¡Hola a todos! 😊 ¿Cómo estáis? Os pido perdón, sé que prometí actualizar la semana pasada pero me he estado rompiendo la cabeza para reeditar este capítulo. El original que escribí allá por 2011 estaba lleno de OoC jajaja y he querido corregirlo lo más posible hasta quedar contenta con el resultado 😂 Sin ir más lejos, ayer por la noche cambié completamente el final del capítulo, así, en un arrebato de inspiración (?) 😂 jajaja espero que os guste, porque viene movidito 😈

Muchas gracias de corazón, como siempre, a todos los que leéis, y también a los que os tomáis el tiempo de dejar un comentario, ¡os adoro! ¡gracias a todos! 😍😍

Sin más dilación... allá vamos 😉


21

Estrellas

Estaba empezando a anochecer, y las vistas que Hermione tenía ante sí se teñían de color anaranjado. Llevaba mucho rato sentada al pie de las escaleras que conducían a la pirámide. No sabía cuánto, pero sabía que era mucho. Le había dicho a Ángela que iba a volver enseguida, pero no podía. No podía entrar. No quería ver a Draco. Sus palabras le golpeaban en la mente una y otra vez:

Es un anillo de compromiso...

Me casaré cuando vuelva a casa...

Hermione contuvo un bufido y se cubrió el rostro con las manos, llena de desesperación. ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué su cuerpo se negaba a obedecer y a tranquilizarse? Conocía los sentimientos que estaba experimentando, pero se negaba a aceptarlo. Recordaba cuando Ron y Lavender Brown salieron juntos durante su sexto año. Recordaba el dolor en el pecho, la sensación de soledad, de que las cosas estaban cambiando y de no poder soportarlo… Pero, ¿ahora? Nada estaba cambiando, simplemente se había enterado de algo que no tenía que afectarla. No podía estar echando de menos algo que jamás había tenido. No podía estar sintiéndose así por él…

Le dolía la garganta de estar conteniendo las lágrimas. Se negaba a llorar, porque eso sería exteriorizar y convertir en una realidad lo que en su interior ya sabía. Que le había dolido. Le había dolido algo que no estaba permitido que le doliese. Que Draco Malfoy pudiese estar enamorado. De alguien que no fuese ella.

El rostro de Ron, risueño, bondadoso, cubierto de pecas y de grandes ojos azules, se materializó ante ella.

Tragó saliva y apretó los dientes. Su ceño se frunció. No podía hacerle eso. No podía estar traicionándolo tan vilmente, aunque solo fuese en su mente. No podía dudar de lo que había entre ellos. No después de haber luchado tanto. No después de ser casi como hermanos, de haber crecido juntos, de todo lo que habían vivido…

—¿Hermione?

La joven dio un respingo y se giró sobre sí misma, sobresaltada. Draco había descendido todos los escalones, sin que ella lo oyese, hasta llegar al que estaba inmediatamente por encima del que ella estaba sentada. El verlo de pie, en toda su poderosa altura, mirándola con fijeza, hizo que el corazón se le quisiese salir por la boca. Tragó saliva y miró al frente, decidida.

—Malfoy —saludó con tono neutro, teniendo buen cuidado de utilizar su apellido. El chico fue plenamente consciente, y pareció desconcertarse y molestarse a partes iguales—. ¿Qué quieres?

—Ángela nos ha dicho que estabas mareada —reveló, usando el mismo tono que ella—. Y nos ha extrañado que no volvieses.

Hermione sintió un escalofrío. ¿Estaba preocupado por ella?

—¿Y por eso has venido? —preguntó, esta vez con voz más suave, mirándolo por el rabillo del ojo.

—Antes me has dicho que me harías la cura de la herida —corrigió él, aún con tono frío—. Y quería saber si estabas en condiciones, Granger.

Ella cerró un momento los ojos, incrédula. Una vez más, se estaba comportando como una estúpida. No se estaba preocupando por ella. Solo miraba por él. Por su herida. Por lo que ella podía aportarle.

Era lo único que quería de ella.

—Sí, estoy mucho mejor —contestó Hermione, y su serena voz fue como una ráfaga de aire frío. Triste, y sin fuerzas—. Vamos dentro.

Se puso en pie y precedió al joven subiendo las escaleras de vuelta a la pirámide, sin mirarlo siquiera. Éste la siguió, guardando una distancia de un par de escalones por detrás. Cuando llegaron a la Sala Común, Hermione vio que sus amigos seguían allí, sentados en los sillones con sus ropas sucias ordenadas en cuidadosos montones a su alrededor. Todos giraron los rostros para mirarla cuando hubo entrado. Ella solo les dedicó un leve saludo, para tranquilizarlos, antes de entrar en su habitación, seguida de cerca por Malfoy. Quería terminar con ello cuanto antes.

—Siéntate —le indicó al chico, mientras ella rebuscaba entre sus cosas, buscando los utensilios necesarios para la cura. Él obedeció y se sentó en el borde de la cama, elevando una pierna y colocándola sobre el colchón, como habían hecho otras veces. No podía dejar de mirar a la joven, aunque ella no le miraba. Estaba tan rara. Tan… fría. Y ausente. Se preguntó si era porque verdaderamente se encontraba mareada. O porque estaba enfadada con él. Esa era la impresión que le daba, aunque no entendía el cambio de actitud. Le había vuelto a llamar por su apellido, y eso era bastante esclarecedor. Pero Draco no era consciente de haber hecho nada para molestarla, al menos no en las últimas horas.

