Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«25»
El sol entraba por la alta ventana de la austera estancia en la que Naruto había estudiado en otra época bajo la dura amenaza de la palmata. Apartándose de la frente un mechón de pelo que se había escapado del impecable moño que llevaba, Hinata iba repasando los títulos de los libros que llenaban las estanterías de uno de los lienzos, en busca de unos manuales para enseñar a leer a los niños que pronto iban a reunirse en la casa del guardabosque.
La sobrecogió ver aquellos títulos y pensar en el alcance y la profundidad de los conocimientos que con toda seguridad poseía Naruto. Tenía ante sus ojos gruesos volúmenes encuadernados en pie! en los que se leía Platón, Sócrates y Plutarco, así como los nombres de otros muchos filósofos menos conocidos que apenas le sonaban a ella. Había secciones enteras de arquitectura, de todos los periodos de la historia europea, de las vidas y hechos de todos los que habían gobernado en Europa. Libros escritos en inglés, en latin, en griego y francés.
Las matemáticas habrían tenido un interés especial para Naruto, pues había una inconcebible profusión de volúmenes sobre esta materia, algunos con títulos tan complicados que a Hinata le costaba incluso imaginar sus contenidos. Libros de geografía, tratados escritos por exploradores, libros sobre culturas antiguas; hasta el último tema que hubiera mencionado en alguna ocasión su abuelo parecía estar representado en aquella biblioteca y además con gran profundidad.
Con una ligera sonrisa acabó la revisión y en el último estante encontró el material que buscaba. Se agachó y escogió dos manuales que podían ayudarle a empezar. Con los libros y una pizarra en la mano, fue avanzando por el entablado experimentando aquella peculiar combinación de sentimentalismo y abatimiento que había vivido un año antes al entrar en aquella inhóspita estancia.
Se preguntaba como Naruto podía haber pasado tantos años en un lugar tan solitario. Recordaba agradecida que ella había recibido sus clases en un lugar soleado y en muchas ocasiones en el exterior, con su abuelo, que encontraba la paz y el deleite en los conocimientos y que también le había inculcado este placer a ella.
Se detuvo ante el pupitre situado frente a la mesa del preceptor, y al fijarse en las iniciales grabadas en la madera las fue recorriendo con el dedo con gran ternura: N.N
Había visto por primera vez aquellas iniciales cuando creía que Naruto estaba muerto. Recordó el desconsuelo que sentía aquel día y también durante los meses que siguieron. En cambio ahora le sabía abajo trabajando en su estudio, lleno de vitalidad y atractivo. No yacía en un húmedo panteón sino que estaba sentado ante su escritorio con una camisa de una blancura inmaculada que ponía de relieve su rostro y también sus anchos hombros, y un pantalón de montar de color beige que hacia resaltar sus largas y musculosas piernas.
Estaba vivo y gozaba de buena salud aquí con ella, tal como había rezado ella para conseguirlo y soñado mil veces. Pensó que Dios había oído sus súplicas y de pronto sintió una enorme gratitud. Él le había devuelto a Naruto e incluso la había ayudado a entender mejor al hombre amable, autoritario, tierno, inteligente y a veces cínico a quien ella amaba.
Con esos pensamientos en la cabeza salió de la estancia pero, al ir a cerrar la puerta, oyó un sonido sordo seguido como el que produce un objeto al rodar por encima de la madera. Al darse cuenta de que había hecho caer algo que se apoyaba en el marco de la puerta se volvió. Miró hacia el suelo con aire de desconcierto y la mirada se clavó horrorizada en la consistente y curtida palmeta de madera que en otra época un preceptor había utilizado con Naruto.
Los ojos se le encendieron al observar el funesto objeto y por un instante deseó poder golpear personalmente a la persona que lo había utilizado. Se dio media vuelta y salió dando un portazo. Al pasar ante un sirviente en el pasillo, le entregó la palmeta diciéndole: —Queme esto.
De pie junto a la ventana de su despacho, Naruto vio que Hinata se dirigía a los establos con algo parecido a un montón de libros. Le sorprendió sentir un casi incontrolable impulso de llamarla y plantearle pasar el día juntos. La estaba echando de menos.
Dos horas después, Adams, el secretario de Naruto, a quien habían llamado para la habitual sesión de dictado, se encontraba sentado, desconcertado, a punto de seguir con la carta dirigida a sir Bentley que le estaban dictando. A mitad de la carta, se había detenido el torrente de palabras y el duque de Konohagakure se había quedado mudo, mirando por la ventana con aire ausente.
Perplejo ante aquella insólita falta de concentración, que no era la primera que advertía aquella tarde, Adams carraspeó con cierta vacilación pensando que tal vez el silencio del duque era una autorización para retirarse.
Naruto apartó de su cabeza las endebles imágenes que formaban las nubes en el brillante cielo azul y se volvió con gesto afectado hacia el secretario:—¿Dónde estaba?
—En la carta de sir Bentley —dijo Adams—. Había empezado con las instrucciones sobre la inversión de los beneficios obtenidos con el último viaje del Ciudadela.
—Por supuesto —respondió Naruto, volviendo de nuevo la vista a la ventana. Una nube en forma de cuádriga se estaba convirtiendo en una gigantesca gaviota—. Dígale que apareje el Gaviota... ejem... el Valquiria —rectificó Naruto— y que lo ponga en disposición de navegar inmediatamente.
—¿El Valquiria, Excelencia? —preguntó Adams estupefacto.
La mirada del duque pasó, poco convencida, de la ventana al turbado rostro de Adams.
—¿No es eso lo que acabo de decir?
—En efecto, Excelencia, pero en el párrafo anterior indicaba a sir Bentley que aparejara el Cuatro vientos.
Adams observó, desconcertado, la expresión que solo habría podido calificar de terrible bochorno en el aristocrático rostro del duque antes de que abandonara los papeles que tenía en la mano y le dijera sin más preámbulos:
—Será todo por hoy, Adams. Seguiremos mañana por la tarde, como de costumbre.
Mientras Adams se preguntaba que trascendental y alarmante acontecimiento podía haber llevado al duque a cancelar la sesión de trabajo aquella tarde por segunda vez en ocho años —la primera había sido el día del internamiento del tío del duque—, Naruto añadió sin darle importancia:
—No, mañana por la tarde tampoco.
Camino de la puerta, Adams se volvió un instante para mirar al duque, más desconcertado que nunca ante el aplazamiento de una serie de cartas más bien urgentes.
—Tengo un compromiso por la tarde —dijo Naruto con aire tranquilo—. Una comida campestre.
Haciendo un valiente esfuerzo por mantener el semblante impasible, Adams asintió con una inclinación de cabeza. Pero al volverse tropezó con una silla.
Pensando que se sentía inquieto por haber permanecido demasiado tiempo encerrado, Naruto salió de la casa para dirigirse a la caballeriza. De todas formas, cuando Smarth salió disparado para preguntarle si deseaba una montura, Naruto cambió de parecer y decidió tomar a pie el camino de una de las casas del guardabosque, situada en el linde, donde Hinata había dicho que daría clase.
Unos minutos después oyó un canto y al subir los dos escalones que llevaban a la puerta de la casita, sonrió para sus adentros al comprobar que Hinata, en lugar de estar «perdiendo el tiempo» con canciones como había supuesto en un principio, enseñaba a los niños el alfabeto con una alegre canción que contenía cada una de las letras. Con las manos en los bolsillos, se quedó en el umbral de la puerta sin que nadie le viera, escuchando aquella cantarina voz y contemplando la escena asombrado.
Sentados en el suelo y cantando con expresión de embeleso, no sólo vio a niños de todas las edades sino también a unos cuantos adultos. Reflexionando un poco identificó a dos de las mujeres como las esposas de sus arrendatarios, y a un anciano como el abuelo de su principal administrador. No tenía ni idea de quiénes eran los otros adultos ni de a que familias pertenecían los pequeños.
Ellos sí le reconocieron, sin embargo, y la melodiosa canción empezó a estropearse hasta hacerse el silencio cuando los mayores dejaron de cantar y mandaron callar a los más pequeños. A unos metros a su derecha, Hinata ladeó la cabeza sonriendo a sus alumnos.
—¿Basta por hoy? —preguntó, comprensiva, sin ver a qué obedecía la súbita falta de atención—. Si es así, ahí está el «pensamiento que hay que recordar» hasta que volvamos a vernos el viernes: «Todos los hombres son iguales» —citó textualmente, dirigiéndose hacia la puerta donde se encontraba Naruto, sin duda con la intención de ir despidiendo a cada uno de los alumnos a la salida—. «Lo que importa no es la cuna sino la virtud.» —Su hombro izquierdo chocó con Naruto y se volvió de repente.
—Vaya cosas les enseñas —dijo Naruto en tono de broma, sin hacer caso de los ocupantes de la casa, que se habían puesto de pie y le miraban emocionados—. Vas a incitar a la anarquía con citas de este tipo.
Salió fuera y los reunidos, que interpretaron correctamente el movimiento como una despedida, se dispusieron a abandonar la casa.
—No te han dicho ni pío —comentó Hinata observando asombrada cómo el alegre grupo de alumnos, que a ella le caía tan simpático, se marchaba corriendo y con aire culpable se metía en el bosque.
—Porque yo tampoco les he dirigido la palabra —explicó Naruto con total despreocupación.
—¿Por qué? —preguntó Hinata algo dudosa, mientras la emoción de la inesperada visita conseguía que casi olvidara su desconcierto.
—Mis antepasados, a diferencia de muchos terratenientes, nunca tuvieron un trato personal con sus arrendatarios —respondió él sin darle importancia.
La imagen de un muchacho solitario que tenía prohibido confraternizar con el resto de habitantes de aquella vasta propiedad apareció de repente en la mente de Hinata, y sus ojos se volvieron hacia él reflejando la ternura que sentía. Deseosa de ofrecerle todo su amor, entrelazó su brazo con el de él diciendo:
—Me ha sorprendido verte aquí. ¿Qué es lo que te ha traído a este lugar?
Te echaba de menos, pensó Naruto.
—Ya había terminado el trabajo —mintió. Colocando la mano sobre la de ella siguieron el camino, cruzaron los jardines frontales de la casa y se dirigieron hacia la glorieta situada en el extremo más alejado del lago—. Este es mi lugar favorito en Konohagakure —comentó él, apoyando un hombro en una de las blancas columnas que soportaban el techo de la glorieta. Se metió las manos en los bolsillos y echó una mirada ausente al bosque y al lago, sin fijarse en las flores que ella había plantado en el claro que tenían detrás—. Supongo que si sumara las horas que he pasado aquí de niño y de joven obtendría un resultado de varios años.
Emocionada al constatar que el apuesto y enigmático hombre con el que se había casado empezaba a abrirle su corazón, Hinata le miró sonriendo.
—Era mi lugar favorito durante el tiempo que estuve antes en Konohagakure. ¿Qué hacías aquí? —preguntó ella, recordando las vívidas e imposibles fantasías que había inventado sobre él sentada en los cojines de espléndidos colores de la glorieta.
—Estudiaba —respondió, rotundo—. No me gustaba mucho el aula. Ni mi preceptor, por cierto.
Los sonrientes labios de ella temblaron levemente al imaginar al apuesto y solitario muchacho al que su padre obligaba a destacar en todo.
Naruto notó la ternura en los grises ojos de Hinata y soltó una risita, sin saber en realidad que la había llevado a aquella calidez.
—¿Y tú qué hacías cuando venías aquí? —dijo. Hinata encogió los hombros con cierta inquietud.
—Sobre todo soñar despierta.
—¿Qué soñabas?
—Lo típico.
Se ahorró la respuesta pues vio que Naruto miraba de pronto hacia el claro del bosque con expresión de desconcierto.
—¿Qué es esto? —preguntó, irguiéndose y acercándose hacia el punto que había observado. Fue directo al mármol cortado en forma de cuna y allí leyó las sencillas palabras grabadas en él con una indescriptible expresión de incredulidad:
NARUTO NAMIKAZE
NACIDO EL 10 DE OCTUBRE DE 1786
MUERTO EL 16 DE ABRIL DE 1814
Volviéndose hacia Hinata con una expresión de repugnancia casi cómica, le preguntó:
—¿Fue Gaara quien me colocó aquí, en el bosque? ¿Opinaba que no merecía estar en el cementerio familiar?
Hinata soltó una risita ante aquella inesperada y curiosa reacción al ver su propia muerte grabada en el mármol.
—Ahí también hay un monumento dedicado a ti. Yo... nosotros... pensamos que era un lugar precioso para... poner una pequeña placa en recuerdo tuyo. —Esperó que él se fijara en que habían ampliado el claro y habían plantado flores, pero al ver que no se daba cuenta, le dijo suavemente—: ¿No ves nada diferente en este lugar?
Naruto echó un vistazo sin captar la serena belleza que había creado ella allí.
—No. ¿Hay algo diferente?
Ella puso los ojos en blanco fingiendo enojo.
—¿Cómo puedes pasar por alto un auténtico pequeño jardín?
—Jardín —repitió él con poco interés—. Ah, sí, veo flores —añadió apartándose de aquel lugar.
—¿Las has visto? —insistió Hinata, medio en broma, medio en serio—. Pues, sin volverte a mirarlo, dime qué colores tienen.
Naruto le dirigió una mirada socarrona y, tomándola del brazo, se dispuso a volver hacia la casa.
—¿Amarillas? —sugirió un momento después.
—Rosadas y blancas.
—Por poco lo acierto —bromeó él.
Pero de vuelta hacia la mansión, se dio cuenta por primera vez de que las rosas que florecían con tanta magnificencia en los cuidadísimos parterres que estaban junto al edificio estaban distribuidas por colores y no mezcladas, y que las de color rosa le recordaban los labios de ella. Algo violento por aquel sentimentalismo desconocido por él hasta entonces y que le provocaba ella, Naruto inclinó la cabeza para mirarla, y lo siguiente que le vino a la cabeza fue aún más increíblemente sentimental: faltaban solo cinco días para su cumpleaños y se preguntaba si ella había caído en la cuenta de esto al leer de nuevo las fechas grabadas en el mármol.
La imagen de Hinata despertándole con un beso y con deseos de felicidad en su cumpleaños iba flotando alegremente por su cabeza y de pronto deseó con todas sus fuerzas que ella recordara la fecha e hiciera algo que le demostrara lo importante que era en su vida.
—Me estoy haciendo mayor —comentó con afectado descuido.
—Hummm —murmuró ella con aire ausente jugando con una idea tan enigmática, tan perfecta que acababa de considerar detenidamente y empezaba a ejecutar.
Evidentemente Naruto se dio cuenta, decepcionado y desilusionado, de que Hinata ni sabía que se acercaba su cumpleaños ni le importaba que así fuera, y de que, dándole pistas sobre el tema, se comportaba como un colegial enamorado que ansiaba una prueba de amor de su amada.
Cuando llegaron al vestíbulo, Naruto iba a dejarla y mandar llamar a su administrador, pero Hinata lo detuvo.
—Milord —dijo.
—Naruto —respondió él en el acto.
—Naruto —repitió ella, sonriéndole de una forma que despertó en él deseos de estrecharla entre sus brazos—, ¿sigue en pie lo de la comida campestre mañana junto al río? —Cuando él hubo asentido, Hinata siguió—: Tengo unas visitas que hacer por la mañana... La señora Little, la esposa del guardabosque, acaba de dar a luz a un niño, y tengo que llevarle un regalo. Aparte de ésta, debo hacer otras visitas. ¿Quedamos junto al río?
—Muy bien.
Alarmado y fastidiado por aquel deseo de tenerla constantemente a su lado, que iba en aumento, Naruto no cenó con ella ni la llevó a su cama aquella noche. En lugar de esto, estuvo horas despierto en su enorme cama con dosel, con las manos entrelazadas en la nuca, mirando hacia el techo y haciendo esfuerzos por no acudir a su dormitorio.
Al amanecer seguía despierto, reestructurando mentalmente la suite de ella. Pondrían un espacioso baño de mármol como el suyo, decidió, y también un vestidor mucho más amplio. De aquella forma, en sus estancias no quedaría lugar para la cama. Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios al cerrar por fin los ojos. Decidió con gesto generoso que la dejaría dormir en su cama.
En aras a la modernización, todo sacrificio era poco.
Animadísima con los planes que había puesto en práctica toda la mañana, Hinata se fue a caballo hasta el claro del bosque. Vio a Naruto en la orilla del río, de espaldas a ella, mirando hacia el agua, al parecer ensimismado. No se sentía culpable ni le inquietaba el hecho de haber acudido a visitar en secreto a Gaara, pues estaba convencida de que Naruto no iba a oponer objeción alguna a ello cuando descubriera, al día siguiente, por que lo había hecho.
La lozana hierba amortiguó el sonido de sus pasos al acercarse a él, con una emoción en la que se confundían la alegría de verle y la incertidumbre que le provocaba el no haber cenado ni hecho el amor con él la noche anterior. Consciente de que el trato con ella se había enfríado un poco al regresar de la glorieta, dudó un instante pero luego echó la precaución por la borda. Le amaba y estaba decidida a enseñarle a amar y a reír.
Resuelta, se acercó a él por detrás con cautela, se puso de puntillas y le tapó los ojos con las manos. Sin duda la había oído acercarse pues no movió ni un dedo.
—Llegas tarde —dijo en tono risueño.
—Rápido —dijo ella—, dime de qué color son las flores de la colina que estabas mirando.
—Amarillas —respondió Naruto enseguida.
—Blancas —dijo ella suspirando y quitándole las manos de los ojos.
—Si me aferro al amarillo —respondió él volviéndose para mirarla—, tarde o temprano acertaré.
Hinata movió la cabeza simulando desesperación y se dirigió a la manta que había extendido él junto a la orilla.
—Eres el hombre más frío y poco sentimental del mundo —le dijo volviendo la cabeza.
—¿En serio? —preguntó él, agarrándola por los hombros y atrayéndola hacia su cuerpo. Su aliento hizo agitar un mechón de la sien de ella—. ¿De veras piensas que soy frío, Hinata?
Ella trago saliva, completamente consciente del imperioso magnetismo sexual que emanaba del cuerpo de Naruto.
—Frío exactamente no —dijo algo temblorosa, avergonzada por el deseo que sentía de preguntarle por qué no había querido estar con ella la noche anterior. Haciendo un esfuerzo por dejar a un lado aquella ansia, se arrodilló sobre la manta y empezó a sacar la comida de las cestas.
—¿Tan hambrienta estás? —bromeó él, sentándose a su lado.
—Tengo un hambre canina —mintió ella, advirtiendo que Naruto iba a besarla de un momento a otro e intentando controlar sus sentidos de antemano. Una cosa era bromear con él e intentar establecer algún tipo de comunicación; era algo que le parecía aceptable. Lo que no consideraba tolerable era que viera que estaba dispuesta a entregarse a sus brazos cada vez que él decidiera besarla, en especial después de que la noche anterior no le hubiera hecho ningún caso. Como si su vida dependiera de la simétrica disposición de los platos y los vasos, siguió arrodillada, ofreciéndole el perfil.
Al inclinarse para colocar en su sitio las impecables servilletas de hilo blanco, Naruto le apartó un mechón de cabello que el viento le había colocado sobre la mejilla.
—Tienes un pelo precioso —murmuró con una voz tan aterciopelada que le hizo estremecer todo el cuerpo—. A la luz del sol brilla, y tu piel es suave como la de un melocotón.
Hinata buscó una tabla de salvación en el humor:—Ya veo que no soy la única que está hambrienta.
Naruto soltó una risita ante la evasiva, pero su mano siguió acariciando sensualmente la mejilla y fue descendiendo hacia el brazo, que Hinata llevaba descubierto.
—¿Ninguno de mis arrendatarios te ha ofrecido un refrigerio?
—La señora Scottworth me lo ha sugerido, pero no he aceptado porque su hermana, la señora Tilberry, se encontraba en la parte de la casa que utilizan como cocina.
Hinata arrugó su respingona nariz al pensar en la lengua afilada de la señora Tilberry, que intimidaba sin piedad a su nuera incluso delante de Hinata.
La mano de Naruto se cerró en el brazo de ella para apartarle la mano de la servilleta que se empeñaba en alisar, hasta que no tuvo más remedio que volver la cabeza ante su seductora mirada.
—¿Qué hacía la señora Tilberry en la cocina de la señora Scottsworth? —murmuró mientras su sensual boca descendía hacia la de ella.
—Recitaba ensalmos y agitaba una varita por encima de una marmita —bromeó Hinata, estremeciéndose.
—Recitaba ensal... —Naruto se echó a reír y, con un movimiento vertiginoso, la tumbó boca arriba y se inclinó sobre ella sin apartar el brazo de su hombro—. Si existe una bruja por esos aledaños capaz de hechizar a alguien, ésa eres tu —dijo con una sonrisa marcada por la pasión.
Fascinada por aquellos ojos azules, Hinata por un lado deseaba el beso que iba a darle él y por otro sentía resentimiento al pensar que la conquistaba siempre que quería. Cuando Naruto inclinó la cabeza, ella giró levemente la suya de forma que sus labios consiguieron solo rozarle la mejilla. A pesar de ello, Naruto siguió impertérrito y con los labios recorrió su mejilla hasta llegar al punto sensible del lóbulo de la oreja. Súbitamente introdujo la lengua en el oído y el cuerpo de Hinata dio una sacudida como respuesta automática.
—Tengo... tengo hambre —dijo con voz ahogada.
—Y yo —murmuró él en tono vehemente en su oído, y el corazón de ella empezó a latir con una fuerza completamente desbocada. Naruto levantó la cabeza para contemplar aquellos lánguidos ojos grises—. Abrázame.
—¿No sería mejor después de comer... cuando haya repuesto fuerzas? —dijo ella como maniobra dilatoria. Observó absorta y fascinada cómo los firmes y sensuales labios se abrían para articular una única palabra, una implacable orden:
—Ahora.
Respirando entrecortadamente, Hinata colocó las manos en sus anchos hombros. Sin que la mente les enviara orden alguna, éstas hicieron fuerza para atraer el cuerpo de Naruto, pero un instante después se detuvieron, pues el pánico se apoderó de pronto de ella.
—Ahora —repitió Naruto en un apasionado susurro, con los labios a punto de rozar los de ella.
—¿N... no te apetece un poco de vino antes?
—Ahora.
Con un silencioso gemido de desesperación y entrega, Hinata colocó la mano en la nuca de él y con avidez tomó sus labios. En un primer momento el beso fue suave, de tanteo, de reconocimiento entre amantes, pero siguió y fue convirtiéndose en algo que iba produciéndoles cada vez más placer a los dos y obligándoles a intensificarlo. Con gesto sensual, la lengua de Naruto abrió sus labios, se introduco en la boca, saboreándola un instante y retirándose luego... pero poco después se sumergió de nuevo en ella con gran perentoriedad, y el deseo estalló entre ambos.
Le desabrochó el vestido, hizo bajar la camiseta por el escote y dejó al descubierto sus senos. Ahuecó la mano en uno de ellos, empujándolo un poco, mientras el pulgar describía un círculo alrededor del pezón y contemplaba cómo su punta rosada se endurecía adoptando el aspecto de una compacta yema. Seguidamente, con una lentitud marcada por el ansia, inclinó la cabeza para situar la boca en el punto que había recorrido el pulgar. Los labios se cerraron alrededor del excitado pezón y empezaron a juguetear con él, así como la lengua, hasta que Hinata emitió un ahogado grito de placer, y luego pasó a dedicar la misma atención al otro seno.
La pasión se había apoderado del cuerpo entero de Hinata cuando por fin Naruto se quitó la ropa, acabó de desnudarla a ella y se tumbó a su lado, apoyándose un poco en el antebrazo.
—Nunca acabo de saciarme de ti —murmuró con extrema pasión mirándola con los ojos llenos de deseo mientras su mano buscaba el triángulo entre las piernas de ella. Sin apartar la vista de sus ojos, le separó los muslos, jugando entre ellos con sus dedos, penetrando en la humedad y la calidez hasta que Hinata se retorció de deseo y arqueó las caderas al ritmo que marcaba la mano de él. Las convulsivas oleadas hacían estremecer su cuerpo y por fin soltó un sonoro gemido mientras con las manos se aferraba con todas sus fuerzas al cuerpo de él. Los hábiles dedos siguieron insistiendo y un segundo gemido salió de la garganta de Hinata.
—Lo sé, cariño —le dijo él presa de pasión—. Yo también te deseo.
Naruto quiso llevarla al climax sin el menor egoísmo antes de juntarse con ella en una segunda cima, como había hecho la otra noche, pero ella le quitó de la cabeza aquella idea. Con la boca pegada a la de él, hizo deslizar sus dedos por entre su pelo y dijo en un entrecortado susurro:
—Es solitario... si no estas en lo más profundo de mí...
Saliendo un desgarrado gemido, Naruto le entregó lo que ambos deseaban. Tumbado aún a su lado, la estrechó con los brazos, la atrajo hacia su cuerpo y la penetró con una firme embestida. Hinata apretó las caderas contra los muslos de Naruto, que se agitaban ritmicamente. Naruto ahuecó las manos en su trasero y llegaron juntos a la cúspide en el acto amoroso más desinteresado que había vivido él en su vida. Penetrando lenta y ritmicamente en su interior, no buscaba más que el placer de ella en cada arremetida, y Hinata, en su desesperada búsqueda por complacerle, se ajustaba a sus movimientos.
Te amo, pensaba él a cada arremetida del cuerpo; te amo, gritaba su corazón a cada tempestuoso latido; te amo, chillaba su alma mientras los espasmos de Hinata le aprisionaban. Te amo. Las palabras estallaron en todo su ser al penetrarla por última vez y entregar su vida, su futuro y todas las desilusiones del pasado en aquel tierno ofrecimiento.
Cuando hubo terminado, la tomó entre sus brazos, repleto de una alegría que le parecía casi imposible, y observó las blancas nubes que flotaban en el cielo azul. En aquellos momentos, a todas les veía forma y sentido. Toda su vida ya tenía forma y sentido.
Cuando Hinata salió a la superficie de la realidad una eternidad más tarde, se encontró tumbada a su lado, tendida contra el desnudo cuerpo de Naruto. Una de las manos de él seguía en su espalda y la otra sujetaba la cabeza de ella contra su pecho.
Haciendo un esfuerzo, Hinata consiguió fijar su lánguida mirada en él y se sonrojó al ver la expresión de complicidad en aquellos ojos azules y la leve sonrisa de satisfacción que dibujaban sus labios. Se había comportado como una desvergonzada, ¡y en plena luz del día! Abrumada de pronto por la constatación de que Naruto hacía añicos todas sus defensas, se apartó un poco para decir en tono poco convincente:
—Tengo hambre.
—Cuando me haya recuperado —le prometió él bromeando, dando a entender que había confundido el hambre.
—¡De comida! —consiguió decir ella.
—¡Ah, eso! —exclamó él con desdén, al tiempo que se ponía de pie con gesto atento y volvía la espalda, ofreciéndole intimidad para vestirse—. Tienes hierba en el pelo —dijo riendo y apartando unas hojitas que se habían pegado a las trenzas de color oscuro.
Ella, en lugar de sonreír o responder bromeando, se mordió el labio, apartó la mirada de la suya y siguió con la preparación de la comida.
Al comprender por fin Naruto que ella necesitaba unos minutos de soledad, se acercó a la orilla del río, donde permaneció un ratito con los pies apoyados en una roca. De repente vio con asombrosa claridad que las flores de la colina eran en efecto blancas y que formaban una alegre y vistosa alfombra sobre aquel fondo verde oscuro.
Cuando volvió a su lado, Hinata tenía en las manos una botella de cristal llena de vino.
—¿Te apetece un poco? —le preguntó con aquella extrema gentileza que utilizan solamente las personas que se sienten incómodas—. Es... del tipo especial que acostumbras a beber tú... lo digo por la botella.
Naruto se agachó, tomó el vaso que ella le tendía, pero lo dejó en el suelo y mirándola a los ojos le dijo:
—Hinata, lo que ha pasado hace un momento entre nosotros no tiene nada de inmoral, de bochornoso o de incorrecto.
Hinata soltó un suspiro y le miró con inquietud.
—Pero a plena luz del día...
—He dado instrucciones al servicio de que deseábamos estar a solas esta tarde.
Las mejillas de Hinata se encendieron.
—Seguro que todos han sabido por qué.
Naruto se sentó, colocó el brazo sobre sus hombros y le dijo sonriendo:
—Seguro. Al fin y al cabo, así es como se hacen los herederos.
Para sorpresa de Naruto, una expresión de desconcierto se dibujó en el rostro de ella, y de repente hundió la cabeza en su pecho y empezó a agitar los hombros riendo.
—¿He dicho algo divertido? —preguntó él, intentando levantarle el mentón para verle la cara.
La camisa de Naruto amortiguaba su sonriente tono.
—No... resulta que pensaba en algo que me dijo Sakura hace mucho tiempo... sobre cómo se hacen los hijos. Era tan descabellado que no me lo pude creer.
—¿Qué te dijo? —preguntó Naruto.
Levantó el rostro hacia él y entre risas consiguió decir:
—¡La verdad!
Sus carcajadas resonaron por el valle y asustaron a los pájaros posados en los árboles de alrededor.
—¿Te apetece más oporto? —preguntó Hinata cuando hubieron terminado de comer.
Naruto estiró el brazo y cogió el vaso que sin darse cuenta había derramado en la hierba.
—No —dijo con una franca sonrisa—, pero me encanta que me sirvas así.
Hinata consiguió mantener la vista fija en él mientras admitía con timidez:
—Me encanta hacerlo.
De vuelta a casa en el carruaje, Hinata no podía quitarse de la cabeza la tempestuosa pasión de cuando habían hecho el amor o la tranquila ternura que había marcado el tiempo de la comida. «Tócame —había dicho él—. Me gusta que me toques.» ¿Acaso se refería a que le gustaba que le tocara cuando no hacían el amor, de la misma forma en que algunas esposas de la alta sociedad tocaban el brazo de sus maridos mientras hablaban con ellos? La idea de tocarle por voluntad propia le resultaba de lo más atractiva, pero también le avergonzaba pensar que algo así podría interpretarse como un gesto de dependencia o pueril.
Le dirigió una mirada de soslayo preguntándose qué iba a hacer Naruto sí, del modo más informal, ella apoyaba la cabeza en su hombro. Siempre podía simular que estaba medio dormida. Después de haberlo hecho con la imaginación decidió probarlo y ver que ocurría. El coche se balanceaba con gran suavidad, su corazón latía a un ritmo un poco más acelerado que de costumbre, y Hinata entornó los ojos y apoyó suavemente la cabeza en el hombro de su esposo. Era la primera vez que le tocaba con un gesto afectuoso por voluntad propia, y por la forma en que se volvió él para mirarla, comprendió que la iniciativa le había sorprendido. Lo que no habría sabido afirmar, sin embargo, era qué opinaba de ella.
—¿Somnolienta? —preguntó él.
Hinata se disponía a guardar las apariencias y decir que sí en el preciso instante en que Naruto levantó el brazo para rodearle con él los hombros.
—No —dijo.
Notó cierta contracción en el cuerpo de él al captar que indirectamente le había dicho que deseaba acercarse a él, y el corazón se le disparó al pensar en qué podía hacer luego Naruto.
No tuvo que esperar mucho. Apartó el brazo que había apoyado en su hombro, colocó la mano en su mejilla y empezó a acariciársela mientras la acercaba a él y seguía luego tocándole el pelo.
Cuando Hinata se despertó habían entrado ya en la caballeriza y Naruto se disponía a bajarla en brazos. Sin hacer caso de las ávidas, furtivas y curiosas miradas del servicio, Naruto la dejó en el suelo mientras la miraba sonriendo.
—¿Te he dejado exhausta, cariño? —preguntó y soltó una risita al ver que ella se ruborizaba.
Cogidos del brazo, se fueron hacia la casa mientras uno de los mozos de cuadra empezaba a tararear una desafinada melodía, otro se ponía a silbar y Smarth la emprendía con una cancioncilla subida de tono que Naruto reconoció por la música. Entonces se detuvo, echó una mirada enojada a sus sirvientes y éstos, acto seguido, acallaron sus voces. Smarth tomó rápidamente las riendas del impaciente caballo de Naruto y lo llevó al establo; uno de los mozos cogió su horca y con gran energía la hundió en el heno.
—¿Ocurre algo? —preguntó Hinata.
—Creo que les pago demasiado —bromeó Naruto aunque su expresión mostraba desconcierto—. Están excesivamente contentos.
—Por lo menos empiezas a notar que hay música en el ambiente —comentó su esposa con una sonrisa irrespetuosa.
—¡Estás hecha una bruja! —exclamó con una sonora carcajada, que interrumpió al mirar aquel bello rostro y pensar: Te amo.
Aquellas palabras chocaron contra su cerebro y estuvieron a punto de salir despedidas hacia el exterior, tan fuerte era la necesidad de pronunciarlas. Ella querría oírlas, comprendió instintivamente Naruto mientras ella fijaba su mirada en la suya, con la idea de ver más allá, de llegar a su alma.
Decidió que se lo diría aquella noche. Cuando se encontraran a solas en la cama, pronunciaría aquellas palabras por primera vez. Borrarían el trato y le pediría solemnemente que se quedara con él. Estaba convencido de que eso era lo que deseaba ella y sabía también que aquella muchacha alegre, encantadora y llena de duende le amaba.
—¿En qué piensas? —le preguntó ella en tono cariñoso.
—Te lo diré esta noche —prometió Naruto con voz ronca y luego, cogiéndola por la cintura, siguieron hasta la casa. Eran dos amantes que volvían de pasar un día idílico y estaban saciados, no tenían ninguna prisa y eran felices.
Al pasar por el amplio arco cubierto por rosales que señalaba la entrada a los jardines propiamente dichos, Naruto sonrió interiormente y movió la cabeza con aire apreciativo al darse cuenta por primera vez en su vida de que las rosas que colgaban de aquel arco eran rojas. De un rojo intenso, lleno de vida.
CONTINUARÁ...
