Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 26
Martes, 2:12 p.m.
—Cambió de planes —dijo Ed hora y media después de haber despegado. Colgó el teléfono que había instalado al lado de su asiento, aparato del que prácticamente había estado colgado desde el despegue.
—¿Qué cambio? —Había dejado de fingir estar de vuelta de todo como para que la impresionara un jet privado lujosamente alfombrado, con su auxiliar de vuelo personal y una estancia trasera exclusiva con un bar, una mesa de conferencias, sofá-cama y televisión. Dejó de juguetear con el mando a distancia de la televisión del compartimiento principal para dirigirse hacia él y mirarle atentamente. Se habían puesto en marcha más tarde de lo que ella esperaba, pero tras cuatro horas de mirar por las ventanas del jet en busca de policías, la Interpol, el FBI y Eliot Ness, estaba más que feliz de encontrarse en pleno vuelo.
—No está en Stuttgart. Era Jasper, furioso porque nos marchamos sin avisarle.
—¡Chincha, rabiña! —respondió—. Entonces, ¿adónde vamos?
—Está en la sucursal de Londres. —Ed se recostó, y se fue bebiendo el té que la azafata le rellenaba en silencio cada veinte minutos sin demora—. Sabes, aún me pregunto por qué quería que me quedara otro día en Stuttgart, sobre todo después de… la desorbitada cantidad de capital que pedía a cambio de controlar acciones en su banco. —Exhaló bruscamente, las hermosas facciones de su rostro teñidas de indignación—. Incluso se ofreció a concertar una visita a la planta de Mercedes Benz.
—Concédele cierto crédito —respondió—. No quería que te encontraras de lleno en medio de un robo.
—Lo que nos lleva a la cuestión de si tenía conocimiento o no sobre DaRevin y los explosivos.
—Si lo sabía, no quería que volaras por los aires.
—Por supuesto que no; si estuviera muerto, no podría sacar a su maldito banco de los constantes apuros en los que se mete.
Bella se aclaró la garganta.
—¿Podemos estar seguros de que Milani no nos ha dado un nombre para sacarte de su caso? ¿Te imaginas a Clark haciéndote esto?
El ceño que lucía desde la noche anterior se hizo más marcado.
—¿Cómo describiste a DaRevin? ¿Excesivo, ambicioso, sin demasiados escrúpulos en cuanto a cómo llevaba a cabo un negocio mientras que los resultados fueran satisfactorios?
—Algo por el estilo.
—Bueno, Daniel es igual. En algunas ocasiones ha intentado adelantarme a mí en un acuerdo… y, sin embargo, ha terminado encajando cuantiosas pérdidas por ello.
—Motivo por el que quería que compraras activos de su banco.
Edward se puso en pie.
—Sí. Enseguida vuelvo. Tengo que comunicarle a Jack que vamos a Heathrow. —Al pasar por su lado se agachó a besarla en la frente—. Deberías dormir un poco. El sillón del fondo se despliega.
A Bella no le vendría mal unas horas de sueño. Antes de que él pudiera desvanecerse en la cabina del piloto, Bella levantó el brazo y buscó su mano, apretándola entre la suya.
—He descubierto algo.
Él se detuvo, volviéndose de cara a ella.
—¿El qué?
—Que… me gusta tenerte conmigo mientras duermo. —Frunció el ceño ante su súbita expresión arrogante y engreída—. Lo que pasa es que eres simpático y calentito.
La sonrisa que curvaba su boca alcanzó sus ojos.
—Hum. Y, mira por donde, acabo de recordar que me prometiste que podría aprovecharme de ti.
Un calor líquido surgió entre sus piernas. No cabía duda de que se le ocurrían peores formas de pasar unas pocas horas. Más cuando la noche anterior había creído que su asociación se había terminado.
—Menuda coincidencia.
—¿Verdad que sí?
Cuando él volvió de la cabina unos minutos después Bella había encontrado para ver una película de hombres lobo, pero nada más interesante. Sonrió al ver la expresión lasciva en sus ojos. Era una suerte que se hubiera terminado la semana de Godzilla.
Ed se arrodilló delante de ella, y empezó a deslizar las manos lentamente por sus muslos y alrededor de su cintura.
—¿Cuánto hace que no estoy dentro de ti? —murmuró, mirándola fijamente a la cara.
—Ah, me parece que unas dieciséis horas —dijo, deseando que su voz pareciera algo más firme.
—Demasiado tiempo. —Se inclinó, y la besó en el cuello, en la base de la mandíbula. Por lo visto ya había descubierto que podía hacer que se derritiera besándola en ese punto.
—¡Dios mío! Prácticamente estoy teniendo un orgasmo ahora mismo.
—Bueno, pues permíteme que me una a ti. —Tomó su boca, y la besó apasionadamente con labios, dientes y lengua en plena acción.