La chica se sentó ante él, una vez hubo localizado todas las pociones y vendas que necesitaba, y comenzó a retirarle el vendaje. Seguía sin mirarlo a los ojos, y Draco se preguntó si de verdad no era consciente de que su mirada estaba clavada en su frente, o si le estaba ignorando descaradamente.

—¿Quedan muchas curas? —preguntó Draco, rompiendo el silencio. No podía evitarlo. Necesitaba hablar de cualquier cosa. No le gustaba la situación. No le gustaba estar en silencio con ella. No sabía por qué, pero no le gustaba. Algo no iba bien. Y, aunque no tenía intenciones de preguntar qué pasaba, pensaba ponerla a prueba hasta averiguarlo. Hasta que lo tratase con normalidad o lo mandase a freír hipogrifos.

—No, no lo creo —admitió la chica, aplicando un poco de una de las pócimas en un trapo limpio y rozando la herida con ella. Estaba casi cicatrizada, pero se había convertido en una fea y oscura costra que le ocupaba un tercio de la pierna, por encima del tobillo. Draco torció el gesto, tratando de soportar el dolor. Hermione contemplaba la herida, sumida en sus pensamientos. Se la había hecho por ella, por salvarle la vida. Podía haber muerto, ambos podrían haber muerto. Y, sin embargo, ahí estaban. Gracias a él.

Nunca estarían juntos, a pesar de que su mente se empeñase en concebir semejante posibilidad. Porque no debían, y, porque, a pesar de lo que su mente se empeñaba en plantear, no querían. Era evidente, a pesar del peso que sentía en el pecho ante la certeza de que el joven Malfoy estaba prometido. Y, además, el hecho de que todo siguiese como hasta ahora cambiaba nada. Al contrario, solo facilitaba las cosas.

¿Qué había de malo en cómo estaban ahora?

Lo miró por fin a los ojos, y Draco tuvo que contenerse para no dar un respingo. Parecía tan empeñada en no mirarlo que, cuando lo hizo, casi lo asustó.

—¿Te duele? —cuestionó ella, con una nueva suavidad en su voz. Él se sorprendió a sí mismo tomando aire con profundidad, como si las manos que le estaban aprisionando el pecho lo soltaran por fin.

—Algo —mintió él, y sintió un inmediato calor satisfactorio en la nuca al ver que la chica intentaba aplicar las pociones con más cuidado todavía—. Menos mal que trajiste pociones como para un ejército.

Ella sonrió sin mirarlo, concentrada en cortar un trozo de venda del tamaño apropiado. Draco tragó saliva. Volvía a comportarse con normalidad con él. Con la misma amabilidad con la que lo trataba últimamente. ¿Habrían sido todo imaginaciones suyas?

—Tenía la mayoría en mi mochila normal, menos mal —comentó Hermione—. El resto están en la mochila a la que le apliqué un encantamiento agrandador. Y, hasta que podamos volver a hacer magia, no podré recuperar nada de lo que tenía ahí.

—Esta situación es desesperante —corroboró Draco, recostándose hacia atrás en la cama y apoyando su peso sobre las palmas de las manos.

—Tienes ganas de volver a Londres, ¿no? —musitó Hermione, de nuevo sin mirarlo, envolviendo su pierna con la venda, torpemente. Tienes ganas de volver con tu prometida.

—La verdad es que no —susurró, en una voz tan tenue que Hermione no estuvo segura de haberlo escuchado bien—. No tengo muchas ganas de volver a la realidad.

Ella tardó unos segundos en reaccionar. Alzó la mirada y la fijó en sus grises ojos. Éste le devolvió la mirada. Sin un asomo de burla, ni malicia. Solo una aplastante sinceridad. Y una súplica muda para que no le preguntase nada más.

Draco separó sus labios, y Hermione tembló de expectación.

—¿Ya está? —cuestionó el chico con tono neutro. Ella parpadeó, y tardó un largo instante en comprender que se refería a su herida.

—Sí, ya está —se apresuró a decir la joven. Se giró al instante para comenzar a recoger compulsivamente las cosas. Draco se examinó la pierna con ojos curiosos. Parecía sumido en sus pensamientos—. De momento quedan vendas en el baño, si se acaban pediré a…

—Oye —dijo él de pronto, en un tono de voz algo elevado, como si quisiese decir algo desde hacía un rato y por fin lo dejase escapar, antes de arrepentirse—. No creas que he olvidado que… te debo un baño. Y creo que ya sé cómo compensarte.

Hermione dejó de esquivar su mirada, y de recoger los utensilios de la cura, para pasar a mirarlo fijamente. Rebuscó en su mente durante un par de segundos, pero no fue capaz de comprender a qué se refería.

—¿De qué hablas? —preguntó finalmente, confusa.

Draco tamborileó con sus dedos sobre su pierna recién curada.

—¿No te acuerdas que durante el viaje hasta llegar aquí encontramos un lago en el cual se bañaron Potter, Carver y Weasley, y tú te quedaste sin bañarte solo por hacerme compañía porque yo no podía nadar? —le recordó, con una ceja arqueada. Al ver la expresión de sorpresa de la chica, carraspeó con brusquedad, al parecer sintiéndose algo violento y continuó diciendo—: Pues ayer, paseando por la ciudad, encontré un lago que se parecía bastante a ese. Está… un poco apartado. Pero no está lejos. Y se me ocurrió que… serviría para compensarte —repitió.

