Trigésimo séptimo

El apocalipsis zombi a mi lado era un parque infantil.

Ni siquiera me atreví a mirarme al espejo cuando desperté y noté como mi cabeza estaba a punto de explotar. Como el aire no podía entrar por ni nariz por culpa de un desagradable atasco y la saliva me destrozaba la garganta, como si cientos, miles de cristales esperasen impacientes a su paso para rasgármela. Aunque lo cierto es que ni siquiera me lamenté. Fue despertar, y dejar escapar un suspiro de resignación que pudo oírse en toda la habitación, incluso juraría que en el exterior.

Cualquier persona sensata sabe que el frío de Nueva York en pleno mes de enero, no congenia bien con una simple falda y blusa sin mangas, y menos aun cuando te dedicas a correr por las calles, incitando a que tu cuerpo comenzase a quemar calorías y con ello su proceso de refrigeración típico, provocando que el sudor terminase helando aún más mi cuerpo.

Ni siquiera sé cómo pude terminar aquel día en la cafetería sin morir en el intento. Y no solo por el malestar que empezó a martirizarme ya bien entrada la tarde, sino por como mi conciencia no me dejó ni un solo minuto de paz. Que digo minuto, no hubo segundo en el que no estuviese pensando en lo sucedido, en dónde se había metido Santana con Brittany, y por qué todo el mundo confabulaba para que, a Rachel Berry, no le fueran las cosas bien. No solo bien. De hecho, me conformaba con no tener más quebraderos de cabeza. O al menos que fuesen problemas livianos, de esos que se solucionan en un par de minutos.

¿Para qué? ¿Para qué desear algo que ya sabía que no iba a suceder? El Karma tenía una consigna clara y directa; Joder a Rachel Barbra Berry hasta que pierda la cabeza. Cuanto antes lo hiciera, antes acabaría todo aquel suplicio. Y no contento con tenerme todo el día en aquel estado, esperaba a la mañana siguiente para recordarme que la aventura no había hecho más que empezar.

¿Y si me corto la cabeza? No. No es que estuviese pensando en suicidarme, pero admito que ese pensamiento rondó por mi mente en aquel despertar de aquel jueves 8 de enero justamente a las 8 de la mañana, cuando fui consciente que había vuelto a enfermar, y que esa era la única opción posible para que dejase de dolerme como lo hacía en aquel instante.

Ni siquiera me vestí. Simplemente me coloqué mi albornoz y salí de mi habitación para encontrarme una escena cotidiana a aquella hora, pero que a mí no me beneficiaba en absoluto.

Kurt parecía dar el último mordisco a su tostada, mientras Santana acababa de sentarse en la isla, dispuesta a devorar su desayuno. Fue verme, y ambos se miraron aterrorizados, o al menos eso supuse. Ni siquiera hablé. Tal y como accedí al salón, caminé directa hacia el sofá y caí de bruces sobre él. Sentir como uno de los cojines casi me asfixia, era la sensación más agradable que podía tener en aquel instante, y ni siquiera aparté mi rostro de él.

—¿Rachel? —fue Kurt, lógicamente, quien se interesó y no tardó en acercarse— ¿Qué haces? ¿No tienes clases de danza hoy?

No hablé. Mi única manera de comunicarme iba a ser a través de negaciones o afirmaciones con mi cabeza, porque la garganta me dolía demasiado, y mi mente aún no estaba lo completamente lucida para hilar palabras. Así que afirmé y respondí a Kurt.

—¿Entonces? ¿Qué haces? ¿Qué te sucede? ¿Por qué…?

Alcé la mano y lo detuve sin apartar mi cara del cojín. Si quería respuestas, tendría que hacerme las preguntas de una en una.

—¿Qué? ¿No vas a ir?

Negué

—¿Estás enferma?

Afirmé

—¿Otra vez?

Afirmé

—Dios… Pero, ¿qué diablos haces para caer enferma cada semana?

A eso no pude responder ya que Santana lo hizo por mí. No podía verla, pero su voz llegaba nítidamente a mis oídos.

—Escaparse de la cafetería con el uniforme —espetó—. Lo tiene merecido, igual que el porcentaje que le voy a quitar de su sueldo por haberlo hecho, y obligar a Kristen a que ocupase su lugar.

