Capítulo 23

Cuenta la leyenda…

Lo necesitaba.

El agua caía sobre su rostro y Quinn sentía como su estado anímico mejoraba por segundos. Había tenido una de sus peores noches en mucho tiempo. Bueno, quizás no tanto, pero si lo suficiente para sentirse como se sentía.

El sueño no solo la abandonó durante la noche, sino que ni siquiera se dignó a presentarse hasta altas horas de la madrugada, donde solo logró descansar por un par de horas hasta que la luz del cielo empezaba a colarse por la trampilla de la tienda de campaña.

Fue liberador ver como la oscuridad desaparecía, y por fin podía abandonar aquella tienda, dispuesta a tomar una ducha cuando el campamento entero aún permanecía dormido. Entre ellos, Rachel.

Tenía razón, la morena. Ducharse a aquella hora de la mañana, completamente a solas, era sin duda algo especial.

—Otra vez, Rachel —se lamentó al volver a mencionarla en su cabeza. Algo que no había logrado evitar en toda la noche, y que fue parte importante del malestar que le aquejaba.

Le resultaba imposible apartarla de su mente. No entendía cómo podía sentirse tan vulnerable por una simple confusión, tras el estúpido juego que las llevó a vivir algo para lo que no estaban preparadas. Al fin y al cabo, eso es lo que era. Un juego, un estúpido y absurdo juego que había cambiado por completo su percepción de la amistad.

Sólo el agua de la ducha podía liberarla de aquellos pensamientos por algunos minutos, a pesar de ser consciente de como todo en su vida había cambiado desde hacía apenas tres semanas.

El incesante ruido del agua cayendo sobre el suelo de la ducha se vio interrumpido por unos inquietantes pasos, y el sonido de la puerta contigua a su ducha abriéndose y cerrándose.

Alguien se disponía a ducharse y lo hacía justo a su lado. No podía ver quien era, la pared que dividía los habitáculos, superaba en algunos centímetros a la rubia, pero no iba a tardar demasiado en descubrirlo, cuando una voz se dejó oír.

—Buenos días, Quinn.

Rachel no tuvo reparos en hacerse notar.

Casi diez minutos estuvo dudando en la tienda de campaña para acudir a las duchas como cada mañana. Y lo dudaba porque sabía que Quinn estaría allí. Fue el temor a que los demás compañeros fueran despertando, lo que la hizo tomar la decisión de afrontar ese encuentro, antes de que la cabaña se llenara de gente.

—Rachel —atinó a responder al tiempo que se alzaba de puntillas y conseguía asomarse sobre la pared, encontrándose de lleno con los inquietos ojos de la morena.

—Hola.

—Ho…hola —tartamudeó— ¿Te vas a duchar?

—Ajam…

—Ok…—susurró regresando bajo la ducha.

Definitivamente no era su día. O sí.

No estaba muy segura. Uno de los principales pensamientos que evitaron que lograse dormir aquella noche, fue la estúpida discusión que mantuvo con ella por culpa de la dichosa confusión.

Jamás imagino que sus palabras pudiesen hacerle el daño que supuestamente le hicieron, y lo que es peor, jamás pensó que ella misma se sentiría tan mal al ver cómo le habían afectado. Aquella sensación era nueva. Decenas, cientos de veces habían discutido a lo largo de los años en el instituto, y jamás sintió esa necesidad por disculparse, por arreglar el malentendido, como lo había hecho aquella noche.

Que Rachel acudiese a la ducha y le saludase, era buen síntoma, o al menos eso creía. Se había pasado toda la noche abrazada a ella, y a pesar de que la morena no puso impedimentos en ningún momento, tampoco dio muestras de estar conforme con su actitud, y la ignoró en todo momento.

—Siento haber ocupado tu espacio —espetó esperando algún tipo de respuesta en la morena.

—¿Qué?

—Sé que te gusta venir sola, pero no podía dormir, y necesitaba una ducha —se excusó.

