'Los personajes de Mizuki e Irigashi no me pertenecen.
Esta historia ha sido escrita y publicada sin fin de lucro'
Gracias a todos las lectoras que han estado leyendo fielmente esta historia desde el principio, especialmente mi tribu la Legión Andrew. Me gustaría dar las gracias a todas mis amigas por su aliento y paciencia, en particular a Chiquita Andrew, Lio Hernández, BlackCat y Mayra Exitosa, quien con sus mensajes me animó a seguir escribiendo. Espero que este epílogo sea de su agrado.
"Horóscopos Para Veintiún Días"
Por CandyFann
Capítulo 22
Epílogo
Navidad… caótica Navidad.
"¿Tienes suficientes guantes y calcetines de lana? Se ha pronosticado un invierno largo y frío en todo el estado y aquí en Lakewood no ha dejado de nevar en dos días".
Candy le dedicó una sonrisa a la imagen de su tía en el iPad. "Voy a estar en Lakewood solo por unos días, tía Pony, no todo el invierno. Albert sigue en el hospital, así que planeo pasar la Navidad y la mayoría de mi visita con él y después de año nuevo comenzaré a pensar en regresar al trabajo. Por el momento, mi prioridad es mi rehabilitación y la de Albert. Creo que puedo decir con seguridad que las celebraciones en casa de los Ardley serán un tanto apagadas este año en vista de todo lo sucedido estas últimas semanas, pero no me importa. Te veré el día después de Navidad y pasaré una tarde entera contigo, Tom y todas sus chicas. Regresaré a Toronto talvez en la segunda semana de Enero, más o menos."
"Hablando de Tom y sus chicas, por lo que parece, ya no será el único hombre en casa. A Franny le hicieron una ecografía ayer y me han dado la noticia: esperan un niño."
Los entusiastas vítores de Candy pronto llenaron su pequeño departamento. "¡Un niño! ¡Tom finalmente va a tener un niño! Deben estar muy emocionados, tía Pony. Dígale que traeré un palo de hockey como regalo para el bebé en mi próxima visita".
"Mejor que sea un bate de béisbol," Pony respondió riendo.
Un repentino golpe en la puerta puso un final a la agradable conversación.
"Debo irme, tía Pony. Ese es probablemente el taxi que me llevará al aeropuerto. Te veré dentro de dos días. Te quiero mucho."
"Yo también te quiero, chiquilla traviesa. Nos veremos pronto. Dile a Albert que le envío un sin fin de abrazos y espero se recupere pronto. Lo visitaré en cuanto sea conveniente para ustedes."
Tras un rápido adiós y un beso al aire, la pantalla se tornó azul y Candy se dirigió lentamente hacia la puerta con la ayuda de sus muletas.
"Un momento por favor," gritó en voz alta cuando los golpes se hicieron más urgentes. "Tengo que usar muletas y no puedo apresurarme." Al abrir la puerta, estaba a punto de regañar al taxista por su impaciencia cuando se topó cara a cara con el rostro familiar de su hermana Annie esbozando una sonrisa traviesa desplegada de oreja a oreja.
"¡Sorpresa!" gritó la chica emocionada, arrojándose al cuello de la rubia quien casi cae tumbada al suelo.
"¡Annie!" jadeó Candy dejando caer sus muletas y aferrándose a su hermana para mantener el equilibrio. "¿Qué haces aquí? Solo dijiste que organizarías mi vuelo y taxi al aeropuerto. ¡Nunca mencionaste que vendrías a Toronto por mí!"
"Albert envió el jet por ti," rió Annie, finalmente soltando a la rubia y ayudándole a recoger las muletas del piso. "Lo fui a visitar y mencioné que estaba organizando el asunto de tus vuelos. Por supuesto, él insistió en que el jet de los Ardley te llevaría a Chicago. Me pidió que viniera a hacerte compañía para que te ayude con tu equipaje y te sientas más cómoda. ¿No es maravilloso? Fuera de tu apartamento nos espera una limusina negra y tomaremos champán durante el vuelo. Una vez que lleguemos a Chicago, Archie nos llevará del aeropuerto a Lakewood. Toda la familia estará allí. Como ya sabes, Rosemary y George no volvieron a Australia e incluso han extendido su estadía para ayudar a cuidar de Albert. Sin embargo, conoceremos a su hijo Anthony, quien llegará esta noche. Stear, Patty, los padres de ella y los niños llegaron ayer y los padres de Archie condujeron con nuestras niñas a Lakewood esta mañana. La casa estará repleta de gente y tendremos una Navidad alegre y maravillosa."
"Pero Annie, ¿qué pasará con mamá? No quiero que se encuentre sola en Navidad si tú y yo estamos en Lakewood con los Ardley."
