¡Holi!
¿Cómo llevamos esta cuarentena? Yo aquí: estresá, cansada, pero con ganas de escribir. Espero de corazón que estéis todxs bien y os estéis cuidando.
Bueno, yo aviso que se viene capítulo intensito y me lo he pasado muy bien escribiéndolo. Iba a ser más largo, pero he decidido que con lo que os cuento ya tenéis para emocionaros.
Recordaros, petarda como soy, que las reviews son el salario que recibo por vuestra parte, que me hacéis el día cuando me las mandáis (nivel: abrazo el móvil) y que me aportáis un montón con vuestros comentarios, fangirleos, mensajes, etc. Muchísimas gracias por vuestro constante apoyo y aprovecho también para preguntar por algunxs frecuentes de los que no sé nada desde unos capítulos. No lo digo por la reviews, sino porque no he sabido nada de ellos desde antes de la cuarentena. Sabéis quienes sois y espero de corazón que estéis bien, después de todo me preocupo por vosotrxs también.
También sabed que tengo un instagram de "arte", que se llama Itsasumbrellasart, en el que me podéis seguir, al igual que a la maravillosa Poppy.p_draws, de la que solo tengo buenas palabras que decir.
Disfrutad del capítulo.
Brusca se despertó con un escalofrío cuando Heather rozó sus helados pies contra los suyos.
—¡Joder! —exclamó la vikinga medio dormida—. ¿Te quieres estar quieta?
—¿Qué? —se defendió la bruja indignada—. ¿Acaso molesto a la señorita? Creía que a los humanos os gustaba estar calentitos.
Brusca le dio un codazo en las costillas cuando Heather, solo para fastidiarla, intentó ponerse encima de ella.
—¡Estás más fría que un muerto y ya te dije que si querías dormir en la cama tendrías que ponerte algo en los pies! —le recordó Brusca furiosa.
—¿Dormir con calcetines? Tú estás loca. Además, piensa que puede ser mucho peor —dijo Heather con voz enigmática y la abrazó por la espalda, apretando sus senos por encima de su túnica y acercó su boca a su oído—. Podría estar en pelotas.
—¡Me cago en la puta, Heather!
Brusca se agitó para que la soltara y salió de la cama mientras la bruja se reía. Encendió la vela que tenía junto a la cama e iluminó a la bruja, quién puso los ojos en blanco al ver su cara de pocos amigos..
—Eres una exagerada, Brusca.
—Haces esto para tocarme el coño, Heather —le achacó Brusca con las mejillas encendidas—. ¡Estoy harta!
—Podrías molestarte un poco y pedirme una cama, ¿no crees? ¡Qué menos que darme una para mí sola!
—Ya sabes de sobra que Alvin no quiere darte nada porque que nadie se fía de ti. Bastante que te dejan dormir conmigo y no en una celda.
Brusca cogió la manta más gorda que había sobre la cama y se tumbó en el suelo para dormir sobre la esterilla de paja en la que había estado durmiendo Heather.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no voy a entregaros? —insistió ella molesta—. ¡No os estaría ayudando si esa fuera mi intención!
Brusca se puso la manta sobre la cabeza y la bruja soltó un suspiro de frustración. En realidad, Heather no era mala gente, solo un poco egocéntrica y creída, pero era cierto que no había dado todavía ningún indicio de querer traicionarlos. Cuando Brusca la pilló su primera reacción había sido intentar huir, como venía a ser lógico. Tras haberla cogido de sus muñecas y revelar su identidad, Heather reaccionó dándole un rodillazo tan fuerte en la cara que le rompió la nariz. Brusca casi se desmayó en ese momento, pero se agarró con tal vehemencia a la idea de que Heather era su última oportunidad de encontrar a Hipo y a Astrid y que, además, esa bruja se suponía que estaba trabajando para Le Fey, que ni de puta coña iba a dejarla escapar. Mareada y con la mano contra su palpitante y dolorosa nariz para cortar la hemorragia, corrió tras ella hasta la aldea Berserker. Cuando Brusca llegó tambaleándose, la bruja ya estaba corriendo casi en el puerto. Heather, al igual que Astrid, estaba en mejor forma que la media y, por supuesto, que la vikinga; así que Brusca decidió recurrir a lo fácil:
—¡Atrapad a esa tipa! ¡A la del pañuelo en la cabeza! ¡Es una bruja espía!
Los Berserkers la observaron confundidos; pero, por suerte, Camicazi, quien había salido del Gran Salón Berserker para ir a buscarla, dio la voz de alarma a Dagur. Consiguieron atrapar a Heather antes de que esta consiguiera soltar una barca que la llevara a mar abierto. La bruja chilló y pataleó mientras los Berserkers la arrastraban hasta el Gran Salón, aunque, para sorpresa de Brusca, no ejerció ningún tipo de magia. Brusca quiso ir tras ellos, pero Camicazi no se lo permitió, insistiendo que era más importante que fuera a ver a la galena para que le curara su nariz. Fue inútil que Brusca insistiera que era ella la que había descubierto a la bruja y que tenía que interrogarla; la bog-burglar sencillamente cogió de su muñeca y la llevó hasta una pequeña casita donde una mujer de mediana edad estaba preparando sus mejunjes. La dejó sola con esa mujer que se llamaba Brenda y, como todo Berserker, tenía más mala hostia que buenos modos y un sentido del humor más que cuestionable. Estudió la nariz de Brusca con atención y, cuando la vikinga pensó que iba a lavarle la sangre que se había empezado a secar, sencillamente la cogió y, sin darle siquiera tiempo para prepararse, se la recolocó en su sitio. Brusca soltó un alarido y las lágrimas de dolor resbalaron traicioneras por sus mejillas.
—Me temo que ya no la tendrás del todo recta —comentó Brenda más tarde mientras le limpiaba la sangre—, pero es que te han dado una hostia bien buena.
—¡No me digas! —apuntó Brusca con sarcasmo.
A la galena no le gustó su tono y se lo hizo saber presionando más de lo que debía el hematoma que había empezado a salir alrededor de su nariz. Brusca soltó una palabrota, pero se dejó curar procurando no quejarse demasiado. Una vez limpiada la sangre, Brenda le dio envuelto en un paño un trozo de hielo que olía a carne rancia y le pidió que mantuviera la cabeza bien en alto para evitar que su nariz volviera a sangrar. Estaba tomando un mejunje vomitivo para aliviar el dolor cuando Camicazi regresó.
—¿Cómo estás? —Brusca se quitó el hielo de la cara y Camicazi fingió una mueca de dolor—. ¡Buf! ¡Tienes un aspecto espantoso!
—¡Qué te jodan, Camicazi! —escupió Brusca—. ¿Qué ha pasado con Heather? ¿Dónde está?
—Dagur la está interrogando ahora, aunque no parece muy dispuesta a hablar —explicó Camicazi sentándose frente a ella—. ¿Cómo sabías quién era? ¿Qué pruebas tienes de que sea una bruja?
—La conocí durante el Festival del Deshielo —explicó la vikinga—. Astrid nos la presentó como una conocida de su isla, más tarde supe por la propia Astrid que era una bruja de su aquelarre —Camicazi torció el gesto no muy convencida y Brusca puso los ojos en blanco—. ¿La han visto Mocoso y Chusco? Si tan poco creíble soy, seguro que ellos pueden reconocerla porque también la vieron aquella noche. Está muy cambiada, más flaca y pálida, pero estoy segura de que es una bruja, sino, no hubiera actuado así, ¿no crees? Además, si la he reconocido ha sido porque le falta el dedo anular de la mano derecha. Astrid se lo cortó.
—¡Caray! ¿para qué tener enemigos cuando tienes amigos así?
Brusca no se molestó en responder a su cuestión.
—Tengo que verla —dijo la vikinga—. Yo puedo hablar con ella.
—Brusca, Dagur tiene bastante más experiencia interrogando que tú y yo juntas, dejemos esto en sus manos para…
—¿Por qué coño haces esto, Camicazi? —cuestionó Brusca furiosa—. ¿Por qué estás tan preocupada de invalidar cada cosa que te pido?
Camicazi no respondió de buenas a primeras, es más, apartó su mirada azorada.
—¡Respóndeme, hostia!
—¡Vale! —respondió la bog-burglar a la defensiva—. No creo… —titubeó una vez más y tragó saliva—, no creo que estés bien, Brusca.
La vikinga parpadeó sin creerse lo que estaba oyendo.
—¿Disculpa?
—Eres muy inestable, Brusca. Tienes cambios de humor, atacas a la gente si te enfadas demasiado, no paras de insistir que la solución a todo son dos personas que claramente no quieren ser encontradas y ahora dices que esa chica es una bru…
—Cierra la puta boca —le cortó Brusca con frialdad—. Si vas a decirme que he perdido la chaveta te puedes ir por donde has venido. No he pasado por el infierno que he pasado para que una niñata, que apenas ha tenido un solo puto problema en su vida, me venga con aires de suficiencia a decirme que no estoy bien de la cabeza.
—Brusca…
—¡Estoico confía en mí, Camicazi! —siguió Brusca rabiosa—. No necesito que nadie más lo haga, ¿así que sabes una cosa? Puedes cogerte a mi hermano y al otro gilipollas y hacer lo que os dé la gana con Dagur. Si os queréis suicidar luchando contra Le Fey con un simple ejército es vuestro puto problema, pero te juro que como no me dejéis hablar con Heather, verás por ti misma lo que es la verdadera locura y, creeme, no va a ser agradable.
Camicazi sostuvo su mirada muy callada, aunque estaba claramente dolida por sus palabras. Sin decir nada más, se levantó y salió de la casa de Brenda dando un portazo. Brusca soltó un suspiró mientras se ponía de nuevo el hielo en la cara y escuchaba a Brenda musitar:
—Para ser tan poca cosa, tienes demasiada mala hostia, niña.
—Métete en tu asuntos —bramó Brusca de mala gana.
Brusca terminó marchándose de la casa de la galena sin estar muy segura de hacia dónde debía ir. No tenía ganas de ver a Camicazi y mucho menos de soportar las mofas de su hermano y verle la cara a Mocoso. Supuso que Heather estaría en la prisión Berserker, pero no sabía dónde se encontraba y el té que Brenda le había hecho tomar para el dolor le había dejado con la mente espesa, así que pensó que lo mejor sería irse a un lugar donde pudiera echarse y dormir. Sin embargo, un guarda Berserker la paró caminó al río, indicándole que Dagur quería verla.
—¿Qué quiere ese petardo ahora? —preguntó Brusca con impaciencia mientras el guarda la guiaba por una ruta paralela a la aldea que no había visto ahora.
El guarda, como buen Berserker, no respondió a sus cuestiones. Caminaron un buen rato hasta que llegaron al pie del único montículo que había en la isla, donde Dagur estaba hablando con algunos miembros del Consejo. Frunció el ceño al verla.
—Joder, sabía que te había atacado, pero te ha hecho una buena avería en la cara —comentó el Jefe Berserker con un tono sorpresivamente serio—. ¿Te ha mirado Brenda?
—Sí —respondió Brusca con sequedad—. ¿Qué demonios quieres, Dagur?
—La prisionera se niega a hablar conmigo —explicó Dagur cruzando los brazos sobre su pecho—. La conozco de vista. Apareció aquí hace poco menos de un año buscando trabajo y la conocíamos por aquí como Seren. Lleva trabajando con las lavanderas desde entonces y no ha dado nunca problemas. ¿Estás al cien por cien segura de que es una bruja?
—Juro por mi madre que lo es —le aseguró ella.
Dagur sostuvo su mirada unos segundos.
—Está bien. Puedes hablar con ella.
—A solas —añadió Brusca y Dagur alzó una ceja—. Está claro que no confía en ti.
—¿Y en ti sí lo va hacer?
Brusca sacudió los hombros.
—No perdemos nada por intentarlo, después de todo, hasta que la pillé parecía muy dispuesta a ayudarme, eso tiene que significar algo, ¿no crees? —explicó la vikinga.
Dagur estrechó los ojos, muy poco convencido por su teoría, aunque terminó asintiendo resignado. Él mismo la guió hasta la celda y le dijo que contaba con unos minutos con ella a solas. Heather se encontraba en un rincón de la celda, abrazada a sus piernas y con una mirada, que de tener el don para ello, ya la habría fulminado.
—¿Qué tal? —preguntó Brusca con una sonrisita que estaba segura que iba a fastidiarla aún más.
—Vete a la mierda —escupió Heather—. ¿Quién coño te crees que eres para lanzarme semejante acusación?
Brusca frunció el ceño.
—¿Acusación? Eres una bruja, Heather, deja de mentir —dijo Brusca apoyándose contra los barrotes.
La bruja abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—¿En serio no te acuerdas de mí? —cuestionó Brusca ofendida—. Joder, nos conocimos en Mema, en el Festival del Deshielo.
—¿Mema…? —el rostro confuso de Heather cambió a uno de furia—. Espera, ¿eres la zopenca que estaba con Astrid durante la fiesta? Ni me acuerdo de tu nombre.
—Soy Brusca —respondió la vikinga un tanto ofendida porque no la recordara—. Soy amiga de Astrid.
—¿Y qué quieres decirme con eso? —le achacó Heather con impaciencia—. Tener el título de "amiga" con Astrid no vale una mierda y, encima, no tienes pruebas de que sea una bruja.
—Astrid me dijo que lo eras —le explicó Brusca con un tono más conciliador—. Lo sé todo sobre vosotras, Le Fey…
—¿Ah sí? ¿Te dijo tu amiguita Astrid que me cortó el dedo para poder entrar en el ejército del aquelarre? ¡A mí! ¡A su mejor amiga! —chilló Heather rabiosa.
—Bueno, tú tampoco testificaste a su favor cuando Le Fey la acusó de traición y, honestamente, la metiste en un buen lío cuando tuvieron que matar a aquel cazador de brujas para salvarte la vida —le acusó Brusca muy calmada—. No defiendo lo que hizo Astrid, pero tampoco es justo que te pongas en la posición de víctima.
—¡¿Víctima?! —replicó Heather apretando los puños con tanta fuerza que sus manos se quedaron blancas—. Lo único que ha hecho Astrid a lo largo de su vida ha sido destrozar la mía. Si estoy encerrada en esta puta isla es por su culpa. ¡Porque no me permitió encontrar el puto libro!
—¿Libro? ¿Te refieres al grimorio? —preguntó Brusca alzando una ceja.
Heather palideció en aquel instante y se levantó de un salto para correr hacia los barrotes, causando que Brusca tuviera que dar un traspiés hacia atrás.
—¿Cómo que el grimorio? ¡No me jodas que Astrid lo encontró! ¿Dónde? ¿Cuándo? —cuestionó la bruja ansiosa.
—¿Por qué te interesa tanto? —dijo Brusca cruzando los brazos sobre su pecho.
—¡Porque Le Fey me torturó y me echó del aquelarre precisamente porque no lo encontré! —escupió Heather rabiosa.
Brusca sintió un escalofrío sacudir su espalda al recordar la magia de tortura de Le Fey.
—Si te ha echado significa… ¿que ya no estás de su lado? —se atrevió a preguntar la vikinga.
—Yo no estoy del lado de nadie —bramó Heather con las mejillas encendidas.
—¿Osea que no te interesa vengarte de esa perra?
Heather hizo una mueca.
—No me junto con los perritos falderos de Astrid —dijo la bruja con saña—. Además, enfrentarse a Le Fey es un suicidio.
—Bueno, según cómo se vea, ¿no crees? —replicó Brusca—. Algún punto débil tiene que tener, ¿no?
