Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


»24


A la mañana siguiente, preparadas para dar un paseo, Hanabi, Mirai y Hinata se presentaron en la gran entrada circular, las tres vestidas con una falda sencilla y una blusa, y cada una con un ridículo sombrero de paja sobrecargado de flores de seda. Lee, que las observaba oculto entre las sombras del vestíbulo, miró a Jones.

—Creía que la primavera iba a ser breve —observó con sequedad.

El gesto del mayordomo no cambió.—Por lo visto, la primavera ha vuelto a llegar y en todo su esplendor —respondió sin dejar de mirar a las tres féminas.

—¡A ver! ¡Tú!

Una voz de mujer que empezaba a resultar muy familiar a los dos hombres resonó a sus espaldas, los dos fieles sirvientes se miraron hastiados y, al volverse, vieron a Kurenai de pie en medio del vestíbulo, con las piernas separadas y los brazos en jarras. Llevaba un sombrero similar al de las chicas y los miraba con el ceño saludablemente fruncido.

—¿Señora? —preguntó Jones con mucha paciencia.

—¿Quién se encarga del menú en esta casa?

—Me encargo yo, señora —contestó con una reverencia.

—¿Lo de esta mañana ha sido una broma? —preguntó acercándose a él y escudriñándolo por encima de la montura de sus gafas.

—¿Cómo dice?

—¡Hablo de ese... ese pescado que han servido para desayunar! ¡Virgen santa!, hombre, ¿quién puede desayunar eso? Las exquisiteces extranjeras nos sobran, amigo mío. ¡Con tostadas, fruta y uno o dos huevos nos basta! —resonó.

—Como desee, señora —dijo el mayordomo inexpresivo, y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—¡Menudo susto nos ha dado! —masculló la americana mientras pasaba por delante.

Lee miró a Jones inquisitivo.—Arenques —le explicó éste sin inmutarse.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Naruto. Itachi y él llegaban entonces al vestíbulo y se detuvieron para coger los sombreros y los guantes que les ofrecían los dos hombres que los esperaban allí.

—A la señora Kurenai no le gustan los arenques —respondió el sirviente.

Naruto rio.—¿Por qué no me sorprende? Que un mozo nos traiga los caballos, ¿quieres? Vamos a Pemberheath.

Un criado les dio una fusta a cada uno y se pusieron en marcha. Los dos se detuvieron simultáneamente a la puerta.

—¡Madre mía! —susurró Itachi.

—No me lo puedo creer —dijo el marqués cuando los dos detectaron a la vez el mar de sombreros.

—La modista se ha quedado a gusto —observó aquél.

—Espero que no diseñe sombreros para hombres —coincidió Naruto antes de salir. —¡Buenos días, señoras! —gritó contento.

El sonido de su voz le produjo un escalofrío de gusto a Hinata, que se volvió y le sonrió. El gesto curioso de su marido la dejó perpleja, hasta que recordó el sombrero horrendo que llevaba. Al ver que se acercaba, se ruborizó y miró al suelo avergonzada. Ay, cielos, ¿por qué tenía que haberle traído Mirai un sombrero nuevo?

—¿Adónde van, señores? —preguntó Hanabi.

—A Pemberheath. Tenemos negocios que atender allí —respondió Itachi.

Hinata levantó la vista con disimulo. Naruto le miraba el sombrero, sí, con la cabeza ladeada. Su cálida sonrisa pasó del armatoste que llevaba en la cabeza a sus ojos.

—¿Sombrero nuevo? —preguntó sereno con una mirada risueña.

—Mirai —contestó ella sin más.

—Lo he supuesto —dijo él, y le guiñó el ojo.

Hinata se puso como un tomate, consciente de que la proximidad de su marido la estaba acalorando, lo tenía tan cerca que podía oler el aroma intenso de su colonia, le miró el pecho ancho, impecablemente cubierto por la camisa blanca de algodón y el chaleco rojo rubí rematado en oro. El pelo rubio le rozaba el cuello de la camisa, con el que contrastaba fuertemente el corbatín negro. Hinata pensó, algo aturdida, que se lo veía muy bronceado y muy sano.

