Capítulo 23. Cuentas pendientes III
Sus innumerables origami espías le avisaron a kilómetros de la llegada de tres conocidos, uno de ellos especialmente odiado. Konan decidió interceptarles lejos del centro de la aldea, dándole una última mirada a los cuerpos momificados de sus compañeros de vida antes de salir a su encuentro bajo la lluvia sin fin.
Los tres hombres detectaron a la vez la presencia de la mujer que comenzaba a formarse en el aire frente a sus narices, deteniendo Deidara el avance de la lechuza gigante.
Una flotante Konan, enmarcada por la enorme envergadura de blancas alas aparentemente impermeables, les clavó su mirada gris, ahora más gélida que nunca. Ya no usaba la prenda de las nubes rojas, provocando que Kisame y Deidara tomaran nota del cambio con curiosidad.
En cambio Obito sintió enseguida que esa mirada era para él. Konan ya no llevaba el anillo blanco ni las uñas pintadas, y ahora portaba el ajado uniforme original de Akatsuki, de cuando no era más que una organización rebelde de Amegakure antes de que él la corrompiera. Pensó preocupado en que lo había conservado todo ese tiempo, y estuvo más seguro que nunca de que Konan no era de las que olvidaba.
Sin Nagato para detenerla, las cosas podían tomar cualquier rumbo. Aunque se había preparado mentalmente para ello.
–Buen arte, hm– le saludó Deidara, admirado al ver al fin la belleza del misterioso jutsu de Konan en todo su esplendor.
Obito se apuró a llevar una mano sobre el hombro del rubio, esperando salvarlo de algún ataque, pero nunca llegó a su objetivo debido a que la mirada grisácea de la mujer mayor le detuvo en su sitio.
–Deidara-kun. Puedes volver en paz adonde quieras– habló con calma –. Ya no serás más prisionero de ese uniforme– su voz firme se había suavizado apenas una nota.
A ella le pareció que la sonrisa que se asomó detrás del sombrero de paja era cómplice, pero no seguiría hablando con Deidara. Después de todo, sabía que un chico como él siempre terminaría buscando su libertad. No tenía por qué preocuparse por él.
Se dirigió hacia la siguiente presencia.
–Kisame– y el hombre tiburón le hizo una leve reverencia detrás del sombrero. Con ello, ambos dieron por concluida su interacción.
–Bájate del ave– le escupió a Obito con la voz repentinamente áspera –. Vamos a arreglar cuentas cuando te dejes de esconder tras de ellos.
La risita queda de Kisame indignó a Deidara, quien se volteó con rapidez para mirar al enmascarado. Una mano enguantada se elevó frente a su rostro indicándole que se calmara.
Detrás de su máscara Obito suspiró, mientras la adrenalina comenzaba a disparársele.
–Vengo en son de paz. ¿Hay alguna posibilidad de que no luchemos?– tenía que intentarlo aunque su intuición le dijera que todo era en vano.
La expresión de Konan y sus ojos cansados pero fijos no demostraron conmoción alguna.
–No. Ponte en guardia– y al extender sus brazos, sus alas la alejaron unas decenas de metros de la lechuza, lista para el combate.
–Necesito explicarte todo lo que ha cambiado. Las cosas ya no son como antes.
–Nadie más volverá a escucharte, Madara– siseó mientras un torbellino de papeles comenzaba a girar alrededor de su cuerpo.
Instintivamente Obito empujó a Deidara detrás suyo, recibiendo en represalia un puntapié en las costillas y unas cuantas palabrotas.
–Konan, las cosas son diferentes ahora– exclamó Obito, intentando forzar la situación.
–¡No me importa el ahora! ¡Ya no está Nagato para escucharte! ¡Y gracias a la oscuridad que representas, no he hecho nada más que estar atada a un pasado que arruinaste!
Obito apretó los dientes y los puños, intentando no ceder ante la desesperación.
El breve silencio sólo cortado por la lluvia le demostró cuán comprometido estaba. El chico que lo increpaba molesto, y que no merecía estar con alguien como él. El mar de deudas que pagar, y del otro lado, la posibilidad del sol.
Quizás si sólo se hubieran quedado como amigos y sin haberse enamorado de él, habría aceptado con gusto dar su vida pagando sus pecados. Y aunque Obito sabía que le debía demasiado al mundo, ya no quería perder la vida como antes, ya no quería renunciar a su nuevo objetivo. A su felicidad tangible y no de ilusiones, al lado de su senpai.
Sólo podía dejar a Konan descargarse y escapar indefinidamente de ella. En algún momento tendría que convencerla. Si lograba expresarse como lo hacía Deidara, podría ser directo una vez en la vida. Eso tenía que hacer.
–Akatsuki ya no existe.
–Estarás feliz de haberla aniquilado al fin. Aunque esa bazofia que lograste no era lo que Yahiko creó.
Una decena de lanzas se formaron a su alrededor, apuntando hacia el enmascarado.
–Kisame, Deidara, no tienen nada que hacer ya. Esto no es con ustedes. Váyanse.
Kisame se puso de pie, dispuesto a saltar hacia algún tejado abandonado, pero su tobillo fue retenido por Deidara.
–¡Tú no te vas a ningún lado, hm!
–Deidara, sólo será un momento– le rogó Obito.
El artista frunció el ceño, contrariado. No tenía intenciones de dañar a Konan, quien siempre le había parecido uno de los miembros más respetables de la organización. Pero si Obito y Konan se iban a las manos, quedarse contemplando como si nada sucediera iba a ser difícil.
–Vamos, chico, podremos ver desde abajo– comentó Kisame, confiado en su visión acostumbrada a la niebla, las tormentas y el agua –. Va a ser un buen espectáculo.
–¡Entonces vete a la mierda, hm!– lo soltó con furia –. Yo no dejaré a Tobi meterse en otro lío esta vez.
–Deidara, por favor ve con Kisame y no entres en batalla con él– le indicó Obito con voz seria, sin perder de vista las lanzas de Konan.
–¿Pero qué dices? ¡Dijiste que querías arreglar las cosas de una vez, hm!– le tironeó del brazo derecho hacia atrás, intentando en vano que lo mirara.
–¡Eso intento, pero Konan no escucha! ¡Te prometo que haré que funcione!– sólo usando imperceptiblemente el kamui se libró del agarre de tigre.
–Deidara, no le creas a este mentiroso– intervino Konan con una tranquilidad que no se condecía con el crecimiento de su instinto homicida.
Deidara se cabreó más.
–¡Tobi no miente, testaruda!– le arguyó, sintiéndose algo incómodo al tratarla así.
De brazos cruzados, Kisame no pudo evitar volver a cortar el ambiente con su risa escalofriante.
–Si supieras cuánto miente.
Cuando Deidara se giró para dedicarle la mayor de sus miradas de desprecio, se dio con que el bijū sin cola lo miraba casi con lástima. Masticó rabia, pensando que él no necesitaba de la pena de nadie.
–¡Cállate!– escupió, al borde de explotar.
–Senpai– lo llamó Obito con la voz que sólo le dedicaba en sus momentos más íntimos –. Gracias por creer en mí. Intentaré arreglarlo. Pero por favor, aléjate lo máximo que puedas. Konan no quiere hacerte daño.