—De acuerdo, colega, al compartimiento de atrás. Ahora —dijo con un tono tan autoritario como le fue posible.
Ed colocó un brazo bajo sus muslos y el otro detrás de su espalda y la levantó.
—No puedo creer lo mucho que te deseo —dijo—. Te deseo constantemente.
La depositó sobre la mesa de conferencias y se fue de nuevo hasta la puerta para cerrarla con llave.
—Qué práctico es eso —señaló mientras Ed volvía a su lado, abriéndole los botones de su camisa de un tirón cuando se acercó—. ¿Eres pasajero habitual del club del polvo en el aire?
Su boca se movió nerviosamente.
—Soy miembro —respondió—. ¿Cómo se puede tener un jet y no serlo? Pero en cuanto a polvos frecuentes en el aire, no, últimamente no me he apuntado a ninguno. —Le separó las rodillas, arrastrándola hasta el borde de la mesa y poniéndose manos a la obra con la cremallera de sus vaqueros—. Siempre digo que no hay mejor momento que ahora.
Bella alzó el brazo, y tiró de él con fuerza hasta ponerle encima de ella mientras su mano se deslizaba entre los vaqueros y sus braguitas. Ella jadeó, elevando las caderas. Jamás nadie la había hecho sentir así, como si flotara, con sólo mirarla. Cuando él la tocaba, el tiempo se detenía. ¿Cómo iba a renunciar a aquello, a él?
Ed se inclinó sobre ella para quitarle la camisa, desabrocharle el sujetador y dedicarles una atención especial a sus pezones con lengua y dientes. Ella gimió, y acto seguido le desabrochó los pantalones vaqueros y se los bajó con manos torpes. Edward se los quitó de una patada y le fue bajando lentamente los de ella, aprovechando para besar cada centímetro de piel que quedaba al descubierto hasta que Bella empezó a jadear descontroladamente.
—Maldita sea, Ed, ahora —le exigió, prácticamente incorporándose para agarrarle de los hombros.
Él gimió mientras tiraba de ella, y se hundía profundamente en su interior; aquel sonido bastó para que Bella se corriera. Ed empujó dentro de ella, fuerte y rápidamente, hasta que ella le rodeó las caderas con las piernas y se incorporó, deslizando los brazos alrededor de su cuello.
Todavía en su interior, Ed la levantó en sus brazos y ambos cayeron sobre el sillón más próximo.
—Dios, cómo me gusta sentirte —dijo entre jadeos, recorriendo su oreja con la lengua. Se apartó de ella—. Date la vuelta.
Ella así lo hizo, dejando escapar una carcajada ahogada, y la montó por detrás con un lento envite. Ed alargó las manos para acariciarle los pechos y ella se tensó y explotó de nuevo.
—Ed —gimió, sintiendo cada centímetro de él mientras éste continuaba su asalto.
Edward aceleró el ritmo y se vació en su interior al tiempo que dejaba escapar un gruñido. Se derrumbó para apoyar la cabeza en la de ella, su peso cálido y acogedor.
Se tratara de lujuria, amparo o de algún tipo de necesidad mutua, en aquel momento juntos eran… perfectos. Yacieron unidos durante un largo rato, dormitando, hasta que Isabella levantó finalmente la cabeza para mirarle, luego aparentemente renunció y dejó que ésta se hundiera de nuevo en el sillón.
—Comida. Necesito comida —gruñó.
—Creo que el menú de hoy es pollo frito —dijo Ed, moviendo ambos cuerpos para colocarse debajo ella, su ágil cuerpo tendido sobre el suyo. Qué hermosa era. Y en aspectos que pensaba ella no reparaba siquiera. Con su mano libre retiró suavemente un mechón de cabello de su sien.
—Mmm, bien, pollo, qué rico. Tengo hambre —repuso mientras cerraba los ojos y apoyaba la cabeza sobre su torso.
Él rio entre dientes.
—Podría llamar a Michelle para avisarle que queremos comer ya.
—No puedo moverme. Estoy agotada.
—Sí, ya suponía que me tocaba a mí. —Gruñó de nuevo y se estiró hasta el extremo de la mesa para pulsar el botón del interfono.
—¿Michelle?
—¿Sí, señor Cullen?
—¿Podrías prepararnos algo de comer?
—¿Le parece bien dentro de diez minutos, señor?
—Espléndido. Gracias.
Soltó el botón, y acarició con los dedos el brazo de Isabella. Incluso cuando se sentía… saciado, seguía deseando tocarla, abrazarla, mantenerla a salvo.
—¿Ed?
—¿Sí?
—Eres lo más. —Apretó su mano cuando éstas se encontraron.
—Abre los ojos —susurró, alzando la vista a su relajado rostro.
Unas largas pestañas se agitaron y unos ojos color verde musgo le devolvieron la mirada. Edward se estiró pausadamente y la besó, saboreando la blanda calidez de su boca contra la suya.
