La historia es una adaptación del libro Until It Fades de K. A. Tucker y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
Capitulo 23
—¿Te he dicho alguna vez que eres mi hermana favorita? —Seth me sonríe desde su lado del SUV negro antes de dejar que su mirada se deslice por la ventana hacia la ciudad que se acerca—. Pero no se lo digas a Angela. Probablemente necesitaré un abogado algún día.
—¿Por qué tiene una pistola? —pregunta Brenna en voz alta, y me toma un segundo comprender que habla de Donovan. Ha estado pegada a la película de Disney en la pequeña pantalla de televisión desde que nos fuimos de casa con los auriculares transmitiéndole el audio.
—Por seguridad. También es guardaespaldas —dice Seth.
—¿Qué? —grita, luego sonríe y se saca sus auriculares— ¿Qué dijiste?
Él lo repite, agregando: —Los otros tipos también tenían armas, ¿recuerdas?
—¿Eran guardaespaldas? Pensé que eran solo trabajadores.
—Trabajaban siendo guardaespaldas.
—Oh.
Noto que quiere preguntar más, pero rápidamente es distraída por la película y desliza sus auriculares de nuevo y vuelve a mirar.
—Tienes que admitir, esto es bastante dulce.
Seth está tratando de mantener la calma, pero su larga pierna vestida de vaqueros está balanceándose de emoción.
Es agradable, admito en silencio, ser recogida y llevada todo el camino al centro de Filadelfia en un bonito, limpio y espacioso SUV. No tener que preocuparse por los atascos de la ciudad, el estacionamiento o conducir por las calles de sentido único. He estado en Filadelfia tal vez un puñado de veces y normalmente no era en el centro. Ahí es donde vive Emmett, en un condominio a lo largo del río Delaware, a unos diez minutos en coche de la playa de acuerdo con Donovan.
Me muero por ver su hogar. Una casa puede decirte mucho sobre una persona. Mi casa diría que no tengo mucho dinero, pero me siento orgullosa de encontrar posibilidades en lo inesperado. Un destartalado carrito de la biblioteca como mesa auxiliar. El marco de una puerta desgastado y envejecido que convertí en un espejo de pie. Una escalera de madera salpicada de pintura que Mike me ayudó a montar de forma horizontal en la pared para usarla para los libros.
Muchas veces en las últimas semanas, me preguntaba cómo es el mundo de Emmett. Dónde vive, dónde duerme, dónde le gusta descansar.
Pronto lo sabré.
—¿Por qué lleva traje? —pregunta Brenna de repente.
Me encuentro con los ojos de Donovan en el espejo retrovisor durante un instante antes de que los gire de nuevo a la carretera y al mar de luces traseras, pero no capto una reacción, de una manera u otra.
Levanto un lado de sus auriculares.
—Supongo que le gusta usar trajes. Deja de gritar, por favor.
—Deberías haber oído a papá, cuando se lo dije. Creo que estaba amargado por no haber recibido una invitación también —dice Seth.
—Está recibiendo entradas de temporada durante los próximos veinticinco años. Además, no podría traer a papá y no a mamá.
Y es imposible que ya esté sometiendo a Emmett a eso.
—Solo piensa, si tú y Mccarty se comprometen, probablemente podrías tener entradas para cualquier partido de la Copa que quieras.
Le echo una mirada a mi hermano, muy consciente de que Donovan puede oírnos, aunque esté fingiendo no escuchar. Moriría si él fuera y le dijera a Emmett que estábamos hablando de matrimonio por el camino.
—Has estado leyendo demasiados cuentos de hadas con Brenna. Nadie se casará con nadie.
La radio llena el silencio por un desagradable momento.
—¡Pero imagínate si te casaras… ouch! —Seth se frota el lugar detrás de la oreja donde acabo de golpearlo. Después de unos segundos, murmura suavemente—: Aún eres mi hermana favorita.
—Seguro.
Suspiro, dejando que mi mirada se desvíe a través del mar de edificios a los que nos estamos acercando. Esta se suponía que era mi vida. Vivir en una ciudad grande, ir a la universidad, tener un buen trabajo. Siete años más tarde, todavía estoy en Balsam sin objetivos en la vida más allá de pagar mis facturas cada mes y asegurarme de que Brenna está cuidada. Empiezo a temer que un día giraré una esquina y encontraré que la mitad de mi vida se ha ido. Brenna habrá crecido y se habrá ido, y yo, todavía estaré de alquiler en esa cabañita detrás del salón de billar y sirviendo desayunos grasos y las hamburguesas famosas de Harry. No obstante, no puedo lamentarlo, porque ese mundo en la ciudad que soñé no incluía a Brenna.
Frunzo el ceño delante de nosotros.
—¿Han alertado lluvia más tarde?
—Hay un gran sistema de tormentas en movimiento —responde
Donovan, su voz es un profundo murmullo de descontento—. Se supone que durará hasta la noche.
Echo una ojeada a las nubes oscuras.
—Entonces me alegro de que vayas a conducir.
Brenna se inclina. —¿Mamá?
—¿Sí?
Mira a Donovan y luego de vuelta a mí, para susurrar: —¿Por qué no tiene cuello?
Solo que no es un susurro debido a esos malditos auriculares.
Seth cubre su carcajada con un ahogado sonido estrangulado.
Mi cara se enrojece mientras le disparo esa mirada, esa que dice: "No hagas preguntas así y agacha la cabeza". Cuando por fin me atrevo a mirar hacia delante, veo a Donovan sonriendo.
Paramos junto a un ascensor de servicio en el estacionamiento subterráneo del edificio de Emmett. Un hombre con un bigote Dalí y una sonrisa amable nos espera allí con una llave especial. Se presenta como el gerente y se pasa los siguientes veinticuatro pisos hablando de las probabilidades de los Leafs ganando la Copa con Seth y, por supuesto, conoce cada estadística de cada jugador. Recopilo lo que puedo para no parecer totalmente desorientada. Toronto y Los Ángeles están jugando, van empatados a dos partidos cada uno, y Toronto no ha ganado una Copa en cincuenta años; luego dejo que mi atención se deslice hacia mi entorno.
El edificio de Emmett es básicamente lo que me esperaba, nuevo y lujoso. Afuera, es uno de esos altos edificios de cristal, que se eleva sobre las estructuras circundantes con una vista fácil del río. En su interior, es elegante y moderno, con largos y bien iluminados pasillos alineados con puertas de caoba extra altas a ambos lados.
Cuando llegamos al final del pasillo, Donovan llama al timbre.
—¡Estás apretando mi mano con demasiada fuerza! —se queja Brenna.
—Lo siento.
Respiro hondo para tratar de calmar las mariposas que golpean en mi estómago.
La puerta se abre a un sonriente Carlise. Retrocede, dándonos espacio para entrar en el sencillo vestíbulo blanco.
—Te llamaremos más tarde —le dice a Donovan, despidiéndolo.
