Capítulo Veintiséis

Los primeros rayos del sol comenzaron a irritarle de frente. No le extrañó al ver la posición en la que estaba. Sólo porque era ligera, de lo contrario, hubiese dejado sin aire a Yoh al dormir con más de la mitad de su cuerpo sobre él. Incluso tenía una pierna sobre su cintura, atrayéndolo aún más.

No pudo evitar recordar la primera vez que durmió con Hao en una cama y en lo que habían terminado en una de las mañanas más movidas de su vida. La primera de tantas veces que tuvieron sexo. Quizá, de no tener presente que nada era igual, fácilmente hubiese pensado que seguía con su antiguo jefe.

Debería sentirse incómoda, pero no sentía nada de eso. Era raro, demasiado. Aun así no se sentía abrumada, pese a que tenía uno de sus brazos rodeando su cintura. Su mano izquierda se dirigió a su rostro y apartó sus cabellos castaños de su rostro con suavidad. Eran las mismas facciones, sólo se diferenciaban por la palidez que aún tenía su piel, síndrome de la anemia y desnutrición.

Siguió acariciando su rostro, hasta que él comenzó a abrir sus ojos. Se contemplaron un segundo y luego volvió a cerrarlos mientras una pequeña sonrisa aparecía en él.

—Despierta—dijo ella—Hay que bañarnos.

—¿Bañarnos? —repitió enarcando ligeramente su ceja—Por separado, ¿verdad?

Ella no contestó, lo que hizo que él terminara de despertarse.

—¿Crees que me voy a escapar mientras te bañas?

—Te quitaste las esposas en diez segundos, ¿crees que puedo confiar en ti? —dijo pellizcándolo un poco.

—Au, qué poca fe tienes en la humanidad—dijo tomando su mano para darle una pequeña mordida en su dorso.

—Au, qué te pasa—se quejó la rubia, golpeando su mejilla suave—¿De dónde tienes esas costumbres?

Encogió sus hombros divertido

—¿Y tú de dónde tienes esas costumbres de bañarte con un hombre desconocido?

—¿Qué estás insinuando, Asakura? —preguntó con desdén.

Acompañado de esa mirada arisca, no pudo más que erizarse.

—Nada, Anna, nada, yo no quise decir nada—pronunció nervioso.

—Más te vale—se jactó levantándose— Y deja de perder el tiempo, tengo que regresar a Londres, le dije a tu hermano que lo vería en la hora de la comida.

—Claro, no queremos que pierdas esa cita—dijo sentándose también con rapidez.

Ella se estiró y lo miró con más desconfianza, mientras sacaba ropa de su armario y la colocaba en la cama. También abrió la maleta para sacar el restante de ropa para él.

—Dobla la ropa para dormir—le indicó colocando un cesto vacío de ropa—Aquí podemos poner tu ropa sucia.

Pero él se sentía muy limpio. Sin embargo no quiso rebatirla. Ella entró al baño segundos después, cerrando ligeramente la puerta. Escuchó el sonido del agua caer, seguro estaba llenando la tina, porque se podía percibir el sonido con mayor afluencia. Dos minutos más tarde salió, con un cepillo de dientes en la boca.

—¿Listo?

No tuvo más remedio que tomar las muletas y andar hacia el baño. Le dio unos minutos para realizar sus necesidades. Luego le ayudó a meterse a la bañera. El agua tenía espuma, así que no fue tan visible como la primera vez. De inmediato sintió un gran alivio en su cuerpo con el agua caliente.

—¿La temperatura está bien? —cuestionó metiendo una mano para cerciorarse—Pilika dijo que el agua caliente ayudaría a tu cuerpo con tus heridas.

—Sí, está bien—dijo tranquilo, apoyando su cabeza en la pared.

Tomó una esponja y la remojó mientras la frotaba con un jabón. Por un momento pensó que lo bañaría como la primera vez, pero sólo se lo tendió en la mano. Comenzó a frotarlo en sus brazos mientras ella se sentaba al borde de la bañera donde estaba apoyado y humedecía su cabello con un pocillo. Esto era demasiado extraño para él, empezando porque nunca había tenido el cabello tan largo. Aunque tenía que admitir que las suaves manos de Anna lejos de incomodarlo, lo relajaban.

Siguió con el masaje, hasta que enjuagó su cabellera totalmente.

—Tienes bonitos pies—describió él, al verlos en el fondo del agua.

