No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Lauren Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Esos dos días sin ver ni hablar con Isabella fueron para Edward una verdadera pesadilla. Ni siquiera se molestó en ir a la oficina, porque sabía que no podría trabajar. Ni trabajar, ni dormir, ni siquiera comer... Lo único que hacía era mirar su nueva BlackBerry con la esperanza de tener un llamado, un mensaje, algo. De ella o de Marie. Nada.
El miércoles no pudo más, y a las ocho de la mañana estaba llamando a la casa de Isabella. Pero Marie le dijo que su nieta continuaba negándose a hablar con él, y que no pensaba volver aún a su hogar.
Colgó. Bien, había llegado la hora de hacer algo. Isabella tendría que escucharlo, aunque tuviese que atarla para ello. Qué ironía... un par de días atrás estaba pensando en lo mismo, pero con otros fines más placenteros.
Estaba seguro de que ella se había marchado a la casa de alguien de la familia. ¿Estaría con su prima Alice o con su tía Carmen?
Decidió comenzar a buscarla en casa de Carmen. Sabía dónde era porque el día en que llevó a Bella a la concesionaria para elegir un coche que jamás llegaron a comprar habían ido con Alice, y luego la habían dejado en la casa de su abuela.
Fue la propia Isabella quien abrió la puerta. Por un segundo se miraron a los ojos. Fue un momento electrizante, pues en ambas miradas hubo un destello de deseo seguido de uno de dolor y otro de furia. Isabella intentó cerrar la puerta, pero él se lo impidió, y entró por la fuerza.
—¡Vete! No quiero verte —le gritó ella.
—Oh, sí lo harás. Y me escucharás. Entiendo que estés dolida por lo que creíste ver, pero creo que merezco que oigas lo que tengo para decirte… —no quería rogarle, pero seguramente terminaría haciéndolo. Se estaba muriendo por dentro al verla tan triste.
Parecía tan pequeña, tan frágil. Deseaba tomarla en brazos y besarla hasta hacerle olvidar el terrible momento.
—¿Qué me dirás? "¿No es lo que parece?". Lo vi, Edward. Lo vi con mis propios ojos. Tú y Kate... Eres un hijo de puta, ¡te odio!
—No me odias. Hace un par de días me amabas, Princesa.
—Hace un par de días tú no eras este Edward. Y ya no soy ni seré jamás tu princesa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó él. Pero en realidad no quería oír la respuesta.
—Que no me casaré contigo. Que no quiero volver a verte. Que deseo que te vayas de esta casa, que desaparezcas de mi vida y no regreses jamás.
Sonaba firme y serena, pero sólo en apariencia. En realidad, estaba temblando.
—Isabella, por favor... —y en un intento de convencerla, le tomó el rostro con ambas manos y la besó como sólo él podía hacerlo.
Ella se resistió débilmente. Tenía la boca cerrada pero cuando el presionó con su lengua, ella se dejó llevar. Ambos se perdieron en un apasionado y profundo beso.
—¿Ves que no me odias, mi cielo? Dame una oportunidad de...
Isabella reaccionó. Que su cuerpo la traicionara no quería decir que su corazón hubiera sanado como por arte de magia. No. Esta vez no permitiría que él la embaucara con sus besos, con su sensualidad...
—Vete, Edward.
Ella se volvió y le dio la espalda para que él no pudiese ver cuánto le dolía todo eso. Así, de espaldas escuchó cómo se abría la puerta. Y cómo Edward murmuraba "Siempre te amaré" antes de salir y cerrarla tras él. Entonces no pudo contenerse y comenzó a llorar desesperadamente. Apoyada en la puerta cerrada, sentía correr las lágrimas por sus mejillas y sangrar su corazón. ¿Por qué tenía que pasar algo así?
"Edward, te quiero más que a mi propia vida. Pero no puedo perdonarte. Deseas a otra mujer, y es justamente una que me hizo daño ¿cómo pudiste hacerme eso? Te burlaste de mí y de nuestros sueños... Oh, jamás podré olvidarlo".
Los días fueron transcurriendo, a veces demasiado rápido y a veces se hacían interminables.
Edward volvió al trabajo. E Isabella regresó a su casa y a sus estudios. Pero el dolor continuaba intacto, ni un poquito había menguado.