—¿Acaso lo conoces? —preguntó Heather alzando una ceja.
Brusca se mordió el labio, incapaz de responder a su pregunta.
—Claro que no lo sabes, ¡nadie lo sabe! —exclamó la bruja poco sorprendida y se apartó de los barrotes para sentarse en el catre de la celda—. Me encantaría ver cómo te mata Le Fey, pero me imagino que los Berserkers me entregarán a Drago.
—Nadie va a entregarte a Drago —se apresuró en aclarar Brusca—. No si nos ayudas.
La bruja arrugó la nariz.
—¿Ayudarte con qué?
—Necesito encontrar a Astrid y a Hipo.
Heather soltó una carcajada.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó la bruja con una sonrisa burlona mientras cruzaba las piernas.
Brusca frunció el ceño.
—Esperaba que tú lo supieras. ¿Acaso no eres una bruja? Me sorprende que a estas alturas ni siquiera hayas salido de aquí usando tu magia.
Heather la contempló como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Tú qué te piensas? ¿Que con un solo chasquido puedo hacer lo que me venga en gana? —cuestionó la bruja con voz sombría—. Mi magia es muy débil desde que Le Fey me echó del aquelarre, apenas puedo usar mi don.
—¿A qué te refieres? —replicó Brusca frunciendo el ceño—. Astrid podía usar la suya sin problemas…
—Astrid es diferente —le interrumpió Heather—. Siempre lo fue. Es más poderosa que el resto de nosotras y su don es mucho más singular.
Brusca se apoyó de nuevo contra los barrotes, observando a Heather con extrañeza.
—No entiendo qué quieres decirme con eso —dijo Brusca sin comprender—. Ella se quejaba de que no era tan poderosa como cuando estaba en el aquelarre, pero podía usar su magia para sanar, convocaba tormentas, echaba rayos por las manos… ¿Y tú no puedes hacer nada de nada?
Heather sacudió la cabeza y se abrazó a sus piernas.
—Puedo hacer cosas muy básicas.
—¿Te has esforzado un poquito en intentar hacer algo que no sea muy básico? —insistió Brusca.
La bruja la fulminó con la mirada.
—¿Te crees que es fácil? ¡Toda mi vida he dependido del aquelarre para hacer mi magia! La unión nos hacía más fuertes y ahora estoy sola, ¿lo entiendes? ¡Sola! —chilló Heather furiosa—. Mi magia no vale una mierda sin estar en el aquelarre y no todas tenemos la suerte de Astrid de haber sido bendecidas con un poder de un Dios tan poderoso como Thor, ¿sabes? Además, ella siempre fue a su puta bola, por eso su magia no estaba tan unida al aquelarre.
—Bueno, fue a su puta bola porque no le disteis otra opción, ¿no? —le recriminó Brusca de mala gana.
Heather rompió a reír con falsedad y se levantó de nuevo del catre para encararla.
—¡Qué fácil es ponerse del lado de Astrid cuando sólo conoces su versión de la historia! —exclamó la bruja—. Ella siempre fue fría y calculadora, una perra arrogante que solo pensaba en destacar por encima de las demás.
—Bueno, lo de que es fría y un poco perra no lo voy negar —concordó Brusca—, pero según tengo entendido Le Fey no se ensañó con ninguna de vosotras tanto como lo hizo con Astrid, ¿me equivoco?
Heather se quedó muy callada.
—No, no te equivocas —terminó admitiendo.
—¿Sabes el motivo por el que Le Fey odia tanto a Astrid? —preguntó Brusca esperanzada de encontrar respuestas por fin.
—Nadie lo sabe —contestó la bruja—. Siempre la tuvo en el punto de mira, quizás porque Astrid siempre fue diferente a las demás.
—Ya, porque era una perra y…
—No —le cortó Heather con sequedad—. Aún sin ser tan poderosa como lo era estando en el aquelarre, Astrid sigue teniendo la mayor parte de sus poderes, cosa que no suele ser lo normal con el resto de las brujas. Astrid ha irradiado muchísima magia desde siempre, incluso de niña. Es más, era de las pocas que conseguía mantenerse cerca de Le Fey sin verse afectada por su magia.
—¿A qué te refieres? ¿Al control mental?
—Entre otras cosas, Le Fey siempre ha tenido una influencia… compleja sobre todas nosotras. Como si nuestra existencia se basara en complacerla. Astrid quería complacerla, pero no porque quisiera hacerlo realmente, sino porque anhelaba cariño como un perrito abandonado. ¡De ahí que siempre quisiera buscar a su estúpida familia! No negaré que yo misma he tenido curiosidad de saber sobre mis orígenes, pero jamás se me hubiera pasado por la cabeza traicionar a Le Fey o incluso usarla para alcanzar mis objetivos. Astrid, en cambio, siempre actuó en base a eso —explicó Heather horrorizada—. La sola idea me sigue poniendo la carne de gallina. Sé que Le Fey cuenta con muchos dones, pero no he sido testigo de todos ellos. En realidad, cuando me desterró descubrí que podía cambiarse de cuerpo, me imagino que estarás al tanto de eso, ¿no? —Brusca asintió resignada—, pero puede hacer otras cosas… horribles algunas de ellas, maravillosas otras muchas. Desconozco el porqué cuenta con tantas bendiciones de Freyja, más que nada porque Le Fey no es alguien que precisamente comparta sus experiencias con nadie.
—Pero no siempre funcionan, ¿no? —preguntó Brusca ansiosa—. Quiero decir, el tema del control mental… no afecta a todo el mundo.
Heather sacudió los hombros.
—Me imagino que va de voluntades, el control mental raramente lo ha usado con nosotras porque el aquelarre siempre ha vivido sometido a su poder —teorizó Heather—. No te conozco, pero si Le Fey intentara controlar tu mente es de suponer que no le sería nada fácil.
—¿Por qué?
—Porque tienes determinación y probablemente tengas un carácter más complejo que el de los demás —respondió la bruja malhumorada—. Sin embargo, sé que ella también se cansa usando su magia, me imagino que hasta el punto que pueda oler su propio hedor.
—¿Hedor? ¿A qué te refieres?
—Tú no tienes magia, por lo que no puedes olerlo, pero… Le Fey apesta —intentó argumentar Heather—. Por lo general, no es algo que se perciba, pero cuando usa su magia con mucha intensidad su cuerpo expulsa un olor insoportable que, de alguna manera, te fuerza a hacer lo que ella quiera con tal de hacerlo desaparecer.
La honesta cara de asco de Heather le dejó claro que no le estaba tomando el pelo. Brusca se esforzó en procesar toda la información con cuidado, consciente de que estaba contando con una información muy valiosa gracias a la bruja. La observó en silencio: delgada, pálida y con aquel pañuelo aún cubriendo su cabeza. Brusca estrechó los ojos.
—¿Por qué llevas eso puesto?
Heather sabía bien a qué se refería.
—Le Fey nos hace pagar por nuestros errores. Esto… —Heather deshizo el nudo que ataba el pañuelo sobre su frente—, es un recordatorio constante de que la fallé, que he deshonrado nuestro buen nombre y que ya nunca más volveré al aquelarre.
Brusca contuvo la respiración cuando el pañuelo resbaló de la cabeza de la bruja. Recordaba bien su hermoso y largo cabello azabache durante la noche del Festival del Deshielo, el cual parecía tener luz propia por lo brillante que lucía bajo las luces de las antorchas que iluminaban el Gran Salón. Astrid le había explicado que el pelo era un símbolo de fortaleza y belleza entre las brujas y que podía resultar muy humillante llevarlo muy corto porque estaba mal visto entre las de su especie. No obstante, Heather no llevaba el pelo corto siquiera. Su cabeza estaba rapada al cero, con cicatrices de cortes que demostraban que no la habían rasurado precisamente con delicadeza. Hasta ese momento, Brusca no se había detenido a pensar lo sola que debía sentirse Heather. A ella se lo habían arrebatado todo, pero en el caso de Heather todo lo que había conocido y amado le había dado la espalda.
—Gracias —dijo la vikinga con voz suave.
Heather alzó la cabeza con los ojos tintados de desconcierto.
—¿Por qué?
—Por compartir esto conmigo —respondió Brusca—. No me conoces de nada y no ha tenido que ser fácil, así que agradezco que hayas querido mostrarme esto.
—No te ilusiones, te lo he enseñado porque no es algo que puedas usar en mi contra —musitó Heather colocándose el pañuelo de nuevo en la cabeza.
—Tampoco lo haría de poder hacerlo —insistió la vikinga—. Le Fey… nos ha hecho mucho daño a las dos, en diferentes formas y… siento que hayas tenido que pasar por lo que has pasado.
Heather la observó atónita, pero aún con cierto recelo, así que Brusca soltó un suspiro y le contó toda su historia empezando por cómo descubrió que Astrid era una bruja, la boda, la dictadura de los Gormdsen, las torturas de Le Fey… Casi todo. Ambas se habían sentado en el suelo, una enfrente de la otra, separadas por aquellos barrotes. Cuando Brusca terminó su anécdota a la parte en la que le había encontrado, Heather se quedó un buen rato callada hasta que dijo:
—Creo que ya entiendo porque le gustas a Astrid.
Brusca ladeó la cabeza sin entender y Heather sonrió.
—Eres buena amiga. Te preocupas, aunque quizás estés dependiendo demasiado en ella.
—No dependo demasiado…
—Incluso Astrid tiene sus límites, Brusca —le cortó Heather con suavidad—. Astrid no puede vencer a Le Fey. Nadie puede.
—Astrid tiene el libro que Le Fey tanto quiere —le recordó Brusca—. ¿Y si el grimorio contiene la clave para derrotarla?
—Si lo tuviera, ¿por qué no ha vuelto entonces? —cuestionó Heather.
—Ella y Hipo piensan que estamos todos muertos —aclaró Brusca con cierta desesperación—. ¿Y si teme perder aquello que más quiere enfrentándose a Le Fey?
—¿Te refieres a Hipo? No sé, no me trago lo de que esté realmente enamorada, seguramente es protectora con él porque si el humano la palma, ella lo haría también —observó Heather arrugando la nariz.
Brusca sabía que era una pérdida de tiempo convencer a Heather de lo contrario, sobre todo porque no estaba allí para defender el romance de Astrid e Hipo.
—Heather… hay algo que no me has dicho —Brusca tragó saliva, consciente de que la bruja podría mandarle fácilmente a la mierda—. ¿Cual es tu don?
La joven chasqueó la lengua.
—¿Por qué coño quieres saberlo?
—No sé muy bien cómo va eso de los dones —comentó Brusca sacudiendo los hombros—. Quiero decir, ¿tenéis magia, pero también tenéis otro poder a parte?
—Todas las brujas compartimos el don de la magia: hechizos comunes, crear pócimas, ejercer ciertos rituales… —Heather se quedó un momento pensativa, como si acabara de recordar algo—, y luego está el don especial con el que nos bendice Freyja. Astrid, el gran ejemplo a seguir, tiene el poder de Thor. Otras tienen el poder de manejar el viento, crear ilusiones, curar cualquier clase de herida o afección... otras más especiales controlan el agua o incluso el hielo…
—¿Y el fuego? —preguntó Brusca con curiosidad.
—¡No digas tonterías! Las brujas no nos podemos quemar, pero somos incapaces de controlar el fuego —matizó Heather—. Es el único don con el que no se nos bendice.
Brusca asintió, aunque le gustaría comprender por qué las brujas no podían usar ese don en particular.
—¿Y cuál es tu don? —insistió la vikinga una vez más.
—¿Por qué demonios quieres saberlo?
—Porque no lo sé y estás muy misteriosa con eso —apuntó Brusca con una sonrisita.
Heather soltó un largo suspiro y extendió su mano hasta sujetar uno de los barrotes de su celda. Estuvo unos minutos concentrada hasta que, de repente, el metal que tenía agarrado se puso a temblar hasta que se deformó formando curvas irregulares hacia los lados. Heather soltó el barrote hiperventilando y Brusca observó que estaba sudando.
—Puedes controlar el metal —dijo la vikinga sorprendida—. ¿Por qué no has usado tu don para escapar entonces?
—¿Acaso no me ves? ¡Me he quedado sin fuerzas solo para hacer esa gilipollez! —se lamentó Heather tumbándose en el suelo—. Mi poder nunca ha servido para nada y no puedo hacer mucho más de lo que has visto.
—¡Pero qué dices! —replicó Brusca sin comprender—. ¡Si es brutal! ¡Puedes hacer que el metal se doble a tu voluntad!
Heather puso los ojos en blanco y se llevó las manos a su pecho para probablemente calmar los latidos de su corazón acelerado por el sobreesfuerzo. Brusca le dio tiempo para que se recuperara y por un segundo pensó que la bruja se quedaría dormida en el suelo, pero al rato Heather entreabrió los ojos en su dirección y preguntó:
—Si te ayudo a encontrar a esos dos, ¿me prometes que no me entregaréis a Drago?
—Te lo prometo.
Heather miró hacia al techo con aire ausente.
—Hay un hechizo —explicó la bruja con voz cansada—. Es un poco arcaico, pero me imagino que puede funcionar, aunque necesitaré algunas cosas y que haya luna llena para ejecutar el conjuro.
—La luna no estará llena hasta dentro de tres semanas, ¿estás segura que no puedes hacerlo un poco antes? —cuestionó Brusca nerviosa.
—Mi magia es demasiado débil para formular un conjuro como ese así como así, durante las noches de luna llena nuestros poderes acrecientan relativamente. Es eso o buscar otra bruja que me ayude a formular el hechizo, pero creo que no vas a conseguir eso con tanta facilidad.
—¿Por qué no?
—Porque en este Archipiélago o hay brujas que sirven a Le Fey o brujas que quieren matar a Le Fey, pero como saben que no pueden optan por acabar con sus siervas.
—Vaya… Está jodida la cosa, ¿no? —dijo Brusca resignada y Heather asintió—. Está bien, esperaremos a la noche de luna llena. ¿Qué necesitarás para ejecutar el hechizo?
—Eso es más fácil, pero no pienso decírtelo todavía.
Brusca contuvo un grito de exasperación y darle una patada a los barrotes de la celda.
—¿Por qué? —terminó preguntando.
—Me necesitas para ejecutar el hechizo —explicó la bruja cruzando los brazos—. Si te lo digo, es tan fácil como quitarme de en medio, así que la composición del mismo es la garantía que tengo para que no me entregues y te vayas corriendo adonde otra bruja.
—Eres un poco desconfiada, ¿no? —le recriminó Brusca enfadada.
—No me fío ni de mi propia sombra —admitió Heather con una sonrisita de suficiencia.
—Pues tendrás que darme otro tipo de garantías —le advirtió Brusca—. Dagur no me dejará sacarte de aquí a menos que nos des algo a cambio ahora.
El rostro confiado de Heather se transformó en una mueca de desagrado, consciente de que era Brusca y no ella la que estaba contando con la ventaja. Se levantó del suelo y dio varias vueltas por la celda mientras murmuraba algo para sí misma en una lengua que la vikinga no entendió. Terminó parándose y la observó durante unos segundos con gran intensidad hasta que dijo:
—Te daré sus nombres.
Brusca arqueó una ceja.
—¿Los nombres de quién?
—De las espías de Le Fey que se esconden en esta isla.
—¿Qué? ¿Cómo que espías? —cuestionó Brusca con un repentino nudo en el estómago.
—Le Fey tiene espías en todas partes. Hay un par en la aldea, aunque no me dirigen la palabra —comentó Heather muy seria.
