SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Treinta y Siete:

Cambiar el Mundo

"Jinenji!"

Un pequeño Jinenji no mayor de siete u ocho años cubría sus ojos y continuaba escondido en la alacena a pesar de la voz de su padre. No quería salir, no quería tratar de encarar el mundo, no después de lo que ese mundo y su gente le habían hecho.

"Jinenji?" La voz de su padre ahora sonaba ligeramente frustrada. "Dónde estás, hijo?"

Lágrimas se acumulaban en los pequeños ojos de Jinenji mientras se acomodaba más al fondo contra las oscuras paredes de la vieja alacena, rodeándose con especias y hierbas que disfrazarían su aroma haciendo más difícil que su padre lo encontrara.

"Por favor, Jinenji, solo queremos hablar." Esta no era la voz de su padre, esta voz era diferente, dulce y gentil, airosa y amable—era la voz de su madre.

Jinenji hizo una mueca ante la realización. Nunca podría negarle nada a su madre, nunca había sido capaz desde el momento en que fue un pequeño bebé hasta ahora. Se sonó, el sonido salió extraño como un caballo que había estornudado. Con cuidado, estiró una torpe mano hacia la puerta de la alacena y la abrió, la luz entró inmediatamente, golpeando sus ojos haciéndolo contraer. Ignorando el ligero dolor que la luz le había causado, se corrió más hasta que estuvo sentado en el borde de la delgada repisa en la que se había estado escondiendo. Cautelosamente, asomó su cabeza entre las puertas y miró alrededor. No podía ver ni a su madre ni a su padre.

"Mamá?" Susurró suavemente pero ninguna respuesta llegó. Lentamente, colocó sus pies en el piso, deslizándose de la repisa con facilidad, sus manos sostenían el costado de la puerta para apoyarse por un segundo mientras recuperaba su equilibrio. "Papá?" Llamó un poco más fuerte sabiendo que su padre tenía mejor oído que su madre. Aun no hubo respuesta.

Olfateó el aire pero solo se encontró con el fuerte olor de las hierbas medicinales que su padre mantenía y las especias que su madre usaba mientras cocinaba. Estornudó, esta vez el sonido salió como el suave gimoteo de un potro.

"No lo entiendo."

Jinenji se paralizó. Esta había sido la voz de su padre. "Papá?" Susurró y se giró en dirección de donde había venido el sonido, la sala.

"Quiero decir, soy su doctor, lo he sido por años, de humanos y demonios por igual." Su padre continuó hablando. "Estoy entrenando a Jinenji para tomar mi lugar y ellos—ellos quieren lastimarlo, quieren deshacerse de él! Son tontos? Por qué le harían algo así, al futuro de esta aldea?"

"No lo sé." Esta vez fue la voz de su madre, sonaba dolida.

Jinenji frunció sus cejas mientras la conversación se detenía por un segundo. Él se movió hacia la puerta que conducía de la cocina a la sala, siendo cuidadoso de no hacer ruido mientras lo hacía. Alcanzó fácilmente el arco estilo romano y se asomó rodeándolo, asimilando la vista de su madre sentada en el sofá borgoña, sus manos cruzadas en su regazo mientras su padre se sentaba a su lado, su cuerpo jorobado, sus codos descansaban en sus rodillas mientras su rostro se hundía en sus manos.

"Haniyama," susurró su padre entre sus manos. "Ellos no pueden hacerle esto." Murmuró el hombre retirando una mano de su rostro, la otra aun cubría un ojo, el ojo visible se veía dolido. "Tengo que detener esto."

"Querido," su madre depositó una mano en la espalda de su padre, acercándose lo suficiente hasta que sus rodillas estaban tocándose. "Qué harás?" Susurró suavemente mientras su mano jugueteaba con su largo cabello.

"Pelear con ellos, ponerlos en su lugar." Dijo su padre sin pensarlo dos veces, levantándose de su posición junto a su esposa, sus manos cayeron a sus costados en puños cerrados mientras gruñía, sus ojos destellando rojo.

Haniyama de nuevo dejó caer sus manos en su regazo observándolo pasearse, sus ojos tristes pero determinados. "Esa no es tu naturaleza." Le dijo, su voz aun aplacada en tono.

Su padre giró su cabeza de golpe, mirando a su madre como si estuviera loca. "Qué más puedo hacer?" Le preguntó, sus manos se elevaron enojadas en el aire. "Lo lastiman! Físicamente le han puesto sus manos a mi hijo y quieres que no haga nada?"

"Eso no es lo que estoy diciendo." Recalcó su madre levantándose, sus manos cerradas a sus costados mientras trataba de armar una idea coherente mientras su padre echaba humo. "Yo—sé que tú eres—eres muy amable como para derramar sangre." Se rodeó con sus manos, dándose un leve abrazo mientras hundía su mentón en su pecho. "No quiero que—los lastimes—no eres tú—el lastimar personas no eres tú." Lo miró suplicante. "Eres un doctor. Eso es un doctor, no un asesino."

Desde donde permanecía Jinenji, pudo ver temblar su labio, podía oler sus lágrimas a través de la savia, el romero y el tomillo.

"No tenemos opción en esto—"

"Siempre hay una opción." Su madre lo interrumpió, su voz salió suave pero fácilmente audible. "Pelear con ellos no detendrá su odio." Miró a su padre con tal convicción en sus ojos que Jinenji quiso llorar. "Lastimarlos, haciendo una especie de advertencia, no detendrá al mundo del odio en el que está." Levantó sus manos en el aire y sacudió su cabeza rudamente. "El odio sólo engendra odio, la violencia solo engendra violencia." Señaló a su padre. "Esas son tus palabras no las mías!"

Su padre suspiró y se sentó en una de las sillas, apoyando su cabeza en la cima del espaldar de la silla. Sus ojos estaban fuertemente cerrados como si estuviera extremadamente concentrado. Lentamente, levantó su mano y alcanzó en su camisa, removiendo una cadena que constantemente descansaba ahí. Jinenji observó mientras jugaba ligeramente con el objeto reconociéndolo como una herencia de familia. Los dedos de su padre jugaban distraídamente con él haciéndolo brillar en la luz de la tarde.

"Esas personas, Haniyama." Comenzó, su voz apretada. "No escucharán palabras. No está en su—," Recalcó la palabra 'su' mientras la miraba severamente permitiéndole a la pieza de joyería caer de sus manos. "—naturaleza aceptar lo que es diferente de ellos."

"Cómo que es diferente?" Respondió ella, sus manos cerradas en su vestido mientras suplicaba con su esposo. "Jinenji es sólo un niño como cualquier otro pequeño." Hipó antes de continuar, las lágrimas aún evidentes en sus ojos. "Él es un buen niño, nunca lastimaría a una mosca, diles eso—estoy segura que una vez que lo miren y vean realmente que él es como ellos se detendrán—."

"Confías demasiado en las palabras." Dijo su padre de repente, la conversación llegó a un alto mientras su padre levantaba su cabeza del espaldar de la silla y miraba adoradoramente a su madre. "En un mundo perfecto tus palabras serían ciertas. Verían que Jinenji no es diferente a ti o a mí." Le dijo gentilmente. "Pero esas personas, este mundo, ningunos son perfectos." Suspiró cansadamente mientras frotaba el puente de su nariz. "Este mundo es ciego, su gente es ciega. Sin importar lo que digas de Jinenji, cierto o no, esas personas ya creen lo peor y nada de lo que puedas decirles cambiará eso."

