23

Cinco días después, Albert la encontró junto a la cama de Anthony. El mismo sitio donde había permanecido día y noche desde que la rescató, salvándola y evitando que fuera violada por Fergus Mackenzie. Pese al caos que rodeó el ataque, Albert había reconocido, de inmediato, al hijo más joven de los Mackenzie y no había vacilado en poner fin a su inmunda vida. Aquel hombre era de la peor ralea, del tipo que disfrutaba inmensamente con el dolor de otros; pero incluso así, Albert sabía que el jefe Mackenzie buscaría venganza por la muerte de su hijo. Pero no importaba. De pie en el umbral, mirando a Candy, inclinada sobre la figura inmóvil de su hermano, enjugándole la frente repetidamente con un paño húmedo y frío, Albert sabía que volvería a matar, sin pensarlo, a aquel demonio, una y otra vez, por lo que había estado a punto de hacer.

El golpe que Anthony tenía en la cabeza era más grave de lo que habían pensado al principio. Tenía un chichón del tamaño de un huevo y había estado inconsciente durante casi dos días. Incluso entonces, cuando se despertaba, lo hacía durante no mucho tiempo, y lo acompañaban el mareo y fuertes ataques de náuseas.

Candy se volvió, notando su presencia, aunque no había hecho ningún ruido al entrar. Una débil sonrisa de bienvenida iluminó su cansado rostro.

—La hinchazón ha bajado considerablemente.-Era evidente el alivio dentro del agotamiento que le empañaba la voz. Sus cejas hermosamente definidas se fruncieron apretadamente por encima de la nariz cubierta de adorables pecas —. Pero sigue sin estar despierto mucho rato.

Albert se acercó a la cama y miró afectuosamente a su hermano, que dormía pacíficamente.

—Tiene mucho mejor aspecto. Vale más dejarlo dormir. Cuando se despierte tendrá un dolor de cabeza enloquecedor. Además-añadió sonriendo—, Anthony tiene la cabeza demasiado dura para dejar que un golpe lo tumbe durante mucho tiempo.

La sonrisa de Candy se ensanchó.

—Sí, pero no es el único hombre terco y cabeza dura que hay en este castillo.-Al ver su exagerada expresión de afrenta, se echó a reír con los ojos chispeantes, volviendo a ser ella misma por un momento.

Albert se le acercó un poco más y le apoyó, con vacilación, una mano en el hombro. Desde aquel día en el bosque, no podía resistirse a la mínima excusa para tocarla. Notaba la tensión de su incansable desvelo bajo los dedos. Pese a su evidente cansancio, el deseo lo inundó con fuerza. Ansiaba suavizar la tensión de su cuerpo hasta eliminarla, recorrer con los dedos su suave piel, acariciarla tiernamente, para borrar la fatiga de los últimos días con sus manos... y luego con los labios.

Pero primero tenían que hablar.

Adivinando sus pensamientos, Candy cogió la mano de Anthony, protectora, como una madre osa protegiendo a su osezno, con un brillo desafiante en los ojos rodeados de ojeras, y una postura que era la prueba de su obstinada negativa a abandonar su puesto como enfermera jefe.

Albert sabía que se culpaba de lo sucedido y que le dolía mucho la herida de Anthony. Pero se negaba a dejarla refocilarse en su culpa por más tiempo.

—Candy, tenemos que hablar. Pauna te relevará un rato en el cuidado de Anthony. El cuerpo de mi hermano necesita descansar para recuperarse. En estos momentos no puedes hacer nada por él. Ven.

—Pero todavía no puedo dejarlo. Tengo que asegurarme de estar aquí si se despierta y necesita algo. Por favor, solo un poquito más.

—Candy, no puedes evitarlo. Hablaremos. Esta noche, no más tarde. Ya he mandado llamar a Pauna. Está muy ansiosa por ayudar a cuidar a Anthony. Se culpa de lo que sucedió y desea hacer algo para expiar su parte. Hablaremos, pero primero te bañarás, descansarás y comerás algo; de lo contrario caerás enferma. Ve a tu habitación. Ahora.-Su voz autoritaria no daba cabida a la protesta.

