Dos cosas dejaron a Senku agotado hasta un punto que no creía posible en el transcurrir de esos dos meses que pasaron desde que le "habló" por primera vez a su futuro leoncito: La construcción de la casa a toda velocidad, para que estuviese lista antes del invierno, y Kohaku. De hecho, por momentos el científico ponía en duda si el cansancio físico de ayudar a levantar paredes y de controlar la construcción, no fuese más liviano que el que le causaba la leona. Si ella era enérgica y directa por naturaleza, ahora era eso potenciado al diez billones por ciento. El segundo trimestre de embarazo le estaba resultando mucho más liviano y agradable, sobre todo porque ya había dejado de tener náuseas y mareos, y sus cambios de humor por las hormonas se habían equilibrado. Pero ahora estaba demasiado cómoda con el embarazo, así que estaba compensando por todo el tiempo que se había tenido que quedar quieta, y todo lo que no había podido hacer.
Como Kohaku podía entrenar cada vez menos, salvo ejercicios muy livianos y rozando lo aburrido para lo que estaba acostumbrada, la energía que tenía acumulada fue directamente a "interactuar" con Senku. Al principio para el científico fue la gloria, siempre tener encuentros íntimos con su leona era algo que disfrutaba, y más después de casi cuatro meses de abstinencia. Pero con cada semana que pasaba desde la reactivación de la libido de su mujer, comenzó a ser una relación inversamente proporcional con las ganas y la resistencia física de él. No porque no la deseara, sino porque realmente Kohaku se había puesto muy…demandante, y desquitaba con él su necesidad de descarga de energía. Y a eso se le sumaba los famosos antojos, pero ese era el momento en que Senku agradecía que la rubia nunca se enterara de todos los maravillosos dulces que existían en su tiempo. En el mundo de piedra la única satisfacción dulce natural la tenían con frutas, o el algodón de azúcar que sí habían llegado a conocer. Senku había considerado la idea de hacer helado, pero decidió postergarlo para más adelante, para evitar que Kohaku le rogara por hacerlo a una hora ridícula, si le llegara a dar antojo. Todavía no sabía de lo que se perdía, así que no había daño alguno ahí, y a veces era mejor guardarse alguna que otra información.
La parte positiva de todo eso era que el científico se estaba volviendo más resistente físicamente, su antiguo yo se hubiera cansado sólo con levantar un par de troncos, y ahora tenía que cargar con carretillas de ladrillo y cemento diariamente, pero con el correr de los meses hasta él se sorprendía de que no se agotaba tan fácilmente. Su contextura física no había cambiado, pero era innegable que ya había superado un poco el límite de tener la fuerza de una pulga. Al menos trabajar tanto le ayudaba a quitar de su cabeza la ansiedad que le provocaba el pensamiento más recurrente en su cabeza: Iba a ser padre. Estaba a unos tres meses de convertirse en padre. Él, que apenas estaba digiriendo haberse CASADO apenas a los dieciocho años. Fue una elección voluntaria, y aunque en otro tiempo y lugar la hubiera considerado imposible y absurda, ahora las cosas eran así. Y casarse tampoco había sido un cambio tan grande en su vida, más allá de la ceremonia y la promesa de estar juntos por siempre, seguía su vida normal con Kohaku.
Pero no pudo ni disfrutar de su incipiente vida de casado, cuando la noticia del embarazo cayó sobre ellos como una bomba. Podía ser una broma del destino, por haberse desinteresado durante tanto tiempo en las relaciones románticas, pero lo cierto era que su cabeza y su lado racional estaban hechos un desastre últimamente. En particular porque esta vez estaba caminando sobre terreno pantanoso totalmente, y la ciencia no podría ayudarlo demasiado en esto. Podía saber la teoría de las necesidades de un bebé, y basarse en la experiencia de otras personas para anticiparse y así poder mejorar su desempeño paternal, pero nada más, el resto estaría totalmente fuera de su control, y eso era lo que más le aterraba. Y esta nueva situación iba a durar por el resto de su vida, no era algo temporal o una etapa, y no tenía ni idea cómo iba a lidiar con la despetrificación del mundo a la par que tenía un niño que cuidar, y por el que tenía que vivir no importa lo que sucediera. Por lo pronto, no pensaba hacer nada arriesgado por el próximo año y medio. Sí seguir investigando y avanzando en los inventos científicos, cuestión de tener todo listo para cuando su leoncito fuera más independiente, y tuviera una salud y movilidad menos delicada que la de un bebé. ¿Lo llevaría a sus viajes alrededor del mundo con él? Era un riesgo enorme…pero tampoco pensaba dejarlo atrás, para lo que tenía planeado iban a estar al menos varios meses en otros lugares del mundo.