Una tarde, mientras regresaba de la Universidad, sin saber por qué se encontró en la puerta de La Escala. No tenía idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que en su mente comenzaron a agolparse uno a uno los recuerdos...
Se quedó paralizada. Permaneció inmóvil, dejando rodar las lágrimas por su rostro, ignorando a quienes la observaban con pena. De pronto sintió una mano en su hombro, levantó la vista y se encontró con la intensa mirada azul de Ben Chenney, el colega de Edward.
Él estaba de pie frente a la pequeña ventana de su estudio mientras disfrutaba de un café cuando la vio aparecer en la esquina. Como era habitual ella destacaba por su singular belleza, y era inevitable distinguirla entre la multitud. No lo pensó dos veces. Si lo hubiese pensado, quizás no lo habría hecho, pero se encontró de pronto corriendo por las escaleras, con alas en sus pies para alcanzarla. Pero cuando la vio de cerca y notó que estaba llorando, su corazón se detuvo. Había pensado en ella infinidad de ocasiones, y en casi todas se la había imaginado en situaciones de índole puramente sexual. Nunca esperó sentirse tan alterado por verla así, desvalida y sola, llorando.
Se acercó lentamente, y cuando ella notó su presencia, la tomó en sus brazos. Isabella parecía una muñeca, no tenía voluntad. Su alma estaba hecha añicos, y se dejó llevar por ese rostro conocido que la miraba con ternura. Era tan alto como Edward, y también fuerte como él. Imaginó que era su hombre lindo quien la estaba abrazando y apoyó su cabeza en su hombro.
Ben la condujo a una de las calles laterales, sin quitarle su abrazo, y le tendió un pañuelo. Bella se quedó mirándolo sin saber qué hacer, y entonces él secó sus lágrimas, una a una.
Ella permaneció con los ojos cerrados, su dolor era tan inmenso que ni siquiera podía hablar. Ben estaba perdido. Le pasaba delicadamente el pañuelo por el rostro, por sus tersas mejillas, por la comisura de sus labios, sin dejar de contemplarla.
Era tan hermosa, tan frágil. Deseó fervientemente ser su dueño, y protegerla de todo y de todos. Sabía que Edward se había comportado como un hijo de puta con ella, y sintió ganas de golpearlo. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Arriesgar su relación con Isabella por una mujer como Kate.
Cuando Edward se la presentó tiempo atrás en la fiesta de los Britos Fontanal, no sabía qué clase de fardo le estaba tirando encima. Veinte minutos con Kate fueron suficientes para que Ben deseara acogotar a su amigo. Era verdaderamente insoportable. Bella, pero tonta. Hizo lo posible por deshacerse de ella, pero fue imposible. Era como un gran perico dorado que no paraba de parlotear. Ben tomó un trago, luego otro, y luego otro. Y cuando Kate fue al toilette a empolvar su hermosa nariz esculpida quirúrgicamente, huyó despavorido. Borracho como una cuba, esa noche terminó vomitando a un lado de la carretera. Entre arcada y arcada, maldijo a Edward, a Kate, y hasta a los Britos Fontanal por el espantoso momento que le había tocado vivir.
En el cumpleaños de Edward se cuidó muy bien de no toparse con ella. De todos modos, esa noche había sido terrible, tanto para Kate como para él, y no habían estado de humor para nada. Mejor así, pues no hubiese soportado ni treinta segundos a su lado.
Por eso no entendía cómo el tonto de su amigo había sido sorprendido en brazos del perico. Hacer sufrir así a la hermosa Isabella. Era incomprensible. La noticia corrió como reguero de pólvora por toda la ciudad, y cuando se enteró se indignó.
Normalmente él jamás se hubiese aprovechado de una situación así. Le gustaba muchísimo la novia de Edward, fantaseaba con tenerla y aprovecharía cualquier ocasión de estar con ella sólo por el placer de observar tanta belleza. Pero pasar de la fantasía al acto... nunca se le habría cruzado por la cabeza, si Edward no hubiese sido tan vil. No valoró lo que tenía, entonces... ¿por qué él debía respetar a su chica? Era evidente que no la quería de verdad y lo de la boda había sido una cortina de humo. Seguramente se lo había propuesto para poder acostarse con ella. Y lo había logrado.
Se preguntó si él también podría hacerlo. Isabella parecía tan triste. Su maravillosa boca estaba tan cerca. Hubiese bastado un solo movimiento y...