–Tú no me conoces, hm.
–Hazlo por mí. Y si fallo, considéralo como un último deseo. Le hice mucho daño a Amegakure en el pasado. Tú puedes hacerlo mejor que yo.
Vista desde atrás, la antes imponente espalda ahora se mostraba alicaída, al igual que la voz del enmascarado. Eso descolocó a Deidara, y fue la seña para que Kisame saltara al vacío, alejándose del próximo campo de batalla.
Suspiró rendido, y comenzó a cargar arcilla en sus manos para crear otra escultura. Un halcón pequeño y con extrañas modificaciones en unas alas más aerodinámicas de lo normal fue escupido, volando al lado de la lechuza.
Konan alzó una ceja, su paciencia agotándose.
–Ya sabes de qué está construido, hm.
Obito hacía imposibles para mantener vigilada a Konan y prestar atención al halcón a su lado. Con un solo ojo las cosas a veces no eran tan fáciles a pesar de tener sharingan.
–Senpai, tú nunca me darías ventaja en una batalla– murmuró sorprendido.
–Y no te la estoy dando. Sabes a qué te enfrentas si el halcón se vuelve en tu contra.
–¿Ya terminaron?– a pesar de sus intenciones de mantener la sangre fría, Konan comenzaba a exasperarse. No le importaba demasiado que Madara hubiera logrado lavarle el cerebro a Deidara, pero no dejaba de ser curioso por el carácter rebelde del chico. Ello sólo hizo que su sed de venganza creciera exponencialmente.
–Konan, aunque somos nukenin, te pido que observes el código del duelo– dijo Deidara, asombrando a los presentes.
Acto seguido tomó a Obito de las solapas de la capa, le levantó la máscara lo justo y lo necesario, y le estampó un beso en los labios.
Con la guardia casi caída del todo, Obito apenas logró responderle con la mitad del salvajismo mientras le apretaba la cintura, antes de que Deidara se soltara y lo empujara de un fuerte puntapié en el trasero hacia el lomo del halcón, comenzando a alejarse en su lechuza.
–¡No la jodas más, Tobi!– gritó imponiéndose a la espesa lluvia.
–¡Sí, senpai!– le acató mientras comenzaba a acostumbrarse al livianísimo vuelo del halcón y volvía a mirar a Konan.
Inicialmente sorprendida por lo que acababa de presenciar, enseguida reprimió su curiosidad y una extraña emoción para suplantarlas por el recuerdo de Yahiko besándola. Un beso como aquel, aunque mucho menos violento, esos besos que tan poco duraron gracias a la intervención de shinobi corruptos como Hanzō y los de Konohagakure.
Y Madara no era distinto a ellos. De algún modo había logrado seducir a Deidara para tener al volátil terrorista de su lado, demostrándole hasta qué punto se valía de cualquier cosa para manipular a las personas. Pero ella ya estaba decidida a ponerle el punto y final a su maldad.
–Sabía que vendrías eventualmente... He estado esperando mi oportunidad de destruirte*.
Las lanzas se dispararon contra el enmascarado, quien descubrió que el halcón obedecía a la energía cinética de sus movimientos. Con el kamui las atravesó todas y por el momento se salvó de que la escultura de Deidara fuera dañada y explotara.
–No te culpo– observó el cilindro de papeles que comenzaba a rodearlo –. Sólo quiero usar el rinnegan una última vez para-
Los ojos de Konan se abrieron en furia.
–¡Sabía que eso buscabas!– agitó los brazos, y el cilindro comenzó a comprimirse en torno a él, descubriendo que estaban cargados de sellos explosivos.
"Esto le gustaría a Deidara", se distrajo por un momento antes de que la explosión se cerniera sobre él. El halcón también explotó, y Obito estaba en su tsukuyomi contando los segundos para volver a salir, esta vez al vacío.
Cuando apareció flotando en el cielo mientras comenzaba a caer, sintió una presencia en su espalda.
–Nunca tendrás acceso al cuerpo de Nagato– Konan formaba un chakram de papel sobre su cabeza –. Antes prefiero destruirlo a dejarlo en manos de tu oscuridad– amenazó antes de lanzarle el arma al cuello.
El kamui otra vez, para descubrir que el arma volvía hacía él una y otra vez desde cualquier ángulo. Agudizó su visión para saber dónde caería, cuando un animal alado surgió del abismo de tinieblas, haciéndole aterrizar sobre su lomo.
–Creí que no le darías ventaja a tu novio, chico– sobre unos aleros abandonados, la extraña voz de Kisame se oyó burlesca.
Unos tejados más allá, Deidara miraba la batalla desplegándose en el horizonte, con los brazos cruzados.
–No te debo explicaciones, hm– resopló muy digno, logrando arrancarle una breve, pero sincera carcajada al monstruo de Kirigakure.
La lechuza con crestas de gallo tan representativa de Deidara se encargaba de esquivar lo mejor posible al chakram. Fue de las primeras esculturas del artista que Obito conoció, y le hizo sentir que le estaba mandando el mensaje de que lo apoyaba incondicionalmente. Tragó para distraer el latido de su corazón, acelerado no sólo por el fragor de la batalla. Deidara hacía lo mejor que podía sin lanzar a volar toda Amegakure, y él quería hacer aún mejores cosas para su senpai.
–No me dejaste terminar– exclamó Obito, intentando acercarse a una Konan que comenzaba a armarse de papeles a su alrededor otra vez –. Después de usarlo, quiero que sean destruidos para que nadie más haga mal uso de su poder.
Una seguidilla de dagas con sellos explosivos fue disparada hacia él, un arma detrás de otra, obligándole a usar el kamui cada vez más seguido.
–No esperes que te crea, Madara– respondió mientras volvía a elevar los brazos para formar un segundo chakram.
Obito calculaba el tiempo de uso de su kamui bajo ese despliegue y qué palabras podría elegir para lograr ser escuchado. Vivir tantos bombardeos con Deidara hacía que la tarea fuese más fácil de lo normal.
Esquivó el segundo chakram aún con el incordio que significaba tener más y más armas voladoras acosándole todo el tiempo.
–¡El plan ya no existe! ¡Todo se ha acabado!
–¡Incluso tu vida!
Un tercer chakram, escondido bajo la sombra del segundo, apareció decapitando al ave y explotando en la cara de Obito. Su ojo volvió a salvarle, pero esta vez estaba en caída libre hacia una gran laguna que definitivamente, antes no tenía ese tamaño.
Antes de hundirse en el agua, volvió a usar el kamui para reaparecer sobre una pequeña estructura de hierro y cemento, la cual estaba a punto de ser completamente inundada. Presintiendo que se encontraba sobre una trampa mortal, elevó su rostro hacia el cielo buscando a la mujer alada y cuando la vio le gritó con todas sus fuerzas.
–¡He renunciado! ¡Zetsu está muerto! ¡La voluntad de Madara ya no existe más!
