Riza Hawkeye - Interludio 5

Ishval NE. 14/AGO/1908

Considero la felicidad como algo momentáneo. El pico de un zigzag, igual que la tristeza puede ser el lado opuesto. Ningún estado de ánimo se mantiene constante de forma indefinida. Es más, son esos intervalos, esos latidos los que nos hacen sentirnos vivos. Yo trato de ser estoica, impasible, pero eso no implica que no sienta, que mis sentimientos no latan en el interior de mi pecho.

Por desgracia, el entorno en el que vivimos fomenta más los valles que los picos, haciendo que recorramos largas y oscuras depresiones, nunca mejor dicho. La tristeza es algo que debemos gestionar, prestarle la atención justa para no deshumanizarnos, pero tampoco para ahogarnos en ella.

A su vez, esa enorme tristeza también trae consigo algo positivo: apreciar esos pequeños intervalos de felicidad. Esos picos, esos rayos de luz que nos iluminan en el abismo hacen mella en nosotros, nos llenan el corazón de forma genuina, más que cualquier desgracia que podamos sufrir. El recuerdo de un momento de felicidad vale por mil de tristeza.

Las cosas en el frente avanzaban lentamente. Hacía pocos días que habíamos tomado la región de Gunja, uno de los últimos bastiones libres del exterminio. Aquello había sido un duro golpe para los ishvalíes, que ya se veían abocados a la derrota. Por supuesto, la noticia se recibió con gran alegría en el campamento.

Sin embargo, yo no lo veía del mismo modo. El brutal avance de los Alquimistas Nacionales en el frente, las masacres realizadas con ese poder me recordaban que yo había sido cómplice de todo aquello. Las llamas tenían mi sello de aprobación. Aquello empañaba mi visión sobre el verdadero significado de la toma de Gunja, la guerra estaba a punto de acabar.

Aun así, noticias malas y buenas, todo se diluía en la monotonía del día a día. Aquella tarde volvía de una misión con el cuerpo dolorido. La zona era segura, por lo que debía mantenerme en una tensión forzada, a la espera de un ataque sorpresa que al final nunca llegaba.

Las piernas me hormigueaban de la falta de uso, y la contractura que tenía en el hombro se había extendido por el cuello y la espalda, produciéndome unas jaquecas casi continuas. Esa tara me afectaba de forma acumulada; no podía dormir, no podía colocar correctamente el fusil, reducía mi campo de visión y ponía en riesgo a mis compañeros, haciéndome sentir una angustia constante.

Por eso caminaba despacio, con la capucha bajada y el fusil colgando del hombro contrario. Caminaba por el campamento por inercia, repitiendo el camino de todos los días. Las figuras de soldados aparecían y desaparecían a mi alrededor. Los oía sin escucharlos, sus miradas lascivas me atravesaban sin tocarme, como una mano tratando de coger humo.

–Ay, rubia. Con ese culo no me aburría –dijo una voz entre un grupo de hombres. Un coro de risas siguió al comentario, envalentonando más a aquel chico anónimo–. Oye, ¿no te quieres venir un rato a mi tienda?

Pasé de largo, ignorándolo. Eso hizo que el soldado saliera del grupo, levantando abucheos y más risas entre sus compañeros. –Venga, guapa. Que te veo muy triste, vente conmigo y pasamos un buen rato.

Yo no le estaba haciendo caso, pero por el rabillo del ojo vi cómo otro chico iba corriendo hacia él y le susurraba algo. El otro, notablemente molesto, le contestó algo desagradable, a lo que el primero volvió a responder. Escuché cómo el chico que me seguía se paraba en seco y preguntaba en voz alta sobre el "Ojo de Halcón". Después volvió con sus amigos.

Los hombres se volvían verdaderas bestias en la guerra. Nunca había estado presente, pero había oído hablar de lo que les habían hecho a algunas mujeres ishvalíes. En ocasiones los superiores los sancionaban, pero en la mayoría de casos hacían la vista gorda. El problema no era que fueran ishvalíes, sino que eran mujeres. Eso era una verdad que ninguno de ellos admitía con palabras, pero sí con sus actos.

A mí no me daban miedo, el instinto de supervivencia que había despertado en la guerra lo transformaba en pragmatismo. A mí no me tocaría nadie. Las mujeres ishvalíes no tenían un arma, yo sí.

Seguí caminando hacia mi solitaria tienda. El segundo campamento era un caos progresivo. Crecía más allá de la cuadrícula inicial como una enfermedad. Las lonas se apoyaban entre paredes derruidas y piedra como si fueran pequeñas chabolas.

Una vez allí cogí la muda menos sucia que tenía y fui a las duchas. A la vuelta ya había comenzado a oscurecer. El frío iba ganándole terreno al Sol, mostrando la otra cara del desierto. Dentro de la tienda, encendí un farol de gas que colgaba de una cuerda y me arrebujé en mi pequeña y vieja manta.