Sí, lo más lógico era sólo tener que separarse si era estrictamente necesario y no hubiera otra forma. Quizás sería el momento de comenzar a delegar más en sus amigos de este mundo, y que no todo dependiera de él. De hecho, era algo que hace rato venía pensando, porque no era inmortal ni inmune a las enfermedades o accidentes, y si algo le pasaba, no podía terminar el destino del mundo con él y su vida. Chrome ya se había negado una vez a que le legara todo su conocimiento, pero era una situación distinta, ahora no tenía ninguna intención de morir, ni siquiera la consideraba como una de sus posibilidades, y estaba seguro que, si el castaño le creía en eso, sería más fácil convencerlo de aceptar su conocimiento. Y en el peor de los casos, podía dejarlo todo por escrito, para que sus amigos del mundo moderno supieran cómo seguir. Pero esto eran sólo precauciones, no dudaba ni un milímetro en que poco a poco se abriría camino en descubrir los misterios de la petrificación, aunque le tomara muchos años hacerlo. Ya tenían el platino para la fórmula de despetrificación infinita, y eso había sido uno de los mayores regalos científicos de su padre, con lo cual estaba seguro que buena parte de su misión estaba encaminada, lo que faltaba era descubrir la forma de que no volviera a suceder y detener al que había causado toda esa tragedia, pero eso iba a tener que esperar dadas las circunstancias, ya encontraría la forma de lidiar con todo.
El embarazo de Kohaku avanzaba sin complicaciones, poco a poco se empezaba a notar más la hinchazón de su vientre, y eso volvía todo más real y literalmente palpable, pero los ayudaba a hacerse a la idea. Ella sí sentía esos burbujeos o mínimos movimientos, pero según Senku, recién para cuando estuviera comenzando el sexto mes de embarazo sería cuando empezaría a sentir más movimientos. Cada tanto él apoyaba sus manos en la panza de ella, pero se excusaba diciendo que era parte del chequeo científico, aunque Kohaku podía ver una mínima sonrisa en su rostro cuando lo hacía, o que sus ojos brillaban un poco más, cosas demasiado bien disimuladas para cualquier otro que no lo conociera tanto como ella.
Senku había dibujado un calendario, y como sabía perfectamente en qué día del mes estaban, le había dicho que podía tachar los días, y así ella también llevaría la cuenta. Al décimo día después de comenzar el sexto mes de embarazo, Kohaku estaba con su hermana y su padre, había comenzado a enseñarles a leer y escribir, al menos eso la mantenía ocupada y entretenida. Ruri sabía un poco más porque había asistido a algunas de las clases de la "academia científica", pero como luego se habían interrumpido, había abandonado la práctica. A Kokuyo, por el otro lado, no le había durado mucho la paciencia, y había aprendido un par de caracteres y a escribir su nombre. Como Kohaku siguió aprendiendo con Senku, ya tenía mucha más facilidad para leer y escribir que los demás, así que le había propuesto a su hermana la idea de enseñarle, para que escribieran juntas las cien historias de la aldea.
Kohaku le estaba mostrando a su hermana y su padre unas tarjetas de papel con las sílabas del idioma, jugando cada vez a mayor velocidad, y se estaba comenzando a morir de risa por dentro por las caras de concentración que tenían, cuando de pronto sintió algo que la dejó paralizada, y la hizo soltar las tarjetas. Ellos lo notaron, y se acercaron preocupados, porque la vieron tocarse el vientre.
- ¡Hija! ¿Qué sucede?... ¿Te sientes mal? ¿Te duele?
- ¿Llamo a Senku? ¿O a Françoise?
- No… –el corazón de Kohaku latía muy rápido, con la súbita y extraña sensación que había sentido– No, no fue doloroso. Fue raro, creo que…lo sentí.
- ¿Al bebé? ¿Se movió? –La preocupación de Kokuyo cambió a una expresión de anhelo.
- Sí…pero no como suele hacerlo, fue…como un golpe. Creo que pateó.
Tanto Ruri como Kokuyo mostraron la misma cara de sorpresa y emoción, y apoyaron sus manos también, pero no sintieron nada.
- Tal vez lo hizo porque me estaba riendo mucho.
- ¿Y si te hacemos reír? –preguntó el padre con una sonrisa pícara.
- ¡Papá! No es como tiene que ser. Es la primera vez que lo siento tan fuerte, supongo que a partir de ahora volverá a hacerlo. Las madres de la aldea me dijeron que, siendo primeriza, tardan más en sentirse las primeras veces. Quiero ir a contarle a Senku, ¿les molesta si lo dejamos por ahora? Luego seguimos.
- Para nada hija, ve. Estoy seguro que se pondrá muy contento con la noticia.
- Contento no es la palabra que usaría, pero sí, lo querrá saber.
Kohaku salió caminando rápido de la choza de su familia, y fue a buscar al científico a la construcción de la casa. Lo encontró ahí, tal como pensaba, pero notó que había soltado un largo suspiro mientras cerraba los ojos, como preparándose para algo de antemano.