Mierda pensé. Y menos mal que solo lo pensé, porque lo último que me apetecía era empezar una nueva discusión con ella. De hecho, mi idea era la de suavizar un poco nuestro enfrentamiento para preguntarle por Brittany. La curiosidad seguía rondando por mi cabeza.

—¿Escaparte de la cafetería? —musitó Kurt apartando el pelo que cubría la parte de mi mejilla visible—. Dios, estás hirviendo, Rachel. Vamos al médico.

Negué

—No seas cría. ¿Te has visto cómo estás? Vamos, tengo que salir, pero vuelvo pronto y puedo acompañarte.

Negué

—¿Eres idiota?

—Sí, lo es —respondió Santana—, si no va al médico va a tener que ir a trabajar.

—¿Qué? ¿Qué dices? —le preguntó él.

—Lo siento, son las normas. Los trabajadores tienen que presentar justificantes si faltan algún día.

—Pero es Rachel…

—¿Y? No tengo ninguna amiga llamada Rachel como para permitirle tal privilegio.

—Oh dios, San por favor, mírala como está. ¿No te da pena?

—Pues no, no me da pena ninguna. Y lo mejor que debería hacer es ducharse, vestirse e ir derecha a la cafetería. El pedido de rosquillas estará a punto de llegar.

—No seas mala, ni siquiera es capaz de levantar la cabeza para respirar —dijo él y yo se lo confirmé—. ¿Ves? Necesita una burbuja o algo que la haga permanecer protegida y, sana.

—Cuéntaselo al médico —masculló ella tras beber de su café, o al menos eso intuí por el sonido que emitió.

—Rachel. ¿Vamos a ir a ver un médico o no? Si no lo haces, Santana te va a obligar a que vuelvas a manejar las rosquillas.

—No.

—Oh dios. ¿Has escuchado eso? —cuestionó él, y supuse que lo hizo buscando a Santana, porque yo ya estaba asustada por cómo había sonado mi voz en aquella negación.

¿El padrino? ¿Rambo? ¿Dark Vader? Juro que no lograba encontrar un parecido similar con mi voz que no fuese alguno de aquellos tres personajes, y eso me asustó. Me asustó mucho, demasiado.

Mi futuro estaba relacionado con mi voz. Todos mis sueños dependían de ella y perderla como la había perdido aquella mañana, era un auténtico drama. Una catástrofe de secuelas irreparables. Tanto que entré en estado de ansiedad, bueno tal vez no tanto, pero sí recuperé mi vena más histérica y melodramática.

—Oh dios, oh dios —gruñí sin poder creer que aquello saliera de mi voz. Solo necesité ver el gesto incrédulo de Kurt y el desconcierto que se apoderaba de Santana.

—Shhhh. No, no, nada de hablar —me retuvo Kurt cuando trataba de saltar por encima del sofá—. Relájate, es un catarro. Tu voz va a volver.

—Pero…

—Shhh —volvió a silenciarme—, queda terminantemente prohibido hablar. ¿De acuerdo? Escúchame, voy a salir a arreglar un par de asuntos y cuando vuelva, te quiero ver duchada y vestida. Nos vamos al médico. Y no me digas que no, porque sabes que, con tu voz, no podemos jugar.

Afirmé. Afirmé hasta casi romperme el cuello por la reiteración del gesto.

—Ok, tardo una hora más o menos —dijo regresando a la isla, donde dejó la servilleta que utilizaba para limpiar sus manos, y se colocó el abrigo para salir—. Mientras procura estar protegida. De hecho, deberías colocarte alguna bufanda o pañuelo alrededor del cuello. Ya sabes, para el calor y demás.

Totalmente de acuerdo con él. Ni siquiera lo pensé, y una vez que Kurt me dejó moverme, corrí, o mejor dicho me dejé llevar por la inercia hasta mi habitación, y me dispuse a abrigarme hasta que no quedase un mínimo de piel visible en mi cuerpo. No me importaba nada en ese momento que no fuera evitar que aquella extraña ronquera terminase por perjudicar mis cuerdas vocales, y con ellas mi futuro. De hecho, estaba tan ensimismada en esa tarea que cuando regresé al salón para volver a ocupar el sofá, Kurt ya se había ido y una sorpresa me esperaba. Un detalle que me dejaba boquiabierta.

