Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.

Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.

Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.

Advertencia: Me odiarán, lo siento ;w;


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CHAPTER XXVI: Pactar con el diablo.

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Bakugo ingresó a la oficina del dueño de Towers con aquel aroma a té inglés inundando el ambiente, golpeando sus sentidos; vio a Aiba Manami sirviendo dos tazas de té acentuado el aroma aún más. Su atención regresó al hombre canoso de profundos ojos azules y ojeras notorias bajo éstos, tenía las manos entrelazadas sobre su escritorio, leyendo un documento que Katsuki reconocía al instante: era la hoja de liquidación e indemnización para cuando un empleado será despedido. Sabía que el hombre había tomado su decisión.

―Bien, Bakugo-kun, no quiero hacerte perder más tiempo, ambos somos hombres ocupados, ¿no? ―Dijo Tobita sonriendo gentilmente al tenderle el documento frente a éste―. No te mentiré, me decepcionó mucho saber que el escándalo que involucra a Towers, tú también tenías algo que ver. ¿Cómo es eso que terminaste… ¿Cómo lo dicen ahora, Manami-chan?

―Liados ―Respondió la pelirroja secretaria acercando una bandeja con dos tazas de té.

―Exacto, liándote con tu propia empleada. Me extraña viniendo de ti, Bakugo-kun. Siempre te caracterizaste por ser muy profesional.

El hombre tomó la taza de té para llevárselo a los labios y degustar el sabor dulzón del mismo; Katsuki por su parte, rechazó la taza que Aiba le había tendido con un gesto con su mano, la joven sólo se encogió de hombros para regresar la taza al pequeño kitchenette que contaba la oficina.

―Lo que más lamento de todo esto es que tus acciones terminaron por envolverte no sólo a ti, si no que todos hablan de Towers como un sitio en donde tienes que acostarte con tu jefe para conseguir un puesto. ¿Sabes cómo nos deja eso? ¿Sabes cómo afecta a mi cadena de restaurantes?

Bakugo frunció su entrecejo al escuchar aquellas palabras. No hondó demasiado en la publicación original para saber la cantidad de comentarios que circulaban por las redes a consecuencia de la fotografía y los motes con que se referían a Ochako por culpa de ésta. Apretó con fuerza sus manos hechas puños a cada lado de los posa-brazos del cómodo asiento de cuero en donde se encontraba.

Todos sabían lo que acarreaba ir contra las reglas de Towers, incluso él había reprendido, suspendido y despedido personal a consecuencia de eso; no era la primera vez que, dentro del personal, se mantuvieran relaciones amorosas. Lo irónico de la vida, pensó: por lo que alguna vez había castigado, ahora lo tenía entre la espada y la pared.

―¿De dónde es ésta sirena que te terminó encantando de éste modo, Bakugo-kun? ―Preguntó mirándolo con una sonrisa infantil―. ¿Quién diría? El tan estricto jefe de Cocina cayó de ésta manera por una mujer como ella.

―¿Cómo ella? ―Preguntó Katsuki sin poder ocultar la molestia que le causó aquel mote.

El hombre dio un sorbo rápido a su taza para negar frente a su empleado con ambas manos.

―No me malinterpretes, Bakugo-kun, entiendo que como hombre a veces tienes necesidades y si una jovencita como ella te propone algo así, ni yo mismo me veo diciendo que no. ―Tobita comenzó a reír, irritándolo aún más.

A cada carcajada del hombre, Katsuki sentía cómo sus propias uñas iban introduciéndose más y más en su piel a consecuencia de la presión ejercida sobre ésta. Bakugo exhaló una risa por lo bajo, dejando ir por un momento la molestia y formulando una sonrisa ladina miró a su jefe.

―No, tampoco lo veo diciendo que no a la provocación de alguna mujer, Danjuro-san ―Él dueño de Towers dejó de reír al escuchar sus palabras, no esperaba aquel contraataque―; nunca le dice que no a Aiba Minami, ¿no es así?

Tanto Aiba como Danjuro abrieron sus ojos sorprendidos por las palabras acusatorias de su empleado, compartieron una mirada y Minami se sonrojó violentamente, causando suma vergüenza en el jefe de ambos.