Su hermosa cabellera dorada le caía sin vida alrededor de la cara, impidiéndole ver sus rasgos, mientras ella hacía un gran alarde de ponderar su petición. Una petición que los dos sabían que era una orden. Estiró distraídamente las mantas de Anthony, pero no pasó mucho rato antes de que un suspiro de resignación escapara de sus obstinados labios.

Se echó el pelo hacia atrás, por encima de los hombros, levantó la barbilla, resuelta, y replicó:

—Como deseéis, jefe. Hablaremos esta noche. Volveré a nuestras habitaciones ahora para hacer lo que habéis ordenado.-Haciendo énfasis en la última palabra, se levantó de su puesto junto a Anthony, le puso el paño húmedo una vez más en la frente, le volvió la espalda y salió, majestuosa, de la habitación.

A Albert se le escapó una sonrisa. Su reprimenda lo divertía. Pero era jefe y estaba acostumbrado a dar órdenes. A decir verdad, no tenía mucha experiencia en pedir cosas amablemente a las señoras. Y ya había esperado demasiado para averiguar qué había ocurrido en el bosque que rodeaba Dunvegan.

La conmoción del ataque había pasado, para ser sustituida por una cólera apenas contenida. Pero oiría lo que ella tuviera que decir. Una cosa estaba clara: sus órdenes de que nadie abandonara el castillo habían sido desobedecidas descaradamente.

Se sentó en la pequeña silla de madera colocada junto a la cama, con su blando cojín de terciopelo todavía caliente, y contempló pensativo a su hermano dormido. El demacrado rostro, tan conocido. Un ligero ceño traicionó sus pensamientos. Las heridas de Anthony le habían afectado mucho más de lo que había dejado ver. Además del golpe en la cabeza, había recibido una fuerte paliza a manos de los Mackenzie. Era evidente que Candy se culpaba de las heridas de Anthony. Se pasó los dedos por el pelo, distraídamente, apartándolo de la cara y cabeceando como si quisiera aclarar las ideas en conflicto que le pasaban por la cabeza. Albert no sabía a quién culpar.

Sus labios se curvaron en una sonrisa de desconcierto. Al parecer, eran muchos los que luchaban por ese honor particular. Además de Candy y Pauna, Tom también había querido cargar con la culpa de la herida de Anthony y de que casi violaran a Candy. Y conociendo a su hermano, cuando se despertara el tiempo suficiente para pensar con coherencia, estaba seguro de que también él asumiría la total responsabilidad de lo sucedido aquel día. Aquel día horrible. No podía pensar en ello sin que se le hiciera un nudo en el estómago ante la involuntaria imagen que le venía a la mente: Candy luchando fieramente debajo de Mackenzie, con las faldas levantadas hasta el cuello, la cara golpeada y los ojos de color verde enturbiados por el terror. Sin embargo, sabía que podía haber sido peor, mucho peor. Si él y sus hombres no hubieran llegado cuando lo hicieron, si Pauna y Tom no hubieran escapado para alertarlos...

Tuvieron suerte.

Albert humedeció un paño con agua fresca del lavamanos lo escurrió y lo apretó ligeramente contra la frente de Anthony como había visto hacerlo a Candy antes de que, a su pesar, abandonara su puesto.

Tom le había proporcionado un breve informe de lo que estaban haciendo en el bosque, pero no había conseguido explicar adecuadamente por qué el grupo estaba fuera de la murallas del castillo, en abierta contravención a las órdenes expresas de Albert, por no mencionar cómo el grupo se había separado de su escolta. Anthony tenía mucho de que responder cuando despertara. Pero, por el momento, Albert quería escuchar una explicación de labios de la propia Candy, para saber cómo podía justificar haber actuado tan imprudentemente.

