Algún día, en algún lugar (Someday, Somewhere).
Los personajes de Candy pertenecen a sus respectivas autoras K. Mizuki y Y. Igarashi. Ésta es una historia construida con la única intención de esparcimiento, sin fines de lucro, casi toda pertenece a mi imaginación, sin embargo, reconozco que hay pasajes de libros que he leído por aquí y por allá, como aquel que da nombre (en inglés) a esta historia.
Si desean subir esta historia a otro portal, por cortesía háganmelo saber, y por favorrrrr siempre citen al autor en la historia, recuerden que es un trabajo no pagado y el reconocimiento es lo único que pedimos.
Capítulo 26: Cerca de ti.
Nueva York, época actual
Julia Hartman amaba su invernadero, a veces pasaba muy poco tiempo en él debido a los numerosos compromisos sociales que adquirió al casarse con una leyenda de los negocios, compromisos que conocía bien desde antes al haber sido la hija del Duque de Grandchester. Entendía muy bien por qué Terry y Candy nunca habían mostrado interés en ese tipo de vida y a decir verdad, por momentos envidiaba la vida sencilla que pudieron llevar.
El invierno estaba en el punto más álgido, tras lo cuál daría paso a la primavera. Siempre le había gustado más el sol, como a Candy, ambas reían de cómo éste solo conseguía sacarles más pecas de las que ya tenían.
Como si fuera ayer, recordó el día en que descubrió su secreto. Julia era muy joven aún, ni siquiera había hecho su debut en sociedad. Inesperadamente se presentó en Escocia buscando a su padre, después de que el internado donde estudiaba la decepcionara profundamente por discriminar estudiantes menos afortunadas que ella.
Había decidido hablar con su Alexander en persona para idear algo que permitiera poner un límite a esa situación en el instituto de señoritas en donde su madre insistió que estudiara. Su padre había sido un defensor de las causas sociales y si bien, no había cambiado radicalmente la situación, abrió una cantidad nunca antes vista de oportunidades de estudio sobre todo en el campo de las artes para todos los jóvenes por igual sin importar su clase social. Su secretario le había informado que su padre pasaría unos días en Edimburgo y ella sin dudarlo se trasladó hacia allá. Esto era algo que no podía esperar.
Como un torbellino, Julia entró a la mansión Grandchester sorprendida por no encontrar a ninguna persona del servicio para anunciarla. Dejó su maleta en la entrada y mientras se quitaba los guantes escuchó una hermosa melodía que provenía del piso superior.
Su padre tocaba el piano, pero nunca lo había escuchado tocar tan bien, el sentimiento que se transmitía a través de esas notas llegó a su corazón erizándole la piel. Atraída por aquel sonido, similar al aroma de las rosas, subió cada peldaño de la escalera hasta llegar al salón ¹.
La habitación se encontraba llena de un sol resplandeciente que la deslumbró y de momento no pudo ver más que siluetas allí. Con el dorso de la mano se protegió los ojos mientras intentaba acostumbrarse a la luz del sol.
Una risa cantarina llegó a sus oídos acompañando la melodía.
Cuando pudo enfocar un poco más vio al Tío Terry, el hermano de su abuelo Carlton, sentado frente a un piano de cola, colocado cerca de la ventana. Él se veía completamente absorto, ocupado en deslizar elegantemente sus largos dedos sobre las teclas. La música que seguía brotando de sus manos parecía casi como un haz de luz que brillando se propagaba por todo el lugar atravesando la habitación hasta la ventana, donde una mujer rubia se encontraba sentada.
La música se detuvo y Julia estuvo a punto de hablar para anunciar su presencia.
– Me sigue asombrando que a los monos les guste tanto escuchar música – Comentó Terrence, elevando la vista y mostrando una irónica media sonrisa.
Julia se quedó muda al escuchar lo grosero que podía ser Terrence. Era un hecho que le estaba llamando "mono" a aquella mujer. Asustada se recargó de espaldas a un lado de la puerta para evitar que la vieran. No quería que Terrence notara lo indignada que estaba por escucharlo llamar así a una dama.
Asomándose discretamente pudo ver que la mujer rubia, contrario a lo esperado no parecía molesta, miraba divertida a Terrence, pero en seguida infló las mejillas con muy poca elegancia y reclamó.
– ¡Terry! ¡Sigues siendo un malcriado!
– ¡Cielos! Observándote bien, eres una mona pecosa... una especie realmente rara capaz de volverme loco, como si fuera la primera vez que me topara contigo y tus pecas en medio del Atlántico.
