Trigésimo sexto
Absurdo, patético y humillante. Juro que jamás en mi vida me sentí tan estúpida como en aquellos dos días. Y todo por culpa de Santana y su sed de venganza.
Vaciar, limpiar hasta dejar los cristales impolutos, y volver a rellenar las vitrinas con las repugnantes rosquillas de huevo. Cada vez que no tenía clientes que atender, Santana me ordenaba encargarme de esa tarea, aunque las rosquillas ya estuvieran más que preparadas para su consumo.
Era una completa tortura, algo que no se lo deseo a nadie. A nadie que odiase el huevo como yo lo odiaba, por supuesto. Sin embargo, lo tenía tan asimilado que incluso lo llegaba a comprender. Tal vez yo también habría hecho lo mismo que Santana si tuviese opción alguna. Lástima que mi poder no alcanzaba nada más que a prohibirle el uso de mi secador de pelo, porque el suyo se había estropeado la noche anterior.
No sabría describir como pasé mi primer día de regreso a Nueva York tras todo lo sucedido después de la audición. Miradas asesinas, sonrisas malévolas y mucho trabajo. Aquella noche llegué al apartamento casi de madrugada, después de estar fuera de él durante todo el día, y lo único que me apetecía era dormir. Dormir y recuperar la tranquilidad que tenía en Lima. Pero para ello debían suceder varias situaciones. Una, que nadie me molestase, y con Kurt planeando una escapada romántica con Blaine era prácticamente imposible. Y dos, que mi ventana me mostrase el estrellado y limpio cielo de Nueva York, algo imposible en aquella ciudad. Resultado, una nueva noche de sueños raros o pesadillas. Porque, aunque a pesar de que terminé durmiendo por el agotamiento, mi cabeza no dejó de girar en toda la noche.
Y la mañana no se presentaba diferente al día anterior. Me tocaba el turno más agotador, el de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Y nada más llegar a la cafetería ya tenía dos cajas de rosquillas esperando a ser colocadas en las vitrinas, y la desagradable tarea de limpiar los servicios.
Lo dicho. Caos total que me hizo replantearme la opción de aceptar la renovación de contrato que me ofreció Santana. Conociéndola, sabía que era capaz de estar así conmigo hasta que llegase el día del juicio final. Sin embargo, y como siempre sucede en mi vida, cuando ya creía que todo va a ser un auténtico descontrol, aparece algo o alguien que le da la vuelta a la situación, y te devuelve la ilusión o al menos un golpe de adrenalina.
Esta vez no fue una llamada, pero sí una visita. Una visita que llegó en forma de cliente y que acertó a sentarse en la mesa 7 de mi zona.
Fue Jake quien me indicó que tenía trabajo más allá de las rosquillas, y ni siquiera me di cuenta de quién era hasta que no estuve junto a ella, dispuesta a tomar nota de su pedido.
Tardé varios segundos en reaccionar, porque su enorme sonrisa me dejó paralizada y sin saber muy bien que estaba sucediendo. No, no la conocía, pero ya la había visto antes, justo el día anterior cuando hablaba con Brian en la acera y nuestras miradas se cruzaron. Y no. No podía creer que fuese ella. No era capaz de asimilarlo.
—Eh… ¿Servís té? —me cuestionó, supongo que tratando de hacerme entrar en razón y ayudándome a realizar mi trabajo como una camarera normal.
—Eh, sí, sí claro. —tragué saliva. Volví a quedarme sin palabras.
—Ok, me traes uno —sonrió de nuevo—. Con leche, por favor.
—Sí, claro, enseguida… —anoté en la libreta, como si un simple té fuese lo más complicado de memorizar.
—Bien, eh, disculpa, aquí trabaja Santana López. ¿No es cierto? —preguntó y yo palidecí. Su acento inglés no dejaba duda alguna. Era ella. Estaba completamente convencida de que era ella, aunque en aquel instante no sacaba la lengua ni me miraba bizca como en la fotografía. De hecho, su aspecto era realmente encantador, casi como de princesa de cuentos. A pesar de las dos o tres rastas que se dejaban ver bajo su divertido gorro, y que le regalaba un toque rebelde.
—Pues sí. Es, es la encarga… gerente —recapacité al recordar el nuevo estado de mi amiga.
