Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo veinticinco
Edward tenía una Maestría en Educación con orientación en Enseñanza, Diseño y Tecnología. Era por esta razón que era muy adecuado para una escuela como en la que trabajaba. El currículo estaba diseñado en torno a las necesidades, las habilidades, y especialidades del estudiante, así que los profesores necesitaban ser capaz de analizar esa información. Él amaba su trabajo. Cuando estaba decidiendo qué dirección tomar en su carrera, él recordaba lo correcto que se sintió y la paz que había sentido cuando decidió trabajar con niños.
El problema ahora era el dinero. No había sido un problema cuando comenzó a trabajar en el colegio hace solo dos años. Él era joven y soltero. Lo que ganaba era suficiente para pagar la renta de su departamento, cubrir sus expensas y guardar una parte.
Era completamente diferente ahora. Ahora tenía una casa pequeña de tres habitaciones en una parte de la ciudad que no podía costear. Él había tenido la intención de enviar a sus hijos a colegios públicos, pero ahora tenía un cerebrito de seis años que estaba acostumbrada a una escuela privada y costosa. Bella incluso estaba peor. Antes de golpear a su puerta con las noticias de su hija perdida, ella había estado juntando dinero para volver a estudiar así podía hacer algo más que atención al consumidos o contar recibos. En sus sueños, Edward quería ser capaz de cubrir a todos ellos por unos años mientras Bella conseguía su título, si eso era lo que ella quería. Como sea, todo costaba dinero que ellos no tenían.
Así que Edward se encontraba buscando trabajo en el sector privado. El mundo de los negocios no era donde él quería estar, pero su título lo calificaba para varios trabajos.
—Has tenido una vida afortunada, Edward —Carlisle le había dicho cuando se sentaron a hablar seriamente días atrás—. No quiero decir que no seas un buen trabajador. Por supuesto que lo eres, pero tu vida siempre ha salido como lo planeado. Fuiste a la universidad ni bien terminaste la secundaria. Terminaste a tiempo. Conseguiste un trabajo rápido.
»—Pero, a veces, tienes que elegir entre lo que quieres hacer y lo que es mejor para ti y tu familia. —Carlisle le había dado unas palmadas en el hombro—. Puedes planear todo lo que quieras, pero la vida te llevará a lugares que jamás has esperado. No tiene que ser algo malo.
Edward había hecho las paces con la idea. Después de todo, seguía buscando trabajo en un campo que le interesaría y lo desafiaría. La suya no era una historia dura donde tenía que estar agradecido de tener un trabajo agotador que puede o no ofrecerle las suficientes horas como para traer comida a la casa. Él estaba decepcionado, y algo frustrado de tener que comenzar a buscar un trabajo de nuevo, pero sospechaba fuertemente que sobreviviría.
Unos pequeños pies siendo arrastrados lo alertaron de la presencia de Katie, y levantó la mirada de su laptop para verla merodeando. Frunció el ceño cuando la pudo ver bien. Ella había estado callada toda la mañana. A penas había tocado su desayuno y fue indiferente cuando intentó jugar con ella. Edward la había dejado jugando con sus bloques y sus muñecas. Ahora ella simplemente parecía… rara. Estaba de pie allí con su manta de bebé envuelta en sus hombros, sin decir nada.
Edward hizo a un lado su laptop.
—¿Qué pasa, pequeña?
El labio inferior de ella tembló ligeramente, pero tomó aire profundo.
—Quiero a mami.
El pecho de Edward sintió un pinchazo familiar, y se puso de pie para ir hacia ella. Aunque estaba cómoda a su lado, Katie jamás lo necesitaba. Lo peor era cuando se despertaba de una pesadilla, gritando por sus papis. Una vez, se despertó y le gritó a Edward que no lo quería a él. Ella había dejado que Bella la calmara, pero no a Edward.
Se acuclilló a su lado.
—Mami está trabajando por un rato más, ¿recuerdas? —Bella había aceptado con gusto hacer horas extras un sábado—. Volverá dentro de cuatro horas. Entonces, vamos a pasar el rato juntos.
El labio inferior de Katie se salió un poco más, y comenzó a gimotear.
—La quiero ahora —dijo, más quejoso que demandante.
Edward suspiró.
—Estoy aquí. Ven a contarme qué pasa.