Annie suspiró, esbozando una tierna sonrisa. "Nunca cambiarás ¿verdad, Candy? No importa lo que la gente te haga, tú siempre tratarás de hacer lo correcto. No te preocupes por mamá. Ella está con nuestro tío en Nueva York. Mamá quería visitar a su hermano y celebrar la Navidad allí desde que murió papá y este año decidió aceptar su invitación. Mamá estará bien, confía en mí. Ayer almorzamos juntas antes de su vuelo y estaba muy emocionada por su viaje. Estoy segura de que el tío Kenneth logrará que mamá la pase de maravilla y la llevará a ver todas las atracciones turísticas. Volverá a Chicago a final de Enero sino al principio de Febrero, así que no tendrás que preocuparte por ella hasta después de esa fecha ¿de acuerdo?"
Candy le devolvió la sonrisa a su hermana. "Bueno. En ese caso, prometo que intentaré no preocuparme en exceso. Estamos juntas otra vez y vamos a tener una Navidad estupenda con tu familia."
"¡Genial!" exclamó Annie, abrazando a su hermana. "Todo será maravilloso, no lo dudes. Y a propósito, es 'nuestra familia', Candy. Ahora date prisa. Un jet y una cubeta de champán nos esperan, señorita Britter."
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En la comodidad del jet privado, el vuelo a Chicago sería corto y agradable. "A propósito," dijo Annie al descorchar una botella de excelente champán francés en cuanto el avión estuvo en el aire. "Albert me pidió que te explicara cómo están las cosas con Elisa y los cargos que presentó contra ti."
"Ugh... por favor, déjame beber una copa de champán antes de decir otra palabra," la joven le suplicó a su hermana con una sonrisa tensa. "No creo que quiera saber nada acerca de esa mujer si aún estoy sobria."
La risa gutural de Annie fue contagiosa. "En eso sí puedo ayudarte," respondió Annie entregando a su hermana una copa de champán burbujeante. Candy bebió su primera copa de champán casi en un solo trago, devolviéndole inmediatamente la copa a su hermana para que la llenara otra vez.
"Ahora estoy lista," declaró hipeando, bebiendo un traguito de su segunda copa.
Annie continuó su relato. "Ayer tu abogado puso una demanda en contra de Elisa y argumentó con éxito que tú golpeaste a Elisa en defensa propia. Así que su abogado retiró los cargos en tu contra y nadie ha visto u oído de Elisa desde el día de la lectura del testamento. Escuché por medio de un par de amigas en Chicago que frecuentan los mismo círculos sociales que Elisa se fue a Dubái, pero no estoy segura del todo."
"No me importa dónde esté," Candy resolló, tomando un sorbo de su bebida. "Elisa puede vivir en Timbuktú siempre y cuando yo no tenga que lidiar con sus tonterías y se mantenga alejada de mí."
Annie llenó su copa de champan, alzando la copa al aire. "¡Propongo un brindis para que así sea! Todos estamos agradecidos de que se haya ido. Creo que los únicos que la extrañan son Drew y Pat, y eso es sólo porque les encantaba volverla loca con sus bromas y fechorías. Lakewood ha vuelto a la normalidad y ahora podremos tener una hermosa Navidad sin que Elroy o Elisa estropeen nuestra diversión."
Las chicas llegaron al aeropuerto ya con el contenido de una botella de champán en sus estómagos y rápidamente divisaron a Archie entre las personas esperando la horda de viajeros. "¡Archie! ¡Ya estamos aquí!" vociferó Annie, corriendo con los brazos abiertos hacia su guapísimo esposo. Perdidos en ese abrazo, Archie y Annie se besaron en medio del aeropuerto como un par de recién casados.
"¡Te he extrañado!" él respondió en un susurro ronco y varonil, calentando la boca de su esposa con su aliento. "Me sentí solo cuando desperté esta mañana y descubrí ya no estabas en la cama. Sabía que tenías que irte temprano ... pero después de anoche ... Dios ... yo aun quería seguir..."
"Hola Archie," se rió Candy, carraspeando un par de veces cuando por fin alcanzó a la joven pareja. "Si no les importa, prefiero marcharnos a Lakewood ahora mismo antes de que ustedes dos sean arrestados por follar en campo abierto. Toma Archie, ayúdame con mi mochila en lugar de casi tener relaciones sexuales con mi hermana en público." Lanzando la mochila en la dirección general de la cabeza de su cuñado, Candy hizo su camino hacia la salida, con Annie y Archie siguiendo sus lentos pasos.
