Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO IV

Llegaron a las raíces del monte y comenzaron a subir por aquella senda estrecha que conducía hacia la cima. Candy, que ya nada tenía que desear, sintió no obstante saltar su corazón de júbilo al comenzar a subir aquel florido, delicioso monte. Gozaba un placer purísimo al pensar que iba a habitar en aquel sitio bienhadado en que por tanto tiempo había habitado su adorado Bien. Llegaron a la cumbre del amado monte, y Candy, después de tan largo y penoso camino, se halló por fin en el lugar de su descanso.

El Príncipe condujo a su amada compañía hacía un sitio escogido, ameno y deleitable, más aún que el resto de la feraz montaña. Allí, entre varios frondosos árboles de los perfumes, se levantaba uno que mecía su perfumada copa por encima de cuantos le rodeaban. Candy admiraba este árbol hermosísimo, en cuyo espeso follaje anidaban las palomas y en cuyas ramas se ostentaban a la vez las flores y los frutos.

«—Aquí —dijo Albert a Candy—, subió el Príncipe mi Señor para verte venir a lo lejos. Aquí —prosiguió—, le vi agonizar de muerte, viendo frustradas sus esperanzas». Candy reconoció este árbol; le había visto muchas veces en su maravilloso espejo, le contemplaba con admiración, le abrazó y besó mil veces y exclamó: «—¡Árbol frondoso, árbol elevado, árbol dichoso, envejecido con la purpúrea sangre del Rey de mis amores; cuyos fuertes brazos fueron dignos de sostener el dulce peso de mi Dueño! cúbreme con tus espesas ramas, por qué tu sombra quiero descansar, tú serás mi divisa». Otras muchas expresiones de ternura y afecto dijo a este árbol, que tan caros recuerdos tenía para ella. Después grabó su nombre en la corteza.

A la mañana siguiente el Príncipe, ayudado por Albert, se puso a edificar dos moradas, vecina la una de la otra. Estas dos encantadoras habitaciones eran una para Rosemary, Candy y Elroy, la otra para el Príncipe y Albert. Mientras ellos trabajaban, Rosemary y Candy sentadas a la sombra de los árboles tejían telas en que entraban la seda y el oro. También enseñaba la Señora a Candy diversas labores muy en uso en el Reino de las Luces, o entonaba la hermosísima y amable Señora canciones con voz tan melodiosa, que arrebataba los corazones de cuantos la escuchaban. Candy se esforzaba en imitarla, lo que al principio le costaba inmenso trabajo; pero con las dulces e insinuantes lecciones de la amable Maestra y el empeño y dedicación de la discípula, logró al fin semejar su canto al de la Señora. Tenía tal dulzura, tal expresión, que merecía las tiernas caricias de Rosemary y los aplausos del Príncipe, que muchas veces suspendía su trabajo para mejor escucharla.

Ni el terrible huracán, ni las negras tempestades llegaban a este lugar tranquilo y seguro. Muchas veces, mientras allí todo estaba quieto y Anthony y Candy, enteramente sosegados, cantaban a la sombra de algún árbol cuyas hojas apenas movía una suave brisa, se veían allá abajo, a lo lejos, recios vientos arrancar los árboles de cuajo y las lluvias caer a torrentes; se escuchaba el estallido del rayo que retumbaba sin cesar, cuyo espantoso ruido, aunque apenas se percibía, daba a conocer bastante que la tempestad era terrible. Candy, aunque se hallaba enteramente segura, todavía temblaba al considerar cuántos riesgos había corrido antes de llegar a aquel sitio seguro donde se disfrutaba tan dulce paz. Así pasó el tiempo que tardaron en construir las moradas. Éstas eran sencillas, pero hermosísimas, limpias y de una frescura encantadora.

Se tomó posesión de las nuevas habitaciones; se entabló un agradable método de vida: útiles trabajos durante el día, dulces conversaciones por las noches.

Tanta felicidad fue turbada por la próxima partida de Anthony. Era forzoso que marchara a tomar el mando de su ejército para comenzar de nuevo la guerra, y así se lo anunció a Candy. Ella se afligió extremo, recordando que durante la ausencia del Príncipe había ella cometido tantas infidelidades; pero la consoló asegurándole que ahora ya no sería así, tanto porque su amor ya no era flaco e imperfecto, como porque la dejaba en lugar seguro y bajo una poderosa protección.