Un vaso leche humeante sobre la mesita frente al sofá y mi manta de lectura sobre el mismo.

Admito que tuve que mirarlo varias veces, y asegurarme que Kurt ya no estaba para ser consciente de lo que acababa de suceder. De hecho, yo misma lo oí marcharse cuando yo accedí a mi habitación. Solo Santana seguía sentada en la isla, pero en otra de las banquetas, por lo que supuse que había sido ella quien tuvo aquella idea. E imagino que mi mirada le hizo entender que me había percatado de que había sido ella y me había sorprendido. Sin embargo, no le dije nada.

Tomé asiento en el sofá, me protegí con la manta y acepté aquel vaso de leche sin cuestionar su procedencia o temer algún tipo de envenenamiento. Podría bañarme entre rosquillas de huevo, pero Santana sería incapaz de atentar contra mi salud. De eso estaba más que segura.

El problema era que no todo iba a ser tan tranquilo lógicamente, y aquel día que recién acababa de empezar, me tenía preparada la mayor sorpresa de todas. Superando con creces al de Santana, por supuesto. De hecho, creo que no transcurrieron más de cinco minutos, ni siquiera había conseguido dar más de dos sorbos seguidos de mi vaso de leche, cuando escuché sonar mi teléfono. Y lo peor no fue eso, porque en mi estado no me importaba en absoluto desechar cualquier llamada, lo peor era que en la pantalla del teléfono apareció el nombre de Rupert Campion, y lo último que quería era que él, precisamente él, volviese a escuchar mi voz de camionero cuando se suponía que eso no iba a volver a sucederme. Le hice creer que era una chica saludable y fuerte, no una idiota que enfermaba por pasar cinco minutos a la intemperie.

Demasiado importante para rechazar, demasiado importante para aceptar y que me escuchase. Temblé al coger el teléfono y no pude evitar tratar de aclarar mi garganta con el dolor que ello me provocaba. Tal vez hablando en susurros podría responder sin que notase nada extraño, y alguna excusa podría valerme para ello, como ejemplo estar en alguna clase, o alguna reunión. Daba igual. Lo único que necesitaba era pasar aquel trance sin desilusionar a Rupert. Sin embargo, no tuve que hacer el esfuerzo de arriesgar mi voz para sonar relativamente normal, porque su mano me lo arrebató.

Juro que jamás en mi vida tuve tanto miedo como cuando vi a Santana adueñarse de mi teléfono de forma brusca, y aceptar la llamada que yo debía atender. Mi futuro, mis sueños, todo por lo que había luchado en mi vida dependían de aquella llamada, y era ella quien estaba a punto de atenderla. Ella y su vengativa actitud. Ella y su interminable castigo sobre mi consciencia. Ella y sus ganas por acabar conmigo, aunque me preparase leche calentita. Sin embargo, ese miedo se esfumó cuando noté como la soberbia, la prepotencia que había estado utilizando conmigo durante aquellos días, se convertía en la más dulce y agradable respuesta en su voz.

—Oh, eh, lo siento, Rachel Berry no puede atender ahora la llamada, está en su hora de estudio y suele dejar el teléfono en casa. Soy su compañera de apartamento, Santana López. ¿Quiere le que diga algo? Ajam, sí, claro, sí, sí, por supuesto… —silencio. Silencio por parte de Santana mientras parecía atender las indicaciones que Rupert le estaba dando. Silencio mientras me regalaba miradas de soslayo y su rostro seguía serio, rígido, casi como si fuera de piedra. Silencio hasta que tuvo la idea de pulsar el altavoz de mi teléfono, para que yo pudiese oír lo que le estaba diciendo mientras moría de angustia por dentro, quizás intuyendo que iba a ser el momento más importante de mi nueva vida.

— No habría sido así. Por eso estoy contento con su prueba y hemos llegado al acuerdo de que queremos contar con ella. Podrías decirle que me llame en cuanto pueda si quiere hablar directamente conmigo, o bien que se pase por el teatro la semana que viene. ¿De acuerdo?

