-N/A: Nadie esperaba esto, yo tampoco, pero aquí está. No es un final mucho más cerrado que el anterior, pero sí da un poco más de esperanza. Necesitaba cerrar ciertos momentos que habían quedado demasiado en el aire y me dije: "¿Por qué no escribes un capítulo donde no hay nadie sufriendo? Sería una novedad".

Gracias a todas las personas que leyeron y comentaron el capítulo anterior. Siempre me dais más amor del que merezco, pero no pienso quejarme ni renunciar a él. N/A-


EPITAFIO A UNA MENTIRA


xxix. Aunque nadie puede volver a atrás y diseñar un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y labrarse un nuevo final. (Mary Robinson)

15 de abril de 2009

La consulta de Moira sigue exactamente igual, piensa Hermione mientras espera pacientemente su turno. El mismo recepcionista, Kiran, con su sonrisa perfecta y sus perfectos modales hacia los pacientes; las mismas sillas, todas vacías a excepción de la que está justo enfrente de Hermione; hasta las paredes están igual, sin mácula y sin ningún añadido nuevo a la decoración previa.

Y sin embargo, Hermione siente que el ambiente ha cambiado. Por supuesto, sigue siendo un lugar de angustia, que almacena las desgracias y miedos y obsesiones ajenas, pero la bruja ya no siente esa antigua presión de tener que desgarrarse el pecho para mostrarle a la psicóloga sus más oscuros pensamientos.

El otro paciente que se encuentra en la sala de espera lleva un buen rato mirándola. En otras circunstancias, Hermione se sentiría atacada, pero Kiran ya la ha informado amablemente que no haga caso al señor Douglas, porque tiene como costumbre llegar con varias horas de antelación y obsesionarse con estudiar hasta el mínimo detalle de algo mientras espera. Ese día, Hermione es el objeto de su estudio.

La bruja se pregunta qué verá cuando la mira. El espejo le ha dicho antes de salir que hoy se ha esmerado especialmente en su apariencia: vestido color coral con escote en uve y la espalda descubierta y el pelo exquisitamente peinado y domesticado en un moño bajo con unos cuantos rizos rebeldes enmarcando su cara.

Pero no, la curiosidad de Hermione va más allá: ¿qué verá en ella el señor Douglas? ¿Será una de esas personas a las que se le da bien leer a otras? Sabe que es muggle, porque no la ha reconocido y, más importante, no puede ver los periódicos y revistas mágicos esparcidos por la mesa entre ellos. Si pudiera, se habría dado cuenta de que Draco y ella protagonizan la portada de Corazón de bruja. Otra vez. Un artículo más a la larga lista de escritos sobre su aparente reconciliación.

Hermione se permite una breve sonrisa antes de que el muggle se dé cuenta de que está mirando "a la nada" sobre la mesa.

La puerta del despacho de Moira se abre. Cuando la paciente sale, una mujer que acaba de entrar en la veintena, Moira se asoma y le dedica una sonrisa antes de indicarle con una mano que puede pasar.

Hermione cierra tras ella y va a la que fue su silla durante varios meses. Cuando se sienta, lo hace sin la rabia de tener que estar allí encerrada una hora.

—Vaya, vaya, vaya, Hermione Malfoy. Me sorprendió gratamente ver tu nombre en la lista de pacientes de hoy.

La sonrisa de Moira no ha desaparecido. La mira con curiosidad y la pregunta «¿Por qué ahora?» flota entre ellas, pero de momento nadie le da voz. Tienen una hora para ello.

Hermione se encoge de hombros a modo de excusa y cruza una pierna sobre la otra.

—Ha sido una decisión impulsiva —explica la bruja—. No me gustó la forma en la que dejé de venir y no soy alguien que viva en paz con la idea de tener asuntos sin resolver.

Moira ríe suavemente entre dientes.

—Así que soy un asunto sin resolver… ¿El único? —pregunta.

Esta vez es Hermione quien ríe, aunque lo hace con sarcasmo.

—Ojalá. Aunque ahora tengo muchos menos.

—¿Estuviste en Australia un año, no?

Hermione sonríe ante el pensamiento de sus padres. Todavía recuerda el abrazo que le dio su padre cuando les comunicó que quería volver a Inglaterra. Contrariamente a lo que había pensado en un principio, no se opusieron, aunque sabía que no les hacía gracia que los abandonara. «Es tu vida, cariño, nuestra función es apoyarte pase lo que pase», le dijeron.