Alguien está haciendo sonidos de arrastre desde adentro.
—¡Quédate ahí! Los llevaré —grita Carlise, guiñando un ojo a Brenna y tomando la mano de Seth en un firme apretón de manos— Es bueno verte de nuevo, Seth. Ya sabes, la última vez que hablamos, no me di cuenta de que jugabas para los Gopher.
—Sí, señor. —Las mejillas de Seth se ruborizan. Sé lo que está pensando... para que Carlise lo sepa, Emmett debió haberlo dicho, lo que significa que su ídolo estaba hablando de él.
—Entren, los dos. Emmett está justo allí, descansando en el sofá. — Me sonríe—. Me alegra verte de nuevo, Isabella. Esme estará feliz de saber que estás aquí.
Algo parpadea en sus ojos. No puedo leerlo por completo, pero estoy bastante segura de que es positivo. Al menos espero que lo sea. No me di cuenta hasta ahora de cuánto me importa que los padres de Emmett aprueben esto entre nosotros.
Bajo la voz. —¿Cómo está?
Emmett y yo hemos hablado todos los días, sobre todo a través de mensajes de texto, pero nuestras conversaciones han sido triviales. Coqueteo. No he abordado el tema más allá del ambiguo "¿Cómo te sientes hoy?". Él no se ha extendido más allá de "vivo". Como si eso fuera todo a lo que tuviera para aferrarse.
Carlise se encoge de hombros.
—Lo intenta. No ayuda estar encerrado. He tratado de mantener su mente ocupada con nuestro material de caridad, y me las arreglé para sacarlo de aquí unas cuantas veces. Ya sabes, para levantar pesas en el gimnasio, o simplemente disfrutar del buen clima en el río, pero... Me alegro de que estés aquí.
Con la mano puesta con tanta delicadeza en mi hombro, me conduce a la vuelta de la esquina.
Mi respiración se queda atrapada ante la vista de Emmett, estirado sobre un sofá modular de cuero marrón, con la pierna apoyada sobre almohadas en una mesa de centro rectangular.
Su mirada intensa me atrapa y no dice nada por tres... cuatro... cinco segundos antes de dar una pequeña sacudida de cabeza.
—Siento no haberme levantado para encontrarte en la puerta. O vestirme.
Gesticula hacia su largo y delgado cuerpo vestido con una suave camiseta negra de los Flyers y pantalones negros.
Y aquí estaba yo, solo pensando en lo atractivo que se ve, el cabello cayendo hacia atrás en una onda natural, su mandíbula dura y bien formada, sus ojos azules genuinos y brillantes. La cicatriz en su frente es imposible de no ver y sin embargo apenas la noto.
—Está bien. Tienes una buena excusa.
Este hombre me quiere.
Y la última vez que lo vi, me besaba con abandono, dejando mis labios tiernos durante días, y el resto de mi cuerpo celoso. Me hallo desesperada por sentir la presión de su boca contra la mía una vez más. Pero me quedo donde estoy, ya sea por la audiencia, mi impresionable hija, o porque me siento repentinamente tímida a su alrededor.
—Mi mamá se compró eso para hoy.
Brenna señala el mono negro corto que ayer compré en Threads, después de haberlo admirado en el maniquí mientras hacía compras el fin de semana pasado. El material de seda es suave contra mi piel. El estilo es suelto pero atractivo, una sola pieza fácil de poner, sujeto en la cintura por una corbata de seda, la parte superior sin mangas con un corte en forma de V en el frente y en la espalda, los pantalones cortos mostrando bastante muslo, pero no demasiado. Es elegante y con clase, algo que falta en mi armario.
Siento que mi rostro enrojece cuando Emmett me echa una mirada rápida como un rayo, deteniéndose sobre mis piernas desnudas, antes de volver a darle a Brenna su atención. Él sonríe.
—Ella se ve muy bien.
—Sí. Es cierto —dice Brenna de manera muy casual—. ¿Sabías que mi tío también juega al hockey?
—Sí. Nos conocimos la semana pasada, ¿recuerdas?
Emmett se adelanta para darle la mano a mi hermano, que está tratando desesperadamente de mantener la calma.
Brenna se acerca a una vitrina en la esquina de la habitación que alberga las placas y los trofeos de Emmett, su mochila aún colgada sobre sus hombros. Los ojos de Emmett permanecen en ella todo el tiempo, una mirada ilegible en ellos.
—¿Has ganado todo esto?
—Sí, así es.
Asiente lentamente hacia sí misma, luego sus ricos ojos marrones vagan por el resto de la sala de estar. Dejo que la mía pasee junto a la suya.
El condominio de Emmett no es nada como imaginé.
Modesto sería la palabra que podría utilizar. Hay un mueble de esquina y es el doble del tamaño de mi casa fácilmente, pero asumí que sería más grande. Además, es austero. La vitrina es realmente el único toque personal que veo. El lugar es sencillo y limpio. La zona principal está abierta con un techo alto sobre la sala de estar. Un altillo nos domina, con un conjunto de escaleras metálicas de aspecto industrial. Todo es luminoso, paredes de color blanco claro con solo dos cuadros, cortinas grises suaves para bloquear una vista impresionante del río, que debieron haber cerrado. Para ser honesta, parece que Emmett acaba de mudarse. O que vivir aquí es solo temporal.
Carlise se dirige a la amplia cocina contigua, con encimeras de mármol blanco y electrodomésticos de acero inoxidable, y abre la nevera.
—Voy a pedir pizza en un minuto. ¿Puedo ofrecerles bebidas? Agua, cerveza, vino... Me enviaron a buscar un poco de SunnyD para la señorita.
El rostro de Brenna se arruga. —¿La cosa naranja? Eso es para mi mamá.
Oh, Brenna. Mi cara apenas tuvo tiempo de enfriarse.
El sonido de la risa de Emmett me transporta a un lugar que casi compensa mi vergüenza.
—¿Dónde está el baño? —Para poder ahogarme en él.
Emmett señala el pasillo del otro lado. —Primera puerta.
—Saca tu kit para colorear de tu mochila —le ordeno a Brenna cuando paso por su lado, añadiendo en un susurro—: Y deja de contar todos mis secretos.
La risa de Emmett me sigue hasta el cuarto de baño pequeño pero limpio. La decoración es tan genérica como el resto del condominio. No es que no tomara el lugar como de Emmett en un abrir y cerrar de ojos.
Solo le pondría algo de personalidad.
Por otra parte, es un hombre, me recuerdo. Un hombre que viaja mucho y probablemente no está sentado en Filadelfia todo el verano en la temporada baja.
Hago una rápida comprobación de mí misma, agradecida de que Sue me dejara salir disparada unas horas antes del trabajo. Las ondas de playa que Jess me enseñó a poner en mi cabello con el rizador se mantienen bien, al igual que el sutil maquillaje de ojos ahumado por el que he estado esforzándome durante casi media hora.
La vocecita de Brenna gorjea desde el salón. —Te he visto en la televisión.
—Bueno, estoy en la televisión, a veces.
—No, pero todo el tiempo. Tenemos esa cosa, donde si pulsas el botón rojo, grabas lo que estás viendo en esas grandes cintas negras.
Oh no.
—¿Un DVR? —oigo preguntar a Emmett.
—Sí. Quiero decir, no.
—Suena más como una videograbadora —ofrece Carlise.
—¿La gente sigue usando eso?
—En caso de que no te hayas dado cuenta, mi hermana es muy particular —oigo murmurar a Seth.
Dejo el baño apresuradamente.
—Mi mamá grabó muchos programas contigo. Los mira todas las noches después de que vaya a...
—¡Brenna! —exclamo en voz alta, cortándola, con las mejillas rojas. Le lanzo a Seth una mirada asesina por no ponerle callarla antes, pero él sonríe nada más, inclinando su botella de cerveza en el aire hacia mí. Bastardo. Sabe que no sacaré a una Renee Swan y haré un espectáculo.
Brenna levanta la vista de su lugar en el sofá al lado de Emmett, su kit de colorear esparcido sobre la mesa de café. —¿Sí, mami?
Suspiro. Es tan inocente que no puedo estar enojada con ella.
—Asegúrate de no golpear la pierna de Emmett accidentalmente, ¿de acuerdo? Le harás daño.
—Lo sé.
No puedo evitar la mirada de Emmett por mucho tiempo antes de sentirme obligada a buscarla.
—¿El viaje en coche estuvo bien? —pregunta casualmente, como si mi hija no me hubiera hecho parecer como una loca que se sienta en su sala de estar a mirar videos de él hasta altas horas de la noche.
Me aclaro la garganta. —Sí, fue genial. ¿Pero sabías que se acerca una gran tormenta? Me siento mal por hacer que Donovan condujera esta noche.
—La esperaremos. Ven, siéntate. —Señala el vaso alto de SunnyD en la mesa de café, justo a su lado, con una sonrisa conocedora que le toca los labios.
Me instalo, preguntándome exactamente cuánto espacio debo dejar entre nosotros.
—Oye, Seth y Brenna, vengan aquí y ayúdenme a escoger algunas pizzas —grita Carlise.
Brenna se levanta y corre hacia la cocina antes de que Seth tenga la oportunidad de terminar su sorbo.
—A Brenna le gusta el brócoli y las sardinas —bromea, ganando su grito de disgusto y mi risa. Todo es tan cómodo, tan fácil. Y, creo, cuando Emmett levanta un brazo sobre mis hombros, que fue intencional por parte de Carlise.
Emmett tira de mí hacia su pecho en un abrazo.
—Me alegra que hayas venido —susurra rozando mi mejilla con sus labios.
Inhalo el olor de su colonia y suspiro, mi sangre poniéndose en movimiento instantáneamente. Mis dedos juguetean con el dobladillo de su suave camiseta de algodón, desesperada por deslizarlos por debajo, para rozar de nuevo su estómago plano y cincelado.
—Te eché de menos. —Pensé que sería difícil para mí admitirlo en voz alta, pero las palabras se deslizan.
Se aleja un poco y sus ojos azules se deslizan hacia mi boca. Me inclino, desesperada por un beso.
—¿Una con pollo, Bella? —grita Seth, sorprendiéndome.
Me siento y me aclaro la garganta. Y en silencio maldigo a mi hermano. —Si tú también comes algo.
—Sabes que lo haré.
Seth comerá cualquier cosa.
Emmett se desplaza a su lugar original y coloca la mano en su muslo, su dedo meñique estirado lo suficiente como para arrastrarlo a lo largo de mi piel desnuda, burlándose de mí sin piedad.
—Está teniendo un gran año, ¿verdad? —Seth se tambalea, inclinando su botella a la pantalla de televisión, donde están mostrando los mejores momentos del capitán del equipo de Toronto.
—Uno increíble. Él me robó tres goles en mi último partido contra ellos.
Emmett aumenta el volumen.
Empiezan a hablar de puntos y asistencias, y puntajes más o menos, cosas que no entiendo y no voy a fingir que sí. Sin embargo, me alegro de haber traído a Seth. Hace que se sienta mucho más discreto. Me siento y escucho en silencio, observando como Brenna colorea su libro, y Carlise llena los cuencos con patatas fritas y palomitas de maíz y otros aperitivos, y todo el mundo espera a que el juego comience. Sin cámaras, sin medios, sin estrés. Sin hablar de héroes ni de salvar vidas. Y me permito imaginar haciendo esto todo el tiempo.
—No, no, no...
—¡Pásalo!
—¡Sácala de ahí!
Emmett, Carlise y Seth están todos gritando a la televisión mientras el pequeño reloj en la esquina cuenta atrás los últimos segundos del tercer tiempo. Al igual que han estado haciendo durante las últimas dos horas y media. Tenía miedo de no saber de qué hablar durante el juego, que la conversación se estancara, pero ha habido poca conversación.
Solo un montón de gritos y ánimos.
Sin embargo, ha sido una de las mejores noches de mi vida.
Cuando el tiempo expira, Toronto ha pasado por los pelos con una victoria por un punto. Hay un montón de sudorosos jugadores de hockey que se estrellan los uno contra los otros en el hielo. Carlise está de pie, felicitando a todos a través de la televisión, Seth da vueltas a una calmada pero risueña Brenna en el aire, y Emmett está contemplativo, con una extraña mezcla de resignación y felicidad en su rostro.
Le doy un suave apretón en el muslo. —El año que viene, será tuyo.
Contesta con una sonrisa tensa antes de encogerse de hombros, cubriendo con su brazo casualmente el respaldo del sofá detrás de mí.
—Todavía no puedo creer que este es el primer partido de hockey que has visto desde el principio hasta el final. En realidad, eso es espantoso.
Me encojo de hombros, recibiendo una negación de su cabeza y su risa.
Brenna se libera del agarre de Seth y se arrastra hacia el sofá, a mi lado. —Estoy cansada.
No puedo evitar el suspiro de frustración que se me escapa. No quiero que termine la noche. Son solo las nueve y media, pero tenemos un largo viaje y Brenna se ha acurrucado en el sofá en pijama durante la última media hora. La emoción acumulada de haber venido aquí esta noche debe haberla desgastado finalmente.
—Tú y yo, ambos, niña. —Carlise extiende los brazos sobre su cabeza. Su mirada se desplaza hacia la pared de la ventana, donde la lluvia gotea por el cristal. Sin embargo, la tormenta no parece tener ninguna prisa. Las ráfagas de relámpagos son cada vez más brillantes, el estruendo de los truenos ahora comienza a hacerse más profundo y frecuente. Las advertencias de lluvias fuertes han recorrido de forma repetida la parte inferior de la pantalla, sugiriendo a los automovilistas del área de Filadelfia que se mantengan alejados de las carreteras por la noche—. Parece que están atrapados por un rato, al menos. ¿Por qué no se quedan aquí donde hay tantas habitaciones?
Carlise estira una manta de punto gris sobre Brenna, que se ha acostado cómodamente. Le da a la parte superior de su cabeza un masaje juguetón para alborotar su cabello.
—Sabes, hay una habitación libre arriba, si prefieres quedarte esta noche.
Los ojos grises amables me miran. Probablemente sería mejor que arrastrar a Brenna a casa tan tarde esta noche.
¿Pasar la noche? ¿Aquí? ¿Con Emmett? Mi corazón empieza a correr.
Y su padre, y Brenna, y Seth, me recuerdo a mí misma. —Gracias. Supongo que veremos cómo va la tormenta. —Me pongo de pie—. Pero en el caso de que nos vayamos, deberíamos despedirnos ahora.
Emmett dijo que Carlise volaba a casa a California el jueves.
Estoy a punto de ofrecer mi mano cuando Carlise me jala para un abrazo fuerte que dura unos buenos cinco segundos. Curiosamente, se siente natural.
—Nos veremos de nuevo, y pronto —me asegura—. ¿Necesitas algo antes de que me vaya, Emmett?
Emmett declina con un agradecimiento.
Dando a Seth un firme apretón de manos, Carlise desaparece por el pasillo.
—Oye, Bella. —Seth se está poniendo la chaqueta con los ojos en su teléfono. Todavía me sorprende lo mucho que ha crecido—. En realidad voy a salir. Tengo un amigo de la escuela que quiere reunirse.
—¿Salir con la tormenta?
—Está a unas cuadras.
No debería sorprenderme. Casi esperaba que nos abandonara en algún momento. Cuando tienes diecinueve años y eres soltero, ¿por qué volver a un pueblo dormido cuando estás en la ciudad un sábado por la noche? —Bueno. ¿Pero qué hay de llegar a casa?
Se encoge de hombros de forma indiferente. —Ella dijo que me llevaría mañana.
—Ella. Ajá. —Pongo los ojos en blanco—. No te olvides de decirle a mamá que no te espere.
Gruñe. —Nueve meses de libertad y ahora vuelvo a hacer eso.
Emmett se ríe entre dientes. —No extraño esos días.
—Dímelo a mí. Escucha, fue increíble pasar tiempo contigo. — Seth se inclina y choca las manos con Emmett—. Si vas a estar cerca este verano y en el hielo, me encantaría salir contigo.
—Definitivamente. —Emmett sonríe, pero siento que se tensa. Me duele el pecho.
—¿Hablamos mañana, Bella?
—Llámame si te metes en problemas. Pero no te metas en problemas.
Se inclina para besar la cima de mi cabeza. —Buenas noches, hermana favorita.
—Cuídense —le digo, observándolo suavemente frotar el cabello de Brenna y luego salir por la puerta.
Y ahora solo quedamos los tres.
Emmett baja el volumen en el televisor hasta que es un murmullo bajo. Mira a Brenna de cerca. —¿Eso la molestará? ¿Debo apagarlo?
—Esa niña puede acurrucarse en una cabina en Diamonds y quedarse dormida en cuestión de minutos. En realidad, el ruido la hace dormir. —Resuena un trueno y su cuerpito se sacude ligeramente— Aunque eso podría despertarla si empeora.
La cálida mano de Emmett se arrastra perezosamente sobre mi muslo desnudo, una de las muchas caricias fugaces y codazos suaves que me ha robado esta noche, cuando la atención no estaba sobre nosotros.
¿Se da cuenta de lo que me está haciendo?
Mi corazón parece estar a punto de explotar en mi pecho.
—Se parece a mi papá. Está fuera de combate y roncando a los treinta segundos en que su cabeza toca la almohada. Mi mamá está convencida de que es narcoléptico (Trastorno crónico del sueño que provoca somnolencia excesiva durante el día).
Estabilizo mi respiración temblorosa, tratando de cambiar mi enfoque de subir al regazo de Emmett aquí mismo, con mi hija a tres metros, hacia Carlise. —Me cae muy bien tu papá. Simplemente parece tan… normal.
Las cejas de Emmett se fruncen. —¿Y eso te sorprende?
—Sí. ¡Digo, no! Quiero decir… —Ugh, parezco una idiota— Siento como si pudiera encontrarme con él en el supermercado un martes por la tarde y, si lo hiciera, podríamos hablar… No lo sé… —Resuena otro trueno— Del clima. O de las noticias, o… ya sabes, de cosas normales.
Emmett aprieta mi muslo, su piel caliente contra la mía. —Supe lo que quisiste decir. Simplemente me gusta verte nerviosa.
—No es gracioso —protesto, aunque estoy sonriendo. Lo empujo en las costillas, cavando mi dedo en el músculo duro. Ni siquiera se estremece, agarrándome la mano y sosteniéndola durante dos… tres… cuatro segundos antes de que sus ojos se muevan hacia Brenna.
Con un suspiro pesado, me suelta. —Mi papá es el mejor. Nos mantuvo a mí y a Irina con los pies en la tierra mientras crecíamos. No digo que mi mamá no sea genial, también. Es solo que su vida es una locura. La reconocen en todas partes. No puede salir sin su guardaespaldas.
—¿Cómo se las arregla?
—Mucho mejor que mi papá. Él odia las cámaras y a Hollywood. Pero ya no se molestan con él, porque no les da nada de lo que valga la pena informar. En realidad quiere mudarse de nuevo al este. Ha estado trabajando con mi madre desde hace un tiempo. Ella estaba resistiendo, pero desde el accidente… —Se encoge de hombros—. Él cree que cederá pronto. Además, Irina consiguió ese papel, así que se va a mudar a Miami. Mi madre y ella son muy unidas. Hacen todo juntas.
¿Cómo debe ser eso? me pregunto, con una chispa de envidia ardiendo en mi interior. —Vivieron en Canadá por un tiempo, ¿no?
—Sí. —Suspira, sonriendo—. Parece que fue hace mucho tiempo. Pero fue lo mejor que pudieron haber hecho por nosotros. Conseguí el entrenamiento y la competencia que no podría haber tenido en ningún otro lugar. Al menos, en California no.
Se oye otro trueno. La lluvia ahora se precipita contra el cristal en láminas, el viento levantándose. Sin embargo, dentro del condominio de Emmett, acurrucada contra su costado, escuchando el gruñido opaco de su voz mientras mi hija ronca suavemente cerca, no podría sentirme más a gusto. —¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—Hasta que tuve quince años y mi hermana catorce. Luego nos mudamos a Nueva York. Nos quedábamos con él la mayor parte del tiempo, porque mi mamá estaba filmando en alguna parte. Él me llevó a cada práctica, a cada partido. Construía una pista en el patio trasero cada invierno, solo para practicar más. —Emmett sacude la cabeza—. Mi papá sacrificó todo por todos nosotros. Por mi mamá, para que pudiera tener su carrera y yo tuviera una oportunidad en la NHL, y mi hermana pudiera perseguir lo que ella quisiera, lo que resulta ser la actuación, también.
—Parece un padre increíble. —Creo que el mío también lo habría sido, si las circunstancias hubieran sido diferentes. Veo la cercanía entre él y Seth. Y definitivamente hay un cambio en mi relación con él en los últimos años. En realidad, siento que estoy empezando a tener una.
—Lo es. —Emmett frunce el ceño—. Me mata, que después de todo, tiene que sentarse aquí y ver a otro equipo en las finales.
—Mientras tanto, en todo lo que piensa es en lo feliz que se siente de poder sentarse y ver un partido contigo. —Cada vez que pienso que Emmett no hubiera sobrevivido a ese accidente, una incómoda quemadura florece en mi pecho. Es insoportable incluso imaginarlo.
Suspira. —Sé que tienes razón. Tengo que callarme y superarlo. Estoy seguro de que Paul preferiría estar vivo y sentado en este sofá en este momento.
De alguna manera, con todo el bombo en torno a Emmett y a mí, la muerte de Paul Lahote se convirtió en una pérdida silenciosa y aceptada para los medios, desvaneciéndose en solamente una mención de una línea en unas semanas. En su lugar, han elegido centrarse en la parte milagrosa de la historia, en cómo Emmett sobrevivió. La historia de Seth se ha terminado. Una tragedia, pero una muerte desafortunada debido a su propia negligencia, eso he escuchado muchas veces.
Incluso soy culpable de concentrar mi atención casi de inmediato en Emmett, y en mí misma, de forma egoísta.
Descanso mi mano sobre la suya en mi regazo. —Eran buenos amigos, ¿verdad?
Una sonrisa triste curva sus labios. —Cuando nos conocimos, él jugaba para Tampa y yo para los Bruins. Me pateaba el trasero sobre el hielo. Cada paso, cada bloque, cada gol, él estaba sobre mí, listo para joderlo. —Emmett mira a Brenna—, para evitar que tuviera oportunidad de anotar. Nadie me ha presionado como él. —Ríe suavemente—. Quería golpear al idiota en la cara. Y entonces los Flyers me trajeron y, un año más tarde, a él. Estuvimos en sincronía desde el primer día en el hielo. Ahora no puedo imaginarme jugar sin él. —Recoge la etiqueta de su botella de cerveza, la que se ha bebido durante toda la noche—. Su novia llegó ayer.
—Eso debió haber sido duro.
—Casi prácticamente se sentó aquí y lloró encima de mí todo el tiempo. —Su garganta se mueve cuando traga saliva con fuerza.
—¿Estuvieron juntos por mucho tiempo?
Se encoge de hombros. —¿Cuatro meses? ¿Tal vez cinco? No lo sé. Pero no era del tipo que se quedaba con una chica por más de unas semanas, así que sabía que ella significaba algo para él.
¿Qué hay de ti? No digo las palabras en voz alta, pero no puedo evitar pensarlas. Claro, estuvo con Rosalie durante un año, pero pasó mucho tiempo sin estar comprometido, y un hombre como él, con su aspecto, su dinero y su estatus social, debió de tener una gran cantidad de las conejillas más lindas lanzándose contra él después de los juegos.
He aprendido todo eso, gracias a mi hermano, que por alguna razón cree que es totalmente normal llamar a su hermana mayor y contarle sus aventuras en la universidad.
No veo a Emmett como el tipo de persona que trae a casa una chica al azar para pasar la noche, pero podría estar muy equivocada. Puede parecer que lo conozco, pero todavía no, realmente no.
Sin embargo, quiero desesperadamente que así sea.
A nuestro lado, Brenna suelta un ronquidito. Emmett traslada su mirada hacia ella por un rato largo. En el prolongado silencio, por fin dice, muy suavemente: —¿Puedo preguntarte algo?
Mi estómago se contrae con ansiedad. —Sí.
Siento sus ojos en mi perfil. —¿Te pregunta alguna vez por su padre?
De alguna manera, sabía que tendría que ver con el padre de Brenna. —A veces.
—¿Y qué le dices?
Dudo. —¿Qué se supone que debo decirle?
Emmett frunce el ceño y sacude la cabeza. —Lo siento, solo… Pensé en lo difícil que debió ser para ti, estar sola y criar a una niña siendo tan joven.
—Siempre hemos sido ella y yo. Eso es lo que ella conoce. Eso es lo que yo conozco. —Estudio su cara pacífica—. Y trato de darle el doble de amor para compensar cualquier cosa que pueda estarse perdiendo.
—¿Podrías hacer que te dé manutención, al menos? ¿Sigue en la cárcel?
—Tendría que darle derechos sobre ella, y de ninguna forma voy a hacerlo. —Solo la idea de tener que compartir a Brenna me inquieta.
Emmett se está volviendo experto en leerme. —No te gusta hablar de eso, ¿verdad?
—No.
El primer silencio incómodo se cierne sobre nosotros, y de repente me encuentro ansiosa por escapar. —La tormenta no parece tan mala como dijeron. Probablemente deberíamos pensar en irnos.
—No quiero que te vayas. —Me vuelvo para encontrar sus ojos azules serios—. Usa mi habitación. Don te llevará mañana.
—¿En dónde dormirás, entonces?
—He estado en una habitación libre desde que llegué a casa. Las escaleras son un dolor en el culo.
Mi mirada se aleja hacia la escalera metálica, que serían una pesadilla si las subieras con muletas, al cuerpo dormido de Brenna, a la constante lluvia contra el cristal de la ventana donde la tormenta es probablemente tan mala como dijeron, para volver a Emmett, que está esperando pacientemente mi respuesta.
—Mírala. Está muy calentita y cómoda. No vas a hacer que se siente en un asiento trasero de cuero frío durante horas en una tormenta, siendo sacudida y golpeada, arriesgando su vida. Se va a despertar confundida y asustada. Puede que no vuelva a dormirse durante horas
Es más fácil que nada hacer que Brenna siga durmiendo desde el auto a la cama, pero no voy a decírselo a Emmett porque me gusta que me facilite decir que sí por razones inteligentes, responsables y para nada hormonales. Miro a mi ropa. —No he venido preparada.
—Puedes usar una de mis camisas.
Dormir en la cama de Emmett y vestir su ropa. Con mi hija, me recuerdo. Pero aun así, no esperaba que esta noche resultara así.
Un millón de veces mejor, en realidad.
—¿De acuerdo?
Esos hoyuelos se asientan profundamente en sus mejillas con su sonrisa. —Bueno.
Asiento, de repente abrumada por la idea de pasar una noche entera con él.
—Déjame llamar a Don. ¿Puedes llevarla arriba? Yo lo haría...
—No seas tonto. —Me río, incluso cuando me golpea la imagen mental de mi hija en los brazos de Emmett y mi corazón se estremece.
—Debe haber algunos cepillos de dientes de más y toallas limpias en el baño. Y no te preocupes, mi papá cambió las sábanas.
¿Está mal que me sienta decepcionada al oír eso?
Siento los ojos de Emmett en mí mientras recojo el diminuto cuerpo caliente de Brenna. Solía ser tan fácil moverla, pero estoy descubriendo que cada vez es más difícil. Mis brazos se esfuerzan para el momento en que llego a la parte superior de la escalera.
El dormitorio de Emmett se encuentra en el lado pequeño, y tan limpio y aseado como el resto de su casa, con una vista de Filadelfia por los dos lados, aunque las cortinas ya están bajadas. No paso mucho tiempo allí, solo el suficiente para meterla en la cama tamaño King y asegurarme de que no se mueva. Un ruido fuerte como un trueno suena mientras bajo furtivamente por la escalera, y cruzo los dedos para que ella no se despierte con pánico.
Emmett no está en la sala de estar, así que me tomo el tiempo para limpiar, recoger y cargar los platos sucios en el lavavajillas, y luego voy al baño.
Una voz baja por la puerta entreabierta del dormitorio llega a mi oreja, deteniendo mis pasos.
—No… No me importa… No… —La voz de Emmett lleva ese tono raro—. Dales lo que quieran para mantenerlos callados. No quiero que esto le llegue a ella.
La inquietud se asienta en mi columna vertebral mientras repito sus palabras. No puede ser Donovan con quien esté hablando. ¿A quién necesita que mantengan callado? ¿Acerca de qué? ¿Y qué no quiere que le llegue a "ella"?
—No, no van a recibir ni un puñetero centavo de esto… No me importa… Solo avísame cuando esté hecho, ¿sí? Tengo que irme.
Cierro la puerta del baño rápidamente, antes de que me atrape escuchándolo.
Cuando salgo unos minutos más tarde, Emmett acaba de salir de su dormitorio. Me sonríe.
Dudo. —¿Está todo bien?
—Todo va genial. ¿Se sentirá cómoda allí arriba? —Ya no hay indicios de ese tono en su voz.
—Sí, está inconsciente por ahora. Aunque la tormenta puede despertarla, si se vuelve más fuerte. —Tal vez esa conversación no tuvo nada que ver conmigo. Pero si era así, entonces, ¿con quién tenía que ver?—. ¿Seguro que todo está bien?
Me aparta un mechón suelto de mi frente. —En lo que a ti y a mí respecta, todo es perfecto.
Otro ruido fuerte de un trueno nos responde, y contengo mi respiración, haciendo una pausa para escuchar durante un momento, mis ojos en el techo sobre nosotros.
Tengo que reírme cuando me doy cuenta de que Emmett está haciendo lo mismo.
—Ven aquí, tengo que enseñarte algo. —Se retira a su habitación.
Lo sigo con un revuelo de excitación en la boca del estómago mientras veo la cama medio hecha. Como cualquier otra parte del condominio de Emmett, esta habitación es elegante pero sin personalidad, pintada de blanco, la ropa de cama blanca, nada más que un televisor de pantalla plana colgando de la pared.
—Solo por curiosidad, ¿cuánto tiempo has vivido aquí…? —Mi pregunta se pierde en mi garganta, cuando Emmett se balancea hacia adelante sobre sus muletas hasta que su cuerpo ancho se cierne sobre mí, atrapándome entre la pared y su figura dominante.
—¿En este condominio? Alrededor de tres años. Desde que firmé con los Flyers. —Se inclina hacia adelante para arrastrar sus labios sobre los míos—. He estado muriendo por hacer esto desde que entraste por la puerta —susurra, sus pestañas largas y gruesas cosquilleando mi piel mientras parpadea—. Me despierto cada mañana pensando en ti. —Mi cabeza se golpea suavemente contra la pared mientras cierro los ojos, disfrutando la sensación de su boca contra mi oído—. Me acuesto pensando en ti. —La sangre corre por mis venas con la adrenalina que crean sus palabras—. Por favor, dime que no solamente yo me siento así.
—No. —Logro decir en un gemido susurrado, agradecida de que mientras yo dudo en expresar mi atracción por él, Emmett parece no tener ningún miedo en absoluto.
Dejo que mi mirada se deslice por la ventana detrás de nosotros, la imagen de la espalda de Emmett reflejándose en el cristal. Una punzada de preocupación pincha mi lado responsable. —¿Las personas pueden vernos desde aquí? —Las luces están encendidas, las cortinas no están bajas, y este lado del condominio enfrenta a otro edificio. Seguro, es arrasador, pero...
Emmett golpea su mano contra el interruptor de luz en respuesta, arrojándonos a la oscuridad mientras cierra su boca sobre la mía de nuevo. Esta vez me agarra la cintura y me atrae hacia su cuerpo, levantándome mientras se balancea en sus muletas, su lengua se desliza a través de la abertura de mis labios, burlándose de mí, instándome a abrirme para él. Lo hago, y suspira, instalándose en esa manera lenta e hipnótica que tiene de besar.
El calor palpita por mis venas en segundos, despertando mis miembros, haciendo que mi piel pique por su toque. Haciendo que mis dedos tiren de su camiseta, queriendo sacársela.
También queriendo quitarle los pantalones.
Queriendo quitarme mi ropa.
Queriendo sentir cada centímetro de su piel caliente contra la mía.
El rayo atraviesa el cielo con frecuencia, enviando destellos brillantes hacia la habitación. Una burla, en realidad, para darme un breve vistazo de su ancho hombro o la curva de su dura mandíbula.
—¿Te parece bien si te traigo hasta aquí? —susurra contra mi boca.
—Sí.
—¿Qué tan lejos quieres que vaya esta noche?
Dudo. ¿Pensaría menos de mí si le dijera los pensamientos que se arremolinan dentro de mi cabeza? ¿Si le preguntara si tiene protección en el cajón de la mesita? ¿Si tenemos que preocuparnos de que nos escuchen?
Como de costumbre, de algún modo siente lo que estoy pensando.
—Estoy de acuerdo con cualquier cosa que digas, Bella. Solo tienes que decírmelo, para no ir demasiado lejos. Me lo dirás, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno. —Se libera de mí para acomodarse de nuevo hasta el borde de su cama. Apoyando sus muletas al azar contra la mesilla de noche, sacándolas del camino, extiende una mano, haciéndome señas. Tengo cuidado de no golpear su yeso en la oscuridad mientras doy un paso hacia adelante. Acaricio sus hombros con mis manos, aunque no puedo evitar que vaguen, dibujando líneas a lo largo de la cresta dura de su clavícula con las yemas de los dedos, maravillándome de cómo sus músculos lo rodean. Dejo que mis dedos se deslicen bajo su camisa, con cuidado de no estirar el algodón.
Las manos tibias agarran el exterior de mis muslos, deslizándose de arriba abajo, suave y lentamente. En la tercera pasada, sus dedos se deslizan bajo la tela suelta, hasta el borde de mis bragas de encaje.
Nunca he considerado lo fácil que es el acceso debajo de este mono, y ahora que él está agarrando suavemente la curva de mi trasero, un latido profundo se instala en mi centro.
—Eres la mujer más impresionante que he conocido.
Sacudo mi cabeza y sonrío, un descarte sin palabras de su adulación. Literalmente me ha visto en mi peor momento sin ducharme, oliendo a comida quemada y grasienta, con ropa raída y desgastada.
Está delirando.
Sonríe. —Me alegro de que no seas consciente. Creo que es parte de tu encanto. —Una ola de rayos, especialmente larga, estalla en el cielo, llenando la habitación, lo suficiente para captar sus adorables ojos mientras me miran—. Nunca he deseado a nadie tanto como a ti. Ni siquiera una fracción.
Mi corazón se hincha con sus palabras, crudas y emotivas y me deshago con su sinceridad.
—Yo… —vacilo. Recuerdo un momento en el que no me importaba si un hombre sabía que lo deseaba. Cuando la idea de coquetear no se encontraba con la aprehensión, cuando la idea de ser abandonada y que me rompieran el corazón nunca entraba en mi mente. Cuando no sabía lo que se sentiría ser avergonzada por haber expresado mi deseo. Pero eso fue hace años en el pasado y este es Emmett, un tipo que tengo que creer que nunca me permitiría sentir vergüenza ni por un segundo. Puedo ser inteligente y aun así vivir, aun así permitirme confiar.
Y perseguir lo que quiero.
Puedo permitirme amar de nuevo.
—Quítate esto —le pido, demasiado tímidamente, pero equilibro la petición humilde tirando de su camisa.
Sin vacilación, sus manos dejan mi cuerpo para extenderlas por encima de su cabeza y suavemente retira el algodón suave, arrojándolo a un lado. Los relámpagos parpadean y sofoco un gemido ante la breve visión de esas curvas y crestas.
Su risa en respuesta es oscura y juguetona. —Hay un interruptor allí, en la pared. Toca eso y entonces podrás encender la lámpara.
Lo hago, y un panel de cortinas se desliza por las ventanas, acallando el caos de afuera. La lámpara emite un tenue resplandor.
Emmett sonríe, sus ojos parpadean mientras me observa mirándolo descaradamente. —¿Mejor?
Me las arreglo para asentir, y luego me rio de mí misma, de lo boquiabierta y tímida que me vuelvo a su alrededor.
—Ven aquí. —Me guía hacia la cama a su lado, haciéndome bajar suavemente, luchando para girar su cuerpo hacia mí en tanto mantiene su pierna quieta. Mientras que el ángulo hace que los músculos de su estómago se tensen de una manera que hace que mi mandíbula caiga temporalmente, no puede estar cómodo.
—Detente, te vas a lastimar. Recuéstate.
Presiono su pecho desnudo tocando su piel cálida con las palmas de mi mano mientras lo acuesto de nuevo sobre sus codos. Es abrumador como se ve su tamaño en la cama matrimonial.
—¿Cómo demonios logré sacarte del coche? —Dejo caer mi mano con la intención de tocar su estómago, solo que él se está deslizando del colchón.
Y mi mano cae veinte centímetros más abajo.
Salto y me alejo rápidamente, pero no antes de haberlo sentido
sólidamente a través de sus pantalones. —No quise tocarte ahí. —Me
arden las mejillas.
Él cae contra la cama, su respiración más rápida que antes, y una risa íntima se escapa de sus labios.
—¿Qué es lo que querías tocar entonces?
—Tu estómago. —Mis ojos observan su pecho con los cuadritos como una tabla para lavar, pero luego van más abajo, donde sus afilados cortes de cadera orientan al sur y sus pantalones deportivos resaltan su dura longitud.
—¿Puedes dejar de apresurarme?, me gustaría llevar las cosas despacio.
Mi risita es suave al principio, un sonido vergonzoso, pero se hace más alto y más fuerte rápidamente, hasta que estoy riendo desde lo profundo de mi vientre incapaz de contenerme.
—¿Qué es tan gracioso?
—Mi amiga Jess se preguntaba cómo funcionaría esto, contigo con un yeso. —Yo diría que sería torpe. Sería todo codazos y rodillazos, nada parecido a una escena sensual de una película.
—Si dejaras de intentar aprovecharte de mí, tal vez podríamos averiguarlo.
—Ohh, ¡cállate! —Estiro mi mano para empujar sus costillas, pero está listo para ello, agarrándose a mi muñeca. Fácilmente me tira hacia él, hasta que puedo sentir su corazón latiendo salvajemente contra mi pecho.
Estudio su hermosa cara debajo de mí, mientras él aleja mi pelo suelto para examinarme. A pesar de las mariposas en la boca de mi estómago, me siento cómoda con él.
—Déjame mostrarte cómo funciona. —Emmett me agarra por detrás de la cabeza y me tira hacia abajo, envolviéndome con sus brazos para sostenerme contra él mientras me besa profundamente, el estado de ánimo a nuestro alrededor cambia repentinamente.
La tormenta que estaba fuera ha pasado sin despertar a Brenna, los estruendos son distantes y suaves, la lluvia ahora es una llovizna ligera contra el cristal. Ya no se puede enmascarar los sonidos que hacen nuestros labios rosados e hinchados por la fricción, ni nuestras respiracion es superficiales, ni nuestros gemidos, cada uno de nosotros esperando que el otro haga ese movimiento audaz.
Es Emmett el que finalmente se rinde, sus dedos tanteando el lazo de seda que está alrededor de mi cintura, desatándolo para soltarlo. Se separa de nuestro beso lo suficiente para verme, como pidiéndome permiso mientras sus manos se posan sobre mis hombros, con las tiras a su alcance.
Le doy un simple asentimiento.
Y entonces está quitándome mi top, exponiendo mi sujetador de encaje negro por el cual derroché la semana pasada en Target. Su boca hace un camino hacia abajo, aterrizando en mi clavícula mientras me coloca sobre mi espalda para quitar el traje ya suelto de mis caderas.
Sin embargo, él no se detiene ahí, usando su mano para bajarlo por mis muslos, más allá de mis rodillas. Levanto mi pierna permitiendo que se deslice más allá de mis tobillos hasta que lo haya quitado.
Pero es como si Emmett hubiera alcanzado su umbral de lentitud y constancia, porque inmediatamente estira el brazo para desabrochar mi sujetador con facilidad. Sé que si le digo que se detenga lo haría. Pero no digo ni una palabra, dejándole maniobrar hasta que se apoya en un codo y se mete un pezón en la boca. Jadeo al sentir su lengua contra mí.
Todavía no puedo creer que esto esté pasando.
Envolviendo mis brazos alrededor de la cabeza de Emmett, mis dedos acarician su gruesa melena y cierro los ojos, intentando absorber la sensación de él adorando mi cuerpo. Tratando de mantener la calma. Cuando la mano que acaba de estar en mi estómago se desliza, me tenso, y se detiene, la punta de sus dedos descansando en el borde de la cintura de mis bragas. Levanta su cabeza para mirarme, con sus labios entreabiertos y húmedos, su aliento patinando sobre mi pecho con piel de gallina.
Sus ojos azules oscurecidos y brillantes.
—Solo estoy nerviosa —admito, dejando que vea mi tímida sonrisa mientras juego con un mechón de su cabello.
—Yo también. —Se inclina para besarme suavemente en los labios.
Y luego su mano se desliza dentro de mis bragas.
Las inhalaciones agudas son simultáneas, al primer deslizamiento de su dedo, a la prueba evidente de cuánto quiero esto, y a él. Pero no dice una palabra, suspirando suavemente mientras me toca, mientras siento su mano callosa tan suavemente, tan magistralmente trabajando a un ritmo lánguido, que mi cuerpo se relaja y se abre hacia él, y pronto empiezo a inclinarme en búsqueda de alivio.
Esos ojos azules aún permanecen bloqueados con los míos, y en vez de sentirme cohibida, no me importa en absoluto, rozando la fina barba de su mejilla con mi pulgar mientras mi respiración se vuelve irregular y mi garganta comienza a arder y, finalmente... él me observa en tanto mi cuerpo se tensa y pulsa bajo su tacto, su propia respiración temblorosa.
Cae de espaldas; el esfuerzo de sostenerse apoyado en un codo debe ser agotador. —Dios, eres tan malditamente hermosa. Tu cuerpo… la forma en que te corres… —Su mirada recorre mi estructura esbelta, desnuda excepto por las braguitas negras—. Quiero hacer eso todas las noches.
—Ajá. —Dudo que un chico pueda ser así de aplicado.
—¿No me crees?
—¿Todas las noches?
Una sonrisa socarrona se extiende por sus labios. —Bueno, de una forma u otra. No querría que te aburrieras.
—Como si me pudiera aburrir. —Mis ojos van a la deriva sobre su pecho jadeante, sus piernas extendidas… esa cresta grande. Tener eso cada noche. Es tan vibrante, tan vivo, tan... mío. En el fondo, oigo esa vocecita que insiste en que lo he salvado. Cada centímetro de él.
Mi mano duele con la necesidad de sentirlo de nuevo.
Me pongo de costado y aliso mi mano sobre su estómago, como quería hacer antes.
Y luego bajo más para tomarlo, esta vez, intencionalmente.
Está tan duro.
Me mira mientras tomo el coraje de empujar mis dedos debajo de la pretina, primero de sus pantalones, luego de sus calzoncillos, para llenar mi mano con él, dando placer en la piel suave de terciopelo.
Una suave maldición se desliza de sus labios, con el primer desliz de mi pulgar sobre su punta, sus dedos levantándose para jugar con mechones de mi pelo mientras empiezo a acariciarlo, pero el elástico lo hace difícil.
—Ayúdame a quitarme esto —dice, tirando uno de los lados.
Liberando mi mano, me siento y agarro ambos extremos de sus pantalones, esperando a que levante sus caderas, la anticipación de ver a Emmett desnudo por primera vez es mucho para soportar.
—¡Mami!
—Mierda —siseo al escuchar a Brenna llamarme, su voz atada con miedo. Miro a Emmett tendido en la cama—. Lo siento, solo será un minuto.
—Ponte esto. —Me pasa su camiseta y la paso por encima de mí. El dobladillo alcanza la mitad de mi muslo.
—¡Mamá! —Es fuerte y más urgente.
—Lo siento.
—No lo hagas.
—Vuelvo enseguida. —Robando un último beso, corro hacia las escaleras, sin querer que ella intente bajarlas medio dormida o que levante a Carlise. La encuentro acurrucada en una bola en el rellano, con una mirada enfurruñada y somnolienta en su cara. Recogiéndola, la llevo a la cama y la meto bajo las sábanas tibias y sedosas. Intenta tocarme, aunque sus ojos están cerrados pero sus deditos tantean en el aire y sé que no va a ser tan simple salir.
Me acuesto a su lado, y se desliza para acurrucarse en mi pecho.
—Hueles al perfume de Emmett —murmura.
Sonrío, sin corregirla y espero silenciosamente su respiración superficial. Pasan veinte minutos antes de que pueda arrancarme de la cama sin que se mueva.
Me meto en el baño de Emmett y busco con cuidado en sus cajones el cepillo de dientes de repuesto, mientras hago inventario de todas sus cosas personales: su marca de desodorante, las cuchillas de afeitar con las que se afeita, el frasquito de colonia de vidrio, medio lleno.
Mi corazón salta cuando logro ver una caja abierta de condones en el fondo izquierdo del cajón. Un vistazo dentro me muestra que solo quedan unos pocos. Aunque no quiero pensar en Emmett teniendo sexo con otras mujeres, me pregunto si tal vez debería llevar uno conmigo.
Lo considero mientras cepillo mis dientes y luego, recordándome que es mejor prevenir que lamentar —y está confirmado que no puedo confiar totalmente en las pastillas anticonceptivas—, meto uno en la palma de mi mano y regreso en puntillas al cuarto de Emmett.
Se había alistado para la cama mientras yo estaba lidiando con Brenna. Sus pantalones de entrenamiento cuelgan en el poste de la parte inferior de la cama, su cuerpo cubierto hasta su cadera por una sábana.
Y parece que está dormido.
Así que simplemente me siento en el borde de su cama y admiro su tranquila y hermosa cara por un largo momento.
Y pienso de nuevo en lo cerca que estuvo de morir esa noche.
Lo cerca que estuve de nunca tener la oportunidad de conocerlo, de sentir esto.
Sea lo que sea esto que está creciendo entre nosotros. Es intenso y rápido, eso lo sé. Y no esperaba menos, no hay intermedios con él, ni casualidades, no después de todo lo que hemos atravesado juntos.
Se siente mágico. Parece un cuento de hadas. Que un hombre como Emmett —tan encantador, tan talentoso, tan impresionantemente guapo, tan aparentemente perfecto en todos los sentidos— pudiera enamorarse de una mujer común como yo.
No es de extrañar que la gente quiera el final feliz, entre nosotros.
Quiero el final feliz.
Incluso si me está costando permitirme creer que puede existir.
Resisto la urgencia de apoyar mi palma en su pecho, sin querer despertarlo ahora que ha logrado dormirse, y apago la lampara.
Y decido, en ese mismo momento, que voy a aprovechar cada segundo con él, mientras dure este loco hechizo que el destino ha lanzado sobre nosotros.
