Capítulo 46

Representantes

—Ok… Este es el plan; tú te llevas la lista de la compra y yo me llevo de Emily ¿De acuerdo?

—Quinn, no deberíamos estar haciendo esto, siempre pido la compra por Internet y me lo traen a casa—se quejó Rachel—Es más fácil, y no es porque no quiera salir con Em, es porque ya me he acostumbrado a eso.

—Pero eso no es lo divertido de comprar—respondía al tiempo que ya tomaba a la pequeña de la mano y le indicaba que ella se hiciera con un carro.

—No necesito eso, solo tengo que comprar un par de cosas, nada más.

—Pero a Emily le va a encantar montarse ahí—espetó divertida—vamos, Rachel, no pierdas más tiempo.

—Dios —se lamentó haciéndole caso—Esto no va a salir bien, nos van a ver.

—Deja de quejarte y vamos

—No entiendo porque termino obedeciéndote.

—Porque soy muy buena convenciendo—le guiñó el ojo segundo antes de apoderarse del carro y montar a Emily, que completamente entusiasmada ya señalaba hacia el interior del supermercado. —Soy experta en convencer para hacer cosas divertidas.

—Si, cosas divertidas… —susurró Rachel permitiendo que ambas se adentrasen primero en el centro para luego hacerlo ella.

Algo nuevo en su nueva vida, pensó.

Nunca antes había ido a comprar con Emily, nunca antes habían entrado en un sencillo supermercado de barrio con su pequeña hasta aquel día. Justo hasta ese instante.

Para Quinn ya se había convertido en parte de su rutina diaria. Los lunes, martes y viernes, a eso de las 08:30, iba al gimnasio donde pasaba una hora y media de su tiempo. Los martes y jueves optaba por salir a correr por Central Park. A eso de las 10:00 de la mañana acudía al teatro para empezar los ensayos, excepto el día que ensayaba canto y que tenía que acudir directamente por la tarde. Ese día, después de su rutina de ejercicios, optaba por pasar por el hogar de Rachel y saludar a la pequeña, aunque fuese Kate quien estuviese cuidándola. Aquél primer viernes después de las vacaciones no era la pelirroja quien hacia compañía a Emily, sino su propia madre.

El buen tiempo de aquel día en el que el sol radiaba con más fuerza que nunca, y el frio parecía haberles dado una tregua, fue el momento perfecto para hacer lo que estaban haciendo. A Quinn le bastó un simple gesto de Rachel para tener la excusa perfecta; La morena le pidió un par de minutos durante su visita para hacer la compra online como cada viernes. Y Quinn no lo dudó.

No solo le iba a permitir que esos minutos para hacer la compra, sino que iba a obligarla a acudir directamente al supermercado con ella y su hija.

Discutieron, por supuesto, pero el poder de convicción de Quinn era superior a la firmeza que Rachel había tratado de mantener.

Salir, aunque fuese a hacer la compra iba a ser una experiencia saludable para la pequeña. No tan divertido y saludable era para Rachel, al menos en aquellos primeros minutos en los que por inercia seguía los pasos de Quinn y su hija, para rápidamente percatarse de que no podía acercarse demasiado.

Podía oír sus propios latidos cada vez que alguien pasaba a su lado y lanzaba alguna mirada indiscreta que la juzgaba por no ser una buena madre, aunque todo fuese producto de su imaginación.

Rachel lo sabía. Sabía que nadie se detenía en ellas, que nadie la miraba y la juzgaba por absolutamente nada, y que, si alguna persona fijaba en ella, no era más que por su popularidad en Broadway y poco más.

Pero aquel día ese detalle iba a pasar desapercibido para todo el mundo.

Nadie iba a creer que aquella mujer de pelo castaño recogido en una coleta alta y ropa informal, era una actriz de Broadway, y mucho menos iban a descubrir que la niña de ojos azules y enorme sonrisa que guiaba el carrito como si fuese la capitana de un barco, era su propia hija.

Tenía que relajarse. Tenía que aprender a calmar los nervios que se apoderaban de ella por hacer cosas cotidianas.

Brody se lo había dicho, eran aquellos pequeños detalles los que evitaba que pudiese disfrutar de su hija como debía. Que tenía que salir de esa burbuja en la que se encontraba y empezar a tomar las cosas con naturalidad. Se lo prometió. Le prometió empezar desde cero cuando supo lo de los experimentos que hacían en la clínica Hillsbury. Le prometió al padre de su hija hacer todo lo que estaba en sus manos para no perderse la infancia de Emily, y en aquel instante, era Quinn quien la ayudaba a hacerlo posible.