―¡¿Cómo te atreves?! ―Reclamó molesto.

―¿Ah? ¿Entonces era mentira? ―Preguntó con falsa inocencia Bakugo―. Oh, vamos, todos saben que están "liados". Sin duda a los de su edad, siempre buscan jóvenes mujeres, ¿no es así, Aiba-san?

Minami estaba sonrojada y muda, su silencio y su vergüenza era la afirmación que necesitaba Bakugo para mirar con total autosuficiencia a su jefe, quien no cabía de la sorpresa y la rabia de estar siendo expuesto de esa manera.

―¿Cuántos años se llevan? ¿Veinte años? Tu nieta tiene su edad, ¿o era tu hija?

―Si sabes lo que te conviene, te recomendaría detenerte ahora mismo, Bakugo-kun ―Amenazó Tobita, consiguiendo que Katsuki lo mirara con una ceja enarcada.

―¿Qué? ¿Acaso sólo tú puedes hablar las mujeres de ese modo? Y pensar que tienes una esposa y una hija. Lamentable.

―¡No me rebajes a tu nivel! Esto no es lo mismo, Bakugo-san.

―Acaso la regla de no confraternizar en el trabajo queda exento para ustedes? Qué conveniente ―Respondió Katsuki―. Guarda esas hojas, no despediré a Ochako.

―¿Y te crees con el derecho? ―Preguntó molesto el dueño de Towers―. Sólo necesitaba tu firma como respaldo, pero con la mía basta y sobra para echarla.

―Hazlo ―Retó Bakugo―. Renuncio.

―¡¿De qué estás hablando?! ―Inquirió Danjuro.

―Si ella se va, yo también ―Respondió sin inmutarse en lo más mínimo, sorprendiendo aún más a su jefe―. Tengo una reputación que me precede, también tengo una empresa que me respalda; ¿miedo a quedar sin trabajo? ¿Crees que no puedo volver grande a otro restaurante? ―Bakugo se inclinó hacia la mesa y sin borrar su sonrisa, dijo―. Mírame.

―¡Esto no…!

―Envíame los papeles a mi oficina. Los firmaré ésta tarde y te lo haré llegar luego. ―Bakugo se puso de pie con intenciones de marcharse―. Debo irme, ya sabes, los dos somos hombres ocupados.

Bakugo Katsuki nunca se doblegó ante nadie, ni siquiera ante su propia familia, tampoco lo haría frente a su propio jefe y como no tenía ya nada que perder, se retiró de allí con paso firme. Antes de regresar a su propio trabajo, necesitaba hacer una última visita para acomodar todas las piezas en su propio sitio.

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Las manos de Ochako se movían con velocidad sobre la tabla de picar, enfrascada en sus propias tareas, hacía oídos sordos a los murmullos que sus demás compañeros hacían a sus espaldas, incapaces de creer que ella haya vuelto para ponerse a trabajar como si nada; aquella indiferencia por su parte, causaba aún más malestar en algunos que la propia noticia que la involucraba con su jefe.

Cuando decidió enfrentar el problema, regresó a su puesto de trabajo e ingresó a su vestidor para colocarse nuevamente la filipina blanca sobre ella, se miró al espejo y aspirando profundo, conteniendo toda la fuerza que tenía dentro de ella, salió de la habitación para dirigirse a la cocina con la cabeza en alto, recordando que nada de lo que sucedía era culpa suya.

El caos cotidiano de ruido y movimientos erráticos con cuchillas, cucharones y demás, se detuvo al momento en el que ella ingresó con paso firme para la mesada de pedidos, no se molestó en devolver miradas a nadie, sencillamente tomó uno de los pedidos y fue a su sector para comenzar a prepararlo. Escuchaba las voces de los demás empleados con frases como "no tiene vergüenza" o "la que se acuesta con el jefe, hace lo que quiere", no les prestó atención, su trabajo era más importante.

Y así estuvo la mayor parte del día, ignorando comentarios y miradas desdeñosas dirigidas a ella, su cuerpo se movía con agilidad y precisión, acabando varios pedidos de manera veloz.