Tan ensimismada estaba en su marido y en el lento acaloramiento que se propagaba por ella que no notó que traían los caballos. Cuando Kurama resopló a su espalda, Hinata dio un brinco y soltó un chillido que hizo que todos se volvieran hacia ella. Trató de alejarse de él, pero tropezó con Naruto. El la cogió por el brazo y la apretó contra su pecho. Desconcertado, la miró a ella, luego al caballo. Entonces, a él se le iluminó la mirada y la apartó del animal.

—¿Qué demonios pasa? —dijo Kurenai casi gritando.

—Na...nada. Me ha asustado el caballo, eso es todo.

La mujer entrecerró los ojos con escepticismo, se encogió de hombros y volvió con Itachi, quien de pronto estaba rodeado de un mar de flores de seda, que revoloteaban excitadas a su alrededor como barquitas.

—Si necesitas algo mientras estoy fuera, no tienes más que pedírselo a Lee —le decía Naruto mientras ella intentaba que dejara de temblarle la mano.

—Estaremos bien, gracias —contestó su tía.

—Volveremos hacia el anochecer —continuó.

—Esta noche cenamos con los Terumi —dijo ella, moviéndose de forma que el marqués quedara entre el enorme caballo y ella. —Lord Terumi está fuera y su esposa va a organizar una noche de señoras. Espero que no te importe.

—En absoluto. Quiero que tengas lo que quieras, lo que te haga feliz, Hinata —le dijo en voz baja.

Ella apartó la mirada del caballo y lo miró a él. Sus ojos azules le exploraban el rostro, chispeantes, deteniéndose en sus labios. El rubor de Hinata se intensificó, y la hizo retroceder nerviosa.

—Lo que me haría feliz —le susurró ella —es otro sombrero.

Naruto sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes perfectos. Cielo santo, le flojeaban las rodillas como siempre que él la miraba así. No podía quitarle los ojos de encima y le vinieron a la cabeza un millón de preguntas. ¿Sería posible volver a llenar el vacío que había sentido? ¿Podría dejarlo de verdad y volver a América? ¿Encontraría un modo de olvidar los terribles sucesos de Londres?

—¡Hinata! —dijo Hanabi enfática. La aludida volvió la cabeza hacia ella, que se había plantado a su lado sin que ella lo notara. —¿No me has oído? ¡Itachi dice que nos va a enseñar a montar!

—Espléndido —murmuró, incapaz de apartar los ojos de Naruto, que aún le sonreía y la derretía con la intensidad de su mirada.

—Hoy no, porque van a estar en Pemberheath; mañana por la mañana. Dice que hay una yegua gris estupenda, Kokuo se llama, con la que nos enseñará a todas...

Hinata soltó una carcajada y Hanabi se interrumpió y la miró ceñuda. Le dio la risa tonta sólo de oír mencionar la yegua y no podía parar de reír. Su marido la observó con un brillo especial en los ojos, y también él empezó a reírse por lo bajo. Cuanto más reía, más le costaba a Hinata parar.

—¡Sí, Kokuo es una yegua estupenda, sin duda! ¡Qué detalle por tu parte, Itachi! —logró decir, y volvió a darle la risa.

Lord Uchiha sonrió y se dio un toquecito en el sombrero mientras las primas se miraban confundidas.

—Sabía que le gustaría la elección, milady. Uzumaki, si queremos llegar a Pemberheath antes de que anochezca...

—Sí, sí, ya voy.

Sorprendió a Hinata cuando le cogió la mano y se la llevó a la boca. Sus labios apenas le rozaron la piel, pero el efecto que tuvieron en sus sentidos fue explosivo. La risa cesó de pronto y un intenso rubor encendió el rostro de ella. Él subió de un salto al caballo y la miró desde arriba como si quisiera decirle algo. Al final puso en marcha a la montura, no sin antes dedicarle a Hinata una mirada que le aceleró el pulso.

