No se accede a la verdad sino a través del amor.

San Agustín


Los ojos marrones de Alain observaron con gesto aburrido como el sendero a la orilla del rio se parecía a todos los que ya había visto antes, bostezando al ver que solo iba trotando sin más con los caballos, como si fuese una especie de paseo para señoras de edad madura.

- Y aquí termina el camino para paseos. – Se detuvo de forma brusca cuando habló Julie, ella girando la cabeza para mirarlo mientras se mordía el labio inferior. – Puede ser aburrido, pero…- Sin previo aviso espoloneó a su caballo, la yegua parándose en dos patas mientras relinchaba, la pelirroja riendo antes de azuzar al animal que emprendió una rápida carrera por un sendero escondido entre los árboles que bordeaban el riachuelo.

- Esto era lo que yo quería. – Susurró Alain antes de imitar a Julie, su caballo corriendo detrás de Magna Aurora, intentando darle alcance, pero parecía que la yegua blanca era mucho más veloz.

Llegaron hasta un pequeño estanque donde el riachuelo nacía, Julie deteniendo a su caballo al igual que Alain, desmontando casi de inmediato para acercarse a la orilla del estanque y agacharse a beber un poco del agua prístina.

- Tiene un delicioso sabor, creo que viene de una fisura en una piedra blanca de donde brota como un milagro. – Dijo mientras Alain se paraba a su lado, ella metiendo sus dos manos en el estanque para tomar un poco de agua y tirársela en la cara para refrescarse.

- Parece una ninfa. – Él se arrodilló al lado de la joven, apartando con una mano un mechón rebelde que caí por la frente femenina, sonriendo con ternura antes de inclinar su rostro para rozarle una mejilla con los labios, riendo levemente cuando sintió el temblor de la joven, tomando con firmeza el mentón de ella para alejarla y ver los ojos verdes, brillantes y ansiosos de Julie.

Tragó grueso antes de acercar su boca a la de la mujer, sonriendo involuntariamente cuando el aliento tembloroso de ella le golpeó el rostro, tomando con delicia la pequeña boca, besando con reverencia los labios antes de morder con suavidad el inferior, paseando su lengua sobre ese labio, Julie entreabriendo la boca para sentir como él tomaba el control total de la situación, escuchando deleitado el gemido ahogado que escapó de Julie mientas sus lenguas se rozaban.

Creyó estar por un momento en el paraíso, nunca, en toda su vida, se había sentido tan cómodo con una mujer, sus relaciones hasta el momento habían carecido de importancia para él, siendo en su mayoría, amoríos con muchachas de pueblo cuando había estado de misión. Pero Julie…Julie era diferente, una emoción desconocida se había instalado en su pecho cuando la había conocido en la fiesta de su hermana.

Eso podría ser ¿amor?

No lo sabía, pero si lo era, sabía que estaba condenado, pues jamás dejaría que ella se fuese de su lado.


Hans solo bufó en voz baja mientras su viejo caballo trotaba detrás del de la duquesa, ella montando el suyo al estilo amazona en completo silencio.

Se detuvieron en un lugar donde había dos estatuas custodiando la entrada a lo que parecía un jardín. Una de las estatuas tenía espinas de mármol enterrándose en su carne de piedra, la otra estirando los brazos hacia la espinada como si quisiera ayudarla, un montón de rosas talladas rodeando un arco por sobre las dos estatuas.

Nicoletta desmontó, amarrando con precisión a su caballo en una estaca puesta allí para esa tarea, entrando sin más al jardín, Hans apresurándose para seguirla, gritando cuando sintió que las espinas de un rosal le arañaban la piel de la mano.

- Madame, este no es un lugar para…- Se quedó en silencio cuando vio a Nicoletta rozar una flor con la punta de los dedos, recordándole de cierto modo a sus años de juventud cuando no tenía ninguna preocupación.

Con paso regio, Nicoletta pasó por entre las plantas, su estilizado cuerpo ondeando por entre las filas de flores de diferentes colores que crecían sin parar con ayuda del jardinero encargado del lugar. Hans le pisó los talones, de pronto sintiéndose intrigado por la mujer que caminaba frente a él, pareciéndole un extraño espectáculo de la naturaleza.

Se detuvo de golpe cuando la duquesa desapareció, dándose cuenta en ese preciso momento que el jardín era un laberinto perfumado y colorido, apretando los ojos y quedándose quieto en su lugar antes de escuchar un suave murmullo provenir de unos cuantos metros a su izquierda, suponiendo que la mujer estaba allí, detrás de unos altos setos.

Caminó hacia allí, tratando de orientarse entre los muros verdes mientras el sonido se hacía más fuerte, deteniéndose cuando vio a Nicoletta de espaldas a él.

Ella parecía farfullar algo delicado mientras tocaba las hojas de un rosal con una mano a la que le había quitado el guante.

- ¿Madame? – La mujer dejó su tarea, girándose para mirarlo, Hans entrecerrando los ojos cuando un rayo de sol pareció iluminarla como si fuese un ángel caído del cielo, enmascarada para no mostrar su belleza a un ser tan indigno como él.

- …

- Si pudiese decirme donde puedo sentarme un rato, el aroma a rosas esta comenzando a marearme. – Nicoletta movió la cabeza como si no le entendiese. Hans decidió acercarse.

- Sei ferito? (¿Estás herido?) – El conde no supo que contestar pues no había entendido lo que ella había dicho, ella acortando la distancia que los separaba para tomarle una mano y señalar los arañazos aun sangrantes.

- Oh…eso, suele pasar que me hiero con facilidad, pero sano rápido, así que no se preocupe. – Nicoletta solo apretó la mano del conde con la suya despejada, un ligero estremecimiento recorriendo el cuerpo de Hans al percibir la suavidad de la piel femenina, una suavidad que aún recordaba de otra piel que lo había abandonado diez años antes.

- Stai fermo! (¡Quédate quieto!) – Ordenó con voz fuerte, buscando con su mano libre un pañuelo entre los pliegues de su vestido, envolviendo con suavidad la mano de Hans cuando encontró la prenda, escuchando los quejidos del hombre. – Pronto! (¡Listo!)

- Merci. – Nicoletta negó con suavidad.

- Grazie. – Corrigió.

- Bueno, entonces…grazie, Madame Nicoletta. – La duquesa miró directamente a los ojos del conde, el corazón masculino dejando de latir por unos segundos para luego volver a hacerlo con fuerza, la curiosidad naciendo en su interior, quería ver el rostro de la mujer, quería comprobar con sus propios ojos como era esa cara que, André decía, estaba desfigurada. Algo en él le decía que era mentira, unos ojos tan hermosos no podían pertenecer a algo menos bello, unos ojos como…como los de Oscar y…Olive.

Sin dejar de mirarla, acercó una mano a la máscara que ella usaba, tocando el frío yeso de la que estaba hecha, admirando la manufactura que le había proporcionado una superficie suave y lisa al tacto.

- Si me permite, Madame. – Sus dedos se aventuraron a buscar la orilla de la máscara para retirarla, sin embargo, un movimiento brusco de Nicoletta lo separó, los ojos de ella chispeando con rabia antes de alejarse de él con grandes zancadas, volviendo a la entrada del jardín, Stuart sorprendiéndose por su reacción, pero comprendió que quizá ella no se sentía feliz con su aspecto.

Tratando de no perderse, regresó a la entrada donde la vio ya montada en su caballo, él imitándola para volver al castillo.