La cuarta noche me sentí lo bastante bien como para empezar a interesarme por el paisaje que cruzábamos. El río había dado lugar a colinas dispersas salpicadas de afloraciones rocosas, cubiertas de franjas de bosque y arbustos. Se veían arroyos y puntos de agua entre ellas brillando bajo la luna creciente. Detectamos en la lejanía lo que parecían pequeñas edificaciones abandonadas, poblados o granjas. La maleza llevaba años trepando por ellas, pero decidimos esquivarlas por si acaso.
Fue complicado avanzar en ocasiones. Los arbustos leñosos se engancharon en nuestras ropas y piernas, frenándonos y arañándonos. Buscamos los pasos entre las colinas, donde los arbustos crecían más dispersos por las crecidas de las masas de agua.
Se levantó viento del oeste, que mantuvo las nubes moviéndose y la luna despejada. Incluso Lavina pudo ver relativamente bien bajo aquella luminosidad pero nos encogimos en nuestras capas bajo la mordida del frío.
Los elfos apenas hablaban, ni con nosotros ni entre ellos. Pero se encargaron de proveer para todos. Feranon desaparecía de vez en cuando y volvía siempre con algo comestible que ponía a disposición del grupo.
Adva sabía hacia dónde nos dirigíamos y la seguíamos a ella. "Hacia el Este", dijo, "queríamos haber buscado otro camino a través de los ríos de la zona, pero nos detectaron".
Cuando nos deteníamos para descansar, ellos se sentaban uno al lado del otro. No hablaban, pero los vi pasarse objetos sin mirarse, como si tuviesen algún tipo de conexión invisible. Me pregunté si eran pareja, pero me dio la sensación de que no, que su conexión era de otro tipo.
Evitaban mirarnos a los ojos, pero no agachaban la vista, tan solo la dirigían hacia otro punto del paisaje, cono si no tuviesen interés en ti… A menos que les llamases o que las palabras que decían fuesen para ti, no te dirigían la mirada. En un primer momento, lo tomé por un gesto altivo, pero pronto me di cuenta de que estaban tratando de ser respetuosos. Mirarte a los ojos podía ser considerado amenazante, más si los suyos eran de un negro sobrenatural e inexpresivos.
Creo que empecé a apreciar a Adva y Feranon rápidamente, pero os aseguro que no eran el alma de la fiesta, jamás.
Hablando de fiestas… Al cuarto amanecer, cuando estábamos acomodándonos junto a unas rocas a cubierto del viento para descansar, Pequeña Nutria sacó la concertina de su bolsa.
– ¿Una concertina? ¿Te has traído una concertina? ¿Por qué cargas con eso? – exclamó Lavina.
– Es cosa de mi tío. Me preparó esta bolsa por si debía abandonar el barco. Dijo que me ayudaría a sobrevivir y vivir.
Ante la mención de Rivaverde, Lavina cambió a un tono más respetuoso.
– No acabo de entender cómo va a ayudarnos una concertina.
– ¿Qué es una concertina? – pregunté.
Ambos me miraron con gesto de sorpresa. Por toda respuesta Pequeña Nutria tomó el instrumento y lo hizo sonar.
Música…
Era música…
No había oído música en años… Desde que mi madre me cantó por última vez.
Pequeña Nutria observó mi extraña expresión y dijo:
– Se supone que la música es para levantar el ánimo.
Y cambió a una canción ligera y alegre que llenó el aire. Incluso los elfos parecieron interesarse. Fue cuando me di cuenta de lo ensimismada que había estado en mi propia pena como para no ver la de ellos. Estaban muy lejos de casa, habían perdido a su compañero, y estaban en manos de unos casi desconocidos.
Pequeña Nutria siguió tocando y yo me levanté para sentarme junto a Adva y Feranon, evitando mirarles directamente como ellos hacían.
– Siento mucho todo por lo que habéis pasado – dije –. Siento lo que ocurrió con vuestro compañero. Ojalá hubiésemos llegado antes.
