¡YAHOI! Pues aquí os dejo el de hoy. No tengo nada nuevo... Bueno, no, miento, sí ha pasado algo: ¿recordáis que hace un par de semanas os dije que igual me pasaba algo bueno? Pues bien: ha pasado. Solo que proviene de otra fuente distinta a la de la primera vez pero, eh, no importa la procedencia, solo que es posible que salga algo bueno de esto xD.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Prompt de hoy: medieval.
Mi laird
El ruido del entrechocar de las espadas y los escudos fue lo que despertó a la señora del castillo de Uzu aquella mañana. Los rayos del sol ya se colaban por las estrechas ventanas, y las pieles que normalmente ella y su doncella ponían para evitar que entrara el frío nocturno apenas lograban contener la luz matutina.
Con un suspiro, se dijo que ya debería haberse levantado hacía horas. Normalmente ya estaría a pie, pululando por el castillo, dando órdenes sobre lo que debía ser hecho allí dentro mientras Konohamaru, el soldado al que su marido había dejado a cargo de las defensas de su casa, se ocupaba de los hombres.
Pero ese día en particular no encontraba fuerzas para levantarse y hacerse cargo de sus deberes. Se levantó con dificultad y se sentó en la cama, con un suspiro. Se sentía pesada, hinchada y… triste. ¿Cuánto tiempo hacía ya que no tenían noticias? ¿Cuatro semanas? ¿Seis? ¿Ocho?
El pequeño ser que llevaba en su vientre se removió y ella se llevó la mano al lugar, tratando de apaciguarlo. Estaba a punto de levantarse y vestirse para empezar el día―no podía quedarse encerrada en su alcoba lamentándose―cuando escuchó unos apresurados pasos acercándose por el pasillo, seguidos de unos enérgicos golpes en la puerta de la habitación.
―Adelante―dijo, con voz suave pero firme, denotando así el rango que ostentaba en aquella casa.
―¡Mi señora, ya está despierta!―El ama de llaves del castillo, Natsu―que había venido con ella en calidad de doncella cuando se casó y tuvo que mudarse al hogar de su marido, ahora el suyo―, hizo su aparición en el cuarto de su ama―. Me tenía preocupada, pero todos coincidimos en que debía descansar. El laird fue muy claro en su última visita. ―Hinata sonrió a la mujer, que ya se movía por la habitación, quitando las pieles de las ventanas para airear la estancia, buscando un vestido adecuado para su señora en el baúl y guardando la que traía en las manos―. ¿Quiere que le pida un baño, milady?―Estuvo tentada a decir que sí, pero no quería ni podía retrasar más el tener que ocuparse de sus deberes.
―No, Natsu, gracias. Solo… ayúdame a vestirme. Estoy que reviento. ―Natsu sonrió mientras asistía a la joven, ayudándola a quitarse el ligero camisón de dormir.
―Es normal, señora, en esta etapa del embarazo. La comadrona dijo que está a punto de dar a luz. Recuerdo que su madre también refunfuñaba todo el rato cuando estaba embarazada de usted y de lady Hanabi, especialmente los últimos días. ―La mención de su madre trajo un velo de tristeza y melancolía a la señora del castillo.
―Me pregunto cómo lo llevaba ella… ―Natsu terminó de pasarle un vestido limpio por la cabeza y luego le acercó unas delicadas zapatillas de seda acolchadas. El señor las había mandado hacer especialmente para su esposa cuando se percató de que se le dificultaba andar a causa de la hinchazón de los pies, producto del embarazo. Un embarazo que ambos habían recibido con harto regocijo, puesto que llevaban tiempo buscando engendrar un hijo.
No solo por el tema de tener un heredero que asegurara la continuidad de la sangre, sino porque los dos deseaban afianzar aún más su relación y ella siempre había querido ser madre. Además, por todos era sabido que el laird era incapaz de negarle nada a su esposa.
―Su madre tuvo dos embarazos bien distintos: con usted fue todo tranquilidad y armonía; sin embargo, con lady Hanabi lo pasó realmente mal. Tenía muchas náuseas y se cansaba enseguida.
―Lo mismo que yo con este pequeño… ―Natsu sonrió ligeramente mientras hacía a su ama sentarse junto a la ventana y empezar a peinarle y trenzarle el precioso cabello negro azulado.
―¿Sigue pensando que será un varón?―Ella asintió.
