Have i ever told you
how good it feels to hold you
it isn't easy to explain
And though i'm really tryin'
i think i may start cryin'
my heart can't wait an other day
When you kiss me i just gotta
kiss me i just gotta
kiss me i just gotta say :
Baby, i love you
come on baby
baby, i love you
baby i love, i love only you
I can't live without you
i love everything about you
i can't help it if i feel this way
Oh i'm so glad i found you
i want my arms around you
i love to hear you call my name
Oh tell me that you feel
tell me that you feel
tell me that you feel the same
Baby, i love you
come on baby
baby, i love you
baby i love, i love only you
Baby, I Love You — The Ramones
El repiqueteo de las gotas en el cristal le trajo empolvados recuerdos, sus labios dibujan una sonrisa melancólica.
Se pregunta, mientras abarca con su mirada lo que más puede, porqué nunca le llegó a gustar ese lugar. Ni siquiera lo llegó a conocer del todo, empecinado en su anhelo de libertad, esa que regresar a su tierra le daría. Y a final de todo—y aunque irremediablemente este arraigado a su pasado y presente—eso no cambia el hecho de que sea una hermosa ciudad. Bella.
La lluvia le da un aspecto más bello aún, como si el cielo gris, las calles mojadas y las personas con paraguas fueran un pintoresco cuadro de estilo romántico.
El taxi circula a una velocidad lenta, debido al tráfico que dicha lluvia genera, pero no le importa mucho, se permite disfrutar del ambiente y el olor. Conocido. Impregnado hasta lo más inhóspito de su ser aunque no lo admitiera ¿Todos los franceses llevarán ese olor oceánico en su piel? Qué pregunta ridícula; está claro que no.
Milo sonríe ante el asalto de recuerdos que inundan su mente, por el espejo retrovisor, el taxista lo observa curioso y algo fascinado.
¿Cuándo fue la última vez que había pisado París? ¿Siete, ocho años? No lo recuerda con exactitud.
Se había jurado nunca volver. Después de haber cumplido los dieciocho, se había esfumado, subido al primer avión que encontró disponible, no prestó atención a los ruegos de su padre, a los consejos de Dégel, ni a su ausencia. Regresó a Grecia, sin una idea fija para su futuro, pero con un único pensamiento; nunca volver a Francia, nunca.
Su mente por un momento viajó a aquel día, llovía también, hacía frío, o eso recordaba. Lloró en el vuelo, recordaba a la señora regordeta que se sentó a su lado ofreciéndole un pañuelo y una mirada enternecida. Siempre odió la compasión.
Su padre luego lo entendió, siendo Kardia quien visitaba a su hijo, una vez por año. Los primeros fueron difíciles, jamás habían estado separados por tanto tiempo, ni siquiera en las extensas expediciones que solía hacer el griego mayor. Pero el tiempo fue amoldando todo, dejando que las cosas siguieran su curso, se llamaban casi a diario, pero evitaban hablar de ciertos temas.
Milo regresó a la casa que lo vio nacer y crecer, nunca la habían puesto en venta, teniéndola como una opción vacacional, lucía desolada al principio, ¡cuánto había llorado por aquel entonces! encerrado en la casa sin salir ni hacer nada, huyendo de sus antiguos amigos, no habló con nadie y hacía las compras de los víveres por la noche, estaba aturdido y quería soledad. Sus ahorros y el dinero que le enviaba Kardia una vez por mes se agotaba rápido, desesperado, su padre amenazó con irlo a buscar, pero Milo era terco, siempre lo fue y siempre lo sería, ese día, entonces, Milo agarró su contrabajo y salió a la calle.
¿Quién diría que hoy día es un músico reconocido en toda Grecia y que su fama se extiende rápidamente por toda Europa?