—Lo sé, me lo dicen a menudo.

Apoyó sus brazos sobre sus piernas y alzó su cabeza para mirarla con una pequeña sonrisa, mientras ella le miraba con escepticismo.

—Tengo recuerdos de esto—admitió él, con un pequeño sonrojo.

Claro que sabía a lo que se refería, en especial por el modo en que lo había provocado en su bañera.

—Eres muy hermosa—concluyó Yoh, siguiendo con su aseo.

Anna tuvo que respirar profundo para salir de la bañera y preparar todo para cuando él tuviera que secarse. Más el pequeño sonrojo y la respiración agitada no se iba con tanta facilidad.

Escuchó que Yoh dejaba ir el agua y tomaba parte del agua limpia para retirar totalmente el jabón. Cogió la toalla a su costado, cubriendo a la perfección su cintura. Ambos se miraron, casi adivinando sus propios pensamientos. Tratando de reprimir los recuerdos.

Tal vez lo que más le apenaba era que él estaba en un estado lamentable y aun así, pudo moverse un poco. Lo suficiente para ella.

Le tendió una mano y le ayudó a levantarse, sin que resbalara. Él se apoyó en ella para salir del baño. Para su fortuna, la toalla se mantuvo en su lugar. Una vez sentado, le indicó todos los geles y cremas para aplicar en su herida.

—No tardaré.

Sonrió al ver que su plan era dejarlo con la curación y su arreglo, mientras ella se bañaba. Por supuesto, lo hizo con la puerta abierta y había corrido la cortina. ¡Qué lista! Aun así, podía ver su silueta, haciendo contraste con la luz que entraba de la pieza. Era hombre, por mucho que quisiera ignorar lo evidente, ella era bastante atrayente para cualquier persona. Confiaba en que Hao, resolvería su situación con ella pronto, debería hacerlo, sino sería un completo estúpido.

—¿Aun no terminas de vestirte? —cuestionó ella, al verlo tan pensativo—Creo que ya estoy dudando de tus reflejos.

Él sonrió, confiado.

—La duda es el máximo exponente del oportunista.

—Eso no me deja tranquila—confesó, tomando su ropa para dirigirse al otro lado de la habitación.

Percibió el aroma a perfume y de algunos aditamentos de aseo, mas no le dio el gusto de terminar primero. Aceleró el paso de su rutina y cogió la playera negra. ¿Es que no tenía algo más que ropa negra para hombre? Quería girar para verla, pero no le pareció prudente. No quería recibir un golpe por su desfachatez.

Escuchó que calzaba zapatillas. De verdad estaba intrigado por su atuendo.

—¿Terminaste? —dijo hincándose para revisar la herida en su pie.

Sonrió al verla, ataviada con una blusa blanca y una falda color azul marino a la rodilla. No era entallada, pero se le veía muy bien por las ondulaciones. Además de ese bonito collar de perlas en su cuello.

—Creo que estás en la luna—dijo, colocándole la venda.

No sería la primera vez, incluso dejó que le cepillara el cabello sin quejarse. En todo ese tiempo, se mantuvo callado, sólo observándola colocarse unos pendientes de perlas y colocar algo de maquillaje en sus pestañas.

—Son casi las diez, es un milagro que mamá no haya subido por nosotros.

Ya lo creía, cuando bajaron, los platos ya estaban sobre la mesa. Su padre bebía café y los saludo con agrado.

—¿Van a Londres?

—Yoh se queda, yo iré sólo por unas cosas—respondió, dejando las muletas a un costado—Mamá, Yoh no bebé café.

Su madre sonrió, dejándole en su lugar un gran jugo de naranja. Quitó el tocino de su plato y colocó en su lugar más huevo, como se lo había indicado su hija desde la noche anterior.

—Calentaré algunas verduras—concluyó Anna, levantándose.

Una vez que ella se fue, no pudo evitar apenarse por la mirada divertida de sus anfitriones.

—Lo sé, sé lo que dirán—admitió cansado—Pero no se le puede llevar la contra a Anna.

—Ni que lo digas—se burló el hombre—Mujer, ¿por qué no me cuidas del mismo modo, eh? En lugar de eso, prefieres que se me tapen las arterias.