Arreglar a todas para la velada era todo un acontecimiento en sí. Hinata pensó que Karui parecía exhausta, y Molly completamente extenuada. Mirai y Hanabi se probaron cada una varios vestidos antes de decidir lo que se pondrían. El espacioso dormitorio de Hinata estaba sembrado de vestidos y enaguas de colores vivos. Hasta Kurenai insistió en que la peinaran, era muy evidente que se trataba de algo inusual en ella, porque protestaba de cada toque del cepillo y se quejaba de que las horquillas se le clavaban en el cuero cabelludo.

Hinata se vistió sola. Las sirvientas estaban demasiado ocupadas con las exigencias de sus invitadas, algo que a ella le parecía perfecto. Nunca había precisado la ayuda de una doncella, pero, durante los meses que llevaba en Inglaterra, no había podido librarse de aquel protocolo.

Estaba sentada en el sofá hojeando una revista que Mirai había traído de Boston cuando oyó que llamaban a la puerta. Se levantó, le hizo una seña a Karui para que siguiera con lo suyo y rio de la docena de horquillas que ésta llevaba sujetas con la boca mientras se peleaba con la tupida melena castaña de Hanabi.

Cuando Hinata abrió la puerta, el criado le hizo una reverencia.

—El señor solicita audiencia en el despacho oficial, milady.

A Hinata se le aceleró el pulso de inmediato.

—¿Cuándo?

—En cuanto le sea posible, milady.

—Dile a lord Uzumaki que voy en seguida. —Cerró la puerta y miró los rostros expectantes de sus primas y su tía.

—¡Pareces asustada! ¿Ocurre algo? —quiso saber Kurenai.

—Ah, no, claro que no —contestó ella precipitadamente, dirigiéndose al otro extremo de la habitación. —Tengo que calzarme —gritó, y se metió en el guardarropa.

—¿Qué te ha dicho ese hombre? —inquirió Kurenai.

—Nada, tía. Que me esperan en el despacho, eso es todo —le respondió ella.

Lo cierto era que las citas de Naruto la angustiaban. ¿Estaría disgustado con ella? Negó con la cabeza mientras buscaba el calzado. ¡Qué ridiculez! ¿Por qué demonios iba a estar disgustado con ella? El que las últimas veces que la había llamado hubieran sido para reprocharle algo que había hecho mal o excusarse por algo que había hecho él no era motivo para inquietarse. Su familia se estaba comportando lo mejor que sabía. Neji ya no estaba. Hinata encontró las zapatillas azul claro que buscaba y se las puso ¡Qué tontería! Probablemente quisiera decirle que salía de viaje de negocios, que iban a estar un tiempo sin cerveza o alguna otra bobada. No era más que eso.

Salió sonriente del vestidor y les dijo a las mujeres que las vería en la entrada cuando estuvieran listas. Antes de que Kurenai pudiera decir nada, salió del dormitorio.

Cuando llegó a la puerta del despacho, llamó discretamente a la puerta y lo oyó pedirle que pasara. Con mucha cautela, abrió y asomó la cabeza. Su esposo estaba junto a la ventana, inclinado hacia adelante, con el pie en el alféizar. Parecía que acababa de llegar de Pemberheath; no iba vestido de etiqueta y llevaba la camisa desabrochada hasta medio pecho. El pelo revuelto le caía de cualquier manera por el cuello abierto de la camisa. Tenía un aspecto muy viril.

—¿Querías verme? —preguntó ella tímidamente.

—Sí. Pasa, por favor.

Cruzó con recato el umbral. ¿Por qué demonios estaba tan nerviosa?—¿Ocurre algo malo?

Naruto arqueó una ceja.—¿Malo? No.

Hinata se agarró las manos a la espalda y permaneció allí, de pie, sintiéndose terriblemente incómoda bajo su escrutinio. Se dio cuenta de que estaba balanceándose hacia adelante y hacia atrás, y paró.

—¿Qué tal se te ha dado el día? —preguntó él con naturalidad, bajando el pie al suelo.

—Muy bien, milord.

