Palabra: paranoia.
Prisioneros
I'll worship like a dog at the shrine of your lies
I'll tell you my sins and you can sharpen your knife
Offer me that deathless death
Good God, let me give you my life
Take Me to Church, Hozier
Despierta con un grito de Kacchan.
Todo vuelve a él antes de que abra los ojos.
El piso, el golpe en la cabeza, el hecho de que los mercenarios lo secuestraron, que Kacchan fue tras de él y que antes de caer noqueado no tuvo tiempo de decir nada ni de gritar nada.
Se habían confiado por un momento, en la orilla del lago Asui, creyendo que enfrentarían al peligro en sus propios términos, sin recordar que nunca antes había sido así. Y, carajo, sabían lo de los portales, sabían el peligro. Habían creído que tenían tiempo sin tenerlo, habían creído que eran más fuertes, más rápidos, más todo. Un momento Kacchan estaba intentando empaparlo en la orilla del Lago Asui y él se estaba riendo todavía cuando Tsuyu había vuelto.
Y luego el caos.
—Kacchan.
El silencio es inmediato.
Abre los ojos.
Clava los dedos en el suelo. Es tierra. No sabe dónde están. Alza la vista y encuentra a Kacchan. Atado a un palo, con el pecho lleno de cuerda. Y sus manos. Adivina que están atadas palma contra palma. Para que no explote nada. Si lo hace, va a volarse una.
Izuku alza la vista y los ojos aterrados de Kacchan lo encuentran.
Más tarde dirá que nunca estuvo asustado. Izuku lo conoce lo suficiente como para predecir que nunca admitirá sus miedos en voz alta.
Pero también lo conoce como para saber que le aterra no poderse mover o perder el control en esas circunstancias. Hay una tela en su cuello que parece haber sido usada como mordaza, pero ahora sólo le queda como collar.
—Kacchan —vuelve a decir Izuku.
Le sorprende sólo tener un grillete en uno de los pies. Se acerca hasta Kacchan todo lo que la cadena lo deja. Si se estira, puede intentar tocarlo. La cadena está atada a otro poste. Lleva sus manos hasta a ella, quizá haya alguna manera de romperla.
—No se puede —la voz de Kacchan intenta parecer tranquila—. Son mágicas. Sólo se rompen con magia y no sé cómo hacerlo.
—¿Y tú…?
—Sólo tenían una. No planeaban tener más rehenes.
—Entonces tú podrías escapar.
Kacchan alza las manos y pone una cara de hartazgo que desespera a Izuku.
—Es lo que he intentado las últimas horas, carajo, ¿qué creías que estaba…?
Izuku estira los brazos. Apenas si alcanza a rozarlo.
—Respira —le dice—. Kacchan, tienes que respirar. Y tranquilizarte.
—¡¿Cómo carajos…?!
—¡Kacchan!
Es una súplica. No es la primera vez que están en una situación así. Por alguna razón —quizá el destino, que los odia—, siempre acaban igual. En el castillo Todoroki fue lo mismo. Pero aquí Kacchan no puede dejar que sus palmas exploten ni una vez.
—Deku…, carajo…
Se da cuenta de que lo dice demasiado tarde. Izuku se hace sin querer hacia atrás, sólo por instinto. Es la palabra, es el tono. Es la falta de costumbre. Kacchan siempre decía Deku como escupiendo la palabra en el piso, sólo la forma ya era una agresión en sí misma e Izuku derramó demasiadas lágrimas por ello en su vida como para que las huellas de todas las veces que Kacchan la cagó ya no existan.
—Kacchan…
Existen y las odia por salir en ese momento.
—No me llames…
—Ya sé. Ya sé —espeta—. De mis labios no significa nada más que. —Se corta—. Izuku. Lo siento. Carajo. No puedo…
—Kacchan, tienes que respirar.
—Acércate, otra vez.
No se alejó mucho.
Fue puro instinto.