Espías. Brusca estaba convencida que de tener algo en su estómago lo vomitaría en ese instante. ¿Sabrían las espías de Le Fey quienes eran ellos? Era una posibilidad, después de todo ellos habían sido los Jinetes de Mema y podían ser aliados muy valiosos en el hipotético caso de que Astrid e Hipo pudieran regresar. Si aquellas brujas sabían quienes eran y habían dado el chivatazo de que estaban allí, entonces podían darse por muertos. ¿Cuánto tardaría Le Fey en llegar allí? A día de hoy desconocía su localización, pero ella o Thuggory podían aparecer en cualquier momento y no estaba tan segura de que Dagur fuera a arriesgar el bienestar de su aldea por una panda de pringados como ellos.
—A ver, déjame adivinar, piensas que esas brujas se han chivado a Le Fey —supuso Heather con una sonrisita.
—¿Qué otra cosa iban hacer si no?
—Está muy bien que tengas amor propio, pero no creo que ni sepan quién eres —explicó la bruja con una sonrisita—. En todo caso, su atención podría estar puesta en tu amiguita.
—¿Amiguita? —preguntó Brusca sin entender por un segundo—. ¡Espera! ¿Te refieres a Camicazi?
—Es heredera de las Bog-Burglars, ¿no? —comentó Heather con cierta malicia—. Eso probablemente atraiga la atención del perro de Le Fey, pero tienes mucha suerte de que a las brujas no les interese una mierda los asuntos de los humanos y Dagur se ha encargado de encontrar y matar a todos los espías humanos de Drago y de la reina. Camicazi podría ser una pieza clave contra Bertha La Tetuda, pero por suerte para tu amiga, su madre fue una de las primeras en rendir pleitesía a la reina, así que quieren atraparla sencillamente para entregársela a su madre y que no moleste.
—Entonces… ¿no dirán nada? —preguntó Brusca apurada.
—Depende. Si no quieres arriesgarte… yo podría decirte sus nombres ahora para que Dagur las atrape y a cambio pides que me liberen ahora mismo —insinuó Heather.
Brusca sacudió la cabeza, no muy convencida por su sugerencia.
—¿Y cómo sé que no vas a escaparte a la mínima de cambio?
—¿Y adónde coño voy a ir? —cuestionó Heather ofendida—. No tengo otro remedio que unirme a ti y a tus amiguitos para que las otras brujas no me maten y, a cambio de que no me entreguéis a Drago, formularé el hechizo.
Brusca estrechó los ojos sin confiar del todo en sus palabras e hizo que Heather soltara un suspiro de exasperación.
—Mira, no sé si tienes experiencia en estar aislada en una celda, pero yo sí y no es agradable. Los Berserkers, además, no soy precisamente los que mejor tratan a sus prisioneros y me muero por darme un baño y cambiarme de ropa. Tampoco pido tanto, las espías a cambio de mi libertad.
La vikinga reflexionó un momento su oferta antes de decidirse.
—Está bien, hablaré con Dagur. Si él acepta tus condiciones, tú no te separarás de nosotros bajo ningún concepto.
—Tranquila, me pegaré a ti como una lapa —le prometió la bruja—. Tampoco es que tenga otro remedio.
Y así fue. A Brusca le costó lo suyo convencer a Dagur de que las mujeres que la bruja había señalado eran espías de Le Fey. Después de discutir con Dagur por casi una hora, Brusca tuvo que quedarse con Heather en la celda hasta que capturasen e interrogasen a aquellas mujeres, pero Dagur apareció antes de lo previsto junto con Camicazi con muy mala cara. Le Fey había mandado a dos espías, dos supuestas hermanas que llevaban más de un año viviendo en la isla, pero tan pronto los Berserkers dieron muestras de querer capturarlas, éstas habían reaccionado usando sus magias. Ni Dagur ni Camicazi especificaron qué clase de magia, pero había sido lo suficientemente catastrófico como para haber dejado muertos. Las brujas, quienes habían conseguido atraparlas en pleno vuelo con la ayuda de los dragones, se habían tragado una sustancia que las habían matado antes de que pudieran pisar tierra.
—Es bastante común en el aquelarre —comentó Heather con cierta indiferencia por el relato—. Antes muertas que traicionar a la reina. Morir en sus manos es infinitamente peor.
Dagur estaba tan furioso que Brusca estaba segura que estamparía la cabeza de Heather contra la pared; pero, para su enorme sorpresa, se contuvo. En realidad, observaba a la bruja con una mezcla de extrañeza y furia.
—Tenéis que largaros de aquí —dijo Dagur dirigiéndose a Camicazi—. Esto llegara a oídos de la reina y si os pillan aquí será una sentencia de muerte para mi gente.
—Pero Dagur…
—No cuentes conmigo, Camicazi —le cortó el Berserker tajante—. Tu madre es fiel a la reina y yo no soy precisamente el más popular del Archipiélago. No voy arriesgar a mi pueblo por una causa perdida. Nadie se unirá a nosotros, por mucho que te empeñes.
Camicazi intentó razonar con el vikingo, pero éste hizo oídos sordos a sus quejas. Ambos entraron en una discusión en la que Brusca era consciente que no tenía el más mínimo sentido entrometerse, aunque era difícil posicionarse: Camicazi quería poner fin a todo aquello, puede que no de la forma ideal, pero al menos quería intentarlo; Dagur, por su parte, no quería arriesgar a su pueblo sin tener un plan garantizado. No podía culpar a ninguno de los dos.
—¡Quién iba a decirlo! —exclamó Heather con mofa—. ¡El Jefe de los Berserkers preocupado por su pueblo!
Camicazi y Dagur se callaron en ese mismo instante y se giraron hacia ella furiosos. Brusca le golpeó en el brazo para que cerrara la boca, pero Heather se redujo a sonreír con maldad.
—¿Y tú qué coño tienes que decir, bruja de mierda? —escupió Dagur con voz amenazante—. Tú y tu puta raza habéis infectado nuestro Archipiélago.
—¡Uy! ¡Y encima racista! —señaló la bruja con una carcajada—. Tiene que ser muy duro ser tú, Dagur. Un día te dedicas a matar a un pobre hombre a base de puñetazos delante de toda la aldea y, al siguiente, decides que quieres ser una buena persona. Eso sí, creo que también te faltan cojones.
Camicazi tuvo que interponerse entre Heather y Dagur para que el Berserker no se abalanzara sobre ella.
—¿Qué coño quieres decirme con eso, so perra?
—Que los humanos sois unos salvajes —escupió Heather—. Y unos hipócritas. Creía que a los que les gustaba que les dieran por culo eran un poquito más sensibles, aunque me temo que no es tu caso. Marica y encima cobarde.
Brusca tuvo que ponerse delante de Heather cuando Dagur dio un empujón a Camicazi.
—Tranquilízate —le advirtió Brusca con toda la firmeza y seriedad que fue capaz de simular—. Lo hace para provocarte, así que cálmate, por favor. Ella es la única que puede traernos a Hipo y a Astrid de vuelta, ¿recuerdas? Puede que nadie nos siga a nosotros, porque somos lo pringados que somos, pero sabes de sobra que la gente seguirá a Hipo.
Dagur gruñó y sostuvo la mirada a Heather unos largos segundos antes de dar dos pasos hacia atrás con una expresión que mezclaba ira y resignación. Todo parecía que iba a quedar como una anécdota cuando Heather imitó el cacareo de una gallina. Aquello encendió a Dagur tanto que Brusca solo tuvo tiempo para gritar:
—¡Me cago en la puta, Heather!
Brusca saltó delante de la bruja para recibir un puñetazo tan fuerte de Dagur en la mandíbula que la dejó semiinconsciente. Le pareció escuchar gritos por parte de Heather y Camicazi, aunque el dolor era tan agudo que Brusca apenas podía procesar nada. Sin embargo, sintió algo muy frío de repente contra la piel de su cara y oyó un débil siseo que hizo que el dolor desapareciera prácticamente al instante. La vikinga abrió los ojos para encontrarse con los de Heather y ésta simplemente dijo:
—Tengo que admitir que tienes ovarios, tía. Eres la primera que recibe un puñetazo por mi, ha sido hasta romántico.
Brusca se incorporó mientras se acariciaba la mandíbula y no vio ni a Camicazi ni a Dagur por ningún lado, aunque la puerta de la celda estaba abierta del todo.
—¿Dónde… dónde están…?
—¡Oh! Se han marchado. Dagur se había quedado pálido como un muerto cuando recibiste su puñetazo y huyó despavorido. Camicazi corrió tras él tan pronto supo que sobrevivirías, supongo que para consolarlo.
Brusca sacudió la cabeza.
—Has sido una hija de perra, Heather. Dagur ha sido benevolente contigo, no entiendo por qué tenías que insultarlo de esa manera.
Heather sacudió los hombros como si la cosa no fuera con ella.
—No me gustan ni los abusones ni los cobardes —explicó la bruja con indiferencia—. Cuando atraparon a los espías de Drago, Dagur no dudó en matarlos con sus propias manos. Sin juicio ni nada y, lo más gracioso de todo, es que los Berserkers parecían encantados por su decisión y sus maneras de hacer justicia. Fue vomitivo.
—Los Berserkers son vengativos por naturaleza y ahora son muchísimo más moderados que antes —razonó Brusca frunciendo el ceño—. Entiendo tu indignación, pero creo que te has pasado de hipócrita.
Heather la observó ofendida.
—¿Por qué coño dices eso?
—Porque hasta hace bien poco no dudabas en servir a una mujer que es infinitamente peor que Dagur.
—Es diferente —se defendió ella—. No teníamos otro remedio que obedecerla, no conocíamos otra cosa. Además, nosotras somos brujas y...
—Que poseas magia no te da derechos a que puedas hacer con nosotros lo que te venga en gana —le cortó Brusca con frialdad—. Si vas a estar de nuestro lado, Heather, vas a tener que aprender a no ser gilipollas. A Astrid tampoco le quedó otra y terminó aprendiendo también, así que aplícate el cuento.
Brusca se levantó del suelo y se limpió el polvo de sus pantalones. Le dolían otra vez los riñones y, por la incómoda humedad entre sus piernas, era probable que tuviera que cambiarse pronto para no manchar su ropa de la sangre de la regla otra vez. Además, su cara todavía le dolía por la ruptura de su nariz.
—Yo no soy Astrid —escupió Heather molesta.
—No te he pedido que lo seas —replicó Brusca muy seria—, pero tienes que aprender, aunque sea a marchas forzadas, a tener un poquito de humanidad.
Heather abrió la boca para contradecirla, pero volvió a cerrarla y aquello dio fin a la conversación. Consciente de que no era del todo seguro salir de allí, Brusca decidió que lo mejor sería que se quedarían allí esperando hasta que Camicazi o alguien vinieran a buscarlas. Para su mala suerte, fueron Mocoso y Chusco quienes tuvieron que hacerlo. Brusca tuvo que contener su ya típica mueca de desagrado, aunque por suerte su hermano parecía más preocupado en hacerle preguntas estúpida a Heather. Mocoso, en cambio, se mostró prudente con ella e incluso llegó a murmurar:
—Siento no haberte creído.
Brusca no respondió, pero sintió que el peso en su pecho se aligeraba un poco. Heather enredó su brazo con el suyo, dándole a entender que no tenía planes de separarse de ella y salieron juntos de aquel lugar, en dirección al recinto donde habitaban los dragones de los Berserkers. Camicazi les esperaba allí con expresión taciturna, mientras que Dagur no se le veía por ninguna parte. Brusca caminó junto a Heather en dirección a Colmillos, pero para su enorme desconcierto el dragón le enseñó los dientes.
—¿Qué te pasa? —preguntó la vikinga sin entender.
—No eres tú —aclaró Heather a su lado—. Soy yo.
—¿A qué te refieres?
—Las brujas y los dragones no nos llevamos nada bien —explicó la bruja sin apartar sus ojos del Pesadilla Monstruosa y se quedó un momento callada, como si estuviera atenta a una conversación en la que Brusca no era partícipe—. Tu dragón me está llamando de todo menos guapa.
Brusca también sabía lo de que las brujas podían hablar con los dragones y no pudo evitar reproducir aquel sentimiento de envidia que entonces Astrid había despertado en ella cuando se lo contó. La vikinga, consciente de que Colmillos no iba a dejar que Heather montara sobre él así como así, extendió su mano con cierta prudencia para palpar el hocico del dragón y, no muy segura de que pudiera entenderla, dijo:
—Es importante que venga con nosotros. Por favor, nunca te he pedido nada.
El dragón, por supuesto, de decir algo no pudo escucharlo, pero sus feroces ojos parecieron suavizarse.
—Le caes bien —dijo Heather de repente—. Aunque cree que estás cometiendo una insensatez confiando en mí.
—Bueno, en eso estamos de acuerdo —concordó Brusca con amargura.
Heather bufó, aunque Brusca no le hizo especial caso, menos cuando Camicazi los llamó a todos para trazar un plan.
—Visto que Dagur no quiere ayudarnos, estoy abierta a escuchar nuevas propuestas —explicó la bog-burglar.
—Tenemos a Heather, ¿no? —replicó Brusca de mala gana—. Yo volvería a la Isla de los Marginados.
—¿No puede aplicar el hechizo ya? —cuestionó Camicazi malhumorada.
Heather sacudió los hombros sin abrir la boca, cosa que pareció encender a la bog-burglar.
—Mi plan se ha ido a la mierda por tu culpa, bruja, así que lo mínimo que puedes hacer es ayudarnos, ¿no?
Heather sonrió, aunque siguió sin decir una sola palabra, probablemente porque sabía que su silencio solo fastidiaría aún más a la bog-burglar.
—Heather necesita ciertas condiciones para aplicar el hechizo —argumentó Brusca—. Creo que lo más adecuado será volver con los Marginados e ir recogiendo los ingredientes según nos vaya indicando.
—¿Y no podemos recogerlos ya? —cuestionó Chusco arqueando una ceja.
—Se niega a darnos el listado completo porque sabe que es la única garantía que tiene para que no la entreguemos a Drago —explicó la vikinga fulminando a Heather con la mirada—. Así que irá diciéndonos poco a poco lo que necesita hasta la próxima luna llena, que será cuando pueda formular el hechizo.
El grupo las observó con demasiado recelo y Brusca no pudo culparlos. La palabra de Heather en ese momento tenía el mismo valor que el de un zapato; es decir, nada de nada, ¿pero qué otra opción tenían? Ignoró las miradas recriminatorias de Camicazi, enfadada porque su plan se hubiera ido al garete, e hizo oídos sordos a los comentarios de su hermano y a las intensas miradas de Mocoso.
Tardaron tres días en regresar a la Isla de los Marginados y Brusca tuvo una sensación agridulce.
El propio Estoico los recibió, esperanzado de que Hipo regresara con ellos, pero su rostro marcado por la decepción y sus hombros hundidos al no verle con ellos hizo que Brusca sintiera un desagradable nudo en su estómago. Sin embargo, Estoico parecía al menos contento de saber que habían cumplido con la misión de encontrar a una bruja, aunque Heather tampoco abrió la boca en presencia del antiguo Jefe de Isla Mema, aunque ésta vez parecía más bien por pura intimidación que por otra cosa.
Alvin no estaba contento con su regreso, pero Estoico parecía haberlo calmado lo suficiente como para que sencillamente ignorara su presencia. El número de refugiados en la isla había aumentado alarmantemente y a falta de camas y espacios para dormir, Brusca no tuvo otro remedio más que permitir que Heather durmiera con ella. La bruja parecía más conforme que ella, probablemente porque estando cerca de la humana se aseguraba de que no la matarían mientras dormía.