El trayecto a Lakewood desde el aeropuerto de Chicago transcurrió sin mayor incidentes. Archie y Annie ocuparon el tiempo charlando alegremente en los asientos delanteros mientras Candy se estiró, con la pierna todavía enyesada y sus muletas, en el asiento trasero. En realidad estaba deseando volver a ver a Albert con todo su corazón. Aunque conversaban diariamente por teléfono o por Skype, era difícil sentirse satisfecha tras una plática cuando todo lo que ella deseaba hacer era abrazarlo una vez más y devorar a besos sus labios. En esos últimos días, sus conversaciones normalmente giraban en torno de sus vidas cotidianas, sus sueños y, claro, planes para el futuro que ambos deseaban compartir. A veces Albert utilizaba esos momentos de conversación para hablar acerca del dilema que su papel en la Corporación Ardley presentaba y su conflicto interno al contemplar alejarse de una posición que él al fin de cuentas consideraba 'tóxica' para su bienestar mental y la futura prosperidad de su familia. Candy lo había escuchado todo con atención, dándole buenos consejos cuando Albert le pedía su opinión, pero sobre todo escuchando sus problemas sin juzgar.
Últimamente, sin embargo, algo importante estaba cambiando dentro de ella. Por ejemplo, tan solo en esa semana, ella había pensado en Albert casi constantemente, preguntándose una y otra vez cómo podría apoyarlo en su papel como jefe de un imperio industrial y patriarca de una familia tan excéntrica como los Ardley. Tal como estaban las cosas, Candy consideraba que eso de ser responsable de los financieros de la familia representaba para Albert un cáliz envenenado, y a menudo se preguntaba cómo su amado le hacía frente a tan constante presión día tras días, hora tras hora sin recaer en viejos vicios. Incluso desde su cama en el hospital, Albert estaba siempre al tanto de cada decisión relacionada con su propio negocio, así como la enormidad de problemas relacionados con la corporación Ardley, siempre listo a impartir órdenes o dispuesto a negociar para encontrar la solución adecuada ante cualquier dificultad.
Ahora todo lo que ella quería…
No.
Candy movió su cabeza de lado a lado con una leve sonrisa en los labios. Dia a día esas cavilaciones internas avivaron un sentimiento diferente en su corazón... algo que ella no había estado dispuesta a contemplar hasta alcanzar esa nueva faceta de su vida. Fue esa epifanía lo que la llevó a comprar un regalo muy especial para su novio esa Navidad, un regalo que ella esperaba le demostraría a Albert sus verdaderos sentimientos y su fe en un futuro como pareja.
El vehículo todoterrenos de Archie hizo su trayecto en la carretera lentamente a través una gruesa capa de nieve hasta llegar, por fin, a la larga vereda que los llevaría a la mansión. Tan perdida había estado Candy en sus pensamientos que, al alzar su mirada, emitió un gemido de sorpresa al verse frente a la imponente entrada a la propiedad de los Ardley. Inclinándose hacia el asiento delantero, la chica tocó el hombro de su hermana con un dedo un par de veces. "Annie, ¿qué diablos estamos haciendo aquí? Te dije que quería ir directamente al hospital para ver a Albert."
"Lo sé," respondió su hermana con una sonrisa. "Pero Archie y yo pensamos que sería mejor si te llevamos al hospital tan pronto como dejemos tu equipaje aquí en la casa. Además, ¿no te gustaría tener la oportunidad de refrescarte y cambiarte de ropa antes de ver a Albert?"
"¿Mi equipaje? ¿Estás bromeando? ¡Sólo traje mi mochila conmigo! ¿Y qué quieres decir con eso de 'refrescarme'? Literalmente no he hecho nada más extenuante que levantar una copa de champán durante el vuelo. En cualquier caso, ¿qué tiene de malo la ropa que llevo puesta? Yo creo que me veo bien con esta ropa, ¡hazme el favor!" Candy bufó indignada, cruzando los brazos sobre su pecho como una chiquilla haciendo un berrinche. "No vengo a un desfile de modas, Annie. He venido a ver a Albert."
"Sólo porque Albert te ama, no significa que puedas ir a verlo vestida así," dijo Annie mirando los arcaicos pantalones de chándal de su hermana y viejo saltador encapuchado con horror. "Quiero decir, Candy... por favor... ¿Te mataría al menos ponerte un par de jeans y una camisa a la medida con una chaqueta de lana que no sea de segunda mano? Tal como estás, luces como que acabaras de escaparte de un centro de rehabilitación de drogas."