El corazón de Hermione empezó a latir con fuerza. De no habérselo recordado, tenía claro que su mente no hubiera vuelto a recordar dicho detalle jamás. Ella no le había dado la menor importancia, y le sorprendió sobremanera que se acordase de algo así.

Le sorprendió tanto, que apenas supo reaccionar.

—Eh… Sí, sí, lo recuerdo —admitió la joven, sintiéndose algo fuera de lugar—. Pero me sorprende que lo hagas tú. No le des importancia, no la tiene. Fue una tontería.

—No me gusta deberle nada a nadie, y menos a vosotros. Además, así… también puede ser como un pago por hacer de medimaga —levantó ligeramente tanto su pierna recién vendada como su ceja—. No me has cobrado ni un galeón.

Hermione sonrió, incrédula, y balbuceó cosas ininteligibles. Se había quedado aturullada. Se puso en pie y comenzó a recoger sus cosas de nuevo, cargando con ellas para llevarlas hasta su mochila, tirada en un rincón.

—¿Cómo iba a…? ¿Cómo voy a cobrarte? Saliste herido por salvarme la vida. Y, además, no me cuesta nada hacerte la cura. Son solo unos minutos. Es una tontería, no hace falta que me compenses de ninguna manera, de verdad —insistió, incómoda. Sentía su rostro enrojecer más y más por momentos.

—Oh, Granger, venga ya. Te estoy ofreciendo un baño en una puta ciudad perdida paradisíaca —masculló Malfoy, mirándola con pesadez—. Ni siquiera tú puedes negarte a eso.

Pero Hermione seguía sacudiendo la cabeza, intentando controlar la risa nerviosa que parecía decidida a apoderarse de ella.

—¿Y qué se supone que voy a hacer? ¿Bañarme mientras tú estás en la orilla mirándome? —articuló atropelladamente. Y ella misma fue consciente de lo perturbadoras que sonaron sus palabras.

Las comisuras de los labios de Draco temblaron, conteniendo una sonrisa divertida que consiguió convertir en una cargada de picardía.

—Si insistes —bromeó, mirándola con un brillo extraño en sus ojos claros. Y ahí sí, Hermione pareció sufrir un ataque de nervios.

—Oh, por Merlín, no… Tienes que estar bromeando… No, no, de eso nada. Eso sí que no —comenzó a farfullar la joven, dando vueltas por la habitación mientras guardaba todo lo que encontraba a su alrededor con exagerados movimientos.

—Oh, venga ya, evidentemente estaba bromeando, Granger —se burló Draco, poniéndose en pie y plantándose frente a ella, para no dejarle seguir dando vueltas. Ella consiguió detener su paseo, pero el nerviosismo no la abandonó. Alzó la mirada para observar al chico, plantado ante ella. Logró forzó una sonrisa, pero también lo miró con frustración.

—No estoy acostumbrada a que bromees conmigo —se defendió ella, con leve retintín, pero sin borrar su sonrisa. Él dejó escapar una suave risa por la nariz.

—Solo intentaba devolverte el favor. Te llevaré hasta ahí y me largaré. O lo que prefieras. Venga, mujer, no lo veas como un detalle, porque no lo es —se apresuró a aclarar, como si algo así fuese de locos—. Es simplemente el pago por lo que hiciste. Y sigues haciendo, curándome la herida —articuló, con brusquedad y una aplastante sinceridad. Ya no se burlaba, solo intentaba hablar con coherencia. La miraba a los ojos con tranquilidad, serenándola sin proponérselo siquiera. Hermione trató de regular su agitada respiración, sin apartar la mirada de aquellos insondables ojos grises—. Solo es un baño. No voy a atacarte por la espalda, ni nada por el estilo. La magia no funciona. Y el ahogamiento nunca me ha parecido una muerte elegante, no va conmigo.

Hermione dejó escapar una sonrisa divertida. A su pesar, le había hecho gracia. Aunque no era precisamente la posibilidad de ser asesinada por Draco Malfoy estando a solas lo que la preocupaba del ofrecimiento. De hecho, ni se lo había planteado; lo cual era bastante perturbador. Bajó la mirada unos segundos, mirándose las manos, fuertemente agarradas entre sí para tranquilizarse. Solo es un baño… nada más. Solo intenta ser amable. Lo cual es realmente insólito. ¿Debería fiarme de él?

—Un simple "gracias" hubiera bastado. Pero… de acuerdo —musitó finalmente, sonriéndole con timidez, y, a la vez, con complicidad—. Tú ganas.

—Genial —finalizó él, abriendo los brazos como si el plan estuviese decidido. Parecía sentirse algo fuera de lugar, como si el haber sido amable durante unos minutos lo hubiese dejado fuera de su terreno. Intentó enmascarar su voz con un tono mordaz—. Después de ti —dijo, señalando la puerta.

—¿Cómo? ¿Pero vamos… ahora? —se sorprendió la joven—. Va a anochecer enseguida.

—Mujer, deja de poner pegas a todo. Solo estaremos un rato. Hasta la cena, o lo que sea —replicó él, casi perdiendo la paciencia—. ¿Quieres ir o no?

—De acuerdo, de acuerdo. Vamos. Pero, si te mojas, después tendré que curarte la herida de nuevo —se quejó la joven, frustrada. Draco pareció capaz de tirarse de los pelos.

