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–Fue por ti, ¿lo sabías?, al menos eso nos dijo… me dijo. Antes de desaparecer–
Respiraba, palpitaba, existía y sufría. Cada segundo, por cientos de miles de años, en el viento que se colaba por su puerta y sacudía la cortina imitando a la criatura que estaba segura un día iría por ella, para decirle, para contarle, que ella y él eran iguales, y que sin importar lo mucho que pudiese esconder el hecho de su nacimiento no habría forma de negar lo que ella ya sabía.
–Era un chico tan bueno… nadie sabe lo que pasó con él… tenía todas estas ideas sobre tu futuro y trabajaba como loco para hacerlas realidad. Pobre Lincoln, con su educación lo mejor que pudo conseguir fue turnos extra en empleos mal pagados. Por ese entonces ya habías nacido y estaban faltos de dinero, fue entonces que me llamó. Tenía un plan, algo a corto plazo que según él les aseguraría en futuro a ti y a tu madre–
Palpitaba, existía, gritaba y gemía, sacudiendo los brazos hacía el cielo, clamando al infinito por una respuesta. Mas, los astros permanecían en silencio, inertes en el basto océano bajo el cual se ocultaba el sol.
Sus preguntas desdeñosas, sus dudas a flor de piel. Todos le dieron la espalda y ella haría lo mismo, porque se lo merecía, se merecía el ser olvidado.
Sin embargo, existían aquellos que lo recordaban, mucho antes de que se transformarse, o de que fuese evidente la clase de persona que era. Sonette no podía creer en que lo que dijesen fuese cierto, no sobre ese hombre que decía ser su padre.
Lo odiaba, quería que desapareciese y la dejase en paz, quería que fuese completamente distinto a lo que describía su tía Leni porque de otra manera no lograba explicar su transformación.
Nada tenía sentido.
–Hablaba todo el tiempo sobre ti, sobre lo mucho que te amaba, en especial tu sonrisa. Tu sonrisa lo era todo para tu padre–
Odio, tan profundo como la devoción que le guardaba a papá, infinito como el orgullo que sentía por mamá. Los dos era el sol y la luna y luego, estaba él, el otro, el desconocido, el extraño.
–Nadie lo vio venir, nadie lo pudo explicar, nadie preguntó, sabíamos que tu madre no nos diría algo así de no ser cierto, y bueno, Lincoln creció rodeado de mujeres, fue una gran decepción que no aprendiese nada–
Odio y desesperación, miedo, tanto, tanto miedo de sentir en su sangre un lazo que no deseaba, una conexión con la fuente misma al único cisma en su familia.
–Pero te amaba, siempre hablaba de ti–
Añoranza infantil, desde el momento en el que se dio cuenta de que era diferente, desde el momento en el que las cosas dejaron de tener sentido y las preguntas incomodas de sus compañeros y amigos comenzaron a cobrar sentido. Súbitamente, aquellos pequeños detalles que antes pasaba por alto comenzaban a cobrar relevancia, pintando una imagen distinta a aquello que conocía. El rechazo surgió de inmediato, brotando con cada palabra de papá y mamá, ahogando de paso a esos desconocidos que conocían a esa otra figura, aquel que representaba todo temor, toda decepción, sumido siempre en un halo de pesar del cual jamas se alejaría.
Y ahora, su hermana, su propia sangre se atrevía a cuestionarla, a ofrecerle su oído a la serpiente y a sus mentiras.
–Te amaba más de lo que pudieses imaginar–
Con los ojos abiertos, notó la oscuridad a su alrededor resquebrajándose, dando paso a un par de siluetas entrelazadas como amantes. Una de ellas, la más nítida, sosteniendo entre sus dedos la muñeca de la otra, con los labios presionados sobre ella, sobre la herida escarlata, roja, brillante al igual que sus labios que en una cruel sonrisa le dieron la bienvenida.
–No queríamos creerle a tu mamá cuando nos dijo la verdad, cuando supimos como era realmente–
Casi podía distinguirlos, el borde resplandeciente, la máscara que ocultaba a aquella sombra que la observaba sin parpadear, carente de emociones, de sentimientos. Sus ojos, ocultos en las tinieblas, cortaban el espacio entre los dos mientras que la otra silueta bebía religiosamente de la sangre que brotaba de la sombra demoníaca.