Naruto se acercó despacio al aparador y se sirvió un vaso de agua.

—¿No te sientas?

Hinata paseó la mirada por la estancia, esperando encontrar la razón de aquella llamada en algún sitio visible.

—¿Prefieres quedarte de pie? —insistió él, y ella se dio cuenta de que no se había movido.

—¿Me has mandado llamar? —volvió a preguntar ella, de pronto desesperada por saber lo que quería.

—Pareces preocupada —observó él.

Hinata se llevó las manos delante, donde las cruzó con fuerza, temerosa de lo que pudiera venir.

—Disculpa. Es que tía Kurenai y las chicas...

—Lo entiendo. Estás entretenida con tus invitadas.

¿Qué había querido decir?—Sí, supongo que sí.

El dejó de mirar el agua que tenía en la mano y la miró a ella, luego titubeó un instante.

—No pretendía distraerte de tu familia —dijo Naruto con frialdad.

Hinata no respondió. Le pareció que lo irritaba que no lo hiciera. —Supongo que no es necesario que te pregunte si te apetece beber algo —comentó él. —Claro —añadió socarrón cuando Hinata negó con la cabeza.

El dejó el vaso y dio varios pasos para situarse en el centro de la estancia. El sol de última hora de la tarde que entraba por las ventanas dibujaba una suave silueta de su cuerpo. Apoyado en un solo pie y con los brazos cruzados, miró ceñudo a su esposa. Ella lo encontró bastante imponente.

A él le pareció que ella se comportaba de forma rara.—Sólo quería preguntarte qué tal se te ha dado el día, Hinata, nada más —dijo él con sequedad.

Ésta retrocedió un paso sin darse cuenta.—Sin incidentes, milord —dijo ella en voz baja. ¿Por qué demonios se mostraba tan reticente?. Casi parecía que le tuviese miedo

—Me llamo Naruto —dijo él, más irritado de lo que habría querido. Deja de llamarme milord. —Alzó la mano de inmediato en señal de disculpa. —Perdona. Espero que tu velada en casa de los Terumi sea entretenida. —Le dio la espalda. Obviamente se había dejado alentar tontamente por la conducta de ella la noche anterior y esa mañana. Sus sentimientos por él no habían cambiado y la decepción fue abrumadora.

—Gracias —le contestó Hinata a su espalda, y se dispuso a salir. Abrió la puerta, pero no pudo resistir la tentación de mirar por encima del hombro. Él se había acercado a los ventanales y miraba al frente, con la vista fija en algo que ella no alcanzaba a ver.

Hinata salió del despacho en silencio y avanzó aprisa por el pasillo. ¿Qué demonios le pasaba?. ¡Él la había llamado para preguntarle amablemente por su día! ¿Por qué estaba nerviosa? ¿De qué tenía tanto miedo? Asqueada de sí misma. Subió corriendo la escalera de mármol hasta su despacho particular y, cerrando la puerta al entrar, empezó a pasearse delante de la chimenea.

Sabía muy bien de qué tenía miedo, había pensado un poco más aquel día. Tenía miedo de que volvieran a hacerle daño. De algún modo, había logrado superar los terribles sucesos de Londres, pero no podía sobreponerse al miedo de que algo similar volviera a sucederle. La única forma de protegerse era mantener las distancias. La idea de estar a solas con él convertía su miedo en inquietud. Sabía en su interior que no sería capaz de resistirse y no podría impedir volver a enamorarse locamente de él. ¿Y si él volvía a rechazarla? No podría soportarlo una segunda vez, de eso estaba segura.

Fue una gran cena con lady Terumi, y se obsequiaron unas a otras con relatos cada vez más disparatados. Hinata picoteó su comida en medio de aquel alboroto femenino y se obligó a reír y a responder cuando le tocaba. Toda la noche la había perseguido una imagen de Naruto, de pie junto a la ventana del despacho, mirando al jardín. Cuanto más pensaba en él, más cuenta se daba de lo estúpida que había sido aquellas últimas semanas. Qué imbécil podía ser a veces. e inflexible. Y quisquillosa. Lo amaba con toda su alma, siempre lo había amado, siempre lo amaría. Y él la amaba a ella. Lo notaba.