—No tienes que pedirme disculpas por querer ducharte ahora, ni a la hora que te apetezca —respondió, cuando Quinn cerraba la ducha para escucha, o, mejor dicho, detectar el tono de Rachel, y entender qué actitud se iba a encontrar en ella. Parecía indiferente, o al menos eso creyó.

—Bueno, está bien. Pero no quiero que pienses que lo hice por molestarte.

—Quinn, que vengas a ducharte cuando yo estoy no supone que pueda pensar en eso…Y hoy, precisamente, ha sido, al contrario. He llegado yo después de ti.

—Pero a mí me da igual compartir las duchas.

—A mí también.

—¿Seguro? —cuestionó con dudas.

—Si es contigo no tengo problemas. El problema viene cuando es alguien a quien no conozco. Y la gran mayoría de chicas que están aquí son desconocidas para mí.

—¿Entonces conmigo no tienes problemas?

—No.

—Ok…— susurró tratando de calmarse. Si Rachel decía que no tenía problemas con ella, debía confiar en su palabra.

Darle vueltas a todas las posibles respuestas que podía recibir, solo iban a provocar alterar el estado de impotencia que comenzaba a inundarla.

No darle importancia fue la premisa perfecta para salir de allí sin dar un sentido confuso a las cosas, y no dudó en hacerlo tras terminar la ducha y abandonar el habitáculo envuelta en una toalla, y dispuesta a vestirse.

—Quinn…—musitó justo cuando la rubia ya se disponía a apartarse de la zona, y la rubia se detuvo extrañada— ¿Te vas ya?

—Eh sí, ya he terminado. Te dejo que disfrutes de la…

—Necesito un favor

—¿Un favor? ¿Qué te sucede?

—He, he olvidado el champú en la tienda. ¿Podrías acercármelo? —preguntó con algo de dudas en su voz, y la rubia no pudo evitar sonreír.

—¿Quieres utilizar el mio? Aún, aún me tengo que vestir para poder salir.

—¿No te importa?

—No, claro que no —respondió acercándose a la puerta y alzándolo sobre ella para entregárselo. Pero, para su sorpresa, Rachel ignoró aquel gesto y abría la puerta sin pudor alguno, dejándose ver completamente desnuda y con una gran cantidad de espuma sobre su rostro, hecho que no le permitía abrir los ojos.

Quinn se sorprendió al descubrirla frente a ella, con la cabeza baja mientras trataba de eliminar la espuma de su cara, pero sus ojos no se detenían en ese punto de su cuerpo. La observó a ella al completo, tratando de mantener la compostura al tiempo que le entregaba el bote de champú.

—Gracias —respondía tomándolo sin ser consciente de la exhaustiva mirada a la que estaba siendo sometida por parte de la rubia.

—De…de nada —contestaba con apenas un hilo de voz, segundos antes de ver como Rachel volvía a cerrar la puerta delante de ella.

No supo si fueron segundos o llegaron a transcurrir minutos, pero Quinn estuvo en silencio, completamente quieta frente aquella puerta hasta que por fin reaccionó.

Y lo hizo de la forma más desconcertante y lógica a la vez, marchándose de aquella cabaña antes de cometer una locura, para la que por supuesto, no estaba preparada.

Algo que Rachel no terminó de entender.

Sus palabras se quedaron sin respuesta cuando intentó entablar una conversación con la rubia, y ésta no respondía. Y la incredulidad se adueñó de ella al descubrir que ya no estaba allí, y se había marchado sin despedirse.

Unos veinte minutos después, y tras haber terminado con su ritual de aseo como cada mañana, Rachel avanzaba por el sendero hacia la tienda de campaña metida en sus propios pensamientos, cuando la volvía a descubrir. Quinn, ajena su regreso, compartía conversación con Miller, quien se esmeraba en mostrarle algo sobre un mapa. La interrupción inesperada de Dave justo cuando estaba a punto de colarse en su carpa, la distrajo del exhaustivo escrutinio al que la estaba sometiendo desde la distancia.

—Hey… Rachel.

—Hola, Dave —masculló sin poder evitar recordar toda la odisea de la noche anterior, y el motivo de la sonrisa que el chico le regalaba.