–No lo conoces, no como yo–, susurró una de ellas usando la voz de Cleo, –Pero podrías, si me dejas–
La devoción en sus palabras la hicieron estremecerse, en especial al notar que la segunda silueta era la misma criatura a la que tanto había odiado. Era su rostro artificial, sus ojos muertos que imitaban la tristeza de una persona real.
Su corazón sufrió con él, y ella lo odió.
Sus labios se movieron, tratando de advertir a su hermana, pero el sonido parecía estar atascado en su garganta.
Los amantes se unieron más y más, las siluetas estaban desnudas, con Lincoln acariciando el vientre de Cleo mientras que Cleo seguía lamiendo la herida en la muñeca de Lincoln, su lengua danzando alegremente, revolviendo el estomago de Sonette.
–Si tan solo pudieses ver lo mucho que te ama–
Sonette se sacudió, tratando de avanzar, de detenerlos, pero sus brazos no le pertenecían más, al igual que sus piernas. Sus miembros se hallaban encadenados firmemente al vacío, dejándola expuesta frente a esos dos.
Los ojos de Cleo danzaban con lujuria, sus labios se partieron en un gemido que le heló la sangre mientras que Lincoln, sin quitarle la mirada de encima, besaba los hombros de su hermana, luego, su mejilla, y finalmente reclamaba sus labios.
–Si tan solo pudieses experimentar todo su amor–, murmuró Cleo, antes de que su rostro se volviese completamente claro, al mismo tiempo en que Lincoln entraba en ella, todo esto sin perder a Sonette de vista.
Abrió los ojos de par en par, sudando copiosamente, alarmada por el recuerdo aún fresco de la pesadilla y avergonzada por la súbita sensibilidad en su entrepierna.
–¿Qué demonios fue eso?–, preguntó consternada, –¿Por qué soñé con algo tan… tan… ?–
Sacudió la cabeza y buscó sus pantuflas en el piso, tropezando, logró llegar a la cocina por un vaso de agua.
–Debió haber sido algo que comí, eso, o… quizás algo que leí, sí, eso tuvo que ser–
Encontró el grifó y una taza rosa que pertenecía a su hermana, un regalo de broma que le hiciese hace algunos años y que Cleo todavía conservaba. Bebió un par de tragos y trató de recuperar la compostura.
–Ok… fue una pesadilla y nada más, volveré a la cama y lo olvidaré todo y…–
No lo había notado antes, no tenía forma de hacerlo hasta notar su reflejo en la superficie pulida de la tapa del horno. Corrió al baño para comprobar que sus ojos no la engañaban, incluso si se daba cuenta, si lo sentía entre sus muslos, en un punto sensible que delataba parte de la naturaleza de su pesadilla, el tramo vergonzoso que a esa edad creyó no volvería a experimentar, en especial con esas imágenes de traición abyecta, la silueta de ese bastardo al que odiaba poseyendo a Cleo, y Cleo amando lo que hacía.
Por más que cerrase los ojos y tratase de desvanecer esas ideas, de ignorar el hecho de que en cierta porción de esa secuencia, llegase a sentir algo prohibido, algo enfermo, sabía que estas no se irían.
No se imaginaba cómo sería capaz de verle el rostro a su hermana después de haber soñado algo así.
Sonette quiso llorar y maldecir, ¿por qué le estaban pasando esas cosas?, ¿qué tan malo había hecho para que la vida la castigase así?
–Es su culpa–, pensó llena de resentimiento, –Desde que apareció lo arruina todo, ¡todo!, y ya no puedo aguantar más–
Lincoln… el maldito Lincoln Loud. Le estaba quitando el sueño a sus padres, estaba preocupando a las tías de las que nunca antes se preocupó y peor que todo, estaba seduciendo poco a poco a Cleo.
No se lo perdonaría, no lo dejaría pasar.
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Algo sucedía en la residencia McBride, algo estaba afectando a las hijas. Preguntas extrañas que salían de la nada, miradas conspirativas y una guerra silenciosa entre Cleo y Sonette que por supuesto no lograron ocultar de sus padres. Sonette en especial estaba sensible mientras que Cleo parecía deprimida, todo desde que vieron esa película en el canal de las mujeres menopáusicas que Clyde contrató en secreto, esa de la chica cuyo padre verdadero aparecía luego de varios años para separarla de su amorosa madre y padrastro.
Clyde estaba seguro de que las niñas no verían algo así, a ninguna otra persona en la casa le interesaba ese género de películas, pero las niñas acabaron por verla, y obviamente les había afectado.