—Sí, claro, yo se lo diré en cuanto regrese. Ella estaba muy emocionada con…

Puntos suspensivos. No, no es que Santana dejase la frase en puntos suspensivos, es que yo entré en shock tras escuchar a Rupert aceptando mi audición, dándome el sí, regalándome el papel de su musical, y dejé de escuchar el resto. De hecho, ni siquiera sé qué hice o dije, porque lo único que recuerdo a partir de aquel instante, era sentir como mi estómago se revolvía y una extraña oscuridad se apoderaba de mi visión, dejándome a ciegas y sin fuerzas. Podía escuchar la voz de Santana preguntándome qué diablos estaba haciendo, pero se desvanecía como cuando caminas por un túnel muy oscuro y solitario, y pierdes todo el contacto con la superficie, con el mundo real. Y no es que yo hubiese recorridos muchos túneles como aquel, pero esa era la única descripción que atino a hacer de lo que viví en aquellos interminables minutos de inconsciencia.

Después de eso. Después de la voz esfumándose de Santana y la extraña sensación de languidez, vino la luz, y el rostro preocupado de Santana dejándome pequeñas cachetadas y obligándome a despertar. No pidiendo o suplicando que lo hiciera, sino obligándome a ello. Amenazándome de forma que, si no lo hacía, me las iba a ver con ella.

—¡Despierta joder! ¿Qué mierda te pasa? Vamos, ¡despierta o te lanzo por el balcón!

Traté de centrarme en su voz y recobrar la memoria, pero las continuas cachetadas me lo ponían difícil. De hecho, no pude preguntarle qué estaba sucediendo, hasta que conseguí detener su incesante ataque.

—Te has desmayado, Rachel. Te has desmayado por una estúpida llamada…

—¿Una, una estúpida llamada? —balbuceé tras notar como la lucidez parecía volver a mi cabeza y todo recuperaba la nitidez real—. ¡Oh dios! La llamada. ¿Era Rupert? ¿Era por la audición? —me alteré, pero Santana logró detener mi intento por reincorporarme del sofá y me obligó a permanecer tumbada. Ni siquiera sabía cómo había llegado a esa postura. No lo recordaba.

—Sí, sí, pero relájate, o me vas a obligar a llamar a un médico.

—No, no, estoy bien —musité— ¿Qué ha pasado? ¿Era él?

—Sí —respondió sin creer que estuviera completamente recuperada. Y la verdad es que no lo estaba, aún sentía una extraña sensación de mareo y un fuego por mi garganta que no me aliviaba en absoluto.

—¿Y? ¿Qué ha dicho? ¿Le has dicho que me he desmayado?

—No, claro que no —me dijo relajándose un poco. Santana permanecía sentada a mi lado, ocupando apenas un tercio del filo del sofá y sin dejar preocuparse por mí—. Ha colgado justo cuando tú te has estrellado contra el suelo.

—¿Contra el suelo? Pero, pero si estaba aquí.

—Te has levantado y has caído justo aquí —señaló hacia el espacio que quedaba entre el sofá y la mesilla —, has tenido suerte de no romperte la cabeza con la mesa. Eres idiota, ¿por qué mierda te desmayas? Has estado dos o tres minutos sin reaccionar.

—¿Qué ha dicho? —ignoré su reprimenda, aunque en el fondo estaba a punto de gritar emocionada por ver como se preocupaba por mí.

—Que estás dentro —musitó eliminando la tensión de su rostro, hasta casi formar una leve sonrisa con sus labios—. Ese tipo dice que el papel es tuyo,

—Oh, oh, oh…

—Hey, hey calma —noté como se aferraba a mis hombros y trataba de hacerme entrar en razón. Lo cierto es que era complicado, sobre todo, porque de nuevo volvía esa extraña sensación de oscuridad. Sin embargo, esta vez su voz me mantuvo despierta. Su voz y su mirada —Rachel, relájate, por favor. Respira, vamos respira.

—Estoy, estoy dentro.

—Sí, lo estás, pero más te vale que respires y dejes los dramas para otro momento. Porque si vuelves a…

—Estoy dentro —balbuceé siendo consciente de todo lo que ello suponía, y no pude controlar más mi emoción.