- ¿Qué fue eso? –Le preguntó entrecerrando sus ojos aguamarina.
- ¿A qué te refieres, leona?
- Esa expresión… suspiraste cuando me viste.
- Ah… no, nada, no te preocupes –Decirle que pensaba "no de nuevo, que no venga excitada" no estaba en su lista de respuestas si quería seguir vivo– ¿Qué necesitabas? ¿No estabas con tu familia enseñándoles a leer? –Admitir que se le había ocurrido eso para mantenerla entretenida y ocupada en otra cosa que no sea él, tampoco estaba en su lista de respuestas–.
- Sí, estábamos en eso, pero el bebé pateó por primera vez, Senku.
- ¿Qué? ¿En serio? –Sus ojos se abrieron, y se quedó duro un segundo, salvo sus ojos que bajaron hasta el vientre de ella.
- ¡Sí! Fue una sola vez, pero no tengo dudas. Fue distinto a esos burbujeos que te conté, estoy segura que tú también lo sentirías esta vez, no es como lo otro.
- Eso es bueno, significa que está bien y cómodo ahí dentro. ¿Qué estabas haciendo cuando pateó?
- Me estaba riendo, mientras hacía ese juego de tarjetas con ellos. ¿Habrá sido porque sintió que me tensaba para reír?
- Puede ser, es lo más seguro.
- Podrías estar un poco más emocionado, lo dices tan tranquilo como si no fuera la gran cosa –le hizo un mohín, desilusionada–.
- No sé qué quieres que haga –Se encogió de hombros– No estaba ahí, y no faltará ocasión de que vuelva a suceder y lo sienta. Me gusta la noticia, pero no es como si pudiera hacer algo al respecto. No vas a esperar que ponga mis manos encima de ti por horas hasta sentirlo nuevamente, cuando no sabemos cuándo lo volverá a hacer.
- No, ya lo sé. En fin, tienes razón. Pero quería que fueras el primero en saberlo, fuera de mi familia que estaba ahí.
- Gracias, leona –le sonrió con más calidez, para compensar su falta de reacción anterior.
Kohaku lo sorprendió agarrándole la cara para darle un beso, y se volvió a la choza familiar.
Luego del atardecer, cuando finalmente Senku había terminado su arduo día de trabajo en la casa, volvió prácticamente arrastrando los pies a su choza. Estaba molido, pero satisfecho de que faltaba poco. Como no tenían pintura, ni sistema de cañerías ni cloacas como las casas modernas, había resultado mucho más fácil de construir de lo que pensaba, y sumado a la solidaridad y el entusiasmo de sus amigos y los aldeanos por verla terminada, se estaba adelantando su finalización un par de meses. Calculaba que en una semana ya estaría lista, y ya podría volver a abocarse a un nuevo proyecto científico, que ya extrañaba horrores, levantar paredes no era su vocación, ni un milímetro. Encontró a Kohaku preparando un estofado en una olla de hierro, lo cual su estómago agradeció con un rugido, necesitaba una comida caliente para volver a la vida. Como Françoise no participaba de la construcción, otra de las ideas que había tenido Senku para mantener entretenida a la rubia, fue que aprendiera a cocinar con ella, en especial las comidas nutritivas que le servirían para alimentar al leoncito más adelante. Y él aprendería de la leona también, pero en ese momento tenía las manos ocupadas con la casa.
Cuando terminaron de cenar, estaban los dos ya satisfechos y les estaba comenzando a dar sueño, en especial a Senku, pero para hacer algo distinto, se levantó y le tendió una mano a Kohaku. Ella lo miró extrañada, pero se la agarró y se puso de pie también. El peliverde tomó una manta gruesa, y sin soltarle la mano, salieron de la choza, y caminaron hasta casi el puente de entrada a la aldea, donde se encontraba el "reino científico". Senku se sentó en el piso, y la sentó a ella delante de él, entre sus piernas, y los rodeó a ambos con la manta, entrando en un confortable calor. La rubia se acurrucó contra él, y le tomó las manos para colocarlas en su vientre, con las de ella encima. En el caso de que al bebé se le ocurriera volver a llamar la atención, lo cual no había pasado durante el día, por lo menos esta vez podría sentirlo directamente.
- Hace mucho que no nos dedicábamos a mirar las estrellas –Dijo Kohaku, suspirando profundo y admirando el impresionante espectáculo que era el cielo.
- Pensé lo mismo, por eso se me ocurrió venir. Y en unos meses hará bastante frío, y no será tan agradable estar a la intemperie, aunque también es verdad que se verán mejor otras constelaciones.
- No sé mucho de eso, les hemos puesto algunos nombres con Ruri cuando éramos chicas, jugando, pero me dijiste que en tu tiempo tenían nombres fijos y muchas tenían historias.