–¿Sabes qué le pasa a las chicas?–
Haiku dejó de lado su novela junto con sus gafas para tornarse a su marido. La habitación matrimonial, decorada con tonos lúgubres podría haber parecido aterradora a primera vista, pero con los años Clyde se había acostumbrado a sus extraños aposentos. Era del gusto de su mujer, y si ella era feliz entonces él también lo era.
Tal era la tónica de su vida, el aceptar los gustos y las tendencias de los que amaba y reservar los propios para sus momentos privados, lejos del escrutinio de su familia, solo por eso solía extrañar a su viejo amigo, aunque no por ello deseaba volver a verle.
No por ello dejaba de prestar atención, de allí su pregunta.
Algo le sucedía a sus hijas, y esperaba que Haiku pudiese ayudar.
–Ahora que lo mencionas, han estado actuando de manera muy extraña–, comentó Haiku, –Sonette ha estado algo distante y Cleo parece distraída–
–¿Crees que se trate de un chico?–, preguntó con la esperanza de que fuese algo así de sencillo. Podía lidiar con problemas de novios y todo eso, o novias, todo con tal de que sus hijas fuesen felices.
Haiku sonrió y alzó una ceja, –Si te preocupa eso dejame decirte que ya hablé con las dos–
Clyde hizo una mueca de consternación, la charla… como odiaba pensar en la bendita charla, como detestaba el día en que sus pequeñas dejaron de ser tan pequeñas.
–Están creciendo, es natural que esto suceda–, le dijo Haiku para tranquilizarlo, –Son inteligentes, y nos tienen a los dos. Dales espacio y si nos necesitan nos lo dirán–
Clyde se cruzó de brazos sin dejar de sentir preocupación, era obvio que lo que Haiku decía era cierto, pero no por ello se sentía capaz de enfrentar de manera directa todas las dificultades que implicaba criar a sus hijas. Lejos de ser un mojigato, comprendía a la perfección que sus niñas debían y explorarían la vida a su propio ritmo y que en el camino cometerían errores, ¿pero qué más podía decir?, eran sus hijas y el deseo de protegerlas estaba en su sangre.
En realidad, no existía límite alguno que no cruzaría por sus niñas, para que fuesen felices, para que viviesen vidas plenas.
–Supongo que así es, pero sigo sin estar feliz–, murmuró a regañadientes, –Es que no quiero que lo que sea que me estén ocultando pase a mayores–
Era una discusión que jamas acabaría, Clyde quería proteger a sus hijas de todo y todos, Haiku deseaba otorgarles algo más de libertad, y entre los dos fijaban límites. No siempre resultaba, en especial con Sonette, pero siendo una chica tan dulce era difícil enojarse realmente con ella.
Haiku sabía que si no hacía algo al respecto, Clyde pasaría el resto de la velada molesto.
–¿Quieres que use los colmillos?–
Clyde se sobó el cuello de forma leve, –Nah…–, respondió en un hilo de voz, antes de cambiar de opinión.
–Tal vez–
Haiku buscó en su mesa de noche por sus colmillos de utilería, mientras que Clyde se levantó de la cama para cerrar la puerta con pestillo. Era tarde y las chicas ya debían estar dormidas, pero no por ello era menos precavido.
Su buen animo duró hasta que escuchó a las chicas discutir y mencionar el nombre de alguien en quien no había pensado en años.
Se le congeló la sangre frente al prospecto de perder su perfecta vida si es que ese infeliz de Lincoln Loud le intentaba quitar a Sonette.
–Dime que no dijo ese nombre–, farfulló Clyde volteándose para ver a Haiku, –Lo escuchaste, ¿no es así?, están hablando sobre Lincoln–
–¿Clyde?–, cuestionó Haiku nerviosa, –¿De verdad crees que haya vuelto?, ¿crees que volvió para vengarse?–
Por años tejió junto a Haiku una historia para que Sonette y Cleo se alejasen de la familia Loud, y a su vez, le dieron a esa familia una versión distorsionada de los eventos que llevaron a la desaparición de Lincoln.
"No fue nada personal", eso se decía a si mismo Clyde cada vez que las dudas resurgían, "no fue nada personal", como si con eso justificase la trampa que le tendió a su mejor amigo y por la cual le quitó a su hija. En algún punto Haiku lo amó, en algún punto iban a casarse, y con tal de ofrecerle un buen futuro a su hija Lincoln hizo un trato con el diablo, un trató que le costó su familia, su futuro y por poco su libertad.