¿Pecosa? pensó Julia tocándose el rostro. Ella también tenía pecas, igual que su padre.
El viento sopló moviendo su rubio cabello y desprendiendo de su elaborado peinado uno de sus caireles que cayó sobre su rostro asustándola y haciéndole darse la vuelta y recargarse nuevamente en el muro.
En la pared frente a ella se encontraba un espejo que le devolvió su propia imagen: una joven mujer rubia, con caireles... y pecas. Tocándolas suavemente recordó cómo siempre había escuchado halagos diciendo lo parecida que era a su padre, pero él no se parecía en nada al abuelo Carlton y mucho menos a su abuela. En realidad su padre siempre le pareció que tenía los ojos de Terrence, pero éste no tenía el cabello rubio mucho menos pecas...
– No me digas que después de todos estos años sigues sintiendo envidia, Terry – Bromeó ella, riendo alegremente y llenando el espacio con su calidez.
– Sí, sigo sintiéndome realmente envidioso… Me gustan las pecas.
Diciendo esto Terry jaló a la rubia por la muñeca para sentarla sobre su regazo y darle el beso más apasionado que hubiera visto Julia jamás. A pesar de verlos en el reflejo del espejo, se veía todo muy claramente y no pudo evitar dejar salir un jadeo que se escuchó en el silencio del lugar.
Rápidamente Candy se puso de pie y mirando hacia la puerta pudo ver el reflejo de una jovencita que se tapaba el rostro con las manos y temblaba ligeramente.
– Terry... – murmuró Candy. – ¿Acaso es...?
– Julia.
Ella escuchó la voz de Terry pronunciando su nombre. Tenía ganas de echarse a correr pero sus piernas no la obedecieron. Estaba clavada en el piso sin poderse mover. Acaba de ver algo que no debía, el Tío Terrence era un hombre cariñoso a su manera, sin duda amaba a su padre y a ella misma – su sobrina nieta, – pero era muy reservado acerca de su vida privada.
Cerró los ojos fuertemente deseando desaparecer. Unos segundos después, una mano cálida acariciaba sus dedos con delicadeza para retirarlos de su rostro; cuando pudo abrir sus ojos apareció frente a ella la mujer rubia de las pecas que la miraba con dulzura. Tomándola de la mano la llevó al interior de la sala y le ayudó a sentarse en una silla.
– Yo no quise ver nada... es decir yo no vi nada... es como si no estuviera aquí. Olvidemos todo esto, yo me marcharé enseguida.
– Balbucea igual que tú cuando te pones nerviosa, Pecosa. – dijo Terry suspirando resignado a ampliar el círculo de personas que sabían sobre ellos. Julia era una buena chica, sin duda lo entendería, eso lo tenía sin cuidado. Si fuera por él, gritaría al mundo entero que todos estos años había sido el hombre más feliz del mundo al lado de la mejor mujer y de un asombroso hijo. Pero eso pondría en duda el merecimiento del cargo de Alexander y en un santiamén podrían arrebatarle el Ducado que seguía haciendo posible que llevara a cabo su misión en la vida. Jamás haría nada que pusiera en riesgo el sueño de su hijo y no permitiría que los Andley, los Leagan o los Marlow del mundo lo separaran del amor de su vida otra vez.
– Terry, no seas grosero, Julia debe estar muy confundida, ¿te encuentras bien, querida? – dijo refiriéndose a la joven.
Julia la miraba sorprendida por la familiaridad con la que le hablaba.
– Papá, de nuevo has dejado olvidado tu libro de notas en la colina junto al lago. – Alexander entró a la habitación al escuchar la voz de su madre, sin separar la vista del libro entre sus manos. Cuando levantó la mirada vio a su hija sentada frente a sus padres, con la cara pálida como un fantasma. – ¡Oh, vaya!
¿Papá?
– Usted... quiero decir ustedes... – Julia sintió que se desmayaría. Seguramente se había quedado dormida en el tren y estaba teniendo un sueño muy descabellado.
– Ya que mi nieta parece estar por desmayarse creo que podemos decírselo todo, así cuando despierte habrá menos que explicar – dijo Terry riéndose.
– ¡Terry!
– ¡Papá!
Eso fue lo último que Julia escuchó antes de desvanecerse.
