23. PASADO
Los temores de Hinata volvieron a aparecer al llegar a Harthaven. Shino les anunció que la señorita Sāra Rōran les esperaba en el salón. La joven miró a su marido y comprobó que estaba nervioso y preocupado. Entró en el salón con el bebé en brazos detrás de él.
Sāra, atractiva, estaba sentada en el sillón favorito de Naruto, vestida con un hermoso traje de muselina. Se había servido un poco del whisky de Menma con un chorrito de menta. Sonrió a Naruto por encima del vaso, luego apoyó la cabeza en el sillón.
—Tienes buen aspecto —dijo con voz perezosa—. Pero claro, querido, siempre lo tienes. —Lo devoró con los ojos antes de dirigirse a Hinata—. Pobre querida, debes encontrar espantoso el calor de Konohagakure viniendo de Inglaterra. La pequeña flor parece un poco marchitada.
Hinata se sentó en una silla con afectación y se atusó nerviosamente el cabello. Naruto, imperturbable, se dirigió al bar para servirse un trago.
—¿A qué debemos este inesperado... placer, Sāra? —inquirió con sarcasmo. Se colocó detrás de Hinata con la bebida—. No te habíamos visto desde que viniste a anunciarnos la muerte de Sari, y me pregunto de qué nos vas a informar ahora. Espero que no sea de otro asesinato.
Sāra se echó a reír con calma.
—Claro que no, querido —contestó—. He ido a visitar a mi tía a Wilmington y acabo de regresar. Quería presentaros mis respetos a todos. Estoy decepcionada de que no me hayáis echado de menos. — Dejó escapar un suspiro y se levantó—. Pero me temo que no han tenido mucho tiempo para ustedes.
Echó una ojeada a Hinata con los párpados entornados y le entregó un paquete envuelto.
—Esto es para Boruto, querida, una pequeña cosa que compré en Wilmington. No... —Sonrió con suficiencia—. No le había prestado mucha atención antes.
Hinata bajó la mirada dándole las gracias, pero le resultó imposible hablar. Su confianza estaba tambaleándose. El susto que se había llevado durante la tarde había crispado sus nervios y ahora, frente a Sāra, estaba tensa e insegura. Desenvolvió el regalo. Era una taza de plata con un grabado que rezaba «Boruto» y el año,«1800».
—Gracias, Sāra —dijo suavemente—. Es encantador.
Sāra notó el estado de su adversaria y aprovechó la ocasión.
—No me hubiera sentido bien si no le hubiese regalado algo al hijo de Naruto. —Echó un vistazo al bebé, estirándose en los brazos de su madre, y prosiguió—. Después de todo, con lo unidos que estamos... que estábamos. —Sonrió—. Hubiera sido de muy mal gusto ignorar a su hijo. ¿No estás contenta, Hinata, de que se parezca tanto a su padre? Quiero decir... hubiese sido una lástima que se pareciera a ti, aunque era lo que yo estaba esperando. Sabía que el pequeño sería la viva imagen de su madre. Quizá porque es también como un bebé.
Hinata no supo qué decir. Era muy duro tener que permanecer sentada mientras la mujer intentaba contrariarla. Pero Naruto no fue tan cortés.
—¿Qué demonios quieres, Sāra? —preguntó, enojado.
La mujer hizo caso omiso de él y se inclinó sobre Boruto, exhibiendo cada centímetro de su abundante busto. Le hizo cosquillas en la barbilla, pero el niño no tenía humor para jugar con extraños al minuto de despertar, así que empezó a llorar tirando del cuello del vestido de su madre.
Sāra se irguió lanzando una mirada colérica a Hinata, que trataba de sosegar al bebé. Naruto esbozó una sonrisa al observar a la mujer por encima del vaso.
Como no había forma de calmar a Boruto, Hinata tuvo que desabrocharse el vestido, no sin antes lanzar a Sāra una mirada de odio, y darle el pecho al niño. El bebé se tranquilizó en el acto sin dejar de observar a Sāra con recelo.
Naruto soltó una carcajada y dio un cachete en el trasero de su hijo antes de sentarse junto a su esposa.
Hinata desvió su atención del bebé un segundo y descubrió una expresión en el rostro de la invitada. Fue tan breve, que por un momento creyó que tal vez se la había imaginado.