En el exterior estaban cocinando un guiso de verduras y conejo. Yo no tenía humor para estar con otra gente así que abrí una lata de conservas. Intenté apoyarme en la pared de piedra, pero la contractura que tenía en la espalda se me clavaba como una bola de hierro. Al poco tiempo de desistir oí cómo una voz amortiguada por la lona decía mi nombre.

Asomé la cabeza y entonces lo vi. Estaba allí, de pie frente a mi tienda, con una manta entre los brazos y su traje manchado de polvo. Tenía una tímida sonrisa en los labios. Verlo allí me pilló tan por sorpresa que no dije nada, simplemente me lo quedé mirando como si fuera tonta.

–Te he estado buscando por aquí, pero como no te he visto supuse que querrías cenar dentro.

Estaba cansada y de mal humor, así que no supe manejar la situación. –Ya he cenado.

Maldije mi poco tacto, pero él no necesito demasiado para volver a romper el silencio. –Te he traído una manta –dijo, levantando el brazo para mostrármela–. Son más gordas que las que os dan por aquí. Te vendrá bien.

Fui a cogerla, pero la contractura tiró de mí como un ancla, dibujando en mi rostro una mueca de dolor. Por supuesto, no pasó desapercibida para él. –¿Tienes una contractura? –Frunció el ceño. –¿Me dejas entrar?

Me pareció absurda la pregunta. Más de uno se había fijado ya en él, y verlo entrar en la tienda de una mujer daría bastante mala imagen. –No es buena idea. Hablarán.

–¿A ti te importa lo que piensen?

Entonces fui yo la que frunció el ceño. –No.

–Pues a mí menos. –Y entró.

Si la tienda era pequeña para mí, con dos personas parecía una casita para niños. Se quitó como pudo la casaca del uniforme, quedándose con una camisa de manga larga que en su momento fue blanca. Agradecí que no hiciera ningún comentario. Visto con frialdad, la tienda tenía un aspecto desastroso.

Se dejó caer contra la pared de piedra, quedando con las piernas abiertas, y palmeó el espacio frente a él. –Ven, déjame echarle un vistazo.

Sabía que sería una pérdida de tiempo discutir con él. No había podido ocultar el gesto de dolor frente a él, así que ahora estaba condenada a su sobreprotección. Me senté con lentitud donde me dijo, dándole la espalda. El farol de gas iluminaba la estancia con una luz cálida.

Fui a quitarme la camiseta blanca, pero él me posó una mano sobre el hombro. –No hace falta –dijo en un susurro.

Lo agradecí mucho. Si había alguien a quien no me importaba mostrar mi espalda era a él, que ya lo había visto todo de mí. Aun así, no tener que desnudarme en aquel lugar tan lúgubre y deprimente era un alivio. Y bastantes explicaciones habría que dar ya si alguien nos veía en aquella situación como para complicarlo aún más.

Sus manos me palparon con cuidado sobre la camiseta, haciendo presión en algunos lugares para comprobar lo agarrotado que estaba el músculo. Tras un momento, suspiró con lentitud y clavó sus dedos en mi espalda. El dolor que sentí en aquel momento fue tal que no pude ahogar un grito. No se detuvo.

Sus dedos siguieron el recorrido de mis músculos, encauzándolos a base de fuerza bruta. Introdujo sus pulgares bajo el cuello de mi camiseta y apretó con fuerza, piel con piel. Aquel dolor hacía que se me saltaran las lágrimas, que arquease la espalda y que maldijera en voz baja.

Supe que lo peor había pasado cuando comenzó a hablar. –Menudo desastre tienes ahí detrás. ¿Cuánto tiempo llevabas con eso así?

Traté de hacer memoria. –No me acuerdo. Bastante, supongo. Fue algo progresivo. –Seguía notando sus dedos sobre mi espalda, repitiendo el mismo recorrido una y otra vez, asegurándose de que la tensión fuera desapareciendo. –¿Dónde aprendiste quitar contracturas?

–En la academia, durante el último año. ¿Tú no?

–Aún no he terminado la instrucción.

Aquello lo sumió en un silencio reflexivo. Seguramente estaba al tanto de que enviaban a cadetes al frente, pero no habría caído en que yo era uno de ellos. Lo cierto es que yo había entrado al ejército un año más tarde de lo que solían hacerlo las reclutas. Aun así, mis resultados habían sido tan altos que prefirieron escogerme a mí frente a gente más preparada.

–¿Qué habrías hecho si no te hubieras alistado en el ejército? –preguntó de pronto.

Lo cierto es que era algo que no había pensado demasiado. Cuando murió mi padre, me vi con un pequeño colchón económico y ninguna obligación. Aquella libertad a esa edad no era algo tan atractivo como pueda serlo siendo adulta. En ese momento necesitaba un camino a seguir, una estabilidad que me permitiera formarme para poder ser yo misma.