El rostro de su madre se desplomó, su labio temblaba pero asintió, entendiendo. "Deseo," su voz era temblorosa. "Deseo que no fuera verdad."

"Pero lo es." Dijo su padre en una voz suave y calmada. "Ese mundo perfecto del que hablas no puede existir, no todavía, no en esta época." Su padre apretó sus pantalones, rasgándolos con sus pequeñas garras. "Y hasta que el mundo cambie, no hay nada que podamos hacer."

"Quiero que el mundo cambie ahora." Comentó su madre suavemente, las lágrimas que humedecían sus mejillas caían hacia el piso.

"Me temo, que no lo veremos cambiar en nuestra época ni en la de Jinenji." Susurró su padre mientras sujetaba la joya de nuevo, tocándola levemente. Después de un momento suspiró profundamente y alcanzó en su cuello, desabrochando la cadena dorada que la albergaba. Caminando hacia Haniyama, la extendió esperando hasta que ella la tomó en su mano antes de dirigirse hacia la puerta de la casa.

"Vas a ir?" Susurró su madre mientras aferraba la extraña herencia en su pecho.

Su padre se detuvo y asintió pero no se giró.

"No te dejaré." Sonando asustada, su madre rápidamente llegó para detenerse tras él, sus manos agarraron la espalda de su camisa, regresándolo al salón. "No puedes pelear con ellos!"

Su padre guardó silencio por un momento antes de alejarse de ella, su madre lo soltó sin necesidad de que dijera una palabra. "Tengo que hacerlo, Haniyama." Susurró su padre cuando alcanzó la puerta, una de sus manos en el pomo. "No los dejaré lastimar a mi hijo."

"Entonces irás contra todo," su madre hizo la pregunta, sus ojos suplicantes. "Cada convicción, cada palabra tranquilizadora que me has dicho justo así?"

"Por él, Haniyama," dijo su padre mientras giraba el pomo y salía por la puerta. "Moriría."

La puerta se cerró tras él y Haniyama cayó de rodillas instantáneamente, su vestido se infló alrededor mientras jadeaba e hipaba a través de sus lágrimas, la cadena dorada y la joya aun fuertemente apretada en su pecho. "Por qué?" Logró decir entre jadeos. "Por qué no puede el mund-d-do—por qué no puede-e-e cambiar?"

Jinenji observó llorar a su madre, sabiendo, de cierta forma, que su padre nunca regresaría a casa.

Jinenji fue sacado de su recuerdo por un estremecimiento, una parte de luz que cambió de color haciendo que la barrera destellara un azul negruzco, pequeñas ondas transparentes la atravesaba. "Qué extraño recuerdo." Musitó Jinenji mirando la barrera, todo su cuerpo apretado mientras esperaba y observaba ese destello de energía, estaba por ceder, podía decirlo sin el conocimiento en esta forma de poder espiritual. "Me pregunto por qué recordé eso, justo ahora?"

Cerró y abrió su puño, el recuerdo de la esperanza de su madre por un mundo de más aceptación y la negativa de su padre de que eso nunca se alcanzaría en esta época, lo atormentaba. Algo dentro de él le decía que era posible, que un perfecto e ideal mundo de aceptación y amor podría encontrarse o mejor aún, podría crearse. Pero cómo creas algo así, cómo cambias algo que ha sido así por más de lo que has vivido?

"Las palabras de papá, mis palabras." Pensó Jinenji para sí mientras sentía aumentar la tensión en el aire, la barrera aún estaba parpadeando, los cambios en su color le recordaba a una tormenta justo antes de que los rayos golpearan. "Este mundo no está listo para cambiar, el cambio no ocurrirá en mi época." Su corazón se apretó, pensó en su madre, deseaba estar equivocado pero sabía que tenía razón. Se lo había dicho tanto a Kagome una hora atrás. El mundo no estaba listo para cambiar y le gustara o no, la violencia era el único medio que tenía para proteger a su madre.

Sus enormes ojos azules se cerraron por un segundo, abriéndolos lentamente para mirar a través del escudo separando el prejuicio y el odio de la aceptación y el amor. Observó mientras los humanos se preparaban, como si también pudieran sentir la inminente batalla.

Jinenji tragó, apretó sus dientes, sus manos temblaban mientras su mente se aceleraba. "Estás preparado? Puedes pelear?" Susurró una voz en el fondo de su cabeza. Cerró sus ojos alejando la idea. "Sí, por ella, si estoy protegiéndola, puedo pelear. Así como mi padre peleó por mí, puedo pelear por mi madre." Le dijo a esa voz dentro de él mientras olfateaba el aire, la esencia de pino y roble llegó a su nariz, el aroma de su madre, un olor que había conocido desde que inhaló su primer respiro en este mundo.

"No es tu naturaleza."

Jinenji sintió el aire rodeándolo, sintió su corazón detenerse mientras la voz de su madre llenaba su cabeza tan fuerte que juró que estaba junto a su oído. Giró su cabeza y la buscó, estaba tras él aun inconsciente—no podría haber hablado. "De nuevo un recuerdo?" Se preguntó mientras se giraba hacia la barrera. "Sí, un recuerdo, las palabras que ella le dijo a papá."

Por un momento, Jinenji trató de recordar a su padre, el calmado y gentil rostro del hombre, su pulcro cabello largo. Había pasado un tiempo, verdad? Casi podía ver sus ojos almendrados tan llenos de amor, de preocupación, de aceptación.

"Papá," susurró en voz alta pero nadie pudo escucharlo porque todos tenían oídos humanos. "Tú tampoco querías pelear, pero lo hiciste por mí, no es así?" Asintió firmemente. "Así como ahora yo lo haré por mamá, para protegerla así como tú lo hubieras hecho."

"Pelear con ellos no detendrá su odio… Lastimarlos, haciendo una especia de advertencia, no detendrá al mundo del odio en el que está."

La voz era fuerte en sus oídos, resonando como un trueno. Hizo estremecer a Jinenji, hizo que su corazón se acelerara en su pecho pero antes de poder contemplar el significado detrás de ese recuerdo, la barrera brilló de repente en un resplandeciente blanco llevándose la naturaleza transparente del escudo y luego estalló como una burbuja de jabón. Jinenji retrocedió sorprendido mientras la energía se disipaba como pequeñas mariposas elevándose hacia el cielo. Era hermoso, encantador de observar mientras manchas del poder de Kagome moteaban el cielo como pequeñas estrellas—estrellas puras.

Como si ahora notara que la barrera se había ido, Jinenji volvió su atención lejos del cielo y hacia las personas aún en el suelo. Se tensó, estaban mirando hacia arriba, todavía no se habían dado cuenta de que la barrera había desaparecido. Se preparó separando sus pies mientras humedecía sus labios. "Pelearé por ella." Pensó, sus ojos fruncidos mientras se preparaba, mientras se obligaba a hacer a un lado los extraños recuerdos. "Tengo que protegerla a toda costa." Sintió sus músculos comenzar a temblar.

"Esa cosa, se fue!" Gritó uno de los aldeanos haciendo que los otros volvieran a sus sentidos.

Inmediatamente, la multitud comenzó a hablar al mismo tiempo, las personas que habían estado descansando se levantaron de inmediato, otros que habían estado atacando la barrera volvieron sus armas hacia Jinenji, cuchillos, horcas y antorchas, todas apuntadas hacia él en la más amenazadora de las formas. Algunas de sus armas levantadas como garrotes, todas sus balas habían sido usadas de sus armas cuando intentaron atravesar la barrera.