—No volveré a…
—¡Kacchan! ¡Respira!
Estira su mano hasta alcanzar su mejilla. Necesitan un plan para escapar o para contratacar, pero lo primero es que Kacchan respire. Luego analizar la situación. Puede hacerlo. Están vivos y de momento parecen estar ilesos.
Por fin Kacchan se concentra.
—Izuku. Lo siento. Sabes que…
No termina.
Odia sus debilidades más que cualquier otra persona e Izuku puede ver todo ese odio concentrando.
—Quería salvarte —admite Kacchan—. Sólo pensé en que te había tragado una nube negra como esa vez a Shouto y sólo quería… Carajo.
Oh. Cierto.
Shouto.
Izuku tiene todos los recuerdos revueltos y no sabe muy bien qué ocurrió. No después de caer por el portal.
—¿Y Shouto?
Katsuki desvía la mirada.
—Detrás. Intentó alcanzarme. Alcanzarte. No sé…
—Kacchan —dice y se da cuenta de que la preocupación y el enojo se mezclan en su voz de una manera desagradable, pero no puede detenerlo—, ¿dejaste a Shouto atrás?
—¡Sólo te vi perderte en el portal, ¿está bien?!
—¡Lo dejaste atrás! —acusa Izuku.
—¡Estaba ileso! ¡Puede defenderse! ¡No es una damisela en peligro!
—¡¿Y yo sí lo soy?!
—¡Izuku, carajo! —Kacchan deja caer la cabeza—. ¡Te vi desaparecer en un portal! ¡¿Querías que me parara a pensar en todas las posibilidades?! ¡Ni siquiera pensé! ¡Sólo supe que esa vez, cuando Shouto…! ¡Esa vez no pudimos hacer nada! ¡Lo vimos desaparecer a nuestro alcance y…!
—¡¿Y de qué sirve si en vez de uno son dos?! Shouto está…, está…
—¡No quería perderte en la nada! ¡Pero perdiste y..:!
—¡Kacchan!
«No te atrevas a terminar, no te atrevas a decirme que no soy lo suficientemente fuerte».
Hay veneno que en realidad no quiere dejar salir, pero de todos modos se le escapa. Sólo piensa en Shouto y en que otra vez lo dejaron solo.
—No voy a disculparme por haber saltado tras de ti, Izuku —espeta Kacchan—. Lo haría por cualquiera de ustedes dos. Tú o Shouto. En cualquier momento. Y él no está solo. Aizawa y Yamada y ese estúpido gato se quedaron atrás. Ya estuvo solo una vez, Izuku. Esa vez. ¡No voy a disculparme por intentar salvarte!
Izuku es el primero que empieza a llorar.
Como siempre. Se le llenan los ojos de lágrimas y se le nubla la vista y se siente muy débil. Si hubiera alcanzado el báculo a tiempo, hubiera podido usarlo mejor. No hubiera perdido todo el control, no lo hubieran derrotado tan fácil. Qué patético, piensa. Y pensar que por un momento se atrevió a creer que era mucho mejor que eso.
—¿Izuku? —La voz de Kacchan es dubitativa.
—Es mi culpa, ¿no?
—¡No, carajo! No te atrevas a cargar en tu espalda todo eso… Carajo. No quería decir eso, carajo.
—¡Pero lo es!
—¡No! ¡Y si tu cerebro quiere analizar la situación en la que estamos, será mejor que deje de echarse la culpa! Vamos, Izuku, te necesito para esto. Eres mejor que yo para esto. Vamos. Te diré lo que sé. ¿Está bien?
Izuku asiente. Todavía siente el aire en el ambiente demasiado tenso, pero no puede hacer nada por remediarlo en ese momento. Presiente que acabaran gritándose más veces de pura frustración acumulada. Sigue llorando, aunque las lágrimas le dejan de salir como si tuviera infinitas, salen menos.