El Príncipe partió después de una larga, tierna y cariñosa despedida, y Candy, a pesar de sus razones, derramó copioso llanto, y no sólo lloró ella, mas también Elroy, que como un cachorrillo se había acostumbrado a la presencia de su Dueño, lloraba por su ausencia, y bien lejos de importunar a Candy proponiéndole, como en otro tiempo, necias diversiones, la acompañaba ahora sinceramente en su dolor. Rosemary procuraba consolarlas. ¡Oh, y cómo era poderosa para hacerlo! ¡Y cómo sus palabras derramaban un suave bálsamo en los afligidos corazones! «—Hija mía —dijo a Candy al día siguiente de la partida del Príncipe—, hija mía muy querida, veo que amas tiernamente a mi Hijo, y prueba de ello es ese llanto que derramas con tanta abundancia; pero en tu mano está abreviar el tiempo de la ausencia. —¡En mi mano! —exclamó Candy—. ¿Qué es lo que debo hacer?» Rosemary le dijo: «—En tanto que Anthony cumple con lo que ha ofrecido al Rey venciendo a la sierpe, lo que conseguirá segura y prontamente, pues nada resiste a su invencible brazo, es necesario que tú por tu parte cumplas también lo que de ti ha exigido el Rey». Sin perder momento Candy, dirigida por la augusta Reina de las Luces, comenzó a bordar su vestido de boda. «—Yo conozco bien el gusto del Príncipe, mi Hijo —decía la Señora—, y te indicaré cómo debes hacer para que tu trabajo le sea agradable y parezca bello a sus ojos». Candy para quien los consejos de Rosemary eran órdenes, respondió al instante que haría cuanto le mandase, y oía con atención y obedecía puntualmente los preceptos de su amada Maestra, que dirigía su grande y preciosa obra. Era tanta la dulzura y claridad con que la amable Señora enseñaba, que con gusto se podía emprender una obra bajo su dirección por el placer de escuchar sus preceptos. Nada con ella era difícil ni enfadoso, y Candy, para quien ello había sido en otro tiempo tan duro y trabajoso, lo hallaba ahora, no solamente fácil, sino deleitable. Rosemary, por su parte, se complacía en extremo al ver la docilidad y aplicación de su discípula. Así que Candy, aunque sentía inmensamente la ausencia del Príncipe, no se entregaba una inútil y vana tristeza como en otro tiempo.

Con igual aplicación escuchaba las lecciones de Albert, y en todo adelantaba de un modo admirable. Poseía perfectamente el idioma de las Luces, imitando el acento dulce de la Reina, y ya no hablaba jamás el lenguaje tosco y grosero del desierto. Rosemary, Albert y ella hablaban siempre aquel cadencioso, incomparable idioma.

Escribía sin cesar cartas cariñosas a las doncellas de aquel Reino, a quienes amaba tiernamente y cuya compañía esperaba gozar muy pronto, y tuvo un inexplicable placer recibiendo su contestación y pudiéndola entender perfectamente. Sobre todo, escribía al Príncipe por medio de su corazón, cosa que hacía con mucha frecuencia, siendo esta su mayor delicia. ¡Pero qué tiernas felicitaciones no recibió del Príncipe, qué alabanzas cuando lo hizo en su idioma patrio! Albert recibió también las más finas expresiones de reconocimiento y parabién por los adelantos de su discípula, por sus bien logrados afanes.

El pincel de Candy tampoco estaba ocioso: retrataba a su Dueño de diversas maneras.

No se olvidaba Rosemary de procurar a la joven ratos de descanso y de recreo, aunque, a decir verdad, al lado de tan amable Señora todo era recreo y descanso. La entretenía enseñándola a cultivar mil bellas escogidas flores y a formar con ellas primorosos ramilletes que variaban de un modo admirable y en los cuales tenían un lugar de preferencia las flores del Árbol de los Perfumes. También le enseñó el arte de confitar los frutos de este árbol, los cuales así preparados eran de un sabor tan delicioso, que Candy quedó sorprendida y en gran manera gozosa, y mucho más cuando supo que era un regalo exquisito para el Rey de las Luces. Dirigida por Rosemary hizo una gran provisión de estas regaladas confituras, las cuales distribuidas y acomodadas por la Señora en preciosas cajitas que adornó con mucho esmero, fueron guardadas por la misma Señora para enviarlas al Rey de las Luces de parte de Candy.