Así es, tuvo la suerte de estar una noche en el lugar y momento correcto. Unos «cazatalentos» vieron su presentación en un bar nocturno de los barrios bajos de Atenas, después de ese día, vinieron las presentaciones en bares más elegantes, después los lujosos, pequeños teatros, contratos, discos, teatros llenos. La actitud y belleza del griego ayudó para que el público, en su mayoría féminas, cayera rendido a sus pies, su carrera ascendió como vorágine. Milo Antares—su nombre artístico—se ha convertido en un carismático y famoso músico; el sueño hecho realidad.
Tuvo infinidad de amantes, hombres y mujeres. Nunca volvió a enamorarse.
Milo espabila cuando el sonido de su celular lo trae al presente una vez más.
« ¿Será tu viaje una epifanía? Disfruta Antares, yo por lo pronto esperaré tu regreso»
Milo resopla. Epifanía.
Aquel mensaje pertenece a su última conquista, un pianista ruso llamado Hyoga. El muchacho en cuestión es un prodigio que ahora lo acompaña en sus presentaciones. Se conocieron tras una pequeña gira que Milo tuvo por Rusia, congeniado casi al instante y después de meses de indirectas y juegos de seducción, el ruso terminó por caer también en los encantos de Milo. Llevan poco menos de un año de relación pero no son pareja, Milo no quiere, aunque el rubio se lo ha propuesto en varias ocasiones. No está enamorado y nunca lo estaría… de nadie más.
¿Por qué entonces había roto con su promesa de nunca regresar? Es su padre el culpable. Kardia desea compartir su cumpleaños junto a su hijo. Una sonrisa cargada de sentires melancólicos se pinta en su rostro; y pensar que fue justamente en un cumpleaños de su padre donde lo conoció… Kardia ya le ha manifestado en varias oportunidades lo harto que se halla por sólo recibir un regalo por encomienda, un saludo por teléfono y tal vez ante el público en alguna de sus presentaciones, haciendo que varias mujeres, seguramente, suspiraran (y se mojaran). Milo lo pensó, en realidad había estado meditando el tomarse un receso, unas vacaciones. La vida de un músico—y por más que digan lo contrario—es agotadora.
—Llegamos señor—anuncia el taxista.
Milo no dice nada por un minuto, quedando suspendido mientras observa la gran casona que comparte su padre con su inseparable y amado francés; Dégel. Ellos sí que fueron un ejemplo, que él y Camus nunca pudieron seguir. Milo arruga su nariz dando un ligero respingo ante el arrebato de agobio que su pecho le produjo al pensar en él, una amargura que hela la sangre. Hace tiempo que no lo nombra siquiera, Camus, ¿cómo estará él?
— ¿Señor?—Milo se sobresalta.
—Disculpe, hace tiempo que no venía, me quedé recordando—se excusa con su atropellado acento. El hombre asiente comprendiendo.
Paga y desciende del vehículo. Abre su paraguas, se siente por demás estúpido al notar como su mano tiembla. Toca timbre y espera, cuando la puerta se abre, Kardia no espera un segundo para estrujar a su hijo.
—Hola papá, feliz cumpleaños—dice devolviéndole el abrazo.
—Gracias hijo, gracias, pero pasa que te mojarás sino y no quiero que te enfermes—toma la pequeña maleta que trae Milo consigo y se encamina dentro de la residencia. Milo lo sigue, visiblemente feliz.
El lugar no ha cambiado mucho desde cuando él vivía allí, incluso el olor a vainilla y café que siempre acompaña el ambiente, permanece. Dégel se encuentra sentado en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas, mientras lee algo, esa imagen le hace sonreír aún más, algunas cosas jamás cambiarán. El francés se incorpora de su lugar, mientras sonríe amablemente y lo abraza.
—Cuánto tiempo sin verte Milo, es un placer que estés aquí de vuelta—dice con una sonrisa genuina. Milo le devuelve el gesto.
—Ha pasado tiempo sin dudas, aunque no parece notarse en ti—lo elogia, el francés sonríe encantado—papá creo que tendrás que hacer algo con tu aspecto, o te quitarán a Dégel—suelta una carcajada mientras su padre se cruza de brazos.
—Para tu información estoy mejor que nunca y Dégel puede confirmarte eso, es él, el que dice basta cada noche—sonríe triunfante.