¿Podía ser que por fin la mujer se hubiera dado cuenta de lo que significaba ser la madre del hijo de Naruto? Era un vínculo muy difícil de romper, Naruto amaba a su hijo. Era evidente. No iba a cambiar a la madre tan fácilmente.
Sāra sintió que estaba perdiendo terreno y trató de recuperarlo, pero se equivocó.
—Creo que es adorable el modo en que te ocupas de amamantar a tu hijo, Hinata, en lugar de contratar a una nodriza —comentó—. Muchas mujeres lo harían, ¿sabes? Pero ya veo que tú eres de las que disfrutan haciendo cosas como ésta. Por supuesto, le exige mucho a una mujer. Yo creo que no podría atarme tanto.
—No, imagino que no podrías —intervino Naruto—. Por eso nunca nos hemos llevado bien, Sāra.
Sāra retrocedió un paso, como si la hubieran golpeado, e intentó rectificar sus palabras.
—Lo que quiero decir... es que no podría dedicar toda mi atención al bebé y no hacer caso a mi marido —apuntó.
—¿Crees que ella hace caso omiso de mí, Sāra? —inquinó él con sarcasmo—. Porque si es así, permíteme que te corrija. Hinata posee la maravillosa habilidad de hacer que tanto su hijo como su esposo se sientan amados por igual.
Sāra dio media vuelta en dirección a su sillón, pero no se sentó, y le dijo a Naruto por encima del hombro:
—He venido a hablar de negocios. Puede que estés interesado en comprar mis tierras. Pensé que debía venir aquí primero para ver qué precio estabas dispuesto a ofrecerme por ellas.
—Ah, ya veo —observó Naruto.
—Bueno, hubiera sido muy indecoroso por mi parte vendérselas a otra persona sabiendo que tú estabas interesado. Llevas mucho tiempo intentando comprármelas.
—Sí—dijo Naruto sin atisbo de ansiedad.
—¡Maldita sea, si no estás interesado se las venderé a una persona que lo esté! —exclamó Sāra, furiosa, volviéndose.
—¿A quién? —inquirió Naruto con expresión de mofa.
—Bueno, hay... hay mucha gente esperando a comprarlas. Podría venderlas en un momento —contestó Sāra, no muy segura.
— Sāra... —Naruto suspiró—. Basta de farsas. Soy el único interesado en comprarte las tierras. Quizá a un granjero pobre le gustaría tenerlas, pero creo que no podría permitirse el precio.
—¡Eso no es cierto! —declaró Sāra —. ¡Podría vendérselas a cualquiera!
—Tranquilízate, Sāra —le aconsejó Naruto—. Sé perfectamente lo que intentas hacer, pero no funcionará. Ahora expondré dos razones por las que soy el único interesado. A nadie que tenga dinero le sirven tus insignificantes hectáreas. Nuestras plantaciones están casi abandonadas y nadie va a venir hasta aquí para preocuparse de tu pequeño pedazo de tierra, especialmente cuando no tienes intención de vender Oakland.
Soy el único que puede permitirse el lujo de ser un poco generoso. Pero no me vengas con tus estratagemas esperando que me entre el pánico y doble la oferta. No soy tan estúpido. Discutiremos los detalles dentro de un rato. Ahora voy a sentarme aquí, voy a relajarme y a acabar mi copa.
—Naruto, te estás burlando de mí — Sāra rió—. ¿Por qué te divierte tanto fastidiarme? Siempre que he anunciado que vendería mis tierras has estado interesado en comprármelas.
—Yo negocio, Sāra, nunca me burlo —comentó secamente.
Cuando Sāra se marchó al estudio dejando tras de sí un fuerte olor a perfume, Naruto se inclinó para besar a su esposa, deleitándose con su fragancia suave y delicada.
—Intentaré no demorarme mucho, mi amor —le prometió—. Si deseas acostarte cuando termines con Boruto, me inventare cualquier excusa con Sāra una vez hayamos llegado a un acuerdo y la mandaré derecha a su casa.