Konan se sintió intrigada, pero no dejó de concentrar chakra en ningún momento. Esa sería la técnica más mortífera de su vida, y con gusto la daría como lo hicieron Yahiko y Nagato si con eso detenía al verdadero enemigo.
–¡Yo no soy Madara!– aulló al fin.
Con la ira fluyendo de sus venas, Konan no pudo evitar bajar en picada hacia él, mientras una nueva lanza se teñía de rojo en el borde del cuello del enmascarado.
–No me subestimes– tembló de impotencia, intentando no caer en la trampa de intentar apuñalarlo a sabiendas de que se escaparía y podría hacerle un daño crítico si no era más veloz que él.
Con los brazos levantados en señal de rendición, Obito escuchó un aleteo sobre sus cabezas. Enseguida supo que Deidara no pudo estarse quieto al tenerlo lejos de su campo visual. Confiaba en su chico, pero no estaba seguro de qué as bajo la manga escondía Konan, y pronto temió que algún daño colateral pudiera lastimarlo. Siguió suprimiendo el instinto de usar el kamui para librarse de la amenaza en su carótida y tratar de ganarse la confianza de Konan una vez más.
–Madara murió hace muchos años. Él me crio y me encargó seguir con su plan. Zetsu sólo vigilaba que cumpliera con su voluntad, a costa de todo lo que me importa– su mirada se desvió un instante hacia el ave blanca en el cielo oscuro.
El ceño de Konan parecía que no se destensaría jamás.
–¿Y entonces a quién sirvió Nagato todo este tiempo?
Suspirar le costó una profundización en el corte.
–A Nadie. Sólo fui un títere de mi ancestro todos estos años.
Algo en el tono del enmascarado hizo que Konan considerara la posibilidad de que aquello fuera cierto. Después de todo, siempre le había parecido extraño que el legendario ninja sobreviviera tanto tiempo con sólo un poderoso sharingan en su haber.
–Él aprovechó una pérdida que tuve– continuó pese al dolor, avergonzado de sí mismo por cada vez que contaba esa historia –. Perdí a quien más amaba y la aparición de mi mangekyo fue demasiado conveniente como para…
Sus palabras se detuvieron, comenzando a hilar una sospecha en su mente.
¿Habría tenido Madara algo que ver con la muerte de Rin?
Konan aprovechó el descoloque de Tobi para terminar de concentrar su chakra. Ya no le importaba si moría en ese mismo sitio con tal de llevárselo a la tumba, así que le iba a dar la oportunidad de terminar su explicación. Empuñó la lanza con más fuerza, obligándolo a seguir.
El dolor volvió a Obito al presente, igual que el agua que ahora llegaba a sus pies, en los que tuvo que concentrar su chakra para no resbalar.
–Como ustedes tres, conocí la guerra de niño. Me arruinó. No. Me cambió. No supe qué hacer– explicó desesperado ante el mutismo de la mujer –. ¿Ustedes supieron qué hacer?
Las manos de Konan se apretaron contra la lanza. Sólo Yahiko supo qué hacer, y no podía evitar pensar cada vez con mayor frecuencia que Nagato y ella sólo erraron su legado muchas veces luego de perderlo.
–Nosotros acabamos del lado equivocado luego de la guerra– continuó como intuyendo lo que pasaba por la cabeza de la mujer –. Y no quiero que a Deidara le pase lo mismo. Por eso asesiné a los Zetsu.
En ese momento, ella hubiese querido dejar de observar el espectáculo de su odioso monólogo, pero tenía que preguntar.
–¿Qué te hace creer que una guerra destruiría su espíritu? Vive para la destrucción.
Pero Obito ya no tenía más esa visión común de Akatsuki sobre Deidara.
–Sé lo que él hace– concedió –. Pero es que yo... Yo no quiero que viva lo que yo viví– confesó al fin.
Konan se sintió subestimada. Si esperaba que se conmoviera con una historia de amor barata, tenía que intentarlo mil veces más, viniendo de quien venía, fuera quien fuera ese enmascarado.
–No esperes convencerme de que cambiaste por amor.
Amenazado de muerte y con su enamorado observándole desde los cielos, Obito agradeció que la máscara ocultara del mundo su sonrojo.
–Deidara, él... Aún no ha perdido su verdad ni errado su camino como la mayoría de Akatsuki. Él me obligó a ver cosas que no quería ver.
El silencio de Konan se sintió más enjuiciador que nunca. El tiempo que se tomó en responder desesperó más a Obito.
–¿Así que cambias por alguien más?– largó con gravedad al fin –. ¿Y esperas que te crea, después de tantos años manipulándonos a todos?
Mierda, convencerla significaba exponerse tanto, para un hombre que se había ocultado hasta de sí mismo más de la mitad de su existencia.
Pero Obito sabía que nunca obtuvo nada sin intentar cosas, incluso si le parecía que la vida siempre le había escupido en respuesta.
–Sé que no he sido confiable todo este tiempo. Pero al fin estoy haciendo algo por mí, por todos. Más no puedo permitirme seguir haciéndole sufrir más de lo que ya lo hice. Y te parecerá muy bajo lo que voy a pedirte, pero no sólo no quiero matarte por mí mismo, sino que por sobre todas las cosas... Si muriera ahora y dejara a Deidara triste, yo... Jamás encontraré el descanso eterno, ni siquiera al final de todos los infiernos que me esperan.
Aunque no lo vio, las cejas y los ojos de Konan se conmovieron hasta cierto punto. Obito ignoraba que ella había olvidado cómo llorar luego de la muerte de Yahiko, por lo que su expresión le seguía pareciendo inaccesible pese a cualquier dojutsu.
–No quiero que él viva lo que tú y yo vivimos al perder a quienes amábamos– levantó la voz.
Konan solo pudo juguetear con su piercing para no mostrar sus emociones.
–Quiero que su luz no se apague– y se animó a mirarla con fuerza a través del agujero de su máscara –. Lo amo.
No tenía nada más que decir.
Si Konan no le creía, entonces el desenlace fatal sería inevitable.
La lanza lo cortó un poco más, sacándole un quejido de dolor.
–¡Ey!– escucharon el grito aéreo de Deidara.
Obito no pudo evitar mirarlo con añoranza. Sin saber que, debido a la cercanía, Konan notó el evidente cambio en su mirada roja escarlata.
–¿A qué has venido?
El aludido volvió a prestarle atención.
–Soy el único capaz de usar el rinnegan. Quiero que liberemos a las bestias sin hacerles daño. La Gedō Mazō no puede ser activada, porque no es el arma que Nagato esperaba utilizar.
Esta vez, Konan parpadeó.
–Iba a usar a Nagato para crear un tsukuyomi infinito. Si la Gedō Mazō reúne a las nueve bestias no sería posible de controlar sin sangre Uchiha. Iba a reflejar un genjutsu de mi sharingan en la Luna, para crear un mundo donde todas las personas caerán presas de un sueño eterno en el que serán felices en su mente para siempre, pero perderán sus vidas sin saberlo. Un mundo inconsciente de mentiras– agregó, recordando a Deidara.
Konan prefirió saltar a las cuestiones más prácticas.
–Sabes que es imposible dejar a las bestias sueltas sin que causen estragos.