―Te has vuelto famosa en sólo un día, Uraraka ―Comentó Monoma con una sonrisa ladina―. Claro, la mayoría te odia pero no es algo que yo haga; de hecho, ya lo sospechaba.

―Nada se te escapa ―Comentó ella sin mirarlo. Neito sonrió.

―Sí, bueno, los tiempos cambian. No es nada de otro mundo.

―¿De verdad quieres hablar del tema? ―Preguntó ella mirándolo, no pretendía ocultar el fastidio que le causaba hablar del tema. Él se encogió de hombros sin borrar su sonrisa.

―Sólo digo que haces bien en no avergonzarte. No fue tu culpa ―Sintió unas palmadas en el hombro por parte de su compañero―. Fue un placer trabajar contigo. No sé cuánto dures aquí, pero me alegra verte aquí a pesar de todo.

Ochako no sabía cómo tomar las palabras de Monoma, seguían siendo comentarios filosos pero dentro de todo, lo escuchaba sincero y es que el sujeto era sin duda una de las personas más pesadas que pudo llegar a conocer, a pesar de todo, era listo e ingenioso en su ámbito, lo admiraba y temía en partes iguales. Escucharlo decir aquello generó cierta satisfacción por su parte, ella no estaba avergonzada por amar a Katsuki, sin importar que sea su jefe.

Y más importante, sin importar en que podría terminar despedida al final del día.

Uraraka tomó el platillo que había terminado para dirigirse a la barra en donde los mozos recogen los pedidos, cuando una compañera, se acercó a ella para lanzarle salsa boloñesa desde su olla, manchando toda su filipina blanca y arruinando el platillo que tenía entre sus manos. Ochako quedó petrificada ante la mujer que con un falso semblante de sorpresa, apartó la olla de sus manos.

―Ay, se me resbaló de las manos, lo siento mucho ―Las miradas de los demás se volcaron en la escena que protagonizaron las dos mujeres, muchos con sonrisas de satisfacción y otros con asombro total―. Supongo que puedes pedirle al jefe que te compre otro uniforme.

―¡¿Qué sucede aquí?! ―Sato se acercó sus empleadas para ver la escena con ojos horrorizados, apreciando el uniforme arruinado de Ochako y el platillo echado a perder en sus manos. La castaña apretaba con fuerza los dientes, podía ver que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse. Miró enseguida a su agresora―. Minami-san, ¿desde cuándo el acoso laboral es solución para los problemas?

―Desde que la política de contratación a éste restaurante consiste en abrirle las piernas al jefe, Sato-san ―Respondió la mujer con una sonrisa inocente―. Descuente el pedido de mi salario, no me importa.

La mujer se alejó de Ochako no sin antes dedicarle una mirada divertida. Uraraka sentía que sus manos le temblaban, temía echar el plato y romperlo, por más que ya estaba arruinado, no quería romper nada y añadir más a su día; con cuidado, regresó a su puesto para dejarlo a un lado, su cuerpo se movió buscando nuevamente los ingredientes que necesitaba y así volver a prepararlo.

―¿Por qué no te tomas un momento para respirar un poco de aire? ―Preguntó Sato a Uraraka cuando éste se acercó a ella.

La mujer negó por lo bajo, no podía mirarlo.

―No se preocupe, Sato-san. Estoy bien ―Contuvo el aliento un momento, intentando reponerse―. ¿Podría decirle a algún mozo que el pedido de la mesa 8 tardará un poco más?

Sato asintió a la mujer para alejarse de ella y hacer lo que ésta le había pedido, con cierto pesar; la mujer era honesta y responsable, no se merecía semejante humillación, aunque comprendía el descontento de los demás empleados, sentían que existía favoritismo por el sencillo hecho de que Ochako era novia de su jefe. Volteó a verla nuevamente y ésta parecía ensimismada en su mundo, empezando de cero el platillo que le habían arruinado.

No importaba si Ochako continuaba trabajando para Towers después de éste escándalo, no sabía si ésta seguiría interesada en continuar allí, no después de la hostilidad recibida por parte de sus compañeros que, a juzgar por los comentarios de algunos, podría ir en aumento y haciéndose peores.