"Para tu información, te haré saber que me he vestido para estar cómoda y no para hacer un desfile de moda," fue el comentario mordaz de Candy. "Lo que pasa es que te has acostumbrado tanto a los jets privados y limusinas que ya no recuerdas lo que es volar en un avión repleto de gente con poco espacio para moverte. Además, yo no sabía que Albert iba a enviar el jet por mí y siempre he sido de la opinión que no tiene sentido usar un traje a la medida sabiendo de antemano que vas a estar en un asiento estrecho, invariablemente sentada al lado de un bebé chillón o un niñito que busque limpiarse la nariz en mi chaqueta."
"¡Qué asco! Eso suena repugnante." exclamó Annie arrugando la nariz en repulsión. "Mira Candy, ya que estamos aquí ¿por qué no aprovechas a entrar, toma una ducha y te cambias de ropa? Prometo que iremos al hospital tan pronto como termines. Me he tomado la libertad de dejar algo de ropa en tu dormitorio. Ese es mi regalo de Navidad para ti: un nuevo vestuario para que podamos tirar esos viejos trapos que llamas 'ropa' al fuego. Honestamente, hermanita, te vistes como un vagabundo."
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Media hora después de su llegada a la mansión y tras un sin fin de saludos y abrazos, Candy emergió de la ducha sintiéndose como una nueva mujer. Aunque había sido difícil lavarse con un yeso que iba de pie a muslo, con paciencia y destreza lo había logrado. Con sus rizos húmedos rebotando de arriba abajo mientras deslizaba la toalla sobre su cuerpo mojado, la chica se secó tatareando una canción alegre. Al terminar, Candy suspiró y se puso un albornoz grueso, mirándose en el espejo. "Supongo que será mejor que vaya al armario y vea qué tipo de ropa ha elegido mi hermana para mí. Apuesto a que la mitad de la ropa viene de un diseñador que no tiene ni idea de que las mujeres necesitan ropa que sea cómoda en lugar de simplemente estéticamente agradable. ¡Ay, no sé por qué Annie insiste en vestirme como una muñeca! Es decir, ¿por qué no se pone a pensar en cuando tendría yo la oportunidad de usar ropa tan elegante? Para pasar una temporada en Lakewood, no necesito nada más que dos pares de vaqueros gruesos y un abrigo de lana."
Agarrando una toalla pequeña de un estante, Candy procedió a secarse el cabello mientras caminaba lentamente del baño al dormitorio sin darse cuenta de que alguien ya la estaba esperando.
"Candy... mi amor..." dijo esa voz masculina que tanto anhelaba escuchar. "Ya estás aquí."
Las manos de Candy se congelaron encima de su cabeza. Dejando caer la toalla al suelo, la chica vio a Albert justo frente a sus ojos, sentado en una silla de ruedas siendo empujada por un joven de aspecto muy afable.
"Albert! Por todos los cielos, ¿qué haces fuera del hospital?"
Antes de que Albert pudiera responder, el enfermero rápidamente se presentó a la desconcertada Candy con una sonrisa. "Usted debe ser la señorita Candy, de quien tanto he escuchado. Me llamo Rodger y soy parte del equipo de enfermeros del señor Ardley. El señor Ardley insiste en pasar la Navidad en casa con la familia, así que digamos que soy parte del acuerdo negociado por los médicos y el señor Cornwell." Rodger le dio un par de suaves palmaditas a Albert en el hombro. "Confío en que lo dejo en buenas manos, señor Ardley. Estaré en su habitación si me necesita, de lo contrario vendré a buscarlo en un par de horas para que podamos hacer sus ejercicios de fisioterapia. Señorita Candy," dijo centrando su atención en la rubia que aún parecía conmocionada. "No lo agote demasiado. ¡Hasta pronto!" Rodger salió de la habitación con una despedida alegre, dejando a Candy boquiabierta y Albert con el rostro ruborizado.
"Rodger es muy profesional y eficiente, pero a menudo su boca no tiene filtro," dijo Albert disculpándose. El joven extendió su brazo ileso a Candy, pidiéndole su suave contacto. "Por favor, acércate mi amor. Déjame tocar tu mano."
Frunciendo el ceño, la boca de Candy se torció al hacer un puchero. "Annie debería haberme dicho que estabas aquí. Por todos los cielos, Albert, tú no deberías estar en casa todavía," espetó mientras se ataba el cordón de su albornoz con un nudo un poco más apretado alrededor de su cintura. "Moriste dos veces en un día la semana anterior, ¿recuerdas? De hecho, ni siquiera sé cómo los médicos te permitieron sacar un pie fuera de cuidados intensivos."
