No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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Los tres lobos se vistieron en la choza junto a un fuego pequeño.
—Dios mío. Por todos los dioses, ¿visteis cómo corría? —susurró el gran gris—. Qué cazadora será. Hubiese podido atrapar a aquella cierva de haberlo querido.
—Es bella —reconoció el rojo—pero altiva. Se siente atraída, lo he visto. ¿Por qué no se te unió en una pequeña, digamos, aventura? A los dos os habrían gustado unos revolcones.
—Quiero algo más que revolcones con ella —dijo el gris—. Aunque, por Dios, también los habrá.
—Yo creo —dijo la negra mientras se ponía su vestido— que no entiende lo verdaderamente libre que es. Es tímida, pude sentirlo, e ignora sus propios poderes. Algo tan simple como cazar ratones fue toda una revelación para ella.
—Su herida me inquieta. Muy pocas cosas nos pueden hacer un daño que sobreviva al cambio.
—No era una herida normal. Lo supe cuando mi lengua la tocó. Sólo el cielo sabe por qué tormentos pasó antes de que pudiésemos rescatarla. Cuando la encontramos no esperaba a su propia especie, sino a nuestros primos salvajes. Tú propusiste que corriésemos por la Campania esta noche —dijo la loba negra al gris.
—Sí, tenía una segunda intención. Esperaba encontrarla allí. Es donde iría yo si viviese en esta ciudad hedionda.
—Oh, no creo que la ciudad sea tan mala —comentó el lobo rojo—. Me parece que estoy aprendiendo a disfrutar de ella.
—Sí —respondió secamente la negra—, ya sé de qué disfrutas. ¿Es así como has cogido las pulgas?
—Yo no tengo pulgas —dijo el rojo mientras se rascaba vigorosamente las costillas y se deslizaba en su camisa.
—Lo que tú digas —repuso la negra en tono malicioso—. Pero mantente lejos de mí hasta que te hayas bañado y despiojado.
—Aun como cambiaformas —dijo el gris— eres un verdadero guarro, Emmett.
—Atrapa lo que puedas, Edward. Y entre una cosa y otra, yo atrapo un montón.
—De pulgas, sobre todo —dijo Matrona.
—Hay más de una perra en el bosque —dijo Emmett—. Conocí a una cosita muy linda que vive junto al Foro nuestra primera noche en la ciudad.
—¿Perra o mujer? —preguntó Edward.
—Por como olía, ambas. Lo hicimos de una manera, luego de la otra y después de las dos. Quedó muy impresionada por cómo traté a mis rivales. Sí, no era demasiado pulcra, pero ¿qué son unas pocas pulgas entre amantes?
—Pervertido —dijo Matrona.
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Isabella despertó varias veces de su largo sueño. Una vez vio a Tony mirándola, con Esme a su lado. No había rastro de la enfermedad en su cuerpo. La besó castamente en la frente, y entonces ella volvió a dormirse.
Despertó de nuevo por un abrazo de Alice. Oyó la voz de Esme riñéndola en segundo plano.
De nuevo se alejó flotando en el letargo. Por fin despertó espontáneamente, del todo consciente. Una franja de luz matinal entraba a través de la estrecha ventana. Se sentó y vio que Esme había preparado ropa para ella. Había una camisa blanca y un vestido sobre una silla cerca de la cama.
Bostezó y se puso en pie, y estaba vistiéndose cuando Esme entró en la estancia.
—Por fin. Sal cuando hayas terminado, estaba a punto de tomar mi desayuno. Reúnete conmigo, tenemos mucho que discutir.
Isabella siguió a Esme a un pequeño jardín separado del atrio principal. Era retirado y discreto. Había flores de aspérula alrededor de un estanque de peces y sobre las paredes encaladas de los almacenes que rodeaban el lugar.
—Soy una auténtica perra por las mañanas —dijo Esme—, y los sirvientes raramente me molestan aquí.
Había una mesa de mármol a la derecha del estanque, y dos sillas con cómodos cojines. Isabella se sentó en una de ellas y Esme en la otra.
—Creo que encontrarás esto un poco más sustancioso que el desayuno romano habitual. No sigo la costumbre de empezar el día con pan seco, vino agrio, y quizá, si estás de humor para lujos, unos higos. Uno nunca sabe qué dificultades traerá el día, y prefiero estar bien fortalecida.
Mirando la mesa, Isabella decidió que la idea de fortalecimiento de Esme era más que adecuada. La mesa ofrecía pechuga fría de capón cortada en lonchas con una salsa de vino de pasas, pan caliente recién hecho, miel, mantequilla y queso blanco, todo ello servido con un suave vino blanco ligeramente aromatizado con albahaca.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó entre bocado y bocado.