Que-salgas-por-la-puerta


Draco guió a la chica por unas cuantas calles durante varios minutos, siguiendo el curso del río que atravesaba la ciudad. El río se bifurcaba en dos partes: una grande que desembocaba lejos de los límites de la ciudad, y otra más pequeña, apenas un riachuelo, que les conducía a un pequeño bosque. No se internaron en el bosque, sino que caminaron un rato más junto a él. La oscuridad de la noche se iba apoderando del entorno poco a poco; el sol estaba a punto de ocultarse.

No hablaron durante todo el camino. Pero tampoco, para sorpresa de ambos, era un silencio incómodo. Draco se concentraba en guiarla por el camino correcto, dado que solo había ido por esa zona una vez, y ella contemplaba lo que la rodeaba con atenta curiosidad. No había estado por aquella zona antes.

Draco la condujo, siguiendo el riachuelo, hasta detrás de unos grandes árboles. Allí había un pequeño lago poco profundo, rodeado de desconocida pero maravillosa vegetación. El riachuelo que habían seguido se convertía en una diminuta cascada que caía al lago salpicando alegremente el ambiente. La luz del atardecer se reflejaba en las casi translúcidas aguas.

—Madre mía —musitó la chica, abriendo la boca con sorpresa.

—No está mal, ¿eh? —cuestionó él. Parecía ligeramente abochornado, de modo que añadió, burlón, a modo de actitud defensiva—: Tengo un ojo de lince para las cosas "lujosas".

—Es precioso —reconoció Hermione, sin hacerle demasiado caso. Se acercó a las plantas que rodeaban la orilla—. Por Merlín, lo del baño es lo de menos, tenía que haberme traído un libro e investigar estas plantas, son magníficas —se lamentó, para después suspirar.

Draco puso los ojos en blanco y se armó de una paciencia que no poseía.

—No me lo puedo creer. Granger, deja de ser una rata de biblioteca por un día, ¿quieres? Además, mejor ni las toques, no sabes si son venenosas o no.

Hermione, que ya había alargado una mano ansiosamente, la dejó quieta en el aire. Miró a Draco por encima del hombro con el rostro brillando de arrepentimiento.

—Tienes toda la razón —admitió, enderezándose, esbozando una sonrisa avergonzada. Él arqueó una ceja, conteniendo una sonrisa burlona. La chica se sorprendió alargando la sonrisa en el tiempo, cómoda ante la divertida y cómplice mirada que él le dedicaba. Cuando no se metía con ella, la compañía de Malfoy definitivamente tampoco estaba tan mal. Se obligó a desechar tales pensamientos y apartó la mirada, fijándola en el agua.

—Tiene pinta de estar estupenda —volvió a mirar al joven a los ojos—. ¿Te vas a bañar también?

Él tragó saliva antes de contestar. Maldita sea, ¿por qué el corazón llevaba latiéndole un buen rato como si fuera un tambor? La jodida idea del baño había sido suya, y, en su mente, lo hacía quedar como un señor, agradeciéndole así a la joven el detalle que tuvo aquel día, en el lago. Pero ahora sentía que se le estaba escapando de las manos. En realidad no había nada malo en bañarse con ella, pero eso los colocaba en una posición extraña. No eran amigos. Nunca lo serían. Y, sin embargo, lo aparentaban. Draco se sentía tan agusto con ella que no sabía dónde colocar el límite. Se maldijo internamente. ¿Por qué era todo tan complicado? Era mucho más fácil cuando se odiaban. Cuando no se hablaban. Cuando no sabían lo interesante y adictiva que era la compañía del otro.

Y, sin embargo. Era todo tan jodidamente… prohibido. Estaba a solas con Hermione Granger, a punto de hacer algo que no deberían hacer, rompiendo varias barreras que la sociedad se escandalizaría si rompiesen. Pero nadie tenía por qué enterarse. Estaban lejos de Londres, lejos de todo el mundo. La adrenalina lo estaba consumiendo por dentro, el miedo de romper las normas que su familia, y su entorno, le habían puesto desde siempre. Vergüenza, dudas… Mil cosas lo corroían por dentro. Nunca había hecho nada que molestase a sus padres, nunca había hecho nada en contra de los valores que le habían enseñado. Y la tentación, ahora mismo, de hacerlo por primera vez era muy grande. Además… nadie tenía por qué enterarse. Lo que allí ocurriese, se quedaría allí. En El Dorado. Ya tendrían ocasión de volver a ser los de siempre cuando regresasen a sus hogares. Pero, allí, podían ser lo que quisieran.

—No, yo… me voy ya —articularon sus labios aun así, traicionando sus pensamientos, aportando cordura a su discurso—. Esto es… para ti. Te sentirás más cómoda si me largo lejos de aquí. Lo más lejos posible, imagino —lo dijo casi sin pensar, y casi intentando darle un toque de humor a la situación, pero se maldijo al instante. No quería irse. Pero no podía reconocerlo. Estaba gesticulando exageradamente con las manos. No sabía qué hacer con los brazos. Hubiera dado todo el dinero de su cuenta de Gringotts por tener unos bolsillos donde enterrar las manos.

Hermione sonrió. Y fue una sonrisa real, sin vergüenza, sin dudas, sin malicia. Una sonrisa que envió un escalofrío por toda la espalda de Draco, desde la cabeza hasta los dedos de los pies.