Terminó nuevamente la platillo arruinado hace un momento para entregárselo a uno de los mozos, se dirigió entonces a los vestidores a tomar una filipina de cambio que tenía en su casillero, guardando allí el sucio; el aroma de la salsa era molestosa y sentía pegajoso el cuerpo, mas no podía marcharse sin terminar su turno, no quería dar más de qué hablar, sin importar que ella sea el centro de atracción en esos momentos.

Vio su ropa particular manchada con un poco de salsa, a consecuencia de que cuando su compañera se lo aventó, la filipina que traía no logró absorber toda la salsa; era su playera rosa favorita y ahora estaba arruinada con salsa roja. Suspiró rendida, diciéndose a sí misma que todo mejoraría, sin importar nada, todo mejoraría.

―Un último esfuerzo, Ochako ―Se repitió.

Su teléfono vibró en sus pantalones avisando la llegada de unos mensajes, lo sacó y vio que Mina le había enviado una captura de pantalla con la descripción de "Lo logramos, tu fotografía fue removida de internet". Ochako sonrió apenas, quizá la foto ya no estaba disponible, pero no podía borrar lo que todos vieron. Guardó su teléfono de vuelta, debía continuar trabajando.

Había decidido enfrentar el problema, no debía darles oportunidad a los demás de volverla a tumbar. Con ese pensamiento, se encaminó hacia la salida de los vestidores y una vez abrió la puerta de ésta, vio a Bakugo con la mano hecha un puño, con claras intenciones de tocar la puerta hasta que ésta la abrió.

―Ochako ―Nombró él, la mujer podía ver claramente la tensión en sus hombros, lucía un poco alterado. Ella le dedicó una pequeña sonrisa―. Me dijeron que volviste.

―Tenías razón ―Dijo ella sin borrar la sonrisa de sus labios, tomó la mano de Bakugo―, no importa lo que la gente diga. Soy fiel a lo que siento y no importa si me despiden, lo resolveré, siempre lo hago.

Por más de que ella intentaba ser lo más sincera posible, no veía en Katsuki mucho entusiasmo, eso comenzaba a preocuparla. Él ingresó al vestidor y cerró la puerta tras de él sin decir nada al principio; ella tenía razón, algo lo inquietaba pero parecía buscar forma de decirlo.

La atención de Katsuki bajó sobre Ochako y reconoció que la filipina que traía la mujer no era la que acostumbraba usar, le quedaba más holgado que el propio.

―Esa no es tu filipina ―Dijo él de pronto, tomándola por sorpresa. Ella bajó la vista a su uniforme, encogiéndose de hombros.

―Un pequeño accidente con la salsa boloñesa ―Respondió ella restándole importancia.

Bakugo veía a Uraraka jugando con su cabello de manera nerviosa; así como ella podía saber cuándo algo lo inquietaba, él sabía leer a la perfección su lenguaje corporal cuando mentía.

Después de dejar la oficina del dueño de Towers, subió a su vehículo para dirigirse a la casa de su abuela; las opciones comenzaban a acabársele y por más confianza que había mostrado ante su jefe, sentía que por más pasos que daba, no avanzaba en lo más mínimo, o peor, comenzaba a retroceder y aquello lo estaba asfixiando.

Ambos terminaron envueltos en una situación complicada a niveles grandiosos y él ya no tenía cartas que jugar más que la última y desesperada opción: su familia. Ingresó a la gran casa de Shoen sin pedir permiso o dar explicaciones a los empleados que acudían a él, sabía por su madre que su abuela estaba tomando un descanso de la empresa en su hogar mientras que la vicepresidenta se encargaba de todo con la compañía, eso le brindaba cierta privacidad con la mujer.

Sabía dónde encontrarla así que no dudó en dirigirse al despacho de Shoen, no tocó la puerta, nunca lo hacía y no comenzaría ese día; halló a la mujer sentada en su escritorio con su teléfono celular en la mano y sus grandes lentes ayudándole a leer su pantalla.