La velada con lady Terumi se le hizo interminable. Cuando al fin pidieron el coche, Hinata fue la primera en subir; se acurrucó entre los cojines y deseó que fuera más rápido. Sus primas parlotearon sin parar durante la media hora de camino a casa, pero ella estaba ausente. Igual que Kurenai, que no dejó de mirarla en todo el rato, con un gesto muy sombrío.

Sus primas y su tía debieron de percibir su angustia, porque las tres insistieron en retirarse en cuanto llegaron a Konohagakure Park. Hinata agradeció que su tía despachara a las chicas a sus habitaciones en el ala de invitados de la planta superior. Antes de marcharse, tía Kurenai le susurró al oído: «Sigue adelante y no mires atrás». Hinata la miró perpleja, pero sabía muy bien lo que quería decir.

Las vio subir la escalera y doblar la esquina. Ella recorrió el pasillo de la planta baja en busca de algún signo de vida. Salvo por el criado que las había recibido al llegar, la casa estaba oscura y silenciosa.

Seguramente Naruto ya se había retirado hacía rato. Tendría que esperar a la mañana siguiente para verlo, e incluso entonces ¿qué iba a decirle? Quería rogarle que olvidara el pasado. Quería decirle que lo amaba y que siempre lo había amado. Quería sentir el calor de sus brazos, el contacto de sus caderas en su piel, el peso de su cuerpo sobre el de ella en la cama. Sin darse cuenta, se plantó delante del dormitorio de Naruto. Por la puerta entreabierta salía un fino haz de luz.

Se detuvo y se quedó mirando la puerta. ¿Estaría despierto? ¿Llamaba? ¿Qué iba a decirle? Quizá se había quedado dormido sin darse cuenta de que la puerta estaba abierta. Tal vez Genma estuviese allí dentro con él. No pudo evitar acercarse sigilosamente; sólo oyó el leve frufrú de sus propias faldas. Agarró el pomo de bronce y se miró los nudillos blancos. «Llama, imbécil», se dijo, pero su mano, reaccionando a otras órdenes, abrió despacio la puerta.

Chisporroteaba un fuego en la chimenea. Había un libro abierto en una silla de piel, situada justo delante del fuego. No había rastro de nadie por allí. Suspiró aliviada; Naruto ni siquiera estaba dentro. Con la punta del pie empujó la puerta un poquito más. Su curiosidad y el deseo de estar cerca de él la impulsaban a comportarse como una vulgar fisgona. Se asomó por la puerta parcialmente abierta. Aquella habitación..., pensó con añoranza, estirando el cuello para ver un poco más. ¿Cuántas noches gozosas había pasado allí? ¿Cuántas noches se había quedado dormida en sus brazos? ¿Cuántas mañanas lo había visto afeitarse y cuántas veces se había acercado él al borde de la cama y le había sonreído desde arriba?

Empujó un poquito más la puerta con el pie y las bisagras chirriaron. Se detuvo y esperó, pero no oyó nada.

Él no estaba allí.

Hinata empujó descaradamente la puerta y entró en la habitación, sonriendo al mirar al techo de color verde, con sus medallones y sus molduras. Bajó la vista a la alfombra de Aubusson y, llevada por un impulso, se descalzó. Se dirigió despacio al armario y pasó los dedos por la suave caoba. Abrió una de las puertas y alargó la mano para tocar unas cuantas decenas de corbatines que había allí colgados. Se los acercó a la cara, saboreando el tacto del tejido en su piel e inhalando su aroma masculino. Al cabo de un buen rato, los soltó y, antes de cerrar la puerta, vio cómo se balanceaban suavemente contra la percha.