"Hoy mueres, bestia!" Una de las mujeres, Bethany si Jinenji recordaba correctamente, gritó mientras le apuntaba su arma al corazón de Jinenji, el frunce de la mujer no pertenecía a tan delicado rostro.

"Sí," el hombre junto a ella, un hombre que Jinenji reconoció ser su esposo también gritó. "Regresa al infierno a donde pertenecen tú y esa mujerzuela!"

Jinenji gruñó y resopló ante sus palabras, su fuerte voz hizo eco por los árboles del bosque haciendo que los aldeanos jadearan y retrocedieran levemente con miedo. Sintió su corazón palpitar en su pecho mientras lo hacían, nunca había conocido a alguien que realmente le temiera. La mayoría tomaba ventaja de él, usando su naturaleza gentil para golpearlo, quemarlo, abusarlo pero ahora—vio genuino temor en sus ojos.

"El odio solo engendra odio, la violencia solo engendra violencia."

Jinenji parpadeó sorprendido, la voz en su cabeza regresó, el sonido de su madre hizo que se estremeciera visiblemente en una forma que los aldeanos nunca podrían causar. "El odio engendra odio?" Repitió en su mente, de alguna manera la frase se sentía importante, al menos más importante que solo un recuerdo de la niñez. "Su odio crea más odio—crea odio—mi odio?"

"Qué están esperando?" Una conocida voz, la voz del Sr. Carver quien descansaba vendado contra un árbol, resonó. "Mátenlo, mátenlos a todos!"

Como si salieran de un trance, los aldeanos gritaron y se abalanzaron, una horda de no más de veinte, tal vez veinticinco hombres y mujeres corría hacia Jinenji, sus armas blandidas. Jinenji levantó sus manos en la misma forma que el Capitán, su cuerpo temblaba no con miedo por sí mismo o incluso su madre o el Capitán herido o Kagome sino con el miedo de que algo estuviera mal, de que estaba haciendo algo malo.

"La violencia solo engendra violencia."

Era tanto un recuerdo como un sentimiento actual.

"Pero tengo que detenerlos. Tengo que pelear con ellos por mamá. Ella vale la pelea. Su seguridad es más importante que la de ellos—que todo." Las palabras reverberaron en su cabeza mientras el primero de los aldeanos, su nombre era Tom, lo alcanzaba apuntando una horca hacia el costado de Jinenji. Reaccionando instantáneamente a la amenaza, el demonio en Jinenji salió por primera vez en su vida mientras estiraba su enorme mano y azotaba la herramienta de granja haciendo que se partiera en dos antes de cerrar su mano en un apretado puño y golpear en la cara al aldeano. Sangre salpicó en sus nudillos, roja, caliente y espesa, la vista le produjo nauseas a Jinenji no de la vista de la sangre sino de la incredulidad de que la había causado. Nunca antes había hecho sangrar así a nadie.

"Yo—la sangre de Tom—?" Apenas tuvo tiempo para pensar antes de sentir un dolor en su costado. "Ah!" Gritó y se giró hacia el aldeano, Jonathan—su nombre era Jonathan—que había mandado una horca hacia su cadera, sus ojos aparentemente destellaron de azul a rojo mientras agarraba la mano que sostenía el arma de Jonathan, rompiendo los dedos con solo la presión creada al cerrar su puño.

Jonathan gritaba de dolor mientras caía al suelo apretando su inútil mano. "Mierda! Mi mano, mi mano!"

Jinenji apenas registró sus palabras mientras se giraba; sus ojos superados por la gente, tanta gente lanzándose hacia él. Mary—Kevin—James—Coleman—David—Joseph—Sarah—Robert—Morgan—Amy—Margaret—Jean—Peter—Henry—Ian—Isaac—Isolde—Carl—Erc—Alexander—Wesley—los conocía a todos. Rápidamente, Jinenji hizo los nombres a un lado, sus ojos enfocados en ellos como unos extraños. Tenía que verlos como amenazas, como sus enemigos, no como nombres que conocía, no como personas que había conocido toda su vida.

"Somos de la misma aldea, nacimos de la misma partera, comemos la misma comida, y bebemos de los mismos ríos."

Las palabras detuvieron su respiración.

"Somos vecinos y deseo—,"

Jinenji recordó cómo se había desvanecido, cómo no pudo completar el final de la declaración, cómo no pudo decirle a la Srta. Kagome cómo se sentía en verdad. "Deseo," sintió lágrimas entrar en sus grandes ojos. "Que me vean como yo los veo a ellos." La idea fue una que nunca se había permitido pensar. Nunca había pensado que deseaba de lo trataran como él los trataba. Nunca se había permitido pensarlo, siempre se había cortado antes de que la idea pudiera haber sido hecha.

Jinenji apretó sus dientes, tuvo que hacerla a un lado, no podía pensar en eso ahora—no ahora. Nada podía interferir con su tarea ahora!

Miró a muchos de ellos rápidamente mientras hacía completamente a un lado sus pensamientos. Había tantos de ellos, demasiados, no sabía cómo manejar más de uno a la vez. Cómo lo había hecho Inuyasha tan fácilmente? Había derribado a casi treinta hombres con sus puños y armas. Lo había hecho parecer tan fácil.

"No es tu naturaleza."

Las palabras resonaron en su cabeza pero no tuvo suficiente tiempo para asimilarlas cuando otro aldeano—Isaac—corrió hacia Jinenji, una larga hoz en sus manos, una que típicamente era usada para cosechar trigo pero ahora estaba dispuesta para segar la vida de Jinenji. Como si fuera por instinto o intuición, Jinenji sintió su cuerpo hacerse a un costado, Isaac con la intención de golpearlo perdió el equilibrio cayendo con su arma cuando perdió a Jinenji habiendo golpeado nada sino aire. Jinenji le permitió a una enorme mano seguir a Isaac mientras caía al suelo, golpeándolo en la cabeza con un enorme puño cerrado, dejando al hombre inconsciente sin pensarlo.

"Muere bestia!" Gritó—Wesley—otro aldeano mientras saltaba a la espalda de Jinenji, empujando un cuchillo de caza en la enorme área de carne expuesta.

Jinenji rugió con dolor, sus brazos sorprendentemente flexibles y sus ágiles manos se estiraron tras él para agarrar a Wesley quitándoselo y lanzándolo lejos. Se estrelló en el suelo, su cabeza rebotó cuando hizo contacto con la tierra antes de deslizarse unos buenos diez o quince pies del hervidero de violencia. Jinenji jadeó dando un paso atrás, el arma aun sobresalía de su ensangrentada espalda. Sus enormes ojos miraban frenéticamente alrededor por el próximo atacante, mientras su corazón palpitaba fuerte en su pecho.

"Este no soy yo." La idea llegó a él con voluntad propia. Parpadeó retrocediendo otro paso mientras miraba a Wesley. No se estaba moviendo, nadie estaba ayudándolo, yacía ahí inconsciente y sangrando de su cabeza.

"Soy el doctor."

Escuchó la voz de su padre pero extrañamente sonaba como la suya.

Dos hombres más se precipitaron hacia él, uno con una antorcha y el otro con un enorme palo de madera. Por instinto, Jinenji bloqueó el ataque hecho por el del palo de madera, deteniendo el enorme bate de golpearlo en la pierna. Rápidamente, Jinenji levantó su cabeza para ver al hombre y jadeó cuando se vio mirando los profundos ojos verdes, ojos que conocía bien.