—Lo más de lo más —agregó, y sonrió de nuevo cuando él volvió a apartar la cara de la suya.
—Isabella, prométeme una cosa.
—¿El qué?
—Prométeme que no te marcharás sin decírmelo, y sin darme la oportunidad de hacerte cambiar de idea.
Ella se deslizó por su cuerpo.
—Lo prometo —dijo.
Edward quería ir directamente del aeropuerto a la casa de Daniel en la ciudad. Pero era demasiado temprano para que el banquero estuviera en casa.
Además, eso significaría disponer que los llevara la limusina. Que le llevara otro a la clase de confrontación que preveía no sería lo bastante satisfactorio. En cualquier caso, su propia casa, justo al final de Cadogan Square, quedaba a sólo unas manzanas de la de Clark, así que se dispuso a planear su ofensiva y a mirar con cara de pocos amigos por el cristal a prueba de balas.
—¿Esto también es tuyo o es alquilado? —preguntó Isabella, a su lado.
—Es mío. Hice que Ernest viniera a recogernos desde Devon en cuanto supe adónde nos dirigíamos.
—Devon. Es tu otra casa, ¿verdad?
—Supongo que podría decirse que es mi verdadero hogar. Allí fue donde crecí.
—¿Cómo es?
Apartó los ojos de su vista panorámica de Londres para mirarla a ella.
—¿Intentas distraerme?
Ella se encogió de hombros.
—Pareces a punto de explotar.
—Y eso es malo porque… —insistió.
—Como dijo Khan es una ocasión, «la venganza es un plato que se sirve frío».
Edward no pudo evitar dedicarle una sonrisa.
—Creo que otro lo dijo antes.
—Lo sé. Pero Khan es guay. Incluso cita a Melville.
—¿Lo recuerdas todo?
—Las cosas que me interesan o que son importantes para mí, sí.
Deseaba preguntarle qué recordaba sobre él, pero aquello parecía demasiado patético. También quería decirle otra cosa, había estado a punto de hacerlo en el avión, cuando Bella no podía huir, pero aquello no le pareció justo. Deseaba decirle que la quería. «No la presiones», se dijo. Reconocerlo para sí ya era suficientemente arriesgado. Hacer partícipe de ello a Bella, con lo posesivo que se sentía con respecto a ella, podría ser… peligroso.
—No es venganza lo que quiero exactamente —dijo tras un momento, volviendo a la posición que tenía antes—. Quiero decir, lo es, pero antes quiero saber cómo y por qué y…
La limusina se sacudió violentamente hacia un lado. El metal crujía en torno a ellos al tiempo que Isabella se precipitaba contra su hombro con la suficiente fuerza como para dejar marca. Él la agarró, afianzando las piernas en el suelo del coche y apoyando un brazo contra el abombado lateral del coche mientras daban un escalofriante giro en el aire y caían de nuevo pesadamente sobre el asfalto.
—¿Qué…?
A través de la luna rota del coche, Edward pudo divisar un camión grande y pesado, que se dirigía de nuevo hacia ellos con la intención de golpearles y empujarlos hasta el río. El motor de la limusina rugió y emitió un sonido metálico. El coche se precipitó hacia delante al dar un fuerte bandazo. El camión patinó con un fuerte chirrido de metal provocado por el maletero que había sido abierto de golpe.
—¡Ernest! —gritó.
—¡Voy, señor! ¡Intentan arrojarnos al Támesis!
Continuaron avanzando a marchas forzadas, dando tumbos como un cangrejo al que le falta algún apéndice, y el camión volvió a aproximarse hacia ellos con un ruido ensordecedor a sus espaldas. A la derecha, vertiginosamente cerca, los márgenes del Támesis descendían abruptamente hasta el río.
—¿Podemos acceder al maletero desde aquí? —inquirió Isabella con voz áspera, tambaleándose de nuevo contra él cuando el camión golpeó contra la parte posterior del vehículo.
—A través de los asientos.
Ed no la cuestionó cuando ella hurgó entre el cuero en busca del pestillo. Por el contrario, le echó una mano y abatió el asiento hacia delante, casi cayendo al suelo cuando el camión volvió a embestirles por detrás.
—Abre la capota —espetó, introduciéndose en el abollado maletero y reapareciendo con su maletín semirrígido.
Él pulsó el botón, pero la luna del techo se atascó después de abrirse un par de centímetros. Edward metió la mano en la abertura y empujó, sin apartar la atención de Isabella mientras ésta abría su maleta y sacaba tres piezas de lo que parecía una pistola con abultado vientre. Las montó, apoyando las rodillas contra él para sujetarse.
—Agárrame las piernas —gritó, levantando la monstruosidad e irguiéndose a través de la abertura del techo.