—Todo el día de ayer —contestó Esme— y la noche entera.
Isabella suspiró.
—Estaba cansada.
No dijeron nada más hasta que despacharon su comida y se relajaron sobre sus copas de vino. Esme frunció el ceño.
—Tengo algunas malas noticias para ti, he preferido guardarlas hasta que terminaras el desayuno, no quería estropear tu apetito. Pero debes saber, Isabella, que tu futuro marido está aquí en Roma.
Una oleada de sorpresa silenciosa recorrió a Isabella. Bajó la mirada a la copa de vino en su mano, una hermosa pieza de cristal opalescente que parecía nácar. La puso cuidadosamente en la mesa de mármol. Sus manos temblaban.
—¿Y? —preguntó.
—Vaya, estás muy tranquila.
—Recuerda que llevo algún tiempo esperando esto. ¿Qué debería hacer? ¿Chillar? ¿Llorar? ¿Correr de arriba abajo, arañándome la cara, y arrancándome manojos de pelo? No, Esme, sea lo que sea, no soy así. ¿Le has visto? Cuéntame, ¿cómo es?
—En tu posición, las noticias son lo peor imaginable. Yo no le he visto, pero despaché a Tanya para recibirle en Ostia.
—¿Tanya?
—Sí —dijo Esme—. Gimoteó e hizo ruidos patéticos, pero me debe algo por haber ayudado a ese despreciable tío tuyo. En cualquier caso, me informó de que no es viejo. Yo había esperado que lo fuese. Los hombres mayores duermen profundamente de noche y piensan mucho en sus estómagos e intestinos. Una joven atractiva puede llevarles tirando de la nariz sin dificultad. Y lo que es peor, tampoco es afeminado. Esos hombres son todavía más fáciles. Basta con ignorar sus pequeños pecadillos y ofrecerles la honesta amistad que uno brinda a una amiga simpática. Pero no ha habido suerte. Es un hombre sano y en la flor de la vida. Tanya le encontró inteligente, cortés y bien hablado. Opina que eres una mujer muy afortunada. Dijo que era impresionantemente lúcido para tratarse de un bárbaro.
Isabella echó la cabeza hacia atrás durante un segundo y contempló el luminoso cielo azul del otoño. Cerró los ojos y se llevó dos dedos a los párpados. Una voz en su mente habló con claridad.
Tienes que matarle.
—No —susurró—. No. No quiero hacerlo.
Bajó la cabeza y abrió los ojos. Parecía que hubiese pasado un largo tiempo. Se encontró mirando la cara de Esme. La mirada de la mujer era plana y opaca. Estaba sonriendo con dureza.
—Sí—dijo, contestando a los pensamientos de Isabella—. Ya sé que no quieres, pero cuanto menos se diga, mejor. Las paredes tienen oídos.
—¿Puso alguna objeción al contrato matrimonial?
—No. Carlisle lo hizo redactar por la cancillería de palacio. Edward lo vio.
—¿Sabe leer?
—Eso parece, porque Carlisle dijo que preguntó algunas cosas sobre lo estipulado, aunque no tuvo objeciones serias.
Isabella asintió.
—Gracias al cielo.
—Tu agradecimiento es prematuro, querida. Una vez fuera de Roma, el contrato es simplemente un pedazo de papel. No hay forma de que el rey o el papa puedan obligarle a cumplirlo en las montañas.
—No lo sé —dijo Isabella mordiéndose el labio—. Querrá progresar, y el rey es muy celoso de su honor. Abusar de mí provocaría la ira real.
—Sí, y debes presentarte como el camino al favor real. Tengo un plan para ello... lo que me lleva a la fiesta de compromiso. Será esta noche, en una de las villas de Tanya. — Esme sacó una tablilla de cera de los pliegues de su vestido y la puso sobre la mesa—. Vestirás de blanco. Seda, ligeramente bordada con margaritas doradas. Ahora hay un conde franco en Roma. A propósito, él proporcionó los mercenarios francos que custodian mi villa. Se llama Sam, es gordo, y tiene los ojos de algo que podrías esperar encontrarte saltando sobre las flores en un día húmedo, pero mueve tus pestañas hacia él y habrás encantado al sapo. No diré que el rey de los francos confíe en él, pero sí que le usa con frecuencia. Estoy segura de que llevará noticias a Aro sobre el premio que ha recibido el tal Edward. Con un poco de suerte, serás convocada a la corte y ese desdichado matrimonio no durará mucho.
—No lo sé, Esme. Supongamos, sólo supongamos, que puedo llegar a un arreglo con ese Edward. ¿Qué pasaría entonces?