—Hay uno que es un mago —empieza Kacchan—. Si viene, es el del sombrero ridículo, la máscara y la capa negra. Es el de tus grilletes. Pero sólo tenía uno. Y no sabían cómo evitar yo destrozara todo. Pero eran cinco contra mí. En algún momento perdí el conocimiento.
—¿Y los demás?
Por fin ha conseguido dejar de llorar
—El hombre lagarto. No sé qué demonios es… ¿Un híbrido? —Se encoge de hombros—. Hace casi todo lo que hacen los lagartos. El del fuego. Tiene sentido que el príncipe crea que es su hermano. Pero no estoy seguro. —Se queda callado y hace una pausa. Izuku no lo presiona—. La bruja. Claro. Apesta a sangre. Estoy seguro de que usa la sangre de la gente para sus hechizos. Otra mujer. Maneja el metal. ¡Y un encantador! Quizá el más peligroso. Así me atraparon —explica Katsuki—. Puede multiplicarse, hacerte ver cosas que no están. Lo hizo contigo. —Hace una mueca—. Así me atraparon. No pude distinguir a la copia y me tendieron una trampa. No he visto al líder.
—El nigromante —adivina Izuku.
—Supongo. También puede sentir tu báculo. Eso no lo entiendo. —Kacchan carraspea—. Por cierto, se lo llevaron. No pueden usarlo, pero se lo llevaron.
—¿Cómo sabes….?
Kacchan adivina su pregunta antes de que la termine.
—¡Porque lo intentaron, Izuku!
—¡Sólo era una pregunta!
Un gruñido.
—Ya sé. Argh. Lo siento. O lo que sea.
—Kacchan, no, sé que estás… Sólo respira, ¿está bien?
—¡Carajo, Izuku!
Ni siquiera sabe a qué viene eso. La última vez no fue tan horrible. Pero entiende sus preocupaciones. Ve sus manos y lo entiende. Todo. Tan claro. Todo ese miedo a hacerse daño. A perder su magia. Tan cerca.
—Kacchan, lo siento.
—No es tu culpa.
—Sólo quédate callado, ¿sí? Dame un momento —le dice Izuku—. Tengo ideas. Pero necesitas respirar. No va a pasar nada, ¿está bien? Eres fuerte, lo sé. Confía en ti. —Pero la historia de Kacchan es más larga y más complicada e Izuku sabe que odia esa indefensión que le recuerda que sólo es carne y sangre: un ser mortal a fin de cuentas—. Quiero averiguar que pretenden. Estaremos en blanco hasta que no lo sepamos. ¿No oíste…?
—Perdí el conocimiento, Izuku.
Parece frustrado.
—No importa. Si quieren el báculo quizá no se arriesguen a lastimarnos…
Los ojos de Kacchan son muy obvios. «A ti», dicen. Él es otro asunto. Y tiene la boca muy grande y la lengua muy corta. Grita. Se resiste. Nunca se rinde.
Izuku admira eso, pero también es un problema.
—Y tengo una idea. ¿Está bien? Sólo escúchala antes de decir que no.
Kacchan frunce el ceño.
—No me va a gustar lo que digas —adivina. Y no está mal.
—No creo que sea una situación de la que podamos escapar los dos, Kacchan. No al mismo tiempo —dice Izuku—. Shouto va a venir. Y Aizawa y Yamada y Shinsou. De eso estoy seguro. Pero sería más útil si supieran qué van a atacar. Y allí entras tú.
—¡Si crees que voy a dejarte sólo…!
—¡Será sólo temporal! —asegura Izuku—. Si quieren el báculo es posible que no me hagan daño, Kacchan.
—No me pidas que te deje atrás.
—¡Es lo más razonable!
Puede ver en los ojos de Kacchan que también entiende eso. Primero cierra los ojos e Izuku lo puede ver conteniendo lágrimas de rabia. Sus labios se vuelven una fina línea y le da miedo que explote. Pero en vez de eso sacude la cabeza, derrotado.