―Así lo siento en mi corazón, Natsu. ¿Crees que estoy loca?―Natsu terminó de hacerle la trenza y negó con la cabeza.
―En absoluto, milady. Una madre siente esas cosas. ―La ayudó a levantarse y la acompañó fuera de la habitación.
―¡Lady Namikaze! ¡¿Adónde va?!―Tanto Natsu como la ama del castillo pusieron los ojos en blanco y se giraron hacia el nervioso soldado que avanzaba corriendo hacia ellas―. ¡Permitidme escoltarla hasta el comedor!
―Dios nos libre de los hombres sobreprotectores―gruñó Natsu.
―Gracias, Udon. Te lo agradezco. ―El joven soldado hinchó el pecho con orgullo y le ofreció ceremoniosamente su brazo para ayudarla a sortear los grandes escalones de piedra que discurrían hacia la planta baja.
―Me adelantaré y pediré que le sirvan un buen desayuno en el comedor. ―Natsu desapareció escaleras abajo presurosa. Era menester que su señora se alimentase como debía.
―Con cuidado, mi señora. Aquí, apoye el pie, eso es…
―¿Sabes, Udon? Creo que podré bajar lo que queda yo sola. ¿Por qué no vas a entrenar al patio con los demás hombres?―El guerrero quedó horrorizado ante su sugerencia.
―¡De ningún modo, mi señora! ¡El laird fue muy explícito en sus instrucciones la última vez…
―Ya, entiendo―casi gruñó ella. El soldado se ruborizó y terminó de asistirla en sortear las escaleras.
―Lady Namikaze…
―Hinata, Udon. ¿Cuántas veces tengo que recordároslo?―Udon enrojeció de nuevo.
―Jamás se me ocurriría faltaros al respeto de esa manera, milady, ni faltárselo tampoco a mi laird tratándoos sin la merecida cortesía. ―Hinata gruñó por enésima vez en el día.
En otro momento tal vez discutiría con él e insistiría en que le diese un trato más familiar y cercano, pero esa mañana no tenía ganas ningunas de entablar una discusión que sabía inútil: los hombres de su marido lo respetaban demasiado como para prescindir de los tratamientos de cortesía que tradicionalmente se prodigaba a la alta nobleza.
Le dio las gracias por su ayuda al soldado y se encaminó hacia el comedor, donde una criada terminaba de disponer un opíparo desayuno a base de pan, queso, leche fresca y un cuenco de gachas con miel. Se le hizo la boca y se apresuró a sentarse en su lugar habitual, tras la mesa alta destinada a los gobernantes del castillo y al lado de la silla central en la que se sentaba el laird del castillo en todas las comidas.
Su mirada se detuvo un segundo en aquella regia silla para luego concentrarse en su desayuno. Su apetito se había desvanecido en gran medida, pero el bebé que cargaba en su interior le exigía alimento, así que se obligó a comerse todas las gachas y a tomar varias rebanadas de pan con queso. El niño le chupaba demasiada energía durante el día y por la noche apenas la dejaba descansar últimamente, como si notara su propia agitación y ello le impidiese estar tranquilo durante el sueño.
«Maldita guerra y malditos ingleses» pensó mientras daba buena cuenta de la leche de cabra recién ordeñada. Dejó la copa ya vacía sobre la mesa con un suspiro y se levantó. Dos criadas aparecieron de la nada para recoger los restos de su desayuno, así como sus ojos captaron a los dos soldados apostados a las puertas del comedor.
Su marido era un obseso de la seguridad. Tendría que tener una conversación con él cuando volviera…
«Si es que vuelve». Sacudió la cabeza para quitarse tan funesto pensamiento de la cabeza. Su hijo se revolvió en su vientre, como si él también rechazase categóricamente aquella posibilidad.
―Lo sé, pequeño, lo sé. Mamá no volverá a pensar algo semejante. Te lo prometo. Papá volverá. Lo prometió. Y él… él es un guerrero que siempre cumple sus promesas… ―Se le llenaron los ojos de lágrimas y trató de limpiárselas con el dorso de la mano, pero fue imposible detenerlas.
Se apoyó contra la pared del castillo y se dobló sobre sí misma, tapándose la boca con la mano para ahogar sus sollozos desesperados.
No podía evitarlo, estaba preocupada. Su esposo llevaba semanas sin dar señales de vida. Ningún mensajero había venido con noticias del frente. Todos en la fortaleza temían lo peor, después de tantas semanas sin nueva alguna.