—¿Qué tal? ¿Dónde está, Quinn?

—Pues yo bien, y Quinn está con el profesor, ahí… En… Ok. Hace un momento estaba ahí —añadió tras comprobar como había desaparecido. Ni Quinn ni el profesor estaban ya en el lugar donde segundos antes los había descubierto.

—Pues… ¿Le puedes dar esto cuando vuelva? —espetó entregándole una cámara de fotos.

—¿La cámara? —cuestionó confundida.

—Sí, me ha mandado un mensaje pidiéndome mi teléfono para hacer fotos de mejor calidad, pero lo voy a usar yo, y Mel le ha dejado su cámara para que la use.

—Oh, ok —respondió tomando la enorme cámara entre sus manos—. Yo, yo se la doy.

—Perfecto. Me voy a dar una ducha antes de que me reclamen —se excusó sin perder la sonrisa, y Rachel asintió sin más—. Eh, por cierto, Rachel —se detuvo antes de alejarse por completo— ¿Estás bien?

—Eh sí, muy bien. ¿Por?

—Tienes mala cara. ¿Has dormido bien?

—Mejor que nunca —mintió—. Supongo que no estás acostumbrado a mi cara de las mañanas —bromeó tratando de zanjar la conversación, y Dave sonrió satisfecho antes de emprender el camino hacia la cabaña.

Rachel se mantuvo durante algunos segundos un tanto confusa, viendo cómo se perdía entra las tiendas. Pero aquella leve confusión por la curiosidad que le mostró Dave, le duró poco. El tiempo justo y necesario hasta que observó como Quinn volvía a hacer acto de presencia en el campamento. Y lo hacía a solas, y portando el mismo mapa que Miller había estado mostrándole antes. O al menos eso creyó.

Iba directa hacia ella, y eso la puso nerviosa de nuevo. Tanto que no dudó en colarse en el interior de la tienda, y tomarse un tiempo de respiro antes de volver a enfrentarse a ella.

—Hola —dijo Quinn tras asomarse a la tienda, y decidir entrar sin más.

—Hola…—la observó mientras acomodaba una pequeña mochila con su ropa— Oye, Dave me ha dado esto para ti —espetó mostrándole la cámara.

—Ah…Gracias. Lo estaba esperando —respondió sin alzar la vista, algo que conseguía confundir aún más a la morena.

—Hoy no hay actividades, ¿no?

—No, hoy tendremos una barbacoa y la fiesta que Miller y algunos monitores están planeando —respondió tras adueñarse de la mochila que siempre usaba en las rutas, y colgarse la cámara en el cuello.

—¿Vas a algún lado? —le preguntó tras ver que las intenciones de la rubia, pasaban por abandonar rápidamente la tienda.

—Voy, voy a pasear un poco por los alrededores del campamento. Quiero hacer un último intento por encontrar la orquídea.

—¿Vas sola?

—Sí.

—Oh. Ok —susurró justo cuando Quinn abandonaba la tienda, sin siquiera dirigirle una sola mirada—. Que tengas suerte —añadió sintiendo como la desilusión empezaba a acusarla.

—¿Qué vas a hacer tú? —la pregunta de Quinn llegó a sorprenderla, y Rachel no tardó en asomarse al exterior para buscarla.

—No sé… Supongo que estaré por aquí, y ayudaré a Miller con los preparativos de la fiesta…

—Ok… Será mejor que me marche, quiero regresar antes de la barbacoa —le dijo, y Rachel volvía a asentir, mientras Quinn le devolvía la mirada. Un cruce de miradas que iba a terminar justo en ese instante en el que Rachel decidía regresar al interior de la tienda, y terminar de ordenar su ropa. Pero del que Quinn no se iba a recuperar tan fácilmente.

Lo pensó durante varios segundos, y aun sabiendo que no iba a ser la mejor de las ideas si quería despejarse, no pudo evitarlo.

—Eh, Rachel —susurró llamando de nuevo su atención, y la morena no tardó en asomarse de nuevo—. Si quieres acompañarme, puedes venir —espetó con un tono conciliador.