Noté que Feranon, a mi lado, volvía el rostro hacia mí y oí a Adva traduciendo para él. El elfo me dirigió unas palabras y me pareció que sería respetuoso mirarle también. Desde esa cercanía me resultó muy inquietante. Tenía los ojos demasiado oscuros, e inexpresivos ¡y fijos en los míos!
– No es culpa vuestra – dijo Adva y entendí que estaba traduciendo sus palabras–. Llegasteis cuando existía una oportunidad y entregasteis mucho por salvarnos. Vemos vuestro dolor y vemos nuestra deuda.
Sin desviar la mirada, inclinó la cabeza levemente. Yo ya había aprendido que eso era un gesto de respeto para ellos. Aquello era demasiado intenso y solemne para mi gusto, así que traté de romper el momento:
– ¿Conocéis alguna canción alegre?
No, no conocían ninguna.
Tras aquel día, el humor subió bastante en el grupo y, a pesar de que quizás no era recomendable, Pequeña nutria tocó la concertina cada amanecer, antes de dormir. En esos días, con el cielo abriéndose a la luz sobre nuestras cabezas, la música de Pequeña Nutria y alejados de todo, tuve una sensación de paz embriagadora. Aunque sabía que aquello no era más que una ilusión esporádica.
Y, al verme sonreír, Lavina decidió que ya me sentía lo bastante bien como para seguir entrenándome.
– Vamos florecilla. Tenemos que despertar a la asesina que sé que llevas dentro.
Lavina estaba obsesionada con convertirme en una combatiente efectiva. Me hizo tomar la espada corta, corrigió mi postura y me recordó las últimas instrucciones:
– Ya sabes esquivar, ahora tienes que aprender a atacar. Recuerda, afianza bien los pies y la espada siempre delante tuya, no traces arcos grandes. Tienes poco alcance… Eso va a ser un problema.
Ella no me atacó y me dejó que intentase superar su defensa. Pero, cada vez que yo golpeaba, mi arma rebotaba contra la suya que ya estaba ahí siempre para detenerme. Era frustrante. Giré alrededor de ella buscando un hueco infructuosamente y tras el enésimo intento, Lavina contraatacó. Empujó mi arma en su bloqueo y la fuerza del golpe se extendió por mis brazos y me hizo trastabillar hacia atrás. Recordé la postura para aguantar… y aguanté, pero en ese tiempo, Lavina lanzó una estocada a mi estómago que detuvo justo a tiempo. Oh, mierda, estaba muerta ¡otra vez! Dejé escapar un suspiro de frustración y lancé la espada al suelo.
– Creo que no sirvo para esto. Mejor si me limito a usar una ballesta.
Lavina me observó entrecerrando los ojos.
– Deberías haberte movido – me dijo –. Y me extraña que no lo hayas hecho porque tienes instinto. ¿Qué está fallando?
– La ballesta me parece maravillosa – respondí irritada –. Puedo estar lejos y hacer daño.
– ¿Y me dejarás a mí sola delante, como siempre? – dijo Lavina.
De inmediato me sentí culpable. Recogí la espada del suelo y traté de posicionarme de nuevo. En ese momento Feranon comentó algo.
– Dice que esa no es su arma – nos tradujo Pequeña Nutria.
Todos nos volvimos hacia ellos. El elfo se puso en pie y caminó hacia nosotras. Se detuvo ante Lavina sin decir una palabra y la miró. Comparado con ella, Feranon era pequeño. No había grandes músculos ni exceso de osamenta en su estructura. Ella no entendió lo que pretendía hasta que Pequeña Nutria se lo explicó.
– Te está pidiendo permiso para intervenir en la lección.
– Ah… Sí, claro – dijo Lavina y realizó un gesto de invitación con la mano.
Feranon comentó algo a Lavina y oí mi nombre entre sus frases.