Todos comenzaron a reír, hasta que Anna colocó una generosa ración de verduras en su plato. Entonces sólo lo miraron con pena. Habiendo en la mesa otras cosas interesantes, su plato tenía de nuevo bastantes vegetales. Al término del desayunó escuchó a Anna pedirle a su madre algunas cosas para la comida, el almuerzo y su primera colación. Casi le indicó horarios para seguir al pie de la letra, pero sobre todo le enfatizó que lo cuidara.

—Por favor, no le quites la vista de encima—dijo seria—Por favor, mamá, no es un juego.

—Sí, Anna, tú ve tranquila—le aseguró—Te informaré si pasa algo más.

—Confío en ti, mamá.

Cuando salió y tomó su bolso del clóset, se giró hacia él que jugaba con los perros aun en el comedor. Su padre leía el diario, así que solo lo bajó para recibir un beso de despedida de ella y observar el siguiente gesto hacia él. No esperaba nada, pero se sorprendió al verla inclinarse a su persona.

—Te veo más tarde—dijo besando su mejilla.

—Sí…

—Papá, nada de salir a otro lado, ni siquiera en el auto.

Su padre sonrió y le aseguró que así sería. Anna suspiró, tomando las llaves del auto y se marchó. Cuando escucharon el auto andar, su madre llevó algunas galletas de chispas a la mesa para acompañar el té.

—No quiero sacar mis conclusiones, pero intuyo que usted es más que un encargo del señor Asakura—dijo el hombre—Nunca la había visto tan cuidadosa con alguien.

Él esbozó un gesto de amargura.

—Es cierto, debe ser alguien bastante especial—añadió la mujer.

—Bueno…. Soy de hecho un caso muy particular—dijo pensativo—Me gustaría hablar con ustedes de algo muy serio.

Pilika tenía listo el frasco extra de ácido fólico cuando pasó a su consultorio a dejar las llaves de su auto. Preguntó generalidades, en especial sobre las heridas más visibles en su cuerpo, asegurándole que la siguiente semana ya podría caminar con cierta normalidad.

—Te recomiendo unas plantillas de gel, unos mocasines, no sé, zapatos no tan cerrados—dijo su amiga—Te llevaste las dietas, así que… fuera de eso no hay problema. Tal vez si requiera algunas inyecciones, se las puedo aplicar directo en tu departamento.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme nada, más bien él debería agradecerte a ti—dijo caminando con ella a la salida—Creo que no cualquiera hace eso por un extraño.

Lo mismo pensaba su madre, claro que sin estipular ese mismo término.

—Tal vez, pero siento que él es especial, más allá de que sea ya sabes.

—Claro—dijo curiosa—No sé qué tenga de especial, pero si a ti te gusta…

—No me gusta.

—¿Y por qué no? Chica soltera con chico soltero, ¿qué tiene de malo?

Que no iba acorde a su objetivo: reunir a Hao con su familia. Volverlos a conectar. Lo que obtuviera de eso era totalmente independiente.

—Sólo digo que si se da, no lo dejes escapar.

—Ni siquiera lo conoces—dijo extrañada— ¿Por qué dices que no lo deje escapar?

—No lo conozco—confirmó Pilika—Pero me basta ver con lo que provoca en ti y ya con eso digo que vale la pena.

Analizó esas palabras cuando volvió a su departamento y sacó una maleta pequeña de armario. Observó su reloj y notó que tenía algo de tiempo para la reunión con Hao. Comenzó a sacar cosas del closet y cogió rápido dos cajas. Su madre siempre le decía que debía hacer limpieza. Suzzette ya le había pedido algunos de sus abrigos, así que una aportación voluntaria a la causa no afectaría mucho. Tenía demasiada ropa y quería hacerle un espacio a Yoh.

Colocó el cronometro y empaquetó dos cajas de prendas viejas para el refugio de un par de calles. Se tardó la hora exacta. Así que bajó todo eso al estacionamiento interior. Sacudió los asientos, metió una maleta en el portaequipaje y algunos comestibles que Horo Horo le había comprado. Pasaría al supermercado para llevar más vegetales y avena.

Dejó ambas cajas en el refugio y buscó un estacionamiento cercano a la cafetería. Bajó una libreta para hacer las anotaciones pertinentes. Estaba en perfecto tiempo. Ni un minuto más tarde, aun así él estaba ya sentado en la mesa, con una copa de vino.

—Buenas tardes, señor Asakura—dijo sentándose frente a él.

—Señorita Kyoyama—asintió con una pequeña sonrisa—No es necesario las formalidades.