Me mantuve en silencio pensando la respuesta. Me gustaba el silencio que había entre nosotros. Existía cierta complicidad en él. No era un silencio que tuviera que ser llenado, no pesaba como puede ocurrir en otras conversaciones. Era un silencio que me hacía sentir cómoda.

–No lo sé, supongo que habría acabado yendo a East City igualmente. A fin de cuentas, es allí donde está el trabajo.

Lo escuché reír. –Qué respuesta tan lógica –dijo para sí mismo. Con una de sus manos, me agarró por debajo de la barbilla y me giró el cuello con lentitud, haciendo que apoyara la oreja en su pecho. De esa forma, consiguió que estirara el cuello, haciéndome sentir otra punzada de dolor. Me sorprendieron lo suaves que eran sus manos, probablemente por estar siempre enguantadas.

–¿Qué habrías hecho tú si no hubieras ido a estudiar con mi padre? –pregunté.

–Supongo que entrar en el ejército igual. –Sus dedos seguían a los músculos de mi cuello, corrigiéndolos. –Tal y como han estado las cosas en Ishval los últimos años, seguramente me habrían destinado a East City.

Y sin embargo, no sería Alquimista Nacional. Habría sido un soldado más, un joven con fusil que habría podido morir de un balazo, mandado a una misión suicida o tomado por sorpresa en el frente. Al final, la alquimia lo había protegido.

–Habría sido más difícil. –En aquel momento, con la vista perdida en la lona de la tienda y sus manos recorriéndome el cuello, notando su calor corporal en mi espalda, podía decir lo que sentía sin pararme a pensar. Cogí la manta que me había traído y me cubrí las piernas con ella.

–Habría sido… diferente –concluyó él en voz baja. Fue soltándome la barbilla, pero me siguió masajeando el cuello. –Pero, ¿sabes? Igualmente nos habríamos encontrado allí.

Esbocé una pequeña sonrisa. Era consciente de que él no podía verla. –Cierto.

–Quizás te habría pedido que fuéramos a tomar un café –se aventuró.

Por pura malicia, le seguí el juego. –A lo mejor tendría novio, y te diría que no.

Noté cómo su pecho se hinchaba por un segundo. –¿Para no estar sola? No te creía de ese tipo.

–Para no aburrirme.

–Pues entonces te podrías comprar un gato. –Aquello me sacó una carcajada. Él rio también. La vibración de su pecho me hizo cosquillas en la oreja.

–¿Un gato? Creo que preferiría un perro.

–Pero al gato no tienes que sacarlo a pasear –razonó él.

–Por eso mismo, así tendría excusa para tomar el aire.

En algún momento, sus manos abandonaron mi cuello y comenzaron a acariciarme las sienes, surcando los mechones de mi pelo. Pese a que no me sujetaba, seguía apoyada en su pecho. En aquel momento no me di cuenta, o quizás no quise darme cuenta.

–Estaría bien –dijo él, de nuevo en un susurro.

Volvimos a quedarnos en silencio, él con sus pensamientos y yo con los míos. Pensar en una vida alejada del ejército era algo inmoral después de lo que habíamos vivido allí. Pero en ese momento, con aquella lona vieja separándonos del mundo, me permití soñar con algo más; una vida sencilla y la compañía de alguien en ella.

–Te habría dicho que sí –susurré–. Al café.

No recuerdo nada más de aquella noche. El cansancio me venció con sus caricias como cómplice. Solo sé que aquel momento fue el mejor de toda la guerra.

Mi pico de felicidad.


Hola guapos y guapas.

Tenía muchas ganas de subir este capítulo. Antes de pensar el tema sobre el que escribiría el fic, cuando solo sabía que quería escribir de FMA, lo único que tenía realmente claro es que quería que fuera un royai. Es sin duda mi pareja favorita en el mundillo ficticio junto con el Zelink.

Sin embargo, a medida que intentaba hacer esto más realista me daba cuenta de que sería imposible hacer una escena muy royai, al menos en este contexto. Al final opté por ir dándole pinceladas a la historia de forma que quedara muy sutil, como en el propio FMA. El único momento en el que se han podido dejar llevar un poco ha sido aquí, a escondidas de todo. Y aun así, me seguía pareciendo mal meter besos tórridos y escenas más subidas de tono. Quiero pensar que en esos momentos lo que necesitan no es algo "sexual" sino puramente emocional, darse el cariño que escasea en esa situación.

Un pequeño detalle de la última carta. Maes menciona a un personaje que se llama Heiss. No sé si os habéis dado cuenta, pero estoy intercalando mis capítulos entre las cosas que narran Riza y Marcoh en el manga. El caso de Heiss es un poco especial, es el amigo ishvalí que aparece en el OVA 4 en el que seguimos la historia de Roy. Lo digo por si no lo situabais.

En fin, espero que os haya gustado también.