- Sí, así es. Byakuya en todas las estaciones del año me llevaba a algún campo cuando era chico. En el mundo moderno había demasiadas luces artificiales, ni que hablar en la ciudad en que vivíamos, por lo que no se podía observar un cielo decente salvo que nos alejáramos al menos unos cuántos kilómetros.
- Qué lindo… ¿y hacían algo como esto?
- Sí –sonrió con nostalgia– Y llevábamos un telescopio que teníamos, unos recipientes para tomar bebida caliente para cuando hacía frío, y él me mostraba las constelaciones, me enseñaba cúmulos y galaxias, y me contaba las historias. A veces se hacía muy tarde, y más de una vez él se quedaba dormido sentado mientras yo seguía mirando por el telescopio.
- Suena divertido, y como que lo pasaban muy bien. Me encantaría que sigas esa tradición con nuestro hijo, cuando crezca.
- Diez billones por ciento seguro que lo haré. Aunque aquí ya tenemos un buen cielo, y el telescopio, así que podremos venir todo lo seguido que queramos.
- Sí, es verdad. Sabes… hace unos meses me moría de miedo y de ansiedad por saber que tendríamos un bebé tan pronto. Y ahora no puedo esperar, no cuando ya lo siento moverse dentro mío. No sé, de seguro que cuando se acerque el momento me volverá a dar miedo y todo eso, y luego no sabremos qué hacer, pero ahora se siente bien.
- ¿Será que la leona está perdiendo sus colmillos?
- Yo que tú no me confiaría tanto.
- No, ni un milímetro. Ya me lo demuestras cada día que un embarazo de seis meses apenas si lo haces notar, y que si fuese por ti harías muchas más cosas irresponsables.
- ¿Qué crees que sea? ¿Niño o niña?
- No tengo idea, pero no me preocupa. Mientras nazca bien y sano.
- Ya lo sé, yo también pienso lo mismo. Se me hace más fácil imaginarte con un niño…que ya de chico le enseñes sobre la ciencia y estén adorablemente juntos, como lo que me cuentas de tu padre y tú…pero que también tenga mi energía, o por lo menos sea fuerte y ágil. Aunque si fuese una niña sí que será divertido, ahí ya no vas a poder mantener tu fachada seria, y tú que te ríes de mi padre, ya quiero verte cuando sea grande y tenga pretendientes. Los padres así terminan siendo los más babosos, si lo sabré por mi papá, cuando era niña…
- Para eso faltan diez billones de años, leona. Y quién sabe, tal vez sea tan indiferente y torpe para el romance como nosotros, y ya le corre la genética de escasa demostración de afecto por parte de ambos padres. Lo que sí me preocupa… –bajó su voz, pensativo– Bueno… hay un defecto genético que podemos transmitirle.
- ¡¿Qué?! ¿Cuál? –Lo miró preocupada, por la expresión con el ceño fruncido en su rostro.
- Será un problema si hereda nuestro cabello, ya sea el tuyo o el mío.
- ¿Eh? –Por un segundo pensó seriamente en qué problema podía tener eso, hasta que se dio cuenta que era una broma por la mínima burlona sonrisa que empezaba a dibujarse en su rostro, y le pegó un codazo– ¡Tonto! ¡No me asustes así!
- No te asusto, pero es la verdad. Imagina que hereda mis pelos parados, pero con tu color rubio…sería un super sayayin, diez billones por ciento seguro.
- ¿Saya…qué? –No entendió ni una palabra de eso, y se preguntaba si sería algo científico.
- Nada, nada –No pudo aguantar una pequeña carcajada, ante la imagen que venía a su mente– Era algo así como una faceta de un personaje de… bueno, digamos que de un entretenimiento de mi tiempo. Aunque tu padre y Ruri tienen el pelo lacio, todavía tenemos esperanza, ojalá tus genes sean más fuertes que los míos en eso. Como sea, va a estar bien.
- Claro que sí.
Kohaku giró su cabeza, y alzó su cara hacia Senku, y se miraron a los ojos con una suave sonrisa dibujada en los labios. Se acercaron hasta besarse, un beso largo y dulce, de esos que no querían que se terminen nunca, de tan suaves y cariñosos que eran. Pero de pronto Senku abrió mucho los ojos, y se quedó con la boca entreabierta junto a los labios de ella, que sonreía ahora.
- Eso… ¿eso fue…? –El peliverde la miró a los ojos, alucinado.
- ¿Lo sentiste? –Lo vio asentir, mínimamente– Sí, eso fue lo que sentí hoy. Creo que eso fue una patada, ahora fue incluso más fuerte. Creo que le gusta cuando me siento bien, antes por una risa, y ahora por un beso.
