Capítulo 21

Inclinando la boca sobre la de Emma, Regina la besó con pasión, inhalando profundamente, como intentara aspirarla. La sangre se le subió a la cabeza, y notó cómo el rubor se expandía lentamente por su cuello mientras Regina iba apartando la sábana.

‒Eres un despertador de primera calidad‒susurró Regina, recorriendo con su mirada el cuerpo de Emma antes de fijarse en sus labios.

Aunque parecía perdida en las sensaciones que los besos de Regina le provocaban, Emma se echó a reír al escuchar esas palabras y fue a decir algo, pero violentos golpes al otro lado de la puerta se lo impidieron.

‒¡Un momento!‒gritó Regina, nada contenta con aquella interrupción. Se levantó de la cama, se puso la camisa blanca de botones y segundos después, abrió la puerta ‒¿Elsa? ¿Qué ocurre? ¿Qué escándalo es este?

‒Disculpa por despertaros, Regina. Pero tenemos serios problemas…

‒Di de una vez lo que ha pasado.

‒Los rebeldes han incendiado la otra hacienda.

Con los puños cerrados en los laterales de su cuerpo, Regina apretó la mandíbula al escuchar la noticia.

‒¿Dónde está Robin?‒preguntó. Su respiración estaba irregular y el corazón latía a toda velocidad.

‒Robin ya salió para allá con otros peones.

‒Voy para allá ahora mismo. Por favor, quédate aquí y encárgate de todo.

‒Sin problema, Regina

Tras cerrar la puerta y darse la vuelta, Regina se encontró con Emma sentada en la cama. Los ojos verdes parecían asustados y tan tensos como los de ella.

‒Voy contigo‒Emma saltó de la cama cuando Regina comenzó a vestirse

‒Mejor no, cariño. Aquí estás a salvo. Además, voy a caballo.

Asintiendo, Emma examinó cada del detalle del rostro de Regina. Se notaba de lejos que estaba a punto de estallar. Cuando las dos se despidieron con un beso y Regina hubo dejado el cuarto, Emma caminó hasta la ventana y la vio subir al caballo y salir a todo galope.


Al atravesar el pequeño puente que conducía derecho a los campos de caña de azúcar de la segunda propiedad en esa misma región, Regina apenas conseguí lidiar con las complejas emociones que estaba experimentando. Sus ojos castaños barrieron el área, registrando cada destrozo provocado por la furia de las llamas durante la madrugada. Soltando un suspiro de desaliento, desvió la mirada al escuchar la voz de Robin.

‒Lo siento mucho, patrona. Cuando los peones pudieron sofocar el fuego, ya era demasiado tarde. No ha sido posible salvar la plantación.

‒¿Algún animal ha muerto en el incendio?

‒Afortunadamente, no, patrona. Ningún animal ha muerto y por increíble que parezca, ninguno ha sido robado. Los hemos contado a todos, incluso los de pequeño tamaño como las gallinas.

‒Maldito coronel…‒murmuró ella, entre dientes

‒¿Coronel? ¿Pero no han sido los rebeldes?

‒¿De verdad crees que los rebeldes incendiarían los campos y se marcharían sin llevarse nada? ¿Puedes verle algún sentido a eso?‒fusilándolo con la mirada, ella suspiró pesadamente

‒Tiene razón, patrona. Pero entonces, ¿qué hacemos? Digo, no tenemos pruebas de que haya sido el coronel…

‒No necesitamos pruebas para responsabilizarlo por lo sucedido…

Aunque no tenía idea de lo que ella estaba hablando, Robin asintió. Tras darles instrucciones a los empleados sobre lo que deberían hacer, Regina regresó a la casa grande.

‒¿El coronel? ¿Pero cómo es posible? ¿De verdad crees que sería capaz de tal bajeza?‒preguntó Elsa

‒No han robado nada, ni una cabeza de ganado‒explicó Regina ‒El incendio fue provocado para que acepte su propuesta. Pero si piensa que con eso me ha asustado, está completamente equivocado.

‒Mi amor‒comenzó Emma ‒¿Ves por qué no debes enfrentarte a ese hombre? Es peligroso, Regina. Prométeme que no vas a ir tras él.

Aunque los latidos de su corazón hubieran vuelto a la normalidad, Regina no se atrevió a mirar a Emma. Cruzó los brazos y se acercó a la ventana. El sol ya se había escondido tras los árboles hacía tiempo, y la luna llena había tomado su lugar. Respirando hondo, Regina asintió. De verdad estaba siendo sincera al prometer que no iría tras él, pero sin duda tomaría providencias en relación a lo sucedido. Recordaba a su padre, preocupado por los ataques después de haberse negado a contribuir con el ejército. También se acordaba de su madre, suplicando para que se marcharan a la capital o sencillamente aceptaran contribuir con los requisitos impuestos por los capitanes y coroneles del ejército. Pero Henry se negaba porque sabía que huir los haría ver culpables sin serlo, y contribuir acarrearía entrar en un círculo vicioso sin plazo de validez.