"Henry." Susurró, habían crecido juntos o realmente eran de la misma edad. Jinenji, al decir de cuentas, había crecido solo pero este muchacho había nacido a minutos de él, la partera había obligado a su madre y a la madre de Henry a estar en la misma habitación para que no tuviera que correr entre dos habitaciones o casas. Era un hecho de que la madre de Henry siempre la había despreciado y así Henry. Lo había despreciado tanto que había pasado su niñez haciendo un infierno de la vida de Jinenji.

Henry no respondió a su nombre, sólo retiró el arma y la empujó una vez más. Jinenji lo bloqueó fácilmente mientras veía por el rabillo de su ojo las llamas de la antorcha que cargaba el otro hombre venir hacia él. Sin inmutarse, levantó su brazo desocupado y lo mandó hacia el hombre de las llamas, enviándolo a volar tan fácilmente como el hombre de antes.

"John!" Gritó Henry, era un nombre que reconoció Jinenji, otra persona que había crecido con él pero no tenía una conexión tan profunda. "Monstruo!" Gritó el enfurecido Henry mientras de nuevo retiraba su arma y la enviaba hacia el rostro de Jinenji pero como antes y justo a tiempo, Jinenji la bloqueó fácilmente.

"Lo siento." Se escuchó susurrar pero sintió como si las palabras no fueran de su garganta. Rápidamente, copió uno de los movimientos del Capitán, elevó su rodilla hacia el pecho de Henry antes de patearlo con un enorme empujón de su pie hacia el esternón de Henry.

"El odio solo engendra odio."

Jinenji se paralizó, esta vez las palabras de su madre crearon un ruido ensordecedor en su psique. Sin su consentimiento, sus ojos se giraron hacia Henry en el suelo gimiendo de dolor mientras apretaba su esternón, sangre bajaba por las comisuras de su boca mientras respiraba violentamente, abriendo sus ojos con pánico. "Perforó un pulmón." Dedujo Jinenji fácilmente, su mente buscaba las posibles curas, resultó con unas pocas pero eran riesgosas. "Probablemente morirá." Susurró para sí mientras sentía agua en sus ojos.

"La violencia solo engendra violencia."

"Yo le hice eso." Jinenji se sintió retroceder, vio otro aldeano venir hacia él. "Jean." El nombre se registró en su mente mientras observaba al hombre levantar su herramienta sobre su cabeza, preparado para golpear. Levantó su mano evitando la acción fácilmente, sus ojos abiertos e incrédulos mientras golpeaba a Jean tan duro que el hombre cayó estrellando rudamente un árbol. Con ojos incrédulos, Jinenji observó mientras Jean caía, sangre brotaba en la parte trasera de su cabeza. Muy probablemente, para los bien entrenados ojos de Jinenji, parecía que se había fracturado su cráneo.

"No es tu naturaleza."

"No, no lo es." Las palabras brotaron en su mente pero de nuevo las hizo a un lado. No importaba cuál era su naturaleza o el estado del mundo, o si el mundo que deseaba existía—todo lo que importaba era la mujer tras él a la que quería proteger. "Por ella," se dijo mientras apagaba su mente, mientras sacaba de su cabeza sus dudas y dolores. "Iré contra mi naturaleza."

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Kagome estaba sentada en el suelo con la cabeza de Haniyama en su regazo, Inuyasha estaba de pie a unos pies en frente de ellas, sus ojos fijos en la pelea, esperando y observando para ver si necesitaría actuar. Gentilmente, Kagome acariciaba el cabello de la anciana, sus ojos también bien fijos en Jinenji mientras peleaba. Parecía estar haciéndolo bien además de unas pocas heridas que había recibido de los aldeanos pero nada parecía ser particularmente amenazador para su vida. Pero a pesar de esa buena noticia, algo en la batalla misma parecía estar extrañamente mal. Algo no se sentía bien.

Kagome mordió su labio levemente mientras miraba a la madre de Jinenji quien descansaba pacíficamente, inconsciente de la pelea de su hijo. Cautelosamente, retiró el cabello del rostro de la anciana y miró la quemada piel de alguien que había vivido una vida de dura pelea. Podía ver las cicatrices, pequeñas entre las arrugas. Haniyama había vivido una vida muy dura y todo por Jinenji, por la felicidad de Jinenji.

"En verdad amas a tu hijo." Le susurró al rostro durmiente. "Viviste toda tu vida protegiéndolo, verdad?" Levantó la mirada para ver a Jinenji bloqueando una horca dirigida a su rostro, se estremeció cuando contraatacó enviando a volar al hombre hacia las faldas del bosque. "Y ahora él está protegiéndote." La idea parecía fuera de lugar pero no podía ubicar el por qué.

"Jin—en."

Kagome parpadeó y rápidamente bajó la mirada para ver los ancianos ojos de Haniyama abrirse lentamente. "Sra. Haniyama?" Susurró rápidamente mientras estudiaba el rostro.

"Kago—me?" Susurró la anciana mientras levantaba una mano y llevaba sus temblorosos dedos hacia el rostro de Kagome, tocando su mejilla con sumo cuidado. "Jinenji—dónde—está?"

"El Sr. Jinenji—está—um," Kagome tragó, debería decirle, debería preocuparla con el hecho de que su hijo actualmente estaba peleando por sus vidas? Al final, era una decisión que Kagome no tuvo que hacer.

Haniyama giró su cabeza mientras el sonido de un hombre gritando llenó el claro del bosque. Sus ojos parpadearon lentamente y luego se abrieron considerablemente. "Jinenji?" Exhaló rápidamente, sus pupilas se dilataron mientras observaba a su hijo rugir con dolor mientras era golpeado violentamente por una horca en el costado. "No!" Trató de gritar mientras los ojos de Jinenji destellaban rojo y golpeaba al hombre—Richard—en la cabeza con un puño cerrado. "No Jinenji—no—no—," Haniyama trató de sentarse, trató de zafarse de Kagome pero la joven no la dejó.

"Sra. Haniyama." Susurró Kagome rápidamente mientras trataba de consolar a la nerviosa mujer. "No tuvimos opción. Inuyasha se volvió humano y le dispararon, no puede pelear, es humano—es humano y le dispararon! Jinenji es todo lo que tenemos." Kagome sabía que estaba repitiéndose pero tenía que hacer escuchar a la anciana, tenía que convencerla.

"Pero Jinenji." La anciana apenas pronunció mientras lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. "Es lo mismo, será lo mismo." Se giró hacia Kagome, su mirada suplicante mientras trataba de generar un entendimiento en la joven.

Kagome frunció sus ojos. "Lo mismo?" Repitió suavemente mientras miraba esos nerviosos ojos de la madre. "Qué es lo mismo?"

"Esto—" Haniyama señaló la pelea, su rostro contorsionado con tanto dolor que Kagome sintió su corazón comenzar a quebrarse. "Todo esto—así es como murió su padre."

Kagome sintió caer su rostro, sintió sus labios abrirse levemente y sus ojos ampliarse grandemente. "Su—padre?" Repitió el sentimiento mientras sus manos se desplomaban de Haniyama. "Él murió, protegiéndote?"

"Protegiéndonos." Susurró Haniyama mientras levantaba una mano para tocar su cabeza, haciendo una mueca mientras la sostenía como si verdaderamente estuviera sintiendo el dolor. "Murió—protegiéndonos, a Jinenji y a mí." Sus ojos parecían perderse mientras hablaba, el recuerdo regresó a ella. "Le pedí no hacerlo—esto no lo resolverá—esto está mal. No es su naturaleza!" Su voz salía en jadeos. "El odio solo engendra odio, la violencia solo eng—eng—en," su voz se desvaneció, sus ojos comenzaron a irse hacia atrás, se desmayó.