Cuando despertó, la lluvia veraniega sonaba a través de la ventana. La mansión Grandchester en Edimburgo era un sitio precioso que muy pocas veces había visitado. Su padre por el contrario siempre se recluía allí y por lo que sabía, su Tío Terrence hacía lo mismo. Ambos habían puesto mucho interés en renovar el lugar respetando su aspecto señorial.
La lluvia había oscurecido la enorme habitación en la que se encontraba, gracias al brillo de la chimenea pudo ver en dónde se encontraba. Había un gran armario, libros por todos lados y una bata antigua de color rosa que sin duda pertenecía a una mujer.
Ahora recordaba a la mujer rubia de las pecas hablándole como si la conociera y al Tío Terry llamándola nieta en vez de sobrina.
¿Sería posible?
– Veo que ya despertaste Julia, ¿te encuentras bien, hija?
Alexander entró a la habitación con una bandeja que contenía una taza de chocolate y galletas.
– Sé que es mucho qué asimilar, pero no hay remedio. – Alexander suspiró. – Sabía que este momento llegaría, creo que una parte de mí se siente feliz de incluirte en este secreto de familia.
– Papá, ¿Tío Terry...?
– Llámalo abuelo Terry de ahora en adelante. – la interrumpió el rubio de ojos color de mar.
– Siempre pensé que ustedes dos eran muy parecidos pero creí que era normal, después de todo somos familia.
– Y somos familia, pero más cercanos de lo que creías, ¿no es así?
– ¿Y la mujer de las pecas es su novia?
Alexander rió a carcajadas, estaba seguro de que Terry hubiese dado lo que fuera por escuchar eso.
– La hermosa mujer de las pecas, ¿te recuerda a alguien?
– ¡Santo Dios! ¡Nuestras pecas!
– Y nuestro cabello rubio ensortijado también.
Alexander puso en las manos de Julia el guardapelo con las fotos de sus padres y la leyenda que marcó su vida cada uno de esos días que estuvo separado de ellos en América.
Esa noche, padre e hija hablaron hasta el amanecer. Julia lloró, rió y sintió la fuerza del amor de una pareja que haría todo por permanecer juntos y por ayudar a su hijo a encontrar su propio camino. Cuando Terry y Candy entraron a la habitación Julia corrió arrojándose a los brazos de ambos jurándoles proteger su secreto el tiempo que fuera necesario.
Pero el tiempo se había extendido demasiado.
– ¿Mamá? – la voz de Blake la trajo al presente.
Su hijo había acudido a buscarla con la mirada triste; seguramente seguía preguntándose por qué no había sido puesto al tanto del secreto de Terry y Alexander. Podía comprenderlo, por unos breves instantes ella se sintió igual, pero fueron los mismos protagonistas quienes le había revelado el secreto y la habían invitado a formar parte de él. Pero ninguno de ellos estaba aquí para acoger a Blake.
Ella no podría haber revelado un secreto que no le pertenecía, menos aún después del juramento hecho a la pareja aquella noche de verano en Edimburgo. Imaginaba que de alguna manera Terry y Candy se lo revelarían ellos mismos pero la vida no les alcanzó para finalizar el plan.
– Alguna vez estuve en la misma situación que tú.
– Creo que Terry nunca confió suficiente en mí.
– Hijo, eras un niño entonces, estoy segura de que si hubieras sido mayor, él te hubiera revelado su historia, de lo contrario no habría escrito un manuscrito para publicarlo.
– En realidad fue Candy la que ideó esto, quizás ella pensó que la madre de Lilly era quien debía hacer público todo, fue un accidente que yo terminara involucrado.
Julia sonrió con ternura, cuando se trataba de Terry, Blake siempre sonaba como un chiquillo celoso.
– Ven aquí. – Julia llamó a su hijo a su lado y le entregó un par de tijeras para que la ayudara a forrar los tallos de las Dulce Candy que se encontraban allí, afrontando el invierno. – La partida de Terry nos tomó a todos por sorpresa, llevaba mucho tiempo sin visitar América. Él tenía dos razones para volver: acompañar a Candy en sus viajes al Hogar de Pony y pasar contigo todo el tiempo que pudiera. Desde que naciste, un lazo indestructible los unió a ambos, así como sucedió con Candy y Beth.
La mirada de Julia se entristeció.