Sabía que un día volvería, y que su regreso traería problemas, pero al igual que la primera vez estaría listo. Su error en ese entonces fue esperar que Lincoln muriese de una buena vez y que de ese modo pudiesen al menos conservar una buena memoria sobre él, luego, cuando aquello no sucedió, que quedase lo suficientemente dañado y aislado como para que desapareciese y dejase a Haiku en paz. Clyde no contó jamas con que Lincoln se repondría frente a la traición, ignoró la posibilidad de que hallase la manera de subsistir sin el apoyo de los Loud y de sus amigos y que se encontraría años más tarde en posición para arruinarle la vida a él y a Haiku.
Estaba confiado de que sus hijas no le creerían, las niñas eran felices, muy felices, y no permitirían que alguien como Lincoln se entrometiese en sus vidas con sus calumnias, pero eso en nada borraba el hecho de que su aparición las afectaría.
–Así que de eso se trata–, pensó, –Sonette me preguntó apenas hace unos días qué pasaría si Lincoln se aparecía como en esa película, y yo le dije que si eso pasaba lo mataría. Contesté sin pensar, le dije lo primero que se me vino a la cabeza–
Sus ojos se abrieron de par en par, no podía creer el haber pasado por alto algo así, su hija prácticamente le había dicho que temía por su seguridad y él no había actuado a tiempo.
–Si de verdad se trata de él, me encargaré de que no vuelva a molestarnos–, aseguró Clyde.
Ya una vez lo condenó a morir, y lo haría de nuevo si ponía un pie en su casa, lo mataría sin dudar a la primera señal de peligro.
El asunto era que Lincoln no era un completo tonto, si de verdad planeaba algo se tomaría su tiempo, lo meditaría antes de actuar, pero he allí la gran falla de todos sus planes.
Lincoln carecía de instinto asesino, no tenía la fuerza como para dar el paso final con tal de llevar a cabo su voluntad, algo que Clyde, de darse la ocasión, explotaría a su favor.
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Despertó de madrugada, luego de una pesadilla especialmente cruenta. A su lado, en la mesa de noche, una píldora le prometía acabar con todo, erradicar el temor que lo embargada al cerrar los ojos, asfixiar, aunque fuese por unas horas, la melancolía que componía su día a día.
Como de costumbre hizo oídos sordos a esas promesas, su dolor lo cargaría bajo sus propios términos, no requería asistencia de ninguna clase.
Su noche acabó antes de que pudiese descansar lo suficiente, por lo que optó por ducharse y desayunar poco antes de que saliese el sol, tratando en vano de despejar la frustración que sentía, sin embargo, el evento con su hija seguía fresco en su memoria. Tal cosa lo mantuvo despierto hasta el amanecer. No era la primera vez que alguien intentaba cortarlo y lo consiguiese, es decir, bastaba con verlo para cerciorarse de que no siempre lograba evadir el peligro, no por nada usaba esa máscara que le otorgaba un modicum de confort al salir a la calle y evitar las miradas curiosas de los extraños. Lincoln detestaba llamar la atención, no necesitaba sentir la falsa empatía de un montón de desconocidos ni la revulsión que sabía acabaría por provocar.
No era el primer corte y no sería el último, y conservar la hoja era algo completamente ridículo, ¿de qué le servía un trozo de metal que debió haber arrojado a la basura desde un principio?
De nada, esa era la respuesta. No necesitaba conservar la basura de otros… Mas, allí la tenía entre sus manos, resplandeciendo ante sus ojos como un preciado memento de su primera reunión con la chica, con Sonette.
Sonette era un nombre bastante peculiar, lindo por cierto, al igual que ella que se parecía mucho a su madre. Curiosamente podía ver algo de si mismo en ella, pequeñas cosas, pero el resto era calcado de ella, de la fría mujer que se la llevó sin decirle nada, la misma a la que le torcería el cuello apenas tuviese la oportunidad de no ser porque no deseaba rebajarse a su nivel.
Haiku… ¿quién diría que Sonette seguiría los pasos de su madre?, tenía cierto encanto mórbido el pensar que tanto madre como hija compartían el desprecio contra su persona, ¿y qué mejor manera de celebrarlo que uniéndose a la tradición familiar de tratar de matar a Lincoln Loud?, al menos, el parecido era suficiente como para conducirla al igual que a Haiku al fracaso. Ninguna de las dos tuvo lo necesario para acabar con el trabajo y con Sonette era doblemente triste, pues al menos Haiku tuvo la previsión suficiente como para cubrir sus pasos y escapar, incluso enlistando a Clyde, pero Sonette podría haber triunfado, si es que tanto sabía sobre su persona, sobre las mentiras con las que seguro creció, entonces de ningún modo debió haber dudado. Su falso bravado, sus celos, aquel tierno intento por proteger a su hermana del malvado Lincoln Loud parecían ante sus ojos el berrinche de una niña malcriada por sus padres, que creía, por algún tonto motivo, que podía ir por allí amenazando a todo mundo sin sufrir consecuencias.