Luego se acercó a la palangana y acarició la brocha y el peine, después cogió la cuchilla y pasó el dedo con cuidado por la hoja fría. Podía imaginárselo, con el torso descubierto y el rostro enjabonado mientras se afeitaba la barba, los músculos del pecho y del estómago moviéndose suavemente al ritmo de su respiración. Sonriente, dejó la cuchilla en su sitio y se encaminó a la cama. Tocó las gruesas cortinas de damasco, luego continuó avanzando hasta los pies y se abrazó a uno de los altos postes de caoba.

Su propio chillido la asustó más que él. Naruto estaba de pie junto a las cortinas de terciopelo en el oscuro rincón de la ventana, vestido con un camisón negro de terciopelo. En la penumbra de la habitación, apenas se lo podía distinguir de dichas cortinas. Iba descalzo, tenía las piernas separadas, las manos cogidas a la espalda y la miraba fijamente.

—¡Cielo santo! ¿Qué haces? —exclamó Hinata, más avergonzada que asustada por su inesperada presencia.

El tardó en responder.

—Estaba esperando —dijo con voz ronca.

Ella se llevó de inmediato la mano a la garganta.

—L...lo... lo siento... No he caído en la cuenta de que podías estar esperándonos...

—No. Te estaba esperando a ti, Hinata. He esperado todas las noches a que pasaras por esa puerta.

—¿Me esperabas? —repitió ella con la respiración entrecortada.

Él asintió con la cabeza y dio un paso hacia ella, balanceando las manos a los lados. —Te esperaba.

—¿A mí? —susurró ella sin convicción, hipnotizada por la pasión que ardía en sus ojos azules.

—Cada minuto, cada hora. —Dio un paso más; ya lo tenía delante, con los puños apretados a los lados, como si se estuviera conteniendo. —Esperaba a que entendieras lo mucho que te quiero —susurró, luego, con cautela, alargó la mano y le acarició la mejilla ardiente con los nudillos.

—Naruto, debes saber...

—Debo saber que tú también me quieres.

Cuando Naruto deslizó la mano hasta su cuello y la atrajo hacia así, a ella se le hizo un nudo en la garganta. Con la otra mano la cogió por la cintura.

—¿Me amas, Hinata? —le susurró mientras acercaba sus labios a los de ella. El deseo se desplegó en el interior de ella, que recibió con voracidad aquel beso tentativo. Se colgó de su cuello y lo atrajo hacia sí.

Él levantó la cabeza. —¿Me amas? —volvió a susurrarle.

La embargó una poderosa emoción.—Siempre te he amado —gimió ella—y siempre te amaré. Pero temo que...

—No —dijo él con voz ronca. —No, mi amor, no tengas miedo. No volveré a hacerte daño, te lo juro por mi vida. Te amo, Hinata, a ti y a nadie más que a ti. Para mí nunca habrá otra mujer, ni amantes, nadie. Sólo tú. Sólo mi querida Hinata.

Jadeó suavemente. Había tanta emoción en su voz y deseaba tanto creerlo. Él la estrechó aún más en sus brazos, presionando su cuerpo fuerte contra cada centímetro del de ella, y volvió a besarla. Deslizó las manos por su espalda, desabrochando los diminutos botones a su paso. El contacto del aire con su espalda descubierta despertó de pronto sus sentidos, y Hinata se retiró.

—Naruto, escúchame... —le susurró al pecho.

El profirió un gemido muy grave y le quitó una horquilla del pelo. Un mechón largo y grueso se derramó entre los dos. Le quitó otra horquilla.

—Tienes que escucharme. Quiero olvidarlo todo, de verdad. Quiero mirar hacia adelante...

Él empezó a besuquearle el cuello, murmurando su asentimiento sobre la piel ardiente de Hinata. Ella cerró los ojos e hizo un esfuerzo por hablar.

—Pero tengo miedo, mucho miedo, de que vuelva a suceder —insistió.

Naruto se apartó despacio de su cuello. —Hinata. Te amo. Te necesito. No quiero que vuelvas a alejarte de mí jamás. No quiero apartarme nunca de ti. Te prometo que te seré fiel, en todos los aspectos. Nada cambiará eso jamás. —Su voz era tan rotunda como su gesto A ella se le hizo un nudo en la garganta. —Te quiero, mi amor —volvió a decirle, acariciándole el cuello con su dulce aliento.