Concordaba con él. El mesero no tardó en llevarle el menú, casi siempre le pedía sugerencias a él. Pero ya no tenían esa familiaridad, así que pidió un filete de carne marinado con salsa de arándanos y una copa de vino. Tal vez en esta ocasión se permitiría omitir el postre.

—Así que… fiesta de cumpleaños—comenzó ella—Juraría que eras más el tipo de hombre que no festeja esas fechas.

No estaba tan equivocada.

—¿Y cuántos invitados quieres?

—Pensaba algo cerca de ciento cincuenta—respondió mirándola escribir, mientras acomodaba un cabello suelto detrás de su oreja.

En verdad se veía hermosa y muy profesional.

—¿Tienes alguna lista preliminar?

—Amigos, algunos compañeros de negocios, tal vez…. Algunas amigas.

—Claro, no pueden faltar las amistades—resumió ella.

Él sonrió, notando el tono y viendo con claridad su gesto desaprobatorio. Cómo olvidar que eso era algo que lo cuestionaba mucho cuando todo eso comenzó. Ahora era evidente que le desagradaba, quizá no lo había olvidado todavía.

—Claro, aunque te diré… en este momento no estoy saliendo con nadie—pronunció confiado—Estoy libre.

—Eso no es lo que dice la prensa rosa.

Sonrió aún más.

—Pensé que no leías ese tipo de cosas—objetó Hao.

—Mi hermana lo hace—respondió viéndolo fijamente—De cualquier modo, no es como si fuera extraño. Eres atractivo, soltero, sin compromisos mayores. Nada te detiene si quieres salir con alguien o varias chicas en poco tiempo. Lo único que hacen esa clase de revistas en enfatizar las cosas obvias y hacer un escándalo de la nada. Mitad verdad, mitad mentira. Lo que venda mejor es lo que se publica.

Cómo no sentirse atraído ante ese despliegue de dominio conceptual.

—¿Y has pensado en invitar a alguien de tu familia?

La pregunta lo descolocó un poco, aunque encontraba lógica en la cuestión.

—Ya te lo había dicho—dijo serio—No tengo relación con mi familia.

—Tal vez sería un buen inicio para un reencuentro—agregó sutil—Las familias son el núcleo de la sociedad.

—No de la mía.

Ella bajó la mirada un momento a sus anotaciones y mordió su labio inferior. En realidad se estaba conteniendo mucho para no cruzar a su lado y él mismo morder su boca.

—¿Tienes hermanos?

—Hijo único—respondió veloz—Si estás pensando en lo que creo que estás pensando, la respuesta es no. No quiero una sorpresa de esas, Anna. Además, sería imposible que reunieras a mi familia en una reunión. Ellos ni siquiera viven aquí.

Ni tenía idea de que siguieran con vida.

—¿Dónde viven?

—Siguiente.

Parpadeó un par de veces, hasta que le dirigió una mirada sorprendida. Le intrigó la razón, aunque viendo que ella se desvivía por los suyos, no se extrañaba que fuera tan cautelosa preguntando estas cuestiones en medio de algo que ella catalogaba como parte del trabajo. Envuelto en ese encanto, sería imposible mantenerse indiferente a su presencia, proporcionándole información de más. .

Pensó interrogarla, pero el mesero llevó a su mesa ambos platillos, lo que cortó el hilo de la conversación. Ella bebió de su cipa un pequeño sorbo antes de filetear el primer trozo de su carne. Siempre tan elegante y distinguida.

—¿Qué tal el plato?

—Suave y consistente—dijo limpiando su boca.

—¿Puedo probar?

No era la primera vez que compartían alimentos. Para ellos era común intercambiar opiniones de cada platillo y para ser francos tenía mucho que no se sentaban a comer en el mismo espacio.

—Adelante—contestó empujando levemente el plato con su pulgar.

La diferencia es que antes ella misma le ofrecía de su mismo tenedor. Ahora podía ver una marcada barrera impuesta. Sin embargo, lejos de decepcionarlo, esta faceta le comenzaba a parecer interesante de desafiar.

—Tienes razón. Suave y consistente—reafirmó con un tono más grave—Terso al masticar, con un sabor firme y delicado que podría volver a probar.

Notó que tomaba un poco de aire, para mantenerse estoica. Pero juraba que con eso, algo dentro de ella se removió.