Era afortunada de ser su hija, afortunada de que Lincoln no fuese la clase de depravado que disfrutaba maltratando a otros, en especial a una adolescente linda con mala actitud, porque de esos existían muchos, mucho más dignos de la indignación de una niña y su cuchilla.
Lincoln lo consideró, de todos modos, una experiencia importante para su hija. Así al menos aprendería a pensar antes de actuar, y quizás, maduraría un poco y dejaría de tener ideas tan riesgosas como apuñalar o cortar a un desconocido que bien podría haberle quebrado el cuello o mucho peor.
Sonette no tenía idea de la clase de gente con la que podía tener problemas teniendo esa actitud, y ni hablar de Cleo, que por semanas se expuso a un completo desconocido. Se notaba demasiado la sobreprotección de Clyde y Haiku en las dos.
¿Qué demonios hacía una chica de su edad llevando armas?
Bueno… no era realmente su problema. Si Sonette quería portar ese ridículo cuchillo consigo al igual que esa máscara era asunto de ella. Las cosas estaban claras y obviamente estaba perdiendo su tiempo reviviendo esas promesas de venganza que jamas cumpliría. Esos dos se salvarían gracias a su hija y todo seguiría igual y así, todos estarían mejor. No era como si necesitase una familia o algo por el estilo, no con ese montón de traidoras con las que creció y que le dieron la espalda a la primera y definitivamente no con la perra que trató de asesinarlo y además envenenó la mente de su hija.
Vivir, y dejarlos saber que seguía libre allí afuera y que en cualquier momento podría aparecer, tendría que bastar como castigo. De todos modos, Lincoln no se quedaría en ese lugar por mucho tiempo, no había nada que lo atase en realidad a ese pueblo y ni siquiera al Estado. Leni quizás se sentiría algo triste, lo extrañaría y trataría de enmendar las cosas entre los dos, lo que no resultaría porque ya no quedaba lazo alguno que salvar.
Su propia hija lo odiaba y lo consideraba un monstruo, así que estaba solo y… todo seguiría igual.
–Nunca debí haber venido–
–¿Quién será?–, se preguntó al escuchar el timbre del departamento en el que vivía. Teniendo en cuenta la semana que había tenido y el hecho de que prácticamente nadie lo conocía en los alrededores pues no estaba del todo contento con que lo molestasen en la puerta de su hogar.
Si eran testigos o algún otro idiota vendiendo salvación, o pidiendo dinero, o su firma, o cualquier otra cosa lo haría correr de inmediato, no estaba de ánimos para solucionar los problemas de los demás.
Desde que Haiku y Clyde lo traicionaron no volvió a salir de casa sin tener un arma a mano.
Espió por el ojo mágico, y se encontró con una de las personas a las que menos quería ver.
–Debería quedarme adentro–, pensó, –Aunque por otra parte… dudo que se vaya si no la enfrento, y quiero que se vaya–
Abrió la puerta de mala gana y se plantó bajo el marco, con los brazos cruzados a la altura del pecho y sin su máscara. El efecto fue de inmediato, la vio encogerse y retroceder asustada, dudosa, fuera de su zona de confort. No se trataba de su pequeña consulta en el centro comercial, ahora estaban afuera, en un territorio que Lincoln podía manipular a su antojo.
–¿Qué quieres?–, preguntó mordaz, asegurándose de escupir cada palabra con una dosis extra de veneno.
Cleo, para su crédito, logró reponerse lo suficiente como para ocultar en parte su nerviosismo.
–¿Puedo pasar?–
Su domicilio estaba comprometido y ella quería pasar, ¡perfecto!, ¡era justo lo que necesitaba!, apenas estuviese adentro se pondría a gritar y Sonette saldría de la nada a completar lo que había iniciado. Quizás hasta traerían a su traidor padre y madre para que se unieran.