- Sí…tiene sentido, porque la oxitocina… –pero Kohaku le tapó la boca con una mano suavemente, y luego le acarició el labio con el pulgar a modo de disculpa.
- Seguro será algo científico muy interesante, pero por ahora, sólo disfruta y siéntelo.
- Es emocionante. Y tienes razón.
- ¿En qué?
- En que cuando sentimos algo como esto, ya no hay más dudas, y que se siente bien. Raro e inesperado, fuera de todo cálculo o lógica…pero bien. Mierda…vamos a ser padres, de verdad vamos a serlo –Una risa nerviosa escapó de sus labios– Es como que lo afirmo y no termino de creerlo al mismo tiempo, y creo que será así hasta que lo tengamos en nuestros brazos.
- Ya está entre nuestros brazos, de alguna forma. ¿No crees? –Dijo divertida, señalando el abrazo de él que rodeaba su vientre.
- Ah, sí. Tienes razón.
Una semana después, tal como Senku había planeado, ya estaba terminada la casa. No era nada del otro mundo, no se había molestado mucho en el diseño, sino más bien en su funcionalidad, pero todos los que no conocían las casas del mundo moderno estaban igual de maravillados. El hecho de que la casa sea mucho más "hermética" gracias a las ventanas y puertas, era una gran ventaja frente los climas extremos. Y la idea de que haya habitaciones separadas era también algo muy novedoso. No tenían muebles ni nada, salvo el colchón donde dormían, pero el mismo día de la "inauguración", Senku se encontró con la sorpresa de ver una cama de verdad. Ryusui le apoyó la mano en el hombro, y le dijo que ese era un regalo de parte de los generales, que se lo habían pedido en secreto a Kaseki, y lo guió hasta la otra habitación que habían construido con la idea de que sea el dormitorio de su hijo a futuro, para mostrarle una preciosa cuna mecedora. Kohaku estaba prácticamente llorando de la emoción, aunque también por cierta curiosidad, ya que no estaba acostumbrada a esos objetos. Le agradecieron al viejo artesano, que se mostraba muy feliz y orgulloso, y un minuto después vieron entrar a Kokuyo, quien cargaba con el gran colchón de la pareja, para echarlo sobre la cama de madera tal como le habían dicho los jóvenes. Ese día se lo tomaron libre, y festejaron con un banquete la exitosa finalización de la obra, y también ahí fue cuando se enteraron todos de la actividad reciente del futuro niño mimado de la aldea.
Los próximos meses fueron volvieron a ser una montaña rusa de emociones para Senku y Kohaku. La panza de ella crecía cada vez más, tanto que Yuzuriha le tuvo que diseñar varios vestidos nuevos para que pudiera usar, aunque todos en el mismo estilo que la rubia usaba, ya que era con lo que se sentía más cómoda. Junto con el aumento de tamaño del bebé, también los movimientos de este fueron más seguidos y notorios, hasta el punto en que ya no era una gran sorpresa cuando pasaba. Ruri y Yuzuriha eran las que más le pedían permiso a Kohaku para sentir esos golpecitos, esas dos tenían un aura de luz y ternura que hacían pensar a todos que serían unas amorosas madres. Kokuyo lloró la primera vez que sintió las pataditas de su nieto, y más de uno bromeó que Senku no parecía ni por lejos tan emocionado como su suegro. Pero Kohaku sabía que no era así en verdad. Era cierto que no había soltado ninguna lágrima, no era su estilo, pero nadie más que ella lo veía cuando estaban juntos en la cama, y se notaba el profundo silencio contemplativo del peliverde, con la más dulce de las sonrisas que reservaba sólo para cuando estaban solos, y cómo se iluminaban sus ojos cuando lograba sentir los movimientos de su leoncito. Una noche el pequeño estaba especialmente activo, y podía sentirse muy claramente.
- Creo que está soñando que pelea con alguien, por lo mucho que se mueve. Me parece que va a salir un leoncito guerrero y temperamental como la madre.
- Lo estoy empezando a creer. Hace un par de días que a esta hora de la noche se pone muy activo, no sé por qué siempre a esta hora.
- Somos criaturas de hábitos, no importa la edad. Aunque estaremos en problemas si le gusta despertarse de noche, empieza a disfrutar tus últimas noches de buenos y largos sueños, leona.
Pero por más que había dicho eso, la realidad era que cada vez le costaba más y más dormir de corrido a Kohaku. Con lo crecido que tenía el vientre, cada vez le costaba más encontrar una posición cómoda para dormir, y también eran más frecuentes las ganas que tenía de ir al baño, ya que el bebé presionaba sobre su vejiga, o eso le había explicado Senku. Con el transcurso del octavo mes, otra vez había decaído terriblemente la libido de la rubia, con lo cual los encuentros íntimos de la pareja volvían a ser esporádicos, pero ninguno se quejaba ya de eso.