—Perfecto. ¿Está ella aquí? Me gustaría comentarle algo.
—Sí, si está —respondí lanzando una mirada hacia el almacén. Santana hacia un par de minutos que se había colado en él, dispuesta a fumarse su cigarrillo diario.
—Si no es molestia. ¿Podrías avisarle?
—No, claro que no es molestia, ahora mismo le digo que… que venga.
—Bien, muchas gracias.
—De nada —musité provocando tras ello un extraño silencio. Ese silencio en el que solo sonríes de manera absurda y tratas de averiguar si estás viviendo una alucinación, o es real.
—¿Estás bien? —habló ella y yo por fin me percaté del ridículo que estaba haciendo de nuevo.
—Sí, sí, disculpa —me excusé—, voy a por tu té —añadí segundos antes de girarme y apartarme de ella. Sin embargo, no me dejó hacerlo, y volvió a detenerme.
—Eres Rachel, ¿verdad?
Bingo. Tal vez era estúpido, pero no pude evitar esbozar una leve sonrisa al saber que tenía razón al creer que aquella chica era ella, pero sobre todo porque me reconoció. Y eso solo podía significar que le había hablado de mí.
—Y tú eres Brittany, ¿verdad? —le respondí con serenidad, recuperando la compostura frente a ella.
—Lo soy. Encantada de conocerte.
—Lo mismo digo —sonreí—. No esperaba hacerlo aquí, en Manhattan.
—Créeme, yo tampoco esperaba conocerte aquí —me devolvió la sonrisa, justo cuando el molesto sonido de un teléfono nos interrumpía. Era el suyo, y no tardó en hacer ademán de atender la llamada—. Lo siento, tengo que…
—Oh, sí, si claro... Voy a por tu té, y a avisar a Santana.
No me respondió. Brittany simplemente asintió y esperó a que yo me apartara de ella para responder a quien quisiera que estuviera llamando. Y mi mente voló.
Ni siquiera sé cómo llegué hasta la barra y le pedí el té a Jake, porque en mi cabeza todo lo que rondaba era que, si ella estaba aquí, Quinn también debía de estarlo. Y eso me hacía temblar como cuando me besó por primera vez, como cuando me colaba en la floristería y temía uno de esos ataques hacia mi persona. Como cuando abandoné su habitación y a punto estuve de besarla mientras dormía. Era increíble como el simple hecho de imaginarla en la misma ciudad, me hacía estremecer de aquella manera.
—¿Por qué no estás colocando rosquillas?
Fue tan directo, y yo estaba tan ensimismada en mis pensamientos, que llegó a asustarme con aquella mirada asesina, que ya empezaba a cansarme de veras. Confieso que no fue nada divertido, pero al mismo tiempo agradecí que fuera ella quien viniese a buscarme, y evitarme así tener que buscarla en el callejón donde solía fumar.
—Estoy atendiendo a un cliente —respondí dirigiendo la vista a Jake, que ya preparaba el té—. Por cierto, ese cliente quiere hablar contigo.
—¿Conmigo? ¿Quién? —cuestionó barriendo con la mirada todo el local.
—La chica rubia de la mesa siete —dije fingiendo naturalidad. Quería ver su reacción al descubrir a la mejor amiga de Quinn. Y mi sorpresa no tardó en llegar tras mirarla de reojo y ver cómo ni siquiera se inmutaba.
—¿Quién es esa hippy y por qué quiere hablar conmigo? —preguntó sin dejar de mirarla— ¿Qué has hecho? Porque si se va a quejar de haber sido mal atendida, pienso recortar tu sueldo considerablemente.
—No he hecho nada —respondí regresando a Jake, que ya colocaba la taza y la pequeña tetera sobre mi bandeja—. Solo me ha preguntado por la dueña de esta cafetería, y esa eres tú. ¿No? La dueña y gerente de todo el reino.
—Idiota —masculló sin volver a dirigirme la mirada, y ni falta que hizo. Fue verla caminar hacia ella, y sentir como mis piernas temblaban de nuevo al recordar a Quinn. Y que a mí me temblasen las piernas no era nada bueno si quería mantener la calma y seguir con mi trabajo como debía hacerlo. De hecho, aquel barullo de sentimientos no hizo otra cosa más que incitarme a romper las reglas, esta vez sin el consentimiento de Santana como solía hacer antes de que nuestra guerra comenzara.