Increíblemente, su esposa alzó los ojos. Él le sonreía con tal adoración que los ojos se le llenaron de lágrimas, Ella no se merecía aquello.

Él le quitaba otra horquilla del pelo y atrapaba el mechón con la mano.

Hinata no fue consciente de que le agarraba las solapas del camisón, ni de que enterraba el rostro en su pecho. Sólo notó que la intensidad de aquel amor la envolvía por completo y los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Te amo, Hinata, más que a mi vida —le dijo él con una voz plena de emoción. —¡Dios, cuánto te necesito!

—¡Ay, Naruto! —suspiró ella en su pecho.

Él la cogió en brazos, se acercó a la puerta, la cerró de un puntapié y volvió junto a la cama.

Después la dejó en el suelo y le quitó el vestido, acariciándola apasionadamente mientras lo hacía. Le acarició los pechos a través de la combinación de fino algodón que llevaba debajo, pasándole la yema de los pulgares por los pezones, que se endurecieron de inmediato con sus caricias.

—Te he echado tanto de menos... —le susurró ella mientras él le cogía el pecho.

Él sonrió y, tras soltarle los tirantes de la combinación, se la bajó hasta la cintura. De ahí cayó al suelo, amontonándose a sus pies.

—Yo también te he echado de menos, cariño ¡No sabes cuánto! —le respondió con voz pastosa, luego la tendió en la cama. Le quitó las medias y se retiró un poco para admirar su cuerpo desnudo un instante antes de despojarse de su camisón. Su virilidad, vibrante de deseo, se disparó en cuanto se tumbó sobre ella. —Prométeme que no me dejarás nunca —le pidió. Sus manos ya habían empezado a explorarla y revoloteaban rápidamente entre sus muslos.

—Jamás —le susurró ella.

—Jamás —repitió él, luego ancló con pasión su boca a la de ella.

Sus besos eran embriagadores; todo dejó de existir salvo su sabor, su olor, el tacto de su cuerpo apretado contra el de ella. Hinata gimió y él deslizó los dedos en su interior, ladeó la boca sobre la de ella, paseando la lengua por todos sus rincones. Ella acarició su pecho y se detuvo en sus pezones. Él gimió y la besó con mayor vehemencia. Cuando Naruto bajó la cabeza a los pechos de ella, Hinata se arqueó para acercarse más a él. Le chupó uno, luego el otro y, con la lengua, empezó a trazar una línea húmeda hasta su vientre. Se detuvo para besarle la cicatriz, que empezaba a disimularse poco a poco, luego se deslizó hasta los rizos oscuros de la confluencia de sus muslos.

—Naruto —le susurró ella sorprendida.

Lo oyó reír antes de introducirle la lengua entre los pliegues suaves y cálidos. Hinata se arqueó; el placer que le producía era insoportable, y ella se retorcía descontroladamente bajo su cuerpo.

Le cogió las nalgas con sus manos fuertes y la lamió despacio, tentándola con cada caricia de su lengua. Se sumergió en un océano de pasión. Su cuerpo pedía a gritos el clímax; sus manos enterradas en la rubia maraña de su pelo, lo instaban, suplicantes a que pusiera fin a aquella tortura. Naruto exploraba implacable su cuerpo y, cuando notó que ella empezaba a tensarse ante la proximidad de la plenitud, las caricias de su lengua se hicieron más urgentes y la llevaron al límite.

Hinata estalló y se dejó llevar por un éxtasis total. Su cuerpo fue presa de una dulce convulsión. Se arqueó, entregándose, saboreándolo. Naruto la levantó y se introdujo en su interior con un impulso brutal. Hinata gimió de absoluta euforia.

—Dios mío... Hinata, mi amor... —le susurró él al tiempo que se instalaba sobre ella y empezaba a moverse en su interior.

Ella lo abrazó, le enroscó las piernas a la cintura y se apretó contra él, echando la cabeza hacia atrás y dejando al descubierto la piel blanca y sedosa de su cuello. Naruto se meció con mayor vehemencia y ella notó que unas lágrimas calientes le corrían por las sienes hasta los oídos.