‒No puedo permitir que la historia se repita‒susurró ella, sus ojos llenos de lágrimas y confusión

Al girarse, Regina examinó cada detalle de su rostro. Emma parecía estar tan preocupada como ella.

‒Mis padres fueron acusados de traición cuando se negaron a alimentar a las tropas del ejército. En la época, capitanes y coroneles estaban en el poder y el país en guerra porque muchas personas eran contrarias al gobierno. Ante la situación, quien estaba en el poder decidió que los hacendados de la región tenían que contribuir con las tropas para que todos estuvieran a salvo. Mi padre se negó a contribuir. Él sabía que el ejército recibía dinero suficiente para alimentar y armar a las tropas. Sabía también que los capitanes y los coroneles robaban ese dinero, pero los soldados tenían que ser alimentados‒respiró hondo mientras desviaba la mirada de los ojos de Emma y la dirigía a la ventana abierta ‒Cuando mi padre se negó y les cuestionó sobre el dinero destinado a los soldados, ellos armaron una trampa y los acusaron, a él y a mi madre, de traición al gobierno. El día 1 de febrero fueron ejecutados en el cuartel.

Un peso se aposentó en el pecho de Emma al darse cuenta de que la ejecución tuvo lugar el mismo día en que Regina cumplía años. Con lágrimas en los ojos, fue testigo de una expresión bastante familiar: la de una persona que contaba una historia sin querer emocionarse. Ella sabía que los padres de Regina habían fallecido, pero desconocía la historia sobre la supuesta traición que pocas personas se atrevían a mencionar. Tomando su rostro entre sus manos, Emma siguió mirándola, buscando las palabras adecuadas.

‒Siento mucho tu pérdida y todo lo que has tenido que pasar

‒Gracias

‒Si no te importa, me encantaría escuchar los recuerdos que tienes de ellos‒Emma hablaba en voz baja y cautelosa mientras la miraba.

Una sonrisa se formó en los labios de Regina.

‒¿De verdad?

Asintiendo, Emma le devolvió la sonrisa, su corazón encogiéndose en su pecho al observar su expresión de sorpresa y sufrimiento.

‒Sería un honor

Tirando de ella para que se sentara en el sofá, Regina tardó unos minutos en poner en orden sus ideas.

‒Bien, cuando era pequeña…


‒¡Maldita Regina!‒exclamó el coronel, mientras estrujaba la carta en sus manos.

‒¿Qué ha hecho ella, coronel?‒preguntó Will, el brazo derecho del coronel.

‒Esa desgraciada ha puesto una denuncia en la embajada y esto es un aviso‒explicó, alzando el papel entrujado ‒Si alguna otra hacienda es atacada, pensarán que no estoy haciendo mi trabajo y mandaran a un General a ocupar mi puesto.

‒Siempre he dicho que la señora Mills es una mujer inteligente, coronel. Además, tiene muchos contactos e influencia en la capital y…

‒¡Cállate!‒exclamó, los ojos inyectados en sangre ‒¿Crees que no sé todo eso? ¡Ahora sal de aquí y déjame solo!

Con la mandíbula palpitando de lo apretada que la tenía, los hombros contraídos de una manera hostil y los ojos oscuros ardiendo como carbón en llamas, el coronel Hades observó salir a su subordinado.

‒Veremos quién es más inteligente, señora Mills…‒dijo él, y a paso apresado y firme, se dirigió al calabozo donde estaban los prisioneros.

Aunque supiera que era imposible que aquella figura enflaquecida y empalidecida que un día fuera un eficiente soldado se recuperase y estuviera como antes, el coronel no se veía capaz de encontrar otra solución.

‒Buenos días, teniente Jones‒murmuró Hades

Aunque no había apartado sus ojos de él, Killian no respondió. El silencio permaneció entre los dos, y desviando la mirada, Killian esperaba que el coronel se marchara y no dijera nada más, sin embargo, eso no sucedió. Hades continuó allí, y no apartó su mirada de él.

‒¿Qué está mirando?‒Killian preguntó

La agresiva pregunta no pareció ofender al coronel que respondió con calma.

‒Estoy mirando a un hombre que no aguanta más.

Inmerso cada día en una batalla de supervivencia y resignación, Killian bajó la mirada, incapaz de replicar aquella verdad. Al igual que se espera a un amante, Kilian esperaba todas las noches el momento en que los guardias abandonan el calabozo y entonces lloraba profundamente, pero con sollozos silenciosos, ahogados por la fina manta sucia y maloliente que lo ahogaba, necesitando respirar. Todas las noches sucedía lo mismo: él lloraba, incluso ansiaba eso, y no conseguía parar hasta que de tan cansado se dejaba dormir.

Al darse cuenta de la vulnerabilidad, de la vergüenza y de la derrota en sus expresiones, Hades dio un paso adelante y abrió la celda.

‒Estoy dispuesto a perdonarte todos tus crímenes y a devolverte el puesto de teniente‒dijo él

‒Imagino que quiere algo a cambio…‒Killian finalmente se pronunció

‒Nada más justo, ¿no crees? De cualquier forma, lo que yo quiero no es nada que tú no puedas darme.