Con empeño se pensó en sembrar las semillas cuyos frutos había exigido el Rey de las Luces, y aunque se habían malogrado gran parte de ellas, la prudentísima Reina no se olvidó de traer consigo una buena provisión. «—Madre mía —le dijo Candy llena de temor—, muchas veces hemos sembrado estas semillas, los arbolillos han nacido y hasta hemos llegado a ver sus flores, pero nunca hemos visto sus frutos. —Siémbralos ahora, hija mía –le contestó la Señora—, que luego yo te diré lo que has de hacer». Sembráronse, en efecto, en aquel fértil terreno, y bien pronto nacieron las ramitas que a poco más se hicieron pequeños arbustos. Rosemary entonces con su diestrísima, delicada mano, cortó de los arbustos delgadas púas, y abriendo una incisión en el hermoso Árbol de los Perfumes, las injertó con cuidadoso esmero. Las tiernas ramas, alimentadas con aquella savia fecunda y bienhechora, crecieron y se enlozanaron admirablemente, presto se cubrieron de verde follaje y a poco más brotaron purpúreos botones.

Candy saltó de alegría y con nuevo ahínco se dedicó a todas sus amadas tareas. Ensayó a retratar al Príncipe de aquella manera que lo tenía retratado en su corazón, desmayado y pendiente del querido árbol. Después de varias pinturas más o menos imperfectas, logró sacar un retrato, no que se acercaba a la perfección, sino de todo punto acabado y perfecto. De tal manera que el ojo más inteligente no habría hallado línea que corregir. Albert le miró y lloró de júbilo. «—¡Hija mía!, ¡hija mía! —le dijo—, ¡qué dichoso soy! Esta tu obra sin duda será aceptable a los ojos del Rey mi Señor».

Gozosa y alborozada fue a dar parte a Rosemary, la cual vino al punto a mirarle y de quien Candy recibió un maternal, carísimo ósculo como gloriosa recompensa.

Los botones de las ramas injertadas se abrieron y aparecieron bellísimas flores que cubrían y engalanaban el querido árbol.

El bordado adelantaba admirablemente. Ya la cándida tela se veía hermoseada con vistosas flores recamadas en seda u oro y adornada convenientemente con preciosas piedras. Cuando Candy se ponía a bordar, Rosemary a su lado, ocupada también en su labor, seguía sus trabajos. Si acertaba la joven ¡cuánto la celebraba la cariñosa Madre! Mas si acaso cometía inadvertidamente algún yerro, era al punto enmendado, y de esta manera dulce y deliciosa iban adelantando prodigiosamente cada día, y poco después Albert contemplaba satisfecho y radiante de gozo la hermosura, limpieza, brillantez y propiedad de aquel bordado. Era una obra acabada y perfecta. «—Candy —le decía—, el Rey mi Señor va a quedar complacido de tu obra».

Cierto día Rosemary llamó a Candy y le notificó que unos ilustres personajes del Reino de las Luces vendrían a visitar a la Señora de parte del Rey. Al instante comenzó a adornarla con sencillez, pero con admirable gracia como lo sabía hacer. Puso sobre su cabeza una corona de flores de su huerto, y en el cuello el collar regalo de su mano. «—Porque quiero —le dijo—, que estos señores digan al Rey que la prometida esposa de su Hijo es digna de serlo por su hermosura». Y a la verdad Candy con aquellos sencillos adorno, y sobre todo con la modestia que resplandecía en toda su persona, estaba tan agraciada, tan bella, que se complacía Rosemary en presentarla a los cortesanos de las Luces. Éstos quedaron pasmados contemplando tanta beldad. La saludaron con muestras del mayor afecto y le dieron cumplidas alabanzas. Ella les dio las gracias con encantadora modestia.

Aquellos nobles señores vieron las fragantes flores que embellecían los árboles cultivados por Candy, y admiraron la prosperidad de aquel huerto; pero lo que llevó toda su atención fue el bien acabado retrato del Príncipe. Al mirarle hicieron tales demostraciones de respeto y de reverencia, que Candy quedó sobrecogida de temor. Vinieron a su memoria las expresiones que Albert le había dicho de la grandeza del Príncipe y de la manera con que era tratado en su Reino. Se admiraba de la descortesía y aun atrevimiento con que ella le había tratado en otro tiempo y de la bondad con que el Príncipe le había sufrido.

Aquellos señores todo el tiempo que estuvieron allí no hablaron más que de la amabilidad y valor del Príncipe de las Luces y de la gloria y poder del Rey, y terminada que fue su visita se despidieron y se dispusieron a volver a su patria. Rosemary aprovecho esta oportunidad para dar con ellos los frutos confitados del Árbol de los Perfumes que había hecho preparar a Candy, y escribió a Su Majestad hablando ventajosamente de ella.