La sujetó desde abajo mientras ella apuntaba y realizaba, uno tras otro, tres disparos. La pintura blanca explotó en el parabrisas del camión con fuerza suficiente como para quebrar el cristal. El vehículo se tambaleó y chocó contra el lateral de un autobús al tiempo que viraba a ciegas sobre sí y el limpiaparabrisas iba retirando la espesa sustancia.
—¡Sal, Ernest! —gritó mientras empujaba a Isabella dentro del coche y abría de una patada la puerta de su lateral.
Salieron atropelladamente del coche dando volteretas hasta la baranda que les protegía del hueco del río, justo en el momento en que el camión chocaba de nuevo contra la limusina y lo embestía hasta el final de la calle. Edward dio un traspié y cayó sobre Isabella, que sujetaba la pistola de pintura en sus brazos como si le fuera la vida en ello.
—¿Estás bien? —preguntó, retirándole el pelo, tratando de evitar que le temblaran las manos.
—Estoy bien. Tú estás blanco como la pared.
La besó, apasionadamente.
—Es la segunda vez que estoy a punto de perderte —gruñó, volviéndose para encontrarse a Ernest, vomitando a un lado de la calzada—. ¿Ernest?
El conductor agitó una mano en su dirección.
—Estoy bien. Tan sólo terriblemente asustado.
Se escucharon dos sirenas de policía, y Isabella se tensó.
—Mierda. No se te puede llevar a ninguna parte —dijo, metiendo el dedo en un agujero de la chaqueta clara de Ed.
—Dame el arma —le ordenó.
—Pero…
—Ésta es mi ciudad —dijo—, y mi coche. Puedo ser un entusiasta de las pistolas de pintura si me viene en gana. Cuantas menos preguntas hagan sobre ti, mejor.
Isabella se la entregó.
—De acuerdo. Pero tu ciudad apesta, por ahora.
Con la mano libre Ed la agarró del brazo y la ayudó a levantarse.
—Muy inteligente, por cierto. No sabía que habías traído tu equipo.
Le sacudió un fragmento de cristal del cuello de la camisa mientras esbozaba una sonrisa desmallada.
—Nunca salgo de casa sin él. Ed, creo que el Doctor Maligno sabe que estamos aquí.
A veces es imposible tomarse un respiro. Bella esperó sentada en una dura silla en la segunda comisaría que visitaba en menos de veinticuatro horas, mientras Ed realizaba su declaración con el agente que estaba al cargo. Le habían creído en lo referente a la pistola de pintura, y ella no había tenido más que dar su nombre… aunque incluso proporcionar tan escasa información le ponía los pelos de punta. Inglaterra estaba llena de cosas que ella había robado o al menos le habían pedido que trasladara.
A la policía no parecía sorprenderle tanto que alguien quisiera matar a Edward Cullen, y Bella recordó lo que previamente él había dicho acerca de recibir amenazas. Al parecer ambos se habían buscado trabajos peligrosos.
Él caminó por entre las mamparas de cristal y metal y regresó a su lado. Bella tuvo que levantarse a abrazarlo, porque se había dado cuenta de lo mucho que había llegado a confiar en él durante los últimos días y porque lo único que le había aterrado en la limusina había sido que él pudiera resultar herido.
—Debería llevarte a ver a la policía más a menudo —dijo contra su cuello, rodeándole la cintura con un brazo mientras se encaminaban hacia la puerta.
—¿Podemos irnos?
—Por supuesto. Aquí nosotros somos las víctimas. Sin explicación plausible de por qué han tratado de arrojarnos al Támesis.
—Ahora sí que Yale va a pillarse un cabreo de órdago por haberse perdido esto.
Después de brindarle una rápida sonrisa, tomó su escaso equipaje y condujo a Bella hasta el bordillo donde les aguardaba un taxi. Ya había mandado a Ernest a buscar uno, obviamente percatándose de que el pobre hombre no se encontraba en condiciones de conducir. Le dio las señas de su casa en Cadogan Square, se acomodó y la atrajo hacia su hombro abrazándola con cuidado, como si pensara que pudiera romperse.
Isabella se sentía como si fuera a hacerlo. Correr riesgo por su cuenta era algo a lo que estaba acostumbrada, pero en todo momento era conocedora de dónde provenían, y sopesaba las probabilidades antes de decidirse a dar o no el salto. Granadas en la entrada de las puertas y camiones descontrolados era algo nuevo, al igual que la idea de que no sólo era su vida la que estaba en juego, que no sólo debía protegerse a sí misma. Y tanto si era una estupidez como si no, el hombre sentado a su lado parecía decidido a no dejar que se esfumara al amparo de la noche.
—Me temo que estaremos solos en la casa —dijo para romper el silencio—. La policía ya la ha revisado con detectores antiexplosivos, pero no pienso hacer venir a nadie a mi servicio hasta que esto se resuelva.
—¿Cuándo iremos a ver a Clark?
Si Ed se percató que se refería a «nosotros», no hizo mención alguna. A esas alturas, probablemente se lo esperaba.