―Qué maldita costumbre la tuya de entrar sin invitación ―Dijo su abuela sin mirarlo, seguía con la atención puesta en su teléfono.

―Vieja, necesito hablarte de…

―Ochako, lo sé ―Interrumpió su abuela mirándolo por encima de sus lentes, aquellos orbes rubíes tan intensos como los propios lo estudiaban en silencio―. Todoroki-kun me enseñó la noticia que los involucra. ¿Qué tienen en la cabeza los jóvenes de ahora para fornicar en un lugar tan abierto? De verdad, todo lo que pareces tocar, termina explotando, niño estúpido.

Bakugo dejó escapar un suspiro cansino, tomó asiento en el sillón frente al escritorio de su abuela y juntando todo el aire que pudo, miró a la mujer frente a él para hablar.

―Mi padre te propuso un trato hace veintiocho años ―Inició Katsuki sin apartar su mirada de la de su abuela―, hizo un pacto contigo esperando que, a cambio de cumplir su deseo, él aceptaría vivir bajo tus términos.

Shoen dejó a un lado su teléfono, realmente interesada en lo que su nieto estaba diciendo, era la primera vez que lo veía tan sumiso que le resultó ser una broma por su parte, pero cuando encontró desesperación en la mirada de éste, supo que no lo era.

―¿Qué quieres? ―Preguntó su abuela.

―Sé que tienes contactos en muchos sectores de Japón, en muchas tiendas y reposterías ―Se relamió los labios intentando continuar hablando―, también sé que mantienes tratos con esas personas y que puedes brindar protección a Ochako.

Shoen aguzó su mirada, estudiaba a su nieto con atención, intentando ver algún atisbo de mentira en su expresión o en sus palabras, pero sólo halló desesperación al verlo abrir su pecho de aquella manera, renunciando por completo a su orgullo para hablarlo con ella.

―La van a despedir y ambos sabemos que, a pesar de los años, le mentalidad machista antecede a muchos a la hora de contratar a alguien que sufrió éste tipo de exposición. ―Katsuki se puso de pie y apoyando sus manos sobre el escritorio de su abuela, se rindió―. Aceptaré la presidencia de la empresa si logras protegerla.

Shoen lo miró frunciendo su ceño, estudiando en silencio la expresión de su nieto, intentando hallar alguna apertura, algún hueco en sus palabras. Él era consciente de que había provocado todo aquello, que su arrogancia y orgullo terminaron por adolecer a la persona que amaba y estaba dispuesto a pagar el precio más alto para remediarlo: su libertad.

―¿Tanto la amas?

Él no apartó su mirada, la veía con fuerza, intensidad y pena. Estaba vendiendo su alma al diablo tal y como lo hizo su padre antes que él. Ella tenía razón: un hombre enamorado estaba dispuesto a darlo todo por quien amaba.

―¿Aceptas o no? ―Preguntó Katsuki. Su abuela sonrió ladinamente para buscar unos papeles, los papeles que daría fin a la disputa interna que los dos llevaron por tantos años.

Recordarlo, lo hacía erizar la piel. Ochako lo miraba sin comprender su mutismo, él sólo podía recordar que apenas un momento atrás, había firmado su sentencia y no tenía el coraje para decírselo sin que ella se sintiera culpable.

Cuando regresó al restaurante para así continuar con el resto de su jornada y poder poner al tanto de su renuncia a Sato Rikido, éste se alarmó ante su decisión, intentó persuadirlo pero era muy tarde, Bakugo había tomado una decisión, además había enfrentado a su jefe, no esperaba misericordia por su parte. Su colega y mano derecha sólo pudo encogerse de hombros para asentir a la decisión del jefe de cocina, bueno ex jefe y a partir de aquella confesión, Sato le había hablado del mal rato que le hicieron pasar a Uraraka, confirmando que Bakugo tenía razón, había tomado una buena decisión.

Ochako estaba pagando por la culpa de ambos, no era justo.