– Fue Candy quien nos puso al tanto de la partida de Terry y nos pidió que fuéramos fuertes. Alexander y ella lo acompañaron en sus últimos momentos y para ella representó un "hasta pronto" más que un adiós. Solo unos años después ella partiría dejándole a Beth y su hija la tarea de reencontrarnos como familia. Uno de los sueños de Candy era poner en contacto con nosotros a la jovencita que adoptó y a Lilly. Pero Beth era una mujer muy reservada, siempre me pareció que guardaba un secreto que solo Candy conocía. Desafortunadamente ella partió muy pronto y solo quedó Lilly para llevar a cabo los deseos de ambas.
– Si Terry hubiera vivido lo suficiente, ¿crees que en una de sus visitas me hubiera llevado al Hogar de Pony?
– Quizás no lo recuerdas pero todos fuimos al Hogar para celebrar uno de tus cumpleaños; si no me equivoco, cumplías diez años.
Blake tenía la mirada en blanco, a Julia no le extrañaba que una buena parte de su niñez quedara en el olvido.
– Fue en ese entonces cuando Candy notó el fuerte apego que te unía a Terry, pero también notó esa melancolía que heredaste de él. Era una cosa rara ver al niño del cumpleaños alejándose de todos, sobre todo de los niños de su edad, para estar en soledad. Solo permitías que él se te acercara y siempre lo mirabas como si vieras a tu ídolo. Candy estaba muy preocupada por ti, probablemente intuía que Terry partiría pronto y temía que debido al gran parecido que tenías con tu bisabuelo en sus peores épocas, tú te convirtieras en un ermitaño. He de decir que ella tenía poderes de adivina.
– ¡Hey! ¿No se supone que las madres siempre hablan bien de sus hijos?
Julia rio tomándolo de la mano.
– Antes de hoy, solo vi una vez a Lilly, tendría unos cinco años; era una cascada de felicidad y extroversión. Cuando te vio sentado en solitario en lo alto de la Colina de Pony puso la misma cara que cuando miraba a Terry, estoy segura de que ella debe recordar algo de él. Supongo que fue ahí cuando Candy tramó encontrarlos algún día. Creyó que necesitarías un poco de esa felicidad en caso de que ella ya no estuviera aquí para compartírtela.
– Mamá, ¿por qué crees que la abuela Candy haya adoptado a Beth? – dijo Blake tratando de cambiar el tema.
– Lo que ella nos dijo fue que había una persona a la que tenía que cuidar sin importar qué. Quizás Beth le contó algo de su familia de origen y es por ello que Candy decidió tomar un poder legal para protegerla. Puedo asegurarte que esta vez es todo lo que sé, quizás en Stratford puedan encontrar algunas respuestas, después de todo ambos estaban tan enfocados en el misterio de Candy y Terry que es posible que pasaran algo de largo.
Ambos terminaron en silencio de forrar los tallos de las Dulce Candy; cuando finalmente ingresaron a la casa, Julia buscó algo en su armario y se lo entregó.
Lilian abrazó su almohada con fuerza, el sabor agridulce de la historia de Candy la había dejado noqueada, no sabía exactamente qué final le daría a la novela de Terry, ¿no podía haber un "vivieron felices para siempre"?
Sin duda su vida no había sido fácil de principio a fin. Tomó la fotografía que Julia le obsequió la noche anterior, aquella en la boda de Alexander donde Candy aparecía disfrazada de pies a cabeza, pero aún así no pudo ocultar una deslumbrante sonrisa de felicidad absoluta.
Candy sin duda tenía una razón para hacer que ella y su madre, si ésta viviera, se encontraran con los Hartman. La rubia nunca sabría que Beth murió antes de poder hacerse cargo de todo cuanto había en el cottage de Stratford-upon Avon.
Recordaba claramente a Candy, sus flores y... por momentos podría jurar que escuchó la voz profunda de un hombre a su lado, pero hasta ahora pensó que lo había imaginado.
Un toque a la puerta la sacó de sus memorias; en seguida, Blake asomó su cabeza por la puerta.
– Hey tú, chica romántica, tengo algo para ti – la sonrisa traviesa de Blake casi la hizo sonrojar.
– Muy gracioso, Hartman. En cuanto vuelva a Londres compraré todas las novelas rosas que pueda para superar estas "vacaciones".
– Vamos Lilian, la historia de mis bisabuelos es hermosa si la meditas. Una pareja viviendo su amor en secreto de una manera total y plena. Tuvieron un hijo que cumplió todos sus sueños, se volvió una parte fundamental del Parlamento inglés, se casó con una bella inglesa y nacimos mi madre y luego yo, que soy casi una copia fotostática de él. ¿Qué más podrían pedir?