—Hazlo, te lo ruego —murmuró Hinata—. Me temo que todavía no me he recuperado de lo de esta tarde. Preferiría no tenerla que ver de nuevo esta noche. —Se mordió el labio inferior—. Oh, Naruto, está tan decidida a que tú y yo nos separemos. La odio. —Miró a Boruto, que sobaba su pecho con la manita y rió un poco histérica—. Lo que necesito es un buen chapuzón en la bañera para olvidarla.
Naruto soltó una carcajada.
—Ahora les digo a los chicos que calienten un poco de agua. ¿Algo más, cielo?
—Sí —repuso ella, suavemente—. Bésame para que sepa que esa mujer no tiene ninguna oportunidad contigo.
Él sonrió y la satisfizo disipando sus dudas.
Ahora la tierra era suya, meditó Naruto mientras subía las escaleras. Estaba infinitamente contento con haberle ahorrado el regateo a Hinata. Suspiró. Una cosa que debía reconocer a Sāra era su valor y su descaro.
Había empezado las negociaciones con la propuesta indecente de restablecer sus relaciones, aproximándose a él de forma ordinaria e indigna.
Y a él no le había despertado otro sentimiento más que el de asco. Al final, le había ofrecido la tierra a un precio desorbitarte y, tras una fuerte discusión, habían llegado a un acuerdo razonable.
Le había suplicado sin asomo de orgullo, amenazándolo con no vender, haciéndole proposiciones como una vulgar prostituta. La reunión le había hecho sentir sucio, por decir algo suave, y le había hecho pensar en lo bajo que era capaz de llegar en su búsqueda de fortuna.
Todo el mundo sabía que sus finanzas no andaban bien y que necesitaba dinero, pero Hinata había estado en peores apuros y no había sucumbido a vender su cuerpo o a suplicar abiertamente su sustento.
Hinata... su amada.
Sólo con pensar en ella se dulcificaba el amargo estado de ánimo en el que Sāra lo había dejado. Recordaba cuando ella se había apoyado contra él medio desnuda en el molino y cómo se le había acelerado a él el pulso.
Tendría que poner cerrojos en el interior de esas puertas para que la próxima vez no se pusiera tan nerviosa. Rió para sí. Cuando estaba a su lado, era peor que un animal en celo.
Siempre pensaba en rodearla con sus brazos, en su cuerpo cálido y suave arqueándose, en sus encantadoras piernas abrazándolo. La sangre empezó a bullir en sus venas a medida que sus pensamientos pasaban veloces por su cabeza y se detenían en un día no muy lejano, en el que habían salido a montar a caballo y él la había convencido de bañarse en el arroyo.
Se había mostrado muy tímida a la hora de desnudarse a plena luz del día, temiendo que pudiera venir alguien. Pero tras asegurarle que era un lugar escondido, señalando los árboles y arbustos, incluso había admitido que podría ser divertido.
Al observarla tranquilamente mientras se desvestía, desnudo como estaba, su deseo por ella había quedado patente. Al verlo, Hinata había comprendido cómo iba a acabar el baño y juguetonamente, lo había esquivado lanzándose al agua.
Al emerger, había nadado jadeando por el frío, hasta tomar cierta distancia. Pero él se había echado a reír ante sus esfuerzos y la había alcanzado con facilidad. Había buceado, tirado de su tobillo y abrazado bajo el agua. Sonrió al recordarlo. Había sido un día de lo más placentero.
Abrió la puerta del dormitorio y se detuvo para contemplar la escena. Hinata estaba en la bañera, tan hermosa como cuando la había conocido en Londres. Dulce, deseable, irresistiblemente bella, la luz de las velas resplandecía sobre su piel húmeda y su cabello recogido, algunas hebras caían sobre su espalda. Ella le sonrió. Naruto cerró la puerta y se acercó.
—Buenas nuches, cielo —murmuró. Hinata pasó uno de sus dedos mojados por la boca de su esposo.
—Buenas noches, milord —respondió ella con dulzura mientras deslizaba la mano por el cuello de Naruto y éste la atraía hacia él.
La cosecha de septiembre empezó y la multitud llenó las calles de Konohagakure, así como los mercados abarrotados de cultivos. Había compradores y vendedores y una muchedumbre que trataba de hacerse con un pequeño beneficio de las grandes sumas de dinero que cambiaban de manos durante el día.