Ni lo dudé.
Me acerqué a Kristen para pedirle que me cubriera cinco minutos, y ella aceptó como siempre solía hacer. Y tras ofrecerle la bandeja que debía llevar a Brittany, puse mi plan en marcha.
Santana ni siquiera me vio, y eso era primordial para no recibir una nueva tanda de improperios por su parte, y probablemente alguna incidencia en mi sueldo a final de mes. Aproveché el desconcierto que mantenía mientras Brittany se presentaba ante ella, para abandonar la cafetería dispuesta a calmar mi curiosidad de una vez.
Tal vez era una locura, pero no pretendía hacer mucho más que observarla un par de minutos. Después de casi un mes sin hacerlo, verla era algo que realmente necesitaba, aun sabiendo que iba a dolerme.
¿Qué importa el dolor cuando por las noches no puedes dormir preguntándote dónde estará? ¿Qué más da un poco de masoquismo, cuando era consciente que no iba a olvidarla en mucho tiempo? Solo quería saber que estaba bien, que estaba allí y que el tiempo nos iba a ayudar a resolver todo. Me refiero al tiempo que se mide en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, porque del otro, del que se mide en estaciones mejor ni hablar.
Mis piernas ya no solo temblaban por los nervios, sino que también lo hacían por culpa de lo grados que marcaba el termómetro en aquella mañana. Si le añadíamos que mi uniforme solo contaba con una falda que quedaba por encima de mis rodillas, y que mis hombros también estaban al descubierto, se podría entender perfectamente que mi locura me llevase a emprender una carrera para la que no estaba preparada, pero que sin embargo llevé a cabo.
Una manzana, casi un kilómetro y medio era lo que me separaba de la cafetería. Unos tres o cuatro minutos de carrera continúa sorteando a transeúntes que me miraban sorprendidos, y se preguntarían con toda seguridad de qué manicomio me había escapado. No me importaba. Correr era lo único que iba a lograr que mi cuerpo no entrase en hipotermia, y eso fue lo hice.
Correr, correr y correr hasta que los enormes ventanales de la Pequeña Gardenia me obligaron a parar, y a desfallecer.
No. No caí inconsciente al suelo porque mi corazón se empeñaba en mantener mi cerebro con suficiente oxigeno tras la carrera, pero la pena de descubrir el interior de la tienda bien podría haberme hecho caer.
Estaba vacía. Completamente vacía. No había una sola maceta, ni una sola de aquellas coloridas y olorosas flores que tanto había empezado a adorar. Ni siquiera la campanita que avisaba en la puerta parecía estar colgada, aunque eso yo no podía distinguirlo desde la calle. Quise entrar, pero estaba cerrado, y un pequeño cartel así lo avisaba.
Cerrado por tiempo indefinido. Disculpen las molestias.
¿Cómo que por tiempo indefinido? ¿Acaso no pensaban volver a abrirla? ¿Había cumplido Quinn la promesa que le hizo a su abuela y ya no volverían a trabajar en ella? Era inevitable pensar en todas aquellas hipótesis. Cualquiera de ellas me servía para no pensar en la idea de recibir la peor noticia que podría recibir de ellas, y que ni siquiera me apetecía imaginar siquiera.
Ver la floristería de aquella forma y tener constancia de su llegada a la ciudad, podría suponer un punto y final a la estancia de las dos en Nueva York. Que tal vez su mejor amiga había decidido acompañarlas para realizar todos los trámites antes de volver a su querida Brighton. Y eso sí que realmente me dolía, y me preocupaba.
Aunque admito que en ese momento sentí un dolor más punzante, más físico. Un bendito dolor a la altura de mis rodillas, donde un golpe brusco hizo que me tambaleara y unas pequeñas garras dejaron varias huellas sobre mi piel. Bueno, lo cierto es que de pequeñas tenían poco.
Probablemente mi reacción fue tan patética que habría provocado la carcajada de todos los transeúntes que en aquella mañana abarrotaban la acera. Pero no pude hacer otra cosa más que retroceder asustada, por quien osaba a interrumpir mi minucioso escrutinio del interior de la floristería. Hasta que pude ver quien era, por supuesto.