Aunque tuviese el corazón en un puño, aunque sintiera como sus piernas temblasen y un malestar se adueñase de su cuerpo. Ver como Quinn jugaba con su hija entre los pasillos del supermercado, le ayudaba a seguir adelante.

Era algo que le sorprendía. Jamás imaginó que Quinn Fabray se mostrase de aquella forma con una niña. Su forma de ser, su humor y sus ganas por divertir a la pequeña conseguían hacerla aún más especial. A decir verdad, todo en ella le asombraba, no solo esa actitud con su hija. Tampoco imaginó nunca que Quinn Fabray, la capitana de las animadoras, se iba a terminar enamorando de ella, aunque aún no se lo hubiese confesado directamente.

Ambas sabían que lo que sentían iba más allá de una simple atracción. Se conocían de sobra como para poder saltarse ese paso que cualquier pareja tenía que asumir cuando acababan de conocerse. Ellas iban más rápido, a un nivel más avanzado.

Habían pasado de ser amigas a convertirse en amantes, en una pareja que ya no podían evitar mirarse y sonreír sin desear besarse. Y no era una ni dos las veces que se miraban cada vez que estaban juntas, eran muchas, tantas que no podían contarlas, solo disfrutarlas.

Se miraban y parecía que lo hacían con toda la intención de hacer real lo que sentían, de ser testigos de que se estaban mirando y cada nervio de su cuerpo reaccionaba con un escalofrío que recorría todo el cuerpo.

—¿Qué es eso? —cuestionó en uno de los pocos momentos en el que se encontraron a solas en mitad de uno de los pasillos.

—Golosinas—respondía Quinn mostrándole la bolsa que Emily llevaba entre sus manos.

—Quinn, no puede comer muchas golosinas. Tiene cantidades industriales de azúcar.

—Ya, por eso solo hemos cogido éstas—sonrió—¿Y tú? ¿Por qué no llevas nada? —miró a la pequeña cesta que optó por utilizar la morena y que permanecía vacía.

—Buena pregunta—susurró al ser consciente de cómo había perdido el tiempo observándolas a ellas, en vez de realizar la compra con la mayor rapidez posible.

—¿No tenías prisa por acabar con esta tortura? —le replicó divertida.

—Eh, pues sí, así que no me entretengáis—le dijo fingiendo orgullo—Y no le dejes que coja más golosinas ¿Ok? —Añadió alejándose de ellas.

—Ok—respondía con un divertido gesto a modo de saludo y la sonrisa aún dibujada en su rostro.

No iba a comprar más golosinas, pero si tenía pensamientos de buscar los ingredientes para algo que pretendía hacer en aquel fin de semana; Una tarta.

Daba igual que no tuviesen nada que celebrar, la idea de pasar algo de tiempo con ellas, y organizar una tarde de pasteles era la mejor de las opciones para un fin de semana de invierno. Y fue en aquellos pasillos, mientras multitud de ingredientes se presentaban ante ellas dos, cuando percibió la extraña presencia de una chica justo a su lado.

—Hola ¿Está buscando algo espectacular? —cuestionó la joven, que vestida con un extraño uniforme se dirigía directamente hacia ella sonriéndole.

—Eh no, solo solo estoy buscando chocolate para veganos—Respondía sin perder detalle de la postura forzada que mantenía la chica.

—Ah bueno, eso está en el otro pasillo, hay una sección especial para vegetarianos y todos sus derivados.

—Ok, gracias—respondía un tanto abrumada.

—Pero yo no le preguntaba por algo para comer, le preguntaba por algo espectacular para disfrutar.

—Eh, no le entiendo.

—¿Es su hija? —señaló hacia Emily, que al igual que Quinn, miraba a la chica con un halo de confusión en su rostro.

—Pues no, es mi sobrina ¿Por?

—Oh, pues déjame decirle que tiene usted una sobrina encantadora—sonrió a la pequeña. Gesto que puso aún más nerviosa a Emily, y a Quinn—Y dígame ¿No le gustaría que su sobrina disfrutase de algo espectacular? —volvía a mostrar aquella delirante sonrisa.

—Oiga ¿Qué está tratando de decirme? ¿Puede ser más directa?