‒¿Y qué quiere usted…?

‒Tu lealtad, teniente. Nada más que eso.


‒Antes que nada, demos la bienvenida al teniente Killian Jones‒comenzó el coronel ‒El teniente ha cumplido su pena y ahora estaba de vuelta entre nosotros.

Mientras Killian era saludado por los colegas del cuartel, el coronel seleccionaba un líder para cada grupo y una sonrisa arrogante brotó en sus labios al imaginarse la cara de Regina cuando se enterara de la noticia.

‒He recibido una carta de la embajada instruyéndome a aumentar la seguridad en las grandes haciendas de nuestra región, así que, se formaran grupos de cinco soldados. Cada grupo será enviado a una propiedad y permanecerá allí hasta nueva orden.

En silencio, los soldados asintieron. Tras formarse los grupos, el coronel adjudicó a cada uno una zona. Entonces los ojos de Killian se desorbitaron al darse cuenta de que estaría de nuevo frente a frente con Emma. Al día siguiente, nada le pareció real. Se sentía inmerso en una niebla de cansancio y euforia que no dejaba lugar a rechazo.


El tiempo había cambiado de nuevo. Hacía calor y lucía el sol cuando Killian llegó a la hacienda Mills acompañado de otros cuatro soldados. Las miradas curiosas e inquisitivas de los criados los acompañaban, los murmullos incomprensibles llegaban a sus oídos, pero a Killian no le importaba. Sin embargo, al entrar en el patio y darse de cara con Emma y Regina, para él, el tiempo se detuvo.

‒¿Qué estás haciendo tú aquí?‒preguntó Regina, acercándose al grupo

‒¿La señora no fue informada sobre la estrategia del ejército para proteger a los hacendados y coger a los rebeldes?‒preguntó Killian.

‒¡Márchate de mi hacienda!‒ella alteró el tono de voz, ignorando por completo su explicación

‒Estoy cumpliendo órdenes, señora Mills. Si mi presencia le incomoda, hable con el coronel.

Por un instante, Regina permaneció en silencio mientras los dos se encaraban. Su expresión endurecía a medida que iba procesando la información. Ella continuó inmóvil, sin hablar, cosa que era más aterradora que cualquier posible e inesperado ataque al teniente.

‒Deja que los soldados hagan su trabajo, querida‒dijo Emma, a su lado. Girándose, Regina la encaró. Una única mirada de aquellos hermosos y tranquilos ojos verdes ablandó su corazón ‒Teniente, deseo que usted y sus hombres tengan un gran día de trabajo‒y con eso, Emma se giró y condujo a Regina hacia el interior de la casa grande.

Mirándose cara a cara, las dos se quedaron en silencio durante algunos minutos, como si quisieran dar tiempo para que los fantasmas del pasado se calmaran.

‒Gracias…‒susurro Regina, y Emma le sonrió, comprendiendo su instinto natural, siempre intentando proteger sus sentimientos. Regina siempre la protegería, ocultando sus miedos. Mientras la observaba, Emma decidió revelar algo que había comenzado a sentir en los últimos meses, pero que hasta ese momento no había reconocido, tras ver a Killian de nuevo. Era una sensación tan reconfortante que podría derretirla.

‒Te amo, Regina. Arrancaría mi corazón solo para demostrarte cuánto te amo‒dijo Emma, extendiendo las manos y agarrando su rostro para que la mirara ‒No dejes que la presencia de Killian sea la causa de tu aflicción. Está claro que solo es una estrategia del coronel para provocarte después de que tú contactaras con la embajada.

‒Lo sé, pero no confío en él. Tengo miedo de que le haga algo a Henry o a ti…‒la rabia que Regina sentía no se dejó ver en sus palabras, sencillamente sonó cansada.

‒Killian no me ama, ni ama a su hijo. Pero no creo que nos odie hasta el punto de querer hacernos daño.

‒No debería estar aquí. Mató a Víctor e intentó matarme.

‒Algún día pagará por sus errores, pero ahora, olvídalo. Killian también ha sufrido mucho, Regina…Y creo que se merece una segunda oportunidad. Todos nos la merecemos.


Hacía dos semanas y cuatro días que el grupo de soldados liderados por el teniente Killian Jones estaba alojado en la hacienda. Al contrario de lo que habían imaginado, el coronel no recibió ninguna queja de Regina, tampoco una respuesta positiva en relación al acuerdo que él le había propuesto. Consciente de que le había salido el tiro por la culata, acabó retirándolos de la propiedad.

‒¿Lo ves? Como no has mostrado señal de incomodidad, el coronel ha retirado a los soldados de la hacienda‒dijo Emma, tan dulce que el corazón de Regina vibró.

Estando de acuerdo con ella, Regina asintió y sonrió, dándose cuenta de que Emma le daba la fuerza que ella ni sabía que poseía. Estaba segura de que el día siguiente sería difícil, y las próximas semanas también, pero, de alguna manera, también sabía que al lado de Emma sobreviviría.


Pd: Alguien me preguntó sobre los capítulos. Son 24.