—Te amo, Naruto —le susurró con rotundidad mientras él prolongaba sus movimientos.

De él emanó un gemido largo y profundo y, con un último y potente empujón, la lleno en lo más hondo de su ser. Se estremeció de placer, luego se derrumbó sobre ella y enterró el rostro en su cuello.

—Cielo santo, cuánto te deseaba —le susurró él, besándole el cuello y las lágrimas.

Hinata contuvo un sollozo la intensidad de su intercambio amoroso y los latidos del corazón de Naruto contra el suyo hicieron desaparecer el vacío que había sentido durante tantas semanas. Aquel lugar de su interior se llenó hasta rebosar del amor y el deseo que le inspiraba su esposo.

—No llores mi vida —le pidió su marido con ternura, alzándose sobre un codo y limpiándole las lágrimas de las mejillas.

—L...lo... lo siento, ¡lo siento muchísimo!

—No, cariño, soy yo el que lo siente. —Naruto se dispuso a retirarse de ella.

—¡No! No, no, por favor, no te vayas —le susurró.

Él le sonrió, luego la envolvió en sus brazos y se puso de lado.

—He sido un imbécil, mi amor... Jamás debí haberte puesto en esa situación. Tú no has hecho nada malo, nada en absoluto.

—Sí, Naruto, sí lo hice. Tú tenías razón. No fui del todo sincera contigo al principio...

—Calla... Todo eso es historia. Se acabó. Lo que importa es que te tengo aquí conmigo ahora y tengo tu promesa solemne de que nunca me dejarás, ¿no es así?.

Hinata asintió despacio. Era demasiado bueno con ella. Más de lo que merecía. No podía dejar de llorar.

—No le des más vueltas al pasado. Viviremos en Konohagakure Park y viajaremos a América periódicamente, para que tus primas vean a nuestros hijos y puedan hacerles sombreros extravagantes. Envejeceremos juntos, veremos madurar a nuestros hijos y crecer a nuestros nietos. En eso tienes que pensar, ¿de acuerdo?

Hinata se enroscó uno de los rizos de Naruto en el dedo.

—¿Y si no tenemos hijos? —le susurró.

—Entonces envejeceremos juntos, disfrutando el uno del otro, y de los Terumi, claro. Tu prima te hará sombreros nuevos y yo los elogiaré todos. Y haremos viajes por todo el mundo, y tú, mi amor, tocarás para mí por las noches. No imaginas cuánto he echado de menos tu música.

Hinata se acurrucó aún más en su pecho, verdaderamente aliviada por su abrazo y sus tiernas palabras.

—Tengo una pregunta —le dijo ella a media voz. Hinata le lamió el pezón erecto y él profirió un grave gemido.

—Lo que quieras, mi amor —respondió él con ternura.

—Si yo toco para ti todas las noches, tendrás que prometerme que tú también tocarás para mí.

Naruto rio, mordisqueándole el labio inferior mientras ella deslizaba la mano hasta la conjunción de sus cuerpos.

—A Dios pongo por testigo, jamás te faltará amor —declaró él tumbándose boca arriba.

A horcajadas sobre él, Hinata empezó a moverse despacio, seductora. Él le cogió los pechos.

—¿En serio? ¿Y si estoy embarazada, y gorda? —rio ella.

—Me da igual, esperaré a que des a luz.

—¿Y aunque huela a perro muerto, me esperarás también? —bromeó Hinata.

Naruto no respondió de inmediato, absorto en el movimiento sensual de ella. Hinata, a caballo de su cuerpo, rio. La miró. Estaba radiante. Su esposa. Su hermosa esposa había vuelto a ser quien era. Le llevó la mano a la mejilla y Hinata se apoyó en ella. Sus suaves ojos perlas resplandecían de amor.

—Siempre te esperaré, mi amor —le susurró él.

Ella suspiró feliz y bajó al encuentro de su esposo.

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FIN