleé, medio ciega a través del aeropuerto, mientras Regina me sujetaba de un brazo y Cora por el otro.

No estaba segura de si Ruby y Jefferson nos seguían o no, y me sentía demasiado exhausta para mirar.

Creo que, aunque continuara andando, en realidad estaba dormida cuando llegamos al coche. La sorpresa de ver a Killian y Zelena apoyados contra el gran Sedán negro, bajo las luces tenues del aparcamiento, me recordó algo. Regina se envaró.

—No lo hagas —susurró Cora—. Ella lo ha pasado fatal.

—Qué menos —dijo Regina, sin hacer intento alguno de bajar la voz.

—No ha sido culpa suya —intervine yo, con la voz pastosa por el agotamiento.

—Déjala que se disculpe —suplicó Cora—. Nosotros iremos con Jefferson y Ruby.

Regina fulminó con la mirada a aquella vampira pelirroja, absurdamente hermosa, que nos esperaba.

—Por favor, Regina —le dije. No me apetecía viajar con Zelena más que a ella, pero yo había causado suficiente discordia ya en su familia.

Ella suspiró y me empujó hacia el coche.

Killian y Zelena se deslizaron en los asientos delanteros sin decir una palabra, mientras Regina me acomodaba otra vez en la parte trasera. Sabía que no iba a conseguir mantener abiertos los párpados mucho más tiempo, así que dejé caer la cabeza contra su pecho, derrotada, y permití que se cerraran. Sentí que el coche revivía con un ronroneo.

—Regina —comenzó Zelena.

—Ya sé —el tono brusco de Regina no era nada generoso.

—¿Emma? —me preguntó con suavidad.

Mis párpados revolotearon abiertos de golpe. Era la primera vez que ella se dirigía a mí directamente.

—¿Sí, Zelena? —le pregunté, vacilante.

—Lo siento muchísimo, Emma. Me he sentido fatal con todo esto y te agradezco un montón que hayas tenido el valor de ir y salvar a mi hermana después de todo lo que hice. Por favor, dime que me perdonas.

Las palabras eran torpes, y sonaban forzadas por la vergüenza, pero parecían sinceras.

—Por supuesto, Zelena —mascullé, aferrándome a cualquier oportunidad que la hiciera odiarme un poco menos—. No ha sido culpa tuya en absoluto. Fui yo la que saltó del maldito acantilado. Claro que te perdono.

El discurso me salió de una sensiblería bastante empalagosa.

—No vale hasta que recupere la conciencia, Zel —se burló Regina.

—Estoy consciente —repliqué; sólo que sonó como un suspiro incomprensible.

—Déjala dormir —insistió Regina, pero ahora su voz se volvió un poco más cálida.

Todo quedó en silencio, a excepción del suave ronroneo del motor. Debí de quedarme dormida, porque me pareció que sólo habían pasado unos segundos cuando la puerta se abrió y Regina me sacó del coche. No podía abrir los ojos. Al principio, pensé que todavía estábamos en el aeropuerto.

Y entonces escuché a David.

—¡Emma! —gritó a lo lejos.

—David —murmuré, intentando sacudirme el sopor.

—Silencio —susurró Regina—. Todo va bien; estás en casa y a salvo. Duérmete ya.

—No me puedo creer que tengas la cara dura de aparecer por aquí —bramó David, dirigiéndose a Regina. Su voz sonaba ahora más cercana.

—Déjala, papá —gruñí, pero él no me escuchó.

—¿Qué le ha pasado? —inquirió David.

—Sólo está extenuada, David —lo tranquilizó Regina con serenidad—. Por favor, déjala descansar.

—¡No me digas lo que tengo que hacer! —gritó David—. ¡Dámela! ¡Y quítale las manos de encima!

Regina intentó trasladarme a los brazos de David, pero yo me aferré a ella usando mis tenaces dedos. Sentí cómo mi padre tiraba de mi brazo.

—Déjalo ya, papá —conseguí decir en voz más alta. Me las apañé para mantener los párpados abiertos y mirar a David con los ojos legañosos—. Enfádate conmigo.

Estábamos en la puerta principal de mi casa, que permanecía abierta. La capa de nubes era demasiado espesa para determinar la hora.

—Puedes apostar a que sí —prometió David—. Entra.

—Vale. Bájame —suspiré.

Regina me puso de pie. Sabía que estaba derecha, pero no sentía las piernas. Caminé con dificultad, hasta que la acera giró de pronto hacia mi rostro. Los brazos de Regina me atraparon antes de que me diera un buen trompazo contra el asfalto.

—Déjame sólo que la lleve a su cuarto —pidió Regina—. Después me marcharé.

—No —grité, llena de pánico. Todavía no había conseguido mis respuestas. Debía quedarse al menos hasta ese momento, ¿no?

—No estaré lejos —me prometió Regina, susurrándome tan bajo al oído que no había ni una posibilidad de que David pudiera haberla oído.

No escuché la respuesta de David, pero Regina entró en la casa. Mis ojos sólo aguantaron abiertos hasta las escaleras. La última cosa que sentí fueron las manos frías de Regina mientras me soltaba los dedos, aferrados a su camisa.