—No tiene sentido ir ahora. Todavía estará en el despacho con docenas de personas que no quiero que escuchen nuestra conversación. Iremos por la tarde. Estará en casa a tiempo de ver el partido de rugby.
—Me vale. Pero me imagino que te refieres al fútbol, estamos en Europa.
Su maleta y su mochila habían cruzado con ella el Atlántico, y ahora iban detrás de ellos en el maletero del taxi junto con las cosas de Ed. Aunque no poseyera la ciudad, tal y como había afirmado, al menos tenía cierta influencia. La policía incluso le había devuelto la pistola de pintura, salvo la munición restante.
Poseía el lujoso ático del edificio, y aunque desde el exterior éste parecía agradable, aunque anodino, una vez estuvieron dentro no tuvo problemas en reconocerlo como suyo. Vigas de costosa madera surcaban el techo, y la lámpara de araña del comedor parecía ser del siglo xvi, acondicionada con electricidad para sustituir las velas.
—Siento que sea tan pequeño —dijo, lanzando su chaqueta sobre el sofá Luis XIV—. Le di a Tanya la casa grande de Londres y me compré esta.
—Claro, es diminuto, pero es acogedor —dijo con una amplia sonrisa mientras pasaba los dedos sobre el cuerpo del armario de porcelanas de estilo Georgiano—. ¿Por qué no le diste ésta y te quedaste con la casa?
Él se encogió de hombros, y desapareció dentro de otra habitación para salir de nuevo con una lata helada de refresco para ella.
—Ya no quería vivir allí.
—¿Está cerca?
—A unos cinco kilómetros. Y no, no vamos a ir de visita.
—No he dicho que debamos hacerlo. Sólo quería saberlo. —Se le ocurrió una idea—. ¿Dejaste alguna obra de arte allí?
Su casi divertida sonrisa se tornó en un ceño.
—No. ¿Por qué?
—Solamente me preguntaba si Matteo podría haberse entretenido también aquí.
—No es probable. La despojé de todas mis cosas, incluyendo las antigüedades. La mayoría acabaron aquí o en Florida. Eran las únicas casas que no… había terminado de amueblar.
—¿Les dejaste algún mueble?
Su sonrisa reapareció, algo sombría esta vez.
—Alguno. Últimos modelos de Ikea.
—Recuérdame que no te haga cabrear —dijo, no por primera vez, y se acercó pausadamente a las ventanas. La vista era bonita, aunque ciento cincuenta años antes habría sido deslumbrante. Londres siempre la decepcionaba levemente; para tratarse de un lugar tan lleno de historia, en la actualidad parecía demasiado… ordinario. Y demasiado moderno. Aunque había cosas que le gustaban más, como los museos y los edificios históricos, pero nunca había tenido oportunidad de visitarlos.
—Eh.
Ella dio media vuelta, y Ed le lanzó una libra inglesa de plata. Bella la atrapó por acto reflejo, y la examinó a la pálida luz que todavía quedaba.
—¿Para qué es esto?
—Por conocer tus pensamientos.
Ed sabría si le mentía.
—Mis pensamientos son un embrollo ahora mismo —dijo en voz baja, guardándose la moneda en el bolsillo—. Esto podría terminar hoy o mañana.
—Yo también he estado pensando en eso —respondió, uniéndose a ella en la ventana—. No suelo pasar mucho tiempo lejos de Devon. ¿Te gustaría ver la casa de allí?
—¿Qué me estás preguntando en realidad, Ed? —dijo con voz queda.
—Te pregunto si te gustaría pasar más tiempo conmigo, en Devon.
Deseaba hacerlo. Sería tan fácil formar parte de su vida. Pero después de los primeros días y semanas, no sería más que un apéndice suyo, su juguete, hasta que se cansara de ella y hasta que ella se hartara de ser normal. Sin propósito, sin trabajo, sin empleo… porque de ningún modo podría retomar sus actividades nocturnas de costumbre si vivía con él.
—Parece que necesito conseguir más dinero —dijo, mirándola fijamente—. No me respondas ahora. Sólo piénsalo.
—Muy bien —respondió, porque no quería decirle que no—. Lo estoy pensando.
—¿Alguna pista?
—Ed, no me presi…
Sonó el teléfono del final de la mesa. Ambos se sobresaltaron, Ed lo cogió inmediatamente al tiempo que maldecía entre dientes.
—Cullen.
La cara de Ed se vació de expresión cuando habló la persona al otro lado de la línea, pero no antes de que Bella viera la ira y los restos de un profundo dolor en ella. Tanya, supuso, sin sorprenderse cuando él pronunció su nombre un momento después.
—Hace sólo unas horas que ocurrió —dijo con un tono brusco y cortante—. No soy responsable de lo que la BBC decide emitir en las noticias, y no, no creo que tenga que informarte de cuándo voy a estar en la ciudad.