La pobre niña entre tanto permanecía abismada en sus reflexiones. Los afectos de temor y reverencia que se habían excitado en su pecho la anonadaba. «—¿Quién soy yo —decía—, para alternar de la manera que lo he hecho con tan excelso Príncipe? ¿Cómo he podido olvidar la distancia que nos separa y que sólo el amor inmenso, entrañable que me profesa lo ha hecho abatirse, anonadarse hasta mí?» Mientras se hallaba poseída de estos pensamientos sintió que su corazón se movía. Abrióle temblando, y al leer las dulces y cariñosas expresiones del Príncipe, se redobló su admiración. En vano buscaba palabras con que contestarle, el temor embargaba su lengua, su mano temblaba, soltó el punzón y quedó en silencio. Los caracteres escritos se fueron borrando poco a poco, cerró su corazón y lo ocultó en su seno. Su turbación se fue disipando y recobró al fin su antigua libertad. Entonces echó en ver la falta que había cometido en no responder al Príncipe; tomó el corazón y de nuevo escribió en él algunas palabras, pero no obtuvo respuesta. Volvió a escribir una y otra vez, pero todo el resto del día ni el siguiente no se movió su corazón. Entonces, llena de amargura, fue a comunicar a Albert cuando le había sucedido. «—Has hecho mal, hija mía, en no contestar al Príncipe. ¿Qué mayor falta de respeto pudiera cometer? ¿No te había dicho yo cuando recibiste este regalo, que luego, en hablando el Príncipe, lo dejaras todo para responderle? Si él quiere que le trates con libertad y confianza, y es tan alto y poderoso Señor, ¿cuál es tu deber si no obedecerle y someterte a su voluntad, conversando con él cuando y de la manera que a él le place? —Pero, ¿qué debo hacer ahora?», preguntó llorando Candy. Albert le dio un consejo saludable, como eran siempre los suyos: «—Ve —le dijo— a comunicar tu pena a Rosemary, y haz lo que su prudencia te diga». Candy fue al punto; la Señora la recibió con su acostumbrada benignidad. Tomó el corazón, escribió ella misma; al punto se movió y recibió Candy la más cariñosa respuesta, quedando desde luego restablecida su amada comunicación. Con creciente júbilo veía Candy que su anhelada dicha se acercaba más y más. Hubo un día en que sobre la preciosa tela se dio la última puntada; el vestido fue recogido, registrado y guardado por Rosemary en una caja preciosa y preparada para cuando se hubiese menester. Candy, alegre por la destreza que había adquirido en el bordado, se complacía en bordar tapicerías y cortinas para adornar los aposentos, en los cuales gustaba de poner la cifra misteriosa que, instruida como estaba en el idioma de las Luces, había llegado a entender era la cifra del amado nombre de Rosemary.

Las flores que hermoseaban el árbol bienamado se convirtieron en frutos, primero tiernos y delicados, pero que en muy breve crecieron, se maduraron y llegaron a su debida sazón. Rosemary hizo servir de ellos a la mesa, y a todos parecieron deliciosos. A Elroy también parecieron agradables, no obstante que su paladar enfermizo y mal acostumbrado era incapaz de percibir toda su delicada dulzura; pero Candy gusto de un sabor tan delicioso, tan incomparable, que quedó absorta y embriagada de placer. Suspiro por el momento en que pudiera saborearlos su adorado Dueño. Tomó su corazón, y sin poder hacer otra cosa escribió en él: «Venga mi amado a su huerto y coma del fruto de su árbol querido». No quiso gustarlos más hasta que el Príncipe viniese a comerlos con ella. Rosemary reservó también para entonces la cosecha de los frutos, que se preparaba abundantísima. Entonces la Señora, Albert y Candy escribieron al Príncipe dándole cuenta, cada uno a su modo, de estar ya por su parte todo terminado y convidándole con cariñosa instancia a que viniese a poner el colmo a su felicidad.


Cada vez está más cerca la conclusión de nuestra historia. Espero les guste ya que ésta tercera parte es mucho menos angustiosa que las anteriores. El personaje de Candy es más sumiso de lo que fuera, tanto en el anime original como lo que ocurriría hoy en día, sin embargo al ser una historia del siglo XIX, es fácil comprender su actitud en muchas situaciones. ¡NOS VEMOS LA PRÓXIMA!