"Seguramente funcionó a mi favor el hecho de que nuestra familia sea propietaria de una buena porción del hospital local, Candy," confesó dejando caer su mano con una sonrisa traviesa y mejillas sonrosadas. "Cariño, por favor no te enojes con tu hermana. Fue idea mía sorprenderte y no sabes lo difícil que fue convencer a Drew y a Pat para que guardaran el secreto. Mira, mi amor, me siento mucho mejor y te juro que he tomado muy en serio las órdenes de mis médicos. Me he hospedado aquí en la casa principal porque el equipo médico que Stear y los doctores consideran 'indispensable' para que me recupere en casa no cabía en mi pequeña cabaña. Deberías ver lo que le han hecho en la habitación al lado de la biblioteca… parece un hospital en miniatura. Tengo una cama de hospital, tanques de oxígeno y no sé qué más hay ahí." Albert escudriñó los ojos verdes tratando de esquivar la calidez de su mirada azul cobalto. "Apenas salí del hospital esta mañana, Candy. Y te prometo que Rodger no dudará en enviarme de vuelta al hospital si hay algún problema o complicación. Vamos, cariño... Te he echado mucho de menos. ¿Acaso no puedes ni siquiera sonreír por mí, por favor?"
"Debería castigarte y pedirle a tu médico que te envíe de vuelta al hospital," replicó la joven en un tono grave, pero con una chispa de picardía brillando en su mirada. "Tus costillas apenas se están curando y tus pulmones aún no funcionan a plena capacidad".
Detectando la sonrisa interior secreta de ella, Albert usó una mano para mover la silla de ruedas una pulgada más cerca de su amada. "Hay otras partes de mi anatomía que creo que están trabajando a plena capacidad. Me gustaría tomar un poco de su tiempo y mostrarle lo que soy capaz de hacer, enfermera Britter."
Arqueando una ceja, el rostro de Candy se relajó en una sonrisa seductora y familiar. "Quédese donde está, señor Ardley," le ordenó con un guiño rápido. "Primero, me gustaría darle algo. Iba a ser un regalo de Navidad y planeaba dártelo en el hospital, pero... ya que no tendremos un momento de paz con toda la familia en casa, yo... yo… bueno, siento que es mejor si estamos solos cuando lo abras."
Sin esperar a que él respondiera, Candy se volvió a la cama tan rápido como su pierna enyesada se lo permitió. Acercándose a su mochila, hurgó y escudriñó hasta que sus dedos tocaron lo que tanto buscaba. Con infinito cuidado, Candy extrajo una pequeña caja. Lentamente, muy lentamente, la joven caminó hacia Albert, colocando la cajita sobre su regazo. "Ábrela Albert," susurró mientras desataba la cinta sujetando la tapa en su lugar.
Esbozando una sonrisa curiosa Albert levantó la tapa de la caja con una mano, jadeando de sorpresa al revelar su contenido. Allí, en una pequeña almohada de terciopelo rojo, descansaba un hermoso anillo de oro blanco con los nombres 'Candy and Albert' entrelazados e inscritos en letras finas y elegantes a su alrededor.
Sacando el anillo de la caja, Candy sonrió antes de colocarlo en el dedo de Albert. "Sé que es tradicional que un hombre le pida matrimonio a una mujer, pero tú y yo no somos como los demás. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, no puedo esperar un día más para confesar y decirte que eres el único hombre a quien yo amo con todo mi corazón. Sé que cuando nos despedimos la semana pasada tú me pediste que regresara a mi nueva vida y a mi trabajo porque no quieres obligarme a caminar por el mismo sendereo que tú. Pero Albert, es un sacrificio mayor para mi estar lejos de ti. Te he extrañado tanto que, estando aquí frente a ti, ni siquiera puedo recordar las razones por querer mantener mi vida tal como está, como tampoco me importa dónde vivas o dónde vayas. No puedo prometer ser la esposa o anfitriona perfecta. Talvez jamás encaje en tu mundo de negocios, pero te juro Albert que mientras estemos juntos, estaré encantada de seguirte hasta el fin del mundo, brindándote mi apoyo y ayudándote a mi manera a cumplir tu papel como patriarca y jefe de la corporación. Albert Ardley, por casi tres semanas tornaste mi vida patas arriba y ahora no quiero pasar otra noche lejos de ti. Por favor dime, ¿te gustaría ser mi esposo?"
Con lágrimas nublando su visión, Albert apenas pudo articular su ronca respuesta. "Si… por supuesto que sí."