—Lo sé —admite—. Pero no sabes lo que me estás pidiendo.
—Kacchan…
—Déjame hablar. Te dije que sabías quien era, ¿no? —pregunta—. Esa vez, cuando me besaste. Dije muchas cosas. Me costó darme cuenta de lo mucho que me importabas. Lo supe cuando tuve que arrastrarte para rescatar a Shouto y de repente yo era el soporte de todo lo que estaba pasando. ¿Sabes lo que es eso? —Suspira. Izuku sólo piensa que es extraño ver a Kacchan tan calmado—. Algún día lo sabrás, supongo. Nuestro destino nos odia. Pero no sabes lo que es pensar que estás en peligro. O Shouto. Izuku, siempre creí que sentir… esto… te hacía más débil. —Se ríe y qué risa tan amarga, piensa Izuku—. Me da miedo. Salté detrás de ti por muchas razones. La más importante: me dio miedo que no estuvieras a salvo y yo no hubiera hecho lo suficiente.
—Kacchan, necesito que hagas esto por mí —dice—. Si escapas y ayudas a Shouto y al resto… Tendrán una mejor oportunidad. Yo estaré a salvo.
—Izuku, no puedes saber…
—No estoy indefenso. Ya no soy… No soy… Kacchan. No soy la persona a la que odiaste tanto tiempo.
Es un estira y afloja. No llegan a ningún acuerdo porque a Izuku todavía no se le ocurre cómo demonios lograr que Kacchan escape. Ya se le ocurrirá, está seguro. Sólo necesita evaluar mejor la situación.
Estira la mano y las yemas de sus dedos rozan el rostro de Kacchan, que cierra los ojos ante el contacto. Inhala y exhala. Izuku puede verlo tranquilizarse más poco a poco. Piensa en lo poco que Kacchan dice te quiero y en lo mucho que lo demuestra. Tiene sentido. Así es él. De niño sonreía cuando Izuku le decía que serían héroes y tendrían magia y harían canciones sobre ellos, sin decir nada. Ponía sus palmas apuntando al sol y las hacía explotar. Y lo arrastraba al otro lado del río a jugar a los héroes.
Lo mira cuando todavía tiene los ojos cerrados.
Nunca esperó estar así, frente a él, oyendo un «Te quiero» camuflado en las palabras de Kacchan.
—Te prometo que estaré a salvo.
—No puedes prometer eso, Izuku.
—Te lo juro, Kacchan. Por Nana Shimura.
Abre los ojos.
—Ese es un juramento peligroso.
—Voy a cumplirlo —asegura Izuku.
Es peligroso, pero por Kacchan o por Shouto, es capaz de hacerlo.
—Más te vale, Izuku, más te vale.
No tienen mucho más que hablar. A Izuku le da miedo abrir la boca por si terminan peleando de nuevo. No quiere discutir en esas circunstancias. No quiere decir palabras pintadas de resentimiento o de enojo. No ahí. No mientras tanto.
—¡Jin! —Es una voz afuera. Eso los distrae.
Izuku se separa de Kacchan, al que de todos modos apenas si alcanza, no lo suficiente como para deshacer el nudo de sus manos. Alcanza su rostro sólo si se estira mucho, y alza un poco su mano. Pero la tela que envuelve sus manos se extiende hasta su codo y de allí se pierde. No alcanza a ver el nudo. Necesitan romperla.
—¡Himiko! ¿No se suponía que estabas haciendo guardia?
—¡Me aburrí, Jin! —Una mujer y un hombre. Ella suena joven. Al intentar ponerle rostro a la voz Izuku recuerda a la bruja que los atacó. Sí, es ella. La voz de hombre no la ha oído nunca—. Pero no descuidé mi puesto. Sólo me alejé porque uno estaba gritando y me estaba entrando el dolor de cabeza. No me dejaban concentrarme. Mira.