—Oh no, no te preocupes —balbuceó—. No quiero molestar.

—No es molestia. Si te lo digo es por si te apetece.

—No te preocupes Quinn, estaré bien aquí —respondía tratando de quitarle importancia.

—Está bien. Pues… Adiós.

Quinn volvía a apartarse de la carpa, sabiendo que al menos lo había intentado, pero con la total y absoluta certeza de saber que Rachel seguía enfadada con ella.

Sin embargo, la morena, más allá de mostrarse molesta, se lamentaba.

Se había negado a acompañarla a pesar de tener unas irrefrenables ganas de hacerlo, solo porque sentía que Quinn la invitaba por pura obligación. Algo que no era cierto.

Su orgullo la había hecho actuar así cuando menos lo quería, y ahora se encontraba allí, observando como la rubia se perdía entre uno de los senderos que discurrían hacia el bosque y ella se quedaba allí sentada, sin nada que hacer ni ganas por hacer nada.

—Buenos días, Berry —Mel la interrumpió con un repentino saludo.

Un saludo que no era típico en ella. Berry, solo Quinn y Santana la llamaban así, y no le gustó en absoluto que ella se tomase confianza de hacerlo.

—Me llamo Rachel —respondió malhumorada.

—Ok. Rachel… Eh, ¿estás de mal humor?

—No.

—Vale. Entendido. Será mejor que no te moleste, veo que no estás muy reticente. Solo venía a preguntarte si Quinn ha llevado mi cámara, pero no quiero estropearte aún más el día, y mucho menos que me lo estropees a mí. Yo si estoy de buen humor… —le replicó con sarcasmo.

Rachel la observó.

Era cierto. Melanie mostraba una encantadora sonrisa, y un brillo inusual en su mirada. Supo que todo aquello era debido a la "interesante" noche que había vivido junto a Dave, y que terminó destrozando la suya. Pero no todo era malo, pensó.

Antes de que todo eso sucediera, antes de averiguar qué Dave y Mel habían terminado sucumbiendo a esa terrible atracción que ambos mostraban, ella se había divertido como nunca lo había hecho junto a Quinn.

Y no pudo evitarlo. Una sonrisa se dibujó en su rostro al recordar los besos que la rubia le había regalado, al recordar su mirada o cómo le pidió que se quitase la camiseta cuando menos lo esperaba. Recordó cómo accedió a ver aquel video para descubrir que era cierto, y que ella tenía razón al describir como antinatural el tamaño de las partes íntimas de esos actores.

Recordó como Quinn le pidió que le cantase la canción cuando regresaban del lago, después de haber caído por la borda del kayak, o cómo le enseñó a manejar los remos con una hermosa sonrisa, y un ritmo que ella misma marcaba.

Había sido un día especial, igual que todos los que habían transcurrido desde que estaban allí.

Tenía razón Quinn cuando le dijo que aquella acampada bien merecía la pena, y ella se encargó de demostrárselo. Y ahora, en aquel instante, ella estaba allí sentada, con un orgullo que nunca pensó sentir, enfrentándose al sarcasmo de Melanie, y sabiendo que Quinn estaba en mitad de aquel bosque, viviendo una nueva aventura que ella deseaba poder vivir también.

—¿Hola? —masculló Melanie frente a ella, tras el intenso silencio de la morena —Oye, que, si estás de mal humor, ok, te dejaré tranquila, pero al menos podrías decirme si Quinn se ha llevado o no mi cámara, ¿no?

—Eh, sí. Si, se la ha llevado —respondió lanzando la camiseta de su pijama, la que pretendía dejar perfectamente doblaba sobre su saco de dormir, hacia el interior de la tienda. Y tras adueñarse de su teléfono, y la pequeña mochila de paseo, abandonó la tienda ante la extraña mirada de Mel, que la observaba sin dar crédito a su reacción— ¿Dónde vas? —preguntó al ver como la morena cerraba la tienda de campaña. y colocándose una divertida gorra, se alejaba de la chica.

—De excursión —respondió sin volver la mirada.