Había pobres y ricos; mendigos y ladrones; capitanes de barco y esclavos. Un gran número de personas se acercaba y permanecía en sus carruajes, en las cafeterías o posadas, para observar el bullicio, intercambiando comentarios sobré la interminable oleada de personajes que pasaban por delante.
Durante el día la ciudad era un animado centro de negocios; por la noche, la actividad se transformaba en un circo con entretenimiento para todos los gustos.
Cuando Naruto le enseñó a Hinata las entradas de una nueva obra que se representaba en el teatro Dock, ella, muy emocionada, lo besó con entusiasmo. Una vez más calmada, se sentó en las rodillas de su esposo y le confesó que jamás había estado en un lugar como ese antes.
Siempre que aparecían en público, la pareja llamaba la atención. El cuerpo atractivo y alto de Naruto y la delicada belleza de Hinata los hacía únicos. Y esa noche, al entrar en el vestíbulo del teatro Dock, más que nunca.
Naruto llevaba unos pantalones de color blanco, a juego con el chaleco. Un poco de encaje caía sobre sus manos bronceadas y por la pechera de su camisa. El abrigo era de color rojo, con las solapas y el cuello bordados artísticamente en hilo dorado. Por su parte, Hinata estaba encantadora con un traje de encaje negro, adornado con abundantes azabaches diminutos que brillaban bajo la luz de las velas. Del cabello surgía una pluma de avestruz y de sus orejas pendían los diamantes de Kushina Namikaze.
Al llegar, se encontraron con las miradas de envidia de siempre y la bienvenida calurosa de sus amigos. Naruto cuidó de su esposa con recelo, mientras los hombres le presentaban sus respetos.
Muchos jóvenes se abrieron paso entre la multitud, con la esperanza de que la belleza desbordante fuera una joven soltera, familiar de los Namikaze. Se acercaron a ella de forma afectada y pudieron comprobar que de cerca era todavía más hermosa. Al ver que Naruto, divertido, la presentaba como su esposa, bajaron la cabeza y se alejaron desilusionados.
Toneri Ōtsutsuki también se encontraba en el teatro pero prefirió guardar las distancias. No quiso detenerse demasiado tiempo contemplando a Hinata y prefirió dedicarse a otras muchachas con entusiasmo y consideración.
La señora Gōkyodai los saludó con ojo crítico.
—Hinata, mi encantadora niña, estás estupenda esta noche — comentó, lo que significaba que la joven había aprobado el examen—. Dejas en evidencia a las demás mujeres con sus virginales vestidos rosas y blancos. —Se volvió hacia Naruto con una expresión animada apoyándose en su bastón—. Y veo que la vigila más que nunca, señor.
—Habiendo conocido a mi padre, Chiyo, ¿puede creer que soy peor que él? —comentó entre risas.
La señora Gōkyodai soltó una carcajada dándole golpecitos afectuosos con el abanico.
—Te ha hecho falta mucho tiempo y un suspiro de niña para darte cuenta de ello. Eras demasiado despreocupado en tus días de soltero. No podía importarte menos que te arrebataran el afecto de una muchacha. —Volvió a reír—. En aquellos días te fijabas en bastantes damas y me imagino que probaste un buen número. Y mírate ahora, tan enamorado de esta hembra. Pareces un macho en celo. —Miró nuevamente a Hinata con una sonrisa—. Me ha alegrado verte. Los Namikaze son mis favoritos y me gusta que consigan lo mejor.
Hinata besó a la anciana en la mejilla.
—Gracias, Chiyo. Viniendo de ti es todo un cumplido —respondió la joven.
—¡Cuánta palabrería! —protestó Chiyo—. Sólo afirmo lo evidente, y no hace falta que llenes mi vieja cabeza con tus tonterías irlandesas. No soy tan fácil de halagar. —Sonrió para suavizar la reprimenda y le dio unas palmaditas en la mano—. No malgastes tus halagos conmigo, señorita. Tu esposo es más susceptible a ellos.
Más tarde, en el palco privado, Naruto se dedicó más a su mujer que a la representación. Disfrutaba contemplando la obvia excitación de su esposa por la obra. Sentada en silencio, inmóvil, observaba atentamente a los actores interpretar sus papeles. Estaba encantadora. Naruto no podía apartar los ojos de ella.
En uno de los descansos, mientras tomaban un poco de vino en el vestíbulo, Naruto escuchó divertido los comentarios alegres de Hinata sobre la obra.
—Jamás lo olvidaré, Naruto —comentó—. Papá nunca me llevó a un sitio como éste. Es tan maravillosamente hermoso, como un cuento de hadas convertido en realidad.
Naruto se inclinó sobre su oído riendo.
—Quizá estoy siendo una mala influencia, mi cielo —bromeó. Los ojos de Hinata brillaron al mirarlo.
—Si es así, es demasiado tarde; ya no aceptaría que fuera de otro modo. Estoy definitivamente perdida, pues ya no me satisface el mero hecho de existir. Debo amar y ser amada. Debo poseer y ser poseída. Debo ser tuya, mi amor, del mismo modo que tú debes ser mío. Así que ya lo ves, me has enseñado demasiado bien.
Todo lo que te propusiste hacer al principio, lo has cumplido con creces. Debo vivir contigo y ser parte de ti, y si los lazos del matrimonio no nos unieran y continuaras surcando los mares, te seguiría alrededor del mundo como tu querida. Nuestro voto sagrado sería el amor. Y si al confesar esto soy una descarada, entonces soy feliz.
Naruto la besó en la mano sin apartar la mirada de sus ojos.
—Si fueras mi amante tendría que encerrarte bajo llave para que ningún hombre pudiera alejarte de mí —apuntó—. Tú también eres una maestra excelente. El soltero alegre prefiere la seguridad del matrimonio. Disfruto cada minuto de estar casado contigo, especialmente la parte en la que puedo afirmar que eres mía y sólo mía.
Hinata esbozó una sonrisa, con una expresión de amor en los ojos.
—No deberías mirarme de ese modo —murmuró Naruto.
—¿De qué modo? —inquirió la joven persistente en su expresión.
—De la misma forma que cuando acabamos de hacer el amor, como si el mundo te diera igual —explicó el hombre.
—Es que me da igual —respondió en el mismo tono suave.
—Me va a ser muy difícil no perder el control y terminar de ver la obra si continúas así —le advirtió—. Eres muy tentadora incluso para un marido viejo como yo, y estás poniendo a prueba mi virilidad.
Hinata soltó una carcajada, pero su humor se ensombreció súbitamente al ver la expresión de sorpresa de Naruto. Se volvió para averiguar qué había visto y comprobó que Sāra se acercaba.
Se preguntó el motivo del sobresalto de su esposo, hasta que sus ojos se fijaron en el vestido beige que llevaba la mujer. Era exactamente igual al traje que había intercambiado con el vendedor ambulante, el mismo que había llevado al conocer a Naruto.
Sāra, muy decidida, había optado por darle un ligero aire parisino. La transparencia del traje hubiera sido escandalosa para una mujer más modesta, pero Sāra, sin molestarse por algo tan trivial como el recato, incluso se había coloreado los pezones.
—Hola, Naruto —ronroneó con su voz sedosa frente a él. Luego se echó a reír al ver los ojos de ambos puestos en su atuendo—. Veo que se han fijado en mi vestido. Es bonito, ¿verdad? Yakushi me lo ha hecho especialmente para mí, después de que yo descubriera el original en su tienda. Y ha quitado el otro para que nadie pueda tener uno parecido, siguiendo mis indicaciones.
Naruto se aclaró la garganta.
—¿Le pasaba algo al original para que tuviera que confeccionarte un segundo? —inquirió.
Sāra se mostraba encantada con el interés de Naruto por su traje.
—No, no le pasaba nada, querido. Pero era tan espantosamente pequeño que no creo que nadie pudiera llevarlo —contestó—. Bueno, ni Hinata, tan flaca como está, hubiera podido meterse en él. Hubiera sido demasiado diminuto para ella.
Naruto cambió una mirada con su esposa.
—Ciertamente, debe de haber sido pequeño —observo.
—Bueno, supe que tenía que hacerme con uno igual desde el primer momento que lo vi —prosiguió, alegre—. Y estoy tan contenta de haber insistido a Yakushi para que me lo confeccionara. Me complace que te guste, querido. Por supuesto, me has estado mirando con tanta intensidad que ya no sé si es el vestido... y delante de tu esposa, querido —apuntó con bochorno pretendido.
Naruto la observó con pasividad.
—El traje me recuerda a uno que llevaba Hinata cuando la conocí — dijo ásperamente—. Era un vestido al que tenía mucho cariño por los recuerdos que me traía.
Sāra se quedó petrificada y lanzó una mirada amenazante a Hinata, luego sonrió con trivialidad.
—¿De dónde sacaste el dinero para comprártelo? —preguntó con sorna—. Debiste de trabajar mucho para reunirlo. Pero entonces, si a tu esposo le gusta verte tan expuesta deberías conocer a mi diseñador, querida. Está aquí esta noche. Puede hacer maravillas. Estarás encantada con él, estoy segura.
Hinata notó cómo Naruto se ponía tenso.
—Me temo que no va a complacerme, Sāra —dijo Naruto—. Prefiero que sean mujeres las que cosan los vestidos de Hinata.
Sāra soltó una carcajada.
—Vaya, Naruto, te estás volviendo muy puritano en tu vejez.
Naruto acarició con tranquilidad el hombro desnudo de su esposa.
—Siempre que se trate de Hinata, Sāra, seré puritano.
Al ver la forma en que su ex prometido acariciaba a su esposa y recordar el tacto de esas mismas manos sobre su propia carne el modo en que había encendido su pasión, jamás igualada por otro hombre, la mujer sintió un espasmo provocado por los celos. Luego fulminó a Hinata con la mirada.
—De todos modos debes conocer a Yakushi, querida —prosiguió—. Tal vez pueda darte algún consejo para que parezca que tus huesos tienen un poco más de carne. He visto hacer maravillas con cuerpos infantiles como el tuyo. Espera aquí, querida, iré a buscarlo.
Hinata, insegura, miró a su esposo mientras Sāra se alejaba angustiada. Conocía muy bien ese sentimiento, pues ella también había padecido esa sensación de ansiedad pero, al hacerlo, vio que Naruto sonreía animado.
—Si supiera lo del vestido, le retorcería el cuello a ese pobre hombre— comentó riendo—. No hay duda de que el que tiene es el tuyo.
—Está muy hermosa ¿verdad? —murmuró Hinata. Naruto sonrió estrechándole la cintura con cariño.
—Ni la mitad de hermosa de lo que estabas tú vestida con el mismo atuendo o de diario.
La joven esbozó una sonrisa confiada y observó cómo Sāra desaparecía entre la multitud.
Se olvidó de ella durante un rato mientras Naruto atraía su atención sobre temas más interesantes. Pero de pronto, una sensación extraña la incomodó. Era el mismo sentimiento espeluznante que había experimentado hacía ya tiempo en el molino.
Estaba siendo observada con una intensidad que no era normal. Se volvió despacio y lo vio. Palideció. Él estaba junto a Sāra, pero tenía los ojos puestos en ella. No parecía sorprendido de verla allí. Incluso asintió, saludándola con una sonrisa. Era él. La sonrisa era demasiado abrumadora.
Estaba segura de que no había en el mundo un gesto tan desdeñoso como el del señor Kabuto Yakushi.
Se tambaleó contra Naruto, a punto de desmayarse, llevándose a la cara una mano temblorosa. Tiró del abrigo de su esposo para que se acercara a ella pues dudaba que su voz fuera audible aún a esa distancia.
—¿Qué ocurre? —preguntó Naruto, preocupado. Sāra y el señor Yakushi se aproximaban a ellos. Hinata no podía soportar estar allí, pero las palabras no salían de su boca. Tenía que hablar.
—Naruto —consiguió balbucear casi sin aliento—. No me siento bien. Debe de ser la gente. Por favor, llévame al palco.
En ese momento oyó la voz de Sāra.
—Aquí está, Hinata. Me gustaría que conocieras a mi diseñador, el señor Kabuto Yakushi.
¡Demasiado tarde! Hinata era presa del pánico. Deseaba huir de la estancia tan rápido como se lo permitieran. , así lo hizo. Naruto se quedó extrañado por el comportamiento de su esposa, pidió unas disculpas y la siguió; al encontrarla Hinata no habló, solamente pidió irse a casa y su esposo la complació.