—Tú me has traído, no me parece justo pedirte que te vayas. Y la verdad es que me sentiría algo violenta bañándome, contigo contemplándome desde la orilla —dijo ella, en voz baja, dejando escapar una suave risa. Él tragó saliva, deseando enormemente que la tierra se lo tragase. Maldita sea, ¿por qué tenía que ser tan… complicada?—. Podemos meternos los dos. No tiene nada de malo. Solo es un baño. Además, aquel día, en el lago, ninguno de los dos nos bañamos. Así que es lo justo, ¿no crees?

Draco se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía, y compuso una mueca de circunstancias.

—Si insistes… Me parece justo. Yo he descubierto este lugar, así que me merezco disfrutarlo —dijo, y se sintió muchísimo mejor al recuperar un tono chulesco más propio de él.

—No te he insistido, Malfoy —protestó ella a su vez, entrecerrando sus redondos ojos—. Solo he planteado una opción. Tampoco creas que mi mayor deseo en esta vida es meterme en un lago contigo. Tengo mayores aspiraciones…

—No creo que existan mayores aspiraciones que esas, Granger. Pero dejaré que pienses eso, si te hace ilusión —replicó él a su vez, burlón, agradeciéndole a Merlín el que volviesen a su actitud de discusión. Así era todo más fácil. Ese era un terreno que dominaban.

—Eres inaguantable —se quejó Hermione, cruzándose de brazos—. Muy bien, genio. ¿Y cómo nos bañamos? ¿En ropa interior? ¿O qué tenías pensado?

Draco, que estaba volviendo a tragar saliva, casi se atragantó.

—¿Cómo? —gorgeó, aun con la saliva atravesando su garganta.

—Bañarnos con estas faldas no sería práctico —opinó ella, aunque sus mejillas estaban adquiriendo un tono carmín que no combinaba con la brusquedad y el retintín que estaba intentando darle a su voz—. Y me imagino que los habitantes de El Dorado aun no han descubierto el uso del bañador, ¿verdad? —se atrevió a bromear.

Draco tardó unos segundos en contestar. La escuchaba a medias. Se había quedado estático, incapaz de asimilar lo estúpido que era. No había pensado en dicho detalle. ¿Cómo había sido tan imbécil? Sintió que la sangre circulaba más rápido por su cuerpo. ¿De verdad iba a ver a Granger… casi desnuda?

—No les he preguntado —admitió el chico, tratando de convertir su voz en un murmullo maduro y masculino. Como si tuviese la situación controlada—. Pero me imagino que no…

Ella forzó una mueca de frustración, y se obligó a tomar aire. Se encontraba terriblemente nerviosa, pero se había dado cuenta de que el chico, aunque intentase ocultarlo, se encontraba más nervioso todavía. Y eso, irónicamente, la relajó, y la hizo sentir que controlaba algo la situación.

—Pues lo siento mucho, Malfoy, pero no voy a quitarme la ropa delante de ti y que tengas semejante espectáculo en tu mente por los siglos de los siglos —espetó con sarcasmo, con los ojos brillantes de coraje, dando impacientes y rítmicos golpecitos con el pie en la hierba—. Propongo que te des la vuelta y no te gires hasta que esté dentro del agua. Y yo estaré de espaldas en el agua hasta que tú entres. Así… no veremos nada.

Ahí, justo ahí, su potente y razonable discurso había quedado reducido al ridículo. Hermione lo supo, pues se había escuchado. Y se hubiera dado de patadas. No sabía cómo hablar sin sonar como una adolescente inexperta. Sentía que todo lo que decía era ridículo. Malfoy estaba en todo su derecho de burlarse de ella, no podía culparlo. ¿A qué se supone que se refería con "ver nada"? Que ya eran adultos, por amor a Merlín…

—Me parece justo —opinó Draco en cambio, fingiendo una seguridad en sí mismo que, en ese momento, ni por asomo sentía. Hermione forzó una sonrisa satisfecha, fingiendo agradecerle su aprobación.

—Genial, entonces, ¿te importaría…? —Hermione dibujó un círculo en el aire con un dedo. Draco la contempló durante unos segundos, confuso. ¿A qué se refería? Tras una mirada significativa de la chica, de golpe comprendió lo que quería y se sintió rematadamente imbécil. Aún más.

—¡Ah! Joder, que me dé la vuelta… Ya, ya… —Draco carraspeó con brusquedad mientras se apresuraba a girarse, dándole la espalda a la chica. Cerró con fuerza los ojos, maldiciendo su estupidez. Por las barbas de Merlín, si hasta se estaba poniendo rojo. ¿Podía ser más patético? Escuchó el susurro de la ropa de Granger siendo retirada de su cuerpo. Bajó ligeramente el rostro y se pinzó el puente de la nariz con dos dedos. Era ridículo lo nervioso que estaba. Granger lo hacía sentirse imbécil, y torpe. Y no le gustaba en absoluto.

Oyó el ruido del agua, un ligero chapoteo.

—Ya está, puedes girarte.

Draco volteó lentamente y sintió un vacío en estómago. La chica se encontraba efectivamente dentro del agua, y nadaba lentamente hacia la otra orilla del lago, de espaldas a él. Su cabello, habitualmente encrespado, estaba ahora liso y mojado, pegándose a su cráneo y siguiéndola como un amplio velo color castaño. Las ropas de la joven estaban en la hierba, cerca de los pies de él. Perfectamente dobladas. Eso casi lo hizo sonreír, a su pesar. Era un detalle tan… Granger.