Una excursión que comenzó con ella adentrándose por el mismo sendero que Quinn había tomado minutos antes, y que, si la lógica no fallaba, aún debía recorrer.

La emoción por encontrarla iba desapareciendo conforme avanzaba, y descubría que aquél camino poco o nada tenía que ver con los que ya había recorrido durante la estancia en aquel lugar.

Era distinto. Angosto y serpenteante entre aquellos enormes árboles que aparecían cada vez más cerca de ella.

Troncos que permanecían interrumpiendo el camino y dificultaban su avance. Poco a poco empezó a lamentarse. Quizás se había precipitado al introducirse allí sin ningún tipo de guía. Eso y la impaciencia al ver que Quinn no aparecía ante ella, comenzó a frustrarla.

El canto de los pájaros se confundía con un enorme zumbido que poco a poco iba sintiendo más y más fuerte. Era el sonido del bosque. El sonido de las ramas que, en la copa de los árboles, chocaban unas contra otras. El sonido de las decenas de especies que vivían en aquel lugar, y que no aparecían visibles a simple vista, pero que allí estaban.

Y el miedo empezó a acusarla.

No conocía aquel sendero. Ni siquiera sabía que existía, y por cómo iba estrechándose conforme avanzaba, empezó a intuir que no tendría salida. Y la histeria hizo acto de presencia. Pasó de escuchar el cantar de los pájaros, a imaginar como serpientes, lobos y todo tipo de insectos venenosos podrían acabar con ella en un abrir y cerrar de ojos, y nadie, absolutamente nadie, se percataría de ello.

—Mierda —balbuceó tras detenerse y lanzar una mirada a su alrededor, y ser plenamente consciente de que se había perdido. Descubrir como su teléfono estaba completamente fuera de cobertura, la puso más nerviosa. Tanto, que no lo dudó—¡Quinn! —exclamó tratando de agotar sus últimas opciones antes de salir corriendo hacia algún lugar, y provocando el revoloteo de una bandada de pájaros en las copas más altas de los árboles.

Y Quinn la escuchó. De hecho, se detuvo en mitad del sendero completamente confusa, llegando a pensar que su mente empezaba a jugarle malas pasadas tras la desastrosa noche, y la falta de sueño.

—¡Quinn! —Aquella segunda llamada si sonó alta y clara, y lo suficientemente cerca como entender que era real. Y que la voz procedía de ella, de Rachel. No de su mente.

—¿¡Rachel!? —gritó con poca convicción.

—¡Quinn! —Rachel escuchó la leve respuesta de la rubia, y no dudó en avanzar hacia donde creía que provenía la voz.

—¿Dónde estás? —preguntó alzando la voz buscando a su alrededor.

—¡No…no lo sé! ¿Dónde estás tú?

Quinn se mostraba incrédula. La inercia la llevó a recorrer varios metros tras sus pasos, tratando de localizarla, pero en el sendero no había rastros de ella, algo realmente extraño puesto que la voz se escuchaba con total nitidez.

—¿Qué ves? —preguntó tratando de orientarse.

—¿Árboles? Plantas… No sé, Quinn, me da miedo. Me he perdido.

—Ok. Ok. Tranquilízate, debemos estar cerca. ¿Estás en el sendero?

—Eh…¡creo que sí! No me he desviado del camino que tú has tomado… O eso creo —respondió lanzando una mirada hacia su alrededor. Efectivamente estaba en el sendero, no lo había abandonado en ningún momento, pero aquella zona parecía ser completamente salvaje. Los troncos que se interponían en el camino presagiaban que aquella ruta no era la más utilizada.

—¡Busca algún árbol con una franja blanca!

—¡No…no hay Quinn! —dijo tras atender su petición y buscar entre los árboles que la rodeaban— Aquí solo hay árboles y malas hierbas.

—Ok…Quédate donde estas. ¿No ves nada llamativo?

—No Quinn, ahora sí que estoy perdida —se desesperó siendo plenamente consciente de la situación, y sintiendo como el pánico empezaba a apoderarse de ella—. Me, me empiezo a sentir mal.

—Sigue hablándome...

—¿Qué quieres que te diga?