–Primero responde–, demandó Lincoln, –Y no, no puedes pasar. No dejaré que una menor de edad entre en esta casa, y por cierto, tengo cámaras, así que no intentes nada–
–Lo seguí un día hasta aquí–, admitió Cleo, –Me tomó algo de tiempo, siempre esta cambiando de ruta como si lo siguieran o algo…–
Debía admitirlo, Cleo era lista, pero al mismo tiempo era peligrosamente ignorante de la clase de problemas en los que se podía meter. Lincoln usaba distintas rutas porque visitaba distintos lugares, y no todos esos lugares eran la clase de sitio en los que una chica como ella estaría a salvo.
–¿Qué quieres Cleo?–, preguntó nuevamente, –Solo dilo y luego vete, no quiero lidiar contigo ni con nadie–
–¡Quiero hablar!–, imploró Cleo, –¡Tan solo hablar!. Siempre he sido honesta con usted señor L, le prometo que no sabía lo que Sonette intentaría hacer algo así, me prometió que se comportaría–
Lincoln vio a la chica con algo de lastima, sin lograr entender su insistencia por charlar cuando obviamente la farsa entre los dos era historia. Ciertamente no mentía sobre Sonette, cualquiera pudo haber visto que estaba avergonzada y hasta asustada por el actuar de su hermana, pero no por ello podía dejarla penetrar sus defensas. Cleo, al igual que el resto de su familia eran el enemigo, incluso si ella no lo sabía, incluso si se negaba a aceptarlo.
Tarde o temprano todos elegían un bando, ella haría lo mismo.
–Hay un parque por aquí cerca, podemos hablar allí–, ofreció antes de agarrar sus llaves y partir.
Cleo lo siguió de cerca, pero no demasiado, quizás tratando de parecer elusiva y fallando de manera espectacular.
–Asumo que tu padre no sabe lo que estas haciendo–
Cleo tragó saliva antes de contestar, no necesitaba decirle todo al respecto, como Sonette había preguntado lo que pasaría en el hipotético caso de que el infame Lincoln Loud se apareciese.
Todavía resonaba en su cabeza la voz de su padre, nunca antes lo había visto tan molesto y siendo honesta, le aterraba un poco.
–Papá dijo que si te veía, te mataría–, admitió Cleo, –Bueno, no sabe que esta aquí pero Sonette me amenazó con abrir la boca si lo buscaba, pero ambas sabemos que no tiene el coraje–, se quejó.
–Así que no, papá no sabe nada, aún–
–Así que eso dijo…–, murmuró Lincoln haciendo tronar sus nudillos.
Cleo eligió ignorar esto último, ya tenía suficientes problemas a futuro como para arruinar su chance de saber más sobre el misterioso Lincoln Loud. Su curiosidad era insaciable y si lo hacía enojar estaba segura de que solo lograría espantarlo, cosa que no quería.
–Sonette está muy molesta, quería venir a buscarte–, comentó Cleo, –Creo que lo único que la detiene es lo cerca que estuvo de cometer una estupidez, pero al menos salió algo positivo de todo esto y está hablando con sus tías, nunca antes lo hubiese hecho–
Lincoln se detuvo de repente, justo a la entrada del parque.
Cleo tropezó y chocó contra su espalda, molesta, caminó hasta quedar frente a él y se quedó sin palabras. Recordó entonces que antes de salir, Lincoln olvidó ponerse su máscara por lo que su verdadera cara estaba expuesta. Las múltiples cicatrices se veían diferentes bajo el sol, creando una gama de colores que Cleo no podía dejar de mirar.
Solo recién notaba cierta rigidez en sus gestos, quizás, todo ese tiempo que pasó con él, charlando de nimiedades, le hizo olvidar el hecho de que en realidad no se conocían.
Si antes creyó que el enojo de su padre asustaba entonces el de Lincoln era completamente aterrador, Lincoln era aterrador y sin esa barrera que lo separaba del mundo era capaz de apreciar la extensión completa de sus emociones.
–¿Iba a acabar con lo que empezó?–, siseó, –¿Cortarme la garganta mientras tú me distraes?–
Cleo trató de sonreír, –No bromees con eso–, dijo, –Es… es bastante mórbido señor L, usted no es así–
Lincoln sacudió la cabeza, ¿por qué seguía perdiendo el tiempo con ella?, ¿de verdad estaba tan aburrido como para entretener la curiosidad de de Cleo?
Notando la creciente frustración de Lincoln, Cleo le tomó del brazo y lo llevó a una de las bancas. Sabía que lo estaba perdiendo y que en cualquier momento se iría por lo que no perdería más tiempo.