Lo siguiente que recuerdo no es el túnel, ni la voz de Santana disolviéndose en mi cabeza, sino mis lágrimas mojando su vestido y mis brazos aferrándose a ella con fuerza, como si fuera la primera vez que nos veíamos después de siglos sin hacerlo. Como si hubiese vuelto mi hermana, esa que nunca tuve pero que siempre fue. Y lo mejor no fue eso. Lo mejor fue sentir como el abrazo era correspondido, y aunque notaba algo de incomodidad por su parte podía sentir sus brazos cobijándome, incluso llegó a regalarme un beso en la cabeza. Pero lo hizo de manera tan sutil que ella pensó que no me había dado cuenta. Por supuesto que lo sentí, y no se puede imaginar cómo lo valoré.

—Ok, será mejor que te tumbes y te recuperes —dijo tratando de recuperar la seriedad que había estado mostrándome—. No quiero que me contagies.

—Está, está bien —dije secándome las lágrimas—. Oh dios, es el día más feliz de mi vida, y ni siquiera puedo hablar como una…

—¿Puedes dejar de hacerlo? —me recriminó— Si sigues hablando vas a terminar peor, y ese tipo ha dicho que debes llamarlo en cuanto estés disponible.

—Lo haré.

—No hables —amenazó—, quédate ahí y descansa, no es necesario que vayas a trabajar —esgrimió tragándose el orgullo. De no hacerlo tampoco me habría importado. Estaba tan feliz que estaba dispuesta a aceptar todos sus insultos, todas sus reprimendas y amenazas sin más. De hecho, cuanto más me hablara, mejor para mí y mi estado anímico.

No dije nada. Y no porque me doliese la garganta, sino porque no quería destruir aquel avance entre nosotras, y también porque aún sufría las consecuencias de la pérdida de consciencia y me sentía bastante confusa. Dejé que regresase a la cocina, donde su desayuno ya debía haberse enfriado, y permití que procesara con calma todo lo que había sucedido.

Fue entonces cuando el silencio se adueñó de nosotras y de nuestro apartamento. Mis ganas me hacían querer gritar, coger el teléfono y llamar a mis padres para darles la buena noticia y celebrarlo, pero la sensatez me hizo ser más lógica y esperar a al menos a hablar con Rupert para asegurarme de todo. Y gracias a esos pensamientos, a esas dudas internas que sabían a gloria, logré que otra de mis grandes curiosidades fuese satisfecha sin más.

Tal vez el silencio era mi mejor aliado, pensé. Siempre que abría la boca, metía la pata y con fiebre y dolor de garganta, nada mejor que evitar hacerlo. Pero cuando me mantenía en silencio, las cosas parecían volverse sensatas y seguían su lógica normal.

Santana apenas pudo soportar cinco o seis minutos hasta que volvió a hablar, y lo hizo regresando y tomando asiento a mi lado.

—No hables —me amenazó—, no quiero oírte. ¿De acuerdo? —asentí sin más, centrando mi mirada en la pantalla del teléfono—. Ayer, la chica que me visitó ayer en el bar —añadió provocando mi atención—, es Brittany S. Pearce, la mejor amiga de Quinn —musitó buscando mi aprobación. Yo quise decirle que la conocía, pero tal y como ella me pidió, me mantuve en silencio y aguardé a que continuase—. Está en Manhattan para hacerse cargo de la floristería, con Emma. Supongo que ya lo sabes, porque tu huida de ayer no puede ser por otro motivo más que por ver a esa estúpida inglesa —masculló y yo asentí. Y lo hice con serenidad, afrontando mis actos. Santana llenó sus pulmones con una gran bocanada de aire y se dejó caer sobre el respaldo del sofá, apartando la mirada de mí—. Hemos sido unas estúpidas. ¿verdad?

Asentí. Nunca antes había estado más de acuerdo con ella.

—¿Te acostaste con ella?

Negué rápidamente—. Solo un par de besos —susurré y me gané una nueva reprimenda por su parte tras hablar.

—Si tan solo hubiéramos sido honestas, todo esto no habría sucedido. Yo no habría perdido a una amiga, y tu habrías descubierto lo terriblemente increíble que es el sexo con una chica. Toda mujer debe tener esa experiencia al menos una vez en la vida.

