18, CAPÍTULO DIECIOCHO,
CHAPTER EIGHTEEN.
La alarma taladra en mis oídos, golpeando contra mi cabeza con una cacofonía que realmente empiezo a odiar.
¿Cuánto he dormido? ¿Tres minutos?
Considero dejarla pasar, estirar el tiempo, pero finalmente termino cediendo y desperezándome de las sábanas. Aún con la ropa de ayer, salgo al pasillo, escuchando a la lejanía la tv encendida en el noticiero.
Me dirijo a la ducha, con la cabeza embotada y los sentidos en otro lugar. Realizo la misma rutina de siempre, uniéndome a la monotonía mañanera sin pensar.
Al regresar a mi dormitorio, envuelta en una toalla, me acerco al clóset. La visión de la chaqueta de Shawn, colgada de una de las puertas de madera, pone mi mundo de cabeza. La falta de sueño me vuelve distraída, pero no sé por qué siento que hay aspectos que prefiero ignorar.
Mi mirada se mueve hacia la puerta de la habitación cuando tres toques en ella interrumpen mis cavilaciones. Mi prima, Florida, aparece sólo segundos después, atrapándome con una sonrisa divertida.
—Tu vida —dice— está yendo en picada.
—Hola ahí —respondo, sarcástica—. También me alegro de verte, Florida. Con decirte que incluso logré sentir una pizca de añoranza por ti.
—No lo sé, África. —Florida se adentra en la alcoba—. Creo que el universo hizo caso a tus súplicas tardíamente. Si no hubieras deseado con tanto afán salir de lo ordinario...
—Mi vida no está yendo en picada —replico, cruzándome de brazos—. Está cambiando, simplemente... acomodando sus piezas. Considero que todo sucede por alguna razón.
Florida contorsiona el gesto.
—No acabas de decir eso —reprocha, incrédula.
—En este momento, no me importa tomar cualquier frase ridícula de motivación con tal de librarme del reclamo.
Alcanzo uno de los ganchos y me dispongo a cambiarme. La academia cuenta con tres tipos de uniforme: invierno, verano y deportivo. No varían mucho, los tres te presentan ante la sociedad como un estudiante de prestigio.
—¿Y bien? —dice Florida, sentada sobre la cama mientras se inspecciona las uñas—. ¿Me dirás por qué mi prima favorita es tendencia en Twitter?
—¿Quién? —pregunto, distraída, sacando el uniforme de invierno de su gancho.
—Tú, África —responde ella—. Tú eres tendencia en Twitter en este momento. Bueno, tú y Shawn Mendes.
Sus palabras me obligan a aterrizar en la realidad, con fuerza y sin contemplaciones.
Y mi realidad son un par de fotografías reveladas junto a una estrella del pop.
Los sucesos de anoche aparecen en mi memoria, justo a tiempo.
Andando hasta mi cama, tanteo entre las sábanas hasta dar con el celular. Lo reviso juiciosamente. La última conexión de Shawn es a las 4:30 a.m. justo después de terminar con el videochat, el cual duró dos horas. Horas dentro de las cuales sólo estuve despierta por cinco minutos.
¿Shawn estuvo ahí, todo ese tiempo, únicamente viéndome dormir? Dios, debo gustarle en serio.
Mientras me visto con el uniforme, le cuento a Florida algo de todo. Más como: "Shawn vino a recogerme de con Italy, pasé la noche en su casa y a la mañana siguiente me hizo su declaración romántica." Obviando claramente los sucesos controversiales de: "Me senté en su regazo y permití que me besara el cuello. Dormí abrazada a su mano como koala malcriado."
Sí, ahora soy muy consciente de un par de cosas que ponen en peligro mi timidez.
Prosigo, ya en la parte donde los paparazzi nos abordan fuera del aeropuerto. Busco por mis zapatos para complementar el atuendo. Algo que siempre le he reconocido a esta institución es su pulcritud. Nada de colores extravagantes o desentonados.