Tenía muchas preguntas por hacer, mucho que deseaba saber y temía quedarse sin respuestas.
–Sabes, desde que entraste a mi consulta quise saber más de ti–, confesó Cleo, –La mayoría de mis clientes solo esperan a alguien con quien charlar sobre lo que les pasa, quieren soluciones sencillas para los problemas que ellos mismos se provocan. La señora Parker fantaseando con un pasante diez años menor que solo tiene ojos para ella, el señor Rodrigues que cree ciegamente que su hija va a ser una cirujana, cuando en realidad, la señora Parker se siente menospreciada por su marido desde que sus hijos se fueron a la universidad, pero le es más sencillo jugar con lo que es a todas luces un depredador que destruirá su matrimonio y su vida antes que hablar con el pobre diablo, y el señor Rodrigues que no quiere ver que Jéssica apenas presta atención en sus estudios y que no es un aumento de peso ni una infección estomacal lo que la mantiene fuera de clases y en el departamento de uno de sus profesores. Todas estas personas siempre llegan con excusas señor L, excusas tan evidentes que es algo vergonzoso tener que explicarles que no deberían engañarse a si mismos–
Cleo suspiró profundamente, no queriendo pensar en muchas de las cosas que había escuchado. Le resultaba interesante la mayor parte del tiempo pero a veces se volvía agotador, los problemas con los que tenía que lidiar no eran siempre sencillos de resolver, muchas veces, no tenían arreglo.
–Y luego llegó usted, y todo fue diferente…–
La joven sonrió al recordar el primer día en el que habló con el elusivo señor L, lo asustada que estuvo al inicio antes de escuchar sobre el accidente y sentir compasión por el pobre, sin imaginar nunca que mezclaba verdades con mentiras, o peor, que era honesto sobre todo y ella no había sido capaz de identificar la manera en la que siempre parecía estar en control de la conversación.
A diferencia de los otros que iban y escupían todos sus problemas, Lincoln la hacía hablar a ella, la escuchaba y la trataba como a una igual, incluso si solo era para discutir nimiedades.
–Amo hablar con usted… ¡es decir!–, enmendó, –Es decir, que disfruto del tiempo que pasamos juntos. Sé que es trabajo, pero no se siente como trabajo, más bien, es tiempo que paso con un amigo–
Su expresión se tornó agria, Lincoln notó que los hombros de la joven cedieron y una molesta sensación de culpa invadió su conciencia.
–Quién diría que me estaba mintiendo–, susurró Cleo, –Parte de mi cree ciegamente que no lo hizo con mala intensión y que además, la decisión final siempre fue mía. Creo que si me hubiese negado, si te hubiese dicho que nos detuviéramos me hubieses hecho caso–
–Por otra parte–, añadió con una triste sonrisa, –Me usaste desde el inicio, me usaste y la verdad es que me dolió bastante, todavía duele–
Cleo cerró los puños y se limpió rápidamente las mejillas. Era cierto que su objetivo era hacerlo hablar y que lo que estaba haciendo en nada le ayudaría, pero luego de defenderlo por semanas, de discutir con Sonette y verse enfrentada a la decepción de sus padres si es que se enteraban de lo que hacía, que Cleo tuvo suficiente. Su capacidad de contención se vio sobrepasada.
No pudo evitarlo, ya no fue capaz de ocultar lo mucho que le afectaba el darse cuenta de que había sido una pieza en el juego de Lincoln.
–Entiendo que los odies, ¿ok?, de verdad lo entiendo Lincoln, perdiste una parte de ti y no te juzgo por estar enojado con ellos–
Lincoln no sabía qué hacer, no era bueno consolando mujeres, desde hacía muchísimo tiempo que no tenía la necesidad de hacerlo.
Cleo era apenas una niña, algo menor que Sonette, ¿no había sido Lisa así de grande la última vez que la vio?, Lisa… Lisa estaba bien, de acuerdo a Leni, su hermana mayor velaba por ella, para que no se consumiese en sus investigaciones, persiguiendo el siguiente gran hallazgo.
¿Había llorado así Lisa el día que descubrió que su hermano mayor ya no volvería?, o quizás… quizás se sintió aliviada al saber que estaría mejor sin tener que cargar con un nombre manchado como el suyo.
Lo habría visto del mismo modo que Cleo lo miraba, sabiendo que ese dolor que sentía era enteramente su responsabilidad, que él, por su propia mano, por sus actos, la había traicionado.