A los pocos días, Heather empezó a soltarse y a hablar con los demás. Se llevaba bien con Chusco y Mocoso, probablemente porque se reía de ellos más que otra cosa, aunque éstos no parecían darse por aludidos. Camicazi mantenía las distancias, probablemente carcomida porque su plan de crear un ejército no hubiera salido adelante. Brusca no tuvo otro remedio que hacer tripas corazón y acercarse a ella para echar tierra a sus diferencias y, para su enorme sorpresa, descubrió que era ella misma y no Camicazi la que seguía más enfadada de las dos.
—Yo solo pensaba en lo que sería mejor para todos —se defendió la bog-burglar frustrada—. Estaba desesperada y, por mucho que quisiera creer en tu plan, no le veía ni pies ni cabeza. Estabas tan emperrada con lo de encontrar a la bruja para así hacer regresar a Hipo y a Astrid que me parecía una locura insana.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —cuestionó Brusca ofendida—. ¿Por qué no hablarlo conmigo antes?
—Porque tenía miedo a herir tus sentimientos y claramente lo hice en el peor momento posible. Lo siento muchísimo, de verdad —se disculpó Camicazi con tristeza—. Encima esa perra de la bruja solo ha hecho empeorar las cosas… Si no hubiera sido por ella, puede que Dagur se hubiera decidido a ayudarnos… pero se volvió loco cuando te interpusiste entre él y Heather, tan pronto te dio el puñetazo salió corriendo y se negó a hablar conmigo ni con nadie…
—¿Por qué crees que reaccionó así?
—Gritaste su nombre antes de que recibieras el puñetazo y su hermana se llamaba igual que ella, supongo que eso le habrá traído malos recuerdos —explicó la bog-burglar y Brusca iba a preguntar más sobre aquello cuando Camicazi sacudió la cabeza para cambiar de tema—. Esto no debe preocuparnos ahora. Tenemos a la bruja, ¿cuál es el siguiente paso?
Brusca tuvo que pedirle ayuda a Estoico para convencer a Heather de que soltara prenda respecto al hechizo. Aún sin tener autoridad en aquel lugar, Estoico era lo suficientemente influyente entre los Marginados como para garantizar la seguridad de Heather siempre y cuando cumpliera con su parte. Sin embargo, Heather les sorprendió con una nueva condición:
—Tenéis que protegerme de esos dos.
—¿De quién? ¿De Hipo y Astrid? —cuestionó Estoico sin comprender—. ¿Por qué? No creo que…
—No acabamos en buenos términos la última vez que nos vimos y estoy convencida de que si vuelvo a toparme con Astrid, ésta me reventará la cabeza.
Brusca estaba convencida de que siendo Astrid era muy probable que eso pudiera suceder.
—¿Qué hiciste para cabrearla tanto? —preguntó Brusca con inevitable curiosidad.
—Eso es asunto de ellos y mío, pero no quiero que ninguno me toque un pelo si regresan, ¿entendido?
—No creo que Hipo quisiera… —empezó Estoico confundido.
—Tu hijo ha estado solo con Astrid durante más de medio año y te recuerdo que están vinculados —le cortó Heather con frialdad—. Ninguno habéis visto a Astrid realmente cabreada y a ella le sobran razones para estar enfadada con todo el aquelarre, sobre todo conmigo después de lo que sucedió la noche del Festival del Deshielo. No estoy segura de que me hayan perdonado eso.
—¿Qué sucedió la noche del Festival del Deshielo? —preguntó Estoico desconcertado—. ¿De qué demonios estás hablando?
Sin embargo, Heather no necesitó responder a esa pregunta, ya que Estoico pareció hacer la correlación rápidamente.
—Aquel hombre… el que acompañaba a Eret aquella noche y desapareció… ¿mi hijo tuvo algo que ver con eso? —cuestionó él en voz de hilo.
—Bueno, digamos que cuando el cazador iba a violarme y después intentó matar a Astrid, Hipo reaccionó lo bastante rápido como para degollar a ese hijo de puta —aclaró la bruja haciendo que Estoico se quedara blanco como el papel—, aunque mejor me ahorro de contar todo lo que sucedió después, de verdad.
Estoico quiso saber más respecto a lo sucedido aquella noche, pero Brusca se adelantó en sacar el tema del hechizo de búsqueda. La bruja, aún convencida de que alguien fuera a traicionarla, propuso ir dando los ingredientes progresivamente hasta acumularlos todos para la próxima luna llena. Ni Brusca ni Estoico estaban contentos con su propuesta, pero Heather no iba a dar su brazo a torcer y sabía que su desesperación jugaba a su favor.
Para su sorpresa, algunos de los ingredientes era bastantes sencillos de encontrar, hasta tal punto que en algunos se encontraban en la propia Isla de los Marginados. Otros, en cambio, eran necesarios buscarlos en otras islas, pero tanto Estoico como Alvin no vieron conveniente que ninguno de los Jinetes ni Camicazi salieran a buscarlos dado que se habían forzado la vigilancia tanto por cielo, tierra y mar. Es más, tuvieron que esconderse en las cuevas más profundas de la isla más de una vez porque los enviados humanos de la reina hacían registros con cada vez más frecuencia y estaba empezando a ser problema debido a la cantidad de refugiados que habían llegado a la isla.
Curiosamente, Thuggory no apareció ninguna de esas veces.
Hacía tiempo que no había noticias de él, aunque Brusca tenía otras preocupaciones más importantes en las que pensar. Dado que estaba en una posición más bien inactiva y su estado físico aún no cumplía las condiciones para hacer algo que Alvin considerara "útil", la metieron en el equipo sanador improvisado que se había creado para atender a los refugiados. Heather tuvo que ir con ella, por supuesto, y fue entonces cuando empezó a destacar. La vikinga no estaba muy segura de si todas las brujas sabían de medicina, pero Heather podía diferenciar e identificar todas las plantas curativas con suma facilidad, mucho más que Astrid, y tenía una enorme capacidad de tratar cualquier afección física, hasta el límite de tener que amputar una pierna de un hombre herido por los centinelas de Thuggory sin apenas parpadear. No tenía madera de líder, todo había que decirlo, pero sabía de lo que hablaba y no tardó en ganarse el respeto de los sanadores, tanto que solían preguntar casi siempre su opinión sobre tratamientos e incluso cirugías.
El hecho de que durmieran juntas —ella en el suelo y Brusca en la cama— hizo que también desarrollaron una extraña relación. Brusca no la veía como una amiga, pero ella parecía preocuparse constantemente por su salud.
—¿Ya comes como es debido? —le preguntó una vez durante la comida en el Gran Salón de los Marginados—. Deberías cambiar de dieta y comer algo que te meta algo de carne, porque estás claramente desnutrida.
—Estoy bien —se defendió la vikinga avergonzada.
—No, no lo estás, a partir de mañana comerás lo que yo te diga y ya vas moviendo tu huesudo culo para ganar algo de musculatura, porque te soplan y te caes.
Heather, como entrenadora personal era una auténtica tirana que la mataba a correr y a hacer flexiones. Brusca no podía huir de aquellas sesiones porque Heather contaba con el inesperado respaldo de Camicazi, quien parecía encantada porque hubiera cierta mejora física en ella.
Pero si como entrenadora personal era terrible, como compañera de cuarto era aún peor. Heather se metía siempre en su cama porque odiaba dormir en el suelo —misteriosamente, Alvin no encontraba disponible ningún colchón de paja para la bruja— y el roce había hecho que también cogiera más confianza con ella, hasta el punto que aquella noche en la que Brusca había decidido dormir en el suelo, Heather preguntara sin ningún reparo:
—¿Qué hay entre tú y Mocoso?
Brusca había estado a punto de dormirse cuando aquella pregunta la desveló por completo.
—Nada —respondió con sequedad.
—¡Venga ya! He visto cómo te mira, parece un corderito degollado y necesitado de atención.
—Cierra la boca, Heather.
—¿Era solo sexo o había algo más? —siguió ella.
—Heather…
—Vale, solo sexo entonces —observó la bruja con divertida curiosidad—. No es para nada mi tipo, ¿era bueno? Ya casi ni me acuerdo lo que es follar. Llevo meses de abstinencia. ¿Qué pasó? ¿Tan malo era? Quiero decir, no tengo nada contra Mocoso, pero creo que puedes aspirar a algo mejor...
—Heather, de verdad, cállate o…
—¿Sabe lo del bebé? —preguntó de repente.
Brusca se quedó helada. ¿Cómo podía saber eso? Era imposible. Solo Astrid sabía de aquello y dudaba mucho que fuera algo que contara a nadie por ahí, mucho menos a Heather. Además, la última vez que Astrid había visto a Heather había sido antes incluso de saber que estaba embarazada, por lo que no tenía sentido.
—¿Cómo coño lo has descubierto? Hace casi un año de eso —demandó Brusca con voz temblorosa.
Heather soltó una carcajada.
—¡No lo sabía! ¡Tú me lo acabas de confirmar! —explicó Heather con diversión—. Tenía varias teorías de motivos por las que le hubieras dejado, porque creo que es evidente que has sido tú y no él el que ha dado fin a la relación. ¿Dónde está el bebé entonces?
Brusca no respondió. ¿Dónde estaba el bebé? No lo sabía, Astrid se había hecho cargo de él y nunca le dijo exactamente dónde llevó a aquel feto al que nunca llegó a ver. Nunca se había detenido a pensar dónde pudo ocultar Astrid el cuerpo, quizás simplemente lo tiró al agua o tal vez empleara algún hechizo para hacerlo desaparecer. Nunca quiso saberlo y tampoco tenía interés en saberlo ahora.
—No hay ningún bebé —respondió Brusca sin más.
—Venga ya, si me has dicho que…
—No hay ningún bebé —repitió Brusca esta vez con tono más cortante—. Me hice cargo de él tan pronto supe de su existencia.
—¿Te refieres a…?
Brusca se levantó con brusquedad del suelo y se acercó amenazante de la cama para coger a Heather de su túnica.
—Si dices una sola palabra, Heather, a cualquiera, te juro por mis padres que yo misma te entrego a Drago, ¿entendido? —le amenazó la vikinga con rabia contenida.
—Pero…
—¿Lo has entendido?
Debido a la oscuridad, no podía ver bien la expresión de Heather, pero Brusca sentía la humedad en su cara y su cuerpo tembloroso por la ansiedad. Sintió la mano helada de la bruja posarse sobre la que sujetaba su túnica con delicadeza.
—No diré nada, te lo prometo.
Brusca la soltó y, en lugar de regresar a la esterilla, salió de la habitación en dirección a ninguna parte. Necesitaba despejarse, alejarse de cualquier presencia humana o mágica que la atormentara, aunque en aquella isla era muy difícil irse a ninguna parte sin que alguien te respirara contra la nuca. Pensó en ir a ver a sus padres, pero se dio cuenta enseguida de que era una estupidez despertarlos en mitad de la noche, más sabiendo que aún seguían presos del hechizo de Le Fey y que su reacción al verla podía ser… dispar. Echaba de menos a su madre, que la abrazara y la consolara como solía hacer antes. Era la única que les había querido a él y a su hermano a pesar de todos los problemas que le habían causado en el pasado.
Y ahora solo quedaba una desconocida con la cara de su madre que la entregaría a Le Fey sin dudarlo.
Terminó subiendo la muralla que rodeaba la aldea de los Marginados y observó el oscuro firmamento, quizás esperanzada de que aquello le inspirara algo de paz, pero solo hizo que se sintiera más boba, sobre todo cuando algún vigía que rondaba por allí le indicó sin especial interés que se marchara de allí. Brusca hizo oídos sordos a sus órdenes y terminó quedándose dormida en una esquina de la muralla. Se despertó cuando un guarda sacudió de su hombro, preocupado de que estuviera muerta dada su palidez y su aspecto escuálido. Fue al comedor arrastrando los pies y con un dolor horroroso en el cuello. Heather estaba ya allí con su plato de desayuno y Estoico, quien habitualmente se sentaba con Alvin, estaba situado justo en frente a la bruja con la vista clavada en ella y sin decir una sola palabra. Mocoso, que se encontraba en la cola para recoger su ración de desayuno, la saludó con la mano y le indicó que se pusiera con él a esperar, aunque Brusca sencillamente le ignoró y fue al final de la línea. Su hermano no estaba por ninguna parte, seguramente porque o bien se había quedado dormido o bien había ido a ver a sus padres. Fuera lo que fuera, se alegraba de no tener que verle la cara también.
—¿Mala noche? —preguntó Camicazi a su espalda.
Brusca se frotó sus ojos cansados y contuvo un bostezo.
—No, he dormido como una rosa —respondió la vikinga sacudiendo los hombros.
—¿Has vuelto a dormir en el suelo? No entiendo cómo dejas que Heather se quede con la cama —comentó la bog-burglar frustrada.
—Da igual, he dormido mucho en el suelo, mi espalda ya no puede destrozarse más de lo que está —le aseguró Brusca sin querer darle más importancia.
—Podría dormir ella en mi cuarto, te aseguro que ya no le dejaría adueñarse de la cama.
—No lo tienes que jurar —concordó la vikinga con aire ausente.
—¿Seguro que estás bien? Tienes mala cara.
—Siempre tengo mala cara, Cami.
—Más de lo habitual —insistió la bog-burglar preocupada—. ¿Te ha hecho algo? Hoy se supone que nos decía el último ingrediente, esta tipa es capaz de hacer cualquier cosa con tal de protegerse a sí misma.
Cierto. Los hombres de Alvin habían conseguido recoger todos los ingredientes que Heather había ido indicando sobre la marcha y solo faltaba un únic ingrediente antes de la luna llena que sería en cinco días. En principio, debería ser pan comido, pero Brusca tenía un mal presentimiento, sobre todo porque Heather había sido muy evasora en dar detalles al respecto y lo único que había conseguido sonsacarle era que ese ingrediente era el más importante de todos.
Ambas mujeres recogieron su desayuno y se sentaron en la mesa donde se ubicaban Heather, Estoico y ahora Mocoso, quién seguía sin dirigirle la palabra a su tío, aunque el hecho de que pudiera comer en la misma mesa que él era un enorme avance para su inexistente relación. Hubo un incómodo y tenso silencio mientras cada uno tenía su atención puesta en sus respectivos platos de gachas insípidas, hasta que Mocoso, como no, no pudo soportarlo más y se dirigió a la bruja:
—¿Vamos a estar así todo el día o vas a decirnos de una vez qué tenemos que buscar ahora?
—¿Qué pasa, chato? ¿Tanta prisa tienes por traer a tu primo de vuelta? Creía que no os llevabais bien —comentó Heather con malicia.
—Heather —intervino Estoico antes de que Mocoso fuera a soltar alguna estupidez—. No tenemos tiempo que perder en tus confabulaciones, así que te pediría que por favor fueras al grano. Nos dijiste que conseguir el último ingrediente para tu hechizo sería sencillo.
—No, dije que era "relativamente sencillo", lo cual es muy diferente —matizó Heather paseando la cuchara por sus gachas.
—¿Por qué es "relativamente sencillo"? —cuestionó Brusca.
Heather suspiró.
—Porque o bien disponéis ya de los ingredientes o no será tan fácil adquirirlos.
Los humanos contuvieron la respiración.
—¿Y no se te ocurrió darnos este ingrediente el primero, lista? —le recriminó Camicazi furiosa.
Heather fingió una sonrisa y puso los ojos en blanco.