Ed escuchó durante otro momento, luego tomó aire.
—La mujer que iba conmigo en el coche tampoco es de tu incumbencia, Tanya. Me llaman por la otra línea. Voy a colgar.
Bella reprimió una sonrisa. Nunca antes se había visto en medio de ese tipo de conversaciones, con la ex mujer celosa. Interesante. Y un tanto halagador.
Después de unos segundos su expresión se tornó más enfadada.
—No, no quiero quedar contigo para cenar. Estoy aquí por negocios. Sí, con ella.
Isabella se apoyó contra el alféizar de la ventana y descubrió que deseaba poder escuchar qué decía exactamente Tanya Cullen Witherdale. Porque, a juzgar por las respuestas de Ed y por el modo en que ella había aprendido a leer a la gente, tenía la sensación de que Tanya seguía bastante encaprichada con su ex marido.
—No, tampoco a almorzar ni a desayunar. Estoy con alguien, y tú estás casada. Yo me tomo en serio el sacramento. —Hizo una pausa—. Por el amor de Dios, Tanya… yo diría que fue más que un error. ¿No está James contigo? Bien; ve a quejarte a él. No estoy de humor para esto.
Bella se reprendió. Por muy interesada que estuviera en la conversación, no era asunto suyo.
—¿Dónde está el baño? —preguntó en voz baja.
Él se lo señaló y ella salió de la habitación. El baño estaba todo cubiertos de lujosos azulejos blancos con apliques en dorado, y Bella recordó que quería desesperadamente darse una ducha. Volvió a salir a hurtadillas y se dirigió a la sala a por su mochila.
—Sí, es serio —decía Ed, y ella se detuvo justo en la entrada de la puerta—. Ella… me roba el aliento. No, no voy a compararla contigo, Tanya. ¡Por Dios, Tanya! He seguido adelante con mi vida. He encontrado a alguien. Y tú también, supuestamente. Así que…
¡Tock! Bella volvió corriendo al baño y echó el pestillo a la puerta. Respirando con dificultad, luchó contra el primer ataque de pánico de su vida y apoyó la frente contra los fríos azulejos de la pared.
Ed había encontrado a alguien. La había encontrado a ella. En el fondo de su mente había sido consciente de ello, pero ahora debía reconocer que su asociación, este juego, había cambiado drásticamente. Él iba en serio, y también ella… o lo deseaba, pero no estaba muy segura de cómo hacerlo. No sabía a cuánto podía renunciar de sí misma por estar con él, o cuánto querría Ed de la nueva y mejorada Isabella.
—¿Isabella? —Ed llamó a la puerta—. ¿Bella? ¿Estás bien?
—Perfectamente. Necesito recuperarme del cambio de horario y del ataque que hemos tenido. ¿Qué tal está Tanya?
—Entrometida. Voy a prepararme un sándwich, luego será mejor que nos vayamos. Hemos salido en las noticias, así que Daniel sabrá que estoy en Londres. Por fanático que sea del fútbol, rugby o lo que sea, no estoy convencido de que no se marche de la ciudad antes de que acabe el partido.
—Muy bien. Salgo en un minuto.
—¿Quieres comer algo?
—Supongo que no tendrás mantequilla de cacahuete y confitura.
—No, pero tengo mermelada.
—Listillo.
Ignoraba qué había escuchado Bella, pero seguramente daba igual. Le había preguntado sobre Devon, y sabía que probablemente la pregunta le había inquietado, de modo que intentaba distraerla. Lo que venía a significar que Ed era más valiente que ella.
—¿Ed? —Bella abrió la puerta.
Él apareció frente a ella.
—Puedo mandar que traigan confitura si es lo que de verdad quieres.
—Dijiste que James Witherdale te había decepcionado. ¿Qué hizo Tanya?
—¿Aparte de lo obvio? —Se la quedó mirando durante largo rato—. Tanya tenía un plan. Quería cierto número de cosas: dinero, una casa bonita, un círculo de amigos de élite, invitaciones a fiestas exclusivas. Yo hice que su plan fuera factible.
—Pero le pediste que se casara contigo.
—Pensé que ella encajaba en mis planes. —Se encogió de hombros—. Supongo que podría alegar ignorancia o algo parecido, pero no sería verdad. Los planes cambian, Bella. Tras un breve y feliz comienzo, ella dejó de ser lo que yo necesitaba, y yo no era lo que necesitaba ella. —Le acarició la mejilla—. Vamos, te prepararé un sándwich.
—Enseguida voy. —Bella se zambulló de nuevo en el baño. Planes. Los planes cambiaban, ¿verdad? Pero ¿cuánto y por cuánto tiempo? Se paseó de un lado a otro durante algunos minutos, luego se lavó la cara con agua fría y fue a tomarse el sándwich.
Justo después del anochecer, Edward salió del garaje con Isabella a su lado. El BMW apenas había sido conducido antes de ese momento, pero éste viró con bastante facilidad, y tuvo la satisfacción de que Bella lo llamara su «coche James Bond».