Con reflejos que no sabía que tenía, Kagome agarró a la mujer deteniéndola de golpear su cabeza en el suelo una vez más. "Haniyama!" Gritó Kagome, su voz alertó a Inuyasha por encima del caos y el ruido.

"Kagome?" Murmuró mientras se giraba hacia ella, moviéndose inmediatamente hacia ellas cuando notó a Kagome sosteniendo a la anciana sacudiéndola. "Kagome, qué pasa?" Gritó apresurado llegando a arrodillarse a su lado, su mano sosteniendo su costado mientras jadeaba. Incluso desde esa corta distancia quedó sin aliento—no era una buena señal.

"Despertó y vio a Jinenji, entró en pánico y luego—," Kagome sintió las lágrimas formarse en sus ojos mientras miraba a la anciana. Haniyama estaba sudando y su respiración era laboriosa. "Ella está—no lo sé."

"Está bien." Dijo Inuyasha mientras colocaba su mano en el cuello de la anciana, buscando su pulso. "No te preocupes, Kagome," continuó hablando mientras sentía la palpitación bajo sus dedos, era fuerte y continua, eso era bueno. "Sólo se desmayó," dedujo apoyándose en sus talones incómodo por su herida. Siseó levemente.

"Estás bien?" Inmediatamente, Kagome alcanzó por él, su mano tocó la que cubría su costado.

"Estoy bien." Le dijo inhalando unos profundos respiros antes de mirar a Haniyama. "Ella también." Concluyó mientras se sentaba con sus rodillas flexionadas bajo él en la misma forma que le enseñaron de niño. "Probablemente fue el shock de ver a Jinenji pelear lo que causó el desmayo."

"Supongo—que debió ser impactante." Murmuró Kagome y asintió mientras trataba de controlar su acelerado corazón. No podría soportar ver morir a alguien hoy, especialmente a alguien así, alguien que era innatamente bueno. El mundo necesitaba más personas que fueran naturalmente aceptadas y amadas.

"Sí," aceptó Inuyasha sosteniendo firmemente su costado, podía sentir la sangre comenzar a brotar entre los vendajes.

"Mierda," pensó para sí mientras el dolor comenzaba a punzar en su costado, una punzada pesada que no podía ignorar. "No está mejorando." Miró el cielo sin luna, buscando una estrella para ayudarle a decir la hora. Vio la estrella Polar y asintió para sí siguiéndola hasta que estuvo mirando la Osa Menor en el cielo, ahora estaba comenzando a inclinarse. "Apenas son la una, tal vez las dos. El sol no saldrá en tres horas. Maldición." Miró su herida, debía soportar hasta entonces pero no si la agitaba más. Las drogas que Jinenji le había dado eran efectivas pero molestas. No sería capaz de soportar el dolor por mucho tiempo una vez que estuvieran fuera de su sistema. "Maldita noche humana."

Aclarando su garganta, miró a Kagome y trató de sonreír mientras señalaba al enfurecido Jinenji. "Él no es un peleador pero está haciéndolo bien. Creo que será capaz de detenerlos."

Algo en sus palabras hizo clic en la cabeza de Kagome. "Él no es un peleador." Repitió suavemente, una acción que había estado haciendo más y más últimamente. "No—Jinenji no lo es, verdad?"

"Nop." Respondió fácilmente el Capitán no consciente de que Kagome estaba en una página diferente. "Puedes verlo al observarlo, duda mucho—él—no tiene la voluntad."

"No es su naturaleza." Kagome sintió las palabras caer de sus labios, anormalmente.

"Sí," respondió Inuyasha mientras sus ojos seguían la pelea, desplazándose de un lado a otro. "Esa es una buena forma de ponerlo. No es solo que pelear no sea su naturaleza, pero cualquiera peleará por algo que quiera proteger."

Kagome no respondió pero analizó sus palabras. "Algo que proteger, quiere proteger a su madre pero—Haniyama no quiere esto, este tipo de protección porque—no durará." La idea hizo eco en ella mientras la inundaba una total comprensión. Haniyama quería un mundo donde la gente fuera capaz de resolver sus diferencias en un ambiente seguro o donde las personas ignoraran completamente las diferencias.

"Pero—hasta que ese mundo sea creado es necesario, no hay otra manera de hacerlos escuchar."

Kagome mordisqueó su labio entre sus dientes. "Qué tomaría, crear ese mundo?" Susurró en el tenso aire nocturno, su voz atrapó a Inuyasha fuera de base.

"Qué?" Inuyasha le dio una mirada mientras hablaba, sus cejas juntas. "Kagome?"

"Esto no está bien—esto no es lo que quiere la Sra. Haniyama," continuó hablando como si no lo hubiera escuchado. "Esto no es lo que quieres, verdad Jinenji?" Miró a Haniyama quien ahora descansaba tranquilamente, las preocupaciones anteriores se habían ido ahora que de nuevo estaba inconsciente. "Quieres pelear por ella pero qué si—," pausó por un segundo. "Qué si hubiese una pelea diferente, una pelea más importante que necesitara ganarse. Una pelea que tuviera efectos duraderos."

Inuyasha giró su cabeza completamente hacia ella, una ceja se elevó mientras consideraba su contemplativo rostro. "Kagome, de qué demonios estás hablando?" Le preguntó verdaderamente perplejo por sus palabras pero también ligeramente agitado. La medicina para el dolor estaba pasando lentamente pero seguramente lo dejaría con una punzante sensación en su costado que no era exactamente su idea de un buen momento.

"El Sr. Jinenji nunca querría lastimar a alguien." Continuó ella ignorando completamente a Inuyasha mientras su mente regresaba a la conversación, sus palabras tocaron su corazón profundamente.

"No quiero que sean lastimados."

"Jinenji," dijo su nombre, una parte de ella consciente de que había dejado la formalidad y otra parte sabiendo que eso no importaba. "Tú también quieres que el mundo cambie." Habló por él, sus ojos comenzaron a irse.

"Somos de la misma aldea, nacidos de la misma partera, comemos la misma comida, y bebemos de los mismos ríos." Su voz era consoladora. "Somos vecinos y deseo—" su voz se desvaneció, no dijo nada más en el tema.

"Deseas," Kagome terminó por él. "Que te vean de la misma forma en que tú los ves—como vecinos."

"Kagome," Inuyasha agarró sus hombros de repente, girándola para que pudiera mirarlo. "A qué demonios te refieres?"

"Cambiar el mundo." Susurró ella mirando sus oscuros ojos, sus propios ojos llenos de profunda comprensión. "Quiero cambiar el mundo."

"Cambiar el mundo?" De nuevo, Inuyasha parpadeó repetidamente, sus cejas fruncidas hicieron que su frente se arrugara en confusión. "De qué?"

"De esto," señaló la pelea. "De este odio. Quiero cambiar la manera en que la gente ve a los mitad demonios."

"Maldición Kagome!" Maldijo Inuyasha, sus ojos ardiendo. "Sólo porque eres de aceptación no significa que puedas hacer que el resto del mundo vea de la misma forma que tú." Sus manos se mantuvieron fuertemente en sus hombros mientras miraba sus ojos. "El mundo no cambia por un capricho."