Cuatro años después…
El sonido de las olas en medio del océano hicieron poco para amortiguar los suspiros y gemidos de una joven pareja perdida en un íntimo abrazo en la cubierta del velero 'Arabela' anclado en un lugar cercano a la costa de Massachusetts. Aferrándose a las caderas de su esposa con manos poderosas, Albert gimió con cada embate rítmico de su pelvis, tocando con dedos hábiles los pliegues suaves y sensibles de la feminidad envolviendo su miembro. Los cálidos rayos del sol los sorprendió haciendo el amor al amanecer, con el sonido de las olas y el suave movimiento del océano meciendo el hermoso velero de lado a lado. Envolviendo sus cuerpos con una manta y yaciendo sobre montón de cojines, Albert y Candy se movieron en sincronía, sus corazones galopando al unísono hasta que ambos alcanzaron el pináculo más alto del éxtasis y la pasión.
"Albert!" gritó ella al sentir el primer chorro caliente llenando su interior.
"Dios mío, ¡Candy!" replicó él, gruñendo entre dientes.
Con un temblor que lo sacudió de pie a ingle, Albert se dejó caer agotado y satisfecho a un lado de ella, teniendo sumo cuidado para que su esposa no tuviera que soportar el peso de su cuerpo. Tirando de ella por la cintura, Albert enterró la nariz al lado de su cuello, inhalando su dulce aroma. "El vello de tu pecho me hace cosquillas en la espalda," dijo Candy con una risita. "No sé si te has dado cuenta, pero últimamente mi piel parece muy sensible a tu tacto. Siento que todo lo que tienes que hacer es respirar en mi cuello y estoy a medio camino de tener un orgasmo."
Albert acercó la nariz más a su cuello, frotando la piel sensible con la punta de su nariz. "Son las hormonas del embarazo," respondió, cubriéndole el vientre hinchado con sus enormes manos. El anillo de compromiso con el que su esposa le pidió matrimonio años atrás destelló en la tenue luz del amanecer. "Hueles diferente, incluso sabes diferente... y definitivamente haces el amor de otra manera, pero me encanta, señora Ardley. Pronto ya no podremos salir a navegar y tendremos que volver a casa a esperar el nacimiento de nuestro bebé. Es casi el final del verano, mi amor. Dos meses más y nuestro hijo estará con nosotros."
"Qué rápido ha pasado el tiempo," suspiró acariciando las manos de su marido. "Nosotros tendremos un nuevo bebé y luego pasaremos otra loca Navidad en Lakewood con Stear y Patty, los trillizos, Drew y Patrick. Annie está a punto de reventar con otro par de mellizas y Bridget, Maggie y Alexander están volviendo loco a Archie. Y a pesar de ver tanta felicidad a mi alrededor, a veces me siento culpable porque mi vida en este momento parece perfecta cuando hay tanta gente que todavía está luchando y sufriendo a diario."
Albert le besó suavemente el hombro a la vez que continuó frotando la barriga de su esposa. "Pero si sufriste, cariño. Y ahora, tras muchos esfuerzos y sacrificios, finalmente tienes la vida que te mereces. Nuestra enorme familia es feliz. He vendido o desmantelado la mayor parte de la antigua corporación Ardley. Nuestra nueva fundación está ayudando a las personas que más lo necesitan y estamos creando cambio en la vida de muchos niños a través de tu trabajo con escuelas locales y refugios para mujeres. Tenemos suficiente dinero para gastar como queramos y ayudar a tantos como podamos. La vida es bella, Candy y tenemos la suerte de tener los medios para mejorar la suerte de muchas personas."
"Eso es cierto," ella concordó esbozando una sonrisa. "Todavía no puedo creer que decidiste desmantelar el imperio Ardley después de la revelación de tu tía."
"No tuve otra opción, mi cielo. Quería deshacerme de una vez por todas de los grilletes de un pasado corrupto por dolor y odio para poder comenzar algo nuevo a tu lado. Mis sobrinos aprovecharon la oportunidad de comprar algunos de los activos de la familia y están felices de dirigir esos negocios con un enfoque diferente. Mi hermana ha usado la mayor parte del dinero de los Ardley para establecer una organización benéfica para las víctimas del abuso sexual y ella está feliz de dirigir sus proyectos caritativos con George a su lado. Incluso Anthony está planeando establecer una beca para beneficiar a niños superdotados que no pueden participar en deportes debido a la falta de finanzas. Siento que, al usar este dinero para ayudar a la gente en lugar de esclavizarla, nos estamos deshaciendo del dinero maldito de los Ardley de una manera positiva."
"Siempre has sido un buen hombre, mi querido esposo," dijo ella, volteando su cuerpo para poder encararlo. "Sólo necesitabas un poco de tiempo para darte cuenta que en tu corazón de corazones, siempre has tratado de hacer lo correcto. Ahora, mi amor, ¿crees que podrías escabullirte en la cocina y prepararnos algo para desayunar? ¡Me siento a punto de morir de hambre!"