Ni Izuku ni Kacchan pueden ver lo que le enseña a su interlocutor.
—¿Te pidió eso…?
No hay respuesta. Un asentimiento o una negación con la cabeza, supone Izuku.
—No debe de tardar —dice la voz—. Me dijo que le hablara cuando estuviera listo y le mandé un mensaje con Magne.
—Yo no planeo estar presente para ese espectáculo…
—¡Oh, vamos!
—Tengo otras cosas que hacer Himiko.
—Que aburrido —se queja la mujer.
Después de eso vuelve el silencio. Están solos un buen rato hasta que alguien abre la tela de la tienda en la que los tienen atados a ambos. Un hombre con cabello azul grisáceo tan claro que es blanco. Lleva una mano en la cabeza y es obvio que es la mano de un cadáver. Otras más le cubren los brazos, los hombros, el cuello. «Shigaraki». Izuku lo adivina por los pedazos de cadáveres. Es el que tiene más fichas para ser un nigromante.
El hombre ignora a Kacchan y sus pasos se dirigen inmediatamente hacia Izuku.
—¡No lo toques! —grita Kacchan.
A Izuku se le corta la respiración.
—Oh, no voy a hacerle nada, niño explosivo. No todavía. —El hombre no deja de mirar a Izuku cuando le responde a Kacchan—. No tienes magia. Me dijo Atsuhiro. —Ladea la cabeza y a Izuku su expresión le recuerda a la de un niño curioso. No sería aterradora de no ser por su rostro. Su piel está ceca y carcomida. Tiene una cicatriz en un ojo y otra en el labio. Los ojos rojos no brillan como los de Kacchan, más bien parecen desganados y crueles—. ¿Cómo alguien sin magia terminó con un báculo como el de Nana Shimura?
—De Yagi —corrige Deku, por impulso.
—Antes fue de Nana —responde el hombre.
—Shigaraki, ¿no?
Izuku sólo quiere asegurarse.
—¿Cómo supiste?
Se encoge de hombros.
El silencio se extiende. Nadie dice nada por unos momentos e Izuku prácticamente puede oír como Kacchan obliga a que su respiración permanezca bajo control.
—Quiero el báculo —dice Shigaraki—. Fue de Nana Shimura. Me pertenece.
—¡Es mío!
—Oh, no te lo estoy pidiendo. Hay un ritual, ¿sabes? Para transferir los poderes del báculo. Sólo hay un problema. —El hombre camina hasta Kacchan—. Necesito tu sangre. —Voltea hacia Izuku—. Tienes que dármela voluntariamente.
—¡Nunca!
—Bien, ves mi problema. —Shigaraki se acuclilla ante Kacchan, que aparta la mirada y aprieta los labios. Quizá para no gritarle, quizá para no escupirle—. No sabía cómo iba a convencerte, pero la oportunidad llegó sola.
Izuku sólo ve la parte de atrás de su cabeza, de su cuerpo. No sabe si sonríe, pero le parece que sí.
—¡Toga! ¡Dabi!
Aparece la bruja y luego un hombre que tiene piel quemada por todas partes. Cabello negro, tan oscuro que Izuku juraría que no es un tono natural. Después de un momento, Izuku decide que Shouto tiene razón sobre sus ojos. Son iguales a los de Enji Todoroki.
—Si me das tu sangre, no le haré nada. —Shigaraki lo mira de soslayo—. Pero si no…
—¡Izuku, no te atrevas a…!
Katsuki no termina cuando Shigaraki le agarra la barbilla, cortando sus palabras de golpe, y lo obliga a mirarlo.
—Cállate —espeta—. Un solo toque mío puede matarte, ¿sabes? A los nigromantes también se nos da bien lanzar a la gente a la muerte. —Hay una pausa y parece que Kacchan quiere matar a Shigaraki con la mirada, pero lo evita—. ¡Toga, la poción!
—¡No le haga daño! —grita Izuku.
No sabe lo que va a pasar.