Kagome parpadeó y lo miró, miró esos oscuros ojos negros. Estaban suplicando con ella, diciéndole de todo el dolor que había afrontado por su sangre y raza. Estaban diciéndole que no entendía, que no sabía nada de lo que era ser mitad de algo. Estaban diciéndole que no podía cambiar eso, que no podía cambiar el mundo. Kagome frunció ante la idea—algo dentro de ella rogaba diferir. "Qué si lo hiciera?"

Inuyasha desvió la mirada de ella, sacudiendo su cabeza de un lado a otro. "Eso no pasará." Le dijo francamente. "El mundo no cambia. Las personas—no cambian."

"Estás equivocado." Dijo Kagome de repente, sus palabras tan fuertes y sinceras que Inuyasha en verdad se sintió menospreciado por un segundo. "Puede cambiar, puedo cambiarlo."

Ella lo alejó gentilmente antes de que pudiera hablar. Podía sentirla, la misma sensación, el mundo desacelerándose a su alrededor, en esa misma forma que lo hizo antes de haber levantado las barreras o usado su energía contra Manten pero esta vez no llegó ninguna barrera, tampoco le entró ningún extraño poder. En cambio, fue cierta comprensión, como si un conocimiento que hubiese estado guardado entre sus vidas encarnadas estuviera saliendo a la superficie. La encerraba, cubriéndola en una calidez intelectual que lentamente reunía todo. Era como si la conversación se hubiese transformado mágicamente en una metafórica luz en su cabeza, despertando la parte de ella que trascendía el tiempo.

"Qué demonios?" Alcanzó él para agarrarla pero se paralizó cuando ella lo miró, sus ojos habían cambiado, no eran más oscuros y tormentosos sino de un suave color que no pudo identificar.

"La violencia sólo engendra violencia, el odio sólo engendra odio." Dijo suavemente, su voz extrañamente sabia. "Y la única manera de generar un cambio, Inuyasha, es luchar por ello."

"Qué—" Inuyasha susurró completamente confundido. "De qué estás hablando, Kagome? No puedes pelear."

Ella sonrió entonces, gentilmente, su mano lo alcanzó cubriendo su mejilla dulcemente. "No ese tipo de pelea." Le dijo, su expresión en realidad parecía divertida mientras acariciaba su piel. "Cambiaré el mundo y nunca levantaré mi puño."

Inuyasha sintió el vello de su nuca erizarse mientras la mirada. Su voz era monótona, sus ojos casi vacíos, parecía como si no fuera más Kagome frente a él sino alguien más que nunca había visto antes. Tragó. "Pero cómo—pero por qué? Por qué ahora—por qué cambiar el mundo ahora?"

"Necesita cambiar," le informó ella respirando. "Haniyama necesita que cambie. Jinenji necesita que cambie."

"Qué?"

Ella desvió la mirada, sus ojos aterrizaron en Jinenji, eran suaves y gentiles mientras hablaba. "El padre de Jinenji murió de esta forma." Susurró tan delicadamente que al principio Inuyasha no había estado seguro de que hubiese hablado. "Murió en una pelea como esta, con esos mismos aldeanos." Habló un poco más fuerte esta vez.

"Kagome?" La miró, sus oscuros ojos preocupados.

Lentamente, se giró para mirarlo, sus ojos brillosos y distantes, lo estudiaron por un segundo como si se hubiesen vuelto conscientes de que él existía. "Su padre murió—así—," señaló la batalla, sus ojos nunca lo dejaron mientras su mano se movía airosamente. "Murió protegiéndolos de este odio."

Inuyasha sintió su corazón apretarse en su pecho ante la idea—un padre muriendo protegiendo una familia.

"Otou-san!"

Pudo escucharse gritando, podía ver la sangre, la revolución.

"Él estaba protegiéndolos," continuó Kagome. "Pero Haniyama tampoco quería que lo hiciera."

Inuyasha sintió temblar sus manos, podía escuchar las suplicantes palabras de su madre, pidiendo, rogando que su padre no peleara.

"No—," Había gritado ella mientras alcanzaba por su marido, Inuyasha escudado en su kimono. "Anata wa, tatakau koto ga dekinai—por favor—onegai! No tienes que pelear!"

Ella no había querido que su esposo muriera.

"Haniyama," comenzó a decirle a Kagome. "Es como cualquier esposa. No quería perder a su esposo." Razonó suavemente mientras lamía sus labios antes de mirarla a los ojos. Ella lo miró, la mirada en su rostro decía que sabía lo que había estado pensando. Lo que había estado recordando.

Por primera vez en su vida, sintió verdaderamente una sensación de terror al mirar esos ojos. Eran demasiado sabios, muy conocedores. Se veían como si pudieran ver en su alma, como si supieran todo lo que había pasado y lo que pasaría, como si conocieran a cada persona, cada planta y cada animal, y cada árbol. Era como si fueran los ojos que los hubiesen creado.

"No." Susurró Kagome mirándolo, una suave sonrisa se formó en sus labios, una sonrisa de lástima o pena. "Haniyama no solo es cualquier esposa. Es una mujer que entiende lo que debe entenderse. Ella entiende que el mundo necesita cambiar."

"Aaa—," fue todo lo que pudo decir Inuyasha.

Kagome le sonrió y rió suavemente, el sonido incómodo para sus oídos mientras de repente movía a Haniyama de su regazo, cepillando gentilmente el cabello de la anciana. "Las personas necesitan aprender a ver el mundo con ojos despejados de odio," susurró mientras observaba a la anciana respirar gentilmente en su sueño. "Para juzgar a un hombre por quien es por dentro en vez de por su herencia." Entonces se levantó y miró a Inuyasha, sus ojos ahora giraban con una mezcla de colores, gris y negro, azul y verde, dorado y rojo. "Ese cambio comienza ahora." Le dijo a Inuyasha sonriendo, esos colores hicieron saltar su corazón.

"Kagome?" Susurró él, su respiración se atascó en su garganta mientras sentía envolverlo una gran calidez.

Era como si de repente una sábana hubiese sido depositada sobre sus hombros, una sábana tejida con tanto amor en cada hebra e hilo que lo hacía querer llorar. Nunca había sentido tal amor, nunca sintió verdadera aceptación. De nuevo, se sintió como un niño pequeño, como un niño envuelto en los amorosos brazos de su madre. Casi podía ver su kimono—el que había usado cuando era un niño pequeño—antes de que su padre hubiese muerto. Casi podía sentir sus dedos y su suave caricia.

Con ojos que sabía estaban vulnerables y abiertos, miró a Kagome y observó mientras se agachaba y tocaba su mejilla una vez más, sus delicados dedos tentadores, cálidos y agradables. Jadeó, las dominantes sensaciones hicieron que su cerebro dejara de pensar. Todo lo que ella podía escuchar y todo lo que él podía oler, sentir, saborear, ver y pensar, era ella.

Ella sonrió, sus ojos por un segundo se tornaron de un gris puro y gentil, un tormentoso mar que de alguna manera vive a través de una noche despejada. "Inuyasha." Le susurró y él sintió su corazón detenerse en su pecho.

"Kagome—," susurró mientras la observaba separarse de él, su mano se suspendió en el aire por varios segundos antes de finalmente levantarla para descansarla contra su pecho.

"No te preocupes." Le dijo aunque sabía que él no podía pensar en nada negativo en este momento. "Pronto todo será corregido."