—No sé, pero habla, o canta. ¡Lo que sea! —exclamó al tiempo que comenzaba a buscar entre los árboles.

—No, no puedo cantar ahora…—balbuceó sintiendo como la voz le temblaba —Ok, Quinn. Creo, creo que me está dando un ataque de ansiedad.

—¡It's been a long time since I came around! —soltó la rubia lo suficientemente alto como para que Rachel pudiera seguirla.

—Been a long time but I'm back in town, ¡Vamos, Rachel, continua! —exclamó esperando su respuesta.

—And this time I'm not leaving' without you —respondió la morena sin siquiera seguir el ritmo de la cancion.

—¡Somethin', somethin' about this place!

—¡Somethin' 'bout lonely nights and my lipstick on your face!

—Vamos sigue… —masculló Quinn sintiendo la voz cada vez más cerca, tanto que terminó distinguiendo la silueta de la morena tras unos espesos arbustos, justo en la paralela de aquél camino.

—Somethin', somethin' about my cool Ohio girl.

Quinn sonrió al escuchar de nuevo aquella modificación en la letra, y comenzó a acercarse a la morena, que de espaldas esperaba impaciente la réplica a aquella estrofa.

—¡Yeah somethin' about, baby…

—You and I —murmuró provocando la reacción de Rachel, que se sorprendió al escuchar la voz justo tras ella.

—Hola —susurró Rachel con una tímida sonrisa, y el rubor en sus mejillas llegó de repente.

—Hola.

—Me…me he perdido —se excusó.

—Me di cuenta. Lo que no entiendo es cómo has tomado este sendero.

—No, no lo sé, pensaba que eras el que tú habías tomado.

—No. Yo me iba guiando por las franjas de los árboles, está marcado el camino a seguir.

—No, no lo sabía.

—¿No te lo ha dicho Miller? —Rachel negó al tiempo que bajaba la cabeza—¿Sabe él que estás aquí? —preguntó confundida.

—Me temo que no…

—Ok. No es una buena decisión. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé, y lo siento. No, no volveré a hacer algo así nunca más.

—Eso espero. ¿Y qué haces aquí?

—Yo, yo pensé que…No sé Quinn, vi que venías sola y…

—¿Quieres buscar a la Yellow Lady conmigo? —interrumpió tras ser testigo de cómo los nervios y la vergüenza, empezaban a acusarla.

—Si aún sigues queriéndolo…

—Estoy deseándolo —respondía con una sincera sonrisa.

Rachel se mordió el labio al tiempo que volvía a bajar la cabeza. No entendía por qué, pero la timidez se había apoderado por completo de ella, y no tenía ni idea de cómo deshacerse de esa sensación.

—¿Vamos? —espetó lanzando la mano para que Rachel la tomase, y la morena asintió tímidamente aferrándose a su mano— ¿Por qué no te has venido cuando te lo he dicho? —cuestionaba al tiempo que se introducían en el sendero correcto.

—No sé, no quise molestarte.

—¿Molestarme? ¿Por qué dices eso?

—No sé, Quinn. Simplemente no lo pensé.

—¿Y por qué has decidido venir ahora?

—Quiero ver esa orquídea —respondió cabizbaja—. Tengo curiosidad.

—Ok. Pues… Manos a la obra— le dijo soltando su mano.

—¿Aquí?

—Claro. Puede estar en cualquier lado. Miller me ha dicho que esta es la zona en la que más se ven, así que… Supongo que estamos en el lugar correcto.

—¿Y dónde llega este camino? —preguntó curiosa.

—Mmm…Ya lo verás —respondía procurando recuperar esa complicidad entre ellas, que se había esfumado durante la noche.

—¿Y cómo es? Lo digo para tener una referencia.

—Pues mira —se detuvo al tiempo que sacaba un papel doblado de uno de sus bolsillos—. Aquí tienes una imagen de cómo es —espetó mostrándole el papel.

—Ok…Allá vamos —respondía sonriente tras observar con detenimiento la fotografía, y quedarse con cada detalle que presentaba la flor.