– Quiere mostrarle a Erisad otra posibilidad. Te pide permiso para… No sé cuál es la palabra… No es pelear ni entrenar es mostrar con gestos. Quiere que os mováis lento.
– Una demostración… Sin problema.
Feranon se situó delante de Lavina y desenvainó las espadas de su cinto. Su postura me desconcertó. Adoptó la misma pose de combate que me había enseñado Lavina, un pie adelantado, la espada derecha delante. Era totalmente diferente de como lo había visto combatir a él. Esperó a que ella alzase su arma, y entonces atacó controladamente imitando los movimientos que me había visto hacer. Los había memorizado. Pude ver la cantidad de energía que yo gastaba en aquellas segadas. No era lo más efectivo en absoluto.
Lavina refrenó sus ataques al igual que había hecho conmigo, hasta que llegaron a la posición previa en la que ella me había "apuñalado": la espada derecha de Feranon sobre la de Lavina. desde es ángulo vi lo peligrosa que era esa postura para mí. Entonces Feranon se detuvo, se aseguró de que Lavina pausaba también, y me miró. Quería asegurarse de que estaba observando. Asentí.
Feranon cambió de pronto su postura. Avanzó el otro pie, deslizó su espada izquierda bajo la de Lavina y la golpeó en la punta. La propia fuerza que estaba ejerciendo Lavina para contrarrestar el ataque previo desvió la espada hacia arriba y, antes de que pudiese reaccionar, la espada derecha del elfo marcó una estocada hacia su cuello. El movimiento fue controlado y se detuvo más que a tiempo, pero no pude por menos que admirarme. Había pasado completamente la guardia de Lavina aprovechando que ella era más fuerte y él era más pequeño.
Feranon volvió a la posición previa y, de nuevo, me miró. Yo volví a asentir y él me mostró una segunda posibilidad. Esta vez, descargó un golpe desde arriba como había hecho yo y Lavina levantó la espada para detenerlo. Pero, Feranon no acabó el ataque, sino que cambió la trayectoria de la espada mientras se agachaba y lanzó un tajo a la pierna de Lavina. Aprovechó la inercia del movimiento de su brazo, rodó hasta al lado de ella y lanzó un segundo tajo con la segunda espada sobre su estómago. La había invertido en su mano en algún momento. Me quedé perpleja. Era un sistema de combate cabrón, hijodeputa y bastardo. El estilo de Lavina necesitaba de una distancia para mantener la guardia y maniobrar. El estilo de Feranon violaba esa distancia y se colaba hasta la cocina y más allá y se retiraba antes de ser aferrado. Dos heridas de ese calibre eran incapacitantes y mortales un poco más tarde por la pérdida de sangre. El elfo no necesitaba realizar una gran cantidad de daño solo la suficiente y dejar que su rival muriese por sí mismo.
Vi a Lavina sonreír con interés.
– Maldito bastardo escurridizo – dijo en tono admirativo.
Pequeña Nutria se apresuró a traducirlo, y creo que debió usar unas palabras diferentes porque vi a Feranon sonreír. La costumbre humana de usar insultos para expresar admiración probablemente podía dar lugar a desentendidos culturales.
– Feranon, nunca he peleado con uno de vosotros – dijo Lavina –. ¿Te parece bien que tengamos un combate amistoso de práctica?
En cuanto Pequeña Nutria tradujo, Feranon asintió y se situó frente a Lavina.
Combatieron despacio. Fueron cuidadosos y midieron sus golpes, calibrando la habilidad del otro. No se emplearon a fondo, en absoluto, aún así fue un espectáculo digno de verse. Lavina era como una roca que caía sobre ti, tenía un alcance y fuerzas mucho mayores, pero el elfo era como agua fluyendo alrededor de ella. En un momento dado, Feranon pasó bajo la guardia de Lavina, cuando la espada caía sobre él, y marcó un sajo ficticio en la pierna de la guerrera. Sin protecciones ese corte habría seccionado tendones e inutilizado la extremidad. Pero Lavina giró y marcó un golpe con el codo en el rostro del elfo que de seguro lo habría derribado.