Pero Isabella abrió los ojos de pronto y se alejó.
—Gracias, Ben. Ya estoy mejor —susurró.
—¿De veras? ¿Puedo ofrecerte algo, un café, un jugo? Sé por qué estás así, Isabella. Vayamos a tomar algo. No te ves nada bien —le dijo sin apartar los ojos de los suyos.
Ella no sabía qué hacer. Se sentía muy mal, estaba algo mareada y le vendría bien hablar con alguien. Si hubiese estado con Edward, jamás habría aceptado una invitación de otro hombre, pero ya no lo estaba. Así que aceptó. Por un lado porque necesitaba algo dulce para estabilizar su tensión sanguínea. Y por otro porque... necesitaba hablar con alguien que conociera a Edward, que le explicara por qué la había engañado así.
—Está bien, vamos. Pero no a La Escala —le pidió a Ben.
Fueron a un bar cercano, cuando la mesera se acercó él ordenó un Cuba libre para cada uno.
"Oh, no. Cuba. ¿Lo hace adrede?", se preguntó ella, contrariada.
—¿Qué sucede? Mira, algo fuerte te hará bien. Estás muy pálida.
—No es por eso... Oh, Ben. Tú sabes lo que ha pasado. Dime ¿qué hice mal? —quiso saber sin poder contenerse.
—¿Tú? Nada. Estoy seguro de que no has hecho absolutamente nada mal. Isabella, cuando te conocí te advertí que habría competencia. Edward siempre despertó pasiones, y bueno, también respondió con la suya.
—Pero íbamos a casarnos —replicó ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo sé, nena. Lo sé. Pero Edward es así, las mujeres se obsesionan y él no puede decir que no. Ya sabes lo que pasó con Tanya...
—Pero eso ya terminó, Ben. Edward no es un acosador.
—No lo es, pero sucumbió a los juegos de seducción de su secretaria. Nunca la tomó en serio, pero vivió con ella y la embarazó. Y luego tuvo que pagar las consecuencias. Es un Don Juan, y a veces le salen mal las cosas...
Ella no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Vivió con ella y...? Diablos. Apuró el trago y miró a Ben con los ojos brillantes por la ira. Si Edward tenía un hijo y no se lo había dicho, confirmaría su sospecha de que se había entregado en cuerpo y alma a un desconocido.
—¿Qué pasó con el niño? —preguntó sin más vueltas.
—¿No lo sabías? Tanya sufrió un aborto y le echó la culpa a Edward. Él no quería tener hijos y además había mantenido la relación en secreto pues como te dije antes, jamás la tomó en serio. Por eso toda la locura de la demanda por acoso, la indemnización y todo lo que ya sabes.
Además de decepcionada, ahora Isabella estaba hecha una verdadera furia. Edward no sólo le había sido infiel con Kate, sino que le había ocultado parte de la historia con Tanya. Y la parte más importante.
Tenía ganas de golpearlo. No le extrañaba la reacción de su ex secretaria. Edward podía provocar las más intensas pasiones.
Sacudió la cabeza y le hizo una señal a la mesera para que le trajera un segundo trago.
—Bien, Ben. Hay cosas que ignoraba pero te estoy muy agradecida por ponerme al tanto. Al parecer siempre soy la última en enterarme de todo.
—Oh, Isabella. Lo siento. No era mi intención... —y en un gesto audaz le acarició el rostro a través de la mesa.
Ella no se movió. Cuando llegó su trago lo apuró hasta el fondo.
—No te preocupes. Edward y yo no nos casaremos, así que ya no importa...
—Lo sé. También lo siento. Así son los poderosos, creen que pueden jugar con la gente. Edward cree que puede manejar a las mujeres, así como dirige su empresa. Olvídate de todo ¿quieres bailar?
—¿A qué te refieres cuando dices su empresa? Edward no es el dueño, lo es su familia.
—¿Eso te dijo? Pues no. Edward es el dueño, y sus padres son sus empleados. Edward tiene el sesenta por ciento de las acciones, así que podemos decir que es él que manda allí. Él dirige el negocio, él hace y deshace.
A Isabella ya no la sorprendía nada. Sabía que Edward era rico, pero no que era el dueño de todo. Pero no lograba recordar si le había mentido, o si ella supuso que... Oh, ya no podía recordar... La cabeza le daba vueltas y vueltas.