–No tiene por qué ser así. Recuerda al sanbi. No todas deben ser como el uno o el nueve colas– se precipitó, escondiendo sus serias dudas sobre el tema. Domar a Kurama no había sido fácil –. Peor será si en el futuro, alguien tomara los rinnegan de Nagato e intentara un mismo camino. No sabría cómo controlar a la bestia que se esconde en la Gedō Mazō, que se alimenta del chakra de los nueve bijū. La estatua despertará y absorberá a los que nos faltaron, y destruirá a toda la humanidad. Si no me crees, al menos intenta tomarlo como el mejor regalo que puedo hacerle a Yahiko– ofreció arrepentido.
Para Konan fueron demasiadas cosas rebuscadas y sin pruebas en las que se le pedía creer. El uso de la memoria de quien había amado le pareció la peor de las infamias. El aire mal contenido escapó sonoro de sus fosas nasales.
–¿Con quién estoy tratando?
Y perdido, Obito volvió a elevar la vista hacia Deidara, quien volaba cada vez más bajo, como pidiéndole indicaciones.
La mirada que recibió en respuesta fue clara en su único ojo visible.
"No más mentiras, hm".
Obito volvió a mirarla.
–Uchiha Obito. Mártir de guerra contra Iwagakure. En Konoha está mi lápida, por si lo quieres comprobar.
Konan apretó las mandíbulas.
–¿Y Kisame?
Obito dudó.
–¿Deberíamos convencerlo?
El ángel de origami exhaló.
–Tú lo convenciste. Hazte cargo de tus sobras– decretó al fin, intentando asimilar todo lo que había escuchado. Aún perduraba la gran sombra de la desconfianza en su corazón.
–Es lo justo– comentó Obito, queriendo morirse ante la otra tarea que se le avecinaba si salía bien parado de esta.
Estaba seguro de que Kisame hablando era como una ruleta de la muerte.
Konan sabía que lo justo hubiese sido que el tal Obito, si es que realmente así se llamaba, no tuviera el respaldo de Deidara y Kisame.
–Debería tomar un rehén para equilibrar la balanza.
Obito se alertó.
–Kisame está a punto de matarme si tú no lo haces. ¿Acaso quieres…?
La mirada grisácea no le gustó para nada.
–Nunca tendrás a Deidara. Él jamás se dejaría.
–¿Olvidas que derroté a Sasori sin ningún esfuerzo? Él fue el superior de Deidara.
Obito tragó, su pulso acelerándose de nuevo.
–Mira. Yo soy a quien quieres. Y Deidara es inalcanzable.
–Tú te escaparías más rápido que cualquiera. Pero tienes razón, quizás deba aceptar tus disculpas y matarte.
El agua tembló a sus pies, y comenzó a abrirse en dos formando unas cataratas que se extendían hacia infinitos lados del horizonte. El rugido ensordecedor del elemento cayendo y de la tierra abriéndose se unió al repentino maremoto. Ahora estaba seguro de que Konan había intervenido en la lluvia convirtiendo la laguna en un mar de papel, y allí estaba su técnica secreta.
Utilizando el kamui atravesó la amenaza de la lanza, hizo pie sobre ella y se impulsó de un salto.
–¡Deidara huye!– rugió.
Pero Deidara contemplaba inmóvil el mundo abrirse bajo sus ojos, y un creciente morbo de expectación le atrapó, intuyendo cuál podría ser la técnica de Konan.
Desoyó a Obito al ver con su mirilla que, tras los millares de papeles, había sellos explosivos.
"Esto es… ¡Es arte!".
¿Cómo no se le ocurrió a él?
Si eso era lo que presenciaban sus víctimas antes de morir, no iba a perderse la oportunidad de ser esta vez el espectador en primera persona.
Tenía que verlo.
Frustrado, Obito desapareció con su kamui para aparecer a su lado sobre el híbrido volador.
–¡Deidara, tenemos que irnos!– lo sacudió de los hombros consternado.
–¡No entiendes! ¡Esto es arte!– se soltó para contemplar a gatas el océano partido en dos.
Si era un niño, o un loco, Obito no supo entenderlo. Lo amaba así, pero no iba permitir que le pasara algo.
Comenzó a absorberlo con el kamui, para escuchar la voz de Konan gritando que la explosión que sobrevendría duraría diez minutos exactos.
El entrenamiento del Kibaku Jirai que habían desarrollado juntos apenas le había permitido elevar sus cinco minutos en el kamui a treinta segundos más, un minuto extra con suerte. Y el difícil Izanagi, teniendo solo un ojo, de seguro sólo le salvaría la vida a su usuario.
Salió del kamui con Deidara aún montados sobre la lechuza, abrazándolo con fuerza.
–Me lo prometiste. Dijiste que no te pondrías en peligro– gritó –. Eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida.
Deidara reaccionó al torbellino de acontecimientos, sintiendo su pecho comprimirse de angustia.
–Con todo lo que hice, tengo miedo de perderte todo el tiempo. Como ahora. Vete– acabó por llorar en su ruego.
El artista tragó a duras penas, y le tomó el borde del cráneo.
–Lo siento, Tobi. Yo me quedo contigo, hm– le juró.
Y aunque Obito comenzó a sacudir la cabeza con pánico, la decisión de Deidara no tenía marcha atrás.
–¡Pero te amo!– vociferó, tomándole también de las mejillas.
–¡Yo también!– impuso su voz.
Nunca le había importado perder la vida en una explosión. Si iba a perder a Obito, entonces lo mejor era que se fueran juntos.
Puso su frente contra la parte superior de la máscara y se entregaron sobre el mar de origami completamente abierto.
–Es la última vez que acepto tus planes.
Sin soltarse, miraron donde provenía la voz, viendo flotar a Konan.
–Yo destruiré al rinnegan. Y luego dejarás en paz a Amegakure y te marcharás para siempre.
Obito sólo atinó a apachurrar a Deidara contra su pecho, no cayendo en sí del júbilo y esperando en cualquier momento un ataque mortal que lo terminara todo abruptamente.
–Hecho– asintió con la voz temblorosa, asintiendo al pedido del ángel de origami.
Las emociones intensas y los sentimientos descontrolados también agitaban a Deidara, quien tardó más de lo normal en intentar desprenderse del abrazo mientras contemplaba la expresión adusta de Konan y escuchaba cómo la conmoción marítima se hacía cada vez menor.
No duraron mucho tiempo separados, estrujándose de nuevo, con Deidara riendo y Obito alternando entre las risas y los sollozos sin todavía poder creérselo.
Lo estaba logrando. Estaba tan cerca de sus manos ya.
Konan se alejó volando, conforme con haber probado con fortuna a Uchiha Obito, mientras reflexionaba sobre el nuevo panorama que se desplegaba en su habitualmente nublado sino.