—No os tenéis que preocupar tanto, seguro que los tenéis. Después de todo, tenemos el padre de uno de ellos aquí, ¿no? —comentó la bruja mirando a Estoico—. Seguro que antes de largarte de Mema te llevaste algo de tu hijo contigo.
Brusca palideció, aunque los demás no parecieron entender a qué se estaba refiriendo.
—Me marché a hurtadillas y malamente de la isla, ¿crees que me dio tiempo a hacer la maleta y seleccionar las cosas que me llevaría conmigo?
Heather se mordió el labio y miró a Brusca esperanzada de que ella tuviera el otro elemento que necesitaba, pero ésta no podía enfocar sus ojos en ninguna parte. La sangre bombeaba contra sus oídos y tuvo que contener una nausea.
—Pero no entiendo, ¿por qué necesitamos algo de Hipo? —cuestionó Mocoso.
—No es solo de Hipo —intervino Brusca dubitativa—. ¿Me equivoco? Necesitas algo de Hipo y de Astrid.
—Es un hechizo de búsqueda, a más personal el objeto mayor será la posibilidad de encontrarlos —explicó Heather nerviosa.
—Pero, ¿dónde vamos a encontrar algo de ellos? —cuestionó Camicazi en pánico y miró a Estoico y luego a Brusca—. ¿Ninguno tenéis nada de ellos?
Estoico tenía su rostro escondido entre sus manos y sus hombros temblaban, probablemente de la ira que estaba conteniendo para no matar a Heather allí mismo. Brusca era incapaz de responder a su cuestión, pues al igual que Estoico, ella también había huído con lo puesto. Heather, por su parte, no sabía ni hacia dónde mirar, consciente de que lo mejor que podía hacer en ese momento era mantener la boca cerrada.
—Yo sigo sin comprenderlo… —dijo Mocoso en voz de hilo.
—¡Imbécil! —chilló Brusca levantándose de un salto de su asiento, sobresaltando a todos en la mesa menos a Estoico que seguía metido en sus propios pensamientos—. ¿Qué no quieres entender? ¿No ves qué es lo que hay que hacer?
Por mucho que negara con la cabeza, Mocoso sabía que había que hacer. Tenía que saberlo de sobra, pero como venía siendo costumbre negaba la realidad. Brusca estaba tentada en saltar al otro extremo de la mesa para darle de hostias, pero no tenía fuerzas para hacerlo.
—Estáis bien jodidos entonces —dijo una voz a su espalda.
Alvin se encontraba tras ellos con aspecto más serio de huraño y habitual.
—Ya lo sabíamos, Alvin, gracias por recordárnoslo —comentó Camicazi malhumorada—. Con suerte, infiltrarse en Isla Mema no debería ser excesivamente complicado si solo los Gormdsen están allí.
—No pienso arriesgar las vidas de mi gente para que vayan a Isla Mema en este momento —sentenció Alvin con frialdad.
Estoico alzó la mirada hacia su amigo.
—Iré yo entonces.
—¡Ni hablar! Todavía no estás en condiciones para nada, Estoico. Aún estás demasiado jodido del hombro y en baja forma, además que te pueden avistar con facilidad. Por no mencionar que las condiciones no son las ideales ahora mismo, así que yo dejaría vuestros hechizos de fantasía para otra ocasión.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Camicazi—. Los Gormdsen son lo bastante imbéciles para evadirlos. Debería ser sencillo, yo misma puedo ir.
—Nadie irá a Isla Mema si yo puedo evitarlo.
—¿Por qué? —demandó saber Brusca con imapciencia.
—Porque el hijo pródigo ha vuelto. Han visto a Thuggory volar hacia Mema durante la noche, eso quiere decir…
Ni el propio Alvin se atrevió a continuar, pero todo el mundo sabía que si Thuggory aparecía por algún sitio, la reina le seguiría poco después.
Brusca sintió un escalofrío sacudir su columna.
Por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si Astrid realmente merecía tanto como para reencontrarse con los fríos ojos de Le Fey una vez más.
Xx.
Un día de estos, Astrid iba a matar a Hipo.
No sabía cuándo.
Ni cómo.
Ni cómo se libraría ella de morirse por hacerlo.
Pero iba a matarlo.
El día no había empezado precisamente bien. En realidad, ningún había comenzado bien desde que habían llegado a Londinium. Aquella apestosa ciudad, llena de mierda y gente que era aún peor que el estiércol que cubría sus calles la estaba amargando a unos niveles que eran insoportables. Los dragones odiaban aquella ciudad tanto o más que ella y aguantaron un solo día escondidos en un almacén de pescado abandonado que había en el puerto. Tras mucho discutir y en contra de la voluntad de Hipo, se decidió que los dragones permanecieran fuera de la ciudad, en un escondite en plena naturaleza y lo bastante apartado de los caminos y poblados asentados en torno a Londinium, lejos de la peste y el insoportable gentío. Hipo, quién aún seguía paranoico por la visión que había sufrido semanas atrás, no parecía especialmente contento de tener que dejar a los dragones a su suerte, pero Desdentao le convenció en que ambos estarían sanos y salvos y que, ante cualquier imprevisto, Tormenta podía volar a buscarlos.
—Tengo que hacerle una prótesis con la que pueda volar por su cuenta —le comentó Hipo frustrado mientras regresaban.
—¿Puedes construir algo como eso? —cuestionó ella sorprendida.
—Ya lo hice en su día —aclaró él con aire ausente.
—¿Y por qué no la usa? —preguntó ella sorprendida.
—La rompió —respondió él con una pequeña sonrisa—. Prefiere volar conmigo, pero me temo que no podemos permitirnos el lujo de depender tanto del uno y del otro, así que tan pronto me sea posible le construiré una nueva cola. No le va a gustar, pero no pienso arriesgarme a que le suceda algo si me…
No se vio capaz de terminar la frase. Astrid rodeó su brazo con el suyo y cogió de su mano mientras se ponía de puntillas para besarle la mejilla. Hipo no había vuelto a tener visiones especialmente relevantes y Astrid, por mucho que se esforzara en convocar los sueños de Asta y Le Fey, no había visualizado nada que le hubiera parecido esclarecedor. Se sentían de alguna manera ciegos y tenían muchas esperanzas de que aquella parada en Londinium les diera la información que necesitaban en relación a la situación actual del Archipiélago.
El colmo de los colmos había sido que parar en aquella ciudad del demonio había sido idea de Astrid. Nunca antes había estado por allí —de haberla conocido antes, jamás lo habría sugerido—, pero sabía que era la ciudad más grande de todo el norte del continente, por lo que había grandes posibilidades de encontrar noticias relacionadas con el Archipiélago. Habían conseguido intercambiar unas escamas de dragón por algo de dinero que les permitió pagar una posada medianamente decente por unos días, pese a que la comida dejaba mucho que desear tanto en la posada como en cualquier taberna de la zona. Astrid procuraba no quejarse, sobre todo porque Hipo no lo había hecho en ningún momento desde que habían pisado aquella apestosa ciudad. Es más, podía visualizar el brillo de la curiosidad en sus ojos, consciente de que era la población más grande en la que habían estado desde Atenas y ésta parecía un pueblo comparada a Londinium. Además, Astrid se quedó una vez más fascinada de cómo sin saber pajorera idea de inglés, en pocos días Hipo se defendía casi mejor que ella.
—¿Cómo coño haces eso de hablar tantas lenguas? —cuestionó la bruja consternada una mañana mientras desayunaban en la taberna de la posada.
Hipo la miró sin comprender.
—No hago nada, este idioma tiene una raíz germánica y tiene muchos matices y palabras de lenguas que ya conozco.
—¿Cuántos idiomas hablas? —preguntó la bruja muy seria.
Su novio sacudió la cabeza pensativo.
—Hablar solo hablo fluidamente… ¿cuatro? Bueno, cinco si tenemos en cuenta que aprendí mágicamente tu lengua —comentó él.
—¿Y en base a cuatro idiomas hablas otros nosecuántos?
—Es más fácil de lo que piensas, además tú hablas otros muchos idiomas también.
—Pero yo soy una bruja, a mí me entrenaron para entenderme con todo el mundo y ni siquiera yo aprendo un idioma en cuestión de días —replicó ella con impaciencia—. He pasado toda mi infancia o estudiando o entrenando, tú deberías haber tenido una llena de juegos, no de libros.
—Ya bueno, considerando que nadie quería jugar conmigo y que me era más fácil lidiar con los libros que con la gente… —dijo él cogiendo un trozo de manzana asada de su plato.
Astrid cogió de su muñeca con suavidad y le forzó a que le mirara.
—Que los demás fueran gilipollas por no saber apreciarte no significa que seas un raro —le advirtió ella.
Hipo sonrió algo avergonzado.
—Yo no he dicho nada de eso.
—Lo estabas pensando —replicó ella muy seria.
—¿Ahora me lees la mente, milady? —dijo él en bromas.
—Hipo, no necesito leerte la mente para saber lo que estás pensando, tu cara es como un libro abierto para mí —tiró de su muñeca para acercar su cuerpo al suyo—. Seguro que eras un niño muy adorable, con esa cara redondita llena de pecas y la cabecita siempre en las nubes.
—Lo de que era un niño distraído no te llevaré la contraria —dijo él con una sonrisa nostálgica—. Eso sacaba de quicio a mi padre a medida que iba creciendo.
Aquella había sido la primera vez que Hipo mencionaba a su padre sin que su voz se quebrara o se viniera abajo, aunque Astrid sintió un dolor en su pecho por la tristeza de su expresión. No obstante, la conversación siguió su curso hasta que terminaron de desayunar y salieron a Londinium como habían hecho desde su llegada. Su rutina era sencilla: caminar por las ruidosas —¿había mencionado que apestosas también?— calles con los oídos puestos en las conversaciones ajenas, a veces juntos, otras separados; eran muy prudentes en con quién hablaban, sobre todo porque existía la posibilidad de que hubieran mercenarios o incluso cazadores de brujas que pudieran identificarles. Al principio, aprovechando su cabello corto, Astrid se había hecho pasar por hombre para entrar por ciertas tabernas, aunque estaba claro que el método que mejor solía funcionar era en el que Astrid coqueteaba con marineros y mercaderes, sistema que Hipo odiaba con todo su ser y que había causado más de una discusión entre ellos.
—¡No es que vaya a follar con ellos! —se quejó ella una noche cuando Hipo había terminado por aparecerse en mitad de un interrogatorio a un mercante que había estado cerca de la costa de Noruega y la había arrastrado de vuelta a la posada—. ¡Lo he hecho cientos de veces! ¿Cómo piensas que me arreglaba para sacar información de la gente? No necesito que me toquen para sacarles lo que quiero…
—¡No, solo necesitas soltarte el cordel de la túnica hasta que se te salgan los pechos! —bramó Hipo furioso mientras se desvestía.
Astrid puso los ojos en blanco.
—Hay muchísima gente que han visto mis pechos antes que tú, Hipo.
—¡Hay una diferencia significativa en tu vida de antes y en tu vida de ahora, Astrid! —le achacó su novio rabioso.
El fuego de la chimenea se avivó de repente y Astrid apretó los puños para contener su magia.
—¡Eres insoportable cuando te pones celoso! —ladró ella.
—¿Celoso yo? —replicó él colérico—. ¡Es una cuestión de respeto hacia mí y sobre todo hacia tí misma, Astrid! ¿O crees que iba a aplaudirte como un memo por pavonearte ante esos babosos?
Sus manos temblaron de la ira que sacudía su cuerpo, pero respiró hondo para calmarse.
—Pues te recuerdo que es gracias a mi pavoneo que sabemos algo nuevo. Ayer nos confirmaron que hay barcos mercantes entrando y saliendo del Archipiélago…
—Vale, Astrid —le cortó él—. ¿Sabes qué? Quizás sea mejor que hoy vaya a dormir con los dragones.
—¿Por qué coño dices eso? —replicó ella.
—Porque estoy demasiado enfadado y no quiero escucharte —respondió él malhumorado mientras se vestía de nuevo—. Estoy muy alterado y es fácil que pierda el control sobre mi magia, así que prefiero no arriesgarme y salir de aquí.
—¿Estás hablando en serio? —insistió ella escandalizada mientras le seguía hasta la puerta—. ¿Tan poco amor propio tienes que no puedes soportar verme con otros hombres? ¡A veces eres tan humano!
Hipo se detuvo con la mano puesta sobre la manilla de la puerta e inspiró profundamente antes de girarse hacia ella. Su expresión era dolida, pero firme.
—Te quiero con toda mi alma, Astrid. Lo sabes muy bien. Te quiero tanto que podría calcinar a cualquiera que pudiera hacerte daño con solo pensarlo y haría lo indecible por ti; pero te recuerdo que, hasta donde yo sé, sigo siendo humano y ver a la mujer que quiero coqueteando con otras personas, aún sabiendo que no es más que es pura fachada, me duele. Así que perdona si soy demasiado humano para ti en algunas ocasiones.
Su novio abrió la puerta sin dejar de sostener su mirada y Astrid no pudo evitar esa desagradable oleada de culpa. Sin embargo, estaba tan enfadada que en lugar de disculparse, sencillamente le dio la espalda. Le escuchó marcharse sin dar el portazo que tal vez ella hubiera dado en su lugar y, por un instante, pensó en ir tras él, pero su estúpido orgullo se lo impidió.
Se metió en la cama, helada sin la presencia de su novio, y cerró los ojos, esperanzada de que pudiera dormirse pronto. No obstante, empezó a emparanoiarse. Hipo enfadado y solo no era un buena combinación. Es más, la última que le había dejado solo estando así de enfadado, había terminado alcoholizado y su relación casi se había ido a la mierda. Por supuesto, aquella discusión había sido una chiquillada en comparación a lo sucedido hacía meses en la costa del norte del continente, pero esta vez Astrid era consciente que la única culpable de aquella situación había sido ella.
¿Y lo peor de todo?
Que Hipo tenía toda la puta razón y ella había sido tan imbécil como para no admitirlo. Debería ser él y no ella el que debería estar durmiendo en la cama.
—Qué gilipollas soy —musitó la bruja quitándose las sábanas de encima y levantándose de la cama de forma apurada.
¿Dónde debía estar? No sería difícil encontrarle. Con un poco de suerte, habría cumplido con su promesa y habría ido donde se encontraban los dragones, aunque, para ya ponerle la guinda a su pastel, se había puesto a llover. Astrid se cambió de nuevo de ropa ansiosa, poniéndose lo primero que encontró, y se concentró en buscar a Hipo a través del vínculo.
¡Qué curioso!
No estaba demasiado lejos.
No había salido de la ciudad.
Astrid entró por un segundo en pánico. No habría parado en una taberna, ¿verdad? Porque si se ponía a beber por semejante tontería iba a matarlo. Hipo no había probado ni una sola gota de alcohol desde el verano pasado y no había vuelto a mostrar ni el más mínimo interés en beber desde entonces. Incluso cuando se encontraban en Fira, había rechazado todos los ofrecimientos de vino cuando les habían invitado a comer o a cenar, haciendo que la propia Astrid no tuviera que preocuparse en exceso sobre el asunto. Si ahora se ponía a beber por una discusión tan tonta como aquella, ¿cómo iba a ser todo en el futuro si...?
No.
Astrid se contuvo en darse una bofetada a sí misma.
¿Cómo podía pensar así de Hipo? No podía precipitarse, no podía dar por sentado que Hipo fuera cometer tal error así como así. Él no era ningún imbécil, jamás lo había sido.
Tenía que encontrarlo y pedirle perdón.