—Oh dios… ¿Bleu? —balbuceé tras recibir varios ladridos del animal. Ladridos bastante agresivos, a decir verdad — ¡Bleu! —exclamé tratando de acercarme a él. Era él sin duda y de pronto todos mis miedos desaparecieron, incluidos el resquemor de mi pierna por su pequeño arañazo— ¡Bleu! ¡Oh dios, chico! Estás aquí…
—¡No! —escuché gritar a varios metros—, no te acerques, Rachel —me amenazó, o eso entendí, y yo me quedé paralizada.
No esperaba encontrarme con ella, y menos aún que volviese a las andadas con su actitud, pero su rostro no tenía nada que ver con lo que su tono de voz indicaba.
—Emma —musité un tanto bloqueada. Bleu seguía mirándome con algo de tensión en su cuerpo y empezaba a asustarme.
—No te acerques, Rachel —esgrimió con algo más de suavidad—. Bleu está un poco alterado y no me fío.
—¿Qué? ¿Qué sucede? —cuestioné al tiempo que observaba como ella se acercaba al animal, y lograba recuperar su correa. Supuse que una vez más el travieso Bleu se había escapado de entre sus manos. Sin embargo, qué diferente era la actitud de Emma conmigo. Aquella escena ya la viví cuando nos conocimos, y estuvo a punto de asesinarme allí mismo. Ahora, sin embargo, trataba de protegerme.
—Se ha vuelto un poco desconfiado —respondió tras asegurarse de que ya estaba bien sujeto— ¿Te hizo algo?
—Eh, no, no —me miré la rodilla derecha—. Bueno, me ha arañado un poco pero no es nada, estoy bien.
—Ok, lo siento. Traté de retenerlo, pero se ha puesto nervioso al verte cerca de la floristería —musitó, y de pronto una extraña escena se creó entre nosotras. Un silencio de esos que no sabes cómo romper, y en el que solo están presentes las miradas. No era Quinn, pero eso no hacía menos tenso el momento.
La última vez que vi a Emma fue en su apartamento, con el llanto ahogándola por la pérdida de su abuela, y la preocupación de ver a su hermana mayor enloqueciendo en la habitación. Después de aquella noche no volví siquiera a despedirme de ella. De hecho, cuando abandoné el apartamento pude verla como dormía en su habitación, abrazada a su novio Nick y sin percatarse de mi marcha. Nunca me digné a llamarla para preguntarle cómo iba todo o cómo se encontraba. Y los remordimientos por haber sido tan despreocupada, no tardaron en adueñarse de mi consciencia.
Tenía que reaccionar y debía hacerlo rápido, antes de que el agobio me superase y el frío congelase mi cuerpo.
—Me, me alegra verte —musité—. Siento, siento no haberte llamado.
—Yo también me alegro de verte —me sonrió— ¿Qué haces aquí, así? —ignoró mi estúpida excusa.
—Pues, pues esto, iba, iba a trabajar —balbuceé—, y vi que estaba cerrado y no, no sabía que pasaba —señalé hacia la puerta— ¿Indefinida?
—Oh, ya, claro —volvió a escrutarme con la mirada—. No, no hagas caso del cartel. De hecho, yo venía a quitarlo —volvió a regalarme una débil sonrisa— ¿No tienes frío?
—Eh, sí, bueno, un poco —recordé mi atuendo—. Pero voy corriendo —volví a excusarme de manera ridícula—, soy una chica sana.
—Sana y loca. ¿Cómo sales así en pleno invierno? ¿Te vas a…?
—Estoy bien, de veras, solo pasaba por casualidad. De hecho, ya, ya me voy.
—Oh, ok. Pues adelante.
—Ya, eh, entonces. ¿No es indefinido? —volví a insistir en el cartel.
—No, claro que no. Tengo que vivir de algo, y vender flores no se me da mal.
—Bien, bien, me alegro que sigáis aquí.
—¿Sigamos? Bleu no vende flores —me guiñó el ojo.
—Oh, no, no, me refiero a vosotras dos, a ti y a… a Quinn —balbuceé tratando de evitar que los nervios me traicionaran— ¿Está, está en el apartamento? —me atreví a preguntarle.