Ella tomó aire profundo varias veces, como si estuviera calmándose ella misma, pero los gimoteos ganaron. Su labio inferior se dobló por completo y lanzó sus brazos alrededor del cuello de Edward, aferrándose a él mientras comenzaba a llorar suavemente.
—Cariño —dijo Edward, confundido y sintiendo dolor ante el sonido. Se puso de pie con ella en brazos y con una mano sobre su espalda.
Katie estaba caliente. Demasiado caliente.
—Oh, cariño —dijo Edward, dándose cuenta tarde lo que estaba pasando. Él podría haberse pateado a sí mismo por no reconocer las señales antes. Era profesor, por Dios santo. Reconocía a un niño enfermo cuando lo veía—. No te sientes bien, ¿no?
—No —dijo Katie, su voz quejumbrosa contra su cuello—. Duele.
—Eso veo. —Edward apartó el cabello de su frente y presionó un beso allí—. Vamos. Te traeré un poco de paracetamol para que te ayude a sentirte mejor, y ¿qué tal una siesta luego?
Katie soltó un tipo de gruñido. Como la mayoría de los niños, ella odiaba la medicina, pero seguramente se sentía demasiado mal como para negarse.
Le dio paracetamol y la ayudó a colocarse sus pijamas. Se negó a soltarlo cuando intentó ir en busca de agua, así que la llevó en brazos hacia la cocina y de vuelta subió las escaleras con él. Ella solo gruñó cuando intentó acostarla en la cama.
Edward suspiró de nuevo, esta vez con tristeza. Escondió una sonrisa contra el cabello de Katie mientras besaba su cabeza.
—Supongo que papi también dormirá una siesta, ¿eh?
Se acostó con Katie sobre su pecho y acarició su espalda, cantando lentamente mientras ella se quedaba dormida. Él pensaba levantarse ni bien se haya dormido, tenía cosas que hacer, y se preguntaba si tenían sopa de tomate. A él le gustaba tomar la sopa de tomate cuando estaba enfermo. Le había gustado cuando su madre se la hacía para él.
Pero, al final, se distrajo mientras disfrutaba de este momento tranquilo con su hija. Odiaba que se sintiera mal, pero a pesar del hecho que ella irradiaba una gran cantidad de calor, estaba feliz que pudiera hacer esto por ella. Estaba feliz de que pudiera hacer que dejara de llorar y que, incluso cuando él no fuera su primera elección, se sintiera cómoda en sus brazos.
Él se había preocupado, cuando todo esto comenzó, que no pudiera amarla de la forma que debería. Ahora, se daba cuenta de lo ridículo que ese pensamiento había sido. Él amaba a su pequeña niña. La emoción de ello lo llenaba hasta el punto de estallar. Tenerla a ella y a Bella era un cambio justo por abandonar el trabajo que amaba.
Debió haberse quedado dormido, porque lo próximo de lo que fue consciente fue de un clic y un flash, despertándolo.
—¿Qué pasa? —Parpadeó, intentando descifrar qué estaba pasando, por qué estaba tan acalorado, y por qué había una roca sobre su pecho.
Una roca movediza con cabello suave y una respiración entrecortada. Cierto. Niña enferma.
Edward levantó la mirada y vio a Bella en la puerta, guardando su teléfono. Tuvo que sonreír. Él siempre había querido una foto de él durmiendo con su hija sobre su pecho. Era la foto obligatoria para los papis. Por supuesto, cuando él había pasado sobre ello en el pasado, él había imaginado a su hijo como un bebé, pero eso no venía al caso.
—No me digas que dormí las cuatro horas —dijo Edward, frotándose los ojos.
—No lo sé. Depende de lo holgazán que seas. —Bella se sentó al borde de la cama de Katie—. Volví a casa temprano, si eso es lo que quieres decir. Los sistemas se apagaron. Menos paga para mí, pero pude volver a casa.
Él inclinó su cabeza, invitándola. Las mejillas de ella estaban sonrojadas, y lo besó. Un beso dulce. Él pensaba que era adorable lo tímida que ella podía ser sobre estas cosas. Ellos seguían tanteando su camino en esta relación. Un beso como este, mientras él abrazaba a su hija, se sentía mucho más íntimo que casi todo lo demás que habían hecho.
—¿Te quieres acostar por un momento? —preguntó él, extendiendo una mano hacia ella. Sabía que debía levantarse. Todavía había cosas que debía hacer, y su pecho estaba lleno de sudor al tener a Katie acostada sobre él. Pero quería a sus dos chicas en sus brazos por un minuto. Solo un minuto.