—La Bella y la Bestia sobre hielo—respondía rápidamente sacando un pequeño panfleto de uno de los bolsillos de su horrenda chaqueta—Se va a representar en la pista de patinaje de hielo que hay al norte de Central Park, solo durante cinco días, y con estas invitaciones podrán asistir dos adultos y un menor por el precio de uno solo—volvía a sonreír al tiempo que le ofrecía las invitaciones.

—Oh, gracias—reaccionó tomando los panfletos—Gracias.

—De nada, además déjeme decirle que habrá un castillo de princesas para que los más pequeños puedan disfrutar de la magia de los cuentos en primera persona—explicaba—estará situado en Great Hill, también al norte de Central Park, podrá disfrutar de multitud de atracciones para los más pequeños y también del Gran Árbol de los Sueños.

—¿El gran árbol de los sueños? —cuestionó incrédula.

—Así es ¿Nunca ha oído hablar de él?

—Pues no ¿De qué trata?

—Verá…—Le comenzó a explicar justo cuando Rachel las descubría por sorpresa al principio del pasillo. Se detuvo, y aunque fingió no prestarles atención mientras buscaba algo entre los estantes, no pudo evitar mirarlas tratando de averiguar quién diablos era aquella chica que le hacía gestos divertidos a su hija, y no paraba de sonreírle a Quinn, quien, además, le prestaba toda su atención.

—¡Oh genial! —exclamó Quinn tras las explicaciones de la chica.

—Sí, es algo muy especial y divertido para los niños.

—Gracias por las invitaciones—sonreía agradecida, aunque aquella chica seguía provocándole algo de nerviosismo.

—De nada, para eso estoy—volvía a sonreír—Espero que disfruten—se despidió—y tú pequeña, pídele algún deseo al árbol de los sueños—guiñó un ojo al tiempo que dejaba una cálida caricia sobre la cabeza de Emily.

—¿Has oído eso Em? —susurró Quinn tras ver como la chica ya las dejaba a solas.

—¿Qué tenía que oír? —Ni siquiera la vio venir. Quinn no pudo evitar asustarse tras escuchar a Rachel detrás de ella, cuestionándola.

—Joder—masculló—¿Rachel? No vuelvas a hacer eso.

—¿Quién era esa? —Insistió ignorando su queja. —¿Por qué estaba hablando con Em?

—Solo, solo estaba haciendo su trabajo.

—¿Su trabajo?

—Sí, trabaja para el parque de atracciones.

—¿Qué? ¿Y qué quería?

—¿Estás celosa? —preguntó al notar

—¿Celosa? No, solo quiero saber por qué esa chica se ha acercado a ti y a mi hija…A Em—recapacitó al ver como varios clientes entraban en aquel pasillo—Es por eso por lo que no me gusta venir, nunca sabes con quien vas a encontrarte—susurró.

—Relájate, Rachel—volvía a retomar los mandos del carrito—esa chica solo nos ofrecía invitaciones para ir a ver la Bella y la Bestia sobre hielo—fue sincera—No era una periodista buscando información.

—¿Tú qué sabes? He visto paparazzi haciéndose pasar por repartidores de pizza solo para entrar en las casas de los famosos—recriminó—¿Le has dicho que era mi…?

—Sí—le soltó adelantándose—Le he dicho que era tu hija—susurró—, y le he dado tu dirección y la de Brody—Añadió—Ah... Y esta noche cenarás pizza, le he dicho que te lleve una—ironizó.

—No tiene gracia, Quinn—se mostró seria—No te das cuenta de lo importante que es esto ¿No?

—Rachel, cielo—trató de sonar dulce—Eres una gran artista, tienes un talento enorme y has conseguido triunfar, sí, pero aquí no hay nadie interesado en sacar imágenes tuyas, de hecho, creo que nadie te reconoce… Y no lo digo como ofensa ¿Ok?

—No volveremos más—sentenció con dureza—Vamos, ya he terminado.

—Espera yo quiero comprar algo.

—¡Quinn! —exclamó recriminándole.

—Rachel —respondía de la misma forma—relájate, por favor. Lo estabas haciendo bien, no dejes que esto lo fastidie todo.

—No, no me puedo relajar ahora—masculló contrariada—Así que deja de decirme lo que tengo o no que hacer.

—Ok, vámonos—dijo perdiendo la paciencia, y Rachel supo que había vuelto a las andadas. Y no pudo hacer nada.

Quinn no dudó en adelantarse y ella, siguiendo sus pasos, no dejaba de mirarla completamente arrepentida, y con el malestar adueñándose de nuevo de su cuerpo. Sabía que tenía razón.