Lilian solo gruñó, con algo de insatisfacción.
– Sí, sí, todo eso es cierto pero me falta algo...
– Quizás yo pueda arreglar eso.
Lilian sintió la mirada de Blake fija en ella, sus palabras parecían siempre significar más de lo que aparentaban.
– Puedo arreglarlo con esto – dijo él sacudiendo una vieja película de 8 milímetros.
– ¿Me vas a poner una película romántica para que me anime? – dijo ella tratando de controlar su corazón que latía como un loco pensando en todas las maneras en las que Blake podría levantar su ánimo.
– Te voy a mostrar la maravilla que es el teatro clásico de antaño.
– Bien, pero necesitaré algo más fuerte que un té y galletas.
– De eso me encargo yo.
Blake le ofreció el brazo con coquetería y le guiñó un ojo invitándola a salir. Lilly le sonrió y tomándose de él decidió que sus últimos días en América dejaría que Blake arreglara su corazón.
Notas:
¹ He añadido partes que emulan la escena de CCFS previo al viaje a Escocia, cuando Candy encuentra a Terry tocando el piano en el salón de música del Colegio San Pablo.
Agradecimientos:
Ya se ha vuelto costumbre esto de la actualización prolongada. En verdad lo siento, he comprobado que la cuarentena es un pretexto fantástico para tener tres veces más trabajo y luego con tanta cosa que hay qué hacer en casa... Sé que muchas de ustedes están igual que yo, así que me entenderán. Pero les reafirmo mi compromiso de jamás dejar tirada una historia, sé que para quienes vienen por primera vez quizás no lo saben, pero aunque la historia está en continuación, no la verán incompleta aunque a veces me tarde. Calculo estar cerrando la historia la próxima semana. Ya veremos si no acabo escribiendo varios epílogos jejeje.
Letty Bonilla preciosa me dio una noticia que hizo que casi me cayera de la silla. ¡No lo sabía! Gracias por la primicia y luego varias personas me lo mencionaron. Les cuento que me han hecho el honor de nominar esta historia para los Terryfics. Recién me enteré hace unos meses que Destino estuvo nominada también 3 no saben cuánto llena mi corazón que ustedes amen mis historias lo suficiente como para nominarlas a un premio para quienes escribimos inspiradas en Terry.
A todas mil gracias por tomarse un momento para comentar:
Audry Paola: sí me tardé, discúlpame, la vida se complicó pero este capítulo lleva todo mi corazón.
Kamanance: Ay, de nuevo escribo de noche que es cuando tengo un poco de paz, espero sea una linda sorpresa para tu despertar. Amo Los Días del Colegio, a veces me sorprende haber podido unir nuestras tres fuentes de información; cuando la terminé creo que la releí varias veces jejeje. De Phambe lo último que supe es que se quedó sin computadora y recién empezaba el confinamiento en Francia, por lo que se le complicaba ir a casa de su amigo(a) que le prestaba la suya. Ella sabía que estaría complicado estar en contacto y yo confío en que ella esté bien. Quizás la veamos aparecer muy pronto.
Paolita27: La verdad que nunca pensé en incluir a los demás en esta historia para no complicarla demasiado. Pero te prometo que en posteriores historias sí los verás aparecer, para esta es un poco tarde pues está casi por finalizar.
Australia77: I just wrote a DM to you. Read you soon. PS. Maybe the translation was giving you the wrong idea about the death of Tom, Archie and Annie. Actually, I couldn't get together that part. I am thinking about rewriting it, it's a loose end
Ster Star: Ay sí linda, ya nos acercamos al punto donde hay que unir todo, y es justo cuando digo ¡en qué lío me metí! Jajajaja espero hacerlo bien hasta el final y que te siga gustando.
Carolq: es una historia en vías de terminarse linda. Así que sigue.
Villa: así es y yo agradezco que sigas por aquí como siempre, hasta el final.
Gladys: ¿sabes? Quise transmitir que fue una elección de los tres, Candy, Terry y Alex, para poder protegerse y a la vez lograr sus deseos. Pero no quise decir que a Candy no se le reconoció como mamá. Ellos vivieron su vida familiar en secreto pero felices (o al menos eso quise plasmar).
Yelani: Espero que este capítulo cause el mismo efecto 😊
Guest: Espero también que siga trayendo alegría con mis letras. No perdamos la esperanza.
Las abrazo con mucho pero mucho cariño desde aquí hasta donde ustedes están como siempre.
ClauT