—Debes ser un buen comensal—respondió ella.

—Sólo como lo mejor—dijo tomando de su vino—Aunque las carnes blancas son mis favoritas.

Ella sonrió, desviando su mirada y retrayendo su plato. Si hubiese un marcador, llevaba ya tres entradas a su favor. Comieron en relativo silencio, ambientados por la música instrumental del lugar. Pero él nunca dejó de enviarle esa clase de miradas seductoras.

—Entonces…. ¿ningún hermano? —preguntó tomando su copa.

—Imagina que soy huérfano, que salí de un lugar de esos que ponen en las películas. Salí adelante por mi cuenta, con un estandarte en la frente que dice: solo contra el mundo.

—Sería un interesante guion de película—le desafió con una pequeña sonrisa—El primer ser humano por generación espontánea.

—Capaz de fornicar toda la noche si se lo propone—añadió él con orgullo—Con dimensiones más que sobresalientes.

Ella mordió su labio inferior, limpiando suave las comisuras.

—Capaz de reproducirse en modo normal, como cualquier otro ser humano.

Hasta ahí, todo había sido divertido. Luego, su sonrisa se borró de su rostro y sabía que le había dado un revés peligroso.

—¿Hay algún lugar en particular que quieras?

¿Un lugar? ¿Hablaba de ir a un lugar? ¡Qué directa!

—¿Mi coche te acomoda?

—No creo poder meter ciento cincuenta personas en ese vehículo—contestó con una pequeña sonrisa burlona—A menos que quieras algo móvil, he escuchado de camiones.

Claro, hablaba de la fiesta. Qué estúpido. Tomó del portafolio la carpeta de Rutherford y se la entregó.

—Marqué tres lugares en particular, supongo que puedes negociar un buen precio con esas personas.

—Es información muy detallada y organizada—dijo al inspeccionarla.

—Siempre tan alerta, no te fijes en pequeñeces.

—Claro que me fijo, tengo una amiga que no consigue tan fácil estos datos, menos con los dueños de hoteles tan prestigiosos. Sé cómo se maneja este negocio de organización de eventos. Y esto es una carpeta muy bien estructurada, casi juraría de una organizadora profesional.

—Soy influyente, te lo dije.

—Y yo manejé todo tu papeleo, tú no manejas estos datos—describió viéndolo con fijeza—¿Qué quieres obtener de esto?

Pasar tiempo juntos, reavivar la llama. Quitar a otro estúpido de su vida. Volver a la cama, hacerla gemir su nombre tan alto como antes. Tenía muchas de esas ideas en su cabeza.

—Hacerte mía—susurró para él.

Mientras ella esperaba por una respuesta.

—Busco a la persona más eficiente que conozco para hacer un evento especial—describió sereno—¿No decías que me detuviera a oler las flores? ¿Disfrutar de la compañía de las personas en vez de estar trabajando todo el día? Quiero hacerlo y no, no tengo familia, pero tengo amigos que han fungido como hermanos para mí. Compañeros que han sido solidarios conmigo en momentos difíciles, en que no tenía ni para comer. Quizá es un despliegue de riqueza, pero supongo que no está mal agradecerle a todas esas personas el estar conmigo en momentos cruciales.

No cabía duda que era un experto en la labia, lo sabía porque aquella barrera flaqueó y flaqueó bastante para percibir en sus ojos el amor que le proyectó aquel día que no respondió nada.

—Está bien, haré mi mejor esfuerzo—pronunció ella.

—Lo sé, por algo te seleccioné a ti—contestó tocando suave su mano—¿A quién más le confiaría una tarea tan personal como ésta? A nadie, tú eres de mi entera confianza.

Ahí estaba, la chica que lo abrazaba en las noches desnudo, la que lo besaba con dulzura al llegar al despacho. Bien podía inclinarse un poco más, robarle un poco de su aliento, porque notaba la vulnerabilidad en su mirada. Pudo hacerlo, lo estaba haciendo, hasta que el mesero llegó y colocó la cuenta en la mesa.

—Su cuenta, señor Asakura.

Lo maldijo y lo maldijo con ganas al ver que aquel mágico momento se había roto. Anna tomó aire y sacó la cartera de su bolso para colocar un par de billetes.

—No, preciosa, yo pago—dijo el castaño—Yo solicité la cita.

Claro, el modo operativo dictaba que él pagara por la cita de trabajo. Mas eso le generaba cierto placer, al ver que ella trataba en vano ocultar su despliegue emocional.