Cuando consiguió calmarse se incorporó y respiró hondo, con los ojos cerrados. Ahora debía de presentar un aspecto horrible. Subiría un momento a lavarse la cara y a retocarse el pelo. La esposa de un laird debía presentar un aspecto impecable en todo momento.
Con ese pensamiento, empezó a subir las escaleras de vuelta a su cuarto. El reciente llanto la había dejado exhausta. Tal vez sería buena idea que se echara un rato. Nadie se lo reprocharía y Natsu ya sabía cómo dirigir un castillo. Podrían apañárselas una mañana sin ella…
Estaba a medio camino cuando una punzada de dolor le atravesó el vientre. Alarmada, se llevó las manos a la tripa. El bebé se removía, inquieto, como si estuviera luchando contra algo o alguien. Esperó unos minutos pero el dolor no volvió a repetirse, por lo que continuó el lento ascenso, con cuidado. Estaba casi llegando al final de la escalera cuando de nuevo el dolor la atravesó. Jadeó, apoyándose contra la pared. Aquello… aquello no era normal. El miedo la paralizó. No obstante, cuando el dolor la golpeó por tercera vez, salió de su trance y empezó a chillar como una loca, llamando a Natsu.
La asustada criada llegó a todo correr a junto de su señora.
―¡Milady! ¿Qué… ―Hinata se aferró a su sencillo vestido de trabajo, con la cara transfigurada por el dolor.
―E-el bebé… e-el niño… a-algo… ―De nuevo, el dolor se hizo presente, provocando que aprestase los dientes.
Una sombra de entendimiento cruzó por el rostro de Natsu, que enseguida se hizo cargo de la situación. Se cogió a la cintura de su señora y puso el brazo de ella sobre sus hombros.
―Vamos, milady. Apóyese en mí, eso es…
―Na-Natsu… ¿q-qué… ―Natsu sonrió ampliamente.
―No ocurre nada malo, señora. El niño quiere salir, eso es todo. ―Hinata pestañeó, mientras se sostenía la barriga hinchada con su mano libre.
―¿E-es la hora?―Natsu amplió su sonrisa y asintió.
―Es la hora, lady Namikaze. ―Hinata respiró hondo en un lapso en que el dolor le dio tregua y asintió.
Su deber era darle un hijo a su marido, y lo llevaría a cabo con toda la dignidad de la que debía hacer gala una mujer de su posición.
Dejó que Natsu la ayudase a desvestirse y colocarse sobre la cama. La comadrona fue mandada a venir y no tardó ni media hora en personarse en el castillo.
―¿Cómo se encuentra, milady?―Hinata esperó a que el atroz dolor remitiera para contestar.
―Machacada―murmuró. La comadrona asintió, comprensiva, mientras se lavaba las manos con el agua fresca de una jofaina que habían mandado llevar a la habitación.
―¿Ha roto ya aguas?―Esta vez fue Natsu la que contestó.
―Aún no. Solo el dolor previo al parto.
―Bueno, eso no es malo. Vamos, lady Namikaze, incorpórese… eso es. Ahora, póngase en pie… Dé vueltas por la habitación. Así propiciaremos que la criatura se coloque, así como que rompa aguas… ―Hinata obedeció todas las instrucciones de la comadrona. A veces debía detener su andar y dejar que Natsu le masajeara la espalda, dolorida por causa del esfuerzo.
El dolor iba cada vez a más y, cuando creía que no podía soportar más, sintió como líquido le manchaba las piernas.
―Oh, Dios… ―Natsu y la comadrona se sonrieron.
―No pasa nada, milady. Esto es normal. Ahora, vuelva a la cama…
―¡N-no puedo! ¡De-debo cambiarme antes…
―No es necesario, señora, hágame caso que sé de lo que hablo. Cualquier prenda que se ponga ahora solo acabará inservible. Mejor una que varias. ―A regañadientes, Hinata dejó que la volvieran a tumbar sobre las pieles del lecho en el que descansaba todas las noches y que normalmente compartía con su marido.
―Abra las piernas, milady, dóblelas así… ―Hinata contuvo la respiración cuando sintió la mano de la comadrona explorar en su parte más íntima. Un furioso sonrojo se adueñó del rostro femenino.