El tráfico en Londres era bastante ligero, ya que era la noche de un martes en que había partido. Ed no podía evitar su repentina impaciencia, aun cuando no creía que Clark intentara una posible confrontación. Para ser justos, Daniel no era de los que se dejaba llevar por el pánico.
A él le iba más ser brusco, motivo por el cual Edward había guardado una pistola Glock del 30 en el bolsillo de la chaqueta.
No debería tener una pistola en Inglaterra, y si le pillaban con ella, mucho menos usándola, tendría muchos problemas. Esto, no obstante, no era una reunión de negocios al uso con un posible socio, y no estaba dispuesto a ir desprevenido.
Aparcaron al doblar la esquina de la casa de Clark. Era un vecindario tranquilo, habitado en su mayoría por parejas jubiladas, que habían envejecido con las casas que los rodeaban.
—¿Es ésta? —preguntó Isabella cuando llegaron a la esquina.
—Sí.
—¿En qué piso vive?
—Posee toda la planta baja. A Daniel no le gustan las escaleras.
Ella siguió mirando fijamente la torre de pisos.
—En la planta baja y podría estar esperándote. Yo digo que entremos por la ventana de atrás.
—Yo voy a entrar por la maldita puerta principal.
—De acuerdo, tú ve por delante y yo iré por detrás. Quizá encuentre la tablilla.
—Isabella, no quiero que infrinjas la ley.
—Eres tú quien infringe la ley —dijo, dándole un toquecito en el bolsillo de la chaqueta—. Yo te ayudo.
—Maldita sea, a veces me das miedo. Lo ves todo.
Ella frunció el ceño.
—No cambies de tema, inglés. Este tipo te ha robado.
—¿Qué pasa con eso de «la venganza es un plato que se sirve frío»?
—Olvídalo. Un camión ha intentado atropellarme. Ahora estoy cabreada.
Le cogió la mano cuando ella se disponía a atravesar el seto más próximo, cargada con su maletín.
—Tú también intentabas robarme, Isabella.
—Sí, pero nunca fingí ser tu amiga o socia mientras lo hacía.
Y pensar que se decía que no había un código de honor entre ladrones. La siguió por el estrecho callejón hasta la parte trasera de la casa. Las luces estaban encendidas, y Ed pudo oír a lo lejos un locutor anunciando el partido. Y el Chelsea iba ganando, lo cual mantendría la atención de Daniel.
Isabella probó la puerta trasera. Estaba cerrada con llave.
—Dame un par de minutos —susurró mientras sacaba un cable de cobre del bolsillo—, luego haz tanto ruido como quieras en la parte delantera.
No era así como Ed quería jugar, pero ella tenía razón.
Seguramente Bella podría hallar más respuestas a su modo de las que él pudiera sonsacarle a Daniel por la fuerza. Se inclinó para rozarle los labios con los suyos.
—Ten cuidado.
Ella sonrió abiertamente.
—Tú también.
Ed observó hasta que ella abrió lentamente la puerta y entró, acto seguido se dirigió hacia la parte delantera de la casa. No esperó los dos minutos, porque no le agradaba la idea de que Bella estuviera sola allí dentro. Dio un paso atrás y golpeó la puerta con el pie. Ésta vibró y se abrió con un crujido, rompiéndose uno de sus goznes. La retiró a un lado, y entró al recibidor.
—¿Qué demonios pasa aquí? —vociferó la conocida voz de Daniel Clark—. ¡Tengo un bate de criquet, así que más le vale salir antes de que llame a la policía!
—¡Llámales! —respondió Ed a gritos, dando un paso adelante.
Dobló la esquina cuando Daniel entró en el pasillo con el bate de criquet en alto.
—¿Ed? ¿Qué…?
—Hola, Daniel. ¿Sorprendido de verme?
—¿Qué demonios haces aquí? ¡Me has roto la puerta! —Alto y grueso, Clark había sido todo un jugador de criquet algunos años antes, en la universidad.
Edward le brindó una lúgubre sonrisa, la sangre le bullía. Casi esperaba que Daniel fuera con el bate a por él, así tendría una excusa para darle una paliza.
—Me has robado la tablilla —respondió.
—¿Que yo, qué?
—Querías que me quedara un día más en Stuttgart —continuó Edward, alargando la mano rápidamente para atrapar el bate de criquet. Lo arrojó a un rincón—. ¿Fue para protegerme o para asegurarte de que construías aquello por lo que habías pagado?
—No tengo ni idea de lo que…
—Han muerto tres personas, Daniel. Te sugiero que consideres cuidadosamente cuál va a ser tu historia.
—Ed, te has vuelto loco. —La cara de Daniel se ensombreció—. ¡No sé qué demonios está pasando, pero no tienes derecho a entrar por la fuerza en mi casa y a amenazarme! Yo…
—¡Ed!