Pese a su enfado, no podía olvidar la sensación de unión que había sentido con ella aquel día, en medio de la carnicería. Ella lo había buscado casi sin pensarlo. Era como si un fino hilo de seda los uniera, un hilo tan fino que podía partirse fácilmente si tiraban de él con demasiada fuerza o podía tejerse con más hilos hasta formar algo mucho más fuerte. Hizo un gesto negativo con la cabeza ante aquellas románticas cavilaciones.

El ataque había obligado a Albert a enfrentarse a sus sentimientos, cada vez más fuertes, por Candy, unos sentimientos de los que había esperado escapar con su viaje. No tenía intención de estar lejos tantas semanas, pero sus asuntos de Edimburgo le habían llevado más tiempo del esperado. Además de presentarse ante el rey para responder de su buena conducta de conformidad al General Band, había reanudado las negociaciones con el conde de Argyll. Después de asegurarse de que Albert tenía intención de llevar adelante la alianza con su prima Annie Campbell, Argyll le había prometido instar al rey a decidir sobre la disposición de Trotternish. La continuada negativa de Jacobo a tomar partido en el asunto-incluso después de lo que Sleat le hizo a Pauna— encolerizaba a Albert en extremo.

Pero cuando los dictados del deber estuvieron más claros, Albert comprendió lo mucho que había llegado a importarle la joven en la que todavía no podía confiar. La primitiva intensidad de su reacción ante su casi violación solo sirvió para dejar más clara la profundidad de sus sentimientos.

Inclinó la cabeza, apoyándola en las manos, pero no podía huir de la verdad. Nada había cambiado. Su deber para con su clan seguía exigiéndole que se casara con la muchacha Campbell. Candy no era para él. Pero, por vez primera, se preguntó si no habría otro camino-para destruir a Sleat y reclamar Trotternish— que no involucrara a Annie Campbell.

Albert continuó dándole vueltas a esa idea durante toda la larga tarde, una tarde que el placer punitivo de la presencia de Candy a su lado alargó todavía más.

Incluso entonces, un seductor olor a lavanda le llenaba la nariz. Sabía que si se inclinaba hacia sus cabellos húmedos y sueltos e inhalaba, el perfume sería más intenso. Y todavía más si se inclinaba más aún y enterraba la cara en las curvas llenas de gracia y elegancia de su cuello, largo y marfileño. Y si seguía inclinándose más abajo, oliendo todas las zonas cálidas... Gimió y cambió de posición en el asiento, acomodando la súbita incomodidad que se endurecía entre sus piernas. Una incomodidad perpetua, parecía, desde la llegada de su esposa a prueba.

—¿Te pasa algo, Albert? Parece como si te doliera algo.-Candy le puso la mano en el brazo y lo miró con los ojos muy abiertos y llenos de preocupación.

—No-respondió él con una brusquedad un tanto excesiva. Le cogió los cálidos dedos, aquel contacto que solo aumentaba su dolor, y suavemente los apartó del brazo—. Me he golpeado la rodilla contra la mesa, eso es todo.

Gimió de nuevo. Por todos los diablos; no debería haberlo dicho. De inmediato, la atención de Candy voló a su pierna supuestamente herida. Él la cogió por la muñeca cuando su mano aterrizó peligrosamente cerca de la auténtica «herida», impidiendo que sus dedos siguieran investigando.

—No es nada. Solo un pequeño golpe. No te preocupes.

—¿Estás seguro? Si me dejas que te levante el

plaid un poco, podré ver si hay hinchazón. Quizá necesites un ungüento, y yo podría ponértelo.

Estuvo a punto de atragantarse. ¡Maldita mujer! Su ingenuo ofrecimiento lo estaba volviendo loco de deseo. Le sujetó la muñeca con más fuerza y le devolvió la mano a su propia falda. La voz le sonó forzada y entrecortada a sus propios oídos.