―¡¿Qué está…
―Bien, esto está ya casi a punto, milady. Ahora, con la siguiente contracción, necesito que empuje con todas sus fuerzas, ¿de acuerdo?―Hinata asintió, su cara rebosante de sudor por el esfuerzo de intentar mantenerse estoica. Cuando sintió de nuevo aquella ansia de empujar, la comadrona le dio la orden―. ¡Ahora, milady: empuje!―Hinata obedeció y empezó a hacer fuerza con todo lo que tenía.
Estuvo así durante un par de horas, entre jadeos, gemidos y chillidos de dolor que ya no podía seguir conteniendo. Aquello era insoportable. Las pieles del lecho estaban húmedas y manchadas de sangre. Natsu y la comadrona la alentaban y le enjugaban el sudor del rostro.
―¡Venga, milady, siga así, lo está haciendo muy bien!―Hinata no contestó, incapaz de hablar por causa del esfuerzo monumental que traer a su hijo al mundo el exigía.
Las horas siguieron pasando y abajo, en la plantaba baja del castillo, todos sus habitantes rezaban y miraban hacia el techo cada vez que un grito femenino reverberaba por las paredes.
―Jesucristo―musitó uno de los guerreros. La mayoría de los hombros estaban pálidos como muertos, preguntándose qué clase de demonio hacía a su dulce señora chillar como un animal herido. Las mujeres, por su parte, susurraban excitadas y se dedicaban a sus quehaceres, sabedoras de que aquel calvario era por lo que todas pasaban para traer niños al mundo.
Pero las horas pasaban y los gritos perdían intensidad, como si la persona que los emitía estuviese perdiendo las fuerzas y los ánimos. Aquello fue lo que hizo que las criadas y las esposas de los guerreros tornaran sus expresiones de regocijo en honda preocupación. Aquello era mala señal, muy mala señal…
Tan sumidos estaban en los acontecimientos que nadie se percató del estruendo de caballos y el entrechocar de armaduras que se acercaba a la fortaleza de Uzu. Nadie fue consciente de los gritos excitados de los rezagados que se habían quedado en la entrada cercana al foso ni de los guardias encargados de la vigilancia de las puertas.
No fueron conscientes de lo que ocurría hasta que varias figuras altas y robustas, enfundadas en cotas de malla y con espadas a la cintura irrumpieron en el comedor, alborotando a todos los presentes.
Uno de los guerreros recién llegados, el más alto y de aspecto más imponente, se adelantó y se quitó el casco que había protegido su cabeza todo el camino hacia allí. Unos cabellos dorados como el sol refulgieron ante las velas que alumbraban la principal estancia del castillo.
―¡Mi señor!
―¡Laird! ¡El laird ha vuelto!―Todo el personal de la fortaleza se volvió a mirar a los recién llegados, explotando en vítores y exclamaciones de felicidad por la vuelta sano y salvo de su señor.
―¿Se puede saber qué hacéis todos aquí parados como muertos'ttebayo? ¿Es que alguien ha pasado a mejor vida o- ―Un grito enmudeció a todos los presentes e hizo que el amo y señor del castillo levantara bruscamente la cabeza hacia el techo.
Aquella voz… la reconocería en cualquier parte.
―¡Knohamaru! ¡¿Qué está pasando?!―exigió, yendo ya hacia la entrada del comedor.
―¡Señor es… es lady Namikaze! ¡Ella… ―Otro chillido los hizo quedarse congelados en el sitio.
―¿Ella qué?―Gruñó, haciendo acopio de voluntad para no salir corriendo en pos de su esposa, preocupado por lo que pudiera estar pasando en sus aposentos privados.
―¡E-es el bebé, laird! ¡La criatura ya viene!―Aquellas palabras hizo que el rostro del aguerrido señor del castillo se pusiera pálido.
Sin necesidad de más explicación, subió los escalones de dos en dos. Sabía que no debía hacerlo, que debía esperar abajo junto al resto de sus hombres y de sus siervos, que debía aguardar a que el niño naciera y la comadrona fuera a buscarlo para darle la noticia de si había sido un varón o una hembra.
Pero sabía lo suficiente sobre alumbramientos como para saber que no todas las mujeres tenían la fortuna de sobrevivir a sus hijos más de unos segundos o minutos. El parto era la primera causa de muerte entre las mujeres jóvenes.
Atravesó a la carrera el pasillo y se lanzó contra la puerta de su habitación, abriéndola de un empujón brusco que no alteró en lo más mínimo a las dos mujeres que atendían a su esposa.