—Bien, revisaré los detalles generales y te llamaré en la semana para que apruebes las decisiones.

—Claro—dijo acompañándola a su vehículo—¿Vas a la granja?

Lo sabía porque traía la camioneta de su madre.

—La semana que viene es la cosecha mayor—le explicó breve—Mis hermanos y yo dedicamos toda la semana a la recolección y preparación de los insumos. Es la semana de mayor producción en el año.

—Bueno, espero que tengas una buena cosecha—dijo tomando su mentón—Maneja con cuidado, preciosa.

Justo como se lo decía cada vez que visitaba a sus padres sola y besó su mejilla con lentitud.

—Gracias—susurró en un tono que le reavivó su orgullo.

—Envíame un mensaje cuando hayas llegado, sólo para saber que llegaste bien—agregó el castaño, tomando un poco más de distancia.

—En realidad, no voy para allá todavía, iré de compras antes.

—¿Más zapatos? Los que traes me gustan bastante.

—Tú no cambias—dijo negando con la cabeza, entrando a su auto.

—¿Entonces sí irás a comprar zapatos? —preguntó curioso—¿Puedo ir contigo?

Tal vez lo había dicho sin pensar, en especial porque ella también reaccionó con la misma extrañeza que él.

—¿No tienes que trabajar?

—Tengo tiempo.

Era la segunda vez que se lo escuchaba, lo cual era bastante raro.

—¿No tienes que regresar al despacho?

Considerando que Jeanne tendría sus informes hasta el día siguiente y que era lenta procesando los nuevos datos. Estaría perdiendo el tiempo en la oficina. Aunque pendientes sí tenía muchos. Sin embargo, cuando abrió la puerta del copiloto y se metió, no le dio opción a una negativa.

—Vamos de compras.

No tuvo más remedio que arrancar. Se preguntaba cómo no lo había rechazado. Tal vez seguía demasiada ofuscada con todo ese revuelo de emociones a flor de piel. El cínico era bueno en eso, no debía olvidarlo, pero a veces era difícil cuando su encanto natural salía a relucir. Estaban en el auto y tenía mucha tentación por pararse, desabrochar el cinturón y sentarse en sus piernas, mientras masajeaba su miembro con su mano.

Pero no debía perder el control. Ceder a sus provocaciones no era una opción, aunque él se lo ponía cada vez más difícil con esos ligeros roces en sus manos.

Llegaron al centro comercial y sonrió al ver que más de una vez se detuvo a mirar en el aparador los zapatos de exhibición.

—Juro que esos se te verían demasiado bien—describió, inclinándose hacia ella—En especial si solo lleva eso puesto, señorita Kyoyama.

Respiró profundo. No quiso responder a ninguna de sus palabras, pese a todo lo que revolucionaba en su interior. Solo estaba tonteando con ella, no debía hacerle caso Prefirió seguir viendo más escaparates, hasta que llegaron al lugar que buscaba, el motivo por el que llevaba la pequeña maleta con ella.

Él la miró con extrañeza cuando entraron a la tienda varonil.

—¿Qué hay de las zapatillas?

—Tengo muchas, éste es un favor personal a un amigo.

No sabía si se tragaría esa, porque de inmediato torció su boca.

—¿Y por qué tu amigo no viene a comprar? —bufó irritado— ¿Acaso ya te dedicas a cambios de imagen?

—Está ocupado, no puede venir y sí, también tengo otros amigos como tú, que me tienen igual de confianza para realizar favores personales.

—¿Amigos como yo? —preguntó molesto.

—Tengo poco tiempo, así que ayúdame a escoger algunas playeras—dijo mirando los zapatos.

Tomó cuatro pares entre los que divisó unos mocasines, sandalias de baño y un par de tenis.

—¿Bueno, me ayudarás o no? Deja de perder el tiempo.

La chica era mandona de por vida. La observó de lejos, escogiendo pantalones de distintos materiales y uno más formal color azul oscuro. ¿Qué tanta ropa llevaría? ¿Y para quién? ¿Sería para aquel sujeto? La sangre se le calentó con el recuerdo de su aspecto alborotado del otro día. Alguien la calentaba en la cama y no era él.

Observó a la distancia, cómo murmuraba cosas. Su gesto molesto era más que evidente.

—¿Puede mostrarme camisas casuales? —le preguntó a la encargada.