—¿Quinn? No.
—¿No? Oh, bueno, supongo que estará arreglando trámites o,
—Quinn no está en Nueva York, Rachel —me interrumpió con algo de seriedad reflejada en su rostro.
—¿Ah no? Pero, no has dicho que…
—Quinn no va a volver a la floristería —sentenció, o tal vez no, pero para mí sonó a sentencia, a condena que caía sobre mis hombros y me hundía en la más absoluta de las penas. Por suerte mi talento para interpretar me ayudó a mantenerme firme—. Ella ha decidido que no quiere seguir dedicándose a las flores. No le hace bien. Ya sabes, por mi abuela… —tragó saliva.
—Oh, claro. ¿Y entonces qué va a hacer?
—No lo sé. Sé que está buscando poder trabajar de historiadora, al fin y al cabo, es lo que más le gusta.
—Pero ella… ¿Ella no va a volver? —ni siquiera sé cómo me atreví a preguntarlo, o mejor dicho como pude preguntarlo sin apenas voz. Y lo peor no fue hacerlo, sino esperar la respuesta que yo no quería oír bajo ningún concepto.
—Pues, que yo sepa, no —espetó sin alargar mi espera—. Ahora mismo está con sus amigos de viaje por, bueno, por ahí —guardó un breve silencio—. Están pasando unos días juntos y bueno, sé que tiene que volver aquí para cerrar varios asuntos de mi abuela, pero no sé cuándo ni el tiempo que va a estar. Creo que está decidida a regresar a Brighton, para siempre.
—Oh, vaya…
Oh vaya. Lo repetí varias veces en mi cabeza y yo misma me recriminaba no encontrar más palabras que aquellas dos estúpidas exclamaciones sin importancia. Pero es que no podía, no tenía capacidad de reacción a lo que me estaba contando, y ni siquiera quería creerlo.
De todas las promesas que hice en aquel nuevo año, regresar y volver a ser yo misma centrándome en mis sueños, era la principal y más importante. La segunda de ellas era olvidarme de todo lo malo y tratar que las cosas estuvieran bien entre Santana, Quinn y yo. Incluso llegué a pensar que tal vez con el tiempo, terminaríamos cenando las tres juntas, riéndonos de todo lo que nos había sucedido y lo estúpidas que fuimos, con nuestros corazones completamente recuperados. Obviamente, aquella situación era demasiado difícil que se diese tan pronto, pero yo no iba a tener inconveniente en mantener mis sentimientos a raya mientras fuese necesario. El simple hecho de saber que Quinn existía, ya me transmitía algo de calma y me ayudaba a creer que todo se solucionaría. Saber que, con solo tomar un metro, un taxi o incluso una simple carrera por la acera me llevaría a verla, hacía que mi estado se serenase y la calma, esa calma que tanto había deseado y que pude encontrar en Lima, siguiera acompañándome para siempre. Pero todas esas ilusiones, esos pensamientos de creer que en algún momento maduraríamos y todo volvería a recuperar su normalidad, no podrían suceder si Quinn no estaba. Y lo cierto es que era la mejor de las opciones para que entre Santana y yo, dejase de existir esa rivalidad absurda que nos había alejado. Pero la simple idea de no volver a verla era algo demasiado complicado de asimilar. Demasiado duro. Muy duro. De hecho.
—No, no me esperaba que, que tomase esa decisión —añadí tras notar como el frío empezaba a pasarme factura, o tal vez era la noticia lo que me estaba afectando.
—Bueno, dentro de lo que cabe, es lógico —dijo ella—. Ella solo estaba aquí por, por mi abuela. Si ella no está, ¿qué o quién va a unirla a esta ciudad? —volvió a prologar un silencio como si esperase reacción por mi parte. Pero eso nunca llegó. Yo ni siquiera tenía voz—. En Brighton tiene todo, sus amigos, trabajo, y, además, supongo que estar aquí y verme a mí con Nick constantemente, y ella sola, pues… Ya sabes, termina afectando. Aquí no ha tenido mucha suerte en lo que al amor se refiere, y supongo que eso era lo único que la podría incitar a quedarse.