—Ey, ¿te sientes bien? —preguntó Ben. Ella parecía confundida.
—Humm... sí. Nunca me había sentido mejor.
—Entonces ¿bailamos? —insistió.
—Bueno.
No quería pensar. El bailar siempre había borrado las preocupaciones de su mente. Se puso de pie, y Ben la condujo a la pista, donde se escuchaba un romántico tema en español que hablaba de amor y de despecho. Bailaron mejilla con mejilla, pero cuando Ben intentó besarla, Isabella lo rechazó enérgicamente.
—¿Qué haces? —le preguntó mirándolo a los ojos.
—Bella, lo siento, perdóname si me apresuré a...
—Oye Ben, te diré algo. No intentes nada conmigo porque no resultará. Ya no estoy con Edward pero lo sigo amando como una tonta, a pesar de que es un maldito embustero.
—Pero te fue infiel con Kate, te ocultó lo de la empresa, y lo de Tany...
Ella no le permitió continuar.
—Ya lo sé. Y todo terminó entre nosotros. Lo de la secretaria no me importa. Lo de la empresa, menos. Pero no puedo tolerar que me haya traicionado con esa mujer.
—Entonces... —intentó decir Ben.
Pero a ella súbitamente se le habían aclarado las ideas.
—Entonces nada. Continúo amando a ese desgraciado —le dijo, decidida.
—Isabella... olvídate de él. Lo mejor para ti es no relacionarte con poderosos porque puedes salir herida. Esta gente no tiene escrúpulos. Toman lo que quieren y luego se van.
Ella estaba hastiada. Quería irse de allí, llegar a su hogar, sentirse segura en los brazos de su abuela, que era la única que la amaba incondicionalmente y podía protegerla de casi todo.
—Me olvidaré de él, de ti, de todos. Adiós Ben. Y gracias por los tragos.
¿Irse? Él quería retenerla a como diese lugar.
—Espera... Tú me gustas mucho, Bella. De verdad me enloqueces. Dame una oportunidad por favor. Te demostraré que no soy como ellos. Yo no soy rico, y no te traicionaré jamás... —le dijo cuando ella ya se estaba yendo.
Isabella se volvió y lo miró de arriba a abajo. Y luego soltó una carcajada. Se estaba volviendo cínica.
—¿Me dices que no me traicionarás y sí lo haces con tu amigo? Edward te dio una oportunidad, y también su amistad y su apoyo. Y sabiendo que soy su chica, o mejor dicho que lo fui, jamás debiste poner tu mirada en mí. Eres igual a él, Ben.
Pero él no se resignaba...
—Isabella, por favor escúchame...
—Lee mis labios, Ben: vete a la mierda.
Y diciendo esto, tomó su bolso y se retiró del lugar dejándolo de una pieza. Los hombres eran todos iguales, unos embusteros. Y éste ni siquiera le gustaba. Edward en cambio...
"Oh, mi hombre lindo. ¿Por qué, por qué? Me has mentido, me has hecho sufrir... Te amo, pero jamás podré perdonarte. Y si estás sufriendo lo mismo que yo, pues me alegro, te lo mereces", pensó mientras se alejaba.
Ellos sufrían como unos condenados, pero había un par que estaba de parabienes. Tan dichoso estaba ese par que habían destapado una botella de champagne francés para celebrar.
—Por nosotras —dijo Kate levantando su copa.
—Por nosotras —repitió Esme sonriendo. Era maravilloso lo que había sucedido. Se había filtrado en la empresa que la boda estaba suspendida. Ellas sabían que no sería algo temporal... —Esto nos demuestra que estamos en buen camino, querida. Dios está de nuestro lado, te lo dije.
—Me lo dijiste. Era una injusticia que esa tonta se llevara a mi Edward —dijo Kate entusiasmada.
—Y a mi sortija... —acotó Esme.
—Hablando de tu sortija, supongo que Isabella aún la tiene en su poder... — insinuó Kate.
Era cierto. Y estaba segura de que ni Carlisle ni Edward harían nada por recuperarla. Pues bien, ella no se quedaría con los brazos cruzados, y rescataría la joya de la familia, que algún día Kate tendría en su dedo. Claro, eso si Esme se lo permitía.
Ni corta ni perezosa, averiguó el teléfono de Isabella y la llamó.