Asiente.

—¿Y por qué volviste? —pregunta Moira, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Es complicado —suspira Hermione. Su psicóloga mueve la mano, indicándole que está preparada para seguir la historia—. El primer medio año fue estupendo: pude descansar, alejarme de todo —la palabra se queda corta para definir la espiral de caos y muerte que marcó su vida durante el verano de 2007, pero no hace falta explayarse en algo que las dos conocen— y permitirme empezar de cero.

—Suena muy… tranquilo.

Hermione enarca una ceja.

—Lo has dicho como si fuera algo malo.

—Oh, no, no es malo, pero no encaja con la imagen que me tengo de tu persona. —Vaya, parece que la tiene calada, porque en una sola frase ha logrado condensar los sentimientos contradictorios que atormentaron a Hermione antes de que tomara la decisión de volver—. No te veo viviendo plácidamente en una casita frente la playa, buscando qué hacer día tras día.

—No me quedé de brazos cruzados: estuve trabajando varios meses como bibliotecaria.

Moira aprieta los labios para contener una carcajada, algo que Hermione no hace al darse cuenta de la absurdidad de su afirmación.

Hermione Jean Granger nunca ha estado hecha para el conformismo. Está tan acostumbrada a preguntarse qué le deparará el mañana que se consumiría lentamente si tuviera que conformarse con la rutina de una vida normal.

—Tengo entendido que Draco y tú vivís juntos. —Hay sorpresa en la voz de Moira. Comprensible—. ¿Cómo está siendo la convivencia?

—Mucho mejor que antes. Aunque los estándares estaban tan bajos que eso no era muy difícil, ¿no? —ríe entre dientes—. Draco y yo estamos aprendiendo a llevarnos bien.

Una sonrisa se extiende por el rostro de Moira.

—Me imagino que, teniendo en cuenta vuestro historial académico, competiréis por ver quién gana.

—A Draco se le está dando excepcionalmente bien —admite Hermione a regañadientes.

Increíblemente, su marido está siendo encantador. Todo lo posible, teniendo en cuenta que es Draco Malfoy, por supuesto. No ha abandonado su sarcasmo y hay breves momentos en que su cruel sinceridad hace acto de presencia, pero ya no se tratan como si sintieran asco por el otro. Hay momentos en que les cuesta estar con el otro, pero han aprendido a no atacarse de buenas a primeras.

—Y supongo que esto —Moira mueve un dedo arriba y abajo, señalando el cuerpo de Hermione — es parte de las clases.

Para su vergüenza y sorpresa, Hermione se sonroja mientras pasa las manos por la tela de su vestido, alisándolo.

—Hoy es nuestro aniversario de boda. Es una tontería salir a cenar para celebrarlo teniendo en cuenta cómo empezamos, pero es la primera vez que lo hacemos por decisión propia en vez de para que nos vean. Aunque parece que Corazón de bruja se empeña en dedicarnos la portada cada vez que se nos ve en público —añade con desagrado.

—Sí, tengo que confesar que he seguido vuestra historia. Mi titular favorito fue «Los Malfoy: ¿reconciliación o estafa?». —Hermione frunció los labios; ella también se había fijado en ese, pero por motivos distintos—. Parece que el público todavía está decidiendo si sois Romeo y Julieta resucitados o intentáis volver a engañar a todo el mundo.

Hermione reprime una sonrisa. Baja la pierna y pasa la contraria por encima.

—Lo único bueno de nuestros… antecedentes es que nadie se atreve a preguntarme en el Ministerio.

Ha vuelto donde todo empezó, aunque desde un puesto más modesto: ahora comparte oficina con otros tres funcionarios en Seguridad Mágica. Intenta convencerse de que se contentará, pero sabe que en algún momento empezará a pensar en ascensos. Es su manera de ser.

—Me alegra ver que has reencontrado el rumbo. Parece que estás bien.

Su voz podría pasar por normal, pero Hermione está entrenada en el engaño y la mentira y nota un levísimo matiz de duda.

Sospecha.

—¿Sí, verdad? No he perdido mi toque. —Es lo más cercano a una confesión que Hermione es capaz de hacer—. Pero por eso estoy aquí —ahí va —: necesito ayuda.