A pesar de la enorme fuerza y resistencia que poseía Kohaku, y aunque no le molestaba tanto como pensaba el peso de su panza, no pudo evitar la hinchazón incómoda de sus pies, y le ponía muy nerviosa no poder verlos al mirar hacia abajo. Así que, para calmar su mal humor y molestias, Senku se había tomado el tiempo cada noche de hacerle masajes para activarle la circulación, en especial de sus piernas y pies. Esas pequeñas actitudes del científico la enamoraban completamente a la rubia, porque si bien él no era el hombre más expresivo o demostrativo, cuando hacía esas cosas le estaba demostrando cuánto la cuidaba y le importaba su bienestar, y eso valía para ella más que mil abrazos y declaraciones de amor, de las cuales ella tampoco era muy adepta.
Y aunque se decía eso, no entendía por qué últimamente estaba tan emocional, y podía pasar fácilmente de la alegría a llorar de emoción en cuestión de segundos. Senku le había explicado que era porque otra vez estaba lidiando con muchas alteraciones hormonales, ya que su cuerpo se estaba terminando de preparar para dar a luz. El cansancio y la pesadez que sentía la ponían de peor humor todavía, y más de una vez se había terminado enojando sin un motivo razonable, pero como siempre, el ser de pureza, paciencia y paz que era su hermana Ruri, era como un bálsamo que la volvía a serenar, nunca fallaba, era la única con la cual no podía enojarse.
Cuando llegó la semana treinta y siete, sabían que a partir de ese momento el parto podría darse repentinamente, como mucho tenían para un mes más, así que la ansiedad de ambos había crecido notablemente, saber que podían ser horas o semanas no ayudaba, y no había señales para verlo venir. Hablaron con las parteras de la aldea, que les aseguraron que iban a estar preparadas y asegurarse de tener todo listo, y Senku formuló algunas medicinas calmantes suaves para que ayudaran a Kohaku con el dolor, aunque no dudaba que ella lo resistiría perfectamente.
Pero toda esa semana transcurrió sin novedades, y la siguiente también. Ya para entonces eran los dos una bola de nervios que trataban de contenerse, además de que la rubia estaba cada vez más incómoda. Una madrugada, mientras dormían, Kohaku se despertó para ir al baño, sentía otra vez esa molesta y continua presión. Pero le llamó la atención que cuando se levantó, sintió la parte de la cama bajo ella húmeda, notoriamente húmeda. Por un momento se avergonzó mucho, pensando que quizás durante el sueño su cuerpo se había liberado solo mientras dormía, pero luego se dio cuenta que no era eso. Sus ojos se abrieron mucho, y clavó sus uñas en el brazo de Senku, para zarandearlo violentamente.
- ¡Senku! ¡Despierta ya…YA!
- ¿Mmm?
- Creo que…tenemos que avisarles a las parteras.
Eso lo hizo abrir los ojos, y levantarse instantáneamente de un salto. La vio señalar la mancha húmeda en la cama, y por un momento se quedó petrificado, sólo su pecho subía y bajaba con más rapidez que antes. Él era medido y centrado aun en situaciones de emergencias, pero por todos los demonios, esto quería decir que estaba a punto de ser padre en las próximas horas.
- Tranquila…que hayas roto bolsa no significa que ya mismo empezarás el trabajo de parto. Si llegas a tener contracciones, respira muy profundo y con tranquilidad, ¿de acuerdo? Por suerte ya estamos cerca de todos, así que espérame un momento, iré a avisarle a las parteras, y después a tu familia. No me tardo.
- Pero…
- Pero nada, lo digo en serio. No vas a tenerlo en los próximos minutos, todavía tienes que dilatar y todo, esto puede llevar horas. Confía en mi…
- Bueno. Pero apúrate, por favor Senku.
- Lo haré.
Lo más rápido que pudo, Senku corrió hasta la choza de las parteras para avisarles, y luego a la choza de Kokuyo y Ruri, a quienes despertó con ayuda de algunos gritos. Les aseguró que estaba todo bien, pero que se acercaba el momento. Minutos después estaba de vuelta en su casa, y vio a Kohaku que comenzaba a respirar de forma más alterada.
- Oh, gracias a los dioses que volviste. Sentí como todo mi cuerpo se contraía, fue horrible.
- Eso habrá sido una contracción, pero todavía se supone que serán livianas. En cuanto empiecen a ser más intensas y frecuentes, ahí es cuando se acercará realmente el momento.
- Bueno… espero que tengas razón.
- No es del todo seguro, pero sí bastante probable, y esa es nuestra mejor carta.