Sé que no debía pensarlo. Sé que no debía ni siquiera imaginarlo, pero las palabras de Emma sonaban a culpa, a reproche por mi actitud y lo que pasó entre nosotras. Porque ya era más que evidente saber que ella conocía todo lo sucedido. Y no me gustó en absoluto que me castigase con ello. Pensar que había decidido regresar a Inglaterra por mi culpa, era algo que no estaba dispuesta a aceptar. Sobre todo, después de haberme decidido a hablarle, a escribirle mensajes y dejarle el buzón de voz completo. No después de que fuese ella la que tomase la decisión de no aceptar mi preocupación.
—Eh, bueno —recuperé algo del orgullo que ya ni siquiera recordaba tener—. Si allí está bien, mejor. No merece la pena estar en un lugar en el que no se encuentra bien.
—¿No te da pena que no vuelva?
—Sí, pero prefiero que esté bien a que esté mal —sentencié regalándole una mueca de indiferencia que ni yo misma me creí—. Supongo que allí será más feliz.
—Ya, supongo —balbuceó ella con algo de incredulidad. De hecho, estaba segura de que no creía nada, ninguna de mis palabras ni mis gestos. Sin embargo, no dudó fingirlo—. Me ha dicho Santana que has estado en Ohio durante las vacaciones.
—Sí, con mis padres —sonreí forzada—. Viene bien para despejarse.
—¿Y lo has conseguido? ¿Has logrado despejarte y ordenar tu mente?
—Sí, totalmente. Año nuevo, vida nueva —mantuve la sonrisa—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Bien, bueno, digamos que sobrellevándolo lo mejor que puedo.
—¿Tú no regresas a Brighton?
—No. A pesar de que esta ciudad está llena de locos, está Nick, y bueno, la floristería no es mi gran pasión, pero por ahora me vale para sobrevivir. Además, no voy a estar sola.
—¿Ah no?
—No, una amiga de la familia se ha venido para pasar aquí un tiempo, y echarme una mano. Así que voy a estar acompañada.
—Ya, una amiga —balbuceé recordando como Brittany estaba hablando con Santana en la cafetería. Y ello me llevó a ser consciente del tiempo que llevaba fuera de mi trabajo, y la bronca que iba a recibir por parte de la maniática y malévola de mi jefa. Aunque después de la noticia de Quinn, confieso que ya poco o nada podría dolerme más. Definitivamente me había quedado sin corazón—. Será, será mejor que me marche, tengo que estar en la cafetería ya.
—Ok, y más vale que corras mucho, si no quieres congelarte.
—Lo haré —respondí de nuevo con la sonrisa más triste de cuántas había dejado escapar a lo largo de mi vida.
Ni siquiera tenía frío cuando me decidí a acariciar a Bleu, aun sabiendo que ya casi se había olvidado de mí y era un tanto peligroso. Ni se inmutó. Bleu dejó que acariciase su cabeza y me dejó ir sin más. No así Emma, que sin dejar de mirarme evitó que mis pasos se alejaran de ella lo suficiente.
—Rachel —murmuró y yo no tuve más remedio que girarme de nuevo hacia ella.
—Dime.
—Lo siento —no respondí, pero supuse que mi gesto contrariado le sirvió para que continuase y me diese una explicación más amplia a su disculpa—. Siento haberlo fastidiado todo. Yo no pretendía romper lo que había entre tú y mi hermana. De hecho, si se lo dije a Santana, con varias copas de más, por cierto, fue para abrirle los ojos y que dejase de insistir con ella. Yo sabía que no tenía nada que hacer con Quinn, y, bueno, veía a mi hermana ilusionada contigo. De hecho, nunca la había visto así, aunque trataba de esconderlo —sonrió débilmente—. Era más que evidente que algo le pasaba contigo, y vuestro beso en el metro fue bastante delatador.
—¿Nos vistes? —me atreví a preguntar.
—Sí. De hecho, acababa de salir de él y ni siquiera os disteis cuenta de que pasé por al lado vuestra.
—Oh, vaya…
—Lo siento Rachel, de veras que lo siento. Me he disculpado con Quinn y sé que está bastante dolida conmigo, porque no le gusta que se metan en sus asuntos, y menos sin son amorosos. Pero yo creí que estaba haciéndolo bien, y que Santana iba a ser más responsable y saber retirarse a tiempo.