La combinación del uniforme es en blanco y negro.
La falda plegada prescinde de cuadros, matizada en negro y con bastilla por encima de las rodillas. La camisa es de seda, blanca y a la medida. Siempre puedo elegir entre el polo o el jersey para armonizar, con un chaleco ajustado debajo. Elijo el primero. El escudo de la academia bordado en hilo blanco siempre me recuerda con qué estoy tratando.
Mirándolo de esta forma, quizá sí le falta algo de color a la institución. Incluso la corbata es negra y las medias ni se diga.
La norma es la elegancia, no la barbaridad.
Una vez lista, confronto a Florida. —¿Opiniones?
Al igual que yo, está ataviada en el donoso uniforme escolar, pero, en su lugar, ella suple el polo por el jersey, y su hermoso cabello rubio lo deja suelto sobre sus hombros.
—Átate el cabello —opina.
—Me refiero a lo que está pasando.
De todos modos, salgo al pasillo, deslizándome hasta captar mi reflejo en el espejo de la pared. Inmediatamente le doy el visto malo a mi apariencia. Un día, Florida, un día. Sujeto mi cabello en una trenza gruesa.
—Realmente ninguna —dice ella, ante mi pregunta anterior—. Quiero decir, ni siquiera han hablado. Se necesita material para formular una buena opinión y hasta el momento sólo te ha visto babear sobre tu almohada.
Lo admito, presumí de más.
—Yo no babeo —farfullo.
Florida asiente, como si no entrara en sus ganas discutirme.
—¿Qué crees que estaba pensando al negarse a hablar? —pregunta, curiosa.
Nunca lo dice, pero a Florida realmente le intriga Shawn. La grandeza que se desarrolla a su alrededor y cómo vino a dar conmigo.
Me encojo de hombros, recargándome contra la cerámica del tocador.
—Vio las fotografías, está claro. Él como... ya sabes, celebridad, debe estar acostumbrado a esto, pero no me dio esa sensación. Parecía molesto.
—¿Y tú? —inquiere—. ¿Cómo te sientes, África?
—No lo sé —respondo, honesta—. ¿Cómo se supone que debería sentirme?
Hasta el momento, mis prioridades han sido otras. Preocuparme por el pensar ajeno no es una de ellas.
Al bajar, mamá ya está en el comedor, bebiendo de su taza de café mientras despista su atención entre las voces de la tv corriendo desde la sala y las noticias en su teléfono.
—Buenos días —digo.
Pasa un largo momento antes de oír mis buenos días de vuelta. A veces, mamá es más distante que un adolescente en plena etapa rebelde.
Nos sentamos al comedor, donde dos platos de comida, acompañados de una taza de café, ya nos esperan frente a nuestros asientos. Los observo, cautelosa. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que mamá decidió consentirnos con el desayuno.
—Tu encuentro con los reporteros ha dado de qué hablar —dice mamá—, pese a que prácticamente no respondiste a nada.
Oh, diablos. ¿Vamos a tener esta conversación justo en este momento?
—Nadie tiene una opinión concreta sobre ti todavía —añade Florida, tomando la palabra—, pero Argelia considera...
—Tía Argelia —reprende mamá.
—Tía Argelia considera que es cuestión de tiempo.
—¿Qué quieres decir? —inquiero, estudiando mi comida.
El último desayuno que tomé fue con Shawn. Parece haber sucedido hace una eternidad, pero sólo fue ayer.
—Bueno, no eres exactamente una extraña —dice Florida, bebiendo de su café y probando de su platillo—. Estás cargada en internet, sólo tienen que hacer la pregunta correcta y obtendrán lo que sea sobre ti.
—Todos mis perfiles son privados —indico.
—No todos —recuerda—. Está el perfil de la empresa, el de tus amigas, el de Mérida, que no es precisamente reservada...
—Estás en todos lados, África —reitera mamá, mirándome con afán—. Ya no es sólo México conociéndote. Ese chico te ha llevado directo a la mira del mundo.
