¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Candy no sabía cuando volvería a recuperar el ritmo normal de su corazón. No podía. La felicidad que sentía, desde entonces, tan solo era comparable a la impaciencia que sentiría en los meses venideros. Impaciencia por su regreso. Impaciencia por encontrar el modo de permanecer a su lado. Se sentía tan feliz que necesitaba gritar su nombre desde la colina y escribirle. Lo haría en cuanto recuperara parte de su sosiego. Las manos le habían temblado cada vez que había empezado a escribirle con anterioridad. Pasados unos días, encontró el temple oportuno para dominar la pluma.

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"Querido Albert,

¡Albert, Albert, Albert!

¿Cómo dices? ¿Dices que puedes escucharme aunque no grite tanto?

Es que soy tan feliz... No puedo evitar seguir gritando tu nombre.

..."

Su cumpleaños había sido el día más maravilloso de su vida. Por fin había podido salir de dudas. En un día lleno de regalos y otras sorpresas, apenas habían tenido ocasión para hablar pero había bastado para confirmarlo. Albert la amaba.

"...

No puedo creer que redecoraras aquella habitación tan enorme solo para mí.

...

Los muebles de madera hechos a mano, con un tacto tan agradable... ¡Y el olor!

...

Ahora voy a querer volver muy a menudo a la residencia de Chicago.

...

"

En aquella habitación, ella, llevada ya por la emoción y su cercanía, desechó su plan previo de esperar al último momento. Aprovechando que se encontraban solos, se lanzó- Albert, hace tiempo, cuando descubrí tu identidad como el tío abuelo William, me preguntaste '¿Acaso es todo lo que quieres decirme?'. Desde entonces, yo también me he hecho esa misma pregunta respecto a ti. Esta habitación...

- Es porque no quiero que sigas sintiéndote como una invitada. Quiero que sepas, que sientas, de verdad, que esta es también tu casa... -"nuestra casa", pensó Albert-. Candy, ven siempre que quieras. No solo cuando esté yo... Créeme, también me haría feliz encontrarte aquí, cuando regrese -Él, visiblemente nervioso, se sonrojó y Candy, lo comprendió-. No quiero interferir. Quizás Terry algún día...

- Terry se quedó con Susana -apresuró a contestar, nerviosa.

- Pero ella murió hace casi medio año -protestó él-. En medio año más, el periodo de luto habrá concluido y ...

- Hará más de tres años que nos separamos -volvió a interrumpirle, avanzando hasta él-. Además, ellos no llegaron a casarse. Si quisiera contactarme, nadie podría reprocharle.

- No es tan sencillo, Candy. Él puede sentir que se lo debe a su memoria -apuntó Albert. Ellos habían llegado a ser buenos amigos. Apreciaba a Terry e, incluso, tras encontrarlo borracho, casualmente, había intentado que él también reaccionara con Candy. Lo llevó a verla, desde la distancia. Por si no hubiera sufrido suficiente, ella también fue despedida del hospital tiempo después de su regreso de New York, a causa de los Leagan. Terry pudo comprobar como Candy seguía luchando para salir adelante y decidió no interferir más en la vida de Candy, partiendo para cumplir su promesa con Susana. Pero Albert conocía aquella mirada porque sabía que él mismo la portaba. Albert amaba a Candy desde poco antes de recuperar su memoria, aunque no quería ser ni un intruso, entre dos personas a las que apreciaba, ni un segundo plato.

Aun así, cada vez le resultaba más difícil partir sin saber si la volvería a encontrar a su regreso, si ella continuaría en el Hogar de Pony o si Terry contactaría de nuevo con ella y partiría, dejándolo atrás, para construir una nueva vida con el actor. La incertidumbre de no poder saber si ella continuaba amando a su amigo, lo estaba matando. A veces, tenía la sensación que ella ya no lo miraba igual y que esperaba algo más de él. Otras, sentía pánico ante la posibilidad de perderla, de perder, siquiera, su amistad y por eso siempre había preferido esperar-. Puede que en un tiempo él vuelva a contactarte...

- Y eso no cambiaría nada -le cortó ella-. Porque todo ha cambiado ya... No sé cuando, ni como, pero para mí, mi mundo, hace tiempo que cambió -Candy ya no sabía como mostrarse más explícita.