Ed se dio la vuelta y echó a correr por el pasillo al oír el grito de Isabella.
—¿Isabella?
—Aquí. Tienes que ver esto.
La encontró en el despacho de Daniel. Todos los cajones del escritorio estaban abiertos y, a juzgar por el aspecto doblado del abrecartas que sostenía en la mano, no había sido demasiado cuidadosa con la madera. Bella sostenía en alto una foto.
—¡Le pillamos! —dijo con una sonrisa torva.
La tablilla. Parecía ser un duplicado de una de las fotografías del seguro. Durante un breve instante quiso alzarla en sus brazos y gritar. Habían estado en lo cierto. Y eso significaba que Daniel sabría quién era el hombre, el Doctor Maligno.
Clark entró corriendo en su despacho con el rostro rojo y brillante de sudor.
—Largo de mi casa, Ed. Tú y quienquiera que sea ésa. Ahora.
—Se me ocurre una idea mejor —bramó Edward—. ¿Por qué no te sientas y me cuentas una historia? —Agarró la foto y la agitó ante Daniel—. Una muy buena historia. Con nombres y todo.
—Tú… ella… podrías haberla puesto ahí. No significa nada.
—Tal vez no para la policía, pero sí para mí. Siéntate, Daniel, o lo haré yo.
Durante un momento el hombre grande se quejó a voces de no poder confiar en nadie. Luego se hundió en la mullida silla junto a la puerta.
—Yo no he hecho nada malo.
—Cabe la posibilidad de que no presente cargos si me cuentas quién más está involucrado en esto. —Edward se sentó en el borde del escritorio—. Y podría prestarte el dinero suficiente para que tu banco tenga liquidez. Puede.
—¿El banco? —Sus ojos se ensancharon con una patética esperanza que hizo que su grueso mentón temblara—. Esto… Milani sólo dijo que iba a sacar algo al mercado y que si estaría interesado en intentarlo. Eso es todo.
—Matteo te llamó. Por línea directa —insistió Edward, conteniendo su propia furia. Respuestas primero. Aquello no le concernía sólo a él. Isabella seguía de pie detrás del escritorio, revisando archivos como si estuviera completamente sola en la habitación.
—Sí. Y ahora voy a llamar a mi abogado y a la policía.
—Además de Milani, ¿quién más te ofreció la tablilla? —interrumpió Isabella, sin levantar la vista.
—¿Quién eres tú? —exigió Daniel.
—Soy quien se suponía que debía ser el ladrón cuando el otro tipo que contactó contigo envió a otro a robar en casa de Cullen y a matar a Milani.
La cara del hombre se tono macilenta.
—¿Qué?
—Así es —secundó Edward, adoptando el lenguaje franco de Isabella. Dios, a ella le funcionaba asombrosamente bien—. ¿No lo sabías? ¿O fuiste lo bastante estúpido como para dejar que te cargasen con la culpa de todo? El tipo que robó la tablilla está muerto, el tipo que contrató a mi amiga para que entrara al mismo tiempo está muerto, y esta tarde alguien intentó arrojar mi coche al Támesis conmigo dentro. —Se inclinó hacia delante—. Por lo que puedes suponer que no estoy muy contento. Quiero nombres.
—Parece que también tiene el Remington —dijo Isabella, todavía revisando los archivos—. Tal vez más. —Levantó la vista para clavarla en Daniel—. Empiezo a pensar que quizá él sea el tipo que lo ha montado todo.
—Soy coleccionista —dijo Daniel, el rubicundo color de su piel se oscureció al punto de que Edward comenzó a preguntarse si tenía un historial de problemas cardiacos—. No tengo nada que ver con la muerte de nadie.
—¡Demuéstralo! ¿Quién es el otro tipo? ¡Dímelo, joder!
La cara redonda de Daniel se tornó ceñuda.
—Oh, por el amor de Dios, Ed, ¿todavía no lo has descubierto?
Eso hizo que se detuviera por un minuto. Había algo de lo que ya debería haberse percatado o algo que debería haber sospechado, pero no era así.
—Finge que soy retrasado y dímelo, Daniel. Contaré hasta tres y luego iré a por el bate. No más juegos. ¡Quiero el jodido nombre!
—Dios —farfulló Clark, el sudor comenzaba a chorrearle por la cara.
—¿Qué te parece mi nombre? —En la habitación entró un hombre alto de pelo claro con el bate en una mano y una pistola en la otra.
Hola chicas! Espero que todas se encuentren bien y disculpen la demora pero tuve unos días muy ocupados y hasta ahorita puedo conectarme.
Ya solo nos queda un capítulo más y el epílogo, espero subir los dos el sábado ya que ambos son cortitos, pero no se preocupen ya que son 5 los libros de esta maravillosa saga y planeo adaptarlos todos
Besos y abrazos