Astrid fue a coger la capa cuando, de repente, sintió un dolor agudo en la parte trasera de su cabeza e hizo que todo lo de su alrededor diera vueltas hasta que cayó en la más profunda oscuridad.
Se encontraba de repente en una playa que no reconoció.
El cielo estaba encapotado, como si estuviera a punto de caer un buen chaparrón, aunque la playa estaba hasta arriba de gente con la vista puesta hacia al horizonte. Confundida y desorientada, Astrid atravesó el gentío como el fantasma que en ese momento era, intrigada por la razón que le había llevado allí de repente. Sin embargo, cuando llegó a la primera fila y vio el barco en llamas entendió que estaba en un funeral, ¿pero en cual? ¿Quién había muerto?
Astrid no podía ni pensar ni ver con claridad. Su previa ansiedad por encontrar a Hipo se entremezclaba con la tensión de encontrarse de nuevo en una visión que no podía comprender. Buscó a Asta y a Le Fey por todos lados, pero no reconoció a nadie de aquel lugar.
¿Por qué estaba allí?
¿Quién había muerto?
—Eyra —escuchó Astrid de repente a su lado.
Había escuchado ese nombre antes, ¿pero dónde?
Un hombre, entrado en edad, con aspecto de ser Jefe de una tribu o de alto rango se estaba dirigiendo a una muchacha que estaba justo a su lado. Debía tener unos doce o trece años, aunque no era muy alta. Llevaba un kransen de cuero sobre su largo pelo castaño, el cual había recogido en una compleja trenza para una niña de su edad, aunque probablemente estaría arreglada debido a la ocasión. La muchacha ignoró al Jefe, concentrada únicamente en el barco en llamas que se adentraba mar adentro y Astrid se movió ligeramente para colocarse frente a ella.
Había algo en ella que le resultaba familiar, pero no estaba segura el qué.
—Eyra, querida, te están esperando.
Eyra.
Eyra.
¿Dónde había escuchado ese nombre antes?
La joven alzó la mirada, clavando inconscientemente sus ojos en los suyos.
Sus ojos eran almendrados, aunque uno de ellos tenía un tono que tiraba más bien al verdoso.
Astrid alzó la mano temblorosa para acariciar el rostro de que aquella niña que parecía estar haciendo un enorme sobreesfuerzo por no venirse abajo; pero, antes de que su piel traspasara la suya, la niña y todo lo que le rodeaba se desvanecieron en la más plena oscuridad. Sintió un peso horrible en su pecho, algo que no la dejaba respirar bien.
Algo iba mal.
Muy mal.
Abrió los ojos para encontrarse con la mancha de humedad que se encontraba en el techo de su habitación de la posada. Cuando lo vieron por primera vez, Hipo había mencionado que tenía la forma de la cara de Bocón y, en consecuencia, a Astrid le había entrado un ataque de risa terrible, tanto que se le cayeron las lágrimas. Hipo era el único capaz de hacerla reír así y solo recordaba haber tenido esos ataques de risa estando con él.
Hipo.
Astrid se incorporó con el corazón a punto de salírsele por la boca.
Se había desvanecido en plena madrugada y ahora, por la luz que entraba por la ventana y el barullo que se oía desde la calle y la taberna del piso inferior debía ser cerca de mediodía. Astrid se llevó la mano a la zona trasera del cráneo y siseo de dolor cuando tocó la zona inflamada. ¿Alguien la había golpeado? En pánico, Astrid corrió bajo la cama a buscar su alforja y respiró de alivio al ver que el grimorio seguía allí a salvo. Necesitó un momento para procesar por qué había caído de repente inconsciente en plena noche. Si le habían golpeado en mitad de la noche y allí no había entrado nadie eso significaba que…
—¡Me cago en la puta! —chilló ella furiosa y aterrada a la vez mientras se colgaba la alforja del hombro y salía corriendo de la habitación.
Hipo no había vuelto y, conociéndolo bien, en una circunstancia normal habría vuelto a primera hora de la mañana con una bolsa llena de bollos, esperanzado de que ella ya no estuviera lo bastante enfadada para disculparse él en el caso de haberla cagado o bien ella, que era la que habitualmente tenía que hacerlo. Pero Hipo no había aparecido esa mañana, por tanto eso significaba o que seguía muy cabreado con ella o que el golpe que Astrid había recibido en la cabeza la noche anterior se lo habían dado realmente a él.
Alguien le había atacado y, dado que ella no presentaba nada más que un chinchón y un dolor espantoso de cabeza, podría deberse a que se lo habían llevado a algún lado, no muy lejos todavía, para hacer algo con él.
Y Astrid iba a matar al hijo de perra que se había atrevido a poner un dedo sobre su novio.
Y después haría pedazos a Hipo por ser tan descuidado y darle semejante susto.
Salió a la calle y maldijo que ese día hubira mercado, porque había más gente de lo habitual. La molestia de su cabeza, el pestilente olor a carne pasada, sudor, mierda y humanidad y el griterío le anulaban la capacidad de concentrarse, así que corrió hasta un callejón donde solo había un par de tipos fumando y trapicheando algo y un gato buscando algo de comida entre los desperdicios que la gente había tirado por las ventanas. Cerró los ojos y se esforzó en aislar todos sus sentidos para buscar el lazo del vínculo que la unía con Hipo. Estaba cerca, a un par de kilómetros hacia el sur, aunque no conseguía ubicarlo en el lugar exacto. Ignorando las quejas de los hombres, Astrid pasó entre ellos y corrió hacia al sur guiada por el vínculo hasta que alcanzó los muelles. El olor a carne fue sustituido por la peste a pescado y el río Támesis lanzaba vapores que la bruja casi podía jurar que eran tóxicos.
Astrid mangó una gorra a un adolescente que andaba despistado cargando unas cajas y se ocultó su corta cabellera rubia para no llamar la atención. Si habían capturado a Hipo, podía conllevar a que la estarían buscando a ella también, así que más le valía no llamar la atención. Caminó por el muelle con paso lo suficiente apurado para que nadie se girara en su dirección y estaba en guardia por si alguien le daba por golpearle en la cabeza también. Siguió su instinto mágico hasta terminar, por alguna extraña razón, en la entrada de lo que parecía ser un burdel. En el porche del edificio, había mujeres con escotes imposibles y maquillajes recargados junto con hombres lascivos que las toqueteaban sin vergüenza alguna. Astrid tomó aire antes de subir los cuatro escalones de la puerta principal y entrar en el edificio, pero un hombre alto y ancho le detuvo el paso.
—¿Qué coño quieres? —preguntó él.
—Entrar, ¿no lo ves? —dijo ella con sarcasmo—. ¡Aparta!
El hombre la empujó hacia atrás y Astrid tuvo que contenerse para no noquearlo allí mismo.
—¡No eres una de nuestras putas, así que largo! —gritó el hombre con desprecio.
—¿Qué te hace pensar que soy una puta, gilipollas? —cuestionó ella procurando mantener la calma—. Igual vengo a contratar una, imbécil.
—¿Tú? —el hombre la miró de arriba abajo y Astrid sabía bien que su aspecto era muy descuidado, vestida con una túnica de Hipo —la cual era muy cómoda, pero en absoluto resaltaba su figura—, unos pantalones raídos y con el pelo oculto bajo una gorra mugrienta le daba aspecto más bien de marimacho—. No queremos a bolleras aquí, ¡largo!
El hombre escupió en el suelo y Astrid tuvo que respirar muy hondo para que la magia que rugía dentro de ello no explotara. Acabar con aquel tío era pan comido, podía dejarlo sin sentido en solo cinco segundos, pero llamaría demasiado la atención y pondría en riesgo el rescate, así que simplemente se giró sobre sus propios pies y salió de nuevo al exterior para buscar otra manera de entrar. Tras el edificio había un estrecho callejón en el que se escuchaban los ecos de los gemidos fingidos de las prostitutas y los jadeos de marineros, mercantes o cualquier imbécil que no conociera el concepto de fidelidad.
Astrid observó que una de las ventanas de la planta baja había una entreabierta, así que sin dudar demasiado, la abrió del todo y se metió dentro. Esperaba encontrarse con una pareja que no reparara en ella por el folleteo, pero tal era su mala suerte que se había metido en un cuartucho que olía fuertemente a tabaco barato y a perfume, donde un grupo de prostitutas habían detenido su conversación tan pronto la vieron colarse por la ventana. La reacción de ellas no fue histeria, sino más bien de la más admirable de las autodefensas. Una de ellas rompió una botella de ron para amenazarla con los puntiagudos cristales, mientras que otras sacaban cuchillos u otros objetos domésticos con las que amenazarla.
—¡Esperad! —exclamó ella quitándose la gorra—. ¡No soy un tío! ¡No os haré nada!
—¡Como si una tía fuera a ser fiable! —exclamó una de ellas que estaba entrada en carnes.
—¿Quién coño eres? —preguntó otra pelirroja—. Que alguien vaya a buscar a Charlie, ya solo falta ahora que vengan estas muertas de hambre a robarnos nuestra comida, ¡como si ya no tuviéramos suficiente con que nos robéis a los clientes!
—¿De qué estáis hablando? Yo solo… —se defendió Astrid, pero las prostitutas solo se aproximaron a ella arrinconándola contra la ventana.
—¿Qué años tienes? ¿Veinte? ¿Diecinueve tal vez? —la pelirroja cogió de uno de sus senos y se lo apretó con fuerza—. Rubia, extranjera, probablemente del norte, con un acento que atraerá a nuestros clientes como moscas. ¿Te piensas que ibas a engañarnos con esas ropas de hombre? ¿Qué pasa? ¿Tan mal te pagan que no pueden ni adecentarte?
Astrid le dio tal empujón que la tiró al suelo. Se llevó la mano a su propio pecho dolido y se lo acarició mientras las otras prostitutas socorrían a la pelirroja. Una de ellas intentó atacarla con un cuchillo, pero Astrid cogió de su muñeca con tanta fuerza que el filo cayó al suelo junto a sus pies. La mujer dio dos pasos intimidada y Astrid tuvo que contar hasta diez para no perder el control sobre su magia. Ello no impidió que sus manos temblaran con gran descontrol.
—Oíd —empezó a decir ella, pero las prostitutas estaban tan alteradas que Astrid tuvo que correr hacia la puerta cuando una de ellas mostró intenciones de salir de allí para advertir a uno de los chulos—. ¡Escuchadme, joder!
Las prostitutas callaron, aunque mantenían esas miradas feroces que Astrid conocía muy bien. Eran las ojos de mujeres que habían pasado por todo y apenas nada les daba miedo. Astrid pensó que casi hubiera sido mejor noquear al tipo de la entrada que enfrentarse contra todo ese grupo de mujeres sola, pero ya no había vuelta atrás.
Se le acababa el tiempo.
—Escuchad, soy extranjera, pero no soy ninguna prostituta —les prometió la bruja—. Estoy buscando a mi novio.
Las prostitutas rompieron a reír. Astrid las observó desconcertada y la pelirroja que la había amenazado antes dijo entre risas:
—¿Piensas que eres la primera que se cuela por aquí preguntando por su novio o por su marido? Cariño, que tu novio sea un putero no es culpa nuestra y definitivamente no nos hacemos responsables de él.
—¿Qué? —replicó Astrid—. ¡No! ¡Alguien le ha secuestrado y le han traído aquí!
Algunas de ellas continuaron con sus mofas, aunque otras se pusieron algo tensas de repente y una chica más joven que ella, de tez oscura y cabello rizado, murmuró algo a la que estaba entrada en carnes, aunque está la chistó al instante.
—¿Tú sabes algo? —preguntó Astrid desesperada.
—N-no —tartamudeó la joven—. Yo no he visto nada.
—Es un chico de más o menos mi edad, alto, ojos verdes, tiene una prótesis en su pierna izquierda y tiene el cabello cobrizo largo —continuó Astrid acercándose a ella y cogió de su mano con tal vez demasiada fuerza—. Habla vuestro idioma con un acento espantoso, pero se esfuerza en hacerse entender. Es dulce, amable, aunque no hay quien le calle cuando se emociona o está nervioso —la joven no se atrevió a mirarle a los ojos y las otras prostitutas habían silenciado sus risas para sustituirlo con un tenso silencio—. Le has visto, ¿verdad? ¿Dónde lo tienen?
La joven gimió de dolor cuando Astrid apretó su mano con más fuerza todavía y, accidentalmente, le había dado un pequeño chispazo. Por suerte, un par de prostitutas tiraron de su brazo.
—¡Suéltala! —chillaron un par de ellas.
Astrid soltó a la muchacha, consciente de que ella no tenía culpa de nada, pero su ansiedad iba aumentando por momentos. ¿Y si mataban a Hipo? Ella moriría también, pero eso era lo de menos. No podía soportar la sola idea de que pudieran hacerle daño.
—Madre mía, parece que va a romper a llorar —comentó una de ellas.
—Lágrimas de cocodrilo, eso seguro —volvió a decir la pelirroja—. ¿Por qué coño nadie va a avisar a Charlie?
La pelirroja dio un paso al frente, pero Astrid volvió a colocarse delante de la puerta para impedirle la salida.
—Escucha, te juro que no tengo más interés que en rescatar a mi novio. Decidme dónde está, lo sacaré de aquí y no tendréis que verme nunca más.
—Si han secuestrado a tu novio será por algo, nosotras no nos entrometemos en los asuntos de nuestros clientes —escupió la pelirroja—. Además, ¿por qué iban a traerlo aquí? Aquí solo se viene a follar.
—Pero Bri… —empezó a decir la joven de piel oscura.
—Cierra la puta boca, Johanna —dijo la pelirroja furiosa y volvió a dirigirse a Astrid—. Y tú lárgate ahora mismo, antes de que nos pongamos a gritar para alertar a los hombres de Charlie.
La pelirroja era casi tan alta como ella y, sin lugar a dudas, había pasado por mucha miseria para haber terminado en un lugar como aquel. Astrid pudo apreciar un cardenal bajo el talco que había echado sobre su cuello y no le pasó por alto que su nariz estaba torcida, probablemente porque se la habrían roto más de una vez.
—No pienso irme sin mi novio —insistió Astrid con voz firme—. Si piensas que esos tipos pueden resultar una amenaza para mí, te equivocas. No quiero tener conflictos con nadie, lo único que deseo es coger a mi novio y largarme de aquí con él —observó a las otras mujeres con cautela—. No quiero involucraros y si me atrapan, que no va a ser el caso, os aseguro que no diré que me habéis ayudado a entrar.
Las mujeres se juntaron para cuchichear entre ellas, aunque la pelirroja sostuvo su mirada en silencio hasta que dio un chasquido con su lengua.
—¿Y piensas buscar a tu novio vestida así? —terminó preguntando la mujer cruzándose de brazos.
—¿Qué problema hay? —cuestionó ella.
—Pareces una vagabunda —dijo una.
—Y tienes la cara llena de hollín —añadió la otra.
—¿Y qué me decís de su pelo? Lo tiene tan sucio y corto... —exclamó la que estaba entrada en carnes.
Astrid sintió que sus mejillas calentarse de la vergüenza. Había caído inconsciente junto a la chimenea y había salido tan deprisa de la posada que ni siquiera se había parado en mirar si estaba presentable o no.
—¿Quieres colarte en el burdel? —preguntó Bri la pelirroja.
—Solo quiero rescatar a mi novio —insistió ella.
—Pues la única forma en la que podrás pasar desapercibida es convirtiéndote en una de nosotras —explicó ella cogiendo de su muñeca—. Desnúdate, hay que mirar tu talla para ver si podemos encontrarte algo. ¡Rachel, busca agua caliente! Hay que lavarla.