—Ya, ya, no te preocupes Emma —la detuve—. Ya está, lo hecho, hecho está, y darle vueltas es absurdo.
—Sí, pero, me siento mal por vosotras. Quinn me dijo en Australia que tú, que tú creías que había sido ella quien le contó todo a Santana, y que por eso no querías verla más. Y yo lo siento, de verdad, si lo hubiese sabido antes no habría dejado que eso sucediera. De hecho, quise llamarte para hablar contigo, y sé que cuando se entere de que te estoy diciendo esto, me va a mandar a Inglaterra de una patada, pero no me dejó hacerlo. Me dijo que habías tomado una decisión, y que ella, que ella también. Que no había vuelta atrás y todo había acabado por el bien de ambas. Y yo me siento culpable de que eso sea así, Rachel. Lo siento. Nunca quise hacerte daño. Y la verdad es que, eso de tenerte en la familia no es tan poco una mala idea. Es perfecto para mí y mi necesidad de descargar mi mal humor con alguien que me saque de quicio.
—Ya, bueno, puedes hacerlo igualmente, pero no te preocupes por nosotras —respondí conteniendo las lágrimas. Escuchar aquellas palabras y la decisión de Quinn por aceptar mi petición y acabar con todo, era mucho más difícil de asimilar de aquella manera, que con mis supuestas hipótesis—. Quinn tiene razón. Ya, ya está todo hecho, y lo mejor es que, es que lo dejemos estar —Ni siquiera sé cómo pude decir aquello mientras los dos ojos azules de Emma se clavaban en mí.
—¿No has hablado con ella? No, no me atrevo a preguntarle por si…
—No —respondí, y no mentí. Emma no me había preguntado si había intentado hablar, así que mi respuesta era completamente honesta—. Y no creo que lo haga, al menos por ahora.
—Ok, pero, al menos piensa que ella no ha tenido culpa de nada. De hecho, es mi culpa y no…
—Ya, ya —la detuve de nuevo—. De verdad, Emma, no es necesario, ya está todo dicho y no quiero volver a… Bueno, es mejor dejarlo como está.
—Está bien, no te entretengo más. Solo quería disculparme contigo.
—Estás disculpada —le dije—. Será, será mejor que me marche.
—Ok, y ya sabes, si necesitas una flor —señaló hacia la floristería y yo volví a sonreír. Aunque ya ni siquiera sabía que pretendía con ello. Yo no necesitaba más flores, solo necesitaba a Quinn, pero ella no iba a volver.
No dije nada más, básicamente porque no tenía palabras y el nudo de nuevo volvía a adueñarse de mi garganta y mi pecho. Asegurándose que, si había alguna palabra dispuesta a salir, se quedase en mí para siempre.
De nada servía culparla a ella, ni a Santana, cuando todo lo que había sucedido lo había provocado yo con mi cobardía y mis mentiras. Quinn no quería saber nada de mí, y por lo visto era algo que Santana y Emma ya sabían. No iba a ser yo quien reprochase su actitud después de haberle pedido que se alejara de mí y que nos diésemos tiempo.
Tal vez eso era lo que estaba haciendo, provocar que el tiempo transcurriera y pusiera todo en su lugar, aunque a ello tuviese que añadirle más de 5.000 kilómetros de distancia entre las dos. Demasiados kilómetros para dos mundos tan diferentes. Demasiada distancia por recorrer, aunque mis piernas y mi corazón ya emprendiesen el trayecto de regreso a la realidad, con una nueva incesante carrera a través de las calles de Nueva York. Con mi uniforme del Café Manhattan, el frío congelando mis pulmones, y un par de lágrimas bañando mis ojos.
Lágrimas que, por suerte, Santana no pudo contemplar al llegar a la cafetería. Porque para mi sorpresa, ni ella ni Brittany estaban allí. Y no supe dónde habían ido a pesar de mi cuestionario a Kristen y Jake, y mucho menos el motivo que las había hecho abandonar el local tan rápido. Y lo peor no era eso. Lo peor era que tras la noticia de la decisión de Quinn y el desconsuelo que me provocó, iba a empezar a sufrir la inquietud por no saber qué diablos estaban tramando Santana y Brittany. Y el día recién acababa de comenzar.