Allí nadie le daba motivos para temer por su privacidad, ni siquiera la chica de la caja que en aquel instante pasaba sus compras por el detector, se había percatado de quien era, mientras Quinn, con Emily ya entre sus brazos optaba por salir al exterior y esperarla allí, como era habitual en sus salidas.

Le había molestado la actitud de Rachel, a pesar de ser consciente del estado de ansiedad que se adueñaba de ella cada vez que tenía que salir con su hija, y no iba Kate con ellas. Ya lo pudo comprobar en la tienda de juguetes, y aunque era consciente de que necesitaba tiempo para poder hacer esas cosas con absoluta normalidad, el hecho de que siguiera desconfiando de ella lograba acabar con su paciencia.

Ella era la primera en evitar que situaciones comprometidas pudieran fastidiar sus avances, por eso fue todo lo prudente que pudo en la escasa media hora que estuvieron en aquel supermercado. Evitó en todo momento acercarse a los grupos de personas y procuró mantener entretenida a la pequeña para que ésta no exigiese la presencia de su madre. Sin embargo, Rachel, no era capaz de ver esos detalles.

No dudó en adelantarse al comprobar como ya salía del establecimiento con dos bolsas entre sus brazos y la mirada fija en ellas. Era lo estipulado, lo que marcaba aquél estúpido guion.

Emily siempre debía ir varios metros por delante de su madre, con quien fuese su acompañante en ese instante y Quinn, por supuesto, no le iba a dar más motivos para preocuparla. Lo cierto es que esa separación incluso le vino bien a ella, para tratar de olvidarse del mal humor que la inundó tras la discusión. Una discusión que sin saber por qué, las mantuvo durante gran parte del trayecto de regreso a la casa sin apenas dirigirse palabra alguna.

Quinn optaba por focalizar su atención en Emily y disfrutar con ella del paseo, mientras Rachel, como siempre, las observaba y terminaba envidiándola.

La naturalidad con la que Quinn trataba a su hija le provocaba aquella sensación de envidia que conseguía menguar su estado anímico.

Claro que quería poder disfrutar de su hija, de tomarla de la mano y contarle aquellas historias acerca de las ardillas que vivían en Central Park, como hacía en ese instante Quinn. Ser ella a quien su hija buscase con la mirada para regalarle un gesto de admiración por cada anécdota que saliese de su voz.

Sin embargo, no lo hacía, y no lo hacía por culpa de lo que ya vivía en su cabeza, por culpa de la presión a la que vivía sometida y que ya comenzaba a pasarle factura tras ser testigo de cómo se estaba perdiendo lo más hermoso de la infancia de su hija.

¿Merecía la pena vivir así? ¿Iba a poder disfrutar más de seguir trabajando por sus sueños que disfrutar de su propia hija? No le gustaba en absoluto el precio que tenía que pagar por seguir manteniendo aquel nivel de vida, por seguir teniendo la oportunidad de llegar a ser alguien importante en Broadway.

—¡Quinn! —exclamó recorriendo los metros que le separaban de las dos—Espera…

—Cuidado Rachel hay varias palomas que no paran de mirarnos—masculló con sarcasmo—igual son…

—Basta—le replicó—basta, por favor.

—Ok, solo trato de hacer bien mi trabajo.

—¿Tu trabajo? —respondía apenada—Quinn, si es un trabajo para ti acompañarme al super, tenemos un problema.

—No Rachel, no es algo mío es tuyo, eres tú quien hace que esto sea un trabajo en vez de lo que realmente es…—Respondía sin apartar la mirada del frente. —En noche vieja no te importó estar con ella rodeada de cientos de personas, y ahora te molesta que una trabajadora del parque de atracciones me dé una invitación. Así es imposible que avances.

—¿Y crees que no lo sé? Sabes bien que estoy siendo más flexible, podrías poner algo de tu parte.

—Eso hago, Rachel, precisamente por eso voy caminando varios metros por delante de ti con ella, cuando en realidad me encantaría obligarte a que me dejaras una de esas bolsas, y desocupar tu mano para que pudieses agarrar la de tu hija.

—¿Crees que a mí no me gustaría hacerlo? ¿Crees que disfruto así? Es por eso por lo que prefiero no salir, Quinn.

—¿Y te merece la pena? —se detuvo obligando a la pequeña a detenerse también—¿Te merece la pena pasarlo mal y no pasarlo bien con ella solo por el que dirán?

—No, claro que no me merece la pena. Me duele el pecho, siento que el corazón se me va a salir por la boca, y hasta me tiemblan las piernas. Así es como me siento cada vez que salgo, Quinn. No es ninguna estupidez. Y sé que no puedo seguir así. Cada día que pasa estoy más más convencida de mandarlo todo a la… —miró a su hija—De dejarlo todo y marcharme con ella a algún lugar donde poder vivir sin esta presión.

—¿Quién te obliga a hacerlo, Rachel? ¿Quién te dice que no puedes disfrutar de tu vida aquí con ella? Tienes talento, no necesitas nada más para triunfar y tener una hija dudo que acabe con eso ¡Por el amor de dios! Puedes dirigir tu propio musical y sacarlo adelante sin problemas ¿Qué tiene que ver ella?

—Quinn no es tan sencillo—respondía sin convicción.

Lo que acababa de decirle era la verdad más clara que había escuchado en los últimos meses.

Estaba escondiendo un hecho de su vida, del que para colmo nadie parecía percatarse ni importarle y ella misma había podido comprobar como con esfuerzo podría lograr seguir trabajando en lo que le gustaba, sin temor a represalias o a terminar sin opciones para seguir en aquel mundo.

—Tú lo haces difícil, tú y quien te obligue a hacer lo que haces.

—¡Kevin! —exclamó llamando la atención de Quinn que volvía a detenerse.

—Sí, tu representante. Él es quien debía acabar con esto, seguro que a él si le…

—Oh dios, es Kevin—señaló hacia la entrada de su edificio, donde un taxi se detenía y el hombre descendía del mismo.

—¿Qué hace aquí? ¿Has quedado con él?

—No tenía ni idea de que fuese a venir, creí que seguía en Chicago y ¡oh dios! No puede verte.

—¿Qué? —cuestionó incrédula—¿Qué sucede, Rachel?

—No puede verte con Em, si te ve…

—¿Qué pasa?

—Oh mierda—espetó al ver como el hombre se había percatado de la presencia de ambas en mitad de la acera y las observaba extrañado—Ok, vamos, Quinn sígueme —susurró tras tomar una gran bocanada de aire y recuperar el paso.

La rubia, con Emily de su mano, hizo lo mismo y siguió el trayecto hasta que quedaron a escasos metros del hombre.

—¡Hola Kevin! —exclamó Rachel forzando la sonrisa—¿Qué haces aquí?

—Hola Rachel—saludaba algo confuso al descubrir a la rubia con la pequeña.

—Hola—saludó Quinn

—Hola—titubeó. —Acabo de llegar desde Chicago—miró a Rachel—Tengo varias cosas importantes de las que hablar contigo y como en tu agenda dice que hoy no trabajas por la mañana, pensé que era una buena ocasión—respondía al tiempo que lanzaba furtivas miradas a Quinn.

Para la rubia tampoco era agradable aquel encuentro. Aquel hombre no le gustaba en absoluto, por mucho que fuese su casero y le permitiera pagar un tercio de lo que valía su departamento en pleno Manhattan, y mucho menos después de saber que fue él quien incentivó a la morena a que llevase a Emily a Londres para aquellas terapias electro sensoriales, como las llamaban para no provocar que los pacientes huyesen despavoridos.

Por si fuera poco, aquella última discusión que acababan de mantener lo señalaba como culpable, a pesar de que Rachel no lo mencionara en ningún momento.

Él fue quien le convenció de que podría volver a triunfar en Broadway si no mostraba que era madre, por lo tanto, el culpable de que Rachel no disfrutase de Emily y Emily no disfrutase de Rachel, era él.

—Oh, Ok. Pero deberías de haberme avisado, he salido a hacer unas compras—se excusó mostrándole las bolsas.

—Ya veo—volvía a mirar a Quinn—De paseo por la ciudad, es una gran idea—espetó con algo de sarcasmo.

Sarcasmo que tanto Rachel como Quinn pudieron percibir.

—Sube, aún tengo un par de horas antes de marcharme al teatro, y así hablamos de eso que quieres decirme ¿Ok?

—Claro, a eso he venido.

—Vamos Em—le dijo a su pequeña aferrándose más a un a su mano— Quinn nos vemos esta tarde en el teatro—se dirigió a la rubia, que aún trataba de descifrar la extraña mirada que Kevin le había regalado segundos antes de comenzar a subir las escalinatas del edificio.

—Eh sí, claro… Supongo—balbuceó un tanto confusa.

Rachel lo supo. Sabía que Quinn no estaba asimilando aquello de una forma sensata y que simplemente trataba de reprimir lo que por su mente comenzaba a merodear.

