Lo que hoy siente tu corazón, mañana lo entenderá tu cabeza.

Anónimo


Los cinco invitados miraron fijamente a la mujer que había bajado del coche, Julie frunciendo el ceño, viendo como esa mujer parecía tener porte aristocrático al mismo tiempo que se veía vulgar.

Había algo en su rostro que parecía ser exageradamente promiscuo, algo que sin duda no le gustó, desviando la mirada rápidamente para centrarse en Alain, no le agradaba la idea de que una persona que se viese como esa señora se le acercase al hermano mayor de su amiga, en especial cuando estaba comenzando a sentirse cada vez más cómoda a su lado.

Hans recordó como respirar cuando escuchó los pasos de la duquesa resonar por la dura loza de piedra, los ojos azules apenas mirándolo antes de hacer un gesto para que André se adelantara y la siguiera para saludar a Paula.

- Tu sei la mia invitata, benvenuta. – Honoré se aclaró la garganta antes de traducir lo dicho por Nicoletta.

- Sea bienvenida, señora…

- Paula, Paula Archer, antigua Lady Somerset.

- Yo soy André Grandier, mi lady. – Le agarró una mano con suavidad, besándola para erguirse y pararse derecho al lado de la duquesa. – Ella es Nicoletta de Bramante, Duchesse de Montmorency, Comtesse de Périgord y Baronne de Préaux. – Presentó, la duquesa haciendo un pequeño gesto con las manos que hizo obvia la mueca orgullosa que debía tener en su rostro en ese momento.

- ¿Nicoletta? ¿Bramante? Si no me equivoco, lo que menciono son lugares en Francia y los nombres de la duquesa son italianos ¿Qué hace una mujer italiana gobernando territorios franceses?

- La puttana è intelligente (la puta es inteligente) – Susurró, el hombre de ojos verdes rodando los ojos para luego levantar la vista y mirar hacia el cielo.

- ¿Qué fue lo que dijo? – Paula pareció desconcertada, André gruñendo suavemente antes de contestar.

- Dijo que ama la putanesca de nuestra gente, es italiana y le gusta la pasta con salsa putanesca que prepara la cocinera del castillo. – Explicó con calma, tratando de sonar convincente, girando la cabeza para mirar a su sobrina, quien lo observaba con los ojos abiertos de par en par, haciendo un gesto para que la joven pelirroja cerrara la boca y no dijera lo que en verdad significaban las palabras de la joven duquesa.

- ¿Por qué usa una máscara?

- Es una larga historia. – Dijo André sin más, viendo como la duquesa se giraba y le daba la espalda a Paula. – Debe estar cansada, el viaje hasta acá no es precisamente cómodo y creo que usted debe descansar un poco.

- Gra…- No terminó la palabra, sus ojos posándose en una cabellera de un color que recordaba en el fondo de su memoria, tragando levemente antes de tomar su falda para correr a saludar a su antiguo y adorado amante. - ¡Hans! – Gritó con alegría, colgándose del cuello del conde, fingiendo olfatear la chaqueta del joven hombre.

- Portare acqua, la cagna è in fiamme (Traigan agua, la perra está en llamas) – Con regio paso, la duquesa entró de vuelta al castillo, seguida por André, Julie y los hermanos Soissons, dejando a los antiguos amantes solos.

Los sirvientes imitaron a su patrona, volviendo a sus funciones en la magnífica edificación mientras Hans trataba de despegarse de la mujer que se mantenía firmemente abrazada a su pecho.

- ¿Qué haces aquí?

- No lo sé, un día me llegó una carta en la que me invitaban a venir aquí y…desde que mi matrimonio se disolvió no he tenido muchas posibilidades de salir de la pequeña casa en la que el duque me encerró así que acepté.

- Lord Somerset no te dejó en la calle como te merecías y, si no has podido salir de Inglaterra, es porque te gastaste todo el dinero que él te dio en fiestas y alcohol. – Dijo el conde de forma filosa. – Si yo hubiese sido él, ni siquiera te hubiera dado una casa. – La empujó con algo de fuerza, mirándola con el entrecejo arrugado y los ojos grises resplandeciendo de ira.

- No me hables así, ¿Dónde quedó mi adorable Axel? El chico que prometía poner el mundo a mis pies.

- Quedó muerto hace más de diez años, cuando conocí a mi esposa. – Su voz salió dura. – Ni siquiera sé porqué acepté volver a ser tu amante después de que Olive se fue, quizá fue el deseo de vengarme de ella por hacerme sufrir.

- Ow, eres tan lindo cuando te haces la víctima. – Se mordió el labio inferior. – Yo no te obligué a nada. – Sin decir más, entró también al castillo.


Después del desayuno, la dueña de casa junto con sus invitados se preparó para dar un paseo por los terrenos circundantes del palacio, Julie saltando emocionada antes de correr a cambiarse de ropa.

- Entonces, supongo que el campo por lo menos es bonito. – Alain cruzó los brazos mientras su hermana se acomodaba la falda de su traje de amazona, los sirvientes encargados de las caballerizas sujetando a algunos especímenes realmente hermosos.

- Mira que bonitos animales, hermano. – Diane sonrió antes de escuchar como alguien se acercaba corriendo.

- Disculpen la demora, estaba buscando la ropa más apropiada para poder montar. – Antes de poder decir algo, las palabras murieron en la boca de Alain, observado el cuerpo de Julie cubierto por un traje de montar masculino sin chaqueta, solo con una bonita blusa blanca con olanes alrededor del amplio cuello, los pantalones pegándose a sus piernas y amoldándose de tal manera que parecían una segunda piel, su pelo se enroscaba de forma salvaje alrededor de su rostro, cayendo por su espalda como si fuese un baño de lava hirviente, una masa donde Alain quería hundir ambas manos y enredar sus dedos mientras besaba las sonrojadas mejillas.

- ¿Julie?

- Sí vas a decir algo por mi traje, ahórratelo, Diane, papá me enseñó que así era mucho más fácil montar a caballo, da mayor estabilidad que un traje de amazona. – Dijo con orgullo, alejándose de ellos apenas vio a los caballos, acercándose a uno en especial. – ¿Me echaste de menos? – Le preguntó al animal, acariciándole el hocico con una gran sonrisa plasmada en el rostro.

- ¿Ese es suyo? – Preguntó el capitán, acercándose, sin embargo, el animal relinchó con disgusto.

- Sí, es una lipizzana que me regaló mi tía cuando la visité por primera vez, se llama Magna Aurora y no tiene mucha paciencia con los desconocidos. –La yegua cabeceó con suavidad a su dueña, como si la reconociera a pesar del tiempo que habían estado separadas.

- Es muy bonita.

- Lo sé.

Alain regresó con su hermana cuando vio a los demás que llegaban con sus respectivas vestimentas para el paseo, André excusando a Paula pues ella había llegado demasiado agotada del viaje y prefería descansar que salir a conocer el terreno.

Julie decidió que las tres personas que conocían los terrenos debían guiar a los invitados con paseos personalizados, André estando de acuerdo, formando las parejas.

Él iría con Diane por el lado de los viñedos, Julie con Alain por el sendero cerca de un riachuelo que corría por los alrededores y, por último, Hans con la duquesa hacía donde ella decidiera.

El conde maldijo.

¿Por qué él tenía tan mala suerte?

Decidí dejar a Paula, un personaje del fandom al que mi relato pertenece originalmente, con su historia porque no siento que entorpezca los sucesos futuros.

Cuídense y cuiden a su familia.

Nos leemos pronto aquí o en otra historia.