—Cámbiate y entra, no miro —aseguró la joven. Su voz tembló levemente. El agua parecía estar fría. Él se obligó a no pensarlo demasiado, a no hacer caso de los acelerados latidos de su corazón, y se quitó la falda con relativa rapidez. Se quitó también las zapatillas y los calcetines. Eran los únicos que utilizaban calzado en la ciudad, el resto de habitantes caminaban descalzos según sus costumbres. Lo dejó todo cerca de las ropas de la chica y se encontró listo para entrar en el agua, solo con su ropa interior. Ella aún seguía de espaldas, ya situada en el centro del lago, gracias a las lentas brazadas.

Draco se sentó en la orilla, y se sumergió. El agua estaba más fría de lo que había imaginado, y se contuvo para no dejar escapar una exclamación.

—Ya estoy —consiguió decir, una vez que estuvo seguro de que su voz sonaría grave y masculina, en lugar de aguda y temblorosa.

El agua les llegaba a ambos hasta los hombros, de modo que, de sus cuerpos, apenas se veía la distorsionada imagen que las claras aguas dejaban pasar. Draco llegaba a hacer pie a duras penas, no así Hermione, unos centímetros más baja que él. Pero nadaba con fluidez. Hermione se giró y nadó hacia él lentamente, observándolo con educada curiosidad. Ya estaba acostumbrada a verle semi-desnudo, puesto que las ropas masculinas de El Dorado llevaban descubierta la parte del pecho, pero aun así no pudo evitar sentir un cosquilleo de vergüenza. Era todo tan extraño, tan surrealista. Parecía un sueño.

Y no quería despertar.

—Un poco fría —dijo la joven con diversión al llegar frente a él, tratando de dar algo de conversación—. Pero el sitio es precioso —su rostro se alzó, elevando sus ojos hacia el cielo—. Hay muchísimas estrellas. No me había fijado hasta hoy. Se ven muchísimas más que en Londres.

Draco también alzó la cabeza y siguió su mirada, para observar el cielo nocturno. Pero, a los pocos segundos, sus ojos decidieron que la joven que estaba a su lado era una visión más interesante. Ella tenía una dulce sonrisa en los labios mientras contemplaba el firmamento. Su rostro, de redondeadas mejillas, brillaba con luces y sombras bajo el brillo de las estrellas. Su piel parecía hecha de luz. Era la ternura personificada. Hermione sintió la mirada del rubio fija en ella y apartó la vista del cielo para mirarlo. Draco dejó de observarla al instante, viéndose descubierto. Miró alrededor y se apresuró a dar conversación, sin permitirle a la joven hacer notar que la había estado mirando.

—Ya es noche cerrada. Espero que no haya animales salvajes —comentó el chico con brusquedad.

—Esperemos que no —corroboró ella, con una sonrisa que él no vio. Aprovechó para mirarlo, ahora que él no la miraba. El cabello del chico estaba mojado, y, al haber sumergido la cabeza en el agua, había quedado peinado hacia atrás, pegado a su cráneo. Le favorecía ese aspecto, hacía que sus rasgos afilados destacasen. Y le daba un aire elegante.

Hermione se acercó a las plantas que la rodeaban. Draco, tras vacilar unos momentos, nadó tras ella. No sabía qué otra cosa hacer. Le hubiera gustado pensar que se sentía incómodo, pero no era para nada el caso. Se sentía relajado, tranquilo. Como hacía mucho tiempo que no se sentía. Diversos pensamientos negativos acudieron a su mente. Pensamientos que rondaban por su cabeza desde hacía muchos meses, pero el joven los desechó con esfuerzo. Esa noche no. Esa noche no quería pensar. Porque si pensaba, porque si daba rienda suelta a lo que había en el fondo de su mente, y recordaba ciertas cosas, hubiera salido corriendo de ese lago.

Hermione había llegado hasta una de las plantas que estaban en la orilla. Se componía de unas hojas largas y anchas, de forma triangular, decoradas con enormes flores de color violeta. La chica, tras vacilar un instante, pareció armarse de valor, y, alzando una mano mojada, rozó levemente una de las flores. Hermione no esperaba que pasase nada, pero, para su sorpresa, la flor se encogió automáticamente hasta alcanzar el tamaño de un snitch, dándole un susto de muerte. Incluso Draco se sobresaltó. Ambos jóvenes se miraron.

—¿Desde cuándo las plantas hacen eso? —logró articular el chico, frunciendo el ceño.

Hermione contuvo una risa nerviosa y lo miró con conformidad. Antes de que dijesen nada más, las flores que los rodeaban comenzaron a cambiar, atrayendo la atención de ambos. Ahora que la oscuridad los envolvía por completo, de pronto las florecillas decidieron iluminarse, como si fuesen faroles rellenos de pequeñas bombillas, otorgando al ambiente una tenue luz morada. Todas, menos la que Hermione había tocado, que seguía encogida y apagada.

—Qué maravilla —musitó la joven acercándose a él hasta colocarse a su lado, sin dejar de mirar las flores—. Nunca había visto nada parecido…

—¿Hermione Granger, la experta en absolutamente todo, no había visto nunca flores luminosas? Eso sí que es una novedad —ironizó el rubio casi por inercia, mirando alrededor. En realidad él tampoco había visto nunca algo semejante.