—¡Toga!
Shigaraki lo ignora. Lo siguiente ocurre en cámara lenta. Izuku intenta acercarse hasta donde está Kacchan, pero el hombre alto de los ojos azules —«Dabi», recuerda— lo detiene y no importa que tanto Izuku intente soltarse de entre sus brazos, no puede.
Ve como la bruja —«Toga» o «Himiko»— lo obliga a tomar un trago de un frasco y como intenta escupirlo, pero no es lo suficientemente rápido antes de que Shigaraki le ponga una mano sobre la boca y sobre la nariz, obligándolo a tragar.
—Toga hace excelentes conjuros de sangre —explica Shigaraki, mientras tanto, cuando Kacchan aún está intentando escupir—. Y tú regaste tu sangre cuando intentaste atacarnos.
—¡Kacchan! ¡KACCHAN!
Al final, traga.
—¡KACCHAN!
El mundo entero se detiene cuando él grita.
Kacchan suele apretar los dientes para fingir que no siente dolor, pero en ese momento no lo hace. No al principio, al menos. Su espalda se arquea y entonces es cuando aprieta los dientes e Izuku se pregunta si no se estará haciendo daño en la mandíbula.
Shigaraki se ríe.
—Fascinante, ¿no? Que los conjuros de sangre puedan causar… tanto… —No termina la frase.
Izuku intenta liberarse de Dabi o Touya o como se llame el tipo de las cicatrices. Mueve las manos todo lo posible, pero no puede soltarse. Entonces sus manos chocan con la empuñadura de algo. No sabe si es un cuchillo o una daga, pero la aferra. No estar atado como Kacchan le da esa cierta libertad de movimiento. Definitivamente un descuido por parte de sus captores.
Se queda un momento sin moverse para darse cuenta si Dabi sintió que había perdido algo. Cuando nada sucede, esconde el cuchillo o daga en sus pantalones.
Y entonces Kacchan deja de apretar la mandíbula y los últimos rastros de un grito salen de su garganta.
—¿Qué tal? Agonía, ¿no? —pregunta Shigaraki—. ¿Otro trago? Causa que tu sangre arda sin herirte realmente. Podemos estar aquí todo el día, hasta que…
—Vete a la mierda.
Kacchan le escupe. La mano de Shigaraki da un revés sobre su rostro. Sólo lo golpea con el dorso, pero Izuku se queda sin aire un momento al verlo.
Por qué siempre es Kacchan y no él. Por qué.
—Tsk, qué pena. Toga.
Y la bruja se acerca y agarra la mandíbula de Kacchan, que intenta voltear para cualquier otro lado, alejar sus labios de las manos de sus captores. Izuku deja de respirar.
—¡No! —grita—. ¡No le hagan daño! ¡No por mi culpa! No por… —y se le rompe la voz. Es patético, piensa. Quizá por eso Kacchan le tiene tanto tiempo a sentir: ver sufrir quien quiere te deshace—. No por… mi culpa.
Notas de este capítulo:
1) Uno y quedan cuatro. Este me quedó mucho más largo de lo esperado, pero lo corté un poco. Así alargo este y el que sigue en vez de que quede uno enorme y uno estándar.
2) ¿Lo siento? Perdón. Perdón. No van a sufrir por siempre, lo juro con toda mi alma. Sigue el capítulo de Katsuki y, entonces sí. Ya van los últimos tres capítulos de cada uno. Voy a extrañar mucho a mis niños (aunque sigo escribiendo de ellos, claro).
3) En chismes de la vida, recuperé un poco mi ventaja, así que voy a aprovechar para terminar un fic Shinkami que estoy escribiendo para los cumpleaños de Kaminari y Shinsou (29 de junio y 1 de julio respectivamente) con el que se marca mi vuelta al universo canon (algún día tengo que descansar un poco de los universos fantásticos, aunque estoy escribiendo otros, lol).
Andrea Poulain