Sin otra palabra, Kagome se dio la vuelta, su espalda lo único que podía ver mientras comenzaba a alejarse, sus ojos en Jinenji quien aún estaba peleando. Sus manos se elevaron en el aire en un elegante movimiento hasta llegar a descansar sobre su cabeza. Permaneció ahí en silencio por un momento, sus manos simplemente descansaban sobre ella mientras Inuyasha observaba incapaz de moverse, esa confortante calidez lo mantenía fuertemente en su sitio mientras observaba.

El caos de la pelea pareció pasarlo mientras observaba sus dedos comenzar a brillar, observó su cabello comenzar a levitar con un poder invisible. No escuchaba los gritos, no veía la sangre, o veía a Jinenji mientras derribaba otro hombre con su enorme puño. Todo lo que podía ver era las manos de Kagome, esa asombrosa y fría luz que permeaba sus dedos atrapó su mirada justo como una polilla es atraída a la llama de una vela. "Sugoi." Susurró para sí, la palabra para asombroso en su idioma natal.

Las luces en las puntas de sus dedos lentamente comenzaron a viajar hacia sus nudillos, hasta que cada pulgada de cada dedo estuvo cubierta en luz que se desplazaba hacia sus manos. Como agua bajando de las puntas de sus dedos hacia sus palmas, la luz se esparció hasta que alcanzó su muñeca donde pareció detenerse, el brillo de su piel enmudeció por un segundo mientras se tomaba el tiempo para aumentar.

Inuyasha parpadeó, sus manos cayeron al suelo en frente de él mientras se apoyaba de manos y rodillas.

Como si justo ahora se diera cuenta de que la extraña mujer de antes había entrado al claro, la pelea se detuvo, llegando a un alto mientras todos los hombres y mujeres y Jinenji captaban un vistazo de la mujer con manos brillantes.

"Qué?" Susurró un hombre mientras bajaba su arma, sus ojos miraban el leve brillo de las manos de la extraña nativa. "Qué extraño."

Otro quien había estado listo para golpear a Jinenji, también bajó su arma, sus ojos enfocados en la joven mujer. "Esa luz?" Susurró en el claro. "Cómo está haciendo eso?"

"Chamán." Susurró Jinenji para sí alejándose de los hombros asaltándolo y al mismo tiempo alejándose un paso de Kagome. Podía sentir el zumbido de su poder mientras se construía, cada instinto en su cuerpo le decía que estaba a punto de explotar y cuando lo hiciera, sería malo.

De repente, la luz en sus manos se intensificó, creciendo de sus manos y brillando con su poder hacia una esfera física de energía que reunía en sus dedos. Remarcablemente parecía como una barrera, del tipo que había creado cuando estuvieron en la desembocadura del Río Mississippi y aun—la energía misma parecía sentirse diferente.

Inuyasha sintió desplomarse su mentón mientras la luz crecía tan poderosa como un sol naciente. Rápidamente, se puso de pie preparado para lanzarse hacia ella pero se detuvo cuando el dolor en su costado se incrementó por la torpe acción. "Mierda." Jadeó mientras se agarraba su costado y volvía sus ojos para mirar a Kagome.

Sus manos aún estaban sobre su cabeza, sus dedos aun sostenían la bola de luz. No tenía idea de lo que estaba haciendo, no tenía idea de qué estaba pasando. Nunca en su vida había visto a una Miko con esta cantidad de poder, era inmenso pero no era un ataque, no era una barrera. No tenía idea de qué era. Solo era una bola de luz, una bola de energía—energía de purificación por lo que se veía pero por la sensación, no lo era.

"Qué demonios es eso?"

Escuchó gritar a un aldeano y luchó con la urgencia de gritar, 'no lo sé.' Sintió sus rodillas comenzar a flaquear bajo él pero luchó con el impulso de caer mientras la miraba, la observaba con total y completo asombro o tal vez horror. Aún estaba construyendo la energía, empujando tanto de su poder en la luz como pudiera. Cada segundo que pasaba la encontraba haciendo más fuerte la bola de luz, lo fuerte suficiente para matar al menos veinte incluso treinta demonios puros con solo el contacto. Aunque, no estaba destinada para eso, de cierta forma podía sentirlo. Esta energía no estaba destinada para los demonios, era diferente. Se sentía diferente, un tipo diferente de poder. Tenía el mismo hormigueo como la energía de purificación y aun nada de la misma malicia.

Una cosquillosa sensación lo dominó entonces. Sintió un despertar en su sangre. Cada parte de su cuerpo comenzó a brillar, el poder del demonio dentro de él empujaba para regresar a la superficie. Empujaba, halándolo y luego, de repente, sintió como si irrumpiera. El dolor en su costado donde la bala había entrado instantáneamente comenzó a subsidiar, a disiparse.

Con amplios ojos, retiró su mano de la herida y bajó la mirada, su mentón se desplomó con asombro mientras asimilaba la vista de una herida ahora curada. Y entonces, tan rápido como comenzó la curación, tan rápido como su poder regresó lo sintió menguar, como si una ola alejara el dolor y regresara como nada cercano a malo. Se había transformado el tiempo suficiente para que el demonio en él curara la herida.

"Qué?" Murmuró mientras miraba su cabello asimilando la vista de mechones plateados mezclados con negro, se estaban desvaneciendo, volviéndose más y más claros hasta que también fueron negros.

Rápidamente, sus ojos volaron hacia Jinenji quien miraba a Kagome tan intensamente, su forma cambiaba entre aquella de su demonio y—lo que parecía ser su humano—un hombre mucho más pequeño con rasgos mucho más pequeños, su nariz, ojos y manos pequeñas en comparación. Su forma humana brilló antes de cambiar al demonio, solo para transformarse en el humano unos segundos después.

"Mierda." Inuyasha dejó escapar la palabra de sus labios mientras sentía el demonio volver a entrar en su cuerpo. Era como si ella estuviera purificándolos y luego sacando su energía purificadora de ellos. Nunca en su vida había sentido algo así—nunca había visto a nadie hacer algo similar en su vida. "Qué demonios está haciendo?" Jadeó mientras sentía la herida sanar más antes de cambiar a humano, el dolor más aliviado ahora de lo que había estado antes.

Y con eso, la luz explotó abruptamente de la esfera en los dedos de Kagome, la energía de purificación tan brillante que iluminó la oscuridad, cubriéndolos en una brillante luz de día. Rápidamente, Inuyasha levantó su mano cubriendo sus ojos con su manga mientras la brillante luz lo cegaba, sus pupilas gritaban de dolor dilatándose inesperadamente. Escuchó el jadeo de los otros en el claro, escuchó el grito de Jinenji mientras sus orejas cambiaban de humanas a demoníacas, luego de demoníacas a humanas otra vez.

"Ah!"

Gritó alguien, la voz sonó masculina.

"No—ah! Duele!"

Gritó otra persona, su voz sonaba como si estuviera en llamas.

Inuyasha trató de retirar su mano. Tenía que ver lo que estaba pasando pero la energía empujaba el revés de su mano, la fuerza y el viento tras ella lo empujaba al extremo de caer en el suelo una vez más.

"Haz que se detenga!"

"Mierda, santa madre de Dios!"

"Ah—ayúdame!"

Inuyasha cerró sus ojos fuertemente. Una parte de él no deseaba más ver qué plaga había hecho gritar a la gente. Sonaban peor que los demonios siendo purificados.