—Claro, señorita.

Estaba en el área, seleccionando unas seis prendas cuando él llegó con dos playeras color gris y blanca en la mano. Ambas del mismo estilo. Tenía buen gusto, así que las incluyó en la compra.

—¿Y este tipo no tiene nada de ropa?

Sólo la tuya, quiso responderle, pero ya se veía bastante fastidiado como para acrecentar su mal genio.

—Si no quieres estar aquí...

—Sólo digo que es un abuso de confianza de su parte, ¿no lo crees?

—Aquí está la ropa interior que me solicitó, señorita—dijo la encargada, trayendo varios paquetes de bóxers —¿Oh! ¿Usted es…?

—No—negó tajante el castaño, tomando la ropa interior para botarla en el carrito—¿Algo más,Anna?

No entendía su molestia, apostaba que él era peor comprándoles lencería a todas sus amiguitas.

—Quiero veinte pares de calcetines: blancos, grises y azules. Cortos y medio largo.

Ella asintió, dejándolos solos, mientras metía toda su selección de camisas. Él estaba incrédulo.

—Bueno, parece que tu amigo está desnudo, porque no le veo la gracia a la ropa, es demasiado simple como para un cambio de estilo—se quejó el castaño—Si hubiera sabido también que hacías esto, también te habría encargado comprarme los bóxers. ¡Los bóxers, Anna! Hay varias marcas, cómo sabes que le va bien esa talla. En esas cosas no hay cambios, ¿tuviese en cuenta eso? Encima le llevas como veinte.

—¿No es la talla que tú usas y la misma marca?

—Sí, es la misma marca.

Anna se encogió de brazos y siguió caminando por el pasillo, tomando otras dos playeras color blanco. Cuando algo en la mente hizo click. De repente, su cara palideció ante la idea, aunque después volvió a emerger con un poderoso tono rojo, Ella estaba varios pasos adelante, con su tierna sonrisa en su rostro al ver un pequeño jumper de mezclilla.

—Anna—la llamó con una voz potente—No he ido a la lavandería, será que después de toda tu compra, podemos ir a tu departamento por toda la ropa deportiva que dejé ahí.

—Ya no pasaré a mi departamento, pero puedo traértela el siguiente fin de semana.

—No, preciosa, jugaré un partido el fin de semana—respondió firme— Creo que dejé uno de mis conjuntos en tu casa, es de la suerte.

—Pues… supongo que no son tan de importancia—dijo llegando hasta cajas—Hace más de cuatro meses que las dejaste ahí.

—Pues sí, qué casualidad, porque ahora recordé que las necesitaba.

—Pero no te acordabas—completó ella—Debiste habérmelas pedido el día que fuiste a mi departamento.

—El día que fui y no me dejaste entrar—enfatizó con coraje.

—Estaba ocupada en ese momento.

—Por supuesto.

Se miraron desafiantes, hasta que la cajera le solicitó la tarjeta de crédito. Se giró para entregarle el plástico, indicándole que lo dividiera en mensualidades. Luego abrió la maleta para que la chica doblara todo en el interior.

—¿Puede agregar un conjunto deportivo negro? —le dijo a la cajera.

—El mío es Nike, lo cual no es barato—objetó el castaño—Déjalo, supongo que pasaré por él el próximo fin de semana en tu casa.

—Trataré de llevártelo antes—dijo recibiendo su ticket y la maleta llena.

Tomó una bolsa extra con dos pares de zapatos que no entraron en el equipaje. Salieron de comercio en silencio, él iba por delante, como queriendo salir de ahí lo más pronto posible.

—¿Y vamos a ir a dejar la maleta, me supongo? —dijo cuando volvieron al auto.

—Pasaré al súper mercado antes, tengo que comprar algunos víveres. Después iré a la granja, él pasará después por la maleta algún día entre la semana

Anna encendió el auto, ignorando su sorpresa e incredulidad. Porque sabia de antemano que estaría esos días con su familia.

—¿De modo que también se quedará a la cosecha?

—Tal vez, no lo sé—dijo andando ya por las calles—Te dejaré en la cafetería y te llamo en la semana para acordar los detalles del lugar.

—Bueno, quizá pueda visitarte en la granja para hablarlo de frente—sugirió él—Además, sería interesante conocer el proceso de los productos, le había dicho a tu padre que quería implementar algunos de sus productos en la cocina de mi futuro hotel. Y de paso conocer al simpático sujeto que no puede ni escoger unos malditos calzoncillos él solo.

