LUDO BAGMAN

IMPRUDENTE


—¡Aquí están mis chicos!

Fred y George se miran extrañados. No ven al hombre desde el fatídico Torneo de los Tres Magos y de eso ya hace varios años. Pero Ludo siempre ha sido así: jovial, alegre, precipitado. Tomarse confianzas de más es su gran defecto.

—Os han jodido, ¿verdad? Sé lo que es estar fastidiado por el Wizengamot, ¡claro que lo sé! —Parlotear sobre si mismo también se podría catalogar como una de sus imperfecciones—. Pero bueno. No os preocupéis porque estáis aquí, conmigo. Vamos a hacer que este segundo mes de trabajos comunitarios se os pase rápido, ¿vale?

Pasa un brazo por los hombros de los chavales y mira al horizonte.

—¡He conseguido que limpiéis el campo y los vestuarios de las Avispas de Wimbourne! ¿No es maravilloso?

Fred está a punto de darle un guantazo. George hace una mueca y se cruza de brazos. Ambos piensan lo mismo: podía haber sido peor.

Ludovic les da un par de palmadas sobre los hombros y toma la delantera. De alguna manera se identifica con su imprudencia. Tal vez porque la juventud que tienen es contagiosa, o porque al hombre le encantaría volver atrás.

Podría haberse ahorrado el paseo. Porque ser el Jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos hace tener a todo un séquito de becarios a disposición, para que uno pueda ahorrarse esas arduas tareas. Pero son los hijos de Arthur, al fin y al cabo; y él es un hombre aburrido, demasiado activo para un despacho.