—No es nada.-Necesitaba cambiar de tema. En la cara de Candy estaba apareciendo aquella expresión decidida que empezaba a reconocer demasiado bien. Una terca expresión que le daba ganas de echarse a reír. Su tenacidad le recordaba a las madres que conocía con hijas casaderas—. Y tú, ¿te sientes mejor después de descansar del cuidado de mi hermano?

Su mirada recorrió la cara de Candy. El baño y el descanso al que la había obligado parecían haberle proporcionado una clara mejoría. En general, tenía mucho mejor aspecto. El pelo le brillaba como oro bruñido, los labios estaban suaves y relajados, las pequeñas arrugas de preocupación grabadas en torno a los ojos eran apenas visibles, a menos que miraras muy de cerca, como él hacía. No le sorprendió ver sutiles señales de sufrimiento ocultas bajo una fachada que, salvo por eso, era serena. Había pasado mucho en los últimos días; era de esperar una cierta tensión y ansiedad. Sintió un poco de orgullo al observar su sosegada conducta. La mayoría de las mujeres estarían postradas en cama después de lo que ella había pasado. Admiró su fortaleza. Sin embargo, cualquier signo de aflicción, por pequeño que fuera, lo torturaba.

La distracción ofrecida por su pregunta surtió efecto. La embarazosa preocupación de Candy por su pierna se convirtió en enfado al recordarle su alejamiento, bruscamente impuesto, del lado de Anthony. Su mirada se endureció durante un momento. Se volvió para mirarlo, ceñuda; luego pareció reconsiderarlo y sus labios se curvaron en una adorable y tímida sonrisa. Ladeó la cabeza y lo miró por debajo de sus largas pestañas.

—De acuerdo, me siento mejor. Aquella bañera llena de agua caliente era una delicia. Me quedé dormida antes de darme cuenta de que me había acostado. Debía de estar más agotada de lo que pensaba-admitió a regañadientes—, y hambrienta, a juzgar por la bandeja de comida, donde no quedó ni una migaja.

Albert se echó a reír y, antes de darse cuenta de lo que hacía, cubrió la mano de ella con la suya. A aquella terca muchacha no le gustaba reconocer que se había equivocado.

—Tal vez actué con rudeza, pero fue por tu propio bien. Parecías exhausta; temí que te desmayaras en cualquier momento. Te había visto cuidando de Anthony, sin descanso, durante cinco días y sus noches. Necesitabas descansar.

—Pues a mí me parece que te gusta dar órdenes.

Albert se rió.

—No lo niego. Pero viene con el puesto.

Los labios de Candy se curvaron.

—A mí me parece que viene con la cuna.

Candy podría contemplar a Albert eternamente. El centelleo de sus ojos y los profundos hoyuelos que aparecían en sus mejillas cuando sonreía eran irresistibles. Si cuando se mostraba adusto era imposiblemente apuesto, cuando se relajaba y sonreía era absolutamente irresistible. Miró su mano, grande y cubierta de cicatrices, y el corazón se le subió a la boca. Sintió toda la fuerza de su conocido encanto dirigida a ella. Y la sensación de impotencia que aquella atracción provocaba en ella era aterradora.

—Si has terminado, nos retiraremos a nuestras habitaciones, donde podremos conversar en privado.

Candy tragó saliva y se dejó escoltar afuera del estrado. Sabía que había llegado el momento. Recibiría su castigo por desobedecer sus instrucciones. Su cariñoso comportamiento en el bosque y el período de calma de los últimos días habían tocado a su fin. Era hora de pagar el precio de su impulsividad.

Candy aceptaba su culpa, pero su irritación por haber quedado confinada al castillo durante tanto tiempo no carecía de justificación. Él la había dejado sola, sin noticias suyas durante meses.

Aceptó la mano de Albert y él la acompañó afuera de la sala. No era consciente de las miradas especulativas dirigidas hacia ellos; el clan había observado la creciente intimidad que había entre el jefe y su esposa.