Ese incómodo momento le duró varias horas a Kohaku, y aunque seguía en la cama, la ansiedad le estaba ganando la pulseada. No le gustaba nada cómo se sentía, y si eso eran suaves contracciones, no quería imaginarse el dolor del parto, algo de lo cual le habían avisado las madres de la aldea. Para algunas fue un dolor medio, otras confesaron que lloraron y que temían no poder hacerlo. Cuando se hicieron las primeras horas de la mañana, una contracción especialmente fuerte azotó el cuerpo de la rubia, y apretó el colchón y las sábanas con todas sus fuerzas. Las parteras iban a ir a su casa con la salida del sol, ya que estimaban que al menos tenían unas cuatro horas antes de ser realmente necesarias, pero le dijeron a Senku que, si se adelantaba el proceso, estarían listas en pocos minutos.
Tal como dijeron, ni bien asomaron los primeros rayos de sol, dos mujeres de mediana edad llegaron a la casa, y minutos después también lo hicieron Kokuyo y Ruri, que no podían aguantar más la espera, aunque prometieron no interferir para no poner más nerviosa a Kohaku. Las parteras le preguntaron cada cuánto tiempo estimaba que sentía las contracciones, y una chequeó el estado de dilatación de la rubia. Abrió los ojos, pero con mucha calma y dulzura, le dijo a la pareja que ya estaba faltaba muy poco, en una hora como mucho empezaría el trabajo de parto. En ese momento Kohaku soltó un grito de dolor, y se abrazó a Senku con fuerza. Él trató de calmarla, pero ella estalló, perdiendo la calma.
- ¡No puedo!... Duele mucho… ¿y si no puedo hacerlo? –La cara de terror que tenía su hermoso rostro lo estaba comenzando a angustiar a él, que no tenía idea lo que ella sentía. Confiaba en su fuerza, pero que ella misma le dijera angustiada algo así, por lo menos lo hacía dudar.
- Claro que podrás, leona, el parto es algo natural, tu cuerpo está hecho para hacerlo –trataba de calmarla, pero su propia cara no era una de tanta seguridad como la que pretendía transmitir– Tranquilízate y hazles caso a las parteras, ellas saben mejor que nadie. Mientras les digas exactamente lo que sientes y sigas sus indicaciones, todo saldrá bien, lo verás.
- No te vayas…por favor, Senku, no te vayas de mi lado –Más nerviosa de lo que se había sentido nunca, le apretó muy fuerte la mano.
- No lo haré. Puedo estar aquí, contigo en todo momento, así que no te aflijas con eso. Respira, tranquila.
Entre expresiones de tensión y dolor, pasó poco más de media hora, y llegó un momento en que Kohaku dijo que creía que venía el bebé, que sentía una enorme presión más fuerte que nunca, y era como si su cuerpo le pidiera que hiciera fuerza para pujar. Las mujeres chequearon la situación, y asintieron, dándole indicaciones de cómo tendría que respirar y empujar.
Las piernas de Senku nunca se habían sentido tan débiles, realmente tenía miedo que no pudiera mantenerse en pie, y agradeció mentalmente estar sentado en la cama. Ruri les alcanzó a las mujeres un cuenco con agua hervida y limpia, y unos paños, pero se retiró inmediatamente, dejándolas a ellas y a la pareja en la habitación. Kohaku agarró de la mano a su esposo, y se la apretaba al compás de sus sensaciones de dolor, lo cual él aguantaba sin chistar, aunque por dentro no estaba tan tranquilo para nada, pero hizo todo lo posible por mantenerse sereno y confiado como siempre, al menos lo haría por ella. Pero sus planes de serenidad se fueron al demonio, cuando repentinamente con un grito de Kohaku sintió un agudo dolor en su mano, concretamente en su dedo pulgar. Ahogó un jadeo, y cuando se miró, casi se le cae el alma al piso al ver que su dedo estaba en una posición que no debería estar: La leona le había dislocado el dedo por el repentino movimiento que hizo. El peliverde se tapó la boca con la mano sana, aguantando su propio dolor, porque parecía que las parteras estaban tan concentradas en Kohaku que ni lo habían notado, y él no se atrevió a interrumpirlas por eso, podía lidiar con un dedo fuera de lugar, no podía compararlo con lo que debía sentir la leona en ese momento.
Mientras una de las mujeres miraba a Kohaku y le daba indicaciones de cómo respirar, la otra se encontraba entre sus piernas para recibir al bebé, y le decía con una voz más potente y decidida cuándo tenía que pujar. Los gritos de Kohaku se debían escuchar a una distancia considerable, pero Senku confiaba en que Kokuyo y Ruri explicarían la situación.
- Muy bien, querida, ya se ve la cabeza. Lo estás haciendo muy bien. Espera…respira…y puja una vez más, más fuerte.