Isabella se sorprendió de recibir una llamada de la madre de Edward, justo ahora que ellos estaban separados.
—Iré directo al grano. Quiero que devuelvas la sortija de la familia —le dijo con prepotencia.
La sortija. Lo había olvidado. El día del desastre se había quitado ambas sortijas, y no había vuelto a pensar en ellas. Así que eso quería esa malvada. No le importaba su hijo, ni su sufrimiento, sólo la maldita sortija. Pues la tendría, porque ella no quería nada de Edward ni de su familia.
—No tengo problemas en regresarla. Se la daré a Carlisle.
—No, dámela a mí —le ordenó Esme.
—He dicho que se la daré a Carlisle —Isabella se mantuvo firme y luego colgó. ¿Qué se había creído esta mujer? Ella no era una muñequita que cualquiera podía manejar.
Primero su hijo lo había intentado, y había sido su Barbie Puta por un tiempo... Pero ya no. Ya no lo sería más.
Al recordarlo, sintió una punzante necesidad entre sus piernas. Cómo deseaba a ese hombre. Lo tenía cada noche en sus sueños, y no era suficiente. Él le había hecho daño, le había mentido y ya no volverían a estar juntos, así que cuando terminara la caja de píldoras anticonceptivas, ya no volvería a tomarlas. El sexo sería algo del pasado. Tenía que anestesiarse porque de lo contrario, no sabía cómo iba a hacer para soportar la abstinencia de Edward.
Al otro lado de la línea, Esme continuaba apretando el tubo entre sus manos, furiosa. Qué niña estúpida. Se había atrevido a desafiarla. Bien, lo importante era que iba a devolver la sortija sin resistirse, y en verdad no esperaba recuperarla tan fácilmente. De la mano de Isabella a la de Carlisle, luego a la de Edward y finalmente a la de Kate, que era lo mismo que decir que ya era suya. Miró a su futura nuera, y luego sonrió. Tenía que llevarse muy bien con ella.
Levantó su copa y continuaron brindando y riendo por la inesperada victoria.
Mientras tanto, Isabella continuaba ofuscada. Maldita bruja. La odiaba por su prepotencia, porque había sido muy dura con ella, y sobre todo por lo que le había hecho a Edward. Esa mujer le había arruinado la vida. Por su abandono, él había crecido solo y resentido, y eso le partía el corazón a pesar de todo lo que había pasado. Tenía ganas de gritarle en la cara todo lo que pensaba de ella, y luego olvidarse de Esme para siempre...
¿Por qué no? Lo haría. Iría a la revista, le diría todo lo que tenía atorado en la garganta y luego le lanzaría la sortija a la cara.
Por primera vez en una semana, sintió deseos de vestirse. Era un espectacular día de sol y hacía bastante calor, por lo que decidió ponerse una blusa de tiritas y una colorida falda de gitana. Y así vestida, con el hermoso cabello suelto que le llegaba a la cintura se marchó a enfrentarse con su ex futura suegra.
La oficina de la revista estaba un piso más abajo que la de Edward. Ocupaba toda la planta y estaba decorada en blanco y negro. "Parece la casa de Cruella de Vil", pensó Isabella ni bien entró.
Afortunadamente no se había encontrado con Edward en el ascensor. Ese era su mayor temor, pero una vez que se decidía a hacer algo, nada podía detenerla. Y sin querer recordó cómo lo había seducido aquella noche para que la llevara a su departamento y la desvirgara. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero pestañeó para disiparlas y continuó andando. No tenía ni idea dónde estaba Esme, pero escuchó su irritante voz y hacia ella se dirigió.
—Y es tan estúpida esa niña que ni siquiera se dio cuenta de que montaste la escena para ella...
¿De quién hablaba? Esa odiosa mujer vivía para hacerle daño a la gente.
—¡Qué tonta es! —dijo riendo otra voz, demasiado familiar.
Kate. Estaba con ella. Ahora sí que se arrepentía de haber ido. No, en realidad estaba más que bien. Le daría la sortija grande a Esme y la pequeña, la que Edward le había traído de New York, se la daría a Kate. Era lo justo, ella había ganado.
—Piensas rápido, querida —continuó diciendo Esme—. ¿Cómo se te ocurrió hacer eso?