Bella tomó sus manos y dejó que la recostara. La cama era demasiado pequeña para los tres. Ella tuvo que recostarse sobre su costado pegada a él, pero eso era exactamente lo que él quería. Bella le sonrió, presionando un beso contra la punta de su mentón.
Los ojos de ella fueron hacia su hija. Pasó sus dedos por la mejilla de Katie y jadeó.
—Ella está muy caliente —dijo, presionando una palma sobre la frente de Katie.
—Por ende, la siesta. Ella se sentía mal hoy.
—¿Qué hacemos? —preguntó Bella, y Edward estuvo sorprendido de escuchar un tono frenético en su voz—. ¿Estás seguro que se encuentra bien? ¿Qué tan alta es su fiebre?
—No lo chequeé. No es tan alta. Shh. —Él pasó su mano a lo largo de la espalda de ella como lo había hecho con Katie—. Los niños se enferman. Está perfectamente bien. Estará molesta y baboseando por unos días, eso es todo.
Bella exhaló y descansó su cabeza sobre el brazo de él.
—Perdón. Lo sé. Mikey, Angela, y Tyler siempre se resfriaban. No quise enloquecer.
—Estás bien. Todos los padres nuevos tienen derecho a entrar en pánico a veces.
Ella lo miró.
—¿Qué hay de ti? No te he visto entrar en pánico.
Él resopló.
—Estoy seguro que mi momento se acerca.
~0~
Como él podía pedir unos días en su trabajo y Bella no, Edward se quedó en casa con Katie. Bella llamaba para chequearlos varias veces. Racionalmente, ella sabía que su bebé estaba bien. Irracionalmente, Bella no podía evitar preocuparse. Ella tenía miedo, porque tenía el conocimiento que su hija podía ser robada. Pasó una vez. Podía pasar de nuevo.
Edward era paciente con sus llamadas. Dejaba que escuchara mientras él bromeaba con su hija. Él la llamaba "bebé insolente y cascarrabias" porque, como lo había predicho, ella estaba de un muy mal humor. Cada vez que lo hacía, Katie soltaba un sonido de disgusto. Edward se burlaba de ella y la llenaba de cosquillas hasta que se encontraba gruñendo y riendo.
—¿Ves, cariño? Te amo incluso aunque hagas caras de cascarrabias así.
Lo que sea que él hiciera, Bella podía escuchar a Katie reír.
—No luzco así.
—Claro que sí. Mira.
Él debía haber hecho la cara de nuevo ya que Katie duplicó sus risas, acompañada de tosidos, por supuesto. Bella sonrió al escucharlo. Katie se había sentido miserable el día anterior como para reír.
—Va a estar bien, Bella —dijo Edward.
—Un poco de helado me haría bien a la garganta —dijo Katie, su voz derrochando dulzura.
Edward y Bella rieron.
—Buen intento, cariño, pero productos lácteos es lo último que necesitas.
—¿Qué tal si llevo pho para cenar y le traigo para ella una de las bebidas frías? —preguntó Bella.
—Mmm. Eso suena bien. Cariño, mami quiere saber si deseas una bebida de fresa o de sandía.
El tiempo pasó muy lentamente ese día, pero finalmente, Bella fue a casa con Edward y Katie. Ella vio con sus propios ojos que Katie estaba más activa. Ella no tosía tanto y comía más de su cena que las noches anteriores.
—Creo que deberíamos mantenerla en casa un día más —dijo Edward después de que Katie se encontrara en la cama—. Tengo tiempo suficiente. No debería ser un problema. Ella está bastante bien que puedo llevarla conmigo para buscar su tarea. Probablemente eso sea lo más responsable. Aunque, incluso en nuestra escuela, ella no va a estar atrasada en nada por perderse dos o tres días de primer grado.
Bella bufó, y él la miró con una ceja arqueada.
—Lo siento —dijo ella—. Es extraño a veces. —Se movió en el sofá, su cuerpo inclinado hacia él—. Cuando planeamos todo esto, cuando decidimos que íbamos a ser una familia, no veía cómo iba a funcionar esto. Tú y yo éramos extraños. Katie estaba feliz con Emmett y Jasper. —Se sonrojó y agachó la cabeza—. No lo sé. Es solo la forma en que dijiste eso. Es tan de un matrimonio viejo. Como si hubiéramos estado haciendo esto por años. —Suspiró—. Como si la hubiéramos tenido desde el comienzo. Como…
Edward envolvió su brazo alrededor de ella y se acercó más. Rozó su mandíbula con su dedo, y tomó de su barbilla, guiándola hacia él.