El ver a Konan alejarse de repente luego de semejante despliegue de poder hizo a Kisame buscar la empuñadura de su Samehada. Él también había caído por la labia de Madara, y el enmascarado parecía no haber perdido el talento. Observó con recelo cómo el ave de Deidara se dirigía detrás de la mujer hacia unas torres de hierro oxidado, a la vez que el nivel del agua bajaba abruptamente. Con rapidez se desplazó hasta alcanzarles, descubriendo una sobrecargada entrada semicircular, sobre la cual había aterrizado el ave de Deidara. Cruzó miradas con el rubio hasta que este se apeó de su creación, con Madara siguiéndole celosamente sin despegarse de él mientras lo atravesaba con su único sharingan.
Entretenido, les dejó pasar al lugar donde su antigua compañera, sentada entre unos escombros, intentaba recuperar el aliento. El enmascarado le ofreció una píldora del soldado, pero ella la despreció en silencio.
Obito volvió a guardarla en el bolsillo de su capa, mientras Deidara se le adelantaba rebuscando entre su propia túnica.
–Sí que sabes de arte, hm.
Konan elevó la mirada, para ver a la extraña mano de Deidara tenderle otra píldora del soldado. Sin saber muy bien por qué, tomó la que el chico le ofrecía y se la tragó con rapidez, esperando a posteriori un resultado negativo que nunca llegó.
Obito se asombró un poco, y cuando quiso tomar el hombro del muchacho para volver mantenerlo cerca suyo, vio cómo Deidara avanzaba otro paso hacia ella.
–A mí no se me ocurrió eso hm. Siento un poco de envidia de creador, pero haré algo que te supere pronto hm.
Konan solo lo miró un poco sorprendida, mientras sentía sus energías renovarse con vigor.
Por su parte, Obito se encontraba realmente incómodo. ¿Qué hacía fraternizando con una mujer que casi los asesina? Estaba convencido de que Deidara era una fuente inagotable de ideas respecto a explosiones. Entonces, ¿de qué envidia hablaba un muchacho tan orgulloso?
–Siempre fuiste demasiado especial hasta para Akatsuki– le concedió la mujer, mostrando un costado emocional que asombró a Kisame y al enmascarado.
"¡¿Qué dijo?!", se desesperó Obito.
–Claro que lo soy– Deidara volvió a erguirse para poner sus puños contra su cintura.
"Senpai, ¿qué haces? ¡Pensó en secuestrarte!".
A Deidara no le gustaban las mujeres. No tenía nada que dudar al respecto. Estaba imaginando cosas. Intentó convencerse de que era otra de sus estúpidas alucinaciones producto de sus traumas, pero la risa discreta de Kisame detrás suyo le arruinó el esfuerzo por creerse sus propias hipótesis.
Obito estaba siendo engullido por sensaciones encontradas sin saber dirimir cómo se sentía al presenciar esa interacción con la que hasta hacía unos instantes era su enemiga mortal, suya, pero también de su amor con Deidara. Konan pudo haber acabado con ambos desde el momento en que decidieron caer juntos.
El recuerdo romántico lo atontó un poco, pero aún seguía sintiendo que Konan estuvo a punto de arrancarle sin contemplaciones todos sus sueños con Deidara. Sabía lo que merecía, pero cuando se trataba de Deidara su mente se empañaba, tal como le pasó al presenciar la mente de Rin.
Ahora estaba convencido de que eso no iba a cambiar.
–Y es por eso que descubrí que el arte es una explosión, hm– continuó Deidara en su propio mundo.
Konan consideró por unos instantes el lema del muchacho, recordando todo lo que tardó en desarrollar ese jutsu y la forma en que hacía origami desde muy pequeña para escapar por unos instantes de la pobre realidad de Amegakure. Los origami siempre le dieron belleza en su vida, incluso hasta en los peores momentos. Eran técnica, y también eran amor, aunque los hubiese terminado convirtiendo en armas para luchar.
–Creo que al fin te entiendo– comentó circunspecta.
–Absolutamente, hm– se alegró.
"Senpai, préstame atención"; Obito fruncía el ceño mientras sus puños temblaban de impotencia.
Kisame rio más fuerte a su espalda, y se giró con rapidez para fulminarlo con la mirada, pero el gigante no se amilanó.
–¿Celoso de tu novio?– si tenía suerte, podía estar frente al único punto débil que imaginaba en Madara.
Obito pasó por decenas de expresiones tras la máscara. Ya nadie le respetaba como antes.
Deidara se volvió hacia su amante, él y Konan ajenos a la pequeña escena del Uchiha.
–¿Y ahora qué sigue, hm?– se dirigió a Obito, expectante.
El hombre salió de su estado con rapidez, no sin sentir la punzada de un leve resquemor hacia Konan.
–Los bijū– respondió.
–Bien, bien– Kisame sacó a Samehada de su espalda, posando la boca dentada que comenzaba a rasgar su envoltorio de tela al sentir el chakra de su dueño agitarse –. ¿Hay algo que tenga que saber antes de matarte?
El pulso de Obito se alertó otra vez, pero un golpecito en el bíceps lo distrajo.
–No me dijiste que estabas en la lista negra de todos para ser asesinado, hm– comentó con sarcasmo.
El usuario del sharingan volvió a sentirse en falta.
–Sé que lo merezco– admitió formal –. Pero Kisame, el plan original de Akatsuki significaba la pérdida de la libertad de toda la humanidad. De sus vidas, de hecho– terminó reconociendo.
–Tu plan original– lo corrigió Konan.
Obito se giró, apreciando cómo Deidara elevaba las cejas divertido. Claramente era el momento de diversión de todos menos él.
–Mi plan original– repitió, no muy convencido –. El de Madara…
–Y tú eres Madara, así que déjate de charla si no tienes nada más que agregar– lo cortó el espadachín.
Obito contuvo el aire, mientras se sentía observado en la nuca. Giró el cuello lo suficiente como para encontrarse con la mirada azulada, y luego con la gris.
Le estaban exigiendo que confesara, pero en ese punto, no se hallaba seguro de confiar en Kisame. El hombre siempre había sido un genuino mercenario y nada le aseguraba que revelar una información tan delicada sería garantía de paz. Un día podía caer sobre sus espaldas toda Konoha si es que el tipo soltaba la lengua para sobrevivir. Por otro lado, enfrentarse a él le parecía igual o peor que enfrentarse a Konan, aunque ella hubiese cambiado sus impresiones recientemente. Y aun así, seguía necesitando de ese chakra bestial para llevar a cabo lo que se proponía.
Una vez más, Obito decidió intentarlo a su modo.
–Yo también fui un ejecutor de una voluntad ajena que nunca entendí por completo– la mirada de Kisame siguió con su eterna apariencia de la de un pez muerto –. Y ya no quiero serlo más. Quiero seguir lo que realmente me importa en la vida. No ser más un soldado. Quiero elegir mi vida.
Las branquias del rostro del bijū sin cola se agitaron un poco, mientras su mirada comenzaba a encenderse.
–Y creo que no es tarde para mí– terminó por rematar con la voz firme –. Y soy mayor que tú.
Deidara y Konan contuvieron el aliento ante la elección de palabras del enmascarado, y por la posible reacción del hombre-tiburón.