—¡Esperad! —exclamó ella mientras una de las prostitutas ellas soltaba su cinturón con rapidez—. ¡No tengo tiempo! Mi novio está en peli…
—A tu novio no le pasará… todavía —dijo Bri la pelirroja—. Su secuestrador ha salido, pero ha dado orden de alimentarlo.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? ¿Está bien? —preguntó Astrid a la vez que se dejaba la alforja con el grimorio en el suelo y se quitaba la túnica, dejando sus pechos descubiertos.
Un chillido a su espalda la sobresaltó y observó que la mujer entrada en carnes observaba su espalda horrorizada. Astrid quiso que se le tragara la tierra. Se había acostumbrado a que solo Hipo y los dragones vieran sus cicatrices y hacía mucho que no se sentía acomplejada por ellas. Sin embargo, al ver aquellas miradas con sentimientos encontrados como el miedo, el asco e incluso la lástima casi hizo que Astrid saliera por patas a buscar a Hipo con solo los pantalones puestos. Bri la pelirroja tenía una expresión que rompía por completo su porte serio y recto, quedándose totalmente desubicada ya no solo por las cicatrices de su espalda, sino por las que había en el resto de su cuerpo también.
—¿Dónde…? —empezó a preguntar, pero la pregunta murió en su boca.
—Todas hemos vivido vidas complicadas —explicó ella algo dubitativa—, aunque no todas las cicatrices tienen por qué verse.
Bri la pelirroja asintió en silencio e hizo un amago de tocarla, pero se lo pensó dos veces y sencillamente llamó a la joven de piel oscura, Johanna, para que le ayudara a lavar el pelo. Astrid insistió que podía lavarse el pelo sola, pero la joven hizo oídos sordos a sus quejas. Sus dedos eran finos, pero frotaron su cuero cabelludo con tanta fuerza que Astrid tuvo que morderse el labio para contener algún que otro quejido de dolor. Le secó el pelo con una toalla y se puso a desenredarlo, ésta vez con algo más de delicadeza.
—¿Tú has visto a mi novio? —le preguntó Astrid con cautela.
Johanna asintió con la cabeza.
—Yo le he llevado el desayuno y dentro de poco tengo que subirle la comida.
—¿Está bien?
—Sí —respondió ella—. Está encadenado a la cama y probablemente no haya dormido en toda la noche, pero parecía estar bien… Algo enfadado, eso sí.
—No me extraña que lo esté, el muy tonto se ha dejado secuestrar —le aseguró ella—. ¿Por qué le llevas tú la comida?
—Su secuestrador… es mi cliente —explicó ella algo azorada.
—¿Qué puedes decirme de él?
Johanna tiró de más de su pelo y Astrid siseó de dolor.
—Me estoy metiendo en muchas problemas ya solo por ayudarte… Él es un buen cliente, me trata bien a pesar de su apariencia —Johanna se apartó de ella—. Ni siquiera debería estar haciendo esto.
—Tu cliente ha secuestrado a mi novio —le recordó Astrid molesta.
—Algo habrá hecho, ¿no? —dijo ella en tono acusatorio—. Aunque ha sido amable conmigo cuando le he llevado el desayuno.
La joven parecía tener un auténtico dilema. Por un lado, sabía que la situación no era en absoluto ventajosa para ella: si Astrid liberaba a Hipo, el secuestrador seguramente lo tomaría con la única persona que podía acceder a la habitación donde se encontraba su novio. Sin embargo, parecía que Johanna tuviera un debate interno, sintiéndose incómoda ante la idea de ser cómplice de un secuestro, aunque solo a Astrid le importase.
—Si ese hombre quiere reclamarte algo, insistele que te he amenazado, que te coloqué un cuchillo en la garganta y amenacé con matarte si no me decías dónde estaba.
—Bain Eldarion nunca nos agrede —le defendió Johanna indignada—. Él nunca me haría daño.
—¿Eldarion? ¿Ese es su nombre? —cuestionó Astrid.
La joven no respondió, aunque parecía consciente de que había metido la pata al haber mencionado el nombre del secuestrador. Astrid no había escuchado el nombre de Bain Eldarion en su vida, por tanto era muy probable que no fuera un cazador de brujas. Quizás, en todo caso, fuera un mercenario contratado por los Gormdsen o incluso por Thuggory. De ser así, no le extrañaba que no hubieran matado a Hipo, era de suponer que cualquiera, ya fuera Le Fey como los Gormdsen, lo quisieran vivo. Por no mencionar que si el mercenario había salido no había sido otra cosa más que para buscarla a ella. Johanna intentó recoger su pelo, pero estaba tan corto que fue imposible hacer un recogido sin que algunos mechones rebeldes escaparan de sus manos, así que decidió dejarlo suelto. Mientras la joven terminaba de peinarle el cabello, le trajeron una falda y una blusa con más lazos que tela de por sí.
—No pienso ponerme esa cosa.
—¿Qué pasa? ¿Te vas a poner vergonzosa ahora? —preguntó Bri la pelirroja con un gesto de mofa—. Esta blusa te recogerá un poco los pechos.
—No lo necesito.
—Cariño, tienes unas tetas preciosas, pero ya se te han empezado a caer —comentó la prostituta dándole la blusa—. Tienen un buen tamaño, así que con esto te van a quedar divinas.
—La idea es pasar desapercibida, no atraer todas las miradas del burdel —replicó Astrid con impaciencia.
—Precisamente así es como una pasa desapercibida por aquí —insistió la pelirroja y se puso tras ella para ajustar los lazos que había tras la blusa—. Coge aire.
Astrid sintió como la presión forzaba sus costillas contra sus pulmones, haciéndola que se quedara por un momento sin respiración. Bri la pelirroja se lo había atado con mayor fuerza de la necesaria, pero no se atrevió a quejarse por miedo a que se lo apretara aún más. Cuando vio que Johanna cogía el talco y un pincel, Astrid hizo un gesto hacia atrás.
—No vas a poner esa cosa en mi cara.
—Pero…
—Si acercas eso a mi cara te lo vas a tragar —amenazó Astrid.
Johanna hundió los hombros como resignación y dejó los polvos sobre la mesa para ayudar a Bri la pelirroja a colocarle la falda que le llegaba hasta la altura de los tobillos. Astrid había llevado cosas mucho peores que aquel conjunto, pero en absoluto era cómodo, sobre todo por el corpiño y lo pesada que era la falda. Sin embargo, no estaba en condiciones para quejarse, bastante que había conseguido convencer a las prostitutas para que le ayudaran. Iba a coger sus botas cuando Bri la pelirroja les dio una patada.
—¿Qué haces? —preguntó Astrid molesta.
—Una mujer como nosotras no lleva calzado hasta arriba de mierda y mucho menos botas.
Astrid resopló frustrada.
—Prestadme unos zapatos entonces.
—¡Ja! ¡Andamos escasas de zapatos! —dijo la prostituta entrada en carnes—. Tendrás que ir descalza, como casi todas.
La bruja palideció, consciente de que si tenían que salir corriendo tendría que ir por el puerto descalza. El escenario no paraba de mejorar, aunque Astrid intentó consolarse pensando que todo podía ser peor. Cogió su alforja y, cuando otras de las prostitutas le dijeron que no podía llevar el bolso, Astrid casi le enseñó los dientes. No se molestó en mirarse a un maltrecho espejo que le acercaron, sabía que pasaría perfectamente como una fulana, sobre todo porque la falda caía por su cadera por su peso y sus pechos parecía que iban a reventar la blusa de lo apretada que la llevaba. Bri la pelirroja estudió su aspecto y se acercó a la mesa donde tenían los polvos para coger un botecito que contenía algo con un fuerte pigmento rojo carmesí.
—Ya os he dicho que no quiero eso en mi cara.
—Calla la boca —le ordenó Bri la pelirroja—. Con esa cara de acelga que tiene vas a llamar la atención enseguida.
Pintó sus labios con esa sustancia y luego pellizcó sus mejillas para darles algo de color.
—Vale, estás lista. Ya pasas como una de nosotras, pero recuerda que tienes que sonreír de vez en cuando, ¿sabrás hacerlo? —preguntó la pelirroja.
—No eres precisamente la mejor maestra en eso —replicó Astrid dibujando su sonrisa más forzada.
La pelirroja puso los ojos en blanco y chasqueó los dedos para captar la atención de Johanna.
—Acompáñala a la cocina para que le den la comida y luego le das las indicaciones para llegar a la habitación, ni se te ocurra subir con ella, ¿entendido?
Johanna asintió y le hizo una seña a Astrid para que la siguiera. Salieron a un corto pasillo que daba a unas escaleras que llevaban a la entrada por la que ella había intentado acceder antes.
—Agacha la cabeza —le ordenó la muchacha en un susurro.
Astrid obedeció sin titubear, consciente de que si el hombre de la entrada le reconocía estaba jodida. Observó de reojo la vieja escalera que llevaba a los pisos superiores, podía sentir a Hipo muy cerca, pero seguía sin poder ubicarlo. Johanna la guió hasta el otro extremo del edificio, hasta una roñosa cocina donde un hombre barrigudo las miró con mala cara tan pronto entraron. Le entregó la bandeja a Johanna, cerciorándose de que su piel no rozara con la suya.
—¿Y ésta quién es? —preguntó el cocinero.
—La nueva —contestó Johanna sin más.
—¿De dónde viene? Creía que Charlie no quería más extranjeras por aquí —Astrid apretó los puños cuando se quedó con la vista clavada en sus pechos—. Una buena pieza, aunque deberías sonreír más, guapa.
—Va a sonreír tu puta madre, gilipollas —dijo ella en nórdico fingiendo una sonrisa dulce.
El cocinero frunció el ceño al no comprender qué había dicho, pero antes de que pudiera replicar, Johanna la empujó fuera de la cocina.
—Ándate con ojo, ¿quieres? Me vas a meter en un buen lío —dijo ella molesta mientras se alejaban de allí—. No puedes ir por aquí hablando lenguas extrañas, más si no te entienden. El cocinero mencionará esto a Charlie si lo ve, así que más te vale darte prisa. Tu novio está en la última planta, en la habitación del fondo de la derecha, la que tiene vistas al río.
Johanna se puso a caminar, pero Astrid cogió de su mano.
—¿Por qué me ayudáis si tan arriesgado es esto para vosotras?
La mujer abrió mucho los ojos por su pregunta y tragó saliva.
—Seremos putas, pero tenemos un código moral también. Tampoco lo has tomado con nosotras, lo cual es de agradecer.
—¿Por qué iba a tomarlo con vosotras? —preguntó Astrid sin comprender.
Johanna sacudió los hombros.
—El pato siempre lo pagamos nosotras al final. Nadie se para nunca a pedirnos una ayuda que no sea soltar unos botones o dar una mamada, así que supongo que ésta era una oportunidad para hacer lo correcto. Además, tu novio…
—Hipo.
—Hipo parece buena persona, dijo que nunca había visto a nadie con mi tono de piel.
—No ha visto mucho mundo —se apresuró en aclarar ella apurada.
—No lo dijo como si fuese algo malo, parecía más bien… fascinado. No suele ser lo habitual en mi caso, los pocos que quieren tocarme me ven como algo exótico —Astrid iba a decir algo, pero Johanna sencillamente le entregó la bandeja—. También preguntó por ti. Te he reconocido tan pronto te quitaste el gorro. Eres la mujer más rubia que he visto nunca.
Astrid sonrió azorada.
—Supongo que se alivió al saber que no estaba aquí.
—Bastante, aunque me dijo que le darías una buena tunda después —señaló ella con una pequeña risita, aunque dejó de reírse cuando escuchó unas voces al otro lado del pasillo—. Tengo que volver. Procura no hablar con nadie; si alguien te dice algo, tú sonríe y di que ya estás ocupada y sigue tu camino, aunque sigan hablándote. ¡Ah! ¡Una cosa más! Eldarion a veces regresa para comer, así que yo que tú no me dormiría en los laureles.
Johanna se marchó corriendo antes de que Astrid pudiera preguntarle nada más. Sus manos le sudaban y temió que la bandeja resbalará de entre sus dedos. Regresó a la entrada con la cabeza gacha para subir las escaleras, rezando a Freyja, a Odín y a todos los Dioses porque el tío de la entrada no la reconociera. No obstante, nadie pareció reparar en ella y siguió subiendo las escaleras poco a poco mientras escuchaba asqueada los chillidos y jadeos que provenían de las habitaciones de aquel lugar. Llegó al último piso y aceleró el paso hacia la habitación del fondo cuando, de repente, una puerta se abrió.
—Ya te ha costado traerme la comida, so perra. Entra de una vez —dijo un hombre con cierta pereza.
Era un hombre de mediana edad, con un bigote que no le favorecía en absoluto y una nariz desproporcionada para el tamaño de su cara. Llevaba ropas no muy caras, pero aparentemente limpias, por lo que seguramente sería un mercader. Astrid no se movió, no muy segura de si se estaba dirigiendo a ella.
—¿Eres sorda o qué coño te pasa? —ladró el hombre—. Eres nueva, ¿no? Igual tengo que enseñarte cómo funcionan las cosas por aquí…
Antes de que el hombre fuera a coger de su cintura, Astrid ya había volcado el contenido de la bandeja sobre él. Éste iba a gritar furioso al ver sus ropajes manchados de comida, cuando la bruja le dio con la bandeja en la cara con todas sus fuerzas. El hombre cayó como un peso muerto sobre el suelo del pasillo y, sin pensárselo mucho más, Astrid corrió hacia la última puerta del pasillo y entró en la habitación dando un portazo. Escuchó voces en el pasillo, pero la sangre bombeaba con tanta fuerza contra sus oídos que no podía oír realmente nada.
—¿Astrid?
La voz de Hipo la sobresaltó tanto que casi le dio un infarto, pero no dudó en abalanzarse sobre él para abrazarlo desesperada. Escuchó el tintineo de unas cadenas, pero lo ignoró cuando su novio la rodeó con sus brazos contra la calidez su pecho.
—Lo siento —dijo ella contra su cuello—. Lo siento muchísimo.
Hipo la abrazó con más fuerza si cabía, como si temiera que ella fuera a desaparecer en cualquier momento. Astrid terminó rompiendo el abrazo y acunó su rostro. Parecía agotado, pero su rostro tenía color y no parecía que hubiera sufrido ningún tipo de tortura que ella no hubiera sentido.
—¿Estás bien? —preguntó ella preocupada—. ¿Te ha hecho algo?
—No —respondió Hipo muy serio—. De momento, no me ha hecho nada. Solo me ha formulado unas cuantas preguntas. Astrid, lo siento muchísimo, me pilló desprevenido y…
Astrid posó su mano en sus labios.
—Luego me lo cuentas todo. No me ha sido nada fácil entrar aquí y me temo que va a ser todavía más complicado salir, además existe la posibilidad de que casi haya matado a un hombre.
—¡¿Qué?! —cuestionó él horrorizado—. ¿Cómo?
—No hay tiempo para contártelo.
Astrid miró las cadenas con las que Hipo estaba atado a las patas de la cama. Tiró de ellas con todas sus fuerzas, pero éstas no cedieron.
—La llave la tiene él —explicó Hipo—. Astrid, ese tío, creo que deberías saber…
—Ahora no, Hipo —le cortó ella pensativa—. ¿Has probado en derretir el metal?
—Me daba miedo usar mi magia y perder el control o que él me pillara —argumentó él azorado—. Bastante me está costando contenerla.