Quinn le devolvió la sonrisa.

—Gracias…

—¿Por?

—Es más divertido hacer esto acompañada. Y mucho más mágico si es contigo.

Dos pavos salvajes, una lechuza que dormitaba en una rama y cientos de mosquitos. Ese fue el catálogo de avistamientos del que disfrutaron durante el trayecto,

hasta el punto final. Casi 40 minutos de paseo convertido en toda una odisea para Rachel, y una divertida aventura para Quinn, que no dejó de sacar fotografías de todo lo que se cruzaba ante ella.

—¿Estás cansada? —preguntó ralentizando el paso.

—Eh…No.

—¿Seguro? Porque yo estoy destrozada.

—Bueno, tal vez un poco —confesó—. Pero lo que más me molesta es el calor que hace aquí. Parece irreal que estemos en Ohio.

—¿Quieres agua? —le ofreció una pequeña botella que portaba en la mochila.

—No, creo que ya bebí suficiente. Hace como mucha humedad. Lo que necesito es un poco de aire.

—¿Aire? —susurró siendo plenamente consciente de como Rachel tenía razón. Estaban completamente rodeadas de arboleda, y el sendero era tan estrecho, que ni siquiera permitía que la brisa del lago llegara hasta ellas. Y fue entonces cuando recordó el punto exacto donde se hallaban— Ya lo tengo. Ven —dijo volviéndola a tomar de la mano—, vamos, vamos a tomar un poco de aire.

—¿Dónde? ¿Este bosque tiene fin? —preguntó con algo de sarcasmo, pero tratando de no quejarse demasiado. Al fin y al cabo, nadie le obligaba a estar allí.

—Este bosque lo que tiene es magia, y ya deberías saberlo.

—Mucha magia, pero ni rastro de la orquídea —le replicó dejándose llevar.

—Vamos a olvidarnos de la orquídea por ahora. Ven, ya verás como esto te gusta más —musitó acelerando el paso.

—Ok, ok… Pero dime donde vamos, y así… Oye, ¿qué es ese ruido?

—Ahora lo verás —respondía divertida.

—¿Es agua?

—Magia…

—No Quinn, eso es agua —volvía a responder.

—¿Cuándo vas a creer en la magia?

—Yo creo en la magia, pero eso que se oye es agua, no es…

Ni una sola palabra más. Quinn se adelantaba soltando su mano y caminando con mayor rapidez hacia lo que se expandía ante ellas, mientras Rachel se quedaba completamente petrificada al descubrirlo. De hecho, incluso lanzó varias miradas a su espalda para asegurarse de que realmente, habían caminado por el sendero.

—¿Y ahora? ¿No crees que sea magia? —preguntó la rubia con una enorme sonrisa, desprendiéndose de la mochila y sin perder de vista la reacción de Rachel.

Seguía muda contemplando el lugar.

Ante ella, y tras sortear una serie de árboles y densos arbustos, un pequeño lago a los pies de una imponente pared que se alzaba decenas de metros por encima de aquellos árboles, y una incesante y cristalina cascada cayendo por algunos de los resquicios de la roca, que provocaban el constante rumor del agua en el lago.

El mismo rumor que había oído mientras se acercaban, completamente ajena a lo que allí existía.

—¿No vas a decir nada?

—¿Qué? ¿Qué diablos es esto? —masculló dando varios pasos hacia el lago— Quinn, esto…esto es impresionante.

—Es una bonita forma de describirlo. Estamos justo en la trasera del mirador del pánico. Dime que no es íntimo y especial…

—Mágico —susurró aún impactada por la belleza del lugar.

—Y mágico, sí —repitió Quinn satisfecha tras ver la reacción de la morena, que, sin dudarlo, avanzó hasta la orilla del pequeño lago.

—¿Sabes? Existe una leyenda sobre este lugar —comenzó a relatar al tiempo que se deshacía de la cámara, y comenzaba desabrochar los cordones de sus deportivas— Dicen que, si dejas que el agua de la cascada caiga sobre ti, limpias tu alma, y toda la fuerza del bosque se adentrará en ti.