Bakugo miró a Ochako delante suyo, tenía confusión y preocupación en sus orbes castaños; él tomó su brazo y la atrajo hacia él, rodeándola en sus grandes brazos, sus manos se hundieron en su piel y su rostro encontró un hueco en su cuello, acunándose allí. Ochako no supo qué estaba sucediendo pero no se negó al tacto de su novio, correspondió con sus brazos abrazando su cintura y cerró los ojos para envolverse en su aroma.

―Todo estará bien ―Susurró ella con cariño, sentía sus pequeñas manos acariciando su espalda y él sólo quería quedarse allí, con ella y saber que en verdad, todo estaría bien.

―Te amo ―Susurró. Ochako detuvo sus movimientos, era la primera vez que lo escuchaba decirlo, su corazón comenzó a bombear con fuerza, así que ella lo abrazó aún más―. No lo olvides.

―Te amo también, Katsuki ―Él se separó de ella para besarla, fue un beso apasionado, cargado de añoranza y necesidad, necesidad que no podía ser saciada allí―. Espera, nos van a escuchar.

Él sonrió por lo bajo.

―Lo retomaremos por la noche ―Dijo Ochako con cariño para besar sus labios dulcemente, separándose de él después.

Katsuki la observó un momento, ella no supo por qué lo sentía tan triste. Él sólo asintió y ambos dejaron el vestidor. Él la vio dirigirse a la cocina para continuar con su trabajo mientras que él permaneció allí un momento, viéndola marcharse, alejándose. Apretó los puños con fuerza hasta liberar la tensión en éstos. No podía prolongar el asunto mucho tiempo más.

Vio a Sato acercarse a él, el jefe en repostería le dedicó una sonrisa comprensiva que él sólo respondió, encogiéndose de hombros.

―Los papeles llegaron, Bakugo. ―Comentó el gran hombre. Katsuki asintió.

Estaba hecho.

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Uno de los recuerdos que venían a su mente cuando pensaba en su padre se volcaban a su infancia, cuando burlaba a sus tutores para escaparse, les jugaba bromas para alejarse de ellos y correr rumbo a la cocina; tenía empleados que lo albergaban allí, disfrutaban su compañía y él la de ellos, se acostumbró a ingresar de forma clandestina a las instalaciones y ver cómo cocinaban, cómo cortaban y sazonaban, mezclaban y empanizaban, sus ojos brillaban con fuerza al ver cuánta libertad tenían sus manos y cuán rápido se movían.

Su padre terminaba encontrándolo y con un gran suspiro de resignación, lo hacía dejar la cocina muy a su pesar. Tenía diez años cuando lo increpó y le dijo que él no quería saber nada de tutores o estudiar en su casa, que quería otra vida, quería vivir de otra manera. Estaba furioso y su padre lo sabía.

Se arrodilló frente a él y con una expresión seria, miró a su primogénito a los ojos, tenía los mismos ojos rojizos que su abuela y el temperamento de su madre. Katsuki siempre fue imparable.

―¿De verdad? ―Preguntó su padre; Katsuki se sorprendió de verlo tan serio, nunca había visto su rostro así―. ¿De verdad no quieres ésta vida?

―No.

―¿Y qué quieres entonces?

Katsuki apretó sus manos en puños, no sabía muy bien, tenía apenas diez años pero sabía que la vida que llevaba no era la que deseaba.

―No quiero que me digan lo que tengo que hacer.

―¿Y qué crees que conseguirás con eso? ―Su hijo bajó la vista a sus pies, molesto por no saber qué responder. Masaru posó sus manos sobre los pequeños hombros del niño, atrayendo su atención―. "Si vas a intentarlo, ve hasta el final. Si no, ni si quiera lo intentes. Esto podría significar perder novias, esposas, parientes e incluso tu mente. Podría hacer que no comas en días… Y será mejor que nada de lo que hayas intentado jamás". ¿Sabes quién dijo eso?

Katsuki negó con sorpresa al escuchar las palabras de su padre.

―Un escritor, su nombre era Charles Bukowski. ¿Sabes qué significa?

Volvió a negar.

―No te rindas ―Vio a su padre formular una pequeña sonrisa en los labios―. Si quieres verdaderamente algo, inténtalo hasta el final; si no, no valdrá la pena.