—No seas arrogante —se burló ella—. Tu cara es un poema, tú tampoco las había visto antes…

—Eso tú no lo sabes, Granger —refunfuñó él. Ella lo miró de repente con una expresión extraña, casi… maliciosa. Como si planease algo espectacular y malévolo.

—Cállate, Malfoy —replicó, y, acto seguido, alzó una mano y la agitó por la superficie del agua, enviando una considerable ola rodeada de salpicaduras directa al rostro de Draco. El chico cerró los ojos por acto reflejo, pero, después de que el agua le empapase el rostro, abrió la boca, patidifuso ante su gesto.

—¿Acabas de lanzarme…? —no pudo terminar, ni especificar que se refería al agua, pues Hermione, poseída por una oleada de diversión que le producía sacar de sus casillas al estirado de Malfoy, volvió a salpicarle sin piedad. El chico, encontrándose con la boca completamente abierta, en mitad de la frase, tragó parte del agua y se atragantó con otra parte.

Hermione se echó a reír a carcajada limpia, mientras él se limitaba a fulminarla con la mirada, incapaz de dejar toser de forma poco elegante.

—Ahora veo que los magos sangre pura no sabéis defenderos sin varitas —se burló la chica, sonriendo ampliamente, demostrando que bromeaba.

—Eres una… —pero de nuevo, Draco volvió a caer en la trampa y la joven volvió a llenarle la boca de agua con una nueva salpicadura. Esta vez, el chico logró no atragantarse, y se lanzó hacia ella, humillado y frustrado. Hermione, riendo, retrocedió ágilmente, escapando por los pelos del chico.

—¡Estate… —la chica volvió a salpicarle mientras huía, y Draco tuvo que enmudecer a media frase, para evitar volver a atragantarse—… quieta!

La joven seguía retrocediendo entre risas, salpicando a un cada vez más molesto Draco. De pronto, para su propia sorpresa, se encontró recibiendo sobre su cabeza litros y litros de agua precipitándose de golpe, casi sumergiéndola, y dejándola momentáneamente desconcertada. Se había metido, sin darse cuenta, de lleno en la pequeña cascada que había en una de las orillas del lago. Tragó agua debido a la impresión, y comenzó a toser, al tiempo que sentía unas fuertes manos sujetando las suyas, impidiendo cualquier nuevo ataque que la joven no pensaba perpetrar en esas circunstancias.

Hermione, aún tosiendo y riendo al mismo tiempo, apreció, agradecida, cómo Draco tiraba de sus manos pasa sacarla de la cascada, y plantarla ante él, luciendo aparentemente hastiado ante sus infantiles ataques.

—¿Has terminado ya? —cuestionó con sorna—. ¿Has vuelto a la edad adulta?

Hermione, todavía tosiendo de forma residual, asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Aun así, le sonreía con disculpa y humor. Como el chico le seguía sujetando las manos, no era capaz de secarse el agua de la cara, con lo cual no lo veía con claridad ante ella. El agua se le metía en los ojos, y le picaban. Unos segundos después, se preguntó por qué no le soltaba las manos. ¿Seguiría pensando que iba a salpicarlo de nuevo? Consiguió liberar una mano, tirando débilmente para liberarla de su agarre, y así poder quitarse el agua de los ojos.

Ahí sí pudo observarlo con más claridad. El chico seguía ante ella, sujetándole una de las manos a la altura de la muñeca. La miraba fijamente, sin tener intenciones aparentemente de hablar. Ella se sintió inquieta. Se vio en la necesidad de decirle que no iba a volver a salpicarle, que podía soltarle la mano, pero se mordió la lengua. En realidad, no quería que la soltase. Estaban muy cerca; sus cuerpos, solo cubiertos por su ropa interior, separados por apenas dos palmos de agua clara. Y la joven no podía recordar que hubiese estado tan cerca de él con el único objetivo de mirarse. Simplemente mirándose.

Tragó saliva, y, la pequeña parte de su cerebro que no estaba embotada mirando los ojos de Malfoy, percibió que aún tenía la garganta irritada por tragar tanta agua. La luz morada de las extrañas flores le confería al chico un aspecto extraño, casi fantasmal. Pero sus ojos estaban fijos en los de ella, pasando de uno a otro lentamente. La sonrisa de la chica ya se había borrado por completo, así como la expresión molesta de él.

Hermione no supo cómo, pero de pronto se dio cuenta de que sus rostros estaban realmente cerca. Más de lo que había pensado. Y, estaba segura, más de lo que habían estado segundos atrás. Sus frentes de pronto se rozaban, hasta llegar a apoyarse la una en la otra. Sus narices casi se tocaban. Sus labios… separados por unos centímetros. Quiso decir algo, pero no pudo. No sabía qué decir. ¿Quién de los dos se había acercado? No lo sabía. Y por ello no podía quejarse del resultado. No sabía a quién culpar de ello. Su primer impulso fue acusar al chico y pedirle que se alejara, pero no pudo articular palabra.

Porque no quería que se alejara.

Pero no había perdido por completo su capacidad de raciocinio. Y, tras un instante de lucha consigo misma, se vio obligada a hablar, contra su voluntad.