Astrid ya había notado que su magia había reaccionado a su presencia, pero estaba contenta que Hipo no se hubiera arriesgado a exponerse a sí mismo a un posible mercenario de Thuggory. Si Le Fey descubría o confirmaba de alguna manera que Hipo poseía magia sería un problema. La bruja cogió de las cadenas y las observó por un momento pensando en qué podía hacer, pues usar su magia quedaba descartado debido a que el metal hacía fluir la electricidad con suma facilidad y no pensaba arriesgarse en electrocutar a Hipo.
—Astrid, creo que él ha dejado su hacha aquí, debería estar junto a la cama.
La bruja se levantó de un salto para comprobarlo y efectivamente había un hacha con pinta de antigua, pero limpia y afilada. Se sentía ligera bajo su mano, más de lo que ella se hubiera esperado de un hombre que debía ser ávido en el combate, pero fuera lo que fuera, parecía que estaba lo suficientemente afilada como para poder cortar la cadena.
Más les valía.
Mientras se descargaba de la alforja con el grimorio, dejándola sobre la cama con delicadeza, Hipo estiró la cadena de su mano izquierda todo lo que pudo para que Astrid la cortara de un solo tajo. Cuando fueron a replicar el mismo movimiento con la cadena de su mano derecha se escuchó un chillido en el pasillo. Alguien había descubierto al imbécil de antes inconsciente en el pasillo. Ambos se miraron con pánico, tenían que darse prisa o lo tendrían claro. Astrid cortó la cadena de su mano derecha y fue a cortar la única que ataba de su pie derecho cuando vio que faltaba algo.
—¿Dónde está tu prótesis? —preguntó la bruja en un susurro.
—No lo sé, cuando me desperté ya no lo tenía puesta —contestó él agobiado—. Ayúdame a levantarme, tenemos que encontrarla.
Astrid cogió de su brazo y rodeó sus hombros con él a la vez que cogía de su cintura. Hipo apoyó su mano libre al pie de la cama y consiguió levantarse haciendo una mueca. Debía tener el cuerpo entumecido de estar tanto tiempo encadenado y tirado en el suelo. Astrid observó que había vómito en el suelo.
—¿Has vomitado? ¿Por qué? —preguntó ella horrorizada.
—Esperaba que me lo explicaras tú —dijo él sin evitar cierto tono acusatorio.
—Una prostituta ha cogido de mi pecho, pero no esperaba que el vínculo llegara hasta ese punto —se defendió ella.
—¿Y la ropa?
Astrid puso los brazos en jarras
—¿En serio quieres tener esta conversación ahora? —preguntó ella en tono de reproche—. Porque por mí puedes llevar tú esta mierda de blusa mientras yo me pongo tu túnica.
Su novio resopló resignado.
—Perdón, es solo que este tío me ha dejado muy rallado y…
Las voces alteradas del pasillo le cortaron y decidieron apresurarse en encontrar la prótesis. Apoyado y dando saltitos con gran maestría con su único pie, su novio miró en el armario mientras Astrid rebuscaba entre las cosas de aquel mercenario. No poseía nada de valor que pudiera decir quién era realmente, aunque sí encontró un trozo de pergamino con una letra infantil y algo torpe que pedía novedades sobre su encargo.
—Hipo, ¿reconoces esta letra? —preguntó Astrid confundida.
—Es la de Thuggory —contestó él sin apartar la vista del armario—. Le contrató hace unos meses para encontrarnos.
—¿Y cómo coño lo ha conseguido? —dijo ella haciendo bola al pergamino—. Llevamos meses en el sur y otros tanto viajando, es imposible que supiera que estábamos aquí. ¿Quién es este tío?
Hipo se apoyó contra la puerta del armario y la miró fíjamente.
—No sé cómo demonios nos ha localizado, pero sé quién es.
—¡¿Quién?!
Fuera se hizo un enorme alboroto e Hipo volvió su atención al armario, mientras que Astrid se deslizó en el suelo para mirar bajo la cama.
Bingo.
Estiró el brazo para coger la prótesis cuando, de repente, la puerta del dormitorio se abrió. Astrid observó desde debajo de la cama las botas más sucias que había visto nunca y cómo su dueño soltaba una palabrota en nórdico.
—¿Cómo coño te has liberado?
El mercenario claramente se dirigía a Hipo, quién aún debía seguir junto al armario. Astrid se deslizó con cuidado bajo la cama mientras el hombre caminó con lentitud hacia dónde estaban las cadenas que habían cortado pocos minutos antes.
—¿Dónde está?
—¿Quién? —preguntó su novio.
—Mi madre —contestó Eldarion con sarcasmo—. ¡La bruja! ¿Dónde coño está?
—No sé de qué me estás hablando.
Astrid cogió la prótesis y se deslizó hacia el otro lado de la cama. El mercenario le daba la espalda cuando salió de debajo de la cama y, conteniendo incluso la respiración para que no se la oyera, Astrid alzó la prótesis para golpearle la cabeza. El mercenario preguntó algo a Hipo, pero ella no escuchó la respuesta de su novio porque el mercenario se giró de repente. Astrid se quedó sin aire, pero el mercenario, quién había alzado la mano para golpearla se quedó helado, como si hubiera visto a un fantasma. Su aspecto era feroz, salvaje incluso, y llevaba un parche sobre su ojo izquierdo, mientras que el otro era de color azul. Por los rasgos, Astrid estaba segura que era del Archipiélago, pero había algo en él…
—Imposible, tú...
Su voz la trajo de nuevo a la realidad y casi sin pensárselo dos veces, Astrid le golpeó en la cabeza con la prótesis. El hombre se balanceó un poco antes de caer al suelo semiinconsciente. Se quedó unos segundos muy quieta, observando aquel hombre gemir de dolor antes de oír la voz de Hipo.
—¡Astrid!
La bruja reaccionó a su voz prácticamente al instante y corrió a colocarle la prótesis antes de coger de su mano y salir a toda velocidad de allí. No estuvo muy segura de cómo salieron del burdel sin que nadie les atacara, pero parecía que los hombres que trabajaban en el aquel lugar tenían preocupaciones más importantes, como controlar a las prostitutas alteradas por el charco de sangre que habían encontrado en la última planta o que otra prostituta, una tal Bri, hubiera clavado una daga en el esternón de Charlie cuando fue a interrogar y darle una paliza a la pobre Johanna por haber dejado entrar a una intrusa en su casa. Astrid estaba sorda por la adrenalina y corrió y corrió, sin atreverse soltar a Hipo por miedo a perderlo una vez más. No paró de correr por aquella apestosa ciudad hasta asegurarse de que estaban lo bastante lejos del peligro.
Quería marcharse de Londinium.
Y alejarse del Archipiélago lo máximo posible.
Lo que fuera por no tener que pasar por aquello de nuevo.
El solo pensar de que podrían haber perdido a Hipo le hacía paralizarse por el terror. Era una sensación horrible y espantosa que le hacía sentirse débil y vulnerable.
Odiaba esa sensación.
Odiaba no tener el control.
Un tirón de su brazo la obligó a pararse y vio que Hipo estaba jadeando y afligido por el dolor que probablemente le azotaba en su pierna por el sobreesfuerzo. No se había dado cuenta de que estaba lloviendo y que ambos estaban calados hasta los huesos. Hipo tenía el pelo suelo por la carrera y su túnica se pegaba a él como una segunda piel, aunque lo más curioso de todo es que salía vapor de su piel, seguramente por contraste del ambiente húmedo y frío con su temperatura corporal que era más alta de lo habitual.
—Estamos a salvo, Astrid —dijo él intentando soltar su mano, tal vez por miedo a que pudiera quemarla por lo alterada que parecía estar su magia, pero Astrid se negó a soltar su agarre—. Amor, todo está bien.
Hipo parecía muy contrariado por su estado tembloroso, silencioso y aterrado. Escuchó un trueno que parecía sobresaltar a la gente que les rodeaba y Astrid cayó enseguida que aquella tormenta debía ser cosa suya. Miró a sus propios brazos desnudos y observó las chispas y la electricidad salir de su piel sin aparente control. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? ¿Desde cuándo se había transformado en una niña que apenas podía manejar su magia? ¿Cómo iban a enfrentarse siquiera a alguien como a Le Fey en ese estado? Se sintió como una chiquilla.
Estúpida y débil.
Miró a Hipo a los ojos y sin poder contenerse más rompió a llorar. La tormenta se intensificó, pero a ella ya le daba todo igual. Hipo soltó por fin de su mano y por un segundo pensó que ya no podía sentirse más miserable; sin embargo, sintió de repente sus cálidos y firmes brazos rodearla y abrazarla contra su pecho mientras acariciaba su pelo mojado para consolarla. Astrid, conmovida por el esfuerzo sobrehumano que debía estar haciendo para contener su magia en pleno estado de ansiedad y probablemente aterrado de que ella pudiera hacerle daño con la suya, se abrazó a él con aún más fuerza.
No supo cuánto tiempo estuvieron así, pero la tormenta fue aminorando a medida que se fue calmando. Cuando consideró que estaba más tranquila, Hipo le preguntó si estaba bien que fueran a una posada. Ella sencillamente asintió. Ni siquiera se fijó adónde le llevó, estaba demasiado cansada para pensar por la sobredosis de magia y el estrés sufrido ese día. Mientras Hipo pedía habitación, volvió a pensar en el tal Eldarion: ¿por qué no la había atacado? Astrid no tuvo energía ni para hacer sus hipótesis al respecto.
Hipo cogió de su mano y la llevó escaleras arriba hasta una habitación más confortable y limpia que la otra posada en la que se había estado alojando. La sentó junto a la chimenea e Hipo la encendió con su magia para que ella entrara en calor. Además de eso, cogió una manta del armario para cubrir su obsceno vestuario. Por suerte, él estaba prácticamente seco debido a su temperatura corporal. Alguien tocó a la puerta y dos hombres entraron con un barreño grande repleto de agua acompañados por una mujer con una bandeja de comida y ropa limpia. Hipo les dio unos monedas que Astrid no supo de dónde había sacado —se supone que todas sus pertenencias seguían en la otra posada— y cerró la puerta tras ellos.
—¿Puedes desvestirte sola?
Ella asintió con lentitud y se retiró la manta para soltarse primero la falda, la cual se deslizó con rapidez por sus piernas, e intentó soltar los lazos de la blusa, aunque finalmente Hipo tuvo que ayudarla porque era incapaz de hacerlo sola. Su piel se sentía helada contra la suya cuando Hipo le acarició las cicatrices que se extendían por sus omoplatos con la punta de sus dedos. Sin embargo, no fue a más, y sencillamente sostuvo sus caderas con suavidad para empujarla hasta el barreño de agua y ayudarla a meterse dentro.
—¿Esta bien de temperatura? ¿Quieres que lo caliente más? —preguntó él.
Astrid le observó en silencio y llevó su mano a su rostro. Necesitaba afeitarse, aunque la barba incipiente de varios días le daba un aspecto más maduro. Se había vuelto a recoger el pelo en una coleta, pero Astrid consideró que tendría que cortarle ese flequillo que ahora caía cruelmente sobre sus preciosos ojos.
—¿Te meterías conmigo en la bañera? —dijo ella en un susurro.
—¿Estás segura? —preguntó su novio preocupado.
—¿Lo estás tú? —replicó ella apartando el pelo de su cara.
Hipo hundió los hombros y soltando un largo suspiro se levantó para quitarse la túnica y seguido sus pantalones. Astrid observó en silencio las cicatrices de su espalda, un abanico de colores anaranjados, tierras y rosáceos a la lumbre de la chimenea. Quería acariciar cada deformidad, cada bregadura, cada marca de su espalda que conocía tan bien como la palma de su mano. Se echó hacia adelante para que Hipo pudiera sentarse a su espalda y cuando se hubo colocado, Astrid le ayudó a quitarse la prótesis y se acomodó contra su pecho. Hipo posó sus manos sobre su vientre y se quedaron un largo rato así, sintiéndose cerca, calmandose el uno a la otra con su simple tacto. Astrid sintió su erección contra la zona baja de su espalda, pero Hipo no hizo ni un amago hasta que ella acarició su mandíbula para que la besara. Su boca estaba caliente y húmeda y su lengua bailó suavemente con la suya hasta que Astrid alzó ligeramente su cuerpo para profundizar el beso. Sin apartar sus labios de los suyos, la bruja buscó su pene para meterlo dentro de ella, aunque estaba tan absorta con su lengua que finalmente Hipo tuvo que guiar su mano. Ambos soltaron un gemido cuando él entró por completo dentro de ella y Astrid movió ligeramente la cadera para adaptarse mejor a la postura, lo cual hizo que Hipo llevara sus manos a sus senos. Los movimientos fueron lentos al principio, aunque ello no impidió que el agua de la bañera cayera sobre el suelo o que él tocara cada rincón de su cuerpo con una desesperación inhumana o que ella soltara de nuevo las lágrimas abrumada por el amor que el vínculo desprendía desde lo más profundo de su alma. Astrid se corrió tan pronto Hipo acarició su clítoris hinchado y dejó pacientemente que él diera unas cuantas estocadas más para correrse dentro de ella. Astrid buscó su mano mientras luchaban por recuperar el aire y la posó contra su pecho para que pudiera sentir el errático latido de su corazón.
—No vuelvas a darme un susto como este —dijo ella aún jadeante.
—No lo haré —le prometió él.
—No volveré a coquetear con nadie más ni haré nada que te haga sentir incómodo. Tenías toda la razón: era una falta de respeto.
Hipo apretó su mano.
—Gracias —dijo sin más.
Terminaron saliendo de la bañera y Astrid se dejó secar por él. Hipo le pasó un camisón limpio y él solo se puso una túnica. Cenaron encima de la cama la cena que ya se había quedado fría. Ninguno formuló palabra hasta que Astrid se sintió con fuerzas para decir:
—¿Tienes ganas de contarme qué pasó después de que abandonaras la posada?
—Claro.
Astrid alzó la mano antes de que continuara hablando y él la miró sin comprender.
—Antes quiero saber algo —tragó saliva—. Decías que le conocías.
Hipo no necesitó saber a quién se refería, ya que su expresión se volvió algo lúgubre.
—Sí, le conozco.
—¿De qué? —preguntó ella a la vista de que no se extendía mucho más.
—Vivía en Isla Mema cuando era niño —explicó Hipo—. Casi no le he reconocido, porque por aquel entonces no estaba tuerto ni tenía el aspecto tan descuidado, pero su voz es inconfundible.
Se hizo un incómodo silencio y Astrid miró al fuego, esforzándose en ordenar todos sus pensamientos.
—Elea nos mencionó que una de las claves para ganar a Le Fey era "amansar" a un hombre tuerto —le recordó ella.
—Podría ser cualquiera, una casualidad sin más. No creo que sea él, ese hombre lleva enfadado toda su vida —explicó Hipo frustrado—. Esa fue una de las muchas razones por las que mi padre le echó de la isla.
—No creo que sea casualidad que el mercenario que Thuggory ha pagado para capturarnos sea precisamente tuerto —replicó ella intentó calmar su impaciencia—. Se llama Bain Eldarion, ¿no?
Hipo frunció el ceño.
—Claro que no, supongo que ese será el nombre que lleva ahora, porque tengo entendido que él deshonró el de su familia.
Astrid ladeó la cabeza sin comprender.
—¿Cómo se llamaba entonces? —preguntó ella con inevitable curiosidad.
Su novio sostuvo su mirada unos segundos antes de decir:
—Finn. Finn Hofferson.
Xx.