Pero, aunque Kisame venía de una pérdida importante como Konan, seguía sintiendo que no sabría nunca el tipo de persona que era hasta el último día de su vida. Como si algo muy importante jamás le hubiese pertenecido, por la imposibilidad de hacerse dueño de su sino más allá de las peleas, la muerte y las traiciones. Y las palabras de Madara, habían dado justo en una de sus pocas seguridades que se mantuvieron a lo largo de su existencia.
Lo maldijo en su fuero interno.
–¿Y qué hay del plan? ¿Qué puedes ofrecerme a cambio que sea mejor que renunciar a él?
Obito no lo pensó mucho.
–Libertad. Al fin harás lo que te plazca con tu vida.
Kisame dudó. Detrás de su figura hercúlea, tenía miedo de volver a sentirse sin objetivos, miedo de no tener alguna misión que seguir o completar. De enfrentarse a sus propios demonios si renunciaba a todo lo que había hecho en su vida: reaccionar.
Konan sopesaba las palabras del Uchiha con cuidado, preguntándose si ella también no habría caído en ese escape alguna vez. Ser la herramienta de alguien más, o dedicar los jutsu y la vida por completo al seguimiento de un compañero más poderoso que pudiera proteger y llevar adelante sus sueños, incluso si eso implicó que se desviaran una y otra vez del camino. El recuerdo de la firme voluntad de Yahiko, tan parecida, pero a la vez diferente de la de Nagato. La sombra de la duda atacándola de nuevo, al borde del arrepentimiento por sus decisiones pasadas, por haberse alejado del Akatsuki de Yahiko, y la otra duda de hasta qué punto podrían haber evitado ese devenir, cuando nunca fueron libres de elegir ante los poderes que regían al mundo.
Konan casi que palpaba, podía hacerse una idea de lo acorralado que se encontraba Kisame ante sí mismo, de lo mucho que las palabras del tal Obito eran capaces de golpear a cualquier shinobi que pisara la faz de la tierra. Apretó el puño al recordarse las muchas veces que cayeron ante sus manipulaciones, y en cómo ahora, si quería cambiar lo que con Nagato no habían sabido defender, debía pasar página y hacerse responsable de lo que le tocaba. Aliarse por última vez con un hombre así de despreciable, porque en el fondo el maldito había entendido que había un arcoíris en la lluvia que les hacía recordar a todos que la vida merecía otra oportunidad.
Kisame seguía dudando, y Konan lo entendía en silencio. Obito esperaba, cada vez con menos esperanza, preguntándose cuál debería ser su próximo ardid para ponérselo de su lado una vez más.
A esas alturas, Kisame sólo quería partirlo en dos con Samehada y dejar de pensar en afrontar su vida sin seguir un motivo que no fuera falso, un motivo que no existía, porque todo en el mundo shinobi acababa en traición, y él no sabía vivir de otro modo que no fuera el del shinobi. Sabía que el enmascarado llevaba la razón, y por una vez deseó que Itachi estuviera a su lado para cubrirle las espaldas en un combate que no quería librar si no era por medio de la fuerza bruta.
Ver a Konan bajándole la mirada con algo parecido a la pena, y al supuesto Madara agitado, pero contemplándole fijamente en busca de una respuesta que fuera de su egoísta interés, le llevó al borde de sus emociones.
Mientras tanto, la mirada cada vez más desengañada de Deidara viraba desde la indecisión de Kisame, hacia el nerviosismo de Obito y luego a la pena de Konan.
–Pero, ¿qué es lo que tienes que pensar tanto? ¡Es tu vida, imbécil!– le espetó con fiereza.
El reto de Deidara devolvió el juicio a Kisame. Se quedó observándolo, anonadado, mientras su mente se abría a una posibilidad antes inexplorada.
–Al fin serás libre de estar deseando ese mundo de mentiras para no tener que levantarte odiándote todas las mañanas a cumplir una misión. ¡Hazte cargo de tu vida! ¡Haz lo que siempre quisiste hacer, hm!– se adelantó peligrosamente hacia el hombre, señalándolo con rigidez.
Obito y Konan lo miraron estupefactos unos instantes, para enseguida recordar cómo Deidara, el mejor de los discípulos de un legendario Tsuchikage, se había escapado a los quince años luego de haber obtenido todo el poder, la posición y la gloria shinobi en su aldea de origen.
Konan se tapó la frente con suavidad, regañándose con suavidad, mientras que Obito lo contempló con la más tonta y enamorada de sus sonrisas. Era por eso por lo que amaba a Deidara. Por ser libre y atrevido como un pájaro.
El silencio de los tres shinobi sólo sirvió para azuzar más al terrorista.
–Oigan, ¡qué les pasa! ¡Aquí todos han malgastado su capacidad para hacer arte, hm! ¡Pónganlo a su servicio, o sería mejor que los volara a todos!– explotó, indignado ante tanto talento derrochado.
–Senpai, no me explotes– se atrevió a bromear con suavidad Obito, sin poder evitar tontear ante la presencia del chico.
Deidara le dedicó una mirada brillante.
–Tú ya sabrás eso, hm– le señaló con rapidez y se volvió hacia Kisame, esperando una respuesta.
Y Obito, comenzó a hervir de pudor bajo su máscara y pesado traje. Comprobar que Konan se tapaba la boca con una expresión extraña fue aún peor. Le parecía que Deidara se le había insinuado, y eso era bueno a pesar de llevarlo de los nervios, pero allí, en presencia de todos… Obito Uchiha volvió a alienarse de la realidad.
Kisame le devolvía la mirada a Deidara, calculador.
–Ya te he dicho que tienes agallas, chico. Tú, enmascarado– espetó de golpe; el aludido se veía como Tobi otra vez –. Le debes tu vida a tu novio.
Y volvió a acomodar a Samehada contra su espalda, mientras Deidara le sonreía petulante a su amante.
Obito le sonrió detrás de la máscara en respuesta.
En un extremo de la habitación, una silenciosa Konan se limitaba a tomar nota de todo.
–¿Cuál es la alternativa?– interrogó Kisame, esperando que no fuera algo tan difícil como hacerse cargo de su libertad de un momento a otro.
Todos miraron a Obito.
–Liberar a los bijū. Dejarlos como están en la Gedō Mazō sería un peligro para futuras manos incautas.
Kisame soltó una risa desganada.
–¿Y cómo vas a controlarlos sin jinchūriki?
Obito sintió las miradas enjuiciadoras sobre su persona.
–Algunos no necesitan de jinchūriki, como el tres colas. ¿Lo recuerdas, Deidara-senpai?
El recuerdo de su primer y única bestia capturada juntos sacudió a Deidara. Aunque en honor a la verdad, consideraba que tanto al una cola como al tres colas, los había capturado él solo, el recuerdo tenía algo de bello, cuando Tobi murmuraba dormido algo que parecía una situación sexual con él. Siempre supo que era una tomada de pelo, pero ahora que lo recordaba, esa fue una de las primeras veces que consideró en querer con él.
–¿Senpai?– el infaltable uso del honorífico no dejaba de asombrar a Konan y Kisame.
Deidara se dejó de ensueños.
–Al no tener la inteligencia de un jinchūriki, no era capaz de sacarle pleno partido a su poder. Fue fácil, pero no sabría decir lo mismo con la fama del una cola ya que su jinchūriki lo controlaba bien. Habrá que arriesgarse, hm.