—Esto no está bien —fue lo único que consiguió decir. Su voz, aunque tenue, rompió la situación con la sutileza de un cañonazo. Draco la contempló durante dos segundos más, y después se alejó levemente, lo justo para dejar de rozar su frente. Parpadeó, y Hermione pensó que era la primera vez que lo veía hacerlo en mucho rato.

—¿El qué? —cuestionó él, en un murmullo.

—Esto —articuló ella con voz ligeramente entrecortada, alzando las cejas y barriendo la escena con sus ojos en un rápido movimiento—. Lo que sea que está pasando. No está bien. Por muchas razones.

Draco la observó durante un instante más. Después le soltó la mano y retrocedió unos centímetros, apenas impulsándose un poco sobre el fondo del lago con los pies.

—No sé de qué hablas —objetó él con brusquedad, todavía mirándola con una extraña impasividad. La serenidad y frialdad que de pronto emitía cohibió a la chica. Pero también logró enfurecerla.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero —protestó ella, alzando la voz. No iba a permitirle que se saliese con la suya, ni que la dejase de mentirosa. No era imaginaciones suyas. No iba a escaquearse tan fácilmente.

—No. No lo sé. No está pasando nada —afirmó con rotundidad. Pero el destello de pánico que relució en sus ojos grises lo delató.

Acto seguido, simplemente se dio la vuelta y se acercó a la orilla. Trepó impulsándose con los brazos. Dando la espalda a la chica, se acercó a sus ropas para empezar a vestirse de nuevo. Hermione lo observaba atentamente, estupefacta, demasiado enfadada como para pensar en dejarle algo de intimidad.

—No puedes hablar en serio, no puedes estar largándote sin más… ¿Qué consigues negándolo? —insistió Hermione, contemplándolo todavía desde el agua. Sus ojos brillaban de cólera—. ¿De verdad no iba a pasar nada? ¿De verdad pretendes que me lo crea?

—No sé de qué hablas —insistió él, anudándose la falda con torpes movimientos. Le temblaban las manos. También parecía furioso—. No sé en qué diantres estás pensando, Granger, pero claro que no iba a pasar nada. Si empiezas a imaginarte cosas raras no me metas a mí en medio.

—¿Entonces por qué estás huyendo? —chilló ella, frustrada, ofendida y colérica—. ¿Qué es lo que te pasa?

—Disfruta del puto lago, me voy a cenar.

Y, sin decir nada más, ni hacer ademán de esperarla, el chico se alejó por el bosque, en dirección al centro de la ciudad, desandando el camino que habían recorrido. Hermione permaneció todavía dentro del agua, sintiendo que el peso de lo sucedido la aplastaba hacia el fondo. No tenía fuerzas para seguir nadando, de modo que se acercó a la orilla y apoyó ambos brazos allí, dejando caer la cabeza sobre ellos. El olor a hierba y tierra invadió sus fosas nasales. No habían sido imaginaciones suyas. Había estado tan cerca… Si no hubiera dicho nada, ¿qué habría pasado? Se maldijo internamente, por varias y muy dispares razones. Primero, porque no se había apartado antes. Y, segundo, porque se arrepentía de haber interrumpido el momento.

Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. Pensó en Ron, una vez más. Se sentía sucia. Se sentía una traidora. No podía estar lamentándose, deseando que ojalá se hubiera producido un… beso con Draco Malfoy. No podía aceptarlo. Había hecho lo correcto. Lo que había estado cerca de pasar no estaba bien, en absoluto. No podía haber sucedido, y Malfoy también lo sabía, de ahí su rápida huida. Él también estaba comprometido. Iba a casarse. Pero, si ese beso había estado cerca de ser una realidad, aunque él no negase… ¿era porque Malfoy también…?

Elevó el rostro de golpe. Basta. No podía seguir así. Ya era suficiente. Suficiente de engañarse, de ver cosas donde no las había. Era perfectamente posible que se hubiera imaginado todo, que hubiera creído ver más cercanía donde no la había. Quizá Malfoy tenía razón, y no había estado a punto de ocurrir nada. Necesitaba pensar que había sido así, porque cualquier otro pensamiento la acercaba a un abismo al cual no quería saltar. Porque si saltaba no había vuelta atrás.

Estaba demasiado cansada. Había sido un día largo. No tenía sentido seguir dándole vueltas. No había pasado nada. Todo seguía igual. Tenía que volver junto a sus amigos, y concentrarse por completo en la misión que les atañía. Mañana a primera hora, volvería a la biblioteca, a seguir investigando. Tenía que olvidarse de Malfoy.

Salió del agua lentamente, en medio del silencio y la soledad del precioso lago. Se vistió, al abrigo de la tenue luz morada de las flores que la rodeaban.

Acababa de darse cuenta de que tenía un hambre increíble.


Madre mía la que se ha liado 😳. Draco ha sido muy amable con ella llevándola a ese lago, aunque haya intentado disimularlo (espero que no me haya quedado demasiado OoC, he intentado darle todo el sentido y "aire arrogante marca Malfoy" al asunto 😂😅), y han estado a puntiiiito de darse un beso, pero a Hermione le ha removido la conciencia y se ha detenido a tiempo 😱 Y a Draco le ha entrado el pánico, así que se ha ido corriendo, básicamente 😂. Bien, Malfoy, bien, qué valiente 😂.

Ojalá os haya gustado, dejadme un comentario sobre qué os ha parecido 😍.

¡Gracias por leer!

¡Un abrazo muy grande! 😊