- ¡AAAAAAAAAAAAH! –Lágrimas salían de sus ojos, nunca en la vida había esperado sentir un dolor como ese. Sabía que valdría la pena cuando naciera su bebé, pero ahora era el mismo infierno, y ninguna herida previa se comparaba con ese dolor que la atravesaba y la partía al medio. Estaba sudando mucho, y sentía su cara arder de la fuerza que estaba haciendo, pero juntó todas sus fuerzas para seguir, aunque en el fondo sentía que ya no podía soportarlo más.
Buscando apoyo en su esposo, lo miró, pero Senku tenía el ceño imposiblemente fruncido, y tenía la comisura de los ojos también con lágrimas, salvo que las de él no eran de emoción como ella pensaba, sino también de dolor silencioso al sentir su mano a punto de convertirse en un saco de huesos partidos, por no mencionar su dedo dolorosamente dislocado.
- Un poco más, querida, un último esfuerzo, ya casi estás –le dijo amablemente, pero con mucha decisión la mujer de mediana edad.
Esta vez Kohaku volvió a gritar, pero más bien con lo que parecía un grito de guerra, el saber que estaba casi terminando le devolvió las fuerzas. Senku acompañó con una profunda inspiración, para disimular todo lo que podía el gemido de dolor que amenazaba con salir por su maltratada mano.
Y de pronto terminó. La rubia también ahogó un jadeo, al sentir cómo terminaba de expulsar a su bebé, y repentinamente dejó de sentir dolor. Se dejó caer en la cama, totalmente exhausta, y miró con los ojos entrecerrados el techo, pero un segundo después los volvió a abrir del todo cuando escuchó el grito de una nueva voz atravesar la habitación. Miró a Senku, que le devolvió la mirada con los ojos también desmesuradamente abiertos, y se sonrieron los dos, aliviados. Pero a Kohaku le extrañó la cara fruncida de él, y se dio cuenta que todavía le estaba apretando la mano, y soltó un jadeo de sorpresa cuando vio el dedo pulgar del científico en una posición que no era natural.
- ¡Senku! ¿Fui yo...? ¡Perdóname, perdóname!
- No, está bien… no es tan grave, creo. Mierda, apenas siento la mano…pero creo que estoy bien.
Pero la mano del peliverde pasó a un segundo plano y olvidada, cuando un segundo después una sonriente partera les acercó a su bebé recién nacido, que lloraba a gritos, envuelto en una suave tela. Los dos se quedaron callados y completamente congelados, hasta que la señora apoyó al bebé en los brazos de su madre, y Kohaku soltó un sollozo de emoción, una vez que pudo volver a respirar. Senku seguía totalmente quieto, pero sus ojos no abandonaban a la pequeña carita que se dejaba ver entre la manta que la arropaba.
- Felicidades, jefe, y señora. Es una sana y hermosa niña.
Era pequeña, demasiado pequeña, y demasiado hermosa. Rubia como su madre, una vez que la apoyaron en el pecho de ella dejó de llorar, y abrió sus pequeños ojos para dejar entrever un precioso y vívido color carmín como los de su padre. Mientras los jóvenes admiraban en silencio a su perfecta hija, la partera dejó pasar a la familia de Kohaku. Kokuyo y Ruri soltaron un gemido de pura emoción, y se acercaron para admirar a la pequeña.
- No puede ser más hermosa… tengo una nieta… soy abuelo –cada frase se le entendía menos a Kokuyo, que comenzaba a sollozar sin vergüenza alguna, pero se limpió los ojos con rapidez para seguir admirando a la beba– ¿Pensaron un nombre ya?
- Sí, pensamos uno –Kohaku miró con mucho amor a su hijita– nuestra niña de la belleza y sabiduría… Michiko.
Buenaaaaas! Antes que nada, ¡FELIZ CUMPLE A MI AMIGA Y ALMA GEMELA DE IDEAS LOCAS Y FICS GENIALES, CHERRY! Porque el AU escolar y el policial fueron sugerencias de ella (además de que pensamos juntas todos los capítulos), que me animaron a escribir cosas nuevas, así que gracias gracias a esta bella mujer con la que hablo y río todos los días.
Bueno…ahora quiero leer a todos los "te lo dije", que venían intuyendo que esta historia es una precuela de "Juntos" (sí, karin150301…a vos te hablo). Sep, acertaron. Ahora…aunque me imagino que ahora les dará un poco de tristeza, tengo que decirles que le quedan un par de capítulos a esta historia nomás. Ya escribí el "día a día" del último baby nuestra parejita, y no quiero repetir lo mismo dos veces jaja. Así que los invito a leer ese fic si no lo leyeron todavía (que también está en el tramo final como éste jeje), y continuar la lectura de esta bella familia que se agranda de a poco.
Me voy turnando semanalmente para actualizar todos los fics, así que paciencia, que tres semanitas van a pasar seguro hasta volver a actualizar éste jeje, voy avisando. En este fic no lo dije todavía, pueden seguirme en mi página de facebook: Kariwolf ( ) Hasta el próximo capítulooo!