Salieron afuera, a lo largo del corredor que conectaba las dos torres. El frío aire de la noche hizo que Candy se estremeciera. Instintivamente, él la acercó más. Parecía algo natural, como si sus cuerpos se adaptaran perfectamente. Pero incluso con su calidez para protegerla, hacía un frío helado.

—Muchas veces he pensado en unir las dos torres con un pasillo interior. Confío en poder contratar a un albañil para que estudie el proyecto en los próximos años.

A Candy le castañeteaban los dientes.

—Parece una idea estupenda. ¿No podrías considerar la posibilidad de encontrar a alguien más pronto?

Albert se rió.

—Lo pensaré.

Entraron en la acogedora calidez de la torre del Hada, y ella se alegró cuando él la llevó por la escalera espiral a la biblioteca, y no a su cámara. Un terreno neutral. Siempre que entraba en la biblioteca, Candy sentía una aguda punzada de culpa. Había esperado que, mientras Albert estuviera fuera, en la feria de Port Righ y en Edimburgo, tendría la oportunidad de registrar la torre como había hecho con el viejo castillo, pero nunca parecía presentarse la ocasión oportuna.

Tal vez, admitió, es que no quería encontrarla.

Candy cruzó la estancia y fue directamente a la ventana, grande y acogedora, que daba sobre el loch.

—Qué belleza.-Se dio cuenta de que había expresado sus pensamientos en voz alta.

—Es verdad.-Pero Candy fue consciente de que él no miraba el panorama. Un estremecimiento le recorrió la columna, como siempre le sucedía cuando él estaba muy cerca. Él carraspeó—. Con un día claro se pueden ver, al norte, las islas de Harris y North Uist. Hacia el oeste hay una bella vista de las Mesas.

—¿Las Mesas?

—Las Mesas de MacAndrew. Dos colinas con la cumbre plana llamadas así por un truco de mi abuelo, que le aseguró a un arrogante noble inglés que no había una mesa más bella ni un candelero más espectacular que los de Skye. Cuando el noble llegó para demostrar que se equivocaba, mi abuelo dio un espléndido banquete en las colinas, y el cielo estaba iluminado con cientos de estrellas rutilantes. El inglés se vio obligado a mostrarse de acuerdo con él.

Candy aplaudió y se rió.

—Me parece que tu abuelo era un viejo zorro muy astuto.

Albert se echó a reír.

—Sí que lo era.-Hizo un gesto señalando la ventana y dirigió la atención de Candy hacia la oscuridad que había por debajo de ellos—. Pero mi favorita es la vista del mar.

Candy miró directamente hacia abajo del risco, a la agitada negrura del mar, la luna proporcionaba poca luz para romper la oscuridad de la noche envuelta en niebla. Asintió.

—Creo que debo vivir siempre junto al agua. Aunque los jardines de la corte eran muy bellos, echaba de menos loch Carron. Era extraño mirar por la ventana y no ver agua.-Suspiró soñadora—. No hay nada tan mágicamente sosegador como el rítmico romper de las olas contra las rocas.

Albert parecía sorprendido por sus sinceras palabras.

—A mí me pasa lo mismo. Viviendo en una isla, me siento parte del mar; está en mi sangre. Siempre que estoy lejos de Skye, el mar me llama.

Candy comprendió que Albert acababa de mostrarle un pequeño rincón de su corazón. Sentía las cosas más hondamente de lo que quería que vieran los demás. Sintió calor por dentro, aunque deseara echarse a reír al ver la incómoda cara de sorpresa que él ponía.

Claramente desconcertado, Albert apartó una silla de la mesa y cambió de tema.

—Por favor, siéntate. Me gustaría hacerte unas preguntas sobre lo que sucedió en el bosque el día que hirieron a Anthony y a ti casi te...

La sangre desapareció de la cara de Candy.

—Cuando te agredieron los Mackenzie -corrigió rápidamente.

...

Pobre Candy, creo que el sentimiento de culpa, es lo peor que hay.