Poniéndose de pie, Albert rápidamente se vistió con los pantalones cortos de pijama de seda que momentos atrás había desechado a un lado. "Quédate aquí y te traeré algo para satisfacer tu extraño paladar. ¿También te apetece un poco de té o jugo?"
"Creo que tomaré un poco de té, señor Ardley. Y me encantaría comer un croissant con queso o huevos revueltos. O las tres cosas mezcladas. Y un pepinillo con mostaza, por favor."
"Tus deseos son ordenes, señora Ardley," exclamó, besando los labios de su esposa antes de desaparecer por una escotilla a la cocina debajo de la cubierta.
Poco a poco Candy se sentó en los cojines tanto como su barriga se lo permitió, encontrando el camisón que había tirado a un lado en medio de ese momento de pasión compartida. Sus mejillas se enrojecieron ligeramente mientras se volvía a vestir, maravillada al ver la forma en que su cuerpo había cambiado en todo aspecto y el impacto de las hormonas en su relación con Albert. Últimamente necesitaba hacer el amor con su esposo a diario, incluso varia veces al día si tenían la oportunidad de estar solos durante más de veinte minutos. Aunque él respondía con la misma pasión que ella, en esas últimas semanas de su embarazo, Albert era más tierno y deliberado cuando hacían el amor. Al solo pensar en la ternura de su esposo y todo los obstáculos que juntos habían superado en tan poco tiempo, la rubia sintió su corazón colmado de alegría.
Se habían casado en la mansión de Lakewood el día de Año Nuevo hace casi cuatro años y medio atrás, apenas una semana después de que Candy hiciera su propuesta de matrimonio. Dado el estado físico de Albert y el tiempo que tomaron sus heridas en sanar, los recién casados no tuvieron la oportunidad de hacer un viaje de luna de miel, pero no les importó. En vez de un viaje, ocho semanas después del accidente, Candy y Albert se mudaron de nuevo a la cabaña escondida en el bosque, finalmente libres para estar solos y disfrutar la simple novedad de despertar cada día con sus cuerpos desnudos y entrelazados en un abrazo íntimo.
Siete meses después de la muerte de la tía Elroy, Patricia Cornwell dio a luz a los trillizos. Tres niños preciosos y saludables que pronto se sumaron al estridente caos y algarabía en la mansión Ardley: Mathew, Alistair y Benjamin Cornwell. Pronto los trillizos tendrían la edad suficiente para unirse a todo galope a sus hermanos mayores en sus travesuras, corriendo alrededor de Lakewood despreocupados y felices.
Annie, a pesar de todas sus aprensiones, no volvió a quedar embarazada durante mucho tiempo, casi un año después de la boda de Candy para ser exacto. Luego dio a luz a James Alexander Cornwell, y prontamente declaró después de su nacimiento que ella definitivamente había terminado de tener hijos y nunca volvería a quedar embarazada. Pero por supuesto, una noche de aniversario celebrada fuera de casa resultó en su último inesperado embarazo de otro par de gemelas idénticas… una sorpresa que por fin colmó la paciencia de Archie y lo vio marchando desesperado al consultorio médico más cercano para demandar una vasectomía de emergencia: con o sin anestesia.
Candy se rió, envolviendo un chal de seda alrededor de sus hombros como su último pensamiento la hizo recordar el mensaje enviado por Patty el día anterior. La otra señora Cornwell le informó a su amiga que estaba embarazada de nuevo. Pero esta vez la familia estaría acogiendo en su seno a una hija, una niña que sin duda se uniría al pequeño ejército de chicos en cuestión de meses. Candy casi se pudo imaginar a Stear recibiendo la noticia y saliendo de casa a toda velocidad a ver al médico de Archie y exigir una vasectomía como su hermano.
En cuatro cortos años la vida la había llevado a hacer un viaje de descubrimiento y amor que a menudo pensó imposible. Cuando alguna vez la vida pareció condenarla a la soledad y el vacío, en el presente su vida actual era lo más cercano a un sueño en Technicolor. Tenía un marido que la adoraba, suficientes sobrinas y sobrinos para formar un pequeño ejército y pronto tendría un nuevo bebé a quien amar y cuidar.
De repente una cabeza dorada emergió de la escotilla seguida inmediatamente por otra melena dorada. "¡Mami!" gritó una niña con entusiasmo. "Estás aquí, mami."
Acarreando a la niña en sus brazos, Albert sonrió disculpándose. "Lo siento mucho, cariño. Me temo que nuestra hija se despertó en cuanto oyó el silbidos de la tetera. Bela dice que le gustaría quedarse aquí contigo por un rato mientras papi termina de hacer el desayuno."