Anna pareció meditar su propuesta, en especial después de estacionarse frente al local. Eso en vez de tranquilizarlo, solo lo alteraba.

—No, mejor nos comunicamos por teléfono para arreglar detalles. Será más rápido y fácil—dijo mirándolo tranquila—Hablaré con mi papá sobre los productos. Esta semana iniciamos el proceso, pero en sí, lleva semanas en eso. Así que le platicaré y te informaré en qué semana sería más conveniente la visita para hacer más eficiente la visita. Tal Vez en dos semanas, cuando se empiezan a producir los primeros productos y el resto sigue en orden de transformación—luego se acercó a él y tomó su mentón para darle un sutil beso en la mejilla—Y de mi amigo, arreglaré una cita para que se conozcan, pero no será tan pronto.

Quitó los seguros y ella volvió a su posición inicial.

— Buenas noches, señor Asakura.

Mientras él seguía impávido, sin poder creer cómo lo había rechazado con tanto tacto. Bajó del auto y la miró marcharse con velocidad. Corrección, si hubiese un marcador, ya hubiera perdido todos los puntos ganados. Apretó un puño, generando una maldición. Este asunto con aquel sujeto ya era muy personal. Porque a Hao Asakura nadie lo derrotaba.

Anna miró el reloj en su muñeca, eran casi las siete de la noche. Tal vez debería obviar los víveres y comprar algo en el súper mercado de Kent. Porque de antemano conocía las grandes filas en los almacenes. Así que eligió esa opción a fin de no perder más tiempo.

Condujo a la carretera, escuchando algo de música que la relajara. Sus sentidos estaban bastante ajetreados con él y todo lo que generaba a su cuerpo. Aunque intentó salir con dos hombres en el tiempo que había transcurrido, era inútil pensar que podían llegar a estremecerla al grado que le hacía Hao. Hasta el momento nadie tenía ese poder. Ni creía que alguien tuviera el poder superar el referente.

Llegó poco después de las ocho de la noche a la casa. Guardó el auto en el garaje y caminó hasta la cocina. El lugar estaba vacío. Su madre no estaba por ningún sitio, lo cual le generó extrañeza. Terminó de meter los víveres que llevaba de su departamento, cuando los labradores se acercaron a saludarla con euforia. Entonces su madre apareció en el umbral.

—Vaya, hasta que veo vida aquí—se quejó la rubia—Traje algunas cosas de mi departamento.

Ella se acercó para sacar todo de la caja de plástico, mientras Anna volvía al garaje por la maleta y la bolsa de compras. En todo momento, sus perros la siguieron, tratando de jugar con ella. No era raro que le persiguieran si sabían que siempre que cargaba bolsas, había algun comestible para ellos.

Solo que esta vez no era el caso.

Entró a la cocina de nuevo, mirando a su madre con algo de desanimo.

—¿Qué pasa? —preguntó directo Anna.

Algo en ese semblante no le gustó nada, menos cuando la miró y las lágrimas salieron de sus ojos. Su respiración se agitó ante el mundo de posibilidades que eso podía generar.

—Mamá…¿dónde está, Yoh? —preguntó con gran adrenalina.

—Se fue—contestó una tercera voz.

Su padre estaba serio en el marco de la puerta, viéndola con fijeza.

—Hace horas lo llevé a una estación del tren lejos de aquí.

Continuará


Hola de nuevo, soy yo con otro capitulo. Espero que no se incomoden que sea un poquito mas larguito, pensaba en esta idea y dije, es mejor que la ponga completa porque sino luego se hacen mas capítulos chiquitos y pues asi ni chiste tiene. Me alegra mucho que les guste el rumbo de la historia, yo también pienso que Yoh y Anna mas que cercanos son muy intimos. De hecho, sí quiero separar muy bien el tipo de relación que tienen cada uno. Con Hao las cosas se caientan rápido, con Yoh no tanto, pueden dormir en la misma cama sin tocarse. Aunque… no sé… es hombre, tampoco se puede uno confiar. Y ahora ya se fue. Qué tal ese giro.

Muchas gracias por sus reviews, son los mejores. Sus animos son revitalizantes para que yo siga escribiendo cada capitulo. Si que muchas gracias por tomarse el tiempo de visitarme.