—Pues vi a Isabella a través del cristal de la puerta, y Edward aún no la había visto porque continuaba al teléfono. Cuando ella se acercó, calculé el segundo exacto en que entraría y lo tomé por sorpresa. El pobre casi se cae cuando lo besé, se tambaleó y se tomó de mi brazo para conservar el equilibrio. Si lo hubiese hecho un segundo antes o un segundo después, el efecto no había sido el mismo.
—Eres muy lista, Kate —rió Esme.
Isabella se quedó paralizada detrás de la puerta. Ese par de zorras malditas estaban hablando de... Mierda. Su corazón latía demasiado aprisa mientras pensaba.
"Jesús, me he equivocado, y cómo... No fue culpa de Edward. Fue Kate quien nos tendió la trampa. Qué tonta fui, por Dios. ¿Cómo pude? Debí confiar en él, debí confiar en Edward. Ahora me doy cuenta de todo... Él jamás me haría algo así... ¿estaba ciega? ¿Me volví loca? ¿Cómo pude creer que...? Ah, Maldita hija de puta, te odio. Las odio a ambas. No fueron ustedes quienes me separaron de Edward, sino mi necedad y mi orgullo, pero no puedo dejar de odiarlas".
La ira crecía en ella con tanta fuerza que se arremolinó en su estómago y luego ascendió hasta su boca. No pudo aguantar más, y se precipitó dentro de la habitación con el rostro desencajado y los ojos lanzando llamas.
Esme y Kate casi se mueren de un infarto cuando la vieron entrar. Estaba hecha una furia y temieron por su integridad física. Sobre todo Kate, que gritó pidiendo ayuda.
Inmediatamente el lugar se llenó de gente, pero Isabella no se amedrentó. Se acercó a Esme y la miró a los ojos.
—Tú… Eres una maldita zorra. Le rompiste el corazón a tu hijo cuando era niño y no has escarmentado. Tenías la llave de su felicidad en tus manos, podías haberme contado lo que sucedió, pero elegiste tu puta sortija. Aquí la tienes —y luego de morder esas palabras, dejó la sortija en la mesa, pero Esme no hizo ni un ademán para tomarla.
Estaba paralizada. Nunca se había sentido tan avergonzada. Aun así, hizo un gran esfuerzo para no demostrarlo y levantó la cabeza, altiva.
Pero Isabella no había terminado. A pesar de que iba llegando más y más gente, ella estaba ciega y nada le importaba. Se acercó a Kate, que empezó a retroceder hasta quedar pegada a la pared, como un ridículo vinilo dorado.
—Y tú… Tú eres una reverenda hija de puta. Eres malvada como una serpiente y yo preferí seguir tu sucio rastro en lugar de escuchar al hombre que amo.
Y al igual que Edward lo hizo aquella noche en que Kate la golpeó, tomó a la mujer del cuello y acercándose a su congestionado rostro le espetó lentamente:
—Jamás vuelvas a tocarlo.
Kate parecía una mariposa clavada por un alfiler, batiendo las alas desesperada. Comenzó a gritar y a revolverse, pero Isabella estaba como poseída por el demonio. Tenía una fuerza poco habitual en una chica de su edad y su tamaño.
Justo cuando Bella comenzaba a disfrutarlo, sintió que alguien la tomaba por detrás y la retiraba. Y también sintió un bulto bastante conocido contra su trasero. De inmediato supo que era Edward quien la había alzado en el aire y la mantenía así, apretándole los brazos, para inmovilizarla.
—Basta, Isabella —le susurró al oído, y ella se calmó.
Edward la dejó en el suelo y luego la tomó de la mano y subieron a su oficina.
Isabella estaba eufórica, ahora todo se arreglaría. Edward y ella volverían a estar juntos, y le quemaba la boca el deseo de besarlo hasta que el mundo acabase. Oh, qué día tan maravilloso. Juntos de nuevo en todo, en la boda, en la cama. La vida le sonreía y Isabella sonreía con ella.
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Jajajaj! Okok! Al inicio del capítulo yo estaba como: "qué pendeja eres, Bella!", pero tal parece que todo se resolvió jajajaja ¿qué opinan de este cap? Y ya le dijo sus verdades a Esme! Jajaja
Les debía este cap… y les debo otros de "LA MANERA EN LA QUE ME CONOCES"… es que descargué las temporadas de The Vampire Diaries y me ando echando una maratón jajaja ya saben… para pasar la cuarentena jeje
En fin, no olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