Arabela Rose Ardley, o Bela como a menudo la llamaban, era la luz de los ojos de su padre y no había nada que el pobre hombre no estuviera dispuesto a hacer para complacer los deseos de su primogénita. La niña fue concebida poco después de las nupcias de sus padres, en la pequeña cabaña escondida entre los árboles. Después que la conmoción y shock de un embarazo tan improbable hubiese pasado, Albert y Candy aceptaron esa concepción como un verdadero milagro y pusieron en marcha planes para renovar la pequeña casa de campo, añadiendo otra habitación... la habitación de su bebé. Ahora que su hija tenía casi cuatro años y con un nuevo bebé a punto de nacer, su pequeña cabaña pronto sería demasiado pequeña para la familia. Con esto en mente, mientras estaban de vacaciones, un equipo de trabajadores y ayudantes estaban ocupados transformando un ala de la mansión Ardley en un apartamento separado, algo similar a lo que Albert había hecho para que Stear y su enorme familia se sintieran cómodos en una casa que fácilmente podía ser fría y poco atractiva debido a su tamaño y esplendor.
"Yo también tengo que disculparme ya que también olvidé mencionar ayer que Stear y Patty necesitarán un poco más de espacio," Candy respondió con una sonrisa conocedora, ofreciéndole los brazos a su hija. "Ella me envió un mensaje para decirme que está esperando una niña a principios del próximo año."
"¡Bela va a tener una nueva compañera de juegos!" respondió Albert emitiendo una carcajada, rebotando a su hija en sus brazos antes de colocar a la chiquilla el regazo de su madre. "Los chicos estarán contentos. ¿Para cuándo esperan a la bebé ?"
"En Abril. Se espera que la bebé nazca el próximo año en primavera."
Albert fingió un escalofrío. "En esa fecha también Terry está esperando a sus bebés. Creo que Susana dará a luz a finales de marzo y Ava en Abril. La revista de cotilleos que estabas leyendo ayer dijo que Terry no asumiría la paternidad de ninguno de los dos bebés hasta después de su nacimiento y una prueba de ADN. Y escuché a través de chismes en ciertos círculos de negocios que últimamente Vanessa ha estado viendo a Terry y ahora luce un poco más rellena en el área del pecho que de lo habitual..."
Candy arrugó la nariz como si estuviera detectando el tufo a cebolla podrida. "Tiré la revista a la basura porque no quiero volver a oír ni ver el nombre de Grandchester, Albert. Siento náuseas al sólo escucharlo."
"Lo siento, mi amor. No lo volveré a mencionar," le aseguró con una sonrisa y una caricia a su mejilla. "Si no me equivoco, tu hermana dará a luz en septiembre, ¿verdad? Y con la llegada de nuestro bebé en octubre parece que las Navidades maníacas serán la norma en Lakewood por unos cuantos años todavía. Creo que para cuando William Henry tenga la edad suficiente para correr con Patrick, Drew y el resto de la tropa estaremos demasiado cansados para darnos cuenta de las pequeñas fechorías que hagan."
Candy sonrió. "Pensé que acordamos en Albert William para el nombre del bebé."
Albert le dio un guiño a su esposa. "Creo que es una buena idea tener otra opción como nombre. Tal vez ya hay suficientes Berts en la familia."
Candy estudió los ojos de su hija, una réplica exacta a los ojos azul cobalto de su padre. Desde el momento en que el doctor puso a su hija en sus brazos, Candy supo que el nombre de su bebé sería el mismo que el de su madre. "Supongo que podríamos esperar hasta que nazca el bebé para elegir su nombre," admitió por fin, devolviéndole el guiño a su marido. "Sea como sea que nuestro hijo termine llamándose, estoy segura de que no importará ya que lo amaremos de todas maneras ¿no es así, Bela?"
"¡Sí!" Arabela gritó con entusiasmo, envolviendo sus pequeños brazos alrededor del cuello de su madre y dándole un beso mojado en la mejilla. "¡Amaremos a Bertie para siempre!"
El corazón de Albert se elevó, lleno de amor por su esposa y la familia que juntos estaban creando. Mirando a Candy y a su pequeña Arabela, no pudo evitar sonreír e imaginar a su hijo uniéndose en un par de meses a la diversión. Cada verano los Ardleys emergían de su mansión en Lakewood y salían a navegar su velero en la costa Este del país, pasando los meses de invierno medio encerrados con todo el clan Cornwell en Lakewood. Su vida, una vez vacía y desperdiciada, era ahora hermosa y llena con la risa bulliciosa y el amor de los niños en su familia. "Supongo que podríamos hacer un poco de espacio para otro Bertie..."dijo antes de desaparecer sonriendo por la escotilla, silbando mientras terminaba de preparar el desayuno para su familia.
FIN
2020