—No hay remedio. Sam tiene que ser invitado a tu boda en todo caso. E impresionarle ayudará a tu causa, pero esto no es la parte más importante de mi plan, sino sólo una posibilidad marginal. Piensa, niña —dijo Esme, alargando la mano y dando unos golpecitos en la frente a Isabella—. No importa lo que pase, vas a estar sola con ese hombre durante varios años.
Isabella asintió de nuevo.
—Lo que planeo —continuó Esme— es enviar esta misma tropa de mercenarios a las montañas contigo. No creo que tenga problemas para persuadir a Sam de que sería una buena idea. Una garantía adicional de la lealtad de Edward, podríamos decir.
—Ya veo, asegurarían el cumplimiento del contrato matrimonial.
—Eso es. Lo que nos lleva a otra complicación.
—Eleazar —dijo Isabella en tono desanimado.
Esme alzó sus cuidadas cejas y sonrió a Isabella con satisfacción.
—Una chica lista —dijo—. ¿Cómo lo has sabido?
—Porque conozco a Eleazar. Él tendría el mando nominal de los mercenarios, y empezaría a corromperles de inmediato. Cuando terminase, no serían leales a nada ni a nadie más que a él.
Esme se rió brevemente. Después se echó hacia atrás en su silla y miró a lo lejos, con una débil sonrisa en los labios.
Isabella sintió un frío miedo arrastrándose sobre ella.
—¿Qué planes tienes con respecto a Eleazar?
Esme se inclinó sobre la mesa para servirse otra copa de vino. Su cara estaba muy cerca de la de Isabella.
—Pienso —dijo muy suavemente— hacerle estrangular.
Isabella se levantó de un salto.
—¡No! —gritó.
—Eso es —siseó Esme—. Díselo al mundo entero.
La joven se sentó de nuevo rápidamente.
—No —repitió con más discreción.
—¿Por qué? —replicó Esme en voz baja—. ¿Tanto le quieres?
Los puños de Isabella se crisparon. Miró la superficie de la mesa.
—Es un asesinato. Un asesinato.
—¿Se te ocurre otra solución?
Isabella no contestó. Estaba recordando al fantasma del río ardiente, la herida en su pecho.
—Charles le perdonó.
—¿Quién?
—Mi padre. Me encontré con él en el mundo más allá de la muerte. Había perdonado a Eleazar.
Esme hizo un gesto vacilante con la mano, como para eliminar a Isabella de su vista. Se puso la barbilla en el puño y se acercó a ella.
—A ver si lo entiendo. Dices que te encontraste con tu padre en el mundo más allá de la muerte. ¿Cuándo? ¿Cómo?
—La noche que salvé a Tony. Viajé al otro mundo, y me encontré con mi padre allí. Todavía conservaba la herida que le hizo Eleazar.
—¿Puedes hablar con los muertos? —preguntó Esme, sin aliento.
—Sí. Vi a la Abadesa Maggie en el convento. Estaba muerta. Las monjas se asustaron.
Esme se echó hacia atrás y lanzó un aullido. Isabella se sobresaltó, temiendo que su amiga estuviese sufriendo una especie de ataque, y entonces se dio cuenta de que se estaba riendo.
—Las monjas se asustaron. Oh, Dios mío —rió—. Oh, Madre de Dios. Oh, Hijo de Dios. Imagino que lo harían. No me extraña que Kate tuviese tanta prisa en librarse de ti. La noche que huiste, les envié un mensaje diciendo que estabas aquí. Acudieron a Carlisle al día siguiente, dándole todo tipo de razones por las que debería dejarte a mi cuidado. El intento de envenenamiento, los ataques de histeria de la hermana Angélica... todas las explicaciones menos la auténtica. Oh, oh, oh... —Cada "oh" era un hipido de risa—. Muchacha, eres una compañía muy incómoda.
Entonces la alegría de Esme cedió. La mujer dejó de reír y empezó a frotarse los ojos. De pronto, otro pensamiento pareció golpearla. Sus ojos exploraron rápidamente el pequeño jardín.
—No verás a ninguno por aquí, ¿verdad?
—No.
—Gracias al cielo por los pequeños favores —dijo Esme, meneando la cabeza.
—Pero —explicó Isabella, vacilante—, no siempre lo sé cuándo los veo. A veces parecen tan mortales...
Aquello volvió a inquietar a Esme, y pasó un rato antes de pudiese controlarse. Cuando lo hizo, una expresión dura y bastante fría se arrastró por sus ojos.
—¿Viste a Carmen?