Ese día había pensado mucho en su padre cuando fue junto al dueño de Towers y principalmente cuando fue a ver a su abuela momentos después; el recuerdo de su padre caló fuerte en él porque esa frase, aunque no lo comprendía muy bien en ese momento, ese día sonó fuerte en su interior.

Toda su vida se forjó un camino a base de ir contra su familia, contra su abuela, contra el deseo que tenía por querer controlar su vida; pero por tantos años, seguía ligado a ella, sin importar cuánto se alejara, cuánto luchara, ella seguía allí.

Cuando conoció a Ochako lo entendió; comprendió que había algo más que sólo vivir para él. La vida a su lado era tormentosa, no podía obligarla a permanecer a su lado, comprendió que ser un Bakugo tenía sus consecuencias, principalmente para con los que te rodean. Ese día comprendió que la mejor forma de protegerla, era alejarla de él y la única manera era cediendo a su abuela. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. Si no, ni si quiera lo intentes. Eso haría.

El día en Towers fue culminando y todos los empleados, tanto chefs como meseros y recepcionistas fueron acumulándose en la cocina tras la directiva de su Jefe, sin comprender muy bien por qué todos estaban allí y no en sus vestidores para marcharse de una buena vez. El lunes había tenido una movida ligera en cuanto a clientes pero muy agitada en cuanto a los sucesos que involucraron dos figuras dentro del restaurante, sin mencionar el "encuentro" incómodo por parte de una de las chefs enfrentando a Uraraka Ochako, ensuciando su uniforme.

Las preguntas quedaron en mutismo cuando Bakugo Katsuki se hizo notar al salir de su oficina para dirigirse a la cocina, ya no portaba su filipina que lo diferenciaba del resto de chefs, sino sus prendas particulares. Llevaba un rostro serio, se cruzó de brazos y aclarándose la garganta, comenzó a hablar.

―La mayoría de los que estamos aquí, llevamos cinco años en éste restaurante, haciendo honor al hombre de Towers por todo éste tiempo ―Su voz se oía fuerte, resonaba en todos, nadie se atrevía a interrumpirlo o hablar por lo bajo―; todos conocen de primera instancia el sacrificio que existe en éste rubro y de verdad, les agradezco su tiempo haciéndolo.

Podía ver el asentimiento en varios empleados, algunos con sonrisas orgullosas y otras sólo mirándolo a él. Nadie decía nada, todos le prestaban atención. Katsuki guardó un momento de silencio para continuar.

―Por una cuestión personal, dejaré de ejercer la responsabilidad de ser jefe de Cocina en Towers. ―Todos los rostros de sus empleados se fundieron en una confusión inmensa, Ochako no era excepción, mirándolo con ojos cargados de incredibilidad, incapaz de procesar lo que estaba escuchando; apartó sus ojos de ella para mirar a los demás―. Tengo una responsabilidad mayor con mi familia y he ignorado por mucho tiempo aquel pendiente. Por ese motivo, éste día fue mi último a su lado, así que, tendrán a Sato Rikido como el nuevo Jefe, claro que éste es demasiado blando para ustedes.

Algunas sonrisas se hicieron notar ante el comentario, Sato sólo pudo encogerse de hombros, sonriendo con tristeza. Bakugo asintió a sus colegas, haciéndoles entender que la reunión había finalizado y que eran libres de marcharse. Muchos se acercaron a él para despedirse con una reverencia, agradeciendo su tiempo allí, pero Katsuki sólo asentía sin mucho interés, su principal objetivo era marcharse de allí.

Uraraka veía a todos sus compañeros marcharse, dirigiéndose a los vestidores para cambiarse y dejar las instalaciones, pero ella estaba helada en su sitio, incapaz de moverse sin sentir que un movimiento en falso, la llevaría al suelo. Vio a Bakugo dirigirse hacia ella cuando todos se marcharon y estuvieron finalmente solos en la cocina. Él comprendía su mirada, por eso la evitaba.

―¿Qué fue eso? ―Preguntó Ochako en un hilo de voz―. ¿Acaso fue una broma?