—Oye—susurró al ver como Kevin ya se había colado en el edificio—No quiero que sigamos discutiendo, por favor. Me hace mal estar así contigo.

—No te preocupes, Rachel—le dijo tratando de sonar serena—Ve y averiguar qué es lo que quiere—añadió segundos antes de regalarle un beso a Emily. —Pórtate bien, hormiguita—le dijo.

—¿Estás enfadada? —le preguntó Rachel con apenas un hilo de voz.

—No, claro que no—respondía tras ver la preocupación instalada en los ojos de la morena—Tranquilízate ¿Ok? Todo va a ir bien—terminó dejando escapar una leve sonrisa.

—Todo va a ir bien—repitió con un susurro segundos antes de acercarse y, sin importarle estar en mitad de aquella concurrida calle, dejar un beso su mejilla.

Daba igual que estuviesen a plena luz del día, daba igual si por aquella acera caminaban personas de cualquier punto de la ciudad o miles de coches transitaban por la avenida. A Rachel no le importó nada más que poder agradecer la paciencia que estaba teniendo con ella, con aquel beso.

—Cuídate —susurró Quinn antes de que se apartara de ella, y volver a sonreírle a su chica.

Porque no era oficial para el mundo entero, pero si era oficial entre ellas. Rachel Berry, la misma que en aquel instante ya se apresuraba en subir las escalinatas con sendas bolsas en una de sus manos y Emily en la otra, era su chica, y si había algo que a Quinn Fabray le molestaba era que alguien le pusiera trabas a su felicidad.

—Vaya, pero si es mi cliente perdida—se dejó escuchar tras el altavoz del teléfono de Quinn, que en ese instante ya realizaba la llamada.

—No soy una cliente, soy tu amiga, al menos eso me decías cuando querías trabajar conmigo—respondía Quinn recuperando su sonrisa natural al tiempo que comenzaba el trayecto hasta su casa.

—Bueno ahí tienes razón, pero como me dijiste que no querías que te llamase mientras estabas en el teatro, —se excusó—pues eres mi cliente. Has dejado de ser mi amiga.

—Te escribí para felicitarte el fin de año y no he recibido respuesta tuya—recriminó—Eres tú quien no quiere ser mi amiga.

—Estaba en Singapur.

—¿Singapur? ¿Qué diablos haces en Singapur?

—Estaba Quinn, he dicho estaba, ahora ya regresé y estoy en Los Ángeles, una de mis chicas está rodando allí y fui a visitarla.

—Menuda vida tienes, todo el día viajando.

—No te quejes, y dime ya para qué me has llamado.

—Primero decirte que yo también te echo de menos—bromeó—¿Quién me iba a decir que iba a terminar echando de menos a mi representante?

—Ok… Yo también te echo de menos—le respondió riendo— ¿Y lo segundo?

—Lo segundo es que me gustaría verte pronto, tengo cosas importantes que contarte y…

—¿Y?

—También necesito un favor.

—¿Cosas importantes y un favor? ¿Qué sucede, Quinn? ¿Tienes algún problema en el teatro?

—No, tranquila, en el teatro va todo viento en popa. Es un asunto personal, necesito información de alguien.

—¿Información de alguien?

—Sí.

—Ok, estoy con jet lag y no me entero demasiado bien, ¿puedes ser más explícita?

—Necesito saber si conoces a un representante, se llama Kevin Reich.

—¿Kevin Reich? Pues no, no me suena ahora mismo ¿Por qué?

—¿Podrías averiguar algo de él? Es importante.

—¿Qué sucede? ¿Está tratando de contratarte a mis espaldas?

—No, claro que no. Es mi casero, y además el representante de una compañera.

—¿Tu casero? Oh, ahora que lo dices, si me suena su nombre. Estaba en el contrato.

—Así es.

—¿Y qué pasa con él?

—No me da demasiada confianza.

—¿Has tenido problemas con él?

—No, yo no, pero me consta que usa técnicas un tanto extrañas para llevar a sus representadas, y me preocupa un poco.

—¿Técnicas raras? Ok, no entiendo muy bien de que va todo esto, pero si necesitas que investigue un poco, lo haré.

—Genial. Sabía que no me ibas a fallar.

—No cantes victoria, esto te va a suponer un plus en mi porcentaje—bromeó provocando la sonrisa de Quinn— Ok, déjame que apunte su nombre ¿Cómo dices que se llama?

—Reich, Kevin Reich.