—Sí —dijo Isabella. Apartó la mirada de Esme, desviándola hacia un macizo de flores blancas y brillantes bajo el sol—. Está en el infierno.
—Y espero que se pudra allí—replicó Esme. Extendió la mano y asió a Isabella por la muñeca—. Mírame, muchacha. —La expresión de Esme era resuelta e implacable—. Puede que tu padre perdonase a Eleazar. Supongo que dices la verdad, y te lo encontraste en un mundo al que los mortales comunes no tenemos acceso. Pero tú no tienes el lujo de la generosidad de tu padre, no puedes permitírtelo. Él está muerto y nada puede dañarle. Está muy bien olvidar las afrentas pasadas, pero deberías pensar en el daño que Eleazar puede hacerte en el futuro.
Hacía más calor en el pequeño patio, y las abejas visitaban las flores al borde del estanque.
Isabella cerró los ojos e inhaló profundamente. Dulces fragancias la rodearon. El delicado olor de las flores, el olor más fuerte del limpio cuerpo de Esme que daba un cálido aroma humano al aire... Pero sobre todo el aire mismo, que parecía un fresco vino blanco y hacía de cada inspiración un trago de placer.
Qué extraño resultaba sentarse rodeada de belleza y tramar la muerte de un hombre.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esme.
—La loba —dijo Isabella—. A veces viene y sólo quiere disfrutar del mundo que la rodea.
—Estás evitando la cuestión. Y dile a la loba que se marche. Un simple animal no podría entender la conspiración, o al menos no del tipo que planeamos.
La loba vagó de vuelta a su oscuridad diurna, y la mente de Isabella regresó al presente.
—¿Qué estamos planeando? —preguntó, enarcando las cejas interrogativamente.
—A tu tío le gustan las malas compañías, ¿no? Frecuenta burdeles, tabernas y sitios así.
—Sí.
—Bien. El asesinato es mejor y más fácil cuando parece un resultado de la vida del muerto. Ahora, sin duda, tu tío sabe que has encontrado otros amigos. Amigos, podría añadir, en posición de ayudarte más de lo que ha hecho él. Creo que tu encantador tío verá que se ha equivocado en los métodos que escogió para tratar contigo, que eres más inteligente y poderosa de lo que él creía. Llegará a mi villa ansioso de... digamos... limar asperezas. — Esme hizo una pausa y sonrió con malicia.
—¿De veras piensas eso? La última vez que le vi, amenazó con matarme.
—Y sigue queriendo hacerlo. Pero primero tendrá que recuperarte. Pues de lo contrario, ¿cómo podría llenarse los bolsillos con el oro de Edward?
—No quiero saber nada de él. Su misma proximidad me pone la carne de gallina.
—Naturalmente. Pero cuando venga, como ya he dicho, debes parecer ganada por sus melosas palabras. Cuidado, no te dejes convencer demasiado rápido, pues podría sospechar. Muéstrate de lo más renuente al principio. Estas cosas requieren un manejo muy diestro y delicado. De hecho, querida, incluso puedes mostrar alguna medida de desconfianza al terminar la conversación. Pero, ante todo, debes hacerle creer que podrá persuadirte en el futuro de que vuelvas bajo su influencia... para ser breves, de que te conviertas en su cómplice, consciente o no. Deja que se vaya confiado y habrás vencido. Entonces, por supuesto, contrataré a mi hombre para que empiece el acecho. Y cuando Eleazar sea encontrado flotando boca abajo en el Tíber, tú estarás en el cortejo fúnebre, llorando y con un discreto velo negro. ¿Y qué hay de James? ¿Tendré que incluirle en mis instrucciones?
Isabella, maravillada ante su propia calma, extendió la mano y se sirvió otra copa de vino.
—No creo —dijo, reflexiva—. Con Eleazar muerto, James hará lo que yo le diga. Me tiene miedo.
—Excelente. En estos asuntos, lo mejor es mantener las cosas lo más sencillas posible. La economía siempre es preferible a la sed de sangre y las matanzas.
—James lo sabrá —dijo Isabella mientras miraba el cielo sin nubes y tomaba otro sorbo de vino.
—Sí, querida. Pero no dirá nada, ¿verdad?
—No. No tiene dinero, y dependería de mí para su manutención y sus placeres. Temería que no le creyesen y yo le cortase los fondos.
—Exacto. Y ya no te tendría miedo, estaría totalmente aterrorizado. Y a veces, con algunos hombres, el miedo es mejor garantía de lealtad que el amor.
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Chan chan chaaaaan! ¿Qué les parece el capítulo? Ya estamos a pocos caps de terminar… me parece que quedan uno capítulos jejeje
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