―¿Viste a alguien reír?

―Katsuki… ―Su voz se sentía quebrada―. ¿Por qué? ¿Fue por mi culpa?

―Esto no tiene que ver contigo, Cara de Ángel ―Él intentó acercarse pero ella retrocedió un paso. Katsuki suspiró cansado―. Escucha, no tienes que preocuparte.

―¿Por qué? ―Volvió a preguntar mirándolo con urgencia―. ¿Renunciarás a lo que tanto amas para hacer lo que tu abuela quiere? ¿Acaso todo fue en vano?

―¡Por supuesto que no, maldita sea! ―Bramó molesto, sorprendiéndola―. Ochako, ¿confías en mí?

Ella parpadeó un momento, sus palabras la tomaron desprevenida. Él avanzó un paso y lo tenía frente a ella, podía sentir su aroma inundándola, llenándola, su mirada envolviéndola. Sintió su mano acariciando su mejilla.

―¿Confías en mí?

―Lo hago. ―Él asintió―. Pero prometiste que no volverías a llevar nada solo.

Katsuki la miró entonces, se alejó de ella y Ochako sintió frío de pronto.

―Hay cosas que solo yo puedo hacer.

―¿Por qué? ―Insistió. Katsuki echó un suspiro cansado.

Se mordió la lengua, no podía explicarle sus razones pero tampoco la veía segura. Cerró los ojos y recordó la frase de su padre: "Si vas a intentarlo, ve hasta el final. Si no, ni si quiera lo intentes. Esto podría significar perder novias, esposas, parientes e incluso tu mente. Podría hacer que no comas en días… Y será mejor que nada de lo que hayas intentado jamás".

―Ochako, lo mejor será que terminemos.

Los ojos de Uraraka se abrieron de par en par al escuchar sus palabras, él sólo apartó su atención a otro punto, no quería mirarla mientras la rompía sin explicarle sus razones. Sintió las manos de Ochako sobre las suyas y él sólo apretó aún más sus ojos al cerrarlos.

―¿Qué sucede? ¿Por qué me apartas así?

―Necesito hacer esto solo.

―¡Maldición, Katsuki! ―Dijo ella molesta, sus ojos comenzaron a humedecerse y él comenzó a odiarse por ello―. ¿Por qué siempre te alejas de ese modo? ¡Hace un momento dijiste amarme y…!

―¡Lo hago por ti, carajo! ―Respondió entonces, interrumpiéndola, su voz se oía quebrada. Él dirigió sus ojos a la mujer, vio las primeras lágrimas resbalarse por sus mejillas. Recordó las palabras de su abuela: todo lo que tocaba terminaba rompiéndose. No quería eso para Ochako―. Créeme, te hago un favor.

Se alejó de ella después, se alejó a pesar de haberle roto el corazón, a pesar de haberse roto el corazón a sí mismo, él siguió caminando. Porque tenía algo aún más grande que hacer, tenía una tarea inconclusa y no podía hacerlo con Ochako a su lado. Él la amaba demasiado y aquella era su debilidad.

Uraraka quedó allí un momento, mirando a la nada, intentando procesar lo que acababa de pasar. Se volteó a ver a Katsuki pero éste se había marchado. ¿Debía ir al departamento? Después de todo, vivían allí, ¿no? Él debía estar allí. ¡No podía terminar todo de esa manera!

Ochako cerró la tienda y se marchó a toda prisa con dirección al departamento, tenía aún la esperanza de hablarlo con Katsuki, de poder hacerlo entrar en razón, de que la escuchara y no la apartara de ese modo. Él decía amarla y ella sabía que no mentía, pero él tenía la maldita costumbre de desangrarse en soledad y ella no dejaría que lo hiciera.

No esa vez.

Sin embargo, llegó al departamento y tras abrir la puerta del mismo, sólo halló soledad. Bakugo no estaba allí, él en verdad había terminado todo. Su trato, su relación… Todo. Ochako se dejó caer al cerrar la puerta tras de sí, se abrazó a sí misma, intentando darse calor. De pronto, el departamento se sintió tan grande y tan frío.

Y ella, tan sola.