Y Feranon decidió seguir la corriente de aquel baile y se dejó caer de espaldas con gesto de derrota. Los vi sonreír a ambos y parece que fue el momento en que dieron por acabada la demostración. Lavina le ayudó a ponerse en pie.
El elfo, entonces, vino hasta mí y me ofreció sus espadas por la empuñadura. Lo miré para asegurarme de que quería que las tomase, asintió.
– Erisad, puede que funcionen para ti –dijo Lavina–. Pruébalas.
No había grandes grabados ni decoraciones en ellas, solo una espiral alrededor del pomo. Clavé la espada corta de Lavina en el suelo y tomé las que me ofrecía. De inmediato las noté muy diferentes de la espada recta. Eran gráciles y ligeras. Tenían menos material. La curva les daba menos alcance efectivo que la pesada espada recta y el centro de gravedad estaba en algún punto fuera de ellas. Eran un concepto totalmente diferente.
Feranon tomó la espada recta que yo había dejado clavada en el suelo y se situó frente a mí dispuesto a pelar. Sentí mucha inquietud. Era el tipo más raro contra el que me habría enfrentado nunca. Toda la gente que combatía cuerpo a cuerpo que yo conocía era fuerte y brutal, como Lavina. Y mi única táctica consistía en huir de ellos, no había pelea posible, punto. Pero ese tipo tenía mi altura, no debía pesar mucho más que yo y, en mi mente, eso me resultaba completamente desconcertante porque sabía que él podía resultar igual de peligroso.
Me vio dudar y decidió romper mi bloqueo mental atacándome con uno de los movimientos típicos de Lavina. Retrocedí instintivamente y detuve dos de sus golpes, primero con la espada derecha y la izquierda después. Cuando lanzó un sajo hacia mis piernas logré apartarme rápidamente al no estar tratando de mantener una posición fuerte y estable. ¡Lo había hecho! Bien, ¡al ataque!
Lo que no pensé en ese momento es que si yo detenía un golpe así proveniente de Lavina, probablemente me derribase. Pero Feranon no era ella, no tenía ni su peso ni su fuerza. Imitando el estilo de la guerrera no era ni la mitad de efectivo… y me sobreconfié.
Esas espadas permitían que te acercases mucho más a tu rival, y te protegían de una manera más efectiva. Así que, sin tener en cuenta con quién peleaba en realidad, bloqueé uno de sus golpes, aparté su arma y lancé una segada con la otra espada hacia su cuello. Me di cuenta tarde de que no había refrenado el golpe y que él no tendría tiempo de echarse hacia atrás para esquivarme. Ohh... Mierda. Él no se apartó... Se lanzó hacia mí y agarró mi muñeca con un movimiento tan rápido que ni lo vi. De alguna manera, me hizo girar torciendo mi brazo tras mi espalda y solté el arma.
Antes de que pudiese voltear mi otra arma, Feranon ya había colocado bajo mi cuello la que me había arrebatado. Oh, ¡mierda! Estaba muerta… otra vez.
Y algo saltó en mi mente. Había un recuerdo, de años atrás. Alguien aferrándome de manera similar, un aliento desagradable en mi nuca… Noté un frío helado cayendo por mi espalda, mi corazón acelerarse al notarme atrapada y quise desaparecer.
Feranon sintió mi reacción, no sé cómo, pero la sintió. Soltó la espada que tenía aferrada todavía frente a mi cuello y me mostró la mano vacía. Luego me soltó despacio.
Me volví hacia él y lo vi mostrarme las manos, como para probarme que no escondía nada. Su expresión era extraña. Asustada… No, más bien preocupada. Sonreí para intentar tranquilizarle.
– No pasa nada… Son solo malos recuerdos. Nada que ver contigo.