Pena. A pesar de la emoción que me invadía por la noticia del musical, escuchar hablar a Santana empezó a provocarme pena. Y no por haber desaprovechado esa oportunidad de ser honestas la una con la otra, sino porque ella no parecía haber creído mis sentimientos. Por sus palabras, deduje que creía que mi interés en Quinn solo era puro capricho. Ojalá hubiera sido solo eso.

—Hace que veas la vida desde otra perspectiva, que descubras cosas que jamás llegas a imaginar. Pero… ¿Sabes qué? Estoy convencida de que vas a volver a tener la oportunidad de descubrir a una mujer.

—No quiero a ninguna mujer —maticé, aun sabiendo que le iba a molestar que hablase.

—No puedes dejar que nuestra experiencia con Quinn te haga desechar esa.

—No es una experiencia con Quinn —la interrumpí hablando lo más bajo que podía —, no creo que vuelva a haber otra mujer en mi vida, San —me sinceré—. No me enamoré de Quinn por ser chica, sino por ser como era, por lo que me mostró.

—¿Enamoraste? —tragó saliva— ¿Estás enamorada de ella?

Asentí sin poder mirarla a la cara, y el silencio no tardó en volver a aparecer. Un silencio que se llenó de intentos, de palabras que no terminaban de salir y algún que otro suspiro lleno de resignación.

Tal vez había destruido la oportunidad de volver a recuperar a Santana, pero no podía seguir ocultándole aquello. Ya no había miedos, ni a nadie a quien perjudicar.

—¿Por qué, por qué mierda no me lo dijiste? ¿Por qué te callaste?

—Porque tú me dijiste que estabas enamorada —respondí—, porque nunca te escuché hablar como aquella noche y no quería acabar con esa ilusión.

—¿Y? Joder Rachel, sabias que Quinn no quería nada conmigo ¿Por qué me incitaste a que…?

—Porque ella me dijo que estuvo a punto de darte una oportunidad —la interrumpí consiguiendo que mi garganta quemase—. Me dijo que, si no llega a ser por mí, te habría aceptado, que se yo.

—¿Desde cuándo soy el segundo plato de alguien?

—No, no pretendía hacer que creyeras eso. Es solo que, que, bueno, no supe hacer otra cosa. Me equivoqué y lo siento, pero…

—Eres una estúpida, una idiota, si me lo hubieses dicho nada de esto habría sucedido —espetó al tiempo que se levantaba y se apartaba de mí desganada, incluso ofendida. Yo la dejé. Dejé que me insultase porque solo decía la verdad—. Estaba jodida, Rachel. Cuando me enteré de todo y supe que me habías mentido, creí que pretendías reírte de mí, y por eso me comporté como lo hice. Quería, quería pillarte en algún renuncio, quería ser yo quien te viese con ella y hacerte pasar el mal trago, pero porque estaba ofendida, porque me habías fallado y se supone que éramos amigas. Que éramos hermanas.

—Lo somos —susurré notando como las lágrimas regresaban a mis ojos—, para mí lo sigues siendo.

—¡Cállate! ¿Crees que me siento bien viéndote así? ¿Crees que yo no lo he pasado mal? Pues sí, si lo he hecho. Me he puesto en tu piel, me he puesto en tu situación y sé que ha debido de ser un horror, pero ha sido solo tu culpa. Cuando, cuando te vi en la habitación de Quinn, el día que murió su abuela, supe que era absurdo intentar odiarte. Supe que ella te había elegido a ti, y era estúpido seguir con esta guerra. Pero, pero tengo orgullo, ¿sabes? Podría estar jodiendome durante toda mi vida, y no lograría evitar que me sintiese ofendida cada vez que te veo, pero eso no significa que no, que no… Dios —se lamentó dando una patada sobre el Puff de Kurt antes de volver a dirigirse hacia mí, y mirarme a la cara—. Quiero que seas feliz, pero no vuelvas joderme. ¿Entendido? No vuelvas a mentirme ni, que se yo, solo llama a esa estúpida y haz que vuelva. Quédate con ella.

—¿Qué?