— ¡Kardia!
Milo vuelve a reír con las ocurrencias de su padre y el imperante sonrojo del galo.
—Ahora con su permiso, iré a mi habitación a acomodarme y cambiarme de ropas, que éstas están mojadas—dice; —a menos que mi habitación ya no exista—se permite bromear.
Kardia dio una sonora carcajada, mientras lo abraza por los hombros.
—Tu habitación sigue tal cual la dejaste.
Milo le regala una vez más su sonrisa y sube rumbo a su antiguo cuarto. Nunca había sentido real apego a esa casa, pero una melancólica sensación lo embarga al ver que su padre ha conservado todo lo que no se llevó a Grecia en su regreso. Se siente mal por un momento. Toca el edredón que cubre su cama y se acomoda en ella, aun recuerda todas las noches que pasó llorando en ese cuarto. Y ahí van otra vez los recuerdos, que idiota había sido. Suspira, ya no vale la pena recordar aquellos días.
Se cambia y baja para compartir la merienda con su padre y Dégel. Hablan largo rato, sobre todo y de la idea de Milo de descansar por un tiempo, idea que encantó a su padre. Dégel lo observa, es aún muy joven, pero ha madurado muchísimo, sus facciones son más fuertes y su actitud más centrada, sin embargo siempre tendrá ese brillo oculto de los Caristeas. Luego observa a Kardia, es a él a quien los años no le pasan, o lo vuelven más bello, todavía no sabe bien cuál de las dos. Cuando la tarde se hace presente, Kardia y Dégel se disculpan con el joven pues tienen que salir un momento. Milo solo asiente sin preguntar a qué, así que emplea ese tiempo a solas para reflexionar un poco, tal vez escribir algunos sonetos, o dormir. Está en eso cuando el timbre suena.
Siete años y medio, ahora lo recuerda bien. Siete años y medio de sueños y bailes solitarios. De ausencia y necesidad, de transpirar a través de sus versos, lo que nunca llegó a expresar. De buscar para no encontrar. Se dijo cobarde, se dijo derrotado, pletórico de soledad, llenado con cuerpos anónimos y olores difusos, extraviados, enterrados en el olvido de lo que nunca llegó a tener de vuelta;
La mirada de Camus.
Ahora es a través de los finos lentes que usa—característica que lo hace todavía más parecido a su padre—pero no menos expresiva que antes, que siempre. Una pantalla que reproduce cada escena del pasado distante. Parecen décadas. La mirada de Camus es el cementerio de todos sus recuerdos.
Precioso.
Es por eso que ha ido, por su mirada, por su rostro, su cabello, su olor ¡Y maldita sea! No hay dudas.
—Milo.
Ha recuperado el acento francés, que tanto adora.
—Bonjour Camus—.Su acento siempre será tosco.
El francés no supo qué hacer.
Camus, había seguido con lo que se propuso aquel día en el aeropuerto de Atenas, convencido de que hacía lo correcto. Estar con Aioria, amarlo a él.
Tal premisa nunca llegó a cumplirse, nunca llegó a ser tal y la relación volvió a la prístina amistad. Lo intentaron, eso los dejaba satisfechos y tranquilos de que hicieron todo lo que estaba a su alcance; la relación duró tres increíbles años más. El primer verano Aioria viajó a Francia a visitarlo, fue un tortuoso mes para Milo, quien se la pasaba en la calle o encerrado en su habitación para no cruzárselos. La situación en la casa no fue la mejor, la tensión y los celos eran evidentes, sobre todos los de Aioria, el castaño enfermaba de rabia al saber que Camus estaba en esa casa junto a Milo, trecientos sesenta y cinco días, mientras que él sólo lo tenía por treinta y luego regresaba a la lejana Grecia con tantos miedos y dudas, que no podía abandonar.
La decisión fue de común acuerdo, sin lágrimas, ni reproches, en eso, fueron los más maduros del mundo. Ocurrió unos meses después de que Milo regresara a Atenas. La vida siguió, aun se comunican cada tanto, siempre serán amigos, eso lo saben bien.