—¿Como si estuviéramos haciendo esto juntos por años en vez de meses? —preguntó.
El corazón de ella comenzó a acelerarse, y ella asintió.
Él siguió con sus ojos el camino de su dedo mientras trazaba líneas en su rostro.
—¿Como si a veces te olvidas que nos hemos perdido de cosas muy importantes?
—No sé si olvidar —dijo Bella, su tono suave. De alguna forma, sin pensarlo, ella había comenzado a trazar círculos en la rodilla de él—. No me olvido de las cosas importantes.
Él se quedó sin aliento, y ella intentó no sonreír, mitad orgullosa de sí misma y mitad avergonzada de su doble sentido. Él rio y levantó la barbilla de él para besarla. Mientras sus labios se encontraban una y otra vez, y besos castos se volvían en algo más serios, Edward deslizó su mano a lo largo de su brazo. Rozó su muslo y rodeó sus dedos detrás de su rodilla, levantándola. Bella se movió, lanzando sus piernas sobre el regazo de él. Se inclinó hacia él, balanceándose con una mano sobre su pecho.
Había pasado solo un mes desde el día de San Valentín. La mayoría de su tiempo y energía iba hacia Katie, particularmente en aprender cómo ser padres primerizos de una niña brillante de seis años. Pero por aquí y por allá, robaban un momento para ellos. Ambos eran cuidadosos con la llama que cargaban por el otro. Había demasiado en juego como para dejar a un lado la prudencia y ceder ante la lujuria.
Pero, oh, la lujuria. Cuando Edward la besaba así, cuando la abrazaba y sus dedos determinados enviaban una emoción por su espalda, era difícil no saltarlo.
Él levantó su mano para tomar uno de sus pechos y, aunque él lo había hecho antes, de alguna forma, hoy, ella se rindió. Había llegado al limite de su autocontrol, y ella no podía encontrar un argumento para justificar el mantenerse alejada. Ya no.
Todas las relaciones eran un salto al vacío. Ella le había dado su corazón a este hombre antes de saber que valiera algo. Fue el momento equivocado. La forma equivocada.
Esto era correcto.
Con un jadeo, Bella rompió su beso. Edward parpadeó, su mano aun firme en su muslo. Pasó una lengua por sus labios.
—¿Bella?
Bella se apartó, intentando desenredarse. En su fervor, terminó en el suelo.
—¡Bella! —dijo Edward, sorprendido. Se puso de pie, mirándola mientras ella se apoyaba sobre sus hombros, jadeando—. ¿Qué pasa? ¿Qué pasó? ¿Qué hice?
Ella sacudió su cabeza, intentando juntar sus pensamientos. Algunas personas podían ser tan finas en momentos como estos. Ella no era una de ellas.
—¿Podemos…? Eh. ¿Podemos ir arriba?
Él siguió confundido por uno, dos, tres instantes. Entonces, sus cejas de elevaron.
—¿Estás…?
—Estoy segura.
Ella no necesitaba decir nada más. Antes de terminar de decir esas dos palabras, él la había puesto de pie y estaba casi arrastrándola hacia las escaleras. Ella rio.
—Diablos. Eres fácil.
A mitad de camino en las escaleras, Edward se detuvo y la acorraló contra la pared. La besó—un beso duro y profundo.
—Bella, deberías saber antes que esto va a ser vergonzantemente rápido.
Ella rio otra vez.
—Eso es muy sexy.
Él rodeó su cintura con un brazo, llevándola por lo que restaba de las escaleras. En la cima, él tomó su rostro en sus manos y la besó de nuevo.
—Tenemos tiempo. —La llevó a su cuarto y cerró la puerta detrás de él—. Tenemos tiempo para hacerlo despacio. —Su sonrisa se volvió diabólica—. Luego.
Entonces volvieron a besarse y tocarse. Ella tironeó de los botones de él. Ella se quitó los pantalones, y él la tomó en brazos. Rápido era la palabra clave. Él la lanzó a la cama y en un santiamén se encontró sobre ella, sus labios moviéndose con los de ella.