―¡Hinata!―Esta hizo un esfuerzo por abrir los ojos y giró la cabeza. Sus orbes perlas se abrieron ligeramente al verlo y una débil sonrisa cruzó sus rasgos.
―Na-Naruto… ―llamó, obviando la buena educación que había recibido desde la cuna. Él se apresuró a llegar a su lado y tomarle la pálida y temblorosa mano entre las suyas, arrodillándose a su vera.
―Mi amor, ya estoy aquí…
―E-estás aquí…
―Estoy aquí, cariño… ―Un nuevo espasmo de dolor la recorrió y Hinata volvió a gritar, lo que hizo al corazón del laird encogerse―. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué estás sufriendo así?
―Mi señor, le ruego que salga y nos deje a nosotras. Esto es cosa de mujeres…
―Mi esposa está sufriendo. No pienso moverme de aquí―giró su mirada hacia ella―. Me necesita―murmuró, apretándola la mano para darle su fuerza si la de ella no era suficiente. Hinata abrió los ojos y le sonrió de nuevo, como diciéndole que todo estaría bien ahora que él había vuelto a su lado―. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Hay algo malo con el niño…
―El bebé es demasiado grande, mi señor. Por eso… ―Una nueva contracción hizo a Hinata gritar. Naruto sintió la angustia recorrerlo pero no dejó que aflorara. Hinata lo necesitaba fuerte como una roca, y así sería hasta que el bebé hubiese nacido…
Vivo o muerto.
Sabía que era un mal padre al pensarlo, pero para él la vida de su esposa era más importante que la del bebé. Si el niño nacía sin vida, lo lamentaría, por supuesto, y estaba seguro de que el dolor casi mataría a Hinata. Pero si ella sobrevivía podrían tener otros…
Hinata gritó nuevamente y él se inclinó sobre su frente y se la besó.
―Estoy aquí, Hinata, estoy aquí. ¿De acuerdo? Estoy aquí―repetía una y otra vez, como una letanía.
―¡Veo la cabeza! ¡Eso es, milady, siga así!―La comadrona encargó a Natsu la tarea de vigilar la salida del bebé y fue a buscar un cuchillo largo y bien afilado que cargaba en esas situaciones extremas en que el canal de la madre era demasiado pequeño para el tamaño del niño. Desinfectó la hoja con algo de alcohol y luego lo acercó al cuerpo de la doliente madre. Sumida en un pozo de sufrimiento, Hinata ni notó la pequeña incisión en su parte más íntima. Aquel espacio extra hizo que el pequeño se deslizara finalmente fuera del cuerpo de su madre.
Un llanto ensordecedor hizo eco por toda la habitación. Hinata abrió los ojos como platos y miró embelesada para el bultito rubio que Natsu envolvía en una mantita.
―Na-Natsu… ―La criada esperó a que la comadrona cortara el cordón y lo anudara y luego se dirigió hacia la cabecera de la cama.
―Es un niño precioso, milady. Precioso… ―A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas mientras cogía a su hijo en brazos, el cual lloraba a lágrima viva.
―¿E-es un varón?
―Fuerte y sano, mi señora―dijo la comadrona, mientras cosía rápida y hábilmente la herida que había tenido que infringirle a su ama.
―M-mi laird… ―Naruto se permitió soltar una lágrima y abrazó el cuerpo sin fuerzas de su esposa, aliviado y feliz. El bebé seguía llorando y Hinata lo acercó a su pecho para abrazarlo y besarle la rubia cabecita.
―Bienvenido al mundo, pequeño guerrero… ―dijo su padre, poniendo su mano aún con los guantes de batalla puestos sobre la de su mujer. Hinata se recostó en su pecho y cerró los ojos, dispuesta ahora a descansar.
―Bienvenido al mundo, Boruto Namikaze… ―Y con un suspiro se quedó dormida.
Naruto sonrió y la acomodó mejor contra él. No le importaba. Tenía a su pequeño y a su esposa sanos y salvos, junto a él.
Y les quedaban muchos años juntos.
Muchos, muchos años juntos.
Fin Mi laird
Bueeeeeeeeeeeeno, pues uno más. Ya nos acercamos al final del Mes NaruHina, ¿qué os parece? Me apetecía desde hace tiempo escribir algo relacionado con la Escocia medieval (luzangie, tú tienes la culpa de mi obsesión con los celtas y las Highlands, que lo sepas), así que aquí lo tenéis. Espero haberlo hecho medianamente bien xD.
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Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