Ni cuando tuvo que volver a la mansión y enfrentarse a la reacción de Draco se había sentido tan nerviosa por qué decir. Necesito ayuda. Hay realidades tan simples que cuesta una vida admitirlas. Considerarse lo suficientemente humano, con todos los defectos y debilidades que ello implica, como para admitir que no puedes hacerlo todo solo es una tarea titánica.

Hermione ha tardado mucho —quizás demasiado, pero ahora ya no vale la pena afligirse por ello— en reconocer que no está bien.

—Para eso estoy aquí.

Moira no añade nada; espera a que Hermione encuentre las palabras para explicarse. Pasan varios segundos hasta que la explicación más cercana a su problema aterriza en la punta de la lengua de Hermione, dispuesta a ver la luz.

—Hay días en que me cuesta mirarme al espejo. —Lo dice en voz baja con la mirada clavada en sus manos—. Hay momentos en que, cuando me doy cuenta de que estoy empezando a ser feliz, me lleno de rabia hacia mí misma. ¿Cómo puedo merecer la felicidad si en los últimos años todo lo que he hecho me ha apartado de ella? —Una vez ha empezado, es adictivo compartir los pensamientos que llevan semanas incursionando en su mente—. Tampoco he sido capaz de ir a ver a Scorpius. —Lo ha intentado varias veces, pero siempre ha tenido que dar la vuelta antes de que una angustia paralizante la invadiera.

Moira, para suerte suya, no le dedica palabras de consuelo ni una mirada de lástima. Se limita a asentir.

—Trabajaremos juntas para superar estos obstáculos. El paso más difícil ya está hecho: querer mejorar.

Hermione y la psicóloga acuerdan verse una vez por semana. Cuando la bruja sale de allí, lo hace con una sonrisa que la acompaña durante todo el camino hasta el restaurante en el que ha quedado con Draco. Podrían haber elegido uno muggle, alejado de las miradas indiscretas, pero el mago había dicho «¿Y privar al mundo mágico de su ración semanal de cotilleos? Qué crueles». Aunque su marido reniegue de la prensa, le encanta ser el centro de atención.

Hermione se encuentra con varios conocidos, a los que saluda con un asentimiento de cabeza o unas pocas palabras, pero su atención está clavada en el hombre que la espera junto a la puerta del mejor restaurante del Callejón Diagon.

Draco, imitando la preferencia muggle de Hermione, lleva un traje completamente negro hecho a medida —como todo lo que tiene— que resalta sus rasgos pálidos. Si Hermione tuviera que elegir una palabra para definir su aspecto, usaría «invierno» por el contraste de físico, tan claro y definido, y su personalidad, oscura y llena de contradicciones.

Draco es como un cielo nublado sobre una llanura cubierta por la nieve.

Y jodidamente atractivo, eso también.

Sabe que el mago se ha percatado de que ella se aproxima hace un rato, pero elige el momento en el que están a escasos metros para mirarla. Le dedica una de sus sonrisas mientras sus ojos la escanean. Últimamente siempre la mira así: como si fuera lo único que llamara su atención en una sala llena de artefactos misteriosos y obras de arte.

Ella le devuelve la sonrisa.

—Espero no haberte hecho esperar demasiado. Ni haber hecho que perdamos la reserva —añade, mirando con preocupación hacia el interior del restaurante.

Draco le resta importancia con un ademán de la mano.

—Ya te había dicho que te tomaras el tiempo que necesitaras. Además, somos los Malfoy, podemos permitírnoslo —dice con cierto orgullo.

«Los Malfoy». A Hermione cada vez le suena mejor. Se acerca a él, ofreciéndole su mano. Draco la toma y se la lleva al pecho mientras se inclina para besarla en los labios. A diferencia de su apariencia fría, los besos de Draco últimamente siempre desprenden calidez.

—Feliz aniversario —murmura contra sus labios.

Hermione sonríe de nuevo. Parece que esta vez sí que tienen algo real que celebrar.

Y, quién sabe, quizás entre los dos aprendan a aprovechar la segunda oportunidad que la vida les ha brindado.

La felicidad germina en los corazones más insospechados.


-N/A: Recordad que merecéis amor y comprensión, a pesar de lo que otros o vosotras mismas podáis decir al respecto. Y recordad que buscar ayuda cuando se necesita no es signo de debilidad, sino de fortaleza. Somos seres humanos, para bien o para mal.

Un abrazo muy fuerte. N/A-

MrsDarfoy