–¡Pero yo no te hice nada!–
Finalmente estalló, la recriminación esperada, el grito por retribución de alguien que lo veía tal y como era.
–¡Se supone que eramos amigos!, ¡que yo era tu amiga y me usaste!–
A su mente vinieron las voces de sus hermanas, los errores cometidos que en su momento le parecieron poca cosa pero que con los años comenzaron a afectarle. Podría haber sido… quizás… tal vez, el motivo por el cual le dieron la espalda fue más que las acusaciones de Haiku, era completamente posible que se sintiesen igual que Cleo.
–No–, farfulló su conciencia, –Ellas tomaron su elección, decidieron darme la espalda, decidieron que ya no sería parte de sus vidas y me abandonaron, pero yo no seré como ellas, ¡jamas seré como ellas!–
Lincoln hizo rechinar los dientes antes de rodear a Cleo con un brazo y palmear su espalda.
Quizás… quizás sus hermanas estarían mejor sin él, tal vez, el que ya no fuese parte de sus vidas era lo más sano para todos, pero no por ello dejó de preocuparse. Leni todavía recibía algo de dinero mes a mes en un par de cuentas, una para sus hermanas, la otra para sus padres, todo esto de parte de un supuesto premio de lotería que inventó.
Era posible que con el tiempo, terminaría por hacer lo mismo con Sonette y su hermana.
Cleo lo vio extrañada, con los ojos rojos y unas cuantas lagrimas todavía corriendo por su rostro, algo confundida, ¿y cómo culparla?, el mismo monstruo que la utilizó trataba de hacerla sentir mejor, sin mucho éxito o mejor dicho sin éxito alguno.
–Quizás sea para mejor, al fin se dará cuenta de que no debería confiar en cada historia triste que le cuenten y dejará de ser tan inocente–
¿Qué estaba haciendo allí?, no podía consolar a Cleo, no podía disculparse con Cleo, no podía hacer nada por Cleo del mismo modo que no podía hacer nada por su hija. Allí estaba un hombre adulto incapaz de excusar sus acciones a una pobre adolescente que de seguro nunca antes en su vida se tuvo que enfrentar a alguien que activamente buscaba dañarla, porque ese era el plan de Lincoln. Si seguía adelante iría directo en contra de la familia completa.
Sonette no se salvaría, ni Cleo ni nadie, las dos sufrirían por asuntos que no le concernían.
¿Y desde cuándo se preocupaba de lo que pudiese suceder con la hija de Haiku y Clyde?, estaba en todo su derecho a exponer a esos dos, a acabar con la felicidad desmerecida que tenían y arrastrarlos por el lodo, humillarlos y que los mismos traidores que le dieron la espalda viesen su error, que se diesen cuenta de que habían condenado a un inocente al exilio, solo que… solo que ya no se trataba solo de él, pues ahora debía considerar a esas dos.
Sonette lo odiaba y Cleo iba por el mismo camino. Acabarían como la familia que desconocía, los sobrinos a los que jamas vería.
Los padres para los cuales él ya no existía.
–Deberías volver a casa–, sugirió Lincoln, –Olvida que todo esto pasó y regresa con tu hermana, yo me iré más temprano que tarde, volveré a mis asuntos y toda esta experiencia quedará atrás–
Estaba listo para ponerse de pie cuando Cleo lo detuvo, sus delgados brazos eran más firmes de lo que parecían.
–Sigo enojada–, murmuró, –Pero no quiero que se vaya así, no quiero olvidar señor L–
De algún modo, la chica logró encontrar la manera de pegarse aun más a su cuerpo. No parecía posible pero así era.
–Además sé que lo siente, incluso si todavía no puede decirlo–
Sin saber qué otra cosa hacer acarició su cabello, e imaginó lo que se sentiría tener a Sonette a su lado y poder hacer lo mismo.
–Así que te perdono, ¿ok?, no tienes para qué irte porque te perdono–
La hija de Haiku y Clyde, la persona que representaba la peor traición que se pudiese haber cometido en su contra ofreciendo algo que Lincoln jamas podría dar, y allí estaba él, pidiendo perdón mediante sus gestos, y sintiéndose aliviado al saber que no lo odiaba al igual que Sonette porque por primera vez en años alguien era capaz de verlo y a pesar de todo aceptarlo.
Su vida sí era una puta broma, pero al menos, al menos… podía hacer algo por su hija, podía… pretender que había perdonado a esos dos, y ahorrarle a esa tonta niña una vida que no se merecía.
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