La curiosidad ganó a favor y con energía que no sabía que le quedaba, Inuyasha se puso de pie. Con gran fuerza, bajó su mano para ver qué demonios estaba pasando, una gran parte de él se arrepintió. Sus ojos se encontraron con un claro lleno de humanos en el suelo, gritando y gimoteando con dolor. Jinenji estaba de pie como él, una enorme mano trataba de bloquear la energía de sus ojos mientras se abrazaba en el suelo, intentando no caer como Inuyasha lo había hecho.

Una energía púrpura estaba llenando el aire, cubriendo el suelo con una niebla transparente. Se filtraba de cada aldeano, yendo al aire donde se suspendió por varios segundos viéndose mortal y tóxica antes de elevarse más alto en el cielo solo para disiparse y eventualmente desaparecer.

"Qué fue eso?"

Inuyasha giró su cabeza de golpe asimilando la vista de Jinenji quien había caído de rodillas, sus ojos constantemente cambiantes miraban la escena con absoluto horror. El demonio mucho más grande se giró mirando a Inuyasha con su boca abierta.

"Qu-é-é es—es—tá ha-cien-do?" Preguntó él, su voz tartamudeaba tanto que Inuyasha en verdad tuvo problema en entender. "Inu-y-y-yasha?"

Inuyasha parpadeó ante la pregunta, su mente corría por una explicación. En el momento, solo tuvo una vaga idea. Lentamente, se giró hacia Haniyama, no había niebla púrpura con ella, simplemente yacía dormida e inafectada. Miró hacia los otros humanos, observando mientras diferentes grados de niebla abandonaba sus cuerpos. Algunas apenas se suspendían sobre ellos, abandonándolos. Solo producían ligeros puffs del humo púrpura pero otros, como el Sr. Carver por ejemplo, eran como chimeneas de maldad púrpura—

"Odio." Inuyasha susurró la palabra antes de saber lo que quería saber, o al menos lo que significaba en este contexto. "Es su odio."

Inuyasha cayó de rodillas, sus ojos observaban en completa incredulidad. Era imposible, nunca había visto a una Miko hacerlo, nunca había escuchado de una—de alguien con este poder sobre la humanidad. Lo hacían con los demonios, extraían la maldad de ellos, se veía igual—la niebla púrpura de maldad, la oscuridad de un alma encarnada pero esto, esta acción con los humanos—esto era increíble, improbable, imposible. Esto no era real, esto era un sueño, ninguna persona podría alcanzar en verdad lo que Kagome Dresmont estaba alcanzando.

"Ella está," susurró. "Está purificándolos, como si fueran demonios—está purificándolos."

"Qué?" Preguntó Jinenji observando con igual histeria.

"Kagome está sacando el odio de sus almas." Inuyasha continuó hablando mientras observaba lo último de la maldad púrpura, la encarnación del odio saliendo del Sr. Carver. "Kagome purificó sus odios."

"Eso es—eso es imposible." Susurró Jinenji sintiendo lágrimas en sus ojos. "Ellos—tanto odio, cómo podría—deshacerse de—tanto odio?" una parte de Jinenji sentía como si fuera una mala broma, como si fuera imposible creerlo no porque fuera una noción ridícula sino porque tenía miedo de creer que era cierto.

Sintió las lágrimas deslizarse de sus ojos, sintió el dolor de las heridas en su espalda que estaban tratando de curarse entre las limitaciones de ser humano y ser demonio. Había deseado por años que muriera el odio en sus corazones, que lo vieran sin ese odio cegándolos y ahora—ahora podía ser que Kagome les hubiera dado la habilidad para hacerlo. Podría algo tan ridículo como eso ser cierto?

"Kagome." Susurró la gentil bestia mientras las lágrimas continuaban deslizándose por sus mejillas asimilando la vista de las personas que lo habían odiado porque eran muy ciegos para verlo—ver dentro de él. "Me verán?" Se preguntó, atreviéndose a esperar. "Me verán por mí?"

A solo unos pies de Jinenji, Inuyasha continuó observando mientras Kagome le permitía a esa energía de purificación filtrarse en cada persona. Una por una, entraba en el cuerpo de un humano caído, halando y forzando todo el odio—todo del mal púrpura fuera de sus almas. Era acreditable observar mientras toda esa niebla de odio alcanzaba el aire. Una parte de él se preguntaba cuánto de su odio estaba extrayendo. Estaba removiéndolo todo de sus almas? Estaba cambiando las bases de su ser al hacerlo? O, tal vez, estaba sacando lo suficiente para que fueran capaces de ver pasando las diferencias.

Tal vez solo estaba tocando la parte de sus almas que nublaban tanto sus juicios que no podían ver a un hombre apropiadamente (como Jinenji) con ojos capaces de verlo de verdad. De alguna manera, Inuyasha tuvo la sensación de que era todo lo que estaba haciendo en realidad. Estaba seguro de que no tenía suficiente energía para hacer más que eso.

Inuyasha sacudió su cabeza alejando las ideas. No eran realmente importantes para él, lo que era importante era el cómo no la intención. "Cómo hizo?" Trató de formar una idea pero no podía. "Ella—cómo." Susurró en el aire pero sus pensamientos estaban igualmente perturbados. "Las Miko sólo pueden purificar demonios—demonios malos—no humanos. Qué carajos?"

Sintió su corazón detenerse en su pecho mientras su poder comenzaba a desvanecerse. Sintió como si estuviera en un sueño mientras observaba elevarse el brillo que la rodeaba, la oscuridad comenzaba a caer en el claro una vez más.

"Ella no es—," sus palabras murieron en su lengua mientras el brillo abandonaba a Kagome completamente, sus manos se desplomaron a sus costados mientras la energía desaparecía del aire. Sintió su cuerpo moverse, sintió desvanecerse en su sangre la energía de demonio. Bajó la mirada y vio su cabello humano completamente negro. Era humano otra vez. Mirando hacia Jinenji observó mientras el enorme demonio miraba sus manos, estudiándolas como si esperara a que ellas cambiaran a unas humanas. Cuando no lo hicieron, el enorme demonio claramente lloró con alivio.

Inuyasha se encontró sonriendo levemente antes de girarse hacia Kagome justo a tiempo para verla caer al suelo, aterrizando de lleno en su espalda. "Kagome!" Su nombre fue gritado fácilmente mientras se abalanzaba hacia su cuerpo caído deteniéndose a su lado solo para caer de rodillas. "Kagome?" Susurró mientras gateaba a su lado, su mano se estiró para tocar su mejilla mientras se le acercaba, sus ojos preocupados mientras estudiaba sus pálidos rasgos. "Algo está mal." Notó al instante, sus manos comenzaron a temblar mientras ideas frenéticas llenaban su mente ante la vista de la falta de color en sus mejillas y labios.

El mundo se detuvo, Inuyasha sintió su corazón desplomarse hacia el fondo de su estómago antes de saltar en su garganta. Alcanzó y tocó la mejilla de Kagome, estaba fantasmagóricamente blanca. Su pulgar pasó sobre sus labios con agonizante lentitud, se sentían fríos—no deberían estar fríos, no después de tal esfuerzo, no así de rápido. Su respiración comenzó a salir en jadeos mientras sus ojos parpadeaban rápidamente formando lágrimas.

"No." Susurró y sacudió su cabeza alcanzándola desesperadamente, sus manos la halaron hacia él antes de presionar su oreja sobre su boca, esperando sentir la sensación de su aliento en su piel humana. No sintió nada excepto su corazón haciéndose pedazos en su pecho.

Kagome no estaba respirando.

Fin del Capítulo

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Traducciones del japonés:

Anata wa, tatakau koto ga dekinai: No puedes pelear. (Muy rudamente)