Camus terminó sus estudios, la ciencia siempre había sido lo suyo y esa carrera siguió, ahora da clases y trabaja en un laboratorio renombrado.
Se había casado… tres meses… se había divorciado. Hilda, la olvidada mujer de belleza inigualable, que trató de usar como ancla hacia la estabilidad, dando como resultado, sólo desgarradora soledad. Desde un principio, cuando la conoció en la universidad, cuando le pidió matrimonio cuatro meses después, y cuando firmaba los papeles de divorcio, supo que era una relación destinada al fracaso, como Aioria… como otras sombras que guardaba en el placard.
Porque Camus, nunca supo volver a amar.
Y ahí está él. El de ojos turquesas que soñaba en las más encarnizadas noches de soledad, en su departamento frente a Les Champs-Élysées, al que lloraba por lastimar y temía por encontrar.
Ahí está él, observándolo con su fulgurosa mirada, con todo su esplendor, su belleza. Ése que mira a través de la pantalla de su plasma, ése que escucha bajo el resguardo de sus auriculares, ése que ama con tanta locura, que nunca pudo curarse de su esencia.
Ése que le tiende una mano, que lo invita a ingresar y lo abraza. Se desmiembra al completo entre el calor que nunca olvidó, que aun siente como suyo, el calor que ama con locura.
Su padre, Aioria, su exmujer, los amantes sin nombre, todos se lo hicieron notar, que es de Milo, que su piel le pertenece, que su vida es por y para el griego que lo marcó tan dentro de su ser. Que sangra por una herida tan invisible como profunda, por donde se le escurre la vida cada día un poco más, cada año un poco más.
Y ahí esta él, abrazándolo como si el tiempo jamás hubiera transcurrido, como si tuvieran quince años nuevamente y ríen después del sexo.
—Te extrañé tanto—es la inmaculada verdad.
—Yo también Camus, yo también.
Y había escarmentado lo había hecho de una forma sangrienta, ahora le queda todo tan claro, y sólo puede redimirse de su pasado, el cielo se abre paso al más bello atardecer, allí, donde ellos unen sus labios en un perpetuo amor. Llorar por lo que fue, por lo que no fue y por lo que pudo ser, no vale la pena.
Llorar por lo que es y será.
Lo abraza, con posesión, con dolor, con amor ¡y todo junto! Se arrojan al sillón, se besan. Besan y disfrutan, ríen y lloran, son niños de nuevo, son Camus y Milo.
—Perdóname—la garganta le arde.
Apenas y puede producir sonido, pero quiere decirle cuánto lo lamenta, cuánto lo ama y lo estúpido que fue al dejar pasar el tiempo como sanador. Porque el tiempo no hizo más que escocer las heridas y que Milo es el único con el poder de curarlas, cicatrizarlas con su amor, sus besos, su cuerpo.
Milo lo besa una vez más.
—Shh—niega—no recuerdes nada Camus, no recuerdes nada de lo que sucedió, sólo recuérdame a mí—pide quebrado, —sólo a mí.
Gimotea, los sollozos de Camus nadan entre felicidad e incredulidad de saberse así, con él. En el amor, no se piensa, sólo se actúa y las marcas son experiencias necesarias, ellos dos lo saben y de ahora en más, se tienen el uno al otro.
Como siempre tuvo que ser, como siempre fue.
Lo desnuda, no importa nada más, no importa nadie más. Milo lo sabe bien y su amante (examante) también lo entenderá así. Se desnudan mutuamente y disfrutan de aquello que es la concepción de todo lo divino e inexplicable, dejando atrás las veladuras que ciegan, deslumbrándose, mientras uno entra en las carnes del otro reclamándose dueño y señor de ese cuerpo, restituyendo el origen natural de sus vidas. El uno para el otro.
Su ángel. Su trovador.
Camus se presiona contra el moreno cuerpo del griego y grita sin ninguna duda y temor;
— ¡Dios mío, cuánto te amo!
Gracias por leer.