El resto volvió a experimentar la conocida sensación de inseguridad que Deidara siempre les transmitía en las reuniones de Akatsuki cuando se llevaba las manos a las bolsas de arcilla para usarlas como bolsillo. El que volviera a repetir ese gesto sólo elevó la desconfianza de Kisame.
–Si quieren eso, entonces será demasiado trabajo para cuatro shinobi, aun si somos los sobrevivientes de Akatsuki.
–Por algo sobrevivimos al resto, hm.
Kisame rechistó por pretender hacer entrar en razones al alocado terrorista, mientras Obito se mantenía en silencio.
Si administraban bien sus chakra, cabía la posibilidad de lograrlo sin que resultara mortal para todos. Kisame tenía una reserva de chakra inhumana que aún no había visto en acción, Konan resultó más astuta y poderosa de lo que imaginaba, él tenía el kamui y el amaterasu, y Deidara un arsenal interminable.
Sudó frío cuando recordó que la técnica más poderosa de Deidara implicaba su propio suicidio.
Estaba empezando a dudar seriamente de liberar a los bijū, cuando Konan se puso de pie y avanzó unos pasos hacia ellos.
–Podemos hacerlo. Necesitamos reestructurar el equilibrio de poder entre las naciones y las aldeas ninja. Ese fue uno de los primeros objetivos del Akatsuki original. Y una deuda que debes pagar– agregó mirando a Obito.
Deidara y Kisame lo observaron socarrones, y por un segundo Obito deseó que Deidara no disfrutara con las cosas que podían ponerlo en peligro.
–Procuraré pagarla– se comprometió el enmascarado.
Ante la fría determinación de Konan, todos los argumentos reluctantes de Kisame acabaron por perder su empuje.
–Ya quiero terminar con este sinsentido, hm. Akatsuki no me llena más los bolsillos, no tengo por qué seguir manteniendo a esas bestias allí dentro– la intervención de Deidara implicó mayor presión.
Todos observaron a Kisame.
El hombre de Kirigakure se resignó con un suspiro.
–Supongo que todos quieren mi chakra una última vez.
–Hasta que lo entiendes, hm– Deidara se cruzó de brazos.
–En verdad te lo agradezco– Obito fue franco al sentir el alma volver a su cuerpo.
Kisame les miró de mala gana.
–Gracias, Kisame– declaró con estoicismo Konan, volviendo a su justo medio al usuario de Samehada.
–Explícame una vez más por qué debemos volver allí, hm.
–Porque ahí está la Gedō Mazō.
–Ya te dije que lo volé todo junto con tu clon. ¿Ibas a seguir ocultándomelo?– le tironeó con leve fuerza el cuello de la túnica.
Deidara estaba susurrando. Konan y Kisame estaban en otra habitación, así que se contenía lo mejor posible para que no se percataran de su reclamo.
–Perdona, senpai, esta vez no fue a propósito. Se me pasó decírtelo con la emoción de la explosión y de haber matado a Zetsu. Luego pasó todo lo otro… Esta vez no fue aposta– le respondió bajito un muy apenado Obito, reteniendo su mano entre las suyas para llenarla de caricias –. En verdad lamento que tengas que pasar por todo esto. Pero ya vamos a lograrlo, mi a…
Se frenó justo a tiempo. Deidara lo miraba descolocado, pero se repuso con rapidez y compuso una blanca sonrisa vivaracha pese a cierta indocilidad que le causaba la situación.
–¿Decías?
Obito se puso tieso.
–Mi, mi, m-i…– que el chico avanzara hacia él poniéndose en puntas de pies para escucharlo decir por primera vez "mi amor" le dejaba sin defensas.
–Madara-quien seas, Konan dice que ya pueden ir a ver a Pein– interrumpió un Kisame que, al ver la situación, volvió silencioso por donde vino.
Obito lo siguió como un resorte, intentando escapar de su bochorno.
–Ey, ey, ey– lo siguió Deidara, tironeándole de la manga –. Ni creas que te salvas de mí, hm.
El otro se detuvo, tomándolo de los codos con suavidad.
–No necesito ser salvado de ti. Jamás– se inclinó y le dejó un dulce beso a través de la máscara.
Deidara le correspondió con una risita.
–Qué estilo tan raro tienes de besar– le bromeó mientras le daba unos golpecitos a la máscara.
Obito rio y deseó que el tiempo se congelara allí.
–Vamos– le tomó de la mano para luego caer en un estado de nervios y soltarse momentos antes de exponerse a los antiguos Akatsuki, causando la mofa de Deidara.
Konan los guio por una serie de pasillos que bajaban por el edificio, hasta detenerse frente a una puerta. Inspiró y abrió la puerta no sin cierta indecisión, encomendándose a las almas de sus amigos. Como Tobi les traicionara, no acabaría hasta morir para detenerlo. Pero debía intentarlo, lo sabía mientras miraba los envoltorios donde estaban Yahiko, y recientemente, Nagato.
Deidara, Obito y Kisame entraron a la blanca recámara decorada con miles de origami mirándolo todo, reparando en que la mujer se había detenido entre dos cuerpos en apariencia momificados, pero bien conservados.
–Esto es todo lo que me queda– le dijo ella a Obito, poniendo cada mano sobre la frente de los cadáveres de Yahiko y Nagato.
Obito sintió el peso sobre su espalda. Kisame le observó refocilándose por ello, y Deidara le clavó una mirada de pocos amigos que hizo que el hombre tiburón ocultara un poco su deleite.
–Sólo será una vez. Sacaremos a los bijū de la estatua, y luego devolveré los rinnegan para que los destruyas– Obito frunció el ceño, y su voz se volvió más seria de lo común –. Quisiera verte hacerlo con mi propio ojo– le demarcó a Konan, inseguro de que ella aceptara cumplir su parte del trato.
Konan suspiró y asintió. Giró su mano sobre la cabeza de Nagato y esta terminó descubierta, para hacerse a un costado mientras Obito avanzaba. Enseguida se percató de que Deidara y Kisame se adelantaban empujándose para al fin conocer la cara de quien había sido su supuesto líder, y les miró entre asombrada e indignada por tal falta de respeto.
Kisame se detuvo bajando la mirada y Deidara se cruzó de brazos algo ofendido, pero sin dejar de echar una última ojeada indiscreta. Al menos había alcanzado a ver su rostro inesperadamente demacrado.
Obito se quitó los guantes, pero mayor dificultad tuvo en quitarse la máscara frente a todos. Apenas lo logró, procedió a medir el ojo izquierdo de Nagato. Mientras Kisame se apostaba silencioso contra una de las paredes de la habitación, recordando cómo Sasuke se había colocado los ojos de Itachi de manera intuitiva en sus narices, Konan no dejaba de mirar a Obito con una mezcla de asco y vergüenza por la memoria de su amigo. A los pies del Uzumaki, Deidara no se perdía detalle, con una creciente indignación en su interior.
No era la primera vez que Obito había experimentado colocándose ojos con dojutsu en su cuenca vacía, y el rinnegan de su ancestro se adaptó rápidamente a su cuerpo, reconociendo los genes Senju y Uchiha. Unos cuantos parpadeos, y lo más difícil se acercaba.
Renunciar momentáneamente a su valioso ojo y su particular tsukuyomi.
Se auto transmitió la intención de que su tsukuyomi se conservara en buen estado, en especial donde guardaba la escultura de flores de Deidara. Sacó de allí un frasco con un líquido bien conocido y cuando estuvo listo, con un fuerte suspiro se arrancó el ojo para depositarlo enseguida en el conservante, cerrando la tapa con celo.
Konan y Deidara dejaron de mirar por un momento, cada cual por sus motivos. Kisame estaba demasiado lejos de allí como para notarlo, perdido en sus memorias.
El rinnegan derecho de Madara fue implantado esta vez con la ayuda de una pequeña pinza, puesto que su nervio óptico se encontraba en perfecto estado y Obito no quería dañárselo. Le dolió mucho más que el trabajo anterior, pero luego de unos momentos de sentirse ciego, se sentó entre los cadáveres de los ninja de Amegakure a esperar que el efecto del mareo y las náuseas pasara.
Konan se movió enseguida a sostener la cabeza de su amigo con las cuencas ahora vacías, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas al fin luego de tantas décadas de incapacidad para llorar. Le acarició con ternura y le pidió perdón en un rezo silencioso.
–¿No podemos invocarla desde aquí?– interrumpió Kisame, ajeno a todo.
Obito respondió con dificultad mientras se masajeaba los ojos a través de los párpados con cuidado.
–Quizás, pero en caso de lograr liberar a las bestias, nadie las detendría si quisieran destruirlo todo.
Deidara avanzó y se sentó a su lado. Obito lo percibió por el olor cálido de su cuerpo, y buscó a ciegas su mano.
El rubio se las tomó, acariciándolas un poco, apreciándolas desnudas otra vez en la desigualdad de sus tonos de piel.
–Esto no va a durar mucho, senpai– murmuró muy bajito, inclinando la cabeza hacia donde suponía que estaría la de Deidara.
Deidara negó repetidamente con la cabeza.
–Ustedes los Uchiha no tienen remedio, hm.
La sonrisa triste de Obito le hizo apretar sus labios en silencio.
–Perdóname, monito-senpai– incluso a Deidara le costó escucharlo –. Si supiera qué tengo que hacer para verte feliz siempre, lo haría sin dudarlo– le sonrió mientras abría sus ojos con dificultad, intentando enfocar la vista entre las lágrimas y la sangre seca de la operación.
Deidara vio al que era su pareja, a través de los ojos del que había sido su indiscutido líder. El patrón inquietante, el Shinra Tensei con el que fue castigado un par de veces por rebelde, el color violáceo en aquellas cuencas ocupadas por completo como en una pintura vanguardista.
No era el jefe, era su amante, el cual sí había sido el jefe, pero no el que creía. Deidara se llevó las manos a la cabeza, tironeando el cabello de sus sienes, cuando vio que Obito le entregaba con devoción frasco con el sharingan derecho para que se lo cuidara como si fuera su vida.
Tanto dependían los Uchiha de su sangre, pensó con disconformidad.
Resopló y se sostuvo la frente, mientras con una mano aceptaba cargar aquel frasco que de seguro sería del agrado de Sasori, más no del suyo. Quizás lo pondría dentro de una escultura, que una Ryu-chan se hiciera cargo.
Qué poco artística que era la gente a veces.
–Dejar de hacer estupideces, hm– respondió enseguida, mientras Obito se tornaba rojo como un tomate.
*Frase que Konan pronuncia en el canon contra Obito, puede variar según la traducción.
Lo que más odio de las cosas malas que hizo Obito es justamente haberla matado con alevosía, y no se lo perdono. Lo iba a hacer sufrir mucho más, pero el capítulo se me hacía eterno y quería indagar más en Konan. Me indignó tanto como ese final, el poco desarrollo que le dio Kishimoto. Me hacía dudar si era una seguidista acrítica. Puede que haya algo de eso en el personaje, pero no me gusta ese desbalance entre poder y cerebro, por lo que escribí un desarrollo un poco más profundo y no me importó demasiado si me alejaba de las intenciones originales de Kishimoto, porque tampoco estas me satisfacen #nopuedohacerlaspacesconkishi. A Kisame también lo puse en una situación parecida, siendo él el perfecto soldado hormiga que cumple con todo y prefiere no pensar. Por eso preferí ponerlo entre la espada y la pared, sacarlo de su zona de confort.
Otro buen nombre para este capítulo habría sido "Matemos a Obito". Y no. No quería darle más poderes a un Uchiha tan fuerte como él, pero amerita porque me opongo a dejar a esas hermosas bestias presas por ahí. ¡Por los derechos de los biju!
Y no me iba a ir del capítulo más largo hasta ahora sin dejar por escrito que Obito tuvo un momento "senpai, notice me!" xD
Miru Mangetsu, tu comentario es de esos que dejan marca y aflojan mucosidades (por qué lo decía así). La verdad es que si siguiera un fic que me gusta mucho en otro idioma y encontrara una decena de capítulos más en mi propio idioma me desmayaría de un ataque fanático jaja. Supongo que ya conoces el capítulo 12.5, fue un agregado inesperado en su momento que nació apenas vi el documento en blanco para una TobiDei Week. Que me digas que el ship está bien llevado es (no sé poner emojis aquí pero imagina una carita con corazones y llorando) lo que siempre he buscado con el obidei. Intenté trabajar mucho para que me señales algo tan lindo que llevé más o menos bien los problemas de Obito (porque es tan difícil él) y que conmoviera en su convergencia, me emociono leyéndote de nuevo. También creo que merecen amarse toda la vida mis hermosos. También busqué esas cosas en Deidara y qué bien que lo leas de ese modo. Y tienes toda la razón, Obito siempre es un tipo que puede salir disparado en cualquier rumbo. Pese a lo mucho que pienso este fic, ¡siempre se me rebela más que cualquiera! #acuarianosenace. Si te parece fluido y real creo que ya puedo desmayarme otra vez. Voy a por mis pañuelos. Mis mejores deseos también y que permanezcas sanx .
mukii, ni te imaginas lo desconectada que he estado yo también y lo mucho que me tomó encontrar momentos para escribir este. Me gustó escribir el Kisame del capítulo pasado, si bien repasé mucho al personaje, puse momentos homo pensando en Itachi porque me encanta y en mi headcanon pasó algo parecido y trágico (pobres Akatsukis, no les dejan amar). Con Konan, sinceramente tenía planeado que le arrancara el brazo a Obito y dejarlo un buen tiempo penando a lo Sasuke para "expiar pecados" (entonces Dei iba a darle un cachetazo y hacer surgir el brazo de nuevo), pero introducía algo que distraía completamente el tema. ¡Cuídate mucho!
queponern427, gracias por tu entusiasmo! Espero hayas disfrutado de la actualización y permanece segurx :)
Otro capítulo más donde yo me creía que era el anteúltimo. Voy a llorar. ¡Riamos y que estén a salvo!