Bella estaba jadeando debajo de él. Pasó sus dedos por su cabello mientras él besaba su barbilla, su cuello, su clavícula. Justo antes de llegar a sus pechos, él se echó hacia atrás así podía observarla. Su mirada parecía arder sobre su cuerpo, haciendo una línea desde sus pechos y hacia su vientre.
Su expresión cambió de un momento al otro. En un latido, su mirada pasó de ser devoradora a algo ilegible. Bella estaba confundida hasta que se dio cuenta que estaba mirando vientre. Más específicamente, a sus estrías.
No eran tan oscuras como lo habían sido. Se habían desvanecido hace mucho, como una grabación en su piel. Ella jamás había pensado mucho en ellas, lo que le parecía extraño en ese momento. Ella se preguntaba qué estaba pensando él. ¿Qué pensaba sobre el camino que él había comenzado con ella, pero de la que no formaba parte?
Antes que pudiera ceder ante la urgencia de cubrirse con sus manos, él la miró. Presionó una palma contra su pecho, sintiendo los latidos erráticos de su corazón.
—¿Estás nerviosa?
—Sí —admitió ella en un susurro.
Él acarició su mejilla, el movimiento y la mirada en sus ojos era tan tiernos que ella pensaba que su corazón se partiría.
—No lo estés —dijo él, bajando su cabeza para besarla suavemente. Sus dedos se movieron hacia las venas en forma de telaraña—. Hemos hecho esto antes, ¿recuerdas? —Besó a lo largo de su mejilla, moviéndose hacia su cuello—. Voy a ser tan bueno contigo, cariño.
El ambiente había cambiado. Él había predicho que esto terminaría rápido. No fue así. Él bajó su cuerpo sobre el de ella y la besó. Ella temblaba. No lo había notado hasta ese momento, pero lo estaba haciendo. No porque estuviera asustada. No lo estaba realmente. Esto simplemente… era demasiado.
Ninguna cantidad de terapia la hubiera preparado para lo que se sintió estar aquí con él, ser aceptada por él como lo fue. Él tenía todos sus secretos—sus peores momentos, sus peores acciones, la oscuridad de su pasado—y aun así aquí estaba, sus ojos, su toque tan lleno de amor por ella. Todo de ella.
—Te quiero —murmuró contra sus labios cuando ella pensó que se volvería loca si no lo tenía dentro de ella. Lo necesitaba. Él era parte de ella. Lo había llevado dentro de ella incluso después de haber huido de él, y quería que viniera a casa de nuevo.
Él se apartó de ella solo lo suficiente como para tomar un condón de la mesa de luz. Se sostuvo sobre ella, sobre sus brazos. Bella pasó sus dedos por su pecho. Ella estaba sonriendo. Era una sonrisa tonta y enamorada, y no podía recordar haber estado así de contenta como lo estaba en ese momento.
Contenta y aun así… hambrienta. Estaba desesperada por él.
Él volvió a deslizarse sobre ella, alineando sus cuerpos. Sus piernas se apartaron para aceptarlo, y él entró en ella lentamente. Respiró profundo, gimiendo en placer y sorpresa. Sí, hubo un ardor y un tirón, pero no fue malo.
No, era todo lo contrario a malo.
—Mierda, Bella. —Todo su peso estaba sobre ella. Presionó su rostro al lado suyo sobre la almohada, gruñendo.
Movió sus caderas contra las de él, alentándolo a moverse. Él no parecía necesitar mucho aliento. Juntos establecieron un ritmo lento. Sus ojos estaban abiertos, observando cada detalle. Ella envolvió sus piernas alrededor de él, cruzándolas en su espalda, jalándolo más profundo.
Cuando él tocó ese dulce lugar dentro de ella, jadeó, enterrando sus uñas en la piel de su trasero.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Bella asintió, sin palabras en ese momento. Entonces, con una embestida, ella soltó un gemido tan fuerte que los sobresaltó a los dos.
—Shh —murmuró Edward, riéndose. La besó y ahogó sus propios gemidos contra su boca.
Seguían con sus bocas unidas cuando se corrieron, uno siguiendo al otro.
Ninguno de los dos habló después. Bella pasó sus dedos por el cabello de él con dedos temblorosos. Él posó su cabeza sobre sus pechos, cerrando sus ojos mientras recuperaban el aliento.
Se quedaron dormidos, pegoteados, contentos, y juntos.