- ¿Qué quieres decir? -El corazón de Albert dio un vuelco, acelerándose, frenético, como si quisiera salirse de su pecho. Justo en ese momento, George y su eterno don de la oportunidad, llamaron a la puerta.

- Sr. Andrew, disculpe la intromisión. Debemos partir ya, si queremos llegar a tiempo al puerto -dijo el hombre compungido y con mirada suplicante.

- Sí, sí, ahora voy, George. Dame solo un momento -Aquella conversación no podía acabar así.

- Cuando regreses, creo que deberíamos hablar de verdad -dijo Candy con una sonrisa aunque su voz sonaba apenada-. Hay cosas que no deberían hablarse, la primera vez, por carta.

- Sí, tienes razón -Intentó corresponder a su sonrisa-. Aun así, insistiré en que me escribas y yo también lo haré, aunque no sobre lo que dejamos pendiente... Voy a estar varios meses fuera... Aún no estoy seguro de cuando podré volver... No sería justo... si algo volviera a... cambiar.

- Te escribiré y te esperaré... -afirmó logrando la valentía para mantenerle la mirada, intentando transmitirle la seriedad de su compromiso.

- Sr. Andrew, por favor... -George empezaba a sentirse como un villano ante la pareja. Albert atinó tan solo a darle un breve beso en la frente a Candy, mientras ella apenas podía contener sus agridulces lágrimas, impostando una sonrisa para despedirlo, otra vez.

Por suerte, tras su marcha, Albert dejaba tras de sí nuevas sorpresas que la ayudaron a disimular y sobrellevar sus emociones. La mesa llena de regalos, que emocionaba más a los niños del Hogar de Pony que a ella misma, el reencuentro con Archie, Annie y Patty y, finalmente, el regalo más inesperado de todos, sus antiguos compañeros, César y Cleopatra.

"...

...el segundo regalo que me esperaba me dejó sin aliento, justo como querías.

¡Gracias Albert!

...

...Ay, Albert, quieres hacerme llorar todo el rato, ¿No es así?

..."

Apenas le había comentado que pasaría un largo periodo en su último viaje. No podía evitar preocuparse. No había dejado de trabajar desde que se presentara como el patriarca.

"...

Sin embargo, creo que mi magia no ha funcionado del todo, pues tuve muy poco tiempo para hablar contigo.

Albert, siempre estás demasiado ocupado... Temo por tu salud.

El doctor Martin te recomendó que no te fatigaras mucho, ¿no es cierto?

Me pregunto si la amnesia puede volver si no te cuidas como es debido...

¡No quiero tener que revivir algo tan terrible!

..."

Porque si aquello llegara a volver a pasar, no encontrarían fuerza en la tierra que lograra apartarla de su lado, para poderlo cuidar. Si tan solo pudieran recuperar la dulce rutina que habían llevado al convivir... En realidad, ella no necesitaba todos aquellos regalos. No necesitaba tantas riquezas ni lujos ¿De veras tenía sentido que trabajara tanto? ¿No habría algún modo de vivir con menos pero más tranquilos y pasando más tiempo juntos? ¿Un modo más senzillo?

"...

Aún recuerdo esos días de incertidumbre y, a la vez, de tranquilidad que vivimos juntos en la Casa de la Magnolia.

No teníamos mucho dinero, pero nos lo pasábamos de maravilla.

Nunca olvidaré el momento en que me pediste que lo compartiéramos todo,

tanto las buenas noticias como las malas.

Quería que te recuperaras pronto, pero debo confesar que nuestra vida como hermanos ficticios no me parecía tan mala.

..."

Tras escribir aquellas líneas, recordó otro de los posibles impedimentos ¿Lo habría contemplado él? Decidió tantearle bromeando.

"...

¡Ahora soy tu hija adoptiva!

Quizá debería empezar a llamarte 'padre'.

...

Tu preciosa hija adoptiva,

Candy

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Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita

Pg. 362 - Querido Terence Graham - Carta para Terry nunca enviada por Candy.

"...

El tío abuelo William habla con cariño sobre tí.

..."

Pg. 379 - 380 - Carta de Candy tras el cumpleaños en Chicago - parcialmente reproducida.