—Y apuesto a que tú vas a meterte ahí debajo y comprobar que es real, ¿cierto? —espetó al ver como la rubia se deshacía de los zapatos.

—Ajam…Pero dicen que hay que hacerlo con la ropa.

—¿Con la ropa puesta?

—Sí. No sé por qué, pero yo lo voy a hacer como dice la leyenda.

—¿Te vas a meter con la ropa?

—Así es…

—Pero, Quinn, ¿no es peligroso? Es una cascada…

—Apenas tiene profundidad alguna. El agua desemboca en ese riachuelo que llega hasta el lago Hope.

—¿Cómo lo sabes? ¿Ya te has metido?

—No. El año pasado no pude venir, pero había escuchado la leyenda, y he visto fotos de este lugar… ¿Vienes? —le dijo ofreciéndole de nuevo la mano.

—¿Yo?

—Claro…Vamos. Nos vamos a limpiar el alma las dos a la vez.

Rachel dudó, pero apenas duró unos segundos. El tiempo suficiente en deshacerse de los zapatos y la gorra, y aceptar de nuevo su mano como guía.

Le era imposible rechazar cualquier invitación, si le ofrecía su mano. Y esa no iba a ser menos, aunque el temor se adueñara de sus nervios.

Fue pausado, con las manos entrelazadas mientras observaban a su alrededor como el agua, con una claridad absoluta, permitía ver la escasa profundidad de la laguna.

—Dios, esto es una locura, Quinn.

—Solo es un baño.

—Sí, pero… Jamás me he metido debajo de una cascada —respondió aferrándose aún más a su mano, justo cuando las primeras olas provocadas por la fuerza del agua al caer, empezaban a golpearlas—. ¿Estás segura de que no es peligroso?

—No, no lo es. El agua sale directamente de la ladera.

—Pues a mi me da algo de temor. Cae con fuerza…

—Rachel… No te voy a soltar —le dijo buscándola con la mirada, y a la morena le bastó como respuesta—. ¿Lista?

—Supongo —espetó un tanto nerviosa.

—Vamos…

Estaba fría, helada, pero no importaba. El agua caía con sin cesar, y la fuerza con la que lo hacía, las obligó a buscar refugio entre ellas.

—¡Guau! —exclamó segundos antes de alzar la cabeza y dejar que el agua la bañara por completo.

—¡¿Lo sientes Rachel? ¿Sientes la magia?! —exclamó disfrutando de aquella espectacular experiencia.

La morena abría sus brazos al máximo, buscando que el agua cayese de lleno sobre ella, dejándose llevar por el frescor y olvidándose por completo de todo.

Quinn la observó, y no dudó cruzar la fina cascada y acercarse a la pared, dónde un pequeño resquicio le otorgaba una mayor visión del lugar, y de Rachel.

Estaba eufórica, y Quinn podía verlo, podía percibirlo por su expresión. Por la radiante sonrisa contenida que mostraba, mientras el agua bañaba por completo su rostro. Y se alegró tanto de estar contemplándola de aquella forma, que no dudó en volver a ella. En regresar a su lado y disfrutar también del momento. Rachel ni siquiera se había percatado de su ausencia, hasta que en ese instante la descubrió nadar hacia ella. Y ya no volvió a cerrar más los ojos. Volvía esa conexión. Volvía la mirada repleta de complicidad entre ellas, y las ganas de algo que, ya sí, ambas deseaban. Y ninguna se atrevía a pedir.

Fue Quinn quien tomó la iniciativa, como siempre solía hacer, y tras tomar sus manos, tiró de ella con sutileza hasta que tuvo la opción de rodear su cintura, y fundirse entre sus brazos.

Y Rachel, por supuesto. Ni lo dudó. Buscó el refugió de sus brazos, y hundió su rostro en el cuello de la chica, mientras asimilaba que se estaban allí, abrazándose en mitad de un bosque, y bajo una cascada, con el agua cayendo entre ellas. Sobre ellas. A través de ellas.

—Gracias, Quinn —susurró—. Gracias por mostrarme de nuevo, que existe la magia.