—No es culpa de Shawn —mascullo.
Florida aprieta los labios y aparta la mirada. Mamá, por su lado, se frota las sienes. Los últimos vestigios de sueño me han abandonado por completo.
—No lo entiendes, ya no eres una niña —replica—. Te has convertido justo en lo que los medios quieren tener. Mi protección no te servirá de nada a menos que sea severa.
Arrugo la nariz, molesta. Intento pasar bocado, pero mi estómago ha decidido no abrir el negocio hoy. En su lugar, tomo algo de café.
—Bueno, ¿y de qué va la tendencia, si puedo saber? —pregunto, ya en el meollo.
—Claro que puedes saber —ironiza Florida, sonriendo. Su sonrisa feliz nunca me trae buenas noticias.
Carraspea, acomodándose en su asiento para mayor caracterización. Le brinda un trago a su café antes de tomar su celular, clickear y ponerse a leer. —Las opiniones más controversiales sobre África Ruiz hasta el momento se resumen a personas intentando desvelar tu alma a través de tus redes sociales, otras dándote una oportunidad y poniendo todas sus esperanzas en ello, y por último, pero no menos predecible, chicas y chicos odiándote por igual.
—Caray —exclamo—, mis enemigos son unos completos desconocidos.
Florida eleva una ceja, observando algo en su celular mientras su dedo se desliza por la pantalla.
—Y vaya que sí —susurra, asombrada.
Me levanto de la mesa, sin haber probado bocado. Para empezar, las mañanas ya son difíciles de digerir sin esta clase de noticias. No necesito nada de esto, sinceramente.
Tomo mi cartera, enviándole a Florida una mirada por encima de mi hombro en advertencia. Es hora de irnos. Ella escupe sobre su café, leyendo todavía esos comentarios en Twitter.
—Te recomiendo no entrar a Internet por el momento —dice, limpiándose la boca, escandalizada.
—Vamos —digo—. Se nos hace tarde.
Mamá alza la mirada al instante.
—Las llevaré yo —interrumpe.
Florida y yo nos detenemos a medio pasillo e intercambiamos miradas.
Esto es inusual, por no decir extraño. Mamá nunca está para compartir largos desayunos con nosotras, ni mucho menos dejarnos en la academia. Los viajes siempre los tomamos con tía Jordania y su novio, muy para el descontento de su hija, aquí Florida.
—Está bien, mamá —accedo, confiriéndole a mi prima este día lejos de su guerrilla familiar.
La elipsis intenta sofocar el posterior viaje en auto. Mamá abandona Sierra Nevada sin mucha contemplación, marcando el trayecto hacia la academia como algo de interés apremiante. Me pregunto qué cuerdas mueven sus hilos.
La institución permanece en la zona residencial, por lo que conduce entre avenidas hasta que la arquitectura colonial del edificio remite en la medianía.
Anchas escalinatas llevan al portal. Sin jardines exteriores, todo se concentra en su interior. Un guardia vigila en la entrada mientras los alumnos ya hacen su camino adentro.
En lo alto, perfilado en la piedra ornamental de estilo barroco, se ostenta el nombre de la institución.
ACADEMIA MEXICANA MIGUEL HIDALGO
'Beatus ille'
La academia es una antigua mansión colonial, llena de largas habitaciones, eminentes techos y altas ventanas de madera. Durante algunos determinados días del año, entre las vigas puedes advertir movimiento. Tenemos problemas con murciélagos, ajá.
Más que lista para bajar del auto, tomo la manija de la puerta, pero mamá me detiene de salir, posando una mano en mi brazo.
—Espera —advierte.
—¿Por qué...?
Pero me sorprende cuando envía una mirada sobre su hombro a Florida, quien se apea del vehículo y sin muchos miramientos, se dirige al guardia que custodia la entrada. Le dice algo y segundos después este se encamina hacia acá.
—Mentirás —me dice mamá, de pronto.
La miro, enmarañada.
—¿Qué dice?
—Mentirás, África —amonesta—. De ser necesario, únicamente.
—¿Por qué lo haría? Ni siquiera me interesa hablar, en primer lugar.
—Pero lo harás hasta que yo lo resuelva, ¿está bien? No es la primera vez que lo haces, de todos modos.
—Tengo estándares.
—Tienes sutileza e imaginación, encontrarás la manera. Ahora ve —apremia mamá—. Estaré de vuelta al final de las clases. Esperen por mí.
Envuelta todavía en la incertidumbre, bajo del auto por la puerta que el guardia mantiene abierta para mí. En cuanto está por cerrarse, alguien aparece de pronto por Dios sabe dónde.
Trae una cámara.
—¡África! —aporrea, como si de mi amigo íntimo se tratara.
El bullicio escolar se detiene, todas las miradas se enfocan simplemente en un solo punto.
En mí.
—Vamos —masculla el guardia, apresurándome a entrar.
Ya no hay uno, sino dos y tres y tal vez más de esos. Piden por mí, clamando mi nombre como reclamo. Sólo cuando me encuentro dentro del arco de entrada es cuando escucho el auto de mamá abandonar la calzada, junto a las voces de una decena de reporteros superponiéndose.
Las puertas se cierran y oficialmente soy habladuría.
Entonces estoy ahí, en el vestíbulo mientras cada par de ojos se posa en mí. La incomodidad surge como una segunda piel. Desearía haberme quedado en casa.
Ver una congregación de reporteros acampando fuera de esta academia es lo más normal, claro, cuando el informe es la salida de una empresa de la bolsa de valores, la compra de acciones o la cotización de esta... Nada referente ni tan jugoso como ser captada a mitad de la noche con un atractivo cantante dueño de millones de suspiros.
—Dime tu primera clase —dice Florida, apareciendo a mi lado y encaminándose a través del vestíbulo.
Me tallo los ojos, abrumada. Aún pienso en las palabras de mamá.
—No lo sé, creo que es Politología con la Sra. de Santa Anna —digo.
Desde que cambiaron el horario, me encuentro muy confundida. Ya es bastante malo cargar con una cabeza como la mía, colmada de duros pensamientos, ahora tengo que recordar cada materia nueva, de otra forma me veré obligada a llegar tarde a las clases de los profesores con apellido de la nobleza, los cuales ya son muy estirados por el hecho en sí.
—Por lo menos no pasarás la siguiente hora sintiéndote mal por pronunciar mal su apellido —ironiza, blandiendo su horario—. Tengo Historia de la Música con el Sr. von Hoheloh.
—Hohenlohe —aclaro, rodando los ojos—. Y es imposible que tú, Florida, te sientas culpable por algo que claramente haces.
—Es divertido ver cómo enrojece de furia —ríe Florida, sádica. Luego, imita la voz del profesor—. "Ustedes jóvenes, son el futuro de México, bla, bla, bla, muestren un poco más de respeto por sus antecesores, bla, bla, bla, mi apellido es un claro ejemplo de lo que una vez fue..." El señor sólo enseña música, ¿bien? Y todo es teoría.
—La música cuenta con bases históricas y culturales —digo—. Además, tiene beneficios cognitivos.
—Claro, se me olvida con quién estoy hablando —refunfuña ella—. Futura señora de Mendes.
—Como eres exagerada, Florida.
Entramos a los pasillos perimétricos, rodeando el patio central. Las columnas soportan los arcos apuntados. Los azulejos tintados sostienen los pasos de un centenar de alumnos.
A medida que nos movemos a las escaleras del norte, las miradas se asientan con más ardor en mi persona. Los estudiantes pasan por mi lado, viéndome de ton a son, pero no detienen su andar, o no se atreven.
Del primer piso, subimos hasta el tercer, donde los últimos salones de clases habitan para el grado posterior. A veces me asomo por los barandales y me pregunto cómo sería caer.
Mejor no. Mucho problema.
—Te veré en el descanso —anuncia Florida, frente a la puerta de mi clase.
—De acuerdo —digo. Entonces frunzo el ceño y giro a verla, pero ya ha desaparecido por el pasillo. Tarde me doy cuenta de que el salón de música se encuentra en el segundo piso.
Florida siempre ha sido floja para acompañarme hasta aquí. ¿Qué ha cambiado?
Entro al aula. Diez distintos pares de ojos me taladran con la mirada.
¿Qué no lo ha hecho?
Encuentro a Amelia con la mirada y me apresuro a tomar el asiento vacante a su lado, siempre dispuesto para mí. Ella está con la cara perdida entre sus brazos, respirando tan suavemente que me hace sospechar que se ha dormido sobre la mesa.
—Buenos días, mejor amiga —ironizo, depositando mi cartera en el respaldo de la silla—. Tanto tiempo sin verte.
—Cómo es que —masculla Amelia— suenas tan despierta después de la noche que hemos tenido. ¡Dormí tres horas!
Finalmente, ella cae hacia atrás sobre la silla, revelando su lindo rostro contrariado. Por un momento, frunce el ceño, notando que cada mirada en el aula está sobre nosotras. Yo mantengo una pelea épica en ignorarlas lo mejor que puedo.
Están desgastando mi ánimo.
—Lo siento —le digo, supliendo un comentario inteligente por total pena.
Amelia suspira y niega. Frota sus ojos con la palma de sus manos.
—¿Y bien, cariño? —inquiere—. ¿Cómo estás?
—Absolutamente normal —respondo.
—¿Estás segura?
—Sí, da igual que se enteren hoy o mañana. No influye en mi vida sino para desordenarla un poco, pero nada más.
—Pero ¿y Shawn? —murmura—. ¿Qué piensa él?
Me encojo de hombros. De él dependerá lo siguiente.
En ese momento, la Sra. de Santa Anna llega al salón de clases y el cuchicheo se detiene. Debido a la exclusividad de la academia, los alumnos son más... escuetos, por así decirlo. Pero estos son suficientes para hacer arder el mundo, créeme. Uno sólo de ellos vale como cinco de una escuela pública.
Sin mencionar a los maestros y los profesores, descendientes de la nobleza de un México de antaño, de criollos e imperios. Pueden ser realmente intimidantes, pero la mayor parte del tiempo sólo veo una profunda amargura y suficiencia arraigada en sus expresiones.
Paso de un periodo a otro bajo una promesa implícita de no hablar ni mirar a nadie a los ojos, ni por descuido. Presiento que sólo hace falta un roce para encender la mecha. Pese a lo que dijo mamá, yo realmente no quiero mentir.
La campana suena, un artilugio ubicado en la cúpula sobre el salón de entrada, anunciando el descanso obligatorio antes de las últimas clases.
Amelia se levanta de su asiento, bostezando soñolienta.
—¿Vienes? —inquiere, al notarme rezagada.
Niego.
—Devolveré un par de libros a la biblioteca —le digo—. Adelántate con Florida. Las alcanzaré después.
Asiente, enviándome una mirada metódica antes de salir del salón.
Me echo la correa de la cartera al hombro y me dirijo a la puerta.
—África siempre ha sido así —escucho a alguien murmurar, mientras paso por su lado—. Su familia, es más. Son tan remilgados y rectos. Estoy segura de que ahora mismo deben estar retorciéndose ante el desplante de la preciada hija de la compañía...
Me detengo en bruto. Tomo una profunda respiración y volteo a verlas. Un grupo de chicas, claramente no discretas, se juntan para cotillear como si las personas estuvieran sordas. O es que no les importa o son demasiado vulgares.
Una a una, levantan la vista al instante en que me planto frente a ellas. Elevan las cejas, con el descaro de lucir sorprendidas.
A punto de soltarles una grosería, la profesora de Derecho Administrativo, la Sra. Juárez, decide alzar la voz.
—¿Algún problema, Srta. Ruiz?
Observo los rostros asustados de mis compañeras de grado antes de sonreír.
—No —respondo—, nada que valga la suficiente pena.
Sus expresiones se agrian, tanto como si hubieran mordido un limón. Nada como la indiferencia para ofender el ego.
Asiento hacia mi profesora y salgo del salón.
La biblioteca se encuentra del otro lado del edificio. Mientras recorro los pasillos perimetrales, cedo ante la presión social y saco el celular para ver las fotografías.
No entiendo la sorpresa. Las fotografías son más sombras difusas, nuestros cuerpos están dibujados contra la oscuridad, iluminados por la luz de los faroles. Más sé, como sé reconocer mi letra, que esa soy yo.
También sé que, si hubiera estado en otro momento, otro lugar, hubiera sido más difícilmente reconocible. Haber dejado una fiesta, concedida por mi mejor amiga, ante los ojos de todos... me quitó toda discreción.
El estruendo de una risa masculina me obliga a disminuir el paso. Miro a través de los barandales hacia la fila de habitaciones del oeste. Abraham va saliendo por la puerta del aula de cálculo, jugando burdamente con sus amigos entre carcajadas y jovialidad.
Señor... Nuestra conversación en Bao Fù es aún muy reciente para mí. ¡Cómo olvidar que mis amigas prácticamente revelaron a Shawn!
Miro sobre mi hombro. Ya he recorrido gran parte del pasillo, regresar ahora podría llamar la atención. Lo único que queda es...
Sí, corro el último tramo hasta esconderme detrás del grueso pilar en la intersección de pasillos.
Me asomo por el filo, estudiando a Abraham; no parece tener prisas por irse. En realidad, parece demasiado involucrado en la conversación llevada a cabo entre sus amigos...
Con un mohín, observo las puertas francesas de entrada a la biblioteca justo enfrente.
Espero un segundo y lo intento de nuevo. ¡Dios, sí! Ya está alejándose en la dirección contraria. Observándolo de espaldas, cruzo hacia el pasillo, empujando las puertas dobles de madera sin mucha consideración.
La estancia, del otro lado, me sume en una afluencia de aroma viejo, pastas, hojas y tomos a tropel sobre estanterías hasta el techo, sobre escritorios y sobre mesitas con ruedas.
Me introduzco en la biblioteca, andando por el vestíbulo en busca de la archivera. La puerta hacia la Sección B está abierta, pero por allá tampoco se vislumbra a nadie.
Muerdo mi labio, dudosa. Me pasa que siempre al tener una biblioteca a mi disposición me entran unas terribles ansias de echarme un libro a la cartera y salir corriendo. No procedo sobre el deseo, pero las ganas ahí están.
Reprendiéndome, me dirijo a la Sección C.
Oh, y ahí está.
—Srta. Moliner —digo, tratando de llamar su atención.
—¡África, querida! —exclama, bajando rápidamente sus pies del escritorio—. ¡Te deslizas tan silenciosa!
Escondo una sonrisa. Con un claro y divertido acento español y una personalidad hecha para no soportar vivir rodeada de libros cinco días a la semana, la Srta. Moliner tiene algunos descaros que oculta de la junta escolar.
—Florida y Amelia están esperándome en el comedor —comento, sacando un par de libros de la cartera y extendiéndoselos—. Ya he acabado con ellos, pero mi prima pide un poco más de tiempo porque su buen amigo Cesare Pavese no es fácil de leer.
La Srta. Moliner recrea un ademán sin importancia con su mano.
—Dile que, si puede leerlo, puede quedárselo —sonsaca—. Haré de la vista gorda.
—Sí, no debiste decir eso —tarareo, divertida—. Florida lo tomará como un reto y quizá haga trampa en el proceso.
La archivera toma el par de libros que le ofrezco, negando con una sonrisa. Abre un cuaderno desgastado y retrocede entre páginas hasta hallar mi nombre garabateado.
—África Ruiz se llevó el día 21 de diciembre de 2018 dos libros —lee, palomeando en el recuadro de "devuelto"—. El Príncipe, por Nicolás Maquiavelo. Leviatán, por Thomas Hobbes. Como nota adjunta, comenta que está dispuesta a nutrirse de literatura política siempre y cuando no encuentre otro aliento de vida.
—¿Cuándo he dicho eso? —exclamo, confundida.
—Encontré interesante que de pronto te interesaras por libros sobre Ciencias Políticas, eso es todo —dice Moliner—. Lo anoté por si acaso las vacaciones te hacían cambiar de parecer.
Sonrío.
—Bueno, pues lo han hecho —confieso—. Había pensado que, bueno... podía seguir los pasos de mi mamá. Intenté convencerme de eso.
—¿Funcionó?
Me encojo de hombros.
—Siempre puedo intentarlo, no me sería tan difícil. De todos modos, no resultó así. Tengo fuertes motivos para decantarme por Literatura en Grant Allen.
Ella truena sus dedos, señalándome.
—Varsity Art! —exclama—. Oh, Canadá. ¿Estoy en lo correcto?
—Lo estás.
La Srta. Moliner suelta un silbido por lo bajo.
—No aspiras por poco —adula, con sorna.
Me suelto a reír, condescendida.
—Te veo luego —le digo, caminando a la salida—. Quizá muy pronto me veas tomando los descansos aquí contigo, si todo sigue igual.
—¿En serio? —expresa, inclinándose sobre el escritorio con desesperada curiosidad—. ¿Qué ocurre allá afuera?
—Nada importante.
Cruzando el umbral, su voz me detiene con otra pregunta.
—¿Cuáles son esos fuertes motivos, África?
Por un efímero instante, titubeo.
—Valentía —digo— y amor.
El sol casi se encuentra alcanzando su punto más alto. Se filtra en la academia, enviando sus lacerantes rayos de luz por los pasillos del norte y oeste. El patio central se baña en fotosíntesis.
Marco mi camino hacia las escaleras, caminando entre los pocos alumnos rezagados que me ven como si mi cabello estuviera en llamas. Lo más extraño de todo es que nadie se atreve a acercarse, ni por mera curiosidad. Eso me tiene bastante inquieta, sólo esperando el instante en que finalmente alguien se llene de audacia.
Estoy doblando hacia el pasillo del norte, a nada de llegar a las escaleras, cuando las puertas de los baños de hombres repiquetean y de su interior emergen un par de chicos.
Todos nos detenemos al mismo tiempo. Las sonrisas se borran de sus rostros cuando me reconocen, junto al hecho de que mi ex-novio se encuentra entre ellos.
Abraham no logra decidirse entre todas las gamas de expresiones que su rostro suelta. Confundido, preocupado... molesto.
De acuerdo. Veo que eludirlo al final ha resultado inútil.
Justo cuando doy un paso, dispuesta a esquivarlo y proseguir con mi camino, él levanta la voz.
—Vayan —Abraham les indica, indiferente—. Tengo que hablar con África sobre algo.
Elevo mis cejas. ¿Cómo dice?
Su grupo de amigos me envía una mirada curiosa una última vez antes de alejarse, sin esperar una segunda orden. Me fijo en que la chica no está con él.
Abraham me mira, entre sus líos de expresiones. —¿Qué está pasando contigo? —inquiere, con rudeza.
—En este punto —le digo—, hasta en Japón saben qué está pasando conmigo.
Él ignora mi condescendencia.
—¿Sabes de qué me acordé esta misma mañana, cuando vi tus fotografías junto a él? —pregunta, avanzando un paso en mi dirección.
—Abraham —advierto.
—En la teoría del famoso —dice, sin pensar ni detenerse.
La inquietud atiza mi piel, que brota a su vez todo un campo de retención a mí alrededor. En cuanto ese campo sea cruzado, cada uno de mis instintos se activará, llevándome a hacer o decir cualquier cosa con tal de volver a mi zona de confort.
—De acuerdo —musito, sin más.
—No, África —replica, centellando en furia. Din, din, tenemos la emoción ganadora—. ¡Pensé que tus amigas bromeaban! ¡Pensé que tú...!
Toma aliento, mostrándose fuera de su propio dominio. Le toma mucho de sí tranquilizarse lo suficiente para inquirir, —Esa noche, cuando coincidimos en Bao Fù, hablabas con alguien por teléfono... ¿Era él?
¿Por qué se hace esto? Arrugo la nariz, confundida. ¿Por qué hace preguntas que desearía mejor no saber?
—Abraham —digo—, te recuerdo que estás iniciando algo con una chica. No deberías estar reclamándome esto. No es correcto.
Abraham crispa su boca, negando con dureza.
La distancia es cada vez más acortada.
—No resultó —dice—. No resultó porque no puedo sacarte de mi cabeza.
—Sigue sin ser correcto.
—¿Por qué? —suelta, seco—. ¿En realidad si estás con él?
Mentirás, había dicho mamá. Mi respiración se eleva. Mentirás de ser necesario.
—Eso... —inhalo, con fuerza—. Eso no te concierne.
No parece amainado.
—Esa no es una buena respuesta.
Da otro paso más. Esto nos asegura a un metro de distancia.
—No voy a darte lo que necesitas escuchar, Abraham.
—Hazlo —dice—. Cualquier respuesta es preferible a tu rechazo.
Lo obtendrás, diga lo que diga. Mi corazón no está contigo, nunca lo estuvo.
—Eres un buen chico —murmuro—. No voy a mentirte.
Abraham resopla. Incluso con el enojo bullendo en la superficie, él aún se halla confundido y no sabe cómo entenderme.
—Lo último que necesito es que precisamente tú me digas que soy un buen chico —replica—. Quiero una respuesta, África, y la obtendré. ¿Estás con él o no?
No respondo.
Abraham maldice y acorta la distancia. Me obliga a retroceder hasta que mi espalda da contra la pared del baño y las últimas miradas desaparecen detrás de las altas macetas decorando el umbral.
—El silencio otorga —dice él, mirándome tan cerca que alcanzo a ver cuándo el pigmento en sus ojos se estira en una delgada rendija.
—El silencio miente. Nunca es honesto del todo.
—Me confundes. ¿Sí o no?
Únicamente me limito a mirarlo.
Abraham me toma de los brazos e intenta verme, pero la confusión sigue nublando sus ojos. Nunca ha podido hacerlo, por más que lo intenta.
Él protesta. —África.
—Lo siento, Abraham.
—No digas eso —reprocha, desesperado—. Demuéstramelo.
—¿Qué?
—Voy a besarte.
—Abraham —reprendo, sobresaltada.
El corazón rompe contra mi pecho.
—Lo decidirá todo, ¿no es cierto?
Se inclina hasta acortar la altura que separa nuestras cabezas. —Si aún puedo besarte, significa que no estás con él.
Baja su rostro hasta que la punta de su nariz frota mi mejilla y su rápido aliento roza mi boca.
Tan, tan cerca, como un tren a punto de colisionar y destrozar todo lo que he construido.
Centímetros que pueden marcar la diferencia.
Abraham respira con fuerza, estudiando mi rostro. Cierro mis ojos, abrumada. Mentirás. Mentirás. Mentirás.
Se mueve hasta mi boca. Un efímero roce. No reacciono, no lo detengo. Baja hasta tocar mi labio inferior. Sus labios se entreabren.
No puedo.
—Por favor —susurro, sin poder evitarlo—, no me beses.
Y él lo entiende, como también entiende en ese preciso momento que la teoría del famoso es verdad.
Y se aleja.