—Lo que estás oyendo. No quiero tener que soportarte como un alma en pena lo que resta de vida. Y no te preocupes por mí, si no aguanto veros juntas, me marcho a algún lugar. Al fin y al cabo, empiezo a necesitar mi independencia, mi propio baño y que las paredes no dejen escuchar mis gemidos.

—¿Harías eso por mí?

—No vuelvas a preguntármelo, porque haces que me lo cuestione, y te aseguro que no es buena idea.

—Pero…

—No, nada de peros, me conformo con seguir martirizándote con rosquillas de huevo.

—Santana, no, no es necesario. Yo no…

—No, ni se te ocurra decirme que no te importa Quinn, porque no hay más que ver las estupideces que haces para verla. Mírate, estás a punto de la neumonía por idiota.

—Pero no sirve de nada, ya he pasado página. Si, si ayer fui a verla era por saber cómo estaba, por ver que seguía bien, no por recuperarla. Entre Quinn y yo ya no hay nada, así que, no es necesario que nos evites. No vas a volver a vernos juntas —sentencié, y supuse que aquello no lo esperaba de ninguna manera.

—¿No, no quieres darle una oportunidad?

—He intentado ponerme en contacto con ella —añadí—, cuando estaba en Lima la llamé y le escribí, solo por saber cómo estaba y… Bueno, lo cierto es que fue absurdo. Quinn nunca me respondió.

—Pero ella estaba en Inglaterra. Tal vez…

—No —la interrumpí tras suavizar mi garganta con un sorbo de la leche templada que seguía en la mesa—. No importa donde esté, ni siquiera aceptó mis llamadas. De hecho, las bloqueó.

—¿Hizo eso? —me cuestionó extrañada— ¿Segura?

—Sí. Ya está, ya fue, San. Todo ha sido una locura de la que hemos aprendido todas. Ahora ella está dispuesta a recuperar su vida en Inglaterra. Allí tiene sus amigos, volverá a trabajar en lo que le gusta y no hay tantos paranoicos que la saquen de quicio. Será feliz allí, y nosotras aquí —Me aclaré la garganta—. Tú vas a ser una empresaria millonaria, no te faltan chicas y estoy segura que en el momento menos pensado, encontraras el amor con una de ellas. Y yo, bueno —balbuceé—, yo voy a ser Dorothy en el Mago de Oz. No puedo pedir más —sonreí tratando de contener la pena —, es lo que siempre he soñado y por fin lo voy a lograr. Todas felices.

Tal vez si no nos hubiese interrumpido nuestra conversación habría avanzado mucho más, pero Kurt se había propuesto aquella mañana llevarme a ver un médico, y no tardó en regresar al apartamento. De hecho, ni siquiera fui consciente de cómo la hora había pasado casi sin darnos cuenta. Aunque también debía recordar que mi pérdida de consciencia provocó aquel extraño bucle temporal.

Santana se mantuvo un par de minutos en silencio, hasta que nuestro amigo llegó e irrumpió en el salón sin más.

—¿Qué haces aun así? ¿No te has duchado? —me recriminó.

—Ya, ya voy, estaba desayunando.

—Hey, hey… ¿Qué te he dicho de hablar? Shhh, nada de malgastar esa voz de camionero que tienes, y vamos… Vístete.

Asentí como había estado haciendo toda la mañana. Sin embargo, no lo hice mirándolo a él, sino a Santana, que seguía un tanto confusa después de mi pequeño sermón. De hecho, solo reaccionó cuando yo ya me disponía a meterme en la ducha y hacerle caso a Kurt.

—Rachel —murmuró y tanto Kurt como yo, la miramos—. ¿De verdad es eso lo que quieres?

—¿Qué quiere? ¿Os habláis ya? ¿Habéis discutido? —dijo Kurt metiéndose en nuestra conversación, pero yo lo ignoré. Igual que Santana que solo esperaba mi respuesta.

—No tengo más opción —respondí con sinceridad, sabiendo que aquello acabaría con sus dudas y también me liberaría de la enorme presión que seguía sintiendo—. Tengo que afrontar las consecuencias de las malas decisiones. Es lo que algunos llaman, daños colaterales. Como el dolor